José Luis González
(República Dominicana, 1926 - México, 1997)


La mujer
Cinco cuentos de sangre
(San Juan, Puerto Rico: Imprenta Venezuela, 1945, 59 págs.);
Veinte cuentos y Paisa
(Río Piedras, Puerto Rico: Editorial Cultural, Inc., 1973, págs. 60-65)



A Juan Bosch

      Ahora está, como de costumbre, sentada sobre una gran piedra redonda a la orilla del camino, los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos. El camino es rojo, abierto en el barro vivo, y corre como una herida sobre las tetas verdes de las lomas. En lo más alto de una de ellas, donde el camino se acaba de repente, está la planta hidroeléctrica en construcción.
       Desde acá, la mujer ve pequeñitos a los hombres, cuyas voces llegan a retazos en el viento. Ve también, reducidos a juguetes por la distancia, las grúas y las trituradoras, las mezcladoras y los camiones. A ratos, entre el ruido de las máquinas, vibra en el aire caliente el silbato mandón de un capataz.
       Regularmente baja un camión por el camino, haciendo sonar la bocina fanfarrona, y deja a la mujer envuelta en una nube de polvo rojizo. Ella se cubre la nariz y se esfuerza por no toser, conteniendo la respiración. Así, algunas veces, siente al hijo movérsele en el vientre.
       Detrás de las lomas está el río. El río voluntarioso de las súbitas crecientes; alardoso y bravucón cuando marzo le regala sus pesados aguaceros; traicionero en las lajas resbalosas y oscuras de su fondo. Y, sin embargo, manso y bonachón en sus anchos recodos, donde forma al pasar blancas playitas de arena espejeante.
       En uno de esos recodos, sobre la arena cálida, le hicieron el hijo a Carmen Rosa...
       Un rabioso sol de verano castigaba desde el alto cielo abierto, donde no corría una sola nube. La ausencia casi total de brisa mantenía la vegetación estática, en cuyos verdes incontables parecía morder la luz. Y desde la tierra misma ascendía un vaho caliente, bochornoso.
       Carmen Rosa había llegado temprano al recodo donde se bañaban las mujeres y se había metido al agua con deliberada y gozosa lentitud. Allí llevaba un rato largo cuando un ruido como de hojarasca pisada la hizo volver la cabeza hacia la orilla. El hombre, que acababa de salir de entre unas matas, estaba ahora de pie junto a la corriente, los brazos cruzados sobre el pecho amplio. Una sonrisa jugueteaba entre sus labios. La muchacha se sumergió hasta sólo dejar fuera la cabeza, y le gritó con fuerza:
       —¡Váyase, oiga!
       —¡Después que tú salgas! —contestó él sin dejar de sonreír.
       Ella vio entonces sus ropas en la orilla, a unos pasos de donde se hallaba el hombre. Lo pensó sólo un instante y salió corriendo del agua. El hombre avanzó a su encuentro y la atajó a medio camino. La muchacha se sintió atenazada por unos brazos fuertes, ceñida hasta el sofoco contra el cuerpo viril. Forcejeó con furia unos instantes, hasta que el hombre logró derribarla. Todavía rodaron por la arena, pero al fin él quedó sobre ella. Exhausta, lo dejó hacer. Sollozaba y, a ratos, se mordía los labios.
       Cuando el hombre se incorporó todavía jadeante, se arregló los pantalones y volvió a abrirse paso entre las matas, la muchacha quedó tendida un rato, el cuerpo desnudo cubierto de arena.

       Después supo, por unos peones, que era un ingeniero de la planta en construcción. Averiguó también su nombre, pero no logró volver a verlo. Y al cabo de mes y medio, con todo el miedo de que era capaz, descubrió que estaba preñada.
       El padre, con quien vivía sola desde que la madre murió cuando ella aún no tenía edad para recordarla, comenzó a notarla huraña, esquiva aun de su presencia. Casi no comía y se pasaba las horas sentada a la puerta del ranchito, mirando los surcos que hacía en el barro flojo el dedo gordo de su pie.
       El viejo, preocupado por otras cosas, pronto se acostumbró al cambio en el carácter de su hija. Hasta que una noche, a la exigua luz del quinqué, contempló con horror el vientre esponjado de la muchacha. Entonces saltó sobre ella y la sacudió por los hombros, al tiempo que le gritaba:
       —¿Quién fue, carajo? ¡Dígame quién fue!
       Ella lloraba, desmadejada entre las brutales sacudidas del padre.
       —¡Hable, carajo, o la mato! —seguía gritando el viejo—. ¡Dígame quién la deshonró!
       Al fin habló. Y entonces el padre la soltó y le dio la espalda, como asqueado.
       —¡Y no habérmelo dicho antes! —se lamentó—. ¡Pero ya verá ese desgraciao que con la honra de mi hija no juega naide!
       Al día siguiente se llegó, tempranito, a las obras. Le dijo, autoritario, a un peón:
       —Llámeme al ingeniero Ramírez, que le vengo a cobrar una deudita.
       Vino sonriendo el otro, ajeno a lo que le esperaba.
       —Yo creo que usted se ha equivocado —dijo mirando al desconocido con curiosidad—. ¿Está seguro de que yo le debo algo?
       —Sí, cómo no —dijo el viejo sin levantar la voz—. ¡Esto! Y de un solo machetazo le cercenó media garganta.

       A Carmen Rosa se lo contaron unas horas después.
       —Su pai se echó una muerte encima esta mañana. Ya se lo llevaron pal pueblo, esposao. Serán diez años por lo menos.
       Y el informante, antes de alejarse, le echó una mirada maliciosa sobre el vientre recrecido.
       Desde entonces quedó sola en el ranchito. Al padre no volvió a verlo; sólo supo que la sentencia había sido, en efecto, de diez años. Y como pensó que el viejo no iba a resistirlos, prefirió hacérselo muerto de una vez.
       Para vivir no le quedó más que la media cuerda en que estaba enclavado el ranchito, una cabra y media docena de gallinas. La tierra se la dejó trabajar a medias a un vecino, y los huevos y la leche aportaban lo necesario para mantener a raya la miseria.
       Aprendió que las noches solitarias se hacen duras. La infinidad de ruidos que antes nunca había percibido, la mantenían ahora despierta hasta muy tarde. Al principio la sobresaltaba cualquier cosa: el golpe de un insecto que al volar chocaba contra un tabique; el ladrido apagado de un perro en la distancia; el viento que a veces movía un alambre flojo en la guardarraya. Soñaba a menudo con su padre: sueños espantosos, poblados de cuadros de sangre. Soñaba también con el otro, el padre del hijo que llevaba en las entrañas. Una noche soñó que daba a luz a su violador y la despertaron sus propios gritos.
       Cuando se acercaba a los nueve meses, le dio por pasarse largas horas sentada sobre una gran piedra redonda a la orilla del camino que llevaba a la planta en construcción. Desde allí veía a los hombres pequeñitos, en lo alto de la loma. El polvo que levantaban los camiones al pasar la obligaba a cubrirse la nariz y contener la respiración, para no toser. Así, algunas veces, sentía al hijo movérsele en el vientre.

       Y el hijo nació por fin, en la apretada soledad de una medianoche. La mujer pudo haber gritado al comenzarle los dolores, y los vecinos de seguro habrían acudido, pero se lo impidió un orgullo ciego. La madrugada la sorprendió limpiándose su propia sangre, con el hijo —un montoncito de carne arrugada y palpitante— entre las piernas.
       Desde entonces fue sólo para el hijo, imagen viva del padre asesinado. Lo crió con un amor silencioso, refugiada toda en él, sin darse cuenta apenas de cómo pasaba el tiempo.

       Un atardecer estaba la mujer sentada a la puerta del ranchito, abstraída en la contemplación del lomerío. El muchachito de seis años jugaba con “gallitos” de algarrobo en el batey. Ella, por costumbre, empezó a recorrer con la mirada el tramo de camino real que llegaba hasta la casa. El día iba cayendo con una quietud presagiosa, envuelto en las últimas luces mortecinas. La mujer de pronto fijó la vista en un punto del camino. Entornó los ojos para ver mejor y luego se fue poniendo lentamente de pie. El hijo abandonó su juego para seguir los movimientos de la madre, y miró también hacia el camino. A lo lejos venía un hombre, caminando despacio. El niño preguntó, volviéndose hacia la mujer:
       —¿Quién es?
       Y ella, al cabo de unos segundos, respondió con la voz dura:
       —Ése es tu abuelo.

       Lo primero que hizo al llegar fue examinar al niño de una sola ojeada. Después se dirigió a la hija:
       —Me rebajaron cuatro años por buena conducta. Esto parece que no lo han descuidao...
       Y entró en el ranchito. Ella lo siguió sin decir palabra, y el muchachito entró tras de los dos. El viejo, sentado en el borde del camastro en la pieza delantera, señaló con un movimiento de la cabeza al nieto y preguntó:
       —¿Cómo se llama?
       —Marcial —dijo ella.
       A continuación el hombre pidió café, que bebió lentamente, mirando siempre al niño, que jugaba avergonzado con sus propios deditos. Poco después la madre lo acostó, en la otra habitación. Entonces el viejo se dirigió resueltamente a su hija:
       —Lo mejor será olvidarlo todo y empezar de nuevo, como si nada.
       Ella no respondió. El viejo volvió a decir:
       —Como si nada.
       Y fue a sentarse junto a la puerta, donde hasta poco antes estuviera ella.
       La mujer, desde adentro, lo veía de espaldas. Y pensó entonces en el otro, en el padre de su hijo. Le pareció verlo con la herida horrible en la garganta. Y esas espaldas que ahora veía, y esa cabeza blanca e inclinada, eran las de su asesino.
       En un rincón estaba el machete. Lo tomó con la mano derecha sin producir el menor ruido. Y se colocó detrás del viejo. Levantó el arma sin premura, sostenida con ambas manos.
       El niño, en el otro cuarto, al escuchar el golpe seco y un gemido, preguntó asustado:
       —Mamá, ¿qué pasó?
       Y escuchó la respuesta en una voz extrañamente opaca y conminatoria, que no se parecía a la de su madre:
       —Nada. Duérmase.
       Junto a la puerta, el viejo yacía con la cabeza hendida sobre un charco de sangre.




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