José Emilio Pacheco
(Ciudad de México, 1939-2014)


Morirás lejos
(México, D.F.: Editorial Joaquín Mortiz, 1967, 137 págs.)


Morirás lejos: Conmigo llevo la tierra y la muerte
QUEVEDO / SÉNECA


1.Salonica
SALÓNICA


      Con los dedos anular e índice entreabre la persiana metálica: en el parque donde hay un pozo cubierto por una torre de manipostería, el mismo hombre de ayer está sentado en la misma banca leyendo la misma sección, “El aviso oportuno”, del mismo periódico: El Universal. Juegan fútbol algunos niños. El cuidador del parque habla con un barrendero. Todo huele a vinagre. En alguna casa de la fila que eme podría ver entre las persianas hay una fábrica de vinagre. No es la vecindad de apartamientos simétricos ni la quinta de ladrillos blancos edificada sesenta años atrás, cuando el terreno en que están el pozo en forma de torre, el hombre que lee sentado en una banca y quien lo vigila tras la persiana entreabierta, era el barrio de un pueblo que la ciudad asimiló.
       Tampoco puede ser el edificio levantado hacia 1950 que agrupa a la tienda, la ferretería, el salón de belleza, la cocina económica. Probablemente eme no pueda distraerse con la adivinanza. Sin embargo no se trata de un juego: es más bien un enigma y le preocupa desde que llegó a vivir en el segundo piso de la casa propiedad de su hermana (fecha de construcción: 1939. Patio interior sin plantas de ninguna especie. Escalera de caracol. Azotea prensada entre los nuevos edificios. Cuarto que debió ser de criados aunque allí vive eme que ahora acecha a un hombre sentado en una banca leyendo “El aviso oportuno” de El Universal).
       Insistamos: la adivinanza no es un juego: se trata de un enigma iniciado un mediodía de 1946 ó 1947, cuando al bajar del taxi eme sintió en el parque el olor a vinagre. Pero acaso eme intenta resolver otro problema: el hombre sentado en la banca del parque ¿es un perseguidor? Si no lo fuere eme quedaría absuelto. ¿Será víctima entonces de una paranoia que exacerba el encierro apenas quebrantado en ocasión de ciertos viajes interrumpidos —hay que decirlo—: en los primeros meses de 1960?
       Si aun en su delirio perduran la lucidez, el espíritu inquisidor, la capacidad deductiva, la fe en su propia fuerza, que caracterizaron, para desgracia nuestra, al eme que todos conocimos, él debe de hacerse las siguientes reflexiones cuya obviedad se justifica tomando en cuenta la situación descrita en un principio. Admitiendo sin conceder que el hombre no sea un perseguidor ¿por qué está allí a horas fijas, hace siempre lo mismo y se retira cuando oscurece? [momento en que probablemente otro observador lo sustituye] Es innegable que si el hombre vigilara a eme no actuaría de ese modo infantil y literario. Entonces:
       [a] Es un obrero calificado a quien la automatización despojó de su trabajo. Le resulta difícil encontrar otro pues su habilidad en una rama determinada, su largo especializarse, su maestría, garantizan su inexperiencia para otras subdivisiones industriales.
       Por lo que en forma oblicua alcanza a advertirse en el campo visual creado por dos láminas casi invisiblemente apartadas gracias a la acción de palanca que ejercen los dedos anular e índice, el hombre no es menor de cincuenta años: lo que explica su denuedo al repasar las ofertas, solicitudes, conminaciones de la sección en letra de ocho puntos:
       Compañía de sólido prestigio solicita hombres de 20 a 25 años… Requerimos mecánicos con conocimientos de electricidad para maquinaria de procesos químicos. 25 a 35 años… Empresa hotelera solicita jefe de personal hable inglés… Muchachos jóvenes, muy presentables, demuestren su experiencia para cafetería… Promotores para vender de puerta en puerta artículos nobles. Buena comisión… Agente viajero, sepa inglés, muy bien presentado, edad 24 a 30…
       Y se deja llevar por la lectura de otros anuncios sin nada en común con sus apremios: Farben de México. Insecticidas, raticidas, fumigantes. Técnica alemana, acción inmediata. Tenemos el tamaño adecuado para sus necesidades… Ernesto Domínguez Puga, detective. Investigaciones confidenciales, vigilancia, localización, solvencia, robos, conducta personas. Seriedad, eficacia, rapidez, honestidad, absoluta discreción. Consúlteme su caso. Precios bajos, autorización gubernamental… Pepe: vuelve. Mamá muy enferma ausencia tuya. Te ha perdonado todo… Aprenda a manejar. Instructores ambos sexos… Atractive young American couple, recently arrived, wish to correspond and meet with couples and ladi es who would like to get a little more out of life. Own home and very discreet. Photo and phone appreciated… Perrita cocker perdida miércoles colonia Juárez. Entiende por “Sultana”… Apresuradamente por ausentarme capital desmonté elegante residencia rematando mis muebles casi nuevos… Condominio de ensueño. Íntimo. Para los que saben y pueden vivir bien…
       La barrera de los cuarenta. La etapa del despegue económico. La acumulación del capital. La inhumanidad del sistema. Los quinientos mil o más, jóvenes, que cada año llegan en demanda de empleo. La dependencia. El subdesarrollo. La saturación del mercado. El enriquecimiento de los ricos. La depauperación de los pobres. La barrera de los cuarenta. Y este hombre ha hecho cien solicitudes y recibido nada más once respuestas —todas negativas. Por la noche maneja el taxi de un amigo y con la mitad de lo que antes ganaba impide que muera de hambre su familia. Dejó en la empresa su juventud y su mejor esfuerzo. Recompensa: horas de interminable lectura bajo un chopo ahíto de inscripciones a unos catorce o quince metros del pozo.
       En el hombre, antes sereno, aparecen ahora tics, movimientos de lamentación o protección inconsciente. Un día, al abrir los ojos, ya no era joven. Y allí está: condenado a pasar frente a eme todos los días de todos los años que le faltan de vida, a sentarse en la banca del parque con olor a vinagre, la misma sección de El Universal en las manos; para que eme lo sienta y lo mire como un perseguidor —a él tan ajeno a la historia de eme— y distraiga su ocio, su encierro, su miedo, con deducciones ya no brillantes ni originales, inspiradas por la lectura de los periódicos que se apilan en su cuarto antes de alimentar, humedecidos con petróleo de estufa, el calentador modelo antiguo incómodamente situado a la intemperie, en la semiterraza de losetas rectangulares donde caen las hojas de los pinos y en ciertos meses aquellos gusanos torturables que los niños llaman “azotadores” y que eme, nostálgico, primero vivisecciona con una hoja de afeitar y luego aplasta, [lo cual provoca la secreción de un líquido amarillo purulento]] o bien arroja al boiler. En él los gusanos evocan, coruscantes y a punto de precipitarse por la rejilla, entre la ceniza aún moteada de fuego, la imaginería católica del infierno.


2.Diaspora
DIÁSPORA


      I. Yo, Josefo, hebreo de nacimiento, natural de Jerusalén, sacerdote, de los primeros en combatir a los romanos, forzado después de mi rendición y cautiverio a presenciar cuanto sucedía, me propuse referir esta historia.
       II. Hartos del saqueo y el desprecio los judíos se sublevaron, expulsaron al procurador romano y establecieron su propio gobierno. Josefo, nombrado comandante militar de Galilea, trató de llegar a un acuerdo de paz con el enemigo. Se lo impidieron los zelotes que encabezaba Juan de Giscala. Entonces Josefo defendió la fortaleza de Jotapata. Cuando las legiones de Vespasiano quebrantaron la resistencia, Josefo y cuarenta de sus seguidores entraron en una cueva. Treinta y nueve se dieron muerte unos a otros. Josefo sobrevivió astutamente, se entregó a Vespasiano y le profetizó que tanto él como Tito Flavio, su hijo, reinarían sobre todas las tierras y los mares.
       III. Tito sitió a Giscala y Juan se refugió en Jerusalén. La población entera salió a recibirlo. Juan afirmó que era preciso defender la capital. Los zelotes confiaban en que los pueblos del Medio Oriente se levantarían con ellos para expulsar a los opresores. Porque Roma estaba asolada por la discordia. Se sublevaron galos y germanos. Muerto Nerón, los generales se disputaban el imperio. Galba fue asesinado en pleno Foro. Otón rigió tres meses y dos días y se suicidó al enterarse de la derrota en Bedríaco. Sus tropas se pusieron a las órdenes de Vitelio a quien las legiones de Germania habían proclamado emperador.
       IV. Vespasiano aplazó la marcha sobre Jerusalén con el pretexto de que no era oportuno combatir a extranjeros mientras durase la guerra civil en Italia. Luego el ejército de Oriente se alzó contra Vitelio y pidió a su General que acudiera en auxilio de la patria infamada por la impostura. Vespasiano aceptó la carga del imperio y fue a Alejandría para unirse con Tiberio Alejandro, prefecto de Egipto. Antonio Primo, procurador de Mesia, avanzó a marchas forzadas hacia Roma. Sabino, el hermano, y el otro hijo del nuevo césar encabezaron la rebelión interna. Vitelio, al frente de las legiones germanas, los acorraló en el Capitolio y les dio muerte incendiando el templo de Júpiter. Al día siguiente Antonio Primo entró en Roma. Hallaron a Vitelio oculto en su palacio y lo condujeron desnudo en dirección del Foro. En la Vía Sacra lo agobiaron de ultrajes y al fin arrojaron su cadáver al Tíber.
       V. Entonces surgió una nueva pugna entre los judíos. Simón de Gerasa se rebeló contra Juan de Giscala, liberó a los esclavos y organizó guerrillas en las montañas. Durante su recorrido por Idumea saqueó las ciudades e incorporó más hombres a su causa. Por último se presentó ante las murallas de Jerusalén.
       VI. Al volverse sus tropas contra él Juan de Giscala tuvo que refugiarse en el Templo. Simón de Gerasa fue recibido en la capital. Así, antes de zarpar hacia Roma, Vespasiano ordenó a Tito Flavio que tomara a Jerusalén y diera fin a la guerra de los judíos.


SALÓNICA

      [b] Es un delincuente sexual que con paciencia y maestría espera hacerse un elemento cotidiano del parque antes de escoger a su víctima entre los niños que, al salir de la escuela y por las tardes, juegan en los contornos.
       Las iniquidades cometidas en ese sitio a su resguardo no parecen importarle al cuidador. Es factible por lo demás que al notar la regularidad inquebrantable con que el hombre se sienta a leer en el parque, lo interrogara y obtuviese en contestación una historia similar a la supuesta en el inciso a:
       o bien una airada réplica en que abundaron los conceptos del parque como vía pública, libre por consiguiente a la voluntad de un ciudadano mientras no actúe en perjuicio de otro; o acaso el descubrimiento fraternal de que lector y cuidador comparten los mismo hábitos —minoritarios, oscuramente paternales, y aún por excepción repudiados en una sociedad cada vez más respetuosa de las singularidades y aficiones sexuales.
       Entonces ¿por qué finge? Sin duda la sección “El aviso oportuno” es un medio de rehuir la vigilancia y
       la sospecha. Así, quien observe el asedio en la banca del árido parque con olor a vinagre, se formulará la hipótesis a, en cierto modo la más creíble y la que a usted y a mí puede afectarnos.
       El aplomo con que este hombre se mantiene al acecho es ya en sí mismo perverso. Actor nato, vive a su criatura, es el obrero desplazado por la electrónica que hoy no encuentra un empleo, el técnico a quien nuestra época sentenció a la desesperación. Por eso lee uno tras otro sin omitir palabra los anuncios clasificados que nutren ocho páginas de El Universal, incluso aquellos que evocan lejanías nunca a su alcance: residencias en Acapulco, casas de una manzana entera en Las Lomas, condominios en Insurgentes.
       Lejanía también, por momentos la barrera de smog y polvo salitroso de los lagos ya muertos permite ver —al entreabrirse una de las persianas superiores— las escarpaciones y contrafuertes del Ajusco. Radiante a veces, pocas veces, y por lo general sombrío, tan lúgubre que con sólo mirarlo se explicarían:
       el pesimismo de quienes habitan la ciudad; su irritación en carne viva tras la cortesía quebradiza;
       el escozor en la región bronquial, la certeza de que las montañas impedirán la salida o la fuga;
       y finalmente algunas teorías sobre la localización geográfica de las supersticiones que en ciertos periodos de la historia exigieron o propiciaron sacrificios humanos.


