José
Luis González
(República Dominicana, 1926
- México, 1997)
Una caja de plomo que no se podía abrir
En este lado
(México: Los Presentes, 1954, 180 págs.);
En este lado. Edición corregida
(La Habana: Nuevo Mundo, 1961, 123 págs.)
A
Emilio Díaz Valcárcel
Esto sucedió hace dos años,
cuando llegaron los restos de Moncho Ramírez, que murió en Corea. Bueno,
eso de “los restos de Moncho Ramírez” es un decir, porque la verdad
es que nadie llegó a saber nunca lo que había dentro de aquella caja de
plomo que no se podía abrir. De plomo, sí, señor, y que no se podía
abrir; y eso fue lo que puso como loca a doña Milla, la mamá de Moncho,
porque lo que ella quería era ver a su hijo antes de que lo enterraran
y... se pasó vale que yo empiece a contar esto desde el principio.
Seis meses después que se llevaron a
Moncho Ramírez a Corea, doña Milla recibió una carta del gobierno que
decía que Moncho estaba en la lista de los desaparecidos en combate. La
carta se la dio doña Milla a un vecino para que se la leyera porque
venía de los Estados Unidos y estaba en inglés. Cuando doña Milla se
enteró de lo que decía la carta, se encerró en sus dos piezas y se
pasó tres días llorando. No les abrió la puerta ni a las vecinas que
fueron a llevarle guarapillos.
En el ranchón se habló muchísimo de
la desaparición de Moncho Ramírez. Al principio algunos opinamos que
Moncho seguramente se había perdido en algún monte y ya aparecería el
día menos pensado. Otros dijeron que a lo mejor los coreanos o los chinos
lo habían hecho prisionero y después de la guerra lo devolverían. Por
las noches, después de comer, los hombres no reuníamos en el patio del
ranchón y nos poníamos a discutir esas dos posibilidades, y así vinimos
a llamarnos “los perdidos” y “los prisioneros”, según lo que
pensábamos que le había suceido a Moncho Ramírez. Ahora que ya todo eso
es un recuerdo, yo me pregunto cuántos de nosotros pensába,os, sin
decirlo, que Moncho no estaba perdido en ningún monto ni era prisionero
de los coreanos o los chinos, sino que estaba muerto. Yo pensaba eso
muchas veces, pero nunca lo decía, y ahora me parece que todos les pasaba
igual, porque no está bien eso de ponerse a dar por muerto a nadie —y
menos a un buen amigo como era Moncho Ramírez, que había nacido en el
ranchón— antes de saberlo uno con seguridad. Y además, ¿cómo íbamos
a discutir por las noches en el patio del ranchón si no había dos
opiniones diferentes?
Dos meses después de la primera
carta, llegó otra. Esta segunda carta, que le leyó a doña Milla el
mismo vecino porque estaba en ingés igual que la primera, decía que
Moncho Ramírez había aparecido. O, mejor dicho, lo que quedaba de Moncho
Ramírez. Nosotros nos enteramos de eso por los gritos que empezó a dar
doña Milla tan pronto supo lo que decía la carta. Aquella tarde todo el
ranchón se vació en las dos piezas de doña Milla. Yo no sé cómo
cabíamos allí, pero allí estábamos toditos, y éramos unos cuantos
como quien dice. A doña Milla tuvieron que acostarla las mujeres cuando
todavía no era de nocho porque de tanto gritar, mirando el retrato de
Moncho en uniforme militar, entre una bandera americana y un águila con
un mazo de flechas entre las garras, se había puesto como tonta. Los
hombres nos fuimos saliendo al patio poco a poco, pero aquella noche no
hubo discusión porque ya todos sabíamos que Monhco estaba muerto y era
imposible ponerse a imaginar.
Tres meses después llegó la caja de
plomo que no se podía abrir. La trajeron una tarde, sin avisar, en un
camión del Ejército con rifles y guantes blancos. A los cuatros soldados
los mandaba un teniente, que no traía rifle, pero sí una cuarenta y
cinco en la cintura. Ese fue el primero en bajar del camión. Se plantó
en medio de la calle, con los puños en las caderas y las piernas
abiertas, y miró la fachada del ranchón como mira un hombre a otro
cuando va a pedirle cuentas por alguna ofensa. Después volteó la cabeza
y les dijo a los que estaban en el camión:
—Sí, aquí es. Bájense.
Los cuatro soldados se apearon, dos de
ellos cargando la caja, que no era del tamaño de un ataúd, sino más
pequeña y estaba cubierta con una bandera americana.
El teniente tuvo que preguntar a un
grupo de vecinos en la acera cuál era la pieza de la viuda de Ramírez
(ustedes sabén cómo son estos ranchones de Puerta de Tierra: quince o
veinte puertas, cada una de las cuales da a una vivienda, y la mayoría de
las puertas sin número ni nada que indique quién vive allí). Los
vecinos no sólo le informaron al teniente que la puerta de doña Milla
era la cuarta a mano izquierda, entrando, sino que siguieron a los cinco
militares dentro del ranchón sin despegar los ojos de la caja cubierta
con la bandera americana. El teniente, sin disimular, la molestia que le
causaba el acompañamiento, tocó a la puerta con la mano enguantada de
blanco. Abrió doña Milla y el oficial le preguntó:
—¿La señora Emílía viuda de
Ramírez?
Doña Milla no contestó en seguida.
Miró sucesivamente al teniente, a los cuatro soldados, a los vecinos, a
la caja.
—¿Ah? dijo como si no hubiera oído
la pregunta del oficial.
—Señora, ¿usted es doña Emilia
viuda de Ramírez?
Doña Milla volvió a mirar la caja
cubierta con la bandera. Levantó una mano, señaló, preguntó a su vez
con la voz delgadita:
—¿Qué es eso?
El teniente repitió, con un dejo de
impaciencia:
—Señora, ¿usted es...
—¿Qué es eso, ah? —volvió a
preguntar doña Milla, en ese trémulo tono de voz con que una mujer se
anticipa siempre a la confirmación de una desgracia—. Dígame, ¿qué
es eso?
El teniente volteó la cabeza, miró a
los vecinos. Leí en los ojos de todos la misma interrogación. Se volvió
nuevamente hacia la mujer; carraspeó; dijo al fin:
—Señora... el Ejército de los
Estados Unidos...
Se interrumpió como quien olvida de
repente algo que está acostumbrado a decir de memoria.
—Señora... -recomenzó—. Su hijo,
el cabo Ramírez...
Después de esas palabras dijo otras
que nadie llegó a escuchar porque ya doña Milla se había puesto a dar
gritos, unos gritos tremendos que parecían desgarrarle la garganta.
Lo que sucedió inmediatamente
después resultó demasiado confuso para que yo, que estaba en el grupo de
vecinos detrás de los militares, pueda recordarlo bien. Alguien empujó
con fuerza y en unos instantes todos nos encontramos dentro de la pieza de
doña Milla. Una mujer pidió agua de azahar a voces, mientras trataba de
impedir que Doña Milla se clavara las uñas en el rostro. El teniente
empezó a decir: “¡Calma! ¡Calma!”, pero nadie le hizo caso. Más y
más vecinos fueron llegando, como llamados por el tumulto, hasta que
resultó imposible dar un paso dentro de la pieza. Al fin varias mujeres
lograron llevarse a doña Milla a la otra habitación. La hicieron tomar
agua de azahar y la acostaron en la cama. En la primera pieza quedamos
sólo los hombres. El teniente se dirigió entonces a nosotros con una
sonrisa forzada:
—Bueno, muchachos... Ustedes eran
amigos del cabo Ramírez, ¿verdad?
Nadie contestó. El teniente añadió:
—Bueno, muchachos... En lo que las
mujeres se claman, ustedes pueden ayudarme, ¿no? Pónganme aquella mesita
en el medio de la pieza. Vamos a colocar ahí la caja para hacerle la
guardia.
Uno de nosotros habló entonces por
primera vez. Fue el viejo Sotero Valle, que había sido compañero de
trabajo en los muelles del difunto Artemio Ramírez, esposo de doña Milla
y papá de Moncho. Señaló la caja cubierta con la bandera americana y
empezó a interrogar al teniente:
—Ahí... ahí...?
—Sí, señor —dijo el teniente—.
Esa caja contiene los restