José Emilio Pacheco
(Ciudad de México, 1939-2014)


Las máscaras
La sangre de Medusa y otros cuentos marginales
(México, D.F.: Ediciones Era, 1990, 136 págs.)



      He hablado con algunas víctimas de la tortura. Usted es la única persona que recuerda, antes que el dolor, la imposibilidad de ver durante las sesiones.
       Sí. En la Inquisición los verdugos se enmascaraban para que el anonimato los preservase de la venganza. Ahora nos ponen la capucha a las víctimas. Lo único que no pueden impedirnos es escuchar.
       De modo que bajo el tormento usted reconoció siempre la voz de ese hombre.
       Cómo iba a confundirlo si es el padre de mi mejor amigo.
       En alguna época anterior, ¿usted había sentido afecto por el él?
       A los doce o trece años llegué a admirarlo. Era un detective. Mi imaginación le daba los atributos de Maigret y Poirot, protagonistas de las novelas que yo leía por entonces.
       Mientras él lo torturaba, ¿apeló usted al antiguo vínculo?
       Debo reconocerlo: no soy un héroe ni estaba adiestrado para resistir. Muchas veces quise librarme del sufrimiento intolerable. Trataba de conseguir su piedad y aullaba como un perro: “Don Armando, por favor, don Armando; ayúdeme, compadézcase de mí; no he hecho nada, no sé nada”. Él invariablemente respondía: “¿A quién le hablas, estúpido? Aquí no hay ningún don Armando. Ya estás delirante”.
       ¿Está seguro de la identidad?
       Totalmente seguro. El hombre bonachón que una década atrás me llamaba “mijo” y en las noches de lluvia, cuando no estaba de servicio y Armando y yo terminábamos muy tarde de preparar un examen, me llevaba a casa en su automóvil, es el mismo que me torturó durante meses y nunca quiso reconocerme… Pero tampoco dejó de hablar ni le tembló el pulso.
       No pensó que usted fuera a salir vivo.
       Dudo que lo haya premeditado. En sus manos dejé de tener nombre e historia. Yo era un objeto: el enemigo.
       Fue un error: en ese momento usted no tenía nada que ver con la organización.
       Excepto un hermano militante (y muerto en el ataque a un cuartel) que siempre me despreció un poco. Yo era el ser más pacífico del mundo. No podía ver sangre… pero vi, y en qué forma, mi propia sangre. Pensaba que el mejor modo de servir al pueblo era terminar el doctorado y convertirme en un buen químico.
       ¿Qué hizo al salir del campo de torturas?
       En cuanto me vi libre pensé en vengarme. Pero soy un científico, no dejo nada a la improvisación. Si iba a su casa (por ejemplo, a darle el pésame cuando otros milicos asesinaron a Armando) el viejo me recibiría a balazos. Era preciso planear algo mucho más efectivo.
       ¿Perdió el miedo?
       No, aprendí a controlarlo. Llevo a todas partes mi cápsula de cianuro para que la próxima vez no haya tormentos. De modo que no me estremeció poner aquella bomba en la comisaría: quince muertos. Lo siento por sus deudos.
       ¿Le recuerdan a la familia de su amigo?
       Sí, la muerte de Armando acabó con ese matrimonio. La madre pidió el divorcio y se exilió en México. Al desaparecer Armando, quien mucho tiempo atrás había roto con él, el viejo se ahorró cuando menos el vivir obsesionado con la idea de que, oculto tras una de aquellas capuchas, podría encontrarse a su hijo.
       ¿Y qué ocurrió?
       Nadie lo creerá pero así fue. Si lo leyera en una novela yo mismo lo consideraría un golpe inverosímil, el más barato de los trucos. Sin embargo es la pura verdad. Un viernes por la noche yo regresaba solo a la capital. A la distancia vi en la carretera las luces rojas de un auto estacionado en la cuneta. Al acercarme distinguí la figura de un hombre que hacía señales para que alguien se detuviera a auxiliarlo. Empecé a frenar y de golpe lo reconocí: era él.
       Por imposible que parezca…
       Mi primera reacción fue de terror animal. Los meses de torturase agolparon en mi conciencia. Don Armando había tenido el poder absoluto sobre mí, el completo dominio sobre mi cuerpo. En seguida me sobrecogió un feroz deseo de venganza. Lo capturaría, lo llevaría muy lejos y me cobraría con intereses todos mis sufrimientos.
       Pero no lo hizo así.
       No, bajé. Don Armando corrió a mi encuentro. Tenía casi dos horas varado en la carretera. En estos tiempos nadie quiere detenerse, todo puede pasar. A la luz de los faros me reconoció.
       Debe de haberse sobresaltado.
       Por un segundo lo vi estremecerse, querer huir. Pese a todo se venció a sí mismo. Es un hombre fuerte y se ha endurecido aún más en los últimos años.
       ¿A quién se dirigió don Armando: al amigo de su hijo muerto o ala víctima de su ferocidad y su sadismo?
       Él no emplea esas palabras. Lo llama “sentido del deber”, por supuesto. Creí que iba a sacar la pistola y a dispararme antes de que yo lo matara. No: el optimismo humano es insaciable: don Armando pensó que mi capucha lo había protegido y yo era incapaz de reconocer en él a mi verdugo.
       ¿Qué hizo entonces?
       El miserable me habló con el viejo afecto, me abrazó, me explicó la falla mecánica, celebró la casualidad, aceptó subirse a mi auto —nunca sabré si con miedo o con sangre fría— para que lo condujera a una estación de servicio.
       ¿Cuánto duró el trayecto?
       Una media hora.
       La tensión debe de haber sido insoportable.
       Sin duda, pero ambos representamos admirablemente nuestros papeles: ni él era el verdugo ni yo el torturado. Transformamos la tensión en palabrería. Nada de política. Se interesó mucho por mis trabajos. Le expliqué mis proyectos de reciclaje y aprovechamiento del bagazo de caña para salvar nuestros bosques y ahorrar las divisas que se lleva la importación de papel.
       Pero el tema surgió tarde o temprano.
       No quedaba más remedio. En un momento se volvió hacia mí y dijo: “¿Supiste que murió Armandito? Tu gran amigo. No sabes cuánto te apreciaba aunque en los últimos años habían dejado de verse”.
       ¿Qué contestó usted?
       “Claro, señor, me enteré gracias a las esquelas en los periódicos. Sí, fuimos grandes amigos. No se imagina cuánto lo he sentido. Fue un golpe terrible. Perdóneme: no tuve fuerzas para ir al entierro. Ni pensar en lo que habrá sido la muerte de Armando para usted y para doña Alicia.” La costumbre de poner en las esquelas “Falleció en el Seno de Nuestra Santa Madre la Iglesia Católica y confortado con todos los Auxilios Espirituales”, me salvó de la obligación de preguntarle cómo había muerto Armando.
       ¿Y él? ¿Qué dijo él?
       No respondió. Hubo un silencio. Cambiamos de conversación. Los precios, los sueldos, el dinero que ya no alcanza para nada, las canciones de ayer y las de ahora, las series de televisión. Su predilecta es Kojak. Se identifica con él. Cree ser un personaje rudo pero en el fondo benévolo y justiciero.
       ¿Cómo estaba el torturador?
       Parecía sereno y en realidad temblaba. La mano suelta, al acecho, lista para sacar la pistola en cualquier momento.
       ¿Y usted?
       Tranquilo, en plan (que no me conocía) de gran actor. Y en medio de los dos la tortura, el indecible sufrimiento, el estallido de la inhumanidad absoluta. Con todo, le seguí la corriente, le dije que de niño yo lo relacionaba con el inspector Maigret. Se sintió muy halagado. No ha leído los libros de Simenon pero ha visto las películas.
       ¿En qué forma se despidieron?
       Cuando lo dejé en la estación de servicio y me aseguré de que había grúa y una camioneta para llevarlo hasta su auto, le di un abrazo y prometí ir a visitarlo muy pronto a su nueva dirección. Tuvo que dármela.
       No entiendo por qué actuó usted en esa forma.
       Para perfeccionar mi venganza.
       ¿Piensa matarlo?
       No de momento: don Armando vivirá todavía un tiempo, al menos tantos meses como duró mi tortura.
       ¿Qué pasará durante ese lapso?
       A cada segundo lo martirizará el preguntarse si he reconocido en él a mi verdugo. Siempre que tenga dudas —dudas engendradas por mi amabilidad durante el viaje, las oportunidades de ejecutarlo que desaproveché en la carretera— don Armando sentirá de nuevo esperanza. Y la incertidumbre negará cada esperanza. Como el dolor, las formas de atormentar son infinitas.



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