José Emilio Pacheco
(Ciudad de México, 1939-2014)


La noche del inmortal
La sangre de Medusa
(México: Cuadernos del Unicornio, Núm. 18, 1958, 16 págs.);
(México: Latitudes, 1978, reimpresión);
La sangre de Medusa y otros cuentos marginales
(México, D.F.: Ediciones Era, 1990, 136 págs.)



Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras.
      Jorge Luis Borges


      Cuenta Estrabón que mientras Filipo y Olimpia celebraban en Pella, capital de Macedonia, el nacimiento de Alejandro, Eróstrato llegó al mundo en Éfeso, ciudad jónica dominada por el imperio persa. Los dos fueron pequeños e indefensos. Uno abrió los ojos entre los fastos de la corte. El otro fue engendrado por un desconocido y sólo asistieron al parto unas cuantas vecinas de su madre. Sin embargo, por caminos opuestos, ambos lograron la inmortalidad.

       El levantamiento de Bosnia-Herzegovina contra los turcos inició en 1874 el conflicto balcánico. Gracias a la derrota del imperio otomano por los rusos, las dos provincias de la Turquía europea se libraron de aquella opresión. En el Congreso de Berlín las grandes potencias se repartieron colonias y zonas de intereses. Bosnia-Herzegovina se convirtió en protectorado austriaco. En 1878 el barón Filipóvich necesitó doscientos mil hombres para vencer la resistencia. La pugna entre Austria y Rusia por los Balcanes hizo de la región el polvorín de Europa.

       Adolescente, Eróstrato quiso aprender a montar. Tres veces fue derribado. A la cuarta recibió una coz que le dejó en la cara una cicatriz en forma de tea. Aquel mismo día ofrecieron a Filipo un caballo negro con una mancha blanca en la cabeza. El rey lo encontró indómito.
       “Qué animal pierden por no saber manejarlo”, afirmó el príncipe. “Increpas a tus mayores como si pudieras hacerlo mejor”, respondió su padre. Alejandro acarició a Bucéfalo y montó en él de un salto. Caballo y jinete se perdieron en la distancia. Filipo se preocupó por la tardanza. Alejandro volvió tras alcanzar su meta. El rey le dijo: “Ya no cabes en Macedonia. Busca un reino a la medida de tu grandeza”.

       Como todos los hombres de su época Alejandro y Eróstrato anhelaban la gloria. Triunfo sobre la muerte, contra el resto de los mortales y las humillaciones de aquí abajo, la gloria valía más que los placeres, daba la eternidad negada a la efímera carne corruptible.
       Alejandro tuvo como preceptor a Aristóteles. Se aficionó a la literatura, a la filosofía y a las ciencias. La Ilíada fue el libro que lo acompañó a todas partes. Homero predicaba la paz. Alejandro vio en su poema una incitación para acabar con el imperio enemigo de Grecia. Antes de Alejandro los griegos eran una serie de pueblos rivales sólo unificados por el odio a los persas. Eróstrato intentó triunfar como poeta dramático. La música del verso se negaba a su oído. Gastó el dinero de su madre en escenificar una tragedia, Polidecto en Sérifos. Fueron tantas las risas y las burlas que la representación tuvo que interrumpirse.
       A los dieciocho años Alejandro libró al lado de su padre la batalla de Queronea y destruyó a la mejor unidad militar griega: la Falange Sagrada de Tebas. Los helenos, con la sola excepción de los espartanos, quedaron subordinados a los macedonios, a quienes juzgaban casi bárbaros. Alejandro ascendió al trono a los veinte años. Reprimió las sublevaciones en Tracia e Iliria y a los veintidós se lanzó a conquistar el imperio persa. El pretexto fue vengar la invasión de Grecia por Jerjes y el asesinato de Filipo, así como civilizar a los bárbaros.

       Francisco Fernando nació en 1863 en Graz y no en el palacio de Schónbrunn como los emperadores de Austria. Cuatro años después fusilaron en México a su tío Maximiliano. En 1889 su primo Rodolfo se suicidó en Mayerling con su amante María Vetsera. Y en 1898 su tía, la emperatriz Elisabet de Baviera, fue asesinada por un anarquista en Ginebra. Al morir su padre, el archiduque Carlos Luis, Francisco Fernando quedó como heredero del trono de Austria-Hungría, para consternación del emperador Francisco José que estaba en el poder desde 1848 y hubiera querido verse reemplazado por su hijo Rodolfo.

       En la desembocadura del río Caisto se levantaba el Artemisión, el gran templo de Artemisa que constituía una de las siete maravillas del mundo. Una inmensa piedra triangular con dos pechos, símbolo de la fertilidad y el placer, representaba a la diosa. Artemisa excitaba a Eróstrato no menos que los cuerpos de las efesias con sus túnicas transparentes que velaban y revelaban los senos, las caderas, la cintura, las piernas y sobre todo el oscuro triángulo del sexo. Las mujeres lo rechazaron. El desprecio aumentó la fe en su propia superioridad.

       Como hegemón o generalísimo griego, en el año 334 antes de Cristo, Alejandro partió de una Macedonia a la que no volvería nunca. Con apenas treinta y cinco mil soldados emprendió la inconcebible aventura de doblegar al mayor imperio del mundo. Todo fue posible gracias a su genio militar y político, al ejército profesional creado por su padre y a la diversidad asiática, hecha de pueblos ansiosos de sacudirse el yugo persa.
       La falange macedónica, integrada por dieciséis sintagmas o batallones de 256 hombres, empleaba las sarissas, lanzas de casi diez metros. (Filipo había estudiado la falange en Tebas cuando era rehén de Epaminondas.) Alejandro perfeccionó la técnica de la caballería, reservada a un cuerpo de élite, los “compañeros del rey”, capaces de sostenerse en medio de la batalla siglos antes de que se inventaran los estribos. Aplicó a la guerra todo el saber acumulado por Filipo y sus maestros espartanos. En la Ciropedia de Jenofonte aprendió cómo someter a todo un imperio y qué clase de inteligencia es necesaria para gobernar.
       Alejandro no hubiera sido Alejandro sin su inigualada capacidad de mando y el arrojo que lo llevó siempre a luchar en primera línea al frente de su ejército. Antes de combatir ofrecía rezos y sacrificios al dios del miedo. Ansiaba dominarlo en sí mismo y en sus hombres, e infundir terror en los enemigos gracias a las sarissas y al grito atroz que lanzaban los macedonios.

       Pudo haberse consolado con las prostitutas del puerto: prefirió reservarse para hacer el amor con la diosa. A fin de venerar la piedra erótica quiso entrar en la vida sacerdotal. Le negaron hasta el acceso al templo porque era un bastardo y nadie sabía a qué raza perteneció su padre. Mientras tanto su único goce fue el que logró arrancarse a sí mismo. Su altanería engendraba rencor; su físico y su desaliño provocaban asco y desprecio.
       Tan insoportable se hizo su presencia que lo condenaron a vivir en una cueva del monte Coresso. Desde allí espiaba las procesiones de antorchas. Como se alimentaba de mendrugos rescatados de entre la basura clamó contra los banquetes y contra quienes necesitan del vino para sentir un poco menos la opresión de la existencia. Se volvió el enemigo personal de los placeres. Odió a todos los habitantes de la tierra. Clamó contra la corrupción de Éfeso que veneraba a las cortesanas en el templo de Afrodita Hetaira. Llegó a creerse el más puro, el único virtuoso, el incontaminado por la podredumbre griega y asiática y, en consecuencia, el primero de sus contemporáneos, el hombre a quien los demás estaban obligados a admirar y obedecer.

       Entre los eslavos y Francisco Fernando sólo había un rasgo común: ninguno de ellos tomaba parte en las decisiones del imperio. El archiduque no era agradable ni brillante. Ya que no el gusto por la música y la poesía, heredó de Maximiliano el interés por la marina austriaca. Su insumisión fue no buscar esposa entre la realeza sino casarse por amor en matrimonio morganático (entre desiguales) con la condesa Sofía Chotek. No le permitieron elevarla a su rango y hacerla parte de la familia real. Sólo pudo conseguirle el título inferior de duquesa de Hohenberg y tuvo que renunciar a la sucesión imperial para sus hijos.

       Pocos reyes tan desdichados como Darío III. Amo de un gran imperio, no estuvo a la altura de su invasor ni supo morir defendiendo lo que era suyo. Dos veces lo venció Alejandro, primero en Isso y después en Gaugamelos. Dos veces huyó. Su madre, su esposa y sus hijas quedaron en poder del conquistador que las trató noblemente. Darío escapó a Bactriana. En vez de asilarlo, un pequeño sátrapa lo traicionó y le dio muerte. Alejandro, ya dueño del Mediterráneo oriental, fue a Egipto y fundó Alejandría, se coronó emperador persa, entró en Babilonia y rompió el nudo gordiano. Según la tradición el que lo desatara sería rey de la tierra.

       Eróstrato observó a Alejandro cuando hacía su entrada en Éfeso como libertador de los griegos sometidos por los persas en la costa occidental del Asia Menor, cuna de la poesía y el pensamiento helénicos. Le sorprendió la negrura de Bucéfalo, al que siempre había imaginado como un caballo blanco. Lo asombraron la pequeñez de Alejandro y el verlo cubierto de cicatrices.
       Por un minuto soñó con ofenderlo, humillar al hombre más poderoso del mundo, como cuando el rey se acercó a Diógenes y le preguntó: “¿Qué puedo hacer por ti?” El filósofo-mendigo le respondió: “Apartarte y no quitarme el sol”.
       Pero al intentar aproximarse los soldados golpearon a Eróstrato y ya en el suelo lo cubrieron de escupitajos. En venganza pensó que la gloria de Alejandro se basaba en la violencia y el asesinato. Estuvo seguro de entender al fin la sentencia de Heráclito: “El camino que sube y el camino que baja son uno y el mismo”. La interpretó en el sentido de que daba igual alcanzar la gloria por una obra, una hazaña o un crimen. El paria de Éfeso y un emperador de Asia tendrían en común algo más que su fecha de nacimiento. Eróstrato iba a cobrarse cuanto le debían Alejandro, el mundo y la diosa que se negó a aceptarlo entre sus adoradores.

       En 1909 la rebelión de los Jóvenes Turcos transformó en monarquía constitucional el imperio otomano. Por miedo de que el sultán pidiera la restauración de su plena soberanía sobre Bosnia-Herzegovina el territorio fue anexado al imperio austro-húngaro. Serbia denunció la violación del Tratado de Berlín y emprendió una campaña en favor de una república yugoslava, a sabiendas de que enfrentada a Viena podía contar con el apoyo de Rusia. Austria, al sentir el respaldo del káiser Guillermo II de Alemania, amenazó a Moscú y a Belgrado. Se negó a dar a los serbios un puerto en el Adriático y para favorecer los intereses húngaros decretó un embargo sobre las exportaciones de cereales, reses y cerdos que eran la base económica de Serbia.

       Alejandro se estableció en Babilonia. Desde allí quiso unir Oriente y Occidente. Vestido de emperador persa, habló la lengua de los conquistados. Un caudillo sogdiano se rindió ante Alejandro. Al ver a su hija, el triunfador se prendó de ella. En vez de tomarla como botín se casó con Roxana. Fue su descubrimiento de la mujer. Como la homosexualidad era norma entre los griegos, Alejandro amaba a Hefestión, su compañero de armas, y tenía como erómenos al bello eunuco Bagoas.
       Para legitimar su ascenso al trono de Persia también contrajo nupcias con Stateira, hija de Darío y la muchacha más hermosa de Oriente. Atenas era enemiga de Macedonia. Los sabios de la Academia y el Liceo escribieron, muchas veces a sueldo de Casandro, cientos de libros contra el emperador. Lo censuraron por casarse con bárbaras —según Aristóteles los bárbaros no merecían trato de seres humanos— e intentaron reducir sus hazañas a simples atrocidades. Pintaron a un Alejandro cruel, brutal, alcohólico y lujurioso. No sirvió de nada. A través de las leyendas árabes sobre Sikandar, Alejandro Bicorne de Babilonia, la poesía medieval europea lo recuperó como ejemplo del caballero andante y modelo del héroe para todos los tiempos y países.

       A medianoche Eróstrato burló a los guardias y se deslizó hasta la cámara secreta. Rasgó el velo que protegía a la piedra sexual, acarició los senos, se frotó contra el triángulo helado y alcanzó un espasmo de infinita voluptuosidad. Tomó una lámpara de aceite, con el velo roto encendió los cortinajes y vio cómo el fuego se propagaba a los claustros. Cuando todo el Artemisión estuvo en llamas Eróstrato volvió a la cueva que le servía de refugio, contempló su obra y gritó a los cuatro vientos su nombre.

       Por vez primera desde los tiempos de Alejandro, al comenzar el siglo XX una sola cultura se imponía al resto del mundo. Europa estaba unida por las alianzas y los parentescos de sus reyes. Los avances tecnológicos no cesaban. Nunca fue más grata la vida para los poderosos. Las guerras sólo existían en las colonias o en pequeños países a los que nadie daba importancia.
       En 1912 Europa se sintió aún más aliviada cuando Bulgaria, Grecia, Montenegro y Serbia vencieron a Turquía y la expulsaron del continente. En la segunda guerra balcánica Bulgaria perdió ante Grecia, Montenegro, Rumania y Serbia. Macedonia fue dividida entre griegos y serbios. Cuando éstos creyeron recuperar al fin sus puertos sobre el Adriático los austriacos crearon Albania y pensaron que lo mejor para sus intereses era desmembrar Serbia entre sus vecinos. En la península de los Balcanes sopló de nuevo el bora, el viento que nace en los Alpes dináricos y destruye todo a su paso.

       Alejandro emprendió la conquista de la India. A orillas del Hidaspes venció a Poro, el Paurava, que regía más de cien territorios. La mitad del mundo conocido era suya; sin embargo los sabios hindúes le dijeron que de la tierra Alejandro sólo poseía el espacio suficiente para ser sepultado.
       Cuando sus tropas se negaron a descender hasta el Océano Índico, tuvo que guiarlas por el desierto de regreso a Babilonia. La primera señal que llenó de miedo al guerrero invencible fue la muerte del león más hermoso y bravo criado por él: un asno lo mató de una coz. Alejandro entendió que no se debe despreciar a nadie. Con toda su grandeza, no fue inmune a la locura del poder. Convencido de ser el mayor caudillo que habían visto los siglos, quiso que lo venerasen como un dios. Receló de quienes habían hecho posibles sus conquistas, peleó con ellos y a veces les dio muerte. Alejandro sometió a todos pero no logró vencerse a sí mismo.

       Eróstrato sabía que todo se pierde si no queda escrito. Mientras la multitud avanzaba hacia su refugio, trazó unas líneas en un papiro y lo ocultó entre sus ropas. Los guardias lo apresaron y amordazaron para que dejara de gritar “yo, yo, yo”. Resistió el tormento con alegría y lo juzgó un oblicuo homenaje. Lo decapitaron. Abandonaron sus restos a los buitres y a los gusanos. Quedó prohibido repetir su nombre.
       Un ladrón de tumbas halló el papiro bajo la túnica del muerto y lo guardó por muchos años. Siglos después un mercader cretense lo vendió en Roma al tribuno Claudio Lépido. No necesitó traducirlo porque conocía el dialecto jónico. Tras el saqueo de Roma por los vándalos un monje llevó el papiro a un monasterio ilirio. Sobre la redacción original inscribió un nuevo texto en el bajo latín de aquellos años. El traductor interpoló su mala retórica y nos legó en forma corrupta lo escrito por Eróstrato mientras observaba el incendio del templo de Artemisa. Entre los niños que compartieron la infancia del emperador, Casandro fue el menos brillante, el menos audaz, el menos querido. Cuando Alejandro inició la conquista del Asia, Casandro permaneció en Pella con su padre, Antípatro, regente del imperio, en constante pugna con Olimpia, la reina madre.
       Desde Babilonia, Alejandro cesó al regente. Casandro fue a verlo. Se rio de las costumbres y vestidos persas. Sikandar tomó en sus manos la cabeza del intruso y la golpeó contra la pared. Casandro no perdonó esta última humillación: le dio a su hermano menor, el copero real, un veneno que había llevado en un casco de burro para conservarlo fresco. Al apurar su vino, Alejandro se dobló de dolor. No pudo levantarse al día siguiente para hacer plegarias y sacrificios como gran sacerdote de su pueblo. Después perdió la palabra y murió sin haber nombrado sucesor. Aún no había cumplido treinta y tres años.
       Sus lugartenientes, los diádocos, al luchar entre sí por el imperio lo desmembraron. Roxana envenenó a Stateira para quedar como única viuda. Casandro eliminó a Roxana y al hijo que había tenido con Alejandro. Reservó una muerte atroz para la reina madre: entregada a los deudos de sus víctimas, Olimpia no pidió clemencia ni lanzó un grito mientras la lapidaban. Con su temple demostró por qué había nacido de ella un Alejandro.

