José Emilio Pacheco
(Ciudad de México, 1939-2014)


La niña de Mixcoac
Sólo cuento, Año IV, vol. IV
(Eduardo Antonio Parra, Editor)
(México: Dirección de Literatura UNAM, 2012, 387 págs.);
De algún tiempo a esta parte
(México, D.F.: Ediciones Era, El Colegio Nacional, 2014, 443 págs.)



Para R. P., R. C. y A. S.

    A mediados del siglo XX la Ciudad de México desapareció como tal para fundirse con el D. F. La proyectada revista argenmex Scatamacchia. Narrativa Breve pidió para su primer número falsas narraciones autobiográficas en torno a aquellos tiempos. Contra el abuso actual de las “firmas” y de los “nombres”, todos los textos se enviaron sin decir quién los había escrito. Incluimos aquí una de esas narraciones y la correspondencia electrónica que el texto suscitó entre los editores de Scatamacchia.

I. LA NIÑA DE MIXCOAC

1


      Los sábados no voy a la escuela. Tomo clases de inglés con miss Dunne en la casa de Mixcoac en donde viven ella y su madre. Mixcoac es todavía un pueblo a orillas de la ciudad. Memorizo los cuentos de Edgar Allan Poe y los versos de “The Raven”.
       Mr. Hull, el jefe de mi padre, me dice:
       —Ésas no son cosas para niños. Miss Dunne debe enseñarte lo que te sirva para triunfar en la vida y en los negocios. La poesía y la literatura son muy bonitas, están muy bien, no lo niego; pero sólo como entretenimiento y descanso de nuestras ocupaciones. Fuera de eso, resultan una actividad de locos, malvivientes, borrachos, jotos, mariguanos y comunistas. Además en Estados Unidos no tenemos el menor respeto por el tal Poe. Era un dipsómano y un demente que escribía historias de pesadilla. Un degenerado que se casó con una niña de trece o catorce años. Imagínate si no merecía la cárcel o el manicomio. Además el mundo no es así, vivir es algo muy bello, la gente es buena. Hay que verlo todo con optimismo. De otra manera estarás perdido.
       Al terminar la clase las Dunne me invitan té con galletas de jengibre. Entonces hablamos en español porque ellas lo aprendieron en las Filipinas. Me cuentan de Manila, de los japoneses y la guerra. El coronel Dunne era ayudante del general Douglas MacArthur. Murió como un héroe en Corregidor.
       La isla-fortaleza de Corregidor, me explican las dos mujeres, está a la entrada de la bahía de Cavite frente a Manila. Allí se acabó de hundir el imperio español cuando en 1898 el contralmirante Dewey aniquiló a la Armada del Pacífico. En 1942, ante la ofensiva del Japón, Corregidor se volvió el último refugio para los norteamericanos y sus aliados filipinos.
       —Mar, selva, montaña, rocas. Corregidor se parece a Acapulco —insisten la señora y su hija—. La invasión transformó ese paraíso en un infierno. Después del ataque a traición contra Pearl Harbour los nipones avanzaban incontenibles. Su propósito era desembarcar en los Estados Unidos y emplear a tu país como cabeza de playa. Los japoneses son espantosos, tan feos como los mexicanos de clase baja. El presidente Roosevelt no podía enviarnos tropas, armas ni medicinas. Nos refugiamos en túneles excavados en las montañas de Malinta. Había ataques aéreos y los cañones de Hiroito bombardeaban Corregidor desde la península de Bataán. Quedamos encerradas en esas cavernas bajo el calor y la humedad asfixiantes. Al fin, sin agua ni comida, tuvimos que rendirnos.
       Las Dunne nunca me dicen qué pasó después. Tampoco por qué viven ni de qué viven en un México al que desprecian tanto.


2

      En vez de tomar el tranvía que corre sobre un terraplén por la calle empedrada de Patriotismo, me gusta caminar a orillas del río Mixcoac. Es amplio y está menos sucio que el río de La Piedad.
       Doy vueltas por las calles desiertas y sin pavimento. Veo casas antiguas que de tan silenciosas parecen deshabitadas. Una tarde, al regresar de la clase de inglés, encuentro en una esquina un muro de mampostería cubierto de buganvilias. Oculta un inmenso jardín con grandes fresnos. Una niña de mi edad está sentada en lo alto de esa pared. Me dice “hola”. Le respondo y me invita a conversar. Intento subir por la enredadera.
       —No, quédate por favor ahí abajo —me pide.
       Es muy hermosa con su largo cabello claro y sus ojos verdes. Alcanzo a vislumbrar sus piernas. En su cuerpo tan breve ya se dibujan las caderas, la cintura y los senos. Me extraña que tenga la boca pintada y a estas horas lleve zapatos de tacón alto y una bata de franela. Sin embargo, está muy limpia y aun a esta distancia puedo oler en ella el único perfume que reconozco: “Maderas de Oriente”.
       —Me llamo Lupita. ¿Y tú?
       Hablo y hablo sin parar. Lupita no dice nada. Me niego a apartarme de ella hasta que al fin, cuando está a punto de caer la noche, la niña se disculpa:
       —Perdóname. Me tengo que ir. Me dio mucho gusto conocerte. Prométeme que vas a volver el sábado a esta misma hora.
       Regreso el siguiente y todos los demás sábados después de ver a las Dunne. Me he enamorado de Lupita aunque sólo pueda aspirar a estas conversaciones. No voy a tomarla de la mano. No puedo besarla ni siquiera en la frente. No entraré jamás en su casa. A esta edad la única relación posible es la que tenemos.
       Le cuento de la escuela, la familia, la empresa, las enseñanzas de miss Dunne, los cuentos de Poe y los versos de “The Raven”. Quiero impresionarla y cito:
       —Quoth the Raven: “Nevermore”.
       Para mi humillante sorpresa, Lupita habla inglés perfecto y me corrige la pronunciación. En la dicha de estar cerca no reparo en que siempre me hace preguntas pero nunca me revela nada acerca de ella misma. Aunque me considero adolescente aún soy un niño. Miento como todos los niños, miento para ganarme su admiración. La mayor y la más estúpida de las mentiras es decirle:
       —Nací en Manila, estuve con mis padres en el infierno de Corregidor. Los japoneses nos bombardeaban todo el tiempo. La cueva en la montaña de Malinta era una tumba. No sé cómo pudimos salir vivos.


3

      Época de lluvias. Salgo de la clase de inglés. Temo que Lupita no vaya a estar en el muro de su jardín. Pero está. Bajo la tarde gris me espera como todos los sábados:
       —Tonto, cómo no iba a salir a verte si tú y yo somos novios.
       Nunca había escuchado aplicada a mí esa palabra. Le respondo que la amo como a nadie, frase aprendida en una película. Lupita me contesta:
       —Yo también, mi amor.
       Nadie me había dicho nunca mi amor. Lupita desaparece. Toda la semana sueño con volver a verla. Ahora sí, aunque se oponga, voy a subir por la enredadera y a darle un beso.
       Pero aquel sábado no me abre la profesora sino la sirvienta. Las Dunne me esperan con caras largas no en la sala donde siempre he tomado las clases sino en el estudio:
       —Tenemos que decirte algo. No lo tomes a mal. Es por tu bien: no vuelvas a ver nunca a esa niña ni a pasar jamás por allí. ¿Cómo es posible que seas tan ingenuo y no te hayas dado cuenta?
       —¿De qué?
       —Se trata de una clínica.
       —¿Un hospital?
       —No, mucho peor —interviene la madre de mis Dunne—. Una clínica psiquiátrica, un asilo…
       —Un manicomio privado, para que me entiendas —tercia la otra—. La razón de que pase lo que pasa es que por ser tan grande el edificio no pueden vigilar a toda hora a los enfermos.
       —Lupita —añade mi profesora— es una niña loca. Le dan electroshocks y la encierran. Se escapa, se sienta en el muro y llama a los transeúntes viejos y jóvenes. Los invita a pasar y hace cosas horribles con ellos. No me preguntes cuáles, no podría decírtelas. Ha metido choferes, policías, vendedores ambulantes, incluso vagos y ladrones. Es algo muy triste.
       —Pobre niña —habla de nuevo la señora mayor—. La sorprenden in fraganti, la golpean y la castigan, pero no sirve de nada. Por fortuna, ya encerraron en la cárcel a todas esas bestias inmundas.
       —Y a Lupita —concluye miss Dunne— acaban de trasladarla a un lugar más estricto. La tienen encadenada en una celda porque no hay remedio para su enfermedad. Tuviste suerte de que no te atrapara y te corrompiera. Lo que debes hacer es alejarte de Mixcoac y no regresar nunca.
       Reacciono de la manera más despreciable. Me duele mucho la historia de Lupita y sobre todo el saber que no volveré a verla. Pero al mismo tiempo no puedo evitar el rencor y los celos, tanto más terribles pues no tienen nombre ni cara: ¿por qué otros y no yo, por qué Lupita nunca me invitó a pasar al otro lado del muro?
       Años después, cuando en la absoluta intimidad intercambiemos memorias y traumas infantiles, algunas mujeres lo empeorarán todo en su afán de reducir el daño y consolarme: “Actuó así porque tú no eras como los otros y ella de verdad te amaba. Pobrecita”.


4

      Abandono las clases de miss Dunne. No vuelvo en muchos años a Mixcoac. Cuando lo hago el pueblo que conocí ha desaparecido. Ya es parte no de la Ciudad muerta de México sino del D. F. que ocupa su lugar. Las calles de tierra ahora son avenidas horribles. Talaron los grandes árboles. El río fluye putrefacto y entubado. Entre los condominios, las escuelas, las cadenas de tiendas, las refaccionarias, los lotes que venden automóviles, no puedo hallar ni siquiera vestigios del asilo psiquiátrico ni de la casa de las Dunne. En México todo se va como si nunca hubiera existido.
       Me angustia pensar en que Lupita vive todavía, consume la última etapa de su existencia en una celda de la que nunca ha vuelto a salir. Está enterrada en vida, emparedada como en un cuento de Edgar Allan Poe o en las cuevas de Malinta en Corregidor.
       Pero en algún lugar de la fantasía el muro de las bungavilias sigue en pie. Se escuchan las aguas del río Mixcoac. Suena el viento en las ramas de los fresnos. Somos niños aún. Voy a subir por la enredadera. Voy a besarla y a salvarla y a castigar a todos los que le han hecho daño. Emprendo el ascenso del muro. No puedo aferrarme a la enredadera. Resbalo. Caigo en las aguas sucias del río. Jamás alcanzo las alturas desde las que me mira Lupita ni llego a su lado. El cuervo gira sobre nuestras cabezas y repite eternamente “nunca más, nunca más”.


II. CORRESPONDENCIA ELECTRÓNICA
SOBRE “LA NIÑA DE MIXCOAC”


25 de septiembre de 2005

Muy querida Estela:
       Te envío como attachment los relatos que he seleccionado para el primer número de Scatamacchia. No sé qué hacer, te confieso, con “La niña de Mixcoac”. A diferencia de las otras narraciones, no me parece un texto autobiográfico, semejante a los demás que nos han llegado, sino una ficción que es como una secuela o una precuela, si me permites el término hollywoodense, de Las batallas en el desierto. En fin, nos veremos esta noche y me darás tu opinión.
       Te adora
       Leopoldo




Mi querido Leopoldo:
       Aunque estaré contigo dentro de algunas horas, respondo de inmediato a tu correo. Es más fácil hablar de estos temas por escrito que frente a frente. De verdad lamento estar en desacuerdo. “La niña de Mixcoac” no tiene nada que ver con el libro que mencionas. Su autor, bien lo sabes, nos dio un seminario sobre Ricardo Piglia y es nuestro amigo. Pero ¿por qué le otorgas el monopolio de los amores infantiles o adolescentes? ¿Acaso nada más él tiene derecho a escribir sobre la época remota que elegimos como tema para el número inicial de Scatamacchia?
       Por supuesto, faltaban muchísimos años para que tú y yo naciéramos. Sin embargo, mi madre creció en Mixcoac y opina que los datos suenan verídicos. (Consulta en Google lo de la Segunda Guerra Mundial en las Filipinas, los japoneses, MacArthur y Corregidor.) Todo indica que se trata de una experiencia real y no de una ficción.
       De cualquier forma, el verdadero cuento de “La niña de Mixcoac” es lo que no está escrito, lo que no se dice. El relato lleva dentro dos historias silenciosas. Sólo las conocemos por las grietas, por los intersticios de ese muro cubierto de buganvilias.
       La narración externa es muy triste; pero, a mi juicio, resulta mucho menos apasionante que el relato interno de abuso, abuso sexual y abuso psiquiátrico. Una joven de buena posición económica (pueden pagarle una clínica privada, habla inglés perfecto), una muchachita de cabellos claros y ojos verdes que desde luego no es lumpen ni proletaria sino pertenece a la alta burguesía católica (se llama, no lo pases por alto, Guadalupe), ha sido víctima de incesantes ultrajes a manos de alguien de su familia: el padre o los hermanos o todos juntos.
       Para defenderse, para esconder su crimen, la encierran en un lugar abominable a fin de corregirla del mismo mal que le han impuesto con sus actos. (La culpa siempre recae sobre las víctimas, no sobre los torturadores y los verdugos.) Estos canallas hacen que los psiquiatras, los corregidores, la declaren loca. Por tanto ahora todos pueden disponer de ella a su antojo.
       En la clínica concentracionaria la someten a electrochoques, método salvaje y estúpido como se reveló después. Todo indica que estos bárbaros y el personal a su servicio siguen abusando de ella. Hablar de “ninfomanía” es como decir que la causa de la prostitución es la lujuria de las mujeres.
       Su reacción ante los hombres que pasan por la calle es, por desgracia y para nuestro espanto, típica de las niñas que han padecido violencia sexual durante mucho tiempo. Su única manera de relacionarse con los adultos es entregarles su cuerpo, no por placer ni mucho menos por perversidad, sino como una defensa inconsciente que trata de prevenir una agresión aún más grave por parte de los extraños. Para Lupita, y no podría ser de otra manera, todos los hombres son extraños.
       No le da su cuerpo al narrador innominado que nos cuenta su historia precisamente porque él es todavía un niño, acaso el único niño que Lupita ha tratado en su vida. No se siente amenazada por él. Aunque lo vea sólo por unos cuantos minutos cada sábado, se vuelve su único amparo, un refugio tan precario y fugaz como las cuevas de Malinta antes de que sus asilados tuvieran que rendirse ante la brutal ofensiva japonesa.
       Por tanto Lupita y él pueden entablar una relación normal; es decir, semejante a las que deben de haber sostenido en aquella época tan remota para nosotros dos muchas personas de su edad. (Recuerda que, al parecer, aún no son adolescentes o apenas están a punto de serlo.)
       Como lectores de “La niña de Mixcoac” tú y yo sabemos todo aquello que sus protagonistas ignoran y cuanto ahora mismo desconoce el propio narrador. (¿Quién será? ¿Tienes idea? El texto obedeció a la convocatoria y llegó sin firma ni remitente.)
       Te aseguro, mi amor, que él no podría responder jamás a estas preguntas:
       —¿Por qué todo tiene que ser mentira? Miente el niño, mienten las Dunne, miente Lupita con su silencio.
       —¿Por qué no puede haber una realidad que no esté basada en la ficción?
       —¿Qué somos y quiénes somos los seres humanos?
       —¿Cuáles son las relaciones de miss Dunne y su madre con los psiquiatras y el personal de la clínica?
       —¿Cómo es posible que se hallen tan bien informadas?
       —Si lo saben todo, ¿por qué no impiden desde un principio que el niño se relacione con Lupita?
       —¿Para qué están utilizándolo?
       —¿Son cómplices de los dementes titulados que manejan ese gulag, ese Auschwitz sexual?
       —¿Por cuál razón ellos, los supuestos corregidores, nunca interrumpen las fornicaciones de Lupita con los desconocidos y jamás perturban las entrevistas de los niños cada sábado?
       —¿Por qué todo esto? Ya te lo dije: porque ellos también abusan de Lupita.
       —Además ¿quién se la lleva de la clínica?
       —¿La encierran en otro lugar de confinamiento debido a que ya la embarazaron?
       —¿Vuelve a su casa para seguir por siempre como víctima?
       —Este destino ¿resulta menos atroz que el de pasar la vida entera encadenada o con camisa de fuerza en una celda?
       —Además, ¿quién es el misterioso Mr. Hull, empresario con poderes omnímodos sobre el padre del narrador y opiniones no solicitadas acerca de Edgar Allan Poe, la vida, la literatura, los mexicanos, los comunistas y los homosexuales?
       —Mr. Hull ¿conoce a Lupita?
       —¿Por qué la niña habla tan bien el inglés?
       —¿Cuál es el vínculo de ella y de Mr. Hull con las mujeres sobrevivientes de Corregidor?
       —Y las señoras Dunne ¿qué hacen aquí?
       —¿Quién las mantiene?
       —¿Reciben una pensión militar por el esposo y padre que cayó como un héroe en las Filipinas? (Las clases de inglés, dice mi madre, no les hubieran bastado para sostener una casa en Mixcoac.)
       En tiempos en que México permite que prosigan los inconcebibles asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, no te asombre saber que todo esto ocurría en aquel país tan lejano sin que nadie hiciera nada para ponerle fin. (A propósito: en estos días de 2005 Lolita cumple medio siglo. A ti te encanta la novela de Nabokov. Yo la detesto, como sabes, y me parece una cruel e ingeniosa apología del abuso sexual.)
       Te ruego, mi muy querido Leopoldo, que tomes muy en cuenta lo que te he dicho y hagas una lectura quijotesca o cervantina de “La niña de Mixcoac”. También al niño sin nombre lo enloquecen los libros. De pronto se descubre sin saberlo en las profundidades de un cuento de terror.
       Estoy segura de que hallarás un texto muy distinto del que leíste por primera vez. Ya no le buscarás falsos antecedentes a un relato que me ha estremecido como ningún otro de los que nos mandaron para el primer número de Scatamacchia.
       Con todo mi amor, tu
       Estela



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