José Emilio Pacheco
(Ciudad de México, 1939-2014)


La catástrofe
La sangre de Medusa y otros cuentos marginales
(México, D.F.: Ediciones Era, 1990, 136 págs.)



“La catástrofe” es el último cuento de Eça de Queiroz. El gran novelista portugués lo publicó unas semanas antes de su muerte en 1900. Esta versión, plagio o saqueo apareció en Proceso en la navidad de 1984.

      Vivo en la Condesa, en una calle que tiene el nombre de uno de los cadetes muertos en la defensa del castillo de Chapultepec durante la invasión norteamericana de 1847. Antes de la guerra y nuestros desastres pensé en cambiarme porque la Condesa ya no es lo que era. Sin embargo el ejército enemigo ocupó México y me quedé en este departamento sombrío. Me hace sentir con mayor intensidad la amargura de la catástrofe.
       Quienes habitan al norte o al sur también padecen por la presencia de los ocupantes. Con todo, el primer terror pasó, y la ciudad poco a poco recobra su aspecto ordinario. Han vuelto a circular el metro y los autobuses. Pero una atmósfera opresiva e intolerable va por las calles, penetra en las casas, cambia el sabor del agua, deposita en nuestro interior una tristeza obsesionante.
       Si alguien olvida el desastre que nos envuelve, la aparición del uniforme invasor en una esquina lo lleva a recaer en la idea de la derrota y el fin de la patria. Una bruma luctuosa lo envuelve todo desde que el pabellón enemigo flota sobre los edificios públicos.
       Muchos pueden encerrarse con su familia y hablar de esperanzas que mitiguen el peso de la catástrofe. No me fue dado ese aislamiento: basta asomarme a la ventana para mirar al centinela extranjero a las puertas del Castillo. El centinela de Chapultepec tiene un aire de perpetuidad que me enloquece. Cada uno de sus pasos resuena en mi interior como un eco lúgubre. Provoca la sensación de que nunca dejará de haber un soldado extranjero sobre la tierra mexicana.

       No puedo sustraerme al espectáculo. El centinela lleva al hombro una de aquellas armas ultrasónicas que desde lejos segaban regimientos enteros en nuestras líneas defensivas. Así pues, de tanto observarlos, ya conozco a todos los centinelas del Castillo. Al principio fueron infantes de marina. Ahora son miembros de los cuerpos de asalto: jóvenes de cara decidida y ojos relucientes que me hacen pensar siempre: “Éste fue el que nos derrotó”.
       En otros tiempos rara vez se me ocurrió observar con binoculares al centinela de Chapultepec. Recuerdo haber visto muchachos pálidos por siglos de subalimentación, en actitud de tedio y de fatiga. Todo en ellos revelaba nuestra falta de persistencia y de firmeza.
       La visión de nuestro soldado es como un espejo: abarca toda la ciudad y todo el país. Nos hundieron la misma somnolencia lúgubre, el tedio, la indecisión, la ausencia de energía, la indiferencia cínica, el relajamiento de la voluntad. La falta de ciudadanos pesó más que nuestra debilidad militar. Todos estábamos muertos, adormecidos, desnacionalizados, inertes, envilecidos, gastados.

       Nunca olvidaré el día de la invasión. La ciudad quedó petrificada en un desvarío de terror. El primer movimiento fue correr hacia las iglesias. Ni siquiera hubo la idea de una resistencia organizada. Se dijo que se intentaría dar una batalla en los alrededores de Tapachula, únicamente para mostrarle al mundo que teníamos vitalidad, pues la consigna fue en todo momento replegarse a la línea Veracruz-Puebla-Acapulco para defender la capital.
       Era el cumpleaños de Núñez, mi vecino. En la sala pesaba la misma angustia que en la calle. Todos los rumores eran absurdos. En cada frase podía sentirse el abatimiento. Nadie pensaba en resistir y, ante el peligro, el egoísmo se levantaba feroz y brutal. El odio al enemigo era terrible, no por la pérdida de la patria sino por los desastres particulares que la derrota traería consigo.
       Unos temían por su empleo en el gobierno, otros se preguntaban si iban a seguir pagando intereses los bancos. Con la pérdida del Estado se veía el fin de la comodidad personal. Tal indignación agotaba el patriotismo que daban de sí aquellas personas. En cada propuesta había en el fondo la idea inmutable de la capitulación, el horror a la lucha, el ansia de no perder la chamba, el temor de que no se pagaran los intereses.
       En nuestra flaqueza egoísta cada uno de nosotros juzgaba al país presa de su mismo abatimiento. La sugerencia de crear guerrillas que apoyaran a nuestro reducido ejército, de formar unas milicias o columnas volantes, era tomada con un encogimiento de hombros: “¿Para qué? No se puede hacer nada. De todas formas van a aplastarnos”.

       Me asomé a la ventana. La colina y su Castillo se recortaban con una inmensa tristeza en el firmamento sucio. Sentí que algo había terminado para siempre. Cerca de nuestro barrio, en el Paseo de la Reforma, había una multitud silenciosa. De los edificios más altos caía el mismo sentimiento de aterrada abstención, de concentración egoísta, de miedo oscuro.
       Por avenida Veracruz apareció un numeroso grupo de jóvenes que cantaban el Himno Nacional y arengaban a la multitud. Ningún gesto les respondió. En aquel helado silencio su entusiasmo se abatió como una bandera que por falta de brisa cae a lo largo del mástil. La tentativa de heroísmo se apagó entre la indiferencia pública. Me dije: “Estamos perdidos”.
       Núñez me sacó de mis reflexiones. Quería mostrarnos la nueva videocasetera y el televisor de pantalla inmensa que había adquirido de contrabando con sus dólares depositados en Brownsville, Texas. Nos pusimos a ver una comedia musical mientras el ejército enemigo atacaba por aire, mar y tierra.

       Una semana después iba yo con mis compañeros de la Guardia Nacional. No llevábamos uniformes porque el encargado de fabricarlos se robó las telas para sus negocios personales. Nuestras armas eran rifles de cacería: el empresario que cobró por importar armas modernas se demoró con objeto de jinetear el dinero en Suiza. De cualquier modo allá íbamos bajo el torrente tropical.
       Se estaba librando la batalla más importante de la guerra pero nosotros no sabíamos nada. Nos encontrábamos en un caserío abandonado. Allí permanecimos dos horas con el lodo hasta las rodillas. Idiotizados por la fatiga, hambrientos, adormecidos, cada uno se recostó en el hombro de su compañero.
       Del cielo bajo y lúgubre caía un diluvio. A lo lejos se escuchaban, en vez del rumor de la artillería, descargas secas como si se rasgara una inmensa pieza de seda. Entre la niebla y la lluvia no veíamos nada. Alguien dijo:
       —Son los cohetes teledirigidos. Acaban con todo y además esparcen balas y puntas de metal afiladas como una hoja de rasurar. ¿Ustedes creen que vamos a poder contra ellos? Mejor ya vámonos. Ya para qué peleamos. Ya nos dieron en toda la madre.
       Se escuchó un golpe sordo contra la húmeda tierra. Un joven capitán ordenó a nuestro sargento apostarnos en la carretera. Salimos bajo la tormenta. El estruendo parecía aproximarse. Frente a una casa estaban las ambulancias. De su interior salían gritos de heridos. Nunca antes habíamos escuchado esos lamentos de dolor y abandono. El miedo recorrió nuestro destacamento: nuestra carne de civiles y pequeñoburgueses rechazaba la brusca evidencia del dolor y la muerte.

       El sargento dio la orden de marcha. Llegamos a tomar posiciones en la carretera sin ver nada más que la niebla agreste y áspera y la incesante lluvia. Pocos años atrás el lugar aún era selva virgen. Ahora estaba arrasado, como todo el sureste, por los buscadores de petróleo, los ganaderos, los madereros, los nómadas que acaban con árboles crecidos en dos mil años para levantar una sola cosecha de maíz, pues de otro modo nada tendrían para comer.
       Me torturaban los pies hinchados dentro de las botas. Recordé los días de paz, cuando escuchaba caer la lluvia mientras me disponía a dormir la siesta: no importaba mucho que mis deberes quedasen para mañana. Por el camino del después llegaba siempre a la casa del nunca. Sentí cólera y furia contra el invasor que venía a despojarme de mis privilegios. Me acometió el deseo de matar. Desesperado ante la inacción, en mi rabia alucinante acusaba al gobierno por no dejarme combatir.
       La inmovilidad era terrible. La ropa mojada se pegaba al cuerpo y el agua nos escurría por las piernas. Sonaron disparos. Nos agachamos por instinto, con terror de civiles que se enfrentaban a lo que sólo habían visto como espectáculo en el cine y la televisión.
       El estruendo cercano de los cohetes me enloqueció. Disparé a la niebla. En ese momento nos sentimos absorbidos por una masa oscura que descendía como una tromba. Arrojamos las armas y salimos corriendo en medio de una gritería ensordecedora. Aquella masa se quebraba, se dispersaba en grupos. Huíamos, cayéndonos y levantándonos en el lodo.
       Era la derrota, la desbandada, el pánico de la Guardia Nacional. Desertábamos con una amargura exasperada, gritando sin saber por qué, con el ansia abyecta de encontrar un agujero. Los oficiales trataban de frenar la estampida de nosotros los civiles. La marea humana los envolvió. Sentí bajo mis botas los cuerpos inertes y aplastados.

       No sé cómo pude regresar a la capital por carreteras atascadas de coches y camiones repletos de gente que huía. En mi casa supe los detalles de la catástrofe, el bombardeo atroz de la Ciudad de México, la falta de agua y alimento, los incendios, la humillante capitulación, las concentraciones y las ejecuciones. Encanecí por completo en esos días amargos. Decíamos: “Y pensar que pudimos haber hecho de cada ciudadano un soldado en un ejército nacional de defensa”.
       Pero de nada vale pensar en lo que pudimos haber hecho. Nuestra derrota estaba sellada mucho antes del primer combate. Nuestro gran mal fue el abatimiento, la inercia que se adueñó de todos. Durante algún tiempo se atribuyó la entera responsabilidad al gobierno. Ciertamente sus culpas son inmensas pero en modo alguno exclusivas.
       Habíamos caído en un cinismo absurdo, en un egoísmo imbécil, en un desdén de toda idea, en una repugnancia ante todo esfuerzo, en una anulación de la voluntad. Pudimos haber forjado un país justo, próspero, fuerte, digno; pero abdicamos toda responsabilidad en manos del gobierno y esperamos cruzados de brazos que de la presidencia cayeran hechas las cosas, como la luz viene del sol.
       Se apoderó de nosotros la mentalidad del sálvese el que pueda y el todos contra todos. No pensamos sino en nuestro interés personal, sin darnos cuenta de que cada paso que dábamos en este sentido socavaba el suelo mismo en que teníamos los pies. Perdimos la moral, la fe, la honradez, el entusiasmo, la solidaridad, el hábito del trabajo. Nos echamos a dormir al sol. Cuando despertamos había un centinela extranjero en el Castillo de Chapultepec.

       Si hubiésemos sabido… Pero lo sabemos ahora. Esta ciudad es otra. Ya no la habita la multitud abatida, apiñada en vísperas de la catástrofe. En las maneras y actitudes hay otra decisión. Ya no se ve por México el torpe vagabundeo de gente azorada: todos tenemos un deber que cumplir.
       Diariamente llevo a mis hijos a la ventana y les muestro al centinela del Castillo. Les cuento la trágica historia y les hago desear el día en que vean de nuevo en Chapultepec un centinela mexicano. Les hablo del camino que debimos haber seguido nosotros: la libertad, la democracia, la justicia, la ciencia, la cultura, la actividad, el vigor.
       Los acostumbro a amar a la patria en vez de despreciarla como hicimos nosotros. Nos sentíamos tan distintos, tan superiores al resto de los mexicanos. Decíamos llenos de arrogancia:
       —No se puede con Mexiquito. Esto es una mierda. A este país ya se lo llevó la chingada. Aquí lo único que producimos son pendejos y ladrones. La única salvación es que nos anexen los Estados Unidos.
       Y en vez de esforzarnos por salvar este país, el único que tenemos, bebíamos whisky y echábamos a andar nuestras videocaseteras. Ah, generación cobarde, qué bien castigada fuiste.



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