DIÁSPORA

      VII. Tito salió de Cesárea con tres legiones y un gran número de tropas auxiliares. Acampó en Gabat Saúl a treinta estadios de Jerusalén y con seiscientos soldados de caballería fue a examinar la ciudad. Esperaba que, asolada por la guerra entre Simón y Juan, Jerusalén iba a rendirse sin combatir.
       VIII. Frente a la torre de las Mujeres un gran número de judíos salió de las murallas y se interpuso entre Tito y los soldados. Tito cargó contra el enemigo y se abrió camino sin que ninguna Hecha lo tocara. Luego repartió en tres campamentos sus legiones y se trasladó a Scopo, altura que domina a Jerusalén.
       IX. La inminencia del asedio provocó un pacto entre los rebeldes. Llenos de furia se lanzaron contra la décima legión, ocupada en levantar sus fortificaciones, y consiguieron desbandaría. Pero el auxilio de la guardia selecta hizo que los atacantes volvieran a la ciudad.
       X. Para impedir otras salidas Tito dispuso siete líneas de cerco: la infantería adelante, arqueros y ballesteros en medio, caballería a lo último. Ordenó destruir tapias y bardas así como talar las huertas que crecían entre Scopo y Jerusalén. Después movió su campamento a las proximidades de la torre de las Mujeres. La segunda legión se fortificó ante la torre Hípicos. La décima quedó en el monte de los Olivos.
       XI. Simón mandaba a quince mil hombres y tenía sus cuarteles en la torre Fasael. Juan ocupaba el Templo con ocho mil partidarios. Ambos se burlaron de las invitaciones a rendirse e idearon nuevos ardides contra los romanos. Los legionarios se hallaban en total desconcierto porque la disciplina de un pueblo que educó a sus jóvenes para hacer la guerra de un modo técnico y libre de escrúpulos fracasaba a las puertas de una ciudad sobrepoblada, dividida y sin armas.


SALÓNICA

      [c] Es por lo contrario un padre, un padre que ha perdido a su hijo y vuelve todos los días al sitio en que transcurrió la existencia del niño; donde probablemente le enseñó los primeros pasos, le dijo el nombre de las cosas, le mostró la forma de arrojar la pelota y recibirla. Aquí le compró el primer globo, un domingo, y vio sus lágrimas cuando se remontó escapado de sus manos. Aquí lo subió a las ramas bajas de los árboles; le indicó el sendero de las hormigas entre la hierba; respondió a sus preguntas cuando hallaron un gorrión muerto; impidió que ascendiera a la torre amarilla que extrañamente recubre el pozo. Lo vio crecer, estudiar, hacer amigos, alejarse. Y vuelve, como un fantasma, a recoger sus pasos.
       De espaldas a los juegos, no mira a los demás niños (tienen acaso la edad de su hijo); pero su rumor, la aridez del parque, las construcciones desiguales, la atmósfera impregnada de vinagre, forman la única fracción del mundo que verdaderamente perteneció al que ha muerto.
       ¿Qué busca en los anuncios? Nada. Es un rasgo de pudor, una forma de ocultar su pesadumbre ante los demás y ahorrarse su compasión, la alegría feroz que se dibuja en algunos rostros cuando expresan su lástima por cuanto nos ocurre. El hombre disimula así la extrañeza, la disminución significada por la pérdida de quien juzgamos destinado a sobrevivirnos. Incapacidad de hallar consuelo en la reflexión, olvidos provisionales mediante tóxicos, sedantes, alcoholes. Extraña forma de guardar luto, quizá su presencia en esa banca del parque, a unos catorce o quince metros del pozo, bajo el chopo ahíto de inscripciones, sea una forma inconsciente y muda de oración. Tanto dolor merece, pues, respeto. Y surge la molestia del equívoco, la ambigüedad que causará juicios tan opuestos e injustos en algún espectador que pretenda ver en el inconsolable por la pérdida de su hijo al protagonista de la hipótesis aquí simplificada en el inciso b.


DIÁSPORA

      XII. Los judíos trataban de impedir que los romanos elevaran sus plataformas de madera y de varios pisos contra las murallas de la ciudad edificada sobre dos colinas. Con saetas, piedras y tizones ahuyentaban a los encargados de empujar los arietes o construir terraplenes. Para protegerlos Tito ordenó que se alzaran dos torres de asalto equipadas con ballestas y escorpiones.
       XIII. Así, máquinas livianas, arqueros y honderos dispararon sus proyectiles contra los defensores
       de Jerusalén. A los quince días de iniciado el sitio los arietes demolieron la primera muralla y los romanos penetraron por la brecha recién abierta. Juan y los suyos defendieron el pórtico septentrional del Templo, la torre Antonia y el sepulcro de Alejandro. Simón ocupó la tumba del sumo sacerdote Juan y la acequia que conducía el agua hasta la torre Hípicos. A menudo los sitiados se arrojaban a pelear cuerpo a cuerpo. Inferiores en armamento e ignorantes de la técnica enemiga, sólo contaban con su valor, su capacidad de resistencia y la esperanza de salvarse. A su vez los romanos luchaban infatigablemente, urgidos por el ansia de someterlos. El reposo nocturno transcurría lleno de sobresaltos y al amanecer se reanudaba el combate.
       XIV. Cinco días más tarde Tito se apoderó de la segunda muralla. Ocupó el recinto con mil soldados escogidos entre los mejores de cada centuria. Los judíos, en vez de rendirse, avanzaron por calles oblicuas hasta cercar a los romanos y expulsarlos de la ciudad. Pensaron que los invasores no se atreverían a entrar de nuevo en Jerusalén: resistir sin abandonar las murallas iba a darles el triunfo sobre el imperio.


SALÓNICA

      [d] O es el amante de una mujer que cruzará por el parque, ocasión largamente anhelada y último recurso cuando fallaron citas, llamados telefónicos, posibles mediadores. Protagonistas de una sórdida historia, la relación de dos que exceden la cuarentena y en su matrimonio han desempeñado el papel de víctimas, antes de llegar a este momento pasaron:
       por el encuentro en un bautizo o en el despacho de contadores o en la gran tienda en que ambos trabajan;
       por el cortejo anacrónico y más difícil en razón de que, monótono, previsible, ensayado tantas veces, asegura que todo volverá a acabar mal;
       por las reflexiones que impone una ética aprendida en telecomedias y fotonovelas: —¿tengo derecho a hacer que mi hogar se tambalee en aras de un capricho pasajero? —¿he encontrado el gran amor que pase lo que pase justificará mi triste vida?;
       por pretextos, demoras, ausencias, sospechas, discusiones;
       por citas en hoteles amarillos a los cuales se entra con señales ostensibles de culpa;
       por la ruptura, quizá en el mismo lecho, y la utilidad de las frases sobrescuchadas y omnimpresas: —te adoro pero esto no puede continuar así —creo que mi marido ya lo sabe y no te imaginas hasta dónde es capaz de llegar —sobre todo mis hijos ya están grandes y la vergüenza —ellos no tienen la culpa;
       y para no alterar el código invariable: por la súplica, la promesa de abandonarlo todo, el suicidio virtual, el desastre organizado y particularmente grotesco en un hombre que debió conocer todo esto a los veinte años y no ahora, en el malestar, la humillación de envejecer, resistir el naufragio conyugal y la nostalgia de otra a quien el recuerdo devolverá la juventud;
       por la despedida en una esquina furtiva y la mohosa secuencia cinematográfica: ver que te alejas, perderte, media vuelta, sufrimiento en las calles que oscurecen, gesto de actor, cigarrillo en las comisuras;
       por la esperanza, augurio de que se convalece, voluntad de reencuentro;
       ¿en dónde?
       en el árido parque con el pozo en forma de torre donde flota un olor a vinagre;
       y ella debe cruzarlo para ir al mercado, la farmacia, el salón de belleza; y cuando ya no lo espere verá surgir al desdichado que abandonó el trabajo, el hogar —es posible— y leyendo en la banca “El aviso oportuno” para entretener o exacerbar su desesperación, aguarda el momento en que su historia recomenzará o reterminará o —marido mexicano, honor empañado, ritual de noviembre— nutrirá la sexta columna de la página roja;
       o en el mejor de los casos será tema del hombre que acecha tras las persianas y le adjudica hipótesis que lo hacen ser a un tiempo víctima del progreso, corruptor de menores, padre sin hijo, amante desdeñado,
       y subsecuentes.


DIÁSPORA

      XV. Hombres de Juan y de Simón taparon con sus cuerpos la brecha en la segunda muralla. Tuvieron que ceder ante la vehemencia del asalto. Otra vez dueños del muro, los romanos lograron su completa demolición. Ya que un avance continuo obligaría a rendirse a los judíos, nuevos terraplenes comenzaron a alzarse al pie de la torre Antonia a fin de que las legiones subieran por allí a la ciudad alta. Desde la última muralla se arrojaban piedras y venablos para dificultar el trabajo. Jerusalén estaba dispuesta a resistir hasta la muerte. Pero hostigados por la privación muchos salían a buscar alimento o a refugiarse entre los sitiadores. Por órdenes de Tito, los atormentaban y finalmente eran crucificados ante las murallas con objeto de amedrentar a los rebeldes.
       XVI. Diariamente más de quinientos judíos encontraron la muerte en esta forma. Cegados por el odio, les cortaban las manos y los suspendían de la cruz en posiciones grotescas. Hubo tan grande número de víctimas que faltó espacio para las cruces y luego se acabaron las cruces para los cuerpos.
       XVII. Tales visiones no doblegaron la resistencia: sirvieron a los caudillos de la sublevación para mostrar al pueblo qué suerte esperaba a quienes confiaran en la clemencia de los ejércitos imperiales. Y cada vez que Tito los exhortó a rendirse lo maldijeron, gritaron que preferían la muerte a la servidumbre y que iban a morir pero no sin antes causar todo el daño posible a los romanos: no importaba que ciudad y Templo fueran destruidos porque ante Dios el mundo entero sería mejor templo que el de Jerusalén.


SALÓNICA

      [e] Puede tratarse de un nostálgico que en los alrededores de este sitio pasó los primeros años de su vida. El parque fue el jardín de su casa, jardín cuadriculado de senderos: los pinos simétricos perduran, dejan caer su hojas en la semiterraza de losetas rectangulares y en el asfalto. La torre, parodia (¿involuntaria?) de Bruegel no tiene aspecto de obra pública. La construyó la familia de este hombre que sentado en una banca del parque lee “El aviso oportuno”, cuando tenían unas mismas palabras, antes de ser esparcidos por la ciudad y no entender el habla familiar de los otros.
       O esa torre es un símbolo, una referencia tan inmediata que se vuelve indescifrable, un augurio, una recordación, una amenaza, un amparo. La torre amarilla sobre el pozo que nadie ha visto nunca —puertas condenadas, cerrojos—, extraña y diáfana en su persistencia,
       como por otra parte el olor a vinagre.
       Pero si el hombre es en efecto un antiguo poblador de esta zona ¿con qué objeto regresa y se petrifica en la banca a unos catorce o quince metros del pozo bajo un chopo ahíto de inscripciones? Ya que no un hábito será tal vez un impulso: en los dieciocho o diecinueve años anteriores jamás apareció por el parque. [¿O apareció, o estaba sin ser visto, o ha estado siempre en esa banca?]       Nostalgia del limbo, la seguridad, el medio acuoso, batracioide, prenatal, el hombre regresa despues de todo lo que le ha hecho la vida. Y ya no están las casas, los jardines donde siempre era otoño, las calles empedradas, el montículo central por el que pasaba el tranvía, la corriente una vez límpida y luego corrompida a fuerza de basura, lodo, escombros; sus orillas de musgo. Apenas quedan árboles y ya no hay casas, no hay jardines, no hay río: sólo avenidas abiertas sobre la destrucción y automóviles incesantes, siempre en aumento.
       La infancia se llevó sus lugares sagrados. Nada puede volver. El sitio ya no existe pero la torre —si erguida entonces— permanece. La torre y el olor a vinagre. Quien retorne al parque o jardín sobre el cual pronto correrán o se estacionarán automóviles encontrará:
       niños que juegan,
       cuidador en diálogo con barrendero,
       y a eme que lo examina caviloso mientras sus dedos anular e índice entreabren la persiana metálica.
       O bien
       [f] Es una alucinación: no hay nadie en el parque.


DIÁSPORA

      XVIII. El día 29 del mes de Tamuz se concluyeron cuatro grandes torres de asalto. Juan ordenó minar el terreno que sostenía precariamente a la erigida contra la fortaleza Antonia. Introdujeron en los túneles vigas entrecruzadas que inflamaron con pez y betún. Al derrumbarse la plataforma se levantó un humo espeso mezclado con polvo. Sin embargo los arietes seguían batiendo la última muralla. Los hombres de Simón salieron a incendiarlos para igualar la hazaña de sus rivales. Lucharon cuerpo a cuerpo con quienes trataban de sofocar las llamas. Y cuando el fuego destruyó las máquinas de guerra los judíos avanzaron hasta el campamento enemigo. Los romanos que se habían apoderado de las murallas de Jerusalén se vieron obligados a defender su propio recinto. Sólo la acometida de Tito al frente de su guardia selecta pudo ahuyentar a aquellos combatientes impulsados por la desesperación de conseguir su libertad.
       XIX. Perdidos sus arietes y plataformas los romanos creyeron que no podrían entrar en Jerusalén. Tito se reunió con los jefes de sus legiones. Se habló de atacar la ciudad con todo el ejército —pues hasta entonces sólo había luchado una parte de las fuerzas disponibles, según la táctica imperial de escalonamiento o despliegue progresivo de los recursos bélicos—; se sugirió levantar nuevas torres de asalto o, en último extremo, rendir por hambre a los judíos ya que dispuestos como estaban a la muerte era imposible vencerlos con las armas.
       XX. Tito respondió una por una a las proposiciones: no era fácil emplear todo el ejército debido a la extensión de la ciudad, lo abrupto del terreno y las salidas de los sitiados; tampoco alzar otras plataformas porque los materiales ya escaseaban. Pero si el asedio se prolongaba limitaría la gloria del triunfo. Tito dispuso entonces rodear de un muro a Jerusalén, única forma de impedir que los judíos salieran a atacarlos. Al mismo tiempo se reconstruirían algunas máquinas de guerra para volver a emplearlas cuando ya los rebeldes se encontraran minados por el hambre.


SALÓNICA

      [g] Es un detective privado a quien contrataron para elaborar un informe sobre las actividades de alguna persona que habite en esta cuadra —no de eme, pues nadie o casi nadie lo conoce en la ciudad, y si existe alguien que lo conoció debe de creerlo ya muerto. Además el investigador no hubiera cometido la torpeza de situarse a horas fijas durante varios días consecutivos en un punto en que él mismo puede ser largamente escrutado por eme / quien con los dedos índice y anular tiene (aún) la persiana entreabierta.
       El detective se forjó ilusiones cinematográficas acerca de su oficio y se ve confinado sin clemencia a una oficinita en las calles de Palma, adonde aisladamente concurren ingenuos que le pagan por certificar la buena conducta del hombre que va a casarse con su hija, la bancarrota auténtica o fingida de un deudor, la castidad vespertina de la esposa, la honradez de un empleado, las relaciones del primogénito adolescente que simula estudiar y gasta el dinero de sus padres con amigos torvos en billares, cantinas y burdeles; la actividad nocturna de un marido que empezó a llegar tarde; la soltería de un pretendiente con rasgos inequívocos de casado; la existencia o evanescencia de una firma comercial —y otros temas parecidos sobre los cuales informa en tres páginas de difusa escritura que él mismo teclea y llena de errores ortográficos en una Remington modelo 1936, pues su precario ingreso no le permite (y ya van catorce años en el negocio) contratar a una secretaria. A cambio de esa erogación debe hacer regalos a los policías a fin de que lo dejen en paz. El investigador ha de ser entonces:
       un buen padre de familia que, cansado de vender prendas en abonos a sirvientas inestables, tomó el curso por correspondencia que imparte una escuela plurienseñante de Los Angeles. Miami, Salt Lake City;
       o un miembro destacado del Servicio Secreto que, con amplia sabiduría acerca de los lugares de reunión, las alianzas, enemistades, poderes y limitaciones del hampa, cometió el error de matar por la espalda a dos hombres (en un cabaret, hoy demolido, de la ciudad antigua), volvió de entre los muertos de la Penitenciaría —condena reducida al mínimo: celo excesivo en el cumplimiento del deber— y resolvió trabajar por su cuenta con la certeza de que a medida que aumentara la población iba a crecer también la delincuencia;
       y se vio defraudado en sus intuiciones, no porque los hechos lo desmintieran: más bien porque el país cuenta con un organismo policial para cada delito, tráfico, amenaza, infracción o conjura que pudiese requerir los servicios de un (utópico) investigador privado; en consecuencia reducido a los casos menores, domésticos, aldeanos, y de tan precaria remuneración que aprovecha los entreactos de su vigilancia en el parque con el pozo en forma de torre donde flota un olor a vinagre para escudriñar la selva de “El aviso oportuno” y volver a la superficie con la posibilidad de un buen trabajo capaz de librarlo para siempre de la oficinita en las calles de Palma, las jornadas al sol —el rostro semioculto tras un periódico—, la persecución de jovencitos que no estudian, el acoso de una sirvienta persuadida por el novio ratero de que las vacaciones acapulqueñas, la desierta Semana Santa de la ciudad, son el mejor momento para saquear la casa donde trabaja la muchacha;
       o es un chantajista que guarda copia de sus informes y pasado un tiempo extorsiona con ellos a quienes sirvió o a quienes vigiló; largos años de actividad le han permitido aumentar la nómina y el radio de sus acciones; y ahora está al acecho —la amenaza de muerte que nunca cumplirá— de una víctima sin dinero, a unos catorce o quince metros del pozo, bajo un chopo ahíto de inscripciones, poblado de gusanos, bajo el olor a vinagre:
       el olor a vinagre cada vez más espeso entre los árboles.


DIÁSPORA

      XXI. Los romanos terminaron la muralla en tres días. Extendida a lo largo de nueve estadios, tenía su comienzo y su fin en el campo de los Asirios, residencia de Tito; atravesaba el Cedrón, el monte de los Olivos y la colina que se alza en el valle de Siloé.
       XXII. Al ver concluida así una obra que en tiempos normales hubiera requerido meses, los judíos perdieron toda esperanza ya no de victoria sino de salvación. Porque el hambre devoraba a Jerusalén; los techos hervían de mujeres y niños agonizantes; las calles se poblaban de muertos y de hombres como fantasmas. Nadie tenía ya fuerzas para enterrar a los cadáveres, ni siquiera para arrojarlos a los barrancos de extramuros —y los vivos codiciaban su paz. El olor de la corrupción torturaba a sitiados y sitiadores. Pero los romanos se complacían en mostrar su abundancia al pueblo de Jerusalén. El espectáculo de la saciedad aumentaba la hambruna.
       XXIII. Aunque la mayoría se mostró dispuesta a morir con sus caudillos, algunos desertores salieron armados con piedras para simular que iban al combate. La hartura encontrada en el campamento romano fue más letal que la penuria sufrida en Jerusalén. Otra plaga exterminó a quienes pudieron refrenar su avidez: alguien fue descubierto cuando sacaba joyas de sus excrementos. Se esparció el rumor de que los fugitivos se habían tragado sus tesoros para esconderlos de quienes peleaban dentro y fuera de las murallas. En una sola noche dos mil judíos fueron degollados y abiertos con la esperanza de hallar riquezas ocultas en sus entrañas.


SALÓNICA

      [h] No hay bancas ni chopos: desaparecieron años atrás cuando el parque fue reformado. Sólo perduran el pozo en forma de torre y el hombre que acecha tras las persianas entreabiertas.

DIÁSPORA

      XXIV. Para construir sus nuevas máquinas de asalto los romanos talaron todos los árboles que crecían noventa estadios en derredor de Jerusalén. Bosques y huertas quedaron convertidas en páramos. La guerra transformó en desierto uno de los paisajes más hermosos de Oriente.
       XXV. Si las máquinas fueran destruidas de nuevo los romanos ya no podrían tomar a Jerusalén; si los judíos no las incendiaban perderían la ciudad. A pesar del hambre y los sufrimientos luchaban con un ardor que fue el asombro del ejército imperial. Bajo una tromba de piedras, fuego y hierro, los romanos volvieron a acercar sus plataformas hasta la torre Antonia. Los zapadores minaron los cimientos de la gran fortaleza. En la noche batida por los arietes se desplomó una parte del muro. No obstante, la torre continuaba firme: Juan había construido otra muralla en el interior.
       XXVI. Tito arengó a los soldados: El pueblo judío, que no se avergonzaba de las derrotas por la costumbre de ser esclavo de los demás, combatía sin reposo ni temor a la muerte. En cambio los dueños de todas las tierras y todos los mares: los romanos para quienes no vencer era una afrenta permanecían sentados esperando que el hambre y la fortuna les dieran el triunfo sobre los rebeldes. Al terminar su exhortación Tito escogió a los treinta mejores de cada centuria, dio mil a cada tribuno y los lanzó contra los cuerpos de guardia. Por las ruinas de la primera podía ascenderse a la segunda muralla y abrirse camino en dirección del Templo. Doce hombres —el escudo levantado sobre su cabeza con la mano izquierda, la derecha empuñando la espada— intentaron subir a lo más alto pero se desplomaron heridos por flechas, piedras y venablos.


SALÓNICA

      [i] No hay nadie tras la ventana, eme, efectivamente, murió hace más de veinte años.

DIÁSPORA

      XXVII. Dos noches después los romanos que vigilaban las plataformas avanzaron en silencio entre las ruinas, degollaron a los centinelas y atrajeron en pos a todo el ejército. Juan y Simón lucharon ferozmente para rechazar a los invasores: Jerusalén caería si las legiones se adueñaran del Templo.
       XXVIII. La espada brilló donde no cabían lanzas ni venablos. Era imposible retroceder o proseguir: tan reducido quedó el espacio del combate. Iniciado a la hora nona de la noche terminó a la hora séptima del día. Los rebeldes salvaron el Templo pero la torre Antonia quedó en poder de los romanos.


SALÓNICA

      [j] El que acecha entre las persianas no es eme. Se trata de un error o creencia a ciegas —y por justificado resentimiento— en una leyenda que atribuye poderes de supervivencia e hibernación a seres como eme.

DIÁSPORA

      XXIX. Tito conminó a la rendición de la ciudad. Algunos desertaron, los más sostuvieron el juramento de combatir hasta la muerte. Del crepúsculo al amanecer millares de legionarios atacaron el Templo, observados por Tito desde la torre Antonia. La victoria quedó incierta pues los judíos cortaron el acceso incendiando el pórtico septentrional.
       XXX. Cada vez había más muertos por hambre en Jerusalén. Apenas se descubría algo que comer hasta los amigos entrañables lo disputaban a mordiscos. Al agotarse correas, zapatos y aun el cuero de los escudos, el estiércol que llenaba los establos se convirtió en el último alimento de los sitiados.


SALÓNICA

      [k] El pozo no existe, el parque no existe, la ciudad no existe.

DIÁSPORA

      XXXI. Convencidos de que los arietes jamás derribarían las paredes interiores del Templo, los romanos pretendieron subir mediante escalas. Los judíos las echaron abajo y dieron muerte a quienes ya habían ascendido. Tito ordenó encender los pórticos de plata. Las llamas se propagaron a los claustros. En su consternación los judíos sólo acertaron a mirar pasmados el incendio. Y su odio a los romanos se exacerbó como si ya hubiera ardido todo el Templo.
       XXXII. Tito volvió a pedir el consejo de sus lugartenientes —Tiberio Alejandro, Sexto Cereal, Lardo Lépido, Tito Frugo, Liternio Fronto y Marco Antonio Juliano— acerca del destino que iba a dársele al Templo. Opinaron que mientras existiera un sitio de reunión para todos ellos los judíos continuarían fraguando sublevaciones contra el Imperio. En nombre del derecho de guerra era preciso arrasarlo pues, como los rebeldes defendían el Templo, no se trataba ya de un santuario sino de una fortaleza. En apariencia Tito desaprobó la idea del incendio: pidió que una tropa escogida se abriera camino entre los despojos y las armas enemigas, ocupara el patio interior y extinguiese el fuego.


SALÓNICA

      [l] Las hipótesis anteriores son falsas. El olor a vinagre flota en el parque. El pozo en forma de torre, el chopo ahíto de inscripciones, poblado de gusanos, existen: cualquiera puede verlos. En cambio las persianas de la casa 1939 no están entreabiertas.

DIÁSPORA

      XXXIII. Tito, en la torre Antonia, planeaba el asalto general para el siguiente día, undécimo del mes de Ab, cuando un guardia romano arrojó una antorcha que al prender por el lado norte del Templo extendió el fuego a todo el santuario. Los judíos trataron de sofocarlo sin cuidar ya de sus vidas. Tito corrió a frenar, o fingir que frenaba, a sus soldados. Nadie le obedeció: las legiones avanzaban pisoteando a quienes caían. En su cólera gritaban a los demás que avivaran las llamas y pasasen a cuchillo a los habitantes de Jerusalén, quienes presenciaban azorados la destrucción del Templo y morían por centenares. Los cadáveres se hacinaban en torno del altar. La sangre fluía por la escalinata. El odio y la esperanza del saqueo cegaron a los romanos. El Templo quedó arrasado el mismo mes y día en que siglos atrás fue destruido por los babilonios.
       XXXIV. En la parte exterior se refugiaban seis mil niños y mujeres. La incendiaron también y de aquella multitud nadie sobrevivió. Mientras ardían los muros los soldados robaron cuanto pudieron y asesinaron a otras diez mil personas. Al resplandor de la hoguera todos encontraron la muerte: lo mismo si imploraban perdón que si resistían con las armas. El eco de las montañas circundantes multiplicó el fragor de quienes morían, mataban, huían, luchaban, destruían, saqueaban. Sólo la ruina fue más terrible que el desorden. Los legionarios vaciaron las cámaras del tesoro que contenían toda la riqueza del pueblo judío y redujeron a cenizas los claustros y puertas.


SALÓNICA

      [m] Sólo hay escasos datos auténticos que pueden ser utilizables a fin de precipitar uno entre los mil virtuales desenlaces.

DIÁSPORA

      XXXV. Años antes de que la guerra comenzara aparecieron las señales del fin. Brotaron en el firmamento una estrella en forma de espada y un cometa que se mantuvo un año sobre Jerusalén. Una noche, mientras el pueblo celebraba la fiesta de los Ácimos, una luz deslumbrante brilló media hora cerca del Altar. Los escribas sacros la interpretaron como anuncio de la catástrofe. El mismo día una ternera parió un cordero cuando el sumo sacerdote la llevaba al sacrificio. La puerta oriental —de bronce y tan pesada que veinte hombres se necesitaban para cerrarla— se abrió por sí sola a la hora sexta. Los doctores de la Ley vieron en ello un nuevo presagio de la desolación venidera: la puerta había ofrecido el Templo al enemigo.
       XXXVI. El vigésimo primer día del mes de Iyar, antes del crepúsculo, flotaron en las nubes formas que semejaban carros y soldados. Luego los oficiantes en las ceremonias de Pentecostés sintieron un sacudimiento y escucharon el rumor de una multitud que susurraba: “Vámonos de aquí, salgamos de aquí”.
       XXXVII. Cuando Jerusalén estaba orgullosa de su prosperidad y de su paz, un labrador: Jesús, hijo de Anán, rompió a gritar en medio del Templo: “¡Una voz por oriente, una voz por occidente, una voz por los cuatro vientos, una voz contra Jerusalén y contra el Templo, una voz contra los recién casados y las recién casadas, una voz contra todo este pueblo!”.
       XXXVIII. Y lo mismo gritó día y noche por toda la ciudad. Hartos de su alarido, los poderosos mandaron azotar a Jesús. Él no dijo nada contra quienes lo atormentaban: perseveró en su augurio, inmutable.
       XXXIX. Conducido ante Albino, el procurador romano, lo fustigaron hasta poner al descubierto sus huesos. Jesús no imploró piedad. Cada latigazo imprimía a su voz un acento más lúgubre: “¡Ay, ay de ti, Jerusalén!”.
       XL. Albino le preguntó quién era, de dónde venía, por qué gritaba aquello. Jesús, sin responderle, insistió en sus lamentaciones hasta que Albino lo dejó en libertad juzgándole un loco. Iba de un lado a otro de la ciudad e incesantemente repetía: “¡Ay, ay de ti, Jerusalén!”.
       XLI. Así, clamando con mayor fuerza durante las celebraciones, Jesús, hijo de Anán, reiteró su profecía por espacio de tres años y cinco meses; obstinado, sin enmudecer, hasta que, ya sitiada Jerusalén, subió a las murallas y corrió por los adarves gritando: “¡Ay, ay de ti, ciudad; ay de vosotros, Templo y pueblo!”. Y acababa de añadir: “¡Ay, ay de mí también!”, cuando lo mató una piedra disparada por una ballesta.


SALÓNICA

      [n] Lo que aquí se consigna es verdadero: no se ha alterado ningún hecho.

DIÁSPORA

      XLII. Los sobrevivientes de la matanza se atrincheraron en la ciudad alta. Cercados por dondequiera, hablaron con Tito en el puente que unía aquel sector de Jerusalén con el Templo. Tito les dijo que olvidaron su propia debilidad y el poder del Imperio contra el cual se habían sublevado. Se engañaron confiando en su gran número: una fracción del ejército romano bastó para vencerlos. Si tuvieron fe en sus aliados no hubo nadie para ayudarlos. Si creyeron excederlos en la fortaleza de sus cuerpos, el valor y la sagacidad de sus jefes, olvidaron que Roma había sojuzgado a los mismos cartagineses. Y luego ni siquiera fingían humillarse ante un vencedor magnánimo que prometió castigar sólo lo imperdonable y conservar sus vidas si capitulaban.
       XLIII. Contestaron los insurrectos que rechazaban la oferta de Tito porque habían jurado no aceptarla. Sólo pidieron que los dejara salir con sus familias para buscar refugio en el desierto. Tito respondió lleno de cólera que los cautivos de Roma no podían imponer condiciones. En adelante iba a combatirlos con todo el ejército, a matarlos según las leyes de la guerra, a autorizar el incendio y saqueo de la ciudad.


SALÓNICA

      [ñ] En el parque hay varios niños que juegan y el cuidador y todo lo demás inalterable. Pero en la banca donde pudiera estar el hombre al acecho ahora vemos a una pareja de novios.

DIÁSPORA

      XLIV. Las llamas del Templo cundieron por calles y edificios repletos de cadáveres. El saqueo no tuvo mayor fruto porque los rebeldes se llevaron consigo todos sus bienes. Destruido el Templo, quemada la ciudad, ocultos los sublevados en las ruinas, Tito ordenó la construcción de nuevas máquinas de asalto.
       XLV. El día siete del mes de Elul derribaron las últimas murallas y pusieron las insignias romanas en las torres. Los hombres de Juan y de Simón se refugiaron en los albañales. Las legiones mataron a cuantos encontraban por la calle y más tarde prendieron fuego a las casas sin desalojar a sus habitantes, cuando el hambre no les había dado ya otra terrible muerte. Hacia el crepúsculo terminó la matanza: Jerusalén ardió toda la noche.


SALÓNICA

      [o] La casa anteriormente descrita fue demolida en 1959. Los altos edificios la aplastaron. Previa indemnización, resultó evacuada de la noche a la mañana pues las cuarteaduras señalaban un desplome inminente.

DIÁSPORA

      XLVI. Concentraron en el Templo a noventa y siete mil prisioneros. Fronto, el amigo más cercano de Tito, resolvió con un movimiento del pulgar el destino de cada uno. Ancianos y enfermos fueron puestos a la izquierda para ser inmediatamente exterminados. A la derecha se colocó a quienes aún podía utilizar el Imperio. Mientras Fronto acababa su elección once mil cautivos murieron de hambre: unos porque los guardias les negaban alimento, otros porque rehusaron el pan de los romanos. Hubo en total más de un millón de muertos pues al comenzar el sitio quedó en Jerusalén como en una cárcel la inmensa muchedumbre llegada de los parajes más remotos para celebrar la fiesta de los Ácimos. Sólo pudieron comprar su libertad los ricos que no participaron en la batalla.
       XLVII. Fronto vendió a los niños como esclavos, distribuyó entre las provincias a los más fuertes —obsequio de Tito para las luchas de gladiadores y el combate en la arena contra las fieras. Los demás, encadenados, fueron conducidos a Egipto a fin de obligarlos a trabajar en minas y carreteras imperiales.
       XLVIII. En cloacas y subterráneos descubrieron los cuerpos de dos mil que pactaron darse muerte unos a otros o se suicidaron o se consumieron por hambre. Aunque el olor del pudridero los rechazaba los romanos bajaron en busca de tesoros ocultos. Su ambición quedó satisfecha. Y cuando no encontraron ya nada que robar o destruir. Tito dispuso que únicamente dejaran sin demoler dos de las más altas torres y el lienzo amurallado de occidente para que acampase una guarnición y viera la posteridad qué fortificaciones sometió el poder de Roma. Derribaron y allanaron toda la ciudad. Esparcieron sal y de Jerusalén no quedó piedra sobre piedra.


SALÓNICA

      [p] Todo esto, todo esto es un ejercicio tan lleno de referencias a otros libros que seguir su desarrollo es tiempo perdido.

DIÁSPORA

      XLIX. Una vez celebrada la victoria y repartidas las legiones, Tito se trasladó a la Cesárea marítima y encerró allí a los cautivos porque el invierno impedía conducirlos a Roma. Para conmemorar los natalicios de su padre y su hermano, Tito ofreció espectáculos en los cuales exterminó a cinco mil prisioneros: comidos por leones, deshechos por gladiadores o quemados en vida.
       L. A fin de sellar el triunfo, Tito Flavio Vespasiano ejecutó en Roma a Simón de Gerasa. Juan de Giscala fue condenado a prisión perpetua. Sin embargo algunos zelotes lograron escapar de Jerusalén y durante tres años defendieron sin esperanza la fortaleza de Masada. Cuando ya fue imposible resistir el asedio de la décima legión, los zelotes destruyeron sus posesiones y antes de suicidarse mataron a sus mujeres y a sus hijos. Con la toma de Masada por los romanos terminó la guerra de los judíos y se consumó su diáspora o dispersión por la faz de la Tierra.


SALÓNICA

      [q] Alguien se divierte imaginando. Alguien pasa las horas de espera imaginando.


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