       El archiduque Francisco Fernando fue nombrado inspector general del ejército. Se veía a sí mismo como un político y no como un militar (su única y tristísima hazaña era haber matado cinco mil ciervos, muchos de ellos en compañía de su único amigo, el kaiser). Cuando Francisco José, que ya había pasado los ochenta años, le dejase el trono, Francisco Fernando pensaba hacer de la monarquía dual un imperio triple: germano, húngaro y eslavo, una confederación de cinco estados. Se coronaría en Praga y en Budapest. Se acercaría a los rumanos. Despojaría de Transilvania a los húngaros. Los eslavos —polacos, checos, eslovacos, serbios, bosnios y montenegrinos— lo odiaban y lo acusaban de querer dividirlos. Una noche en el Práter una gitana le vaticinó que él sería la causa de una gran guerra. Francisco Fernando sonrió mirando a la duquesa Sofía.

       Sikandar, Alejandro Bicorne de Babilonia, hegemón de Grecia y emperador del Asia, fue embalsamado y conducido a Egipto en un carruaje de una suntuosidad que nunca volvió a verse. Su cadáver intacto permaneció en un sarcófago de oro durante trescientos años. Dos siglos después, cuando Macedonia ya era una simple dependencia romana y los antiguos dueños del mundo constituían los nuevos parias de la tierra, Julio César y Marco Antonio observaron en Alejandría la juventud perpetua del mayor guerrero que ha conocido la historia. Al fin su cuerpo también se hizo polvo. La leyenda perdura y sólo morirá con el planeta.

       En la Universidad de Belgrado, Branko y yo supimos que el manuscrito estaba en la Biblioteca Nacional y nos interesamos en traducirlo. En aquellos tiempos queríamos purgar de arabismos nuestra literatura y rescatar la herencia griega. Nos indignaba ver el nombre de la patria y el nuestro escritos con la infame ve labiodental que asimila serbios a siervos. De la misma manera nos enfurece que confundan eslavos con esclavos. Nunca más seríamos la presa arrojada por Europa a los turcos para frenar su avance ni besaríamos la mano del opresor austriaco que nos considera una chusma de ladrones piojosos, unos cerdos malolientes y traidores, incapaces de reclamar su dignidad.
       Una bala turca mató a Branko en la batalla de Kumanovo. Yo robé el papiro de la Biblioteca y fui uno de los jóvenes bosnios de familia serbia a quienes Apis, el coronel Dragutin Dimitrijević, seleccionó para integrar la sociedad secreta “Unión o Muerte”, que los invasores llaman “La Mano Negra”, y aspira a unir primero a todos los serbios y después a todos los eslavos. Aprovecho estos últimos momentos para no dejar incumplida la promesa hecha a Branko y traducir el manuscrito de Eróstrato.
       Bosna Serai, Serájevo, “la ciudad de los palacios”, la capital de Bosnia, “el país de los bosques”, debe su nombre al serrallo (“palacio”) construido por los turcos a orillas del río Miljacka, en un valle estrecho que cierran ásperas colinas. Hoy, en 1914, el serrallo que domina y da nombre a Sarajevo es el cuartel de la guarnición austríaca. Los invasores han demolido sin cesar y tratan de reconstruir la capital a la manera de Viena. Sin embargo quedan las mezquitas, los cafés, los baños turcos, las casas de madera, los bosnios que llevan turbante o fez.

       Las tinieblas se han encendido. El firmamento se agita en un mar de llamas. El incendio devora los horizontes. Ante su resplandor los astros pierden brillo. Desde aquí puedo ver la sorpresa, la confusión y el miedo que reinan en Éfeso. En vano luchan contra el fuego. Al amanecer todo estará en cenizas. Las llamas me dan al fin el poder que siempre he buscado.
       Soy el dueño del fuego. Entiendo a Heráclito: el mundo es fuego y para renovarse y continuar tiene que arder eternamente. La ciudad entera se agita a mis pies y por mi causa. Soy tan fuerte como Alejandro de Macedonia. Nadie me volverá la espalda ni me dejará sin respuesta. Se hablará de mí siempre. Me he vengado de quienes me consideraron un loco y un bufón: me he puesto a la altura de Sikandar. Mi nombre no será sepultado con mi cuerpo. Resonará en los siglos venideros. Acabo de grabarlo a fuego en la historia y jamás seré polvo enteramente.


       Rueda a orillas del Bosnia el ferrocarril de vía angosta construido por los austriacos. El inspector general va a pasar revista a los cuerpos decimoquinto y decimosexto del ejército imperial que forman las veinte mil tropas de ocupación en Bosnia-Herzegovina. Están allí, aseguran, “para garantizar el orden y la prosperidad”.
       La duquesa de Hohenberg se reunirá con su marido en Sarajevo. El protocolo de la corte excluye los honores reales para quien, como Sofía Chotek, no pertenece a la familia imperial. Por tanto no se ha dispuesto una valla militar y sólo cien agentes secretos —que no dependen del general Óscar Potoriek, sino del ministro de Finanzas en Viena— andan mezclados entre bosnios, serbios, croatas, judíos sefardíes, musulmanes y gitanos: la increíble diversidad que amenaza la existencia del imperio y al mismo tiempo le da su pasión y su tensión y hace de Viena la capital del mundo en este día 28 de junio de 1914.
       ¿Quién escogió para la visita precisamente el Vidovan (la fiesta de San Vito), el aniversario de la batalla de Kosovo? En ella y en 1389 los serbios fueron derrotados por los turcos. Pero después del triunfo de 1912 contra el imperio otomano la fecha ya no es luctuosa sino que se conmemora como el día de la independencia nacional, simbolizada en el héroe Milosh Obilich que dio muerte a Murad, el sultán turco que había ganado la batalla.

       Gavrilo Princip miró lo que había escrito y lo guardó en una carpeta. Su promesa estaba cumplida. Se puso de pie, abrió la puerta y se perdió entre la multitud que iba a conocer a su futuro emperador. Con el general Potoriek los herederos de la monarquía dual avanzaban por la Franz-Joseph Strasse en un automóvil descubierto. Eran las diez y media de la mañana. Estalló una bomba. Hirió a varios oficiales que iban en otro vehículo de la comitiva. El archiduque ordenó que los condujeran al hospital. En el puente del Miljacka detuvieron al autor del atentado: Cabrinowich, un joven tipógrafo.
       Hubo una recepción en el ayuntamiento. El alcalde tartamudeó un discurso. Francisco Fernando gritó indignado: “Nos reciben con bombas”. Se dirigió a visitar a los heridos. La duquesa insistió en acompañarlo. Regresaron por la misma Franz-Joseph Strasse. De pronto se escucharon gritos y disparos: “El archiduque es enemigo mortal de los eslavos y trata de impedir nuestra unión”. Sofía se reclinó en el pecho de su marido. Francisco Fernando continuó rígido pero arrojo una bocanada de sangre. Potoriek le desabrochó el cuello del uniforme: la bala había seccionado la yugular. Los austríacos detuvieron a un estudiante serbio de diecinueve años. Dijo llamarse Gavrilo Princip. Intentó suicidarse. Bajo tortura no delató a nadie. Asumió toda la responsabilidad.
       Tras el atentado no le quedaba al imperio sino destruir Serbia aunque hacerlo significara la guerra con Rusia. El 23 de julio Viena lanzó un ultimátum inaceptable. Al día siguiente los austríacos bombardearon Belgrado. Los ejércitos europeos iniciaron la movilización. Europa entera quedó cubierta por el bora, el viento que nace en los Alpes dináricos y destruye todo a su paso.



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