José Emilio Pacheco
(Ciudad de México, 1939-2014)


Los elementos de la noche
(1958-1962)
(México: UNAM, 1963, 72 págs.)


I. Primera condición, 1958-1959


Árbol en tre dos muros

Sitiado entre dos noches
el día alza su espada de claridad:
mar de luz que se levanta afilándose,
selva que aísla del reloj al minuto.

Mientras avanza el día se devora.
Y cuando toca la frontera en llamas
empieza a calcinarse. De tu nombre
brotan la luna y su radiante armada,
islas que surgen para destruirse.

Es medianoche a la mitad del siglo.
Resuena el huracán, el viento en fuga.
Todo nos interroga y recrimina.
Pero nada responde.
Nada persiste contra el fluir del día.

Al centro de la noche todo acaba
y todo recomienza.
En la savia profunda flota el árbol.
Atrás el tiempo lucha con el cielo.
El fuego se arrodilla a beber rescoldos.
La única luz es la que da el relámpago.
Y tú eres la arboleda
en que el trueno sepulta su rezongo.



Canción para escribirse en una ola

Ante la soledad se extienden días quemados.
En la ola del tiempo el mar se agolpa, se
disuelve en la playa donde forma el cangrejo
húmedas galerías que la marea destruye.

Las palabras del mar se entremezclan y estallan
cuando se hunde en la tierra el rumor de las olas.
Un caracol eterno son el mar y su nombre.
En la apagada arena viene a encallar la noche.

Y el mar se vuelve espejo de la luna desierta.



Jardín de arena

Cuando la lluvia eterna se detiene en el río
—minuciosa, veloz, hecha de mil pronombres—
se levanta las horas como las llamas.

Ven a la costa en donde nace el mar,
a este jardín que pastorean las olas,
a este alba iluminada por la espuma.

El mundo es todo para ti.
Tú eres el mundo.

Eres el agua, eres el sol, la tierra
y el viento que la sigue como una sombra.



El sol oscuro

Enciende el vuelo llamas transparentes.
Domina el aire un sol ágil y oscuro.
La noche es oquedad, desierto muro
o río que se disuelve en sus afluentes.

Otro dolor regresa cuando sientes
que el árbol de ese tiempo en que no duro
se nutre de la muerte y lo futuro
y la tierra y la sangre incandescentes.

Avanza el mar. Inunda lo que sueña.
El agua pasa y al fluir perdura.
Se remansan los siglos en la peña

donde la sal anula su estructura.
La sombra arde en su espejo. El mar se adueña
de la tierra: su límite y tortura.



Mar que amanece

En el alba navega el gran mar solo.
Alza su sed de nube vuelta espuma
y en la arena
duerme como las barcas.

De repente amanece,
gloria que se propaga, cotidiano
nacimiento del mundo.

El otro mar nocturno
bajo la sal ha muerto.



>Casida

Alrededor del alba
despiertan las campanas,
sonoro temporal que se difunde y vibra
en las últimas bóvedas
de la noche, en el aire
que la luz reconquista.

Vuelan como palomas los instantes
y otra vez
cae el silencio.



La enredadera

Verde o azul, fruto del muro, crece;
divide cielo y tierra.
Con los años
se va haciendo más rígida, más verde,
costumbre de la piedra, cuerpo ávido
de entrelazadas puntas que se tocan,
llevan la misma savia, son una breve planta
y también son un bosque;
son los años
que se anudan y rompen;
son los días
del color del incendio;
son el viento
que a través del otoño
toca el mundo,
las oscuras
raíces de la muerte
y el linaje
de sombra que se alzó en la enredadera.



II. De algún tiempo a esta parte, 1960-1961


Los elementos de la noche

Bajo el mínimo imperio que el verano ha roído
se deshacen los días.
En el último valle
la destrucción se sacia
en ciudades vencidas que la ceniza afrenta.
La lluvia extingue
el bosque iluminado por el relámpago.
La noche deja su veneno.
Las palabras se rompen contra el aire.
Nada se restituye ni devuelve
el verdor a la tierra calcinada.
Ni el agua en su destierro sucederá a la fuente
ni los huesos del águila volverán por las alas.



Tarde enemiga

La música, el oleaje de los sueños sin nombre,
el epitafio de la tarde, el lento
acontecer de algún milagro herido,
se vuelven instrumentos del domingo culpable.

Puedo afirmar que vivo
porque he aprendido el límite del aire,
lo que se rompe y pierde en el deshielo.
Pero hoy el mundo amaneció de cobre
y las horas llegaron a su término.

Sobre la paz de este final,
de este río que prosigue para aumentar su muerte,
la hora es el cadáver de otra hora abolida.
El tiempo abre las alas.
Se aleja el día hacia ninguna parte.

¿Cómo atajar la sombra si nada permanece,
si ha sido nuestra herencia la dualidad del polvo?



De algún tiempo a esta parte

What can I hold you with?
Borges, “Two English Poemas”


I

Aquí está el sol con su único ojo, la boca escupe fuego que no se hastía de calcinar la eternidad. Aquí está como un rey derrotado que mira desde el trono la dispersión de sus vasallos.
Algunas veces, el pobre sol, el heraldo del día que te afrenta y vulnera, se posaba en su cuerpo, decorando de luz todo lo que fue amado.
Hoy se limita a entrar por la ventana y te avisa que ya han dado las siete y tienes por delante la expiación de tu condena: los papeles que sobrenadan en tu oficina, las sonrisas que los otros te escupen, la esperanza, el recuerdo... y la palabra: tu enemiga, tu muerte, tus raíces.


II

El día que cumpliste nueve años, levantaste en la playa un castillo de arena. Sus fosos comunicaban con el mar, sus patios hospedaron la reverberación del sol, sus almenas eran incrustaciones de coral y reflejos.
Una legión de extraños se congregó para admirar tu obra. Veías sus panzas comidas por el vello, las piernas de las mujeres, mordidas por cruentas noches y deseos. Saciado de escuchar que tu castillo era perfecto, volviste a casa, lleno de vanidad. Han pasado doce años desde entonces, y a menudo regresas a la playa, intentas encontrar restos de aquel castillo.
Acusan al flujo y al reflujo de su demolición. Pero no son culpables las mareas: tu sabes que alguien lo abolió a patadas —y que algún día el mar volverá a edificarlo.


III

En el último día del mundo – cuando ya no haya infierno, tiempo ni mañana – dirás su nombre incontaminado de cenizas, de perdones y miedo. Su nombre alto y purísimo, como ese roto instante que la trajo a tu lado.

IV

Suena el mar. La antigua lámpara de alba incendia el pecho de las oscuras islas. El gran buque zozobra, anegado de soledad. Y en la escollera herida por las horas, de pie como un minuto abierto, se demora la noche.
Los seres de la playa tejieron laberintos en el ojo del náufrago, próximo a ser oleaje, fiel rebaño del tiempo. Alga, litoral verde, muchacha destruida que danza y brilla cuuando el sol la visita.


V

De algún tiempo a esta parte, las cosas tienen para ti el sabor acre de lo que muere y de lo que comienza. Aspero triunfo de tu misma derrota, viviste cada día con la coraza de la irrealidad. El año enfermo te dejó en rehenes algunas fechas que te cercan y humillan, algunas horas que no volverán pero que viven su confusión en la memoria.
Comenzaste a morir y a darte cuenta de que el misterio no va a extenuarse nunca. El despertar es un bosque de hallazgos, un milagro que recupera lo perdido y que destruye lo ganado. Y el día futuro, una miseria que te encuentra solo: inventando y puliendo tus palabras.
Caminas y prosigues y atraviesas tu historia. Mírate extraño y solo, de algún tiempo a esta parte.



Égloga octava

Lento muere el verano
y suspende el silencio con sus ruidos.
Un otoño temprano
hundió verdes latidos,
árboles por la muerte merecidos.

La luz nos atraviesa.
Se detiene en tu cuerpo y lo decora.
Tal fuego que te besa,
consumida en la hora,
ya se incendia la tarde asoladora.

Vivimos el presente
en función del mañana y del pasado,
porque seguramente
no estaré ya a tu lado
en ese tiempo real que has desdeñado.

En estas soledades
se han unido el desierto y la pradera.
Mas el gozo que invades
ya no te recupera
y durará lo que la noche quiera.

Creciste en la memoria
hecha de otras imágenes, mentida.
Y no habrá más historia
para ocupar la vida,
que esa huella de ti, vasta y perdida.

Inútil el lamento,
inútil la esperanza, el desterrado
adjetivo del viento.
Te ha poblado
el transcurrir de todo lo acabado.

Esperemos ahora
la claridad que apenas se desliza.
Nos encuentra la aurora
en la tierra cobriza,
faltos de amor y llenos de ceniza.

Se acerca la negrura
en la avidez del día que despierta.
En torno a tu hermosura
se ha cerrado la puerta
de la alegría que me diste muerta.

No volveremos nunca
a tener en las manos ese instante;
porque la noche trunca
hará que se quebrante
nuestra dicha
y sigamos adelante.

El oscuro reflejo
de ese ayer que zozobra en tu mirada,
es el oblicuo espejo
que bifurca la nada
de esta reunión de sombras condenada.

La llama que calcina
de tu rostro sin voces ha crecido.
Pero ha de ser su ruina
la que instaure el sonido,
el silencioso estruendo del olvido.

De los años la ira,
la confusión, el peso, la derrota,
no harán una mentira
de todo lo que brota
en una noche de prodigios rota.

El mundo se apodera
de lo que es nuestro y tuyo. Y el vacío
acontece y vulnera;
como el río
que humedece tus labios, amor mío.

Eterna, única ausente,
niña solar o hiedra que se esconde.
Te borras lentamente,
más vivirás en donde
tu presencia me escucha y me responde.



Estancias

Una paloma gris que se deshace
pule en el aire su desnudo vuelo.
En ese instante de la luz que nace
brilla perfecto el desmedido ciclo:
nube y paloma que en su vago enlace
son un mismo dibujo en este suelo.
Así en la sombra o en algún espejo
eres tú mi contorno y mi reflejo.

No es el futuro ni su irreal presencia
lo que nos tiene lejos, divididos:
es el lento desastre, la existencia,
la plenitud de todos los olvidos.
Sólo en el sueño, en su remota esencia,
caminamos desiertos pero unidos.
No volverás hasta el llameante centro,
a la impedida arena del encuentro.

De la mirada tú sigues cautiva
en el recinto fiel, en la memoria.
Allí te quedas imposible y viva,
honda en tu resplandor y transitoria.
Todo se enciende hoy para que escriba
viejas palabras de una antigua historia.
Atrás de este minuto se ha borrado
una playa en que el mar entró incendiado.

Sólo hay silencio. Ya ningún poema
recogerá en su eco este lamento.
Sería roer el miserable tema
con las palabras que destruye el viento.
Epitafio sin nombre, cardo, emblema
desfigurado por un sol violento;
destrucción del ayer: he aquí el envío
de todo lo que fue y es del vacío.



Contra un diálogo inmóvil

Alguien te sigue a veces en silencio.
Las cosas nunca dichas
se transforman en actos.
Atraviesas la noche en las manos del sueño,
pero el otro, implacable,
no te abandona: lucha
contra la irrealidad, la falsa vida
donde todo es ocaso.

Frágil perseguidor que eres tú mismo,
lo has obligado a ser, para borrarte,
espejo minucioso que no olvida
cuanto miró, cuanto dibuja el tiempo,
los linajes
de los instantes que consumes.

Alguien te sigue a veces, y en silencio
toma tu voluntad, dicta a las horas
la forma de su arena.
Las dispone al combate.
Y caen y vences años como espigas,
como el río sin presencia
que el viento con larguísimo paso ha dominado.

Alguien que no eres tú
vive esta vida
para que tú la vivas, y a menudo
puedas sentir que es tuyo ese pasado,
esa historia de todos,
esa materia leve que ha tejido al que inmola
letras, palabras, sílabas dormidas
donde te encuentra el otro
y ve caer precisas
todas sus voluntades:
lo que vivió es tu vida,
tiene tu nombre y habla por tu boca.


Y como tú está solo
contra un diálogo inmóvil
que nada comunica
sino separa, escinde
en este mundo herido
que entre todos formamos
para ser cárcel, miedo,
dolor, única
forma de vivir,
llave estrecha
de otras horas análogas a entonces.



Luz y silencio

Todo lo que has perdido, me dijeron, es tuyo.
Y ninguna memoria recordaba que es cierto.
Todo lo que destruyes, afirmaron, te hiere.
Traza una cicatriz que no lava el olvido.

Todo lo que has amado, sentenciaron, ha muerto.
No quedó ni la sombra, se acabó para siempre.

Todo lo que creíste, repitieron, es falso.
Se hundieron las palabras con que empezó tu tiempo.

Todo lo que has perdido, concluyeron, es tuyo.
Y una luz fugitiva anegará el silencio.



La materia deshecha

Vuelve a mi boca, sílaba, lenguaje
que lo perdido nombra y reconstruye.
Vuelve a tocar, palabra, el vasallaje
con tu propio fuego te destruye.

Regresa, pues, canción, hasta el paraje
en donde el tiempo acaba mientras fluye.
No hay monte o muro que su paso ataje:
lo perdurable, no el instante, huye.

Ahora te nombro, incendio, y en tu hoguera
me reconozco: vi en tu llamarada
lo destruido y lo remoto. Era

árbol fugaz de selva calcinada
palabra que recobra en su sonido
la materia deshecha del olvido.



Presencia

Homenaje a Rosario Castellanos

¿Qué va a quedar de mí cuando me muera
sino esta llave ilesa de agonía,
estas pocas palabras con que el día,
dejó cenizas de su sombra fiera?

¿Qué va a quedar de mí cuando me hiera
esa daga final? Acaso mía
será la noche fúnebre y vacía
que vuelva a ser de pronto primavera.

No quedará el trabajo, ni la pena
de creer y de amar. El tiempo abierto,
semejante a los mares y al desierto,

ha de borrar de la confusa arena
todo lo que me salva o encadena.
Más si alguien vive yo estaré despierto.



Como aguas divididas

Dicta el agobio su pesar. La noche
es la que permanece y la que sueña.
Como aguas divididas se apartaron las horas
y se alejó la luz. Todo es desierto.

El mundo suena a hueco. En su corteza
ha crecido el temor. Alguien, a veces,
puede creerse vivo. Pero el tiempo
le quitará el orgullo y en su boca
hará crecer el polvo, ese lenguaje
que hablan todas las cosas.



Éxodo

En lo alto del día
eres aquel que vuelve
a borrar de la arena la oquedad de su paso;
el miserable héroe que escapó del combate
y apoyado en su escudo mira arder la derrota;
el náufrago sin nombre que se aferra a otro cuerpo
para que el mar no arroje su cadáver a solas;
el perpetuo exiliado que en el desierto mira
crecer hondas ciudades que en el sol retroceden;
el que clavó sus armas en la piel de un dios muerto
el que escucha en el alba cantar un gallo y otro
porque las profecías se están cumpliendo: atónito
y sin embargo cierto de haber negado todo;
el que abre la mano
                                   y recibe la noche.



III. Crecimiento del día, 1962

Inscripciones

1

Piedras que inútilmente pule el tiempo.
Muro entre dos ausencias levantado
que nada cubre ya porque lo cubren
la destrucción, la hiedra, acaso el viento.
Puerta cerrada de un jardín que nunca
ha existido o yace entre sus ruinas.


2

Toda la noche se ha poblado de agua.
Sobre el muro del día
el mundo llueve.


3

Una vez, de repente, a medianoche
se despertó la música. Sonaba
como debió sonar antes que el mundo
supiera que fue música el lamento
de las horas deshechas, de los seres
que el instante desgasta
a cada instante.


4

Sobre un espacio del segundo
el tiempo
deja caer la luz ante las cosas:
fiel llanura de objetos
que me contemplan, mudos
—pero con algo en ellos
que es una voz eterna.


5

Medio comido por la tarde el tigre
suma sus manchas
sus feroces manchas;
legión perpetua de su imagen,
hierba,
hojarasca, prisión
que lo hace tigre.


6

Cierra los ojos, mar.
Que tu mirada
se vuelva hacia la noche
honda y extensa
—como otro mar de espumas
y de piedras.



Crecimiento del día

I

Letras, incisiones en la arena, en el vaho. Signos que borrará el agua o el viento. Símbolos neciamente aferrados a la hora que se cumple dentro de mí, al silencio. ¿Para qué hendir esta remota soledad de las cosas? ¿Por qué llenarlas de plegarias, de trazos, de invocaciones? Porque es un modo de redescubrir el espacio, el origen; de iluminar, mediante el pobre conjuro, la ávida sombra que se cierne sobre el instante. Porque así las murallas de esa cárcel de azogue que yo mismo he erigido, no prevalecerán contra mi nada.

II

He inventado la selva, pero me falta un árbol que la pueble. A la orilla del sol, un mediodía se impregna de escalas luminosas. En los densos abismos de una gota de agua, el pez creciente sueña con detenerse, encadenado. Y así como de la enfermedad nace la fiebre, la combustión del tiempo engendra al sol. En los pasadizos de una hoja de sauce, en la urna del polvo que suspende la luz, en las cordilleras de un grano de sal, yace y se hace lo indecible. Todo principio gira. La edad de piedra petrifica el misterio. Y la ceniza, oh tierra, siente nostalgia del incendio. Se levanta y te arrasa —selva, maraña que no conocerás mi último día.

III

Distancias, llanuras, escarpaciones: años incorporados a mi sangre (que no esperan volver porque están vivos). Me configuran, me retractan, pulen mi máscara y mi cara. Me hablan de la batalla que perdí sin reñirla —y de ésa que libraré contra los muertos. Soy el despreciable centinela que no estuvo en su sitio para correr la voz de alarma. Y al lado mío —cómplice— se sucedían los desastres y las devastaciones. Como aquel de Judea, me he lavado las manos ante una turbamulta: un tribunal que, desdeñando esos recursos, dicta implacable mi condena.

IV

...La palabra despierta: abre los ojos, dice apenas que existe, se dibuja...

V

Olvidada del mar, una ola naufraga en la bahía desierta. Nadie pregunta a la cambiante nube de qué fuente alzó el vuelo. Se va a pique el otoño, rota generación de hojas baldías. Tenemos que gastarnos —como ese lápiz sordo contra el muro.

VI

Al alba otro rumor:
la tierra nace
la luz se reconstruye
el viento borra.
Asediada de cánticos, la noche
es una isla que anegó la costa.
Si vamos a partir
                  deja tu rostro
abandona el amor.
                  La piel del aire
como un tatuaje nos señala.
                   El día
se arroja en la marea.
Y la mañana
invadida de hogueras
se despuebla.


VII

En los acantilados, en las ruinas
grabé ese nombre.
(El astro resplandece
mientras dentro
se derrumban espacios, superficies.)
En las ramas caídas, en el polvo
Creció ese nombre.
(Cada estuario
prueba la sal del mar
y hunde a los ríos.)
En las dominaciones, en los reinos
que ese nombre cubrió,
las dinastías
sin esperanza se han rendido al tiempo.


VIII

En la noche de lluvia un fragor muerto
y los árboles arden y nos queman.
El fuego verde de la luna, angosto
murmullo del infierno nos rodea.
Ira, mosca de espuma, sapo: hierve.
No te pido piedad, lenguaje: brama.
Descienda el trueno;
                   sus llameantes alas
caigan a ahondar el árido sepulcro.


IX

Ceremonia del círculo, materia,
calcinación, alianza
                   estoy buscándote.
Desamparado y no, la levadura
del cotidiano hundirse y recobrarte.
y tú, sal de la noche,
                   sal eterna:
Oficia, resucita, tiende lazos
—y los errantes cuerpos, las miradas,
irrevocablemente se consagren.



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