José Emilio Pacheco
(Ciudad de México, 1939-2014)


El enemigo muerto
Originalmente publicado en la revista Estaciones,
Año 4, Núm. 16 (invierno de 1959), págs. 405-409;
La sangre de Medusa y otros cuentos marginales
(México, D.F.: Ediciones Era, 1990, 136 págs.)



      La semana pasada el ilustre escritor leyó una conferencia en el Centro de Estudios Pro Integración Latinoamericana. Hoy ha decidido repetirla en otra ciudad. De acuerdo con sus órdenes he pasado la tarde mecanografiando el texto corregido. No tardará en llegar y en reprenderme por una coma sobrante o la omisión de una mayúscula. Hace tiempo cumplió los cincuenta años. Ya veo en él muchos rasgos que antes advertí en Alberto Zelaya.
       La proximidad me confiere cierto prestigio. A cambio soporto su carácter y cobro el cheque asignado por el gobierno a su más alto ideólogo. Jamás hablo de mí: él no me da oportunidad. Ahora que me distraigo y me dejo llevar por la máquina eléctrica daré el testimonio de alguien que ha visto todo sin participar realmente en nada.
       Son las seis de la tarde. En cuanto oscurezca arrojaré estas páginas al cesto de la basura. Si el ilustre escritor llegara a verlas se mostraría sorprendido porque me cree incapaz de hilar dos oraciones. Pero nadie se imagina lo que son los originales del maestro antes de que yo los corrija al pasarlos en limpio. Sus admiradores se asombrarían ante los disparates ortográficos, las fallas de sintaxis, las rimas no buscadas que arruinan su prosa cada vez menos tersa. Si no hay gran hombre para su ayuda de cámara, ¿puede haber gran escritor para su secretario privado?

       Yo también fui joven, hice versos, me forjé la ilusión de una carrera literaria. Estudiaba Derecho, publiqué una revista que no pasó del primer número. Uno de sus trescientos ejemplares mereció ser leído por Alberto Zelaya. El escritor más admirado de aquellos tiempos me envió unas líneas manuscritas para estimularme y sugerirme modelos poéticos más actuales.
       Lo primero que hice al llegar a la capital fue presentarme ante el maestro. Hoy el núcleo urbano ha asimilado el sitio donde vivía Zelaya en las faldas de la montaña. Me impresionó darme cuenta de que era pobre y su esposa se encargaba del quehacer. Ni la casa ni el escritor mostraban nada fuera de lo común. Sólo el estudio de Zelaya me reveló en su desorden lo que supuse la presencia del genio. En 1932 aún eran pocos los que escribían directamente a máquina. Me llamó la atención la Underwood en que Zelaya redactaba todo excepto las cartas: en aquella época se consideraba grosero que no estuviesen manuscritas.
       Zelaya había nacido en un mundo sin radio ni cine, cuando la oratoria era el modelo del buen hablar. Para mis veinte años su manera de expresarse sonaba ampulosa. Anochecía. Zelaya encendió la lámpara, me ofreció café y cigarros y me dijo:
       —La misión de un escritor que consolida un prestigio es ayudar a quienes tarde o temprano serán los herederos de su trabajo. Quiero serle útil amigo mío. Veo en usted talento, inventiva, habilidad para las letras. Nuestro desdichado país no es como Argentina o México que ofrecen medios de vida a sus artistas. El arte resulta más difícil para nosotros, exige mayores sacrificios. Sin embargo, he encontrado una posibilidad de salir a flote: enviar a diez o doce periódicos de España e Hispanoamérica los artículos que escribo cada semana para El Sol de San Marcos. Necesito un secretario. ¿Acepta usted serlo? Su labor será intensa y mal pagada. Con todo, creo que el aprendizaje vale la pena y el puesto llega en buen momento para usted.
       Regresé feliz a la pensión que ocupaba en el centro. Escribí a casa: “No puedo creer en mi fortuna. Todo salió mil veces mejor de lo que esperaba. El maestro Zelaya fue amabilísimo conmigo y ¡trabajaré a su lado como secretario!” Me duró poco la alegría. Ver la parte humana que rodea toda actividad artística significa irremediablemente desengañarse. Además el orgullo que me daba estar cerca del gran hombre exigió como precio la anulación de mis ambiciones literarias.
       No me gustó enterarme de que el gran escritor era una persona como yo y como todas. Conocer sus vanidades, sus resentimientos, sus hipocresías y sus dramas domésticos hizo que dejara de verlo como el héroe y el ídolo que había sido a la distancia. Hoy considero mi actitud una injusticia radical: nadie en el mundo puede estar a la altura de nuestras idealizaciones.

       Zelaya publicó su primer libro, Esfinges del crepúsculo, en 1912. Tenía veinticinco años y encabezó a los poetas de su edad en la ofensiva contra los escritores sobrevivientes del otro siglo. En sus conferencias del Teatro Calderón y mediante la interview, un género que apenas comenzaba y aún carecía de nombre en español, los llamó huecos, estériles, momias pomposas y anticuadas. Atemperó su cólera el buen éxito de un segundo volumen, Ánforas del otoño, que una de las momias le imprimió en los talleres del Ministerio de Hacienda.
       Comprendió que la poesía representaba una exigencia desmedida a cambio de muy pocas satisfacciones y se propuso fundar la literatura dramática nacional. Gracias a las vicisitudes de nuestra historia no habíamos tenido parlamento ni teatro ni prensa libre. “Por eso no sabemos dialogar en este país”, afirmaba Zelaya, “y la única respuesta al desacuerdo es la violencia.” La obra que obtuvo mayores elogios fue Cuando la luz agoniza, acerca de las condiciones atroces en que vivían y siguen viviendo nuestros campesinos.
       Entonces ocurrió el golpe que derribó al primer presidente civil que había llegado al poder desde la Independencia. Zelaya fundó un diario de oposición. La imprenta fue destruida, sus colaboradores torturados. El maestro escapó en un barco inglés y se refugió, como tantos de nuestros escritores, en México. Allí escribió Los impostores (1924), su primera novela y la mejor, que es una condenación de ese mal endémico, las dictaduras militares. Siguieron otras dos: Medianoche (1927) y La hierba entre las ruinas (1929).
       Cuatro años después el comandante en jefe del ejército arrebató el poder al dictador y promulgó una amnistía. Zelaya regresó al país como héroe de la democracia. El régimen hizo de él su mayor prestigio intelectual. No aceptó las embajadas que le ofrecieron. Prefirió una subvención para hacer la Historia crítica de la literatura nacional (1938), obra que le valió el ingreso en la Academia. En gran parte la Historia es mía y del entonces discípulo amado Roberto Castillo, aunque en ninguno de sus cinco tomos aparezca el menor reconocimiento. En esos tiempos Castillo era una especie de secretario del secretario. Trabajaba sin sueldo y bastaba para satisfacerlo la contigüidad del maestro que había prologado su libro inicial, Trayectoria del miedo.
       Terminada la Historia crítica, Zelaya se limitó a los artículos semanales. Durante muchos años mi trabajo consistió en tomarlos al dictado, corregirlos, sacar copias y enviarlas a los periódicos hispanoamericanos. (Zelaya no quiso volver a publicar en la España de Franco.) A pesar de que no tenía ningún título, el nuevo gobierno lo nombró rector de la Universidad. En el breve régimen civil del doctor Pablo Antonio Gómez, ocupó el Ministerio de Instrucción Pública. Un nuevo golpe militar lo dejó sin puesto.
       Para renovar su carrera literaria y ganar algo de dinero intentó volver al drama. En cuatro meses me dictó Viento de otoño, estrenado en octubre de 1950. Era un esfuerzo por adaptar a nuestro país los recursos que habían llevado al triunfo a Jean-Paul Sartre y a Tennessee Williams. De pedir mi opinión, le hubiese aconsejado reducir el segundo acto y podar los frondosos parlamentos. Bajo su aparente modernidad Viento de otoño significaba un ataque contra los nuevos tiempos y un elogio de un pasado que no existió jamás.
       La noche del estreno la obra irritó al público. La puesta en escena era malísima. Se derrochaba en ella lo escatimado para representar a otros autores. Roberto Castillo, a quien acababan de rechazarle su drama en verso acerca del misterioso encuentro de Guayaquil entre Bolívar y San Martín, abandonó la sala a mitad del segundo acto. Su retirada me pareció interminable. A cada paso rechinaban sus zapatos nuevos. La afrenta del discípulo fue un augurio de los silbidos finales. Cayó el telón sobre Viento de otoño y también sobre la fama de Zelaya.
       A los pocos meses del desdichado estreno apareció Presencias, subtitulada “Revista de la nueva generación”, un ligero abuso pues su director, Roberto Castillo, pasaba de los cuarenta años. En el primer número Castillo arremetió contra el maestro. Antes de la salida en plena obra Zelaya lo había considerado amigo íntimo y sucesor literario. El segundo número de Presencias fue una tentativa de exterminio disfrazada de revisión total. Recuerdo los títulos y no olvidaré los nombres de los autores que poco antes solían visitar a Zelaya. Más de una vez les serví café y limpié sus ceniceros repletos.
       Los juveniles admiradores de ayer ahora escribían condenaciones feroces: “La literatura nacional ante el medio siglo”, “Hombres en situación: Zelaya y el país desgarrado”, “Empezar desde cero”, “Los nuevos ante su circunstancia”, “Las dignidades y los mitos”, “La evasión y el silencio”, “Destruir para edificar”. Contra lo que yo le hubiera sugerido Zelaya respondió furioso a los ataques. Finalmente los periódicos se negaron a publicarle artículos que trataran de cuestiones personales. Su destemplanza agravó el conflicto. Presencias abrió una sección cómica en que con caricaturas y textos se satirizaba a un personaje grotesco, “Narciso Senescio”. Inconfundiblemente “Narciso Senescio” era Zelaya.
       A Castillo no le bastó acusarlo de traicionar sus ideales. También lo llamó poetastro, plagiario de las revistas europeas, explotador de sus ayudantes, delincuente de la novela. Zelaya lo insultó por teléfono y durante una recepción en la embajada norteamericana lo bañó de licor.
       Dolido por la ingratitud y la injusticia, Zelaya tuvo un ultimo rasgo: exigir la libertad de los presos políticos y censurar los fraudes electorales y la venta del país a las empresas norteamericanas. Sus adversarios le aplaudieron el lance. Hubo un tímido intento de reinvidicación cuando algunos de ellos señalaron que entre nosotros Zelaya había sido el primer hombre a quien pudo llamarse escritor profesional, si no por su calidad al menos porque se dedicó seriamente a escribir y no se enriqueció en los puestos públicos.
       Una tarde de marzo Zelaya se suicidó en el baño de su casa. La muerte se atribuyó a la amargura de ver coronado el esfuerzo de toda su vida por un trato que no se daba ni siquiera a los peores criminales. No niego que esta sensación de fracaso y repudio haya sido un factor en el desenlace, pero a mi juicio la respuesta está en otra parte: en los amores del maestro con una joven actriz que para continuar a su lado le exigía disolver su matrimonio de tantos años.
       Sea como fuere, Presencias publicó un último número de desagravio. Castillo pronunció la oración fúnebre, las viejas cuentas quedaron saldadas: “Lo combatimos, sí, porque lo admirábamos. Quién de nosotros, al empezar, no tuvo como consciente o inconsciente modelo la obra y la figura de Zelaya. Padre y maestro, el gran escritor pagó el precio de elevarse muy por encima de la pobreza y la mezquindad de nuestro medio”.

       A partir de allí comenzó el olvido para Zelaya. Un proyecto de obras completas y reediciones populares de sus libros quedó archivado a raíz de que tomó el poder la nueva junta militar. La calle que tenía su nombre se amplió y fue llamada Avenida del Ejército. Nadie volvió a atacar a Zelaya. Tampoco a interesarse en él. Durante medio año me quedé sin trabajo y sin ninguna protección laboral. Castillo no tardó en ocupar los puestos que había dejado el maestro; reconoció mi eficacia y me empleó como secretario. Fui la única y verdadera herencia del enemigo muerto.

       Posdata de 1959: Releo estas líneas de otro tiempo. Ahora que yo también entro en el crepúsculo, me consuela de mi oscuridad y mi fracaso pensar que atravesé la vida como un espectador cinematográfico: he visto todo resguardado por un muro inviolable.
       Me asombra que en tan poco tiempo la situación de Castillo se parezca tanto a la que soportó el maestro en su fase final. Después de reinar una temporada sin enemigos visibles en el campo literario (el único era palabras en un índice, recuerdos en proceso de olvidarse, una tumba cada vez más mohosa y agrietada) Castillo ha visto crecer un numeroso grupo de jóvenes y muchachas: se anticipan a llamarse “generación de los sesenta” y se niegan a ratificar la maestría de su prosa y la verdad de sus afirmaciones sobre nuestro país y sobre América. Dos o tres revistas juveniles ya han publicado textos condenatorios. En cambio los nuevos exaltan la figura de Zelaya, lo consideran un clásico y no se cansan de releer sus viejos libros.
       El desprestigio también tiene su precio: el gobierno le ha suprimido a Castillo el cheque quincenal. Su clase en la Facultad de Filología Hispánica sólo cuenta con tres alumnos. Los periódicos dejan de publicarle sus artículos sin explicación alguna o los relegan a las últimas páginas. En ocasiones abro paquetes que contienen sus libros anotados y refutados por escritores nuevos. Además, a su edad y padre de seis hijos, Castillo no debería exhibirse en bares y restaurantes con una muchacha de veinte como la linda Rosa María Zelaya, sobrina-nieta del maestro y reportera estrella de nuestra televisión apenas naciente.
       A veces temo que el destino de Zelaya configure el de su enemigo. Hace poco, bajo pretexto de que su insomnio se ha vuelto intolerable, Castillo adquirió con una receta falsificada un arsenal de barbitúricos. Cualquier noche puede hacer uso de ellos —y es realmente difícil que quien lo sustituya tenga deseos de emplearme.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar