José Emilio Pacheco
(Ciudad de México, 1939-2014)


Los trabajos del mar
(Monterrey: Ed. de la Universidad Autónoma de Nuevo León, 1982, 32 págs.);
(México, D.F.: Ediciones Era, 1983, ampliada, 83 págs.)



Para Alaíde Foppa. In memoriam.

Aquí terminan los trabajos del mar,
los trabajos del amor.
Aquellos que vivirán un día aquí donde acabamos,
si la oscura sangre se alza e inunda su memoria,
que no se olviden de nosotros,
almas sin fuerza entre los asfódelos.
Que vuelvan hacia el Erebo el rostro de las víctimas.
Nosotros no tenemos nada que enseñarles
sino la paz.
                        Giorgos Seferis, Mythistorema (XXIV)



I. Aguas territoriales


De pronto el corrosivo mar quedó escrito
en la íntima oreja del caracol y siguió resonando.
                Julián Hernández: El cuaderno negro



El pulpo

Oscuro dios de las profundidades,
helecho, hongo, jacinto,
entre rocas que nadie ha visto, allí, en el abismo,
donde al amanecer, contra la lumbre del sol,
baja la noche al fondo del mar y el pulpo le sorbe
con las ventosas de sus tentáculos tinta sombría.
Qué belleza nocturna su esplendor si navega
en lo más penumbrosamente salobre del agua madre,
para él cristalina y dulce.
Pero en la playa que infestó la basura plástica
esa joya carnal del viscoso vértigo
parece un monstruo; y están matando
/ a garrotazos / al indefenso encallado.
Alguien lanzó un arpón y el pulpo respira muerte
por la segunda asfixia que constituye su herida.
De sus labios no mana sangre: brota la noche
y enluta el mar y desvanece la tierra,
muy lentamente, mientras el pulpo se muere.



VERACRUZ, 1955

De lejos viene la marejada gris en el aire.
Viento en la piel del mar, cuerpo a cuerpo,
      oscura batalla,
mientras el sol se mete en su ausencia.
Innumerable látigo las olas: Cada una vive
de la muerte de otra. Toma su fuerza
para diseminarla. No hay destrucción
como este sismo de agua.
      Débil la piedra
ante el quebrantamiento. Llueve la arena
      y en la casa el aire
entra por todas partes, levanta en vilo
la tierra que era firme. Reclama el mar
lo que le arrebatamos. Pide lo suyo.
      Y a las pocas horas
todo es del aire, o lo parece.

      Diluvian olas.
La costa vuela por los aires.
Matas, palmeras, árboles: navios
de un solo instante.
      Náufragos anuncios
de cocacola o ya del fin de todo.
Vibra la muerte y no hay quietud.
      No hay polvo.
Sólo ceniza el mar. Mortaja. Envuelve
      la masa terrenal.

El huracán destruye
para que siga siendo mundo este mundo,
la tierra dé su fruto más tarde,
el mar se resigne a ser,
una vez más, el poderoso vencido.



Inmortalidad del cangrejo

—¿En qué piensas?
—En nada: en la inmortalidad del cangrejo.

    Anónimo: Los mexicanos pintados por sí mismos


Y de inmortalidades sólo creo
en la tuya, cangrejo amigo.
Te aplastan,
te echan en agua hirviendo,
inundan tu casa.
Pero la represión y la tortura
de nada sirven, de nada.

No tú, cangrejo ínfimo,
caparazón mortal de tu individuo,
ser transitorio,
carne fugaz que entre los dientes se quiebra
no tú sino tu especie eterna: los otros:
El cangrejo inmortal
                        toma la playa.



El puerto

El mar que bulle en el calor de la noche,
el mar bituminoso que lleva adentro su cólera,
el mar sepulcro de las letrinas del puerto,
nunca mereció ser este charco que huele
      a ciénega,
a hierros oxidados, a petróleo y a mierda;
lejos del mar abierto, el golfo, el océano.

                        No hay olas
en este lago encadenado, esta asfixia
cada vez más oscura en la noche que se ahoga
      pudriéndose.
No espejo sino el reverso de azogue, la otra
      cara
del mar que rima gastadamente con luna.

Ahora no sirven las antiguas imágenes.
Aguas de lluvia muerta, bahía estancada.
Tal vez muy pronto cantarán los sapos
en este poderío que ha perdido su orgullo.



Peña en el mar

Cómo sufre la roca atada siempre
a su noria de espuma:
                        el mar, el mar
inconsolable
            que la está batiendo
desde que la inventó con sus materias.
Cuánto acarreo de furia y para qué
tanta inmovilidad como contraste de aquella
fluidez de la fijeza.

                        No pasarán
dice la tierra
perpetuamente
a la avidez de las olas.



Volver al mar

Sombra
de los acantilados en el mar
o mancha ondulante
de pez, de ave o de piedra.
Nada se mueve bajo el sol si el mar
es la inmovilidad del movimiento.
Y desde que empezó a ser mar
y perdió su planeta
está insistiendo con las mismas olas
en su plegaria plañidera
que de repente se transforma en la furia,
el tormento de la tormenta.

Este pedazo del inmenso mar para mí es todo el mar
o como si lo fuera,
porque siempre regreso a verlo.
Y cuando pienso en mar
dentro de mí se forma esta imagen.
Quiero decir:
lo llevo tan dentro
que su rumor es como el caudal de la sangre.
Y desde mi subjetividad deleznable,
el mar se habrá cambiado en desierto
cuando ya no esté aquí para mirarlo y amarlo;
cuando mi ceniza
arda por un instante en la espuma rota
y de nuevo sea
átomo de la nada o de la vida invencible
en la totalidad del océano unánime.



Informe de Jonás

(1)

Intenté huir de Dios que me ordenaba
predicar contra Nínive —ciudad
de la rapiña, imperio rampante
de las iniquidades— y abordé
el barco rumbo a Tarsis. A medianoche
se desató la tempestad. Fui arrojado
para aquietar las olas.

Me rodearon las aguas hasta el alma.
Las algas se enredaron en mi cabeza.
La tierra echó sobre mí sus cerrojos.
Y me tragó el gran pez
finalmente.


(2)

En el temible vientre de la ballena encontré
procesos digestivos, violencia pura,
      cardúmenes,
una teoría del estado moderno, una imagen
del desamparo humano, un retorno
al paraíso prenatal irrigado
por el fluir de la corriente sanguínea.

Y en mi habitada soledad tuve tiempo
para reflexionar en la esperanza:
Algún día
nuestra vida ya no será, como la llamó Hobbes,
tan sólo breve, brutal y siniestra.



Costas que no son mías

A la memoria de José Durand
en Berkeley (1981-1983)


1

De la isla conozco el olor, la forma
y la textura de la arena.
Sé que no pertenezco a ella
pero la siento mía por derecho de amor.
La isla es del mar.
No voy a disputarla.
Dejo en el agua el más humilde homenaje.


2

En la noche de azogue ola rima con luna.
Nadie puede encender el sol ni frenar el océano,
el misterioso oleaje que no tiene
misericordia de nosotros.


3

Lo que la arena dice al mar tal vez sea:
—No te serenes nunca. Tu belleza
es tu absoluto desconsuelo.
Si encontraras sosiego perderías
tu condición de mar.
Si te calmas
dejará de fluir el tiempo.


4

Los días sin niebla, de repente, a lo lejos
por la ventana del cuarto humilde el estrecho,
la Puerta de Oro y su puente.
Chartres de hierro, catedral de los mares.
Cuánto poder y levedad en este puente,
en este triunfo contra el mar enemigo
que arde allí abajo, murmurante, esperando
el terremoto, el regreso
de California hasta el rumor de las aguas.


5

Así como en el jardín
que está ocho pisos más abajo, en silencio,
todos los animales se combaten,
bajo el mar de la noche hay guerra.

Y este cielo sin nubes allá arriba
parece tan sereno y es violencia
—como las calles, como los países—:
astros mueren, planetas se derrumban,
de una explosión total
nacen galaxias.



Muelle de Nueva Orleans

Para Carlos Cortínez

Éste es el río envolvente, éste es el Padre
de las Aguas y él las sepulta.
En su rueda giran sin pausa
el barro del principio y los desechos letales
que acabarán con el mundo.
Pero tal vez no porque el Misisipi
ha estado siempre y seguirá para siempre.

Al verlo transcurrir con ese aplomo
majestuoso y ensimismado y también muy triste parecería
que él engendró al planeta y aún es el magma
       en donde bullen interminadas formas de vida.

Cuando pasa en silencio deja escuchar
algo como un lamento por el exilio del agua.

Un río jamás emplea la palabra reposo.
El Misisipi no se limita a ilustrar
con su fluir el paso de nuestras horas.
El Misisipi socava
la tierra firme. Y un día
terminará con todo lo que no es agua
y acabará por imponer su ley de arena a los mares.




II. Prosa de la calavera


Voz que decía: Da voces. Y respondí: ¿Qué tengo que decir a voces? Que toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo.
            Isaías, 40:6
            Versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera



Prosa de la calavera

A Miguel Cervantes

Como Ulises me llamo Nadie. Como el demonio de los Evangelios mi nombre es Legión.

Soy tú porque eres yo. O serás porque fui.

Tú y yo, nosotros dos, vosotros, los otros, los innumerables ustedes que se resuelven en mí.

Mi imagen omnipresente en Tenochtitlan, recordaba a todos y a toda hora la conciencia del fin, el fin de cada azteca y del mundo azteca.

Después fui, al punto de convertirme en lugar común, símbolo de la sabiduría.

Porque lo más sabio es también lo más obvio. Como nadie quiere verlo de frente nunca estará de sobra repetirlo: No somos ciudadanos de éste mundo sino pasajeros en tránsito por la tierra prodigiosa e intolerable.

Si la carne es hierba y nace para ser cortada, soy a tu cuerpo lo que el árbol a la pradera: no invulnerable, tampoco perdurable, sí material más empecinado o resistente.

Cuando tu y todos los nacidos en el hueco del tiempo que te fue dado en préstamo acaben de representar su papel en este drama, esta farsa, esta trágica y bufa comedia, yo permaneceré por largos años: descarnada desencarnada.

Serena mueca, secreto rostro que te niegas a ver (arráncate la máscara: en mí hallarás tu verdadera cara), aunque lo sabes íntimo y tuyo y siempre va contigo.

Y lleva adentro, en fugaces células que a cada instante mueren por millones, todo lo que eres: tu pensamiento, tu memoria, tus palabras, tus ambiciones, tus deseos, tus miedos, tus miradas que a golpes de luz erigen la apariencia del mundo, tu alejamiento o entendimiento de lo que realmente llamamos realidad.

Lo que te eleva por encima de tus olvidados semejantes, los animales, y lo que te sitúa por debajo de ellos: la señal de Caín, el odio a tu especie, tu capacidad bicéfala de hacer y destruir, hormiga y carcoma.

En vez de temerme o ridiculizarme por obra de tu miedo deberías estarme agradecido. Sin mí que cárcel sería la vida en la tierra. Qué tormento si nada cambiara ni envejeciera. Y durante siglos y siglos de desesperación sin salida la misma gente diera vueltas y vueltas a la misma noria.

Gracias a mí todo es inexpresablemente valioso porque todo es efímero y jamás se repite. Único es cada instante y cada rostro que en ese instante aflora por el camino vertiginoso que lo conduce hacia mi.

Porque voy con ustedes a todas partes. Siempre con él, con ella, contigo, esperando sin protestar, esperando. De los ejércitos de mis semejantes se ha forjado la historia. De la pulverización de mis añicos está amasada la tierra.

Reino en el pudridero y en el osario, en el campo de batalla y en los nichos en que (por breve tiempo) se venera a las víctimas de lo que ridículamente llaman la gloria.

Y no es sino la maligna voluntad de negarme, el afán estúpido de creer que hay escape y por medio de actos y obras alguien puede vencerme.

Actos y obras cargan también su sentencia de muerte, su calavera invisible: último precio de haber sido.

Contigo, hermana mía, hermano mío, me formé de tu sustancia en el vientre materno. Volverás a la oscura tierra. Yo, que en cierta forma soy tu hija, heredaré la nada de tu nombre. Seré tus restos, tus despojos, tus residuos, tus sobras: testimonio de que por haber vivido estás muerto.

Así, quién lo diría, yo, máscara de la muerte, soy la más profunda entre tus señales de vida, tu huella final, tu última ofrenda de basura al planeta que ya no cabe en sí mismo de tantos muertos.

Estaré aquí poco tiempo, de cualquier modo muy superior al que te concedieron. A menos que me aniquiles junto con tu carroña, aceleres por medios técnicos o por lo imprevisible el proceso que conduce a nuestra última patria: la ceniza de que los dos estamos hechos.

Si desapareciera contigo me privarías de la última voluptuosidad: creerme superior a los gusanos que devoran a los devoradores del mundo y apenas me rozan con sus viscosidades. (Me siento afín a ellos porque también soy innombrable.)

Pero mientras la carne me disfraza y las células ocultas me electrifican soy (si bien nada más para ti: cada uno / cada una) el ombligo del mundo, el centro del universo.

Toda belleza y toda inteligencia descansan en mí. Sin embargo me repudias, me ves como señal del miedo a los muertos que se resisten a estar muertos y del terror a la muerte llana y simple: tu muerte.

Porque sólo puedo salir a flote con tu naufragio. Sólo cuando has tocado fondo aparezco, aunque a cierta edad ya me anuncio en los surcos que me dibujan, en las canas que anticipan mi amarilla blancura.

Yo, tu verdadera cara, tu rostro final, tu apariencia última que te hace Nadie y te vuelve Legión, hoy te ofrezco un espejo y te digo:

Contémplate.



III. Geometría del espacio


La vida, más feroz que toda la muerte.
                         Jorge Guillén: Clamor



El silencio

La silenciosa noche. Aquí en el bosque
no se escuchan murmullos, no, de ninguna
      especie.
Los gusanos trabajan. Los pájaros de presa
hacen lo suyo (seguramente).
Pero no se oye nada:
sólo el silencio que da miedo. Tan raro,
tan escaso se ha vuelto en este mundo
que ya nadie se acuerda de cómo suena,
ya nadie quiere
estar consigo mismo un instante. Mañana
dejaremos de nuevo la verdadera vida para
      mañana.
No asco de ser ni pesadumbre de estar vivo:
      extrañeza
de hallarse aquí y ahora en esta hora tan muda.
Silencio en este bosque, en esta casa
a la mitad del bosque.
¿Se habrá acabado el mundo?



La Granada

¿En qué sueña la carne
      de la granada
      allá adentro
de su corteza equívoca?
      Quién sabe.
Desde aquí sólo puede especularse
      que piensa:
“Gozo de mi esplendor.
      No durarán
esta apretada simetría,
      esta húmeda
perfección que me constituye
      y me hace granada:
No otra fruta, no un árbol
      ni una brizna de hierba.

Tampoco piedra, plomo o alondra.
      Seré putrefacción, o bien,
      devorada,
voy a volverme carne de tu carne.
      Pero en ambos casos
(¿es necesario repetirlo?)
regresaré a la tierra en forma de polvo.
      Y desde ese polvo
      (tú no)
reconstruiré mi perfección de granada”.



Perduración de la camelia

Alba de añil...
Efraín Huerta


Bajo el añil del alba flota en su luz
la camelia recién abierta.
No tiene aroma, es sólo resplandor.
Parece hecha solamente de espuma.
Nube que se posó en la rama un instante
para mirar el cielo desde aquí abajo,
a los tres días de su nacimiento
se desmorona en pétalos sombríos,
polvo que se hace tierra y de nuevo vida.



Claro del bosque

A este claro del bosque acuden año tras año los ciervos
para el apareamiento.
Nadie jamás ha visto la ceremonia sagrada.
Si alguien
quisiera perturbarla, no habría ciervos.

Aquí conocen el amor los ciervos.
Aquí se reconocen los ciervos.
Y luego se dispersan.
No vuelven nunca
a este claro del bosque.

Porque su más allá recibe el nombre de muerte
que para ellos significa flechas, jaurías,
rifles de alta potencia.



El fantasma

Entre sedas ariscas deslizándose
—todo misterio, toda erizada suavidad
      acariciante—
el insondable, el desdeñoso fantasma,
tigre sin jaula porque no hay prisión
capaz de atajar
esta soberanía,
esta soberana soberbia,
rey de la noche y de su gallinero:
la cuadra,

el gato adoptivo,
el gato exlumpen sin pedigrí más prehistoria,
deja su harén
y con elegancia suprema
se echa en la cama en donde yaces desnuda.



Jabalí: cerdo salvaje

Dardo del jabalí: lo lleva clavado
en el testuz furibundo
mientras se interna sin ninguna esperanza
en el bosque de su agonía.
Los otros dardos
se estremecen desoladoramente sin alas.
Gran frustración no poder clavarlos
con arco o rifle
en los cerdos salvajes que lo han matado.



Perra en la tierra

La manada de perros sigue a la perra
por las calles inhabitables de México.
Perros muy sucios, cojitrancos y tuertos,
       malheridos
y cubiertos de llagas supurantes.
Condenados a muerte
y por lo pronto al hambre y la errancia.
Algunos cargan
signos de antigua pertenencia a unos amos
que los perdieron o los expulsaron.
Y mientras alguien se decide a matarlos
siguen los perros a la perra.
La huelen todos, se consultan, se excitan
con su aroma de perra.
Le dan menudos y lascivos mordiscos.
La montan
uno por uno en ordenada sucesión.
No hay orgía
sino una ceremonia sagrada
en estas condiciones más que hostiles:
los que se ríen,
los que apedrean a los fornicantes,
celosos
del placer que electriza las vulneradas pelambres
y de la llama seminal encendida
en la orgásmica vulva de la perra.

La perra-diosa,
la hembra eterna que lleva
en su ajetreado lomo las galaxias, el peso
del universo que se expande sin tregua.

Por un segundo ella es el centro de todo.
Es la materia que no cesa. Es el templo
de este placer sin posesión ni mañana
que durará mientras subsista este punto,
esta molécula de esplendor y miseria,
átomo errante que llamamos la Tierra.



A Circe, de uno de sus cerdos

Circe abrió las puertas de la pocilga y sacó a mis
compañeros en figura de puercos de nueve años
.
                                                            Odisea, rapsodia X


De entre todas las bestias
que en mi cuerpo lucharon contra mi alma
acabó por triunfar el cerdo.

Circe, amor mío, cuánta paz y felicidad sabernos
nada más cerdos. No ambicionar
la aprobación de nadie,
no suplicarle a nadie: entiéndeme,
tienes que comprenderme, soy falible, perdóname.

No hay embrujo tan grande como el placer
de revolcarnos en el lodo:
tú la hechicera, yo el cerdo.

Qué triste dicha ser uno más de tus cerdos.
Somos tu piara, la zahúrda es tu templo.

Disfruta, Circe, la pasión de tus cerdos.
Paga en amor la humillación de tus cerdos.



Pornoágrafo
(una sátira)


      No lo condenen
ya que su triste cuerpo
       fue la alcoba nupcial perpetua
de su manovulva burla sangrienta
       contra la mustia
       acometida de su falo.



Torre de naipes

Piso la tierra que no es firme
sino más bien caliza y se desmorona
. Torre de naipes, fugaz castillo de arena
los días que nos tocaron movedizos.
No existen puentes.
Hay que enfangarse para cruzar el pantano.
La niebla no permite ver el camino.
Todos los que ignoran
van inventando en sus adentros un tigre.
Y entre el desgarramiento y la asfixia
se arrastran hacia su playa de luz
únicamente para arder en su lumbre.



La noche nuestra interminable

Mis paginitas, ángel de mi guarda, fe
de las niñeces antiquísimas,
no pueden, no hacen peso en la balanza
contra el horror tan denso de este mundo.
Cuántos desastres ya he sobrevivido,
cuántos amigos muertos, cuánto dolor
en las noches profundas de la tortura.

Y yo qué hago y yo qué puedo hacer.
Me duele tanto el sufrimiento de otros,
            y apenas
intento conjurarlo por un segundo con estas
      hojitas
que no leerán los aludidos, los muertos ni los
      pobres
            ni tampoco
la muchacha martirizada. Cuál Dios
podría mostrarse indiferente
a esta explosión, a esta invasión del infierno.
Y en dónde 37ace la esperanza, de dónde
va a levantarse el día que sepulte
la noche nuestra interminable doliendo.



Cristo con la cruz, por El Boco

Con los ojos
cerrados y serenos,
la barba de tres días
y sobre todo
la corona de espinas,
Cristo soporta el peso
de su martirio.
Y dice a las mujeres que lloran:
“Llorad por vosotras mismas
y vuestros hijos”.

No hay más sangre
que una herida en el cuello,
fruto del roce
con la cruz pesadísima
que un soldado encaja
en los hombros del Galileo,
Van al Lugar de la Calavera.
En hebreo se llama Gólgota.

Cristo es el centro del cuadro,
quizá no su motivo mis importante.
Porque tal vez El Bosco no se propuso
(¿cómo saber sus intenciones?)
pintar otro retablo de la Pasión
sino darnos la imagen
del Mal según aflora en el rostro humano.

El tema del rostro
es el eje de este siniestro cuadro hermosísimo.
Verónica retira el paño corriente
en que sudor y sangre imprimieron
para siempre el Divino Rostro.

Pero devora la obra
la multitud de caras terribles.
Barrabás forma la O de un aullido.
Un vómito de furia se derrama
por la boca de un monstruo ya desdentado.
La ira calcina a otro bufón malévolo
y sus labios dibujan estas palabras:
“Si eres el rey
de los judíos, ¿será posible
que no te salves a ti mismo?
¿A quién pretendes salvar
si no te libras del tormento y la injuria?”

De improviso rompe las épocas
la presencia de un dominico.
Aliado
a un dignatario adusto,
cara de pato,
amonesta al Ladrón ya muerto.
(Nadie como Hyeronimus van Aeken llamado Bosch
logró pintar ese color plomizo
que a cierta altura de la corrupción
se apodera de los cadáveres
.)

Y a la orilla del cuadro los que dan voces:
“Crucifícalo, crucifícalo.
(No son
los habitantes de Judea,
El Bosco retrata
la Danza de la Muerte de la Edad Media
y los demonios más que humanos de Flandes
.)
El goce brutal
de quienes piden más y más sangre.
El canalla estremecido de dicha
ante el presente y el futuro martirio.

Y los dos que se asombran.
Nunca sabremos
de qué se asombran.
Pero sabemos en cambio
que sin saber de nosotros
el implacable Bosco nos pintó en este cuadro.
Sólo tenemos que reconocernos.



Mozart: Quinteto para clarinete
y cuerdas en ‘la’ mayor, K 581, 46


La música llena de tiempo brota y ocupa el tiempo.
       Toma su forma de aire, vence al vacío
con su materialidad invisible. Crece
       entre el instrumento y el don
de tocar realmente su cuerpo de agua,
fluidez que huye del tacto, manantial hecho azogue,
porque inmovilizada sería silencio la música.

       La corriente de Mozart tiene
la plenitud del mar y como él justifica el mundo.
Contra el naufragio y contra el caos que somos
       se abre paso en ondas concéntricas
el placer de la perfección, el goce absoluto
       de la belleza incomparable
       que no requiere idiomas ni espacio.
Su delicada fuerza habla de todo a todos.
Entra en el mundo y lo hace luz resonante.
En Mozart y por Mozart habla la música:
       nuestra única manera de escuchar
       el caudal y el rumor del tiempo.



La “Y”

En los muros ruinosos de la capilla florece
      el musgo
pero no tanto
                  como las inscripciones, la selva
de iniciales talladas a navaja en la piedra
que, unida al tiempo, las devora y confunde.

Letras borrosas, torpes, contrahechas.
A veces desahogos e insultos.
Pero invariablemente
las misteriosas iniciales unidas
por la “Y” griega:
manos que acercan, piernas que se entrelazan,
la conjunción
                  copulativa, acaso vestigio
de cópulas que fueron, o no se consumaron.
Cómo saberlo.

Porque la “Y” del encuentro también simboliza
los caminos que se bifurcan: E.G.
encontró a F.D. y se amaron.
¿Fueron “felices para siempre”? Claro que no,
pero no importa demasiado.
Insisto: se amaron
una semana, un año o medio siglo, y al fin
la vida los desunió o los apartó la muerte.
(Una de dos sin otra alternativa).

Dure una noche o siete lustros, ningún amor
termina felizmente (se sabe).
Pero aun la separación
no prevalecerá contra lo que juntos tuvieron:

Aunque M.A.
haya perdido a D.H., y P. se quede sin N.,
hubo el amor y ardió un instante y dejó
su humilde huella
                  aquí entre el musgo
en este libro de piedra.



IV. Malpaís


Cuando, de pronto, a medianoche oigas
pasar una invisible compañía
con exquisitas músicas y voces,
no lamentes en vano tu fortuna
que cede al fi n, tus obras fracasadas,
los ilusorios planes de tu vida.
Como dispuesto de hace tiempo, como valiente, dile
adiós a Alejandría que así pierdes
.
             Constantinos Cavafis,
              “El dios abandona a Antonio”
              [Versión de Elena Vidal y José Ángel Valente]



Malpaís

Malpaís: Terreno árido, desértico e ingrato; sin
agua ni vegetación; por lo común cubierto de lava.

                                              Francisco J. Santamaría,
                                              Diccionario de mejicanismos


Ayer el aire se limpió de pronto
y aparecieron las montañas.
Siglos sin verlas. Demasiado tiempo
sin algo más que la conciencia de que están allí circundándonos.
Caravana de nieve el Iztaccíhuatl.
Crisol de lava en la caverna del sueño,
nuestro Popocatépetl.

Ésta fue la ciudad de las montañas.
Desde cualquier esquina se veían las montañas.
Tan visibles se hallaban que era muy raro
fijarse en ellas.

Sólo nos dimos cuenta de que existían las montañas
cuando el polvo del lago muerto,
los desechos fabriles, la ponzoña
de incesantes millones de vehículos
y la mierda arrojada a la intemperie
por muchos más millones de excluidos,
bajaron el telón irrespirable
y ya no hubo montañas. Pocas veces
se deja contemplar —azul, inmenso— el Ajusco.
Aún reina sobre el valle pero lo están acabando
entre fraccionamientos, taladores y, lo que es peor, incendiarios.
Lo creímos invulnerable. Despreciamos
nuestros poderes destructivos.

Cuando no quede un árbol,
cuando ya todo sea asfalto y asfixia
o malpaís, terreno pedregoso sin vida,
ésta será de nuevo la capital de la muerte.

En ese instante renacerán los volcanes.
Vendrá de lo alto el gran cortejo de lava.
El aire inerte se cubrirá de ceniza.
El mar de fuego lavará la ignominia,
se hará llama la tierra y lumbre el polvo.
Entre la roca brotará una planta.
Cuando florezca volverá la vida
a lo que convertimos en desierto de muerte.

Soles de lava, astros de ira, indiferentes deidades,
allí estarán los invencibles volcanes.



Strada dell’abbondanza

A fuerza de explotar a los esclavos
y robarse dinero público,
hubo auge en los negocios. Así los ricos
se volvieron más ricos, mientras los pobres
redoblaban su hambre y su miseria. La ciudad
desbordó sus antiguos límites, perdió sus rasgos
originales, fue reconstruida
según los lineamientos del imperio. También el habla
se corrompió con los hablantes. Y el lujo
entró como la hiedra en muchas partes.
Combatieron el tedio con la droga.
Nos legaron imágenes de sus actos sexuales,
como extraño presentimiento
de su fragilidad. Y entre robos
y asesinatos dondequiera, el terror
extendió su dominio. Miedo en la alcoba
y pánico en la calle. Furia y pena.
Sobre todo odio
proliferante. Porque el bien camina
pero el mal corre (y no se sacia nunca).
Todo esto sucedió en Pompeya, la víspera
del estallido del Vesubio.



Recuerdos entomológicos

En marzo aparecieron las hormigas.
No unas cuantas —voraces y puntuales,
parte del mundo como siempre— sino
millones y millones en columnas vibrantes
por todas las bodegas de este país.

Arrastraron
al fondo de los ciegos pasadizos
hasta un grano de sal o cualquier cosa mínima
que antes hubieran rechazado.
No es pensamiento mágico: se trata
de un sentido que aún no descubrimos.
Como otros animales se anticipan
a terremotos y desbordamientos,
en vísperas de crisis y escaseces
se multiplican las hormigas, cargan
con cuanto pueda preservar su especie.

Desprécialas si quieres, o extermínalas:
No las acabarás.
Han demostrado ser sin duda alguna
mucho más previsoras que nosotros.



Crónica Mexicayotl

En otro giro de la procesión
o de la tribu errante que somos,
henos aquí sin nada como al principio.
Sapos y lagartijas nuestro alimento,
sal nuestra vida, polvo nuestra casa.
Añicos y agujeros en la red
nuestra herencia de ruinas.
Por fi n tenemos
que hacerlo todo a partir
de esta nada que por fin somos.



Los monstruos

Para donde te muevas los ojos te seguirán
por esa galería que acumula retratos
de quienes construyeron el sufrimiento.
Cada país suele mostrar temeroso
una pinacoteca de sanguinarios ladrones.
El servilismo del pintor no alcanzó a maquillar
rostros en los que el miedo y la ambición
se mezclan al orgullo que rodará por tierra
y a la certeza
de que Saint-Just no se equivocó
y en efecto el arte de gobernar
no ha producido sino monstruos.



Paseo de La Feforma

Este fresno tan bien plantado
que ni el rayo ni la tormenta pudieron
estremecer,
que ni el hacha
osó injuriar con su afi lado silbido;
este monumento
a la belleza del mundo;
este pródigo
que nos dejó respirar y alabó
los ojos con su estampa
y fue luz
pero también dio sombra y duró
más que nuestras edades y todo.
Éste que parecía eterno
o estable al menos
ha muerto asfixiado
y masacrado con otros mil
por el gas venenoso que echan
los autobuses
en la innoble y letal colonia
penitenciaria
que hasta hace poco llamamos
Ciudad de México.



Ecuación de primer grado con una incógnita

En el último río de la ciudad, por error
o incongruencia fantasmagórica, vi
de repente un pez casi muerto. Boqueaba
envenenado por el agua inmunda, letal
como el aire nuestro. Qué frenesí
el de sus labios redondos,
el cero móvil de su boca.
Tal vez la nada
o la palabra inexpresable,
la última voz
de la naturaleza en el valle.
Para él no había salvación
sino escoger entre dos formas de asfixia.
Y no me deja en paz la doble agonía,
el suplicio del agua y su habitante.
Su mirada doliente en mí,
su voluntad de ser escuchado,
su irrevocable sentencia.
Nunca sabré lo que intentaba decirme
el pez sin voz que sólo hablaba el idioma
omnipotente de nuestra madre la muerte.



V. Ocasiones y circunstancias


¿Qué tierra es ésta?

Homenaje a Juan Rulfo con sus palabras

Hemos venido caminando
desde el amanecer.


Ladran los perros.

Grietas, arroyos secos.
Ni una sombra de árbol,
ni una semilla de árbol,
ni una raíz de nada.


Los cerros apagados y como muertos.

Aquí así son las cosas.
Por eso a nadie
le da por platicar.

Aquí no llueve.
A la gota caída
por equivocación
se la come la tierra
y la desaparece en su sed.


¿Quién haría este llano tan grande?
¿Para qué sirve este llano tan grande?


No hay conejos,
no hay pájaros,
no hay nada.


Tanta y tamaña tierra para nada.

Unos cuantos huizaches,
una que otra manchita de zacate
con hojas enroscadas.


Nos dieron esta costra de tepetate
para que la sembráramos.


Pero no hay agua.
Ni siquiera para hacer buches
tenemos agua.


Tierra como cantera que rechaza el arado.
Un blanco terregal endurecido
en que nada se mueve.


Ésta es la tierra que nos dieron,
sombra recalentada por el sol.


No es tiempo de hojas.
Tiempo seco y roñoso de espinas.
Polvo seco
como tamo de maíz que sube muy alto.


Seguimos buscando por todas partes
entre el rastrojo.
Muchas lamentaciones revueltas
con esperanzas.


Caminamos en medio de la noche
con los ojos aturdidos de sueño
y la idea ida.


El viento lleva y trae
la tierra seca.


En la hora desteñida,
cuando todo parece chamuscado,
no aparecen las aguas.
Nuestra milpa
comienza a marchitarse.


Llueve muy poco.
Le crecieron espinas
a nuestra tierra.


Somos como terrones endurecidos.
Somos la viva imagen del desconsuelo.


¿Qué tierra es ésta?
¿En dónde estamos?


Todos se van de aquí.
Nomás se quedan
los puros viejos,
las mujeres solas.


Aquí vivimos.
Aquí dejamos nuestras vidas.
Un lugar moribundo.


Ya no se escucha
sino el silencio de las soledades.
Y eso acaba con uno.


Aquí no hay agua.
Aquí no hay más que piedras.
Aquí los muertos
pesan más que los vivos.
Lo aplastan a uno.


Allá lejos los cerros
están en sombras.


Tiempo de la canícula
cuando el aire de agosto
sopla caliente.


Digan si oyen alguna señal de algo
o si ven luz en alguna parte.
Si hay olor de paz y de alfalfa
como olor de miel derramada.
Digan si ven la tierra que merecemos.


Digan si hay aire y nubes.
Si hay esperanza.
Si contra nuestras penas
hay esperanza.


Digan si es necesario lavar las cosas,
ponerlo todo nuevo de nueva cuenta,
como campo recién llovido.


Digan si oyen alguna señal de algo
o si ven luz en alguna parte.


Digan si ven la tierra que merecemos.

Digan si contra nuestras penas
hay esperanza.



Para Efraín Huerta

¿En qué lugar del valle que no elegimos, la isla de
       asfixia
rodeada de miseria por todas partes, habrán quedado
tus pasos, tus palabras, tu última sombra?
Así pues, terminó el danzón.
Vámonos con la música a otra parte.
Tú no estás muerto.
En esta inmensa zona de desastre que es México
nosotros somos los cadáveres.



A Jorge Guillén en sus 90 años

Sombrío el vasallaje de los topos
a la raíz que se hunde y ancla la tierra
para que no se derrame
sobre el vacío en su girar incesante.

Por la raíz la sombra asciende al árbol,
se vuelve hoja de luz en la rama.
Guillén toma lo más oscuro
y su alquimia ilumina el mundo
y nos enseña a mirarlo.



Flaubert, un artículo en verso
[El centenario de Gustave Falubert (1821-1880)]


La granja de Croisset en que el normando
      enorme vociferaba
Ante una consonancia, una cacofonía, algún
Vocablo repetido, no existe:
Se halla hundida
En la aridez industrial del nuevo paisaje.

Pero sus libros siguen inquietándonos.
      Convirtió en arte
Un género pensado para la diversión:
      la novela.
Hizo de ella
            rama vital de la poesía.

De allí el cuidado
            puesto en cada palabra.
Pues no hay sinónimos: le mot juste,
      el término exacto,
Una palabra para cada cosa, ceñida
—Como la piel al cuerpo— a lo que nombra.

Algunos piensan
Que resulta excesivo tal rigor pues nada queda
En traducción de frases como éstas:
Il voyagea.
Il connut la mélancolie des paquebots,
      les froids réveils
Sous la tente, la étourdissement des paysages
      et des ruines,
La amertume
Des sympathies interrompues.
Il revint.


Y sin embargo todo escritor debe honrar
El idioma que le fue dado en préstamo,
Hacerlo que circule, no permitir
Que se estanque y corrompa, ya que con él
Se pudriría también el pensamiento.
      De modo que
Su primer deber ante la sociedad
      (hay muchos más)
Consiste en escribir de la mejor manera posible.

Porque el famoso estilo de Flaubert no es un
      vitral ni un adorno:
Se halla siempre al servicio de lo que narra.

Gracias a él
Las desventuras de Emma Bovary
Y de Félicité, la sirvienta,
Se grabaron a fuego en nuestra memoria,
Como L’éducation sentimentale de Frédéric
      Moreau y con ella
La vida entera
De la Francia burguesa en el Segundo Imperio.
La educación sentimental es complemento
      indispensable
De El 18 Brumario de Luis Bonaparte.
Y aquí no importan (perdone, Sartre)
Los gritos reaccionarios de Flaubert contra
      la Comuna.
Porque él enseña todo acerca de su clase
      (la nuestra).

Y sus amores desdichados, su ansia de gloria
(De éxito no)
Frustrada por el censor y el crítico y la guerra;
Su rabia
Contra la estupidez propia y ajena,
Ante la enfermedad y el envejecimiento,
No fueron a la postre
Sino instrumentos de su obra, de su gran Obra
Que sigue ardiendo a fuego lento.

Dijo su amigo Henry James: “Un escritor
Es aquella persona para quien nada se pierde”.
Todo le sirve
Para un proyecto que es su vida y no es vida
sino “la sombra del gran sol que es la vida”.
(Son palabras
De Hemingway o Connolly, ya no recuerdo).

Han pasado cien años desde su muerte y ahora,
Entre las ruinas de Groisset, otra industria:
Libros sobre sus libros,
Las ediciones comentadas, las interpretaciones,
      las biografías
Un muro
      que divide a Flaubert de sus posibles
      lectores.

Hay seis o siete libros de Flaubert:
      mil quinientos
Sobre Flaubert. Y a pesar de todo
Lo único que cuenta (decía Revueltas)
No son estatuas ni homenajes: Es sólo aquel
Diálogo silencioso que el lector
Establece con cada libro, su libro.
Y ha}' conexión o no circula corriente.
¿Por qué? Quién sabe, pero ante esto
Pesa muy poco lo demás.

                        Y por otra parte
Nunca sabremos de verdad quién fue Flaubert,
      no sabremos
Lo que intentó decir (ni él lo sabía).
Porque Flaubert, como todo autor,
      únicamente dice
Lo que cada cual que lo lea
Pueda escuchar entre el rumor de sus páginas.



Carta a George B. Moore en defensa del anonimato

No sé por qué escribimos, querido George.
Y a veces me pregunto por qué más tarde
publicamos lo escrito. Es decir, lanzamos
una botella al mar, harto y repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos
a quién ni adónde la llevarán las mareas.
Lo más probable
es que sucumba en la tempestad y el abismo.

Sin embargo, no es tan inútil esta mueca de náufrago.
Porque un domingo
usted me llama de Estes Park, Colorado,
me dice que ha leído cuanto está en la botella
(a través de los mares: nuestras dos lenguas)
y quiere hacerme una entrevista.
Después recibo un telegrama inmenso
(lo que se habrá gastado usted al enviarlo).
En vez de responderle o dejarlo en silencio
se me ocurrieron estos versos. No es un poema,
no aspira al privilegio de la poesía
(no es voluntaria).
Y voy a usar, así lo hacían los antiguos,
el verso como instrumento de todo aquello
(relato, carta, drama, historia, manual agrícola)
que hoy decimos en prosa.

Para empezar a no responderle,
no tengo nada que añadir a lo que está en mis poemas,
dejo a otros el comentario, no me preocupa
(si alguno tengo) mi lugar en la historia.
(Tarde o temprano a todos nos espera el naufragio).
Escribo y eso es todo. Escribo: doy la mitad del poema.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena. El lector, la lectora
harán o no el poema que tan sólo he esbozado.

No leemos a otros: nos leemos en ellos.
Me parece un milagro
que algún desconocido pueda verse en mi espejo.
Si hay un mérito en esto —dijo Pessoa—
corresponde a los versos, no al autor de los versos.
Si de casualidad es un gran poeta
dejará cuatro o cinco poemas válidos,
rodeados de fracasos y borradores.
Sus opiniones personales
son de verdad muy poco interesantes.

Extraño mundo el nuestro: cada día
le interesan cada vez más los poetas;
la poesía cada vez menos.
El poeta dejó de ser la voz de la tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto nada más otro entertainer.
Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,
sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo,
tienen asegurado el amplio público
a quien ya no hace falta leer poemas.

Sigo pensando
que es otra cosa la poesía:
una forma de amor que sólo existe en silencio,
en un pacto secreto entre dos personas,
de dos desconocidos casi siempre.
Acaso leyó usted que Juan Ramón Jiménez
pensó hace mucho tiempo en editar una revista.
Iba a llamarse “Anonimato”.
Publicaría no firmas sino poemas;
se haría con poemas, no con poetas.
Y yo quisiera como el maestro español
que la poesía fuese anónima ya que es colectiva
(a eso tienden mis versos y mis versiones).
Posiblemente usted me dará la razón.
Usted que me ha leído y no me conoce.
No nos veremos nunca pero somos amigos.
Si le gustaron mis versos
qué más da que sean míos / de otros / de nadie.
En realidad los poemas que leyó son de usted:
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.



Epílogo:
Imitación de Juvenal
(El fin de la Edad de Plástico)

Ediciones Era, 1983

Sátiras

[Esta “Imitación de Juvenal” apareció como epílogo en la edición ampliada de Ediciones Era, 1983; pero fue eliminada en todas las reediciones a partir del 2000]


Sátira I

¿Cómo podría describir la inmensidad de la ira
al ver que cruza la calle
un ladrón insolente y humilla al pueblo
el séquito de bandidos que le abre paso?
No le importa la infamia pues su dinero
está lejos y a salvo. La probidad es alabada pero los probos
no tienen dónde reclinar la cabeza.
Grandes mansiones y asombrosos jardines
son producto del crimen. Nunca había sido
tan afrentosa la corrupción como ahora.
Jamás la avidez
abrió las fauces como en estos años.
La única majestad es la riqueza.
El funesto dinero habita en su templo.
¿Es nada más locura gastar en fiestas
y negarle comida al pobre?
¿Quién derrocha banquetes de nueve platos
cuando el pueblo se muere de hambre?



Sátira II

Siento ganas de huir al océano helado
cuando escucho hablar de moral a los que viven
en prevaricaciones incesantes. No lanzo cargos
desde ninguna altura pues yo también
soy parte y soy producto de la cloaca.
Aquí la justicia
absuelva al cuervo y se ensaña con las palomas.
¿Cómo llegó esta sarna a los sucesores
de los ministros que manejaron millones y murieron en la miseria?



Sátira III

Cualquier aldea sombría
es mejor que la ciudad inhabitable
donde se agosta el espacio
para todo trabajo honrado
y los ricos son menos ricos
de lo que van hacer mañana
cuando los pobres
sean todavía más pobres.
Y todo paga tributo y el único bosque
es el que forma la multitud de mendigos.

Ésta no es la ciudad de todos sino el coto de caza
de los que medran con el dinero ajeno y las obras públicas.
Qué talento para adular el que exhiben nuestros farsantes.
¿Quedará otro camino cuando
se han vuelto inalcanzables hasta la más pobre vivienda
y el más humilde de los alimentos?

Todo en esta ciudad tiene su precio.
Únicamente el rico posee el silencio y la paz.
Si eres pobre, no te dejará dormir el estruendo.
Si vas a pie, no encontrarás lugar en las calles.
Aquí tan sólo
el poderoso llega a tiempo. Sus guardias
se exceden con nosotros: la turba siempre vejable.
Cuídate de salir por la noche:
si no te asalta el ladrón
te atracarán los polizontes.
Lo mismo da
que intentes decir algo o soportes
en silencio las vejaciones.
Ésta es la libertad por la que tantos murieron.
No hay arados para el trabajo
pues todo el hierro se emplea
en forjarnos nuestras cadenas.



Sátira IV

Arrímate a la mesa del poderoso
si consideras el mayor bien vivir
del pan ajeno. Te dará las sobras
y un día te pasará la cuenta sin falta.
Quizá te diga
que te emplea de consejero. Pues bien,
si te necesita
es a manera de cómplice, a guisa de bufón
o para lamer sus zapatos.



Sátira V

Si crees ser libre y hablar en nombre del pueblo
será mejor desengañarte ahora mismo.
No te sientas un héroe con tus versitos.
El desdén tolerante que los recibe
prueba tu pequeñez. Y sobre todas las cosas
aquí no hay arte, ciencia ni estudio
que no dependa del César. ¿Mejor será
no juzgar repugnante ni deshonroso
convertirse en sus pregoneros porque no existe
más posibilidad de comer hoy día que César?

No tendríamos “La Eneida” sin la casa de campo
y los esclavos de Virgilio. ¿Cómo pretendes
que escriba bien el pobre Ruvrenus Lapa
si ya no puede
comprar al menos una tablilla de cera?
¿Qué cosecha recoges de tu trabajo,
del aceite quemado
noche tras noche
y de los miles de papiros en vano?
Con todo su saber y su gran estilo
¿ganó Horacio en su vida entera
lo que gana en media hora el procónsul Caco Nepote?

¿Cuál es el precio de tu voz? Lo que dan de propina
en el burdel a la que carga las toallas.
En Roma eres un pobre diablo
si no tienes a tu servicio ocho escribas
y en el peor caso una docena de guardias.
¿Qué harás?
¿Esperar sin comer el improbable buen tiempo
o retozar como cerdo en la abyecta tibieza
del lodo inmundo ya revuelto con mierda?
Tal vez los hados darán el reino
a los esclavos y a los cautivos el triunfo.
Pero aún así la libertad
es más rara que un cuervo blanco.



Sátira VI

Si tienes el poder no despojes
a los pueblos valientes y desdichados.
Puedes robarles
todo el oro y la plata que se te antoje
pero les dejarás a cambio la espada.



Sátira VII

No hay motivo de asombro entre un noble sea mimo
cuando el príncipe es citarista.



Sátira VIII

Te equivocas si crees
que existen los secretos en este mundo.
Si callas al esclavo hablará la puerta
y si tapias la puerta gritará el mármol.
Aunque caves
en lo más hondo de la tierra una cámara,
el mundo se enterará de tus fechorías
(y si no sabe de algo lo inventa).
De todas las razones
para vivir ésta es la más importante:
Vive de tal manera que puedas despreciar el rumor,
lo que digan las malas lenguas.



Sátira IX

Dime lo que ambicionas y te diré
de lo que vas a arrepentirte. Si anhelas
que tu riqueza te convierta en ballena
y humillar al delfín con tu gran tamaño,
no lograrás
sino que el miedo de perderla ponga sitio a tu casa.
Quien nada tiene nada teme perder
y por eso es más libre
que el prisionero en su desierto palacio.
Como reiría Demócrito si viese
a nuestros poderosos en carruajes dorados
con túnicas de Júpiter que les tejieron los pobres.
Hay hombres que creen ser su poder,
imán de la envidia
y su ristra de títulos ilustres.
Pero tenlo presente:
el poder es la estatua que derriban con cuerdas,
los carros destrozados a hachazos,
los inocentes caballos muertos.
¿No escuchaste jamás
cómo rugen las llamas y se funde en la hoguera
la cabeza que ayer adoró el pueblo?
Con metales de estatuas se fabrican sartenes,
jarros, platos, cubetas, bacinicas.
Seyano ignoró lo que debía ambicionar
y al pedir honores excesivos, demasiada riqueza,
levantó la torre más alta y desde esa altura
la caída fue más profunda y espantoso el derrumbe
de las ruinas estremecidas. No hay nadie
que del poder salga ileso. La patria
fue arruinada por unos cuantos,
su ambición sin medida, la alabanza del epitafio
en la urna de su ceniza.
Pero basta la higuera estéril
para hendir el altivo mármol.
Toda grandeza cabe en el límite estrecho de un ataúd.
Sólo la muerte revela
cuán triste cosa es nuestro cuerpecillo.



Sátira X

Lo que robó Nerón lo poseerá Pacuvio.
Su oro
tal vez iguale a las montañas.
Pero no amará a nadie
ni será amado por ninguno.



Sátira XI

¿Hasta cuándo dejaremos de producir ladrones, perfidia, fraudes
y búsqueda de lucro mediante el crimen?
Hay gobernantes y empresarios honrados
pero son tan escasos como las puertas de Tebas y las bocas del Nilo.
La venganza es una enfermedad.
Deja que el malhechor escape al castigo:
Llevará siempre su tribunal muy adentro.
¿Y de qué sirven
las riquezas multiplicadas por la violencia y el fraude?
Puedes comprar mil casas, cien mil hectáreas:
no escaparás al dolor ni a la muerte.



Sátira XII

La mejor parte de nuestro ser son las lágrimas.
No hay ningún mal que pueda sernos ajeno.




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