José Emilio Pacheco
(Ciudad de México, 1939-2014)


El reposo del fuego
[1963-1964]
(México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1966, 79 págs.)

I

Nada altera el desastre...

Nada altera el desastre: llena el mundo
la caudal pesadumbre de la sangre.
¿Filo de qué inminencia, o ya frontera
del viento que amanece y nos aguarda?
Con un hosco rumor
                                     desciende el aire
y baja inconsolable, desmedido
a la más pétrea hoguera
Y se abandona
                         Y hoja al aire, tristísima, la hoguera
contempla la incendiaria sed del tiempo,
su víspera de ruina, los cantiles
de las ciudades tremolando pálidas.
Qué península azul, qué bamboleo
es la llama internándose en la noche
rodeada de negror y en todas partes
sin embargo tan pálida y altiva
y fija y ya serena
y como muerta.



Hoy rompo este dolor...

Hoy rompo este dolor en que se yergue
la realidad carnívora e intacta.
Hiendo tu astilla inmóvil, mansedumbre.
Cerco lo que me asedia, las viscosas
manchas del aire tóxico y la zarpa
que se anuda sin cuerpo a la guitarra
y en su vertiente de metal humea,
como aceite de cólera, su rabo,
su figura animal que se desata.
Quemo tu lumbre, humillación, tu aguja
solidaria del vértigo que iguala
esos trazos de un áspid en el polvo
que andando el tiempo dispersó.
                                                           Y es triste.



No doy gracias...

No doy gracias: redoblo, conmociono
la estructura del sismo, la cortante
voracidad que invierte el deterioro.
Y miradas continuas y excedencias,
diagonales relámpagos se prenden,
cicatrizan el aire, lo arremeten
para hallar en la tierra inexpugnable
los estratos alertas del incendio.



Miro sin comprender...

Miro sin comprender, busco el sentido
de estos hechos brutales,
                                            y de pronto
oigo latir el fondo del espacio,
la eternidad muriéndose,
                                            y contemplo,
reparo en la insolencia
feliz con que la lluvia moribunda
ahoga este minuto y encarniza
sus procaces colmillos contra el aire.



La irrespirable procesión del vaho...

La irrespirable procesión del vaho
coloniza el cristal cuando se abate,
para encender la tierra en la semilla,
la lluvia intemporal, forma del aire,
el agua que renace de sí misma.



¿Quién a mi lado llama?...

¿Quién a mi lado llama? ¿Quién
susurra o gime en la pared?
Si pudiera saberlo, si pudiera
alguien pensar que el otro lleva a solas
todo el dolor del mundo y todo el miedo.



El dictador, el todopoderoso...

El dictador, el todopoderoso.
el que construye los desiertos mira
cómo nacen del cuerpo los bestiales
ácidos de la muerte y es roído
por el encono mártir con que tratan
los años de hormiguearlo al precipicio,
a la fosa insaciable en donde humea
anticipada lucha su esqueleto.

Oye a veces correr bajo el palacio
las punitivas ratas que se aprestan
a desbordar el suelo y fieramente
deshacer la soberbia.
                                      Y los gusanos,
envidiosos del topo, urden la seda,
la voraz certidumbre del sudario.



El mundo en vilo...

El mundo en vilo azota sus cadenas.
La tempestad desciende.
                                            Y yo, sin nombre,
busco un rastro fugaz, quiero un vestigio,
algo que me recuerde, si he olvidado,
la secreta eficacia con que el polvo
devora el interior de los objetos.



Y embozado, recóndito...

Y embozado, recóndito, al acecho,
sobreviene el intenso garabato,
el febril desdibujo de la muerte.



Sangre y humo alimentan las hogueras...

Sangre y humo alimentan las hogueras.
Nada mella el fulgor. Y las montañas
reblandecen los siglos, se incorporan,
desbaratan su ritmo, son de nuevo
piedra,
            mudez de piedra,
                                          testimonio
de que nada hubo aquí; de que los hombres
como piedra también
                                      se tornan viento.
Ser de viento espectral, ya sin aullido,
aunque busque su fin, aunque ya nada
pueda retroceder. El tiempo es polvo;
sólo la tierra da su fruto amargo,
el feroz remolino que suspende
cuanto el hombre erigió. Quedan las flores
y su orgullo de círculo, tan necias
que intentan renacer, darse al aroma
y nuevamente en piedra convertirse.



Mala vasija el cuerpo...

Mala vasija el cuerpo. Recipiente
de eterna insaciedad y deterioro.
¿Sólo perder ganamos existiendo?
¿Qué ojos verán el mundo, si la órbita
donde la luz brilló sólo es la casa
de las hormigas, su castillo impune?
Nada regresará cuando la tierra
se aposente en la boca y enmudezca
con su eco atroz la oscura letanía.

Si una rama se mueve, si en la hierba
una brizna se rompe, en los dominios
interminables y hondos de la muerte
¿qué codicia a la vida está cercando,
con qué cara morir, cuál sacrificio
reclama la ceniza y, por ahora,
qué humillaciones, muerte, has aplazado?



Aquí te expandes...

Aquí te expandes, vida mortal,
color de sangre, dicha
de tenerte un instante que no vuelve.
Tu reino es la ciudad de agua y aceite
que flotan sin unirse. Su equilibrio
es su feroz tensión. Y su combate
se disfraza de paz y tregua alerta.



Es el lúbrico aceite tragallamas...

Es el lúbrico aceite tragallamas
escudo que no ampara: traza heridas,
abre surcos de sal, cava en el pecho
aquel duro temblor con que la carne
se entrega al no volver, al sacrificio
en el lugar del fuego donde brota
el sol de sangre bajo el mar de aceite.



¿Cuántos buitres...?

¿Cuántos buitres carcomen nuestra vida?
¿Qué oscura esclavitud nos aprisiona?
Cómo duelen la marca y el chasquido
que hace el ávido hierro al someternos.
Hay que lavar la herida, deshacerse
de la letra tatuada en nuestra sangre.



No humillación ni llanto...

No humillación ni llanto: rebeldía,
insumiso clamor. Toma la antorcha.
Prende fuego al desastre.
                                              Y otra hoguera
florezca, hienda el viento.
Mediodía, presagio incandescente.
inminencia total de vida y muerte.



II

Moho, salitre, pátina...

Moho, salitre, pátina, descenso
del polvo al refluir sobre las cosas.
¿Qué obstinado roer devora el mundo,
arde en el transcurrir, empaña el día
y en la noche malsana recomienza?
Nace el desastre, el miedo que ha engendrado
la ira y esculpe en fuego a nuestro tiempo.



Pero el agua recorre los cristales...

(Don de Heraclito)

Pero el agua recorre los cristales
musgosarnente:
ignora que se altera,
lejos del sueño, todo lo existente.

Y el reposo del fuego es tomar forma
con su pleno poder de transformarse.
fuego del aire y soledad del fuego.
al incendiar el aire que es de fuego.
Fuego es el mundo que se extingue y prende
para durar (fue siempre) eternamente.

Las cosas hoy dispersas se reúnen
y las que están más próximas se alejan:

Soy y no soy aquel que te ha esperado
en el parque desierto una mañana
junto al río irrepetible en donde entraba
(y no lo hará jamás, nunca dos veces)
la luz de octubre rota en la espesura.

Y fue el olor del mar: una paloma,
como un arco de sal,
ardió en el aire.

No estabas, no estarás
pero el oleaje
de una espuma remota confluía
sobre mis actos y entre mis palabras
(únicas nunca ajenas, nunca mías):
El mar que es agua pura ante los peces
jamás ha de saciar la sed humana.



No alzar los ojos...

No alzar los ojos.
Ver el muro: tierra.
Disipar las tinieblas.
                                    Acercarse
al fondo de esta noche
en donde el alba
                             y su tropel
esperan que amanezca.



Si se extiende la luz...

Si se extiende la luz
toma la forma
de lo que está inventando la mirada.



Vuelven mundos a hendirse...

Vuelven mundos a hendirse. Y de milagro
cruza rampante un astro en pie de guerra
hasta encajarse náufrago en la hierba,
deshecha su materia voladora
—como si el rayo halcón venciendo el aire
de la estrella fugaz se apoderase:
tal caricia que siente el enterrado
cuando el suelo mortal lo desfigura.

              In memoriam Luis Cernuda, 5 xi 1963


Ácida incertidumbre...

Ácida incertidumbre que devora
los confines del aire
mientras toco
-con avidez de urna— tu memoria.
Y es noviembre en el aire hoja quemada
de un árbol que no está
mas permanece
en el viejo sabor ya empalagoso
de esta pena plural que he vuelto mía.



Algo crece y se pierde...

Algo crece y se pierde a cada instante.
Algo intenta durar, algo remoto:
la forma sustantiva en que la arena
dibuja la inscripción de su agonía
(porque es la permanencia del oleaje
cuando el mar en desierto ha terminado).



Aquí desembarcaron...

Aquí desembarcaron, donde el río
al encontrarse con el mar lo lleva
tierra adentro, de nuevo hacia la fuente,
el estuario secreto en las montañas.



Nuestra moral, sus dogmas y certezas...

Nuestra moral, sus dogmas y certezas
se ahogaron en un vaso.
Y este mundo
resulta un pez que el aire ya envenena
en su salto de red, branquial susurro
de lo que muere al margen,
ya disuelto
y sin remedio en la brutal orilla.



A mitad de la tarde...

A mitad de la tarde los objetos
imponen su misterio, se remansan,
nos miran fijamente, nos permiten
luchar porque no avancen ni se adueñen
de nuestro mundo todo
y nos conviertan
en inmóvil objeto.



Todo lo empaña el tiempo...

Todo lo empaña el tiempo y da al olvido.
Los ojos no resisten
                                  tanta ferocidad.
La luz, áspera llama,
devora los perfiles de las cosas.

Y enmedio tanta muerte,
                                           esos tus ojos.
Ojos tuyos tristísimos: han visto
lo que nunca miré.
                                Todo lo empañan.
Todo es olvido, sombra, desenlace.



Pero ¿es acaso el mundo...?

Pero ¿es acaso el mundo un don del fuego
o su propia materia ya cansada
de nunca terminar
le dio existencia?



O es el desnudo pulular...

O es el desnudo pulular del frío
o la voz invisible de la hormiga
atareada en morir bajo su carga.
Repta el viento y horada los caminos
subvegetales que anegó la asfixia
de cuál roedor en brusca madriguera.
¿Sabe el jardín qué zonas del verano
engendran el otoño adormecido
por la savia esclerótica?
                                           Y no es esto
lo que intento decir.
                                   Es otra cosa.



Porque he extraviado aquí todas las claves...

Porque he extraviado aquí todas las claves
para salvar al mundo y ya no puedo
consolar, consolarte, consolarme.



Rumor sobre rumor...

Rumor sobre rumor. Quebrantamiento
de epocas e imperios.

Desenlace.

Otra vez desenlace y recomienzo.



III

Brusco olor del azufre...

Brusco olor del azufre, repentino
color verde del agua bajo el suelo.
Bajo el suelo de México se pudren
todavía las aguas del diluvio.
Nos empantana el lago, sus arenas
movedizas atrapan
y clausuran
la posible salida.

Lago muerto en su féretro de piedra.
Sol de contradicción.
(Hubo dos aguas
y a la mitad una isla,
enfrente un muro,
a fin de que la sal no emponzoñara
nuestra laguna dulce en la que el mito
abre las alas todavía, devora
la serpiente metálica, nacida
de las ruinas del águila. Su cuerpo
vibra en el aire y recomienza siempre.)

Bajo el suelo de México verdean
espesamente pútridas las aguas
que lavaron la sangre conquistada.
Nuestra contradicción —agua y aceite—
permanece a la orilla dividiendo,
como un segundo dios,
todas las cosas:
lo que deseamos ser y lo que somos.

(Haga el experimento. Si levanta
unos metros de tierra
encuentra el lago,
la sed de las montañas,
el salitre
que devora los años.
Y este lodo
en que yace el cadáver de la noble
ciudad de Moctezuma.)

Y comerá también nuestros siniestros
palacios de reflejos, muy lealmente,
fiel a la destrucción que lo preserva.

El axolotl es nuestro emblema: encarna
el temor de ser nadie y replegarse
a la noche perpetua en que los dioses
se pudren bajo el lago y su silencio
es oro —como el oro de Cuauhtémoc
que Cortés inventó.

                                          Abre esa puerta
prende la luz acérquense ya es tarde
nos vamos se hizo tarde ya es muy tarde
hay tiempo todavía hoy o mañana
dense la mano no se ve está oscuro
dame la mano por favor
                                           nos vemos



Toda la noche...

Toda la noche vi crecer el fuego.


La ciudad en estos años...

La ciudad en estos años cambió tanto
que ya no es mi ciudad, su resonancia
de bóvedas en ecos y los pasos
que nunca volverán.

Ecos pasos recuerdos destrucciones

Pasos que ya no son, presencia tuya,
hueca memoria resonando en vano.
Lugar que ya no está, donde pasaste,
donde te vi por último en la noche
de ese ayer que me espera en los mañanas,
de ese futuro que pasó a la historia,
de este hoy continuo en que te estoy perdiendo.



Atardecer de México...

Atardecer de México en las lúgubres
montañas del poniente...
(Allí el ocaso
es tan desolador que se diría:
la noche así engendrada será eterna.)



Conozco la locura...

Conozco la locura y no
                                         la santidad:
la perfección terrible de estar muerto.
Pero los ritmos, imperiosos ritmos,
los latidos secretos del desastre,
arden en la extensión de mansedumbre
que es la noche de México.

                                              Y los sauces,
y las rosas sedientas y las palmas,
funerarios cipreses ya sin agua,
son veredas de cardo, son los yermos
de la serpiente árida, habitante
en comarcas de fango, esas cavernas
donde el águila real bate las alas
en confusión de bóvedas, reptante
por la noche de México.

                                             Ojos, ojos,
cuántos ojos de cólera mirándonos
en la noche de México, en la furia
animal, devorante de la hoguera:
la pira funeraria que en las noches
consume a la ciudad.
                                Y al día siguiente
sólo vestigios ya.
                                  Ni amor ni nada:
tan sólo ojos de cólera mirándonos.



¿Hasta cuándo...?

¿Hasta cuándo, en qué islote sin presagios,
hallaremos la paz para las aguas,
tan sangrientas, tan sucias, tan remotas,
tan subterráneamente ya extinguidas,
de nuestro pobre lago, cenagoso
ojo de los volcanes, dios del valle
que nadie vio de frente y cuyo nombre
los antiguos callaron?

                                          ¿Qué se hicieron
tantos jardines, las embarcaciones
y los bosques, las flores y los prados?
                                                   Los mataron
para alzar su palacio los ladrones.
¿Qué se hicieron los lagos, los canales
de la ciudad, sus ondas y rumores?

Los llenaron de mierda, los cubrieron
para abrir paso a todos los carruajes
de los eternos amos de esta tierra,
este cráter lunar donde se asienta
la ciudad movediza, la fluctuante
capital de la noche.

Dijo el virrey: Los hombres de esta tierra
son seres para siempre condenados
a eterna oscuridad y abatimiento.
Para callar y obedecer nacieron.


La injuria del virrey flota en el lodo.
Ningún tiempo pasado ciertamente
fue peor ni fue mejor.

No hay tiempo, no lo hay,
no hay tiempo; mide
la vejez del planeta por el aire
cuando cruza implacable y sollozando.



México subterráneo...

México subterráneo... El poderoso
virrey emperador sátrapa hizo
construir para sí todo el desierto.
Hemos creado el desierto: las montañas
—rígidas de basalto y sombra y polvo—
son la inmovilidad.
                                 Vibra el estruendo
que hacen las aguas muertas resonando
en el silencio cóncavo.
                                       Es retórica,
iniquidad retórica este llanto.



¿Sólo las piedras sueñan?...

¿Sólo las piedras sueñan?
                                           ¿Su hosca esencia
es la inmovilidad?
                               ¿El mundo es sólo
estas piedras inmóviles?

Roza el aire el cantil para gastarse,
para hallar el reposo.
                                   Inconsolable
el descenso del vértigo: marea
de mil zonas aéreas desplomándose.



Hoy, esta noche...

Hoy, esta noche, me reúno a solas
con todo lo perdido y sin embargo
lo futuro también.
                                [Y mientras pasa
la hora junto a mí
                                va oscureciendo:
en un fuego de sombra se confunden
luz y noche, pasado que no ha muerto,
y el instante sin nadie que recorren
la ociosidad viscosa de la araña,
la mosca y su hociquito devastador.]

Entre el ave y su canto fluye el cielo.
Fluye sí, está fluyendo, todo fluye:
el camino que lentan las mañanas,
los planetas errantes, calcinados
que cumplen su condena desgastándose
al hendir sin reposo las tinieblas.



Hay que darse valor...

Hay que darse valor para hacer esto:
escribir cuando rondan las paredes
uñas airadas, animales ciegos.
                                                     Hay palabras
carcomidas, rengueantes:
                                             sonsonete
de algún viejo molino.
                                       Cuántas cosas,
llanto de cuántas cosas ya inservibles
que en el polvo arderán.
                                           Chatarra, escoria,
sorda, sórdida hoguera consumiéndose.

Fuego la luz. Ceniza. Un lirio
es cada
            pobre
                      rescoldo
                                     triste
al deshacerse.



El viento trae la lluvia...

El viento trae la lluvia.
En el jardín
las plantas se estremecen



Enciende el sol el campo...

Enciende el sol el campo a mediodía.
Aquí todas las cosas se disponen
a renacer.
                 De pronto, dulcemente
todo el jardín se yergue entre las piedras:
nace el mundo de nuevo ante mis ojos.



Cae la tarde en la lluvia...

Cae la tarde en la lluvia sorprendida
por el girar marítimo del aire.
Línea de sombra, umbral, solar umbrío
en donde las tinieblas se preparan
a engendrar más tinieblas.
                                                Lentamente
la lluvia cae en la tarde.
                                          Las tinieblas
zozobran en la luz. Resuena, vibra
ese golpe ignorado, ola invisible,
con que el fuego del aire enciende el mundo.



Todo el mundo está en llamas...

(Las palabras de Buda)

Todo el mundo está en llamas: lo visible
arde y el ojo en llamas interroga.
Arde el fuego del odio.
                                        Arde la usura.
Arden el nacimiento y la caída.
                                                       Arde el dolor.
El llanto, el sufrimiento
                                           arden también.
La pesadumbre es llama.
                                            Y una hoguera es la angustia
en la que arden
                            todas las cosas:
Llama,
            arden las llamas,
arden las llamas,
                              mundo y fuego, mira
la hoja al viento, tan triste, de la hoguera.



Es hoguera el poema...

Es hoguera el poema
                                      y no perdura
Hoja al viento
                         a su vez
También tristísima
                                  Inmóvil ya
Desierta
               Hasta que el fuego
renazca en su interior
                                       Cada poema
epitafio del fuego
                               cárcel
llama
          hasta caer
en el silencio en llamas
Hoja al viento
                         tristísima
                                          la hoguera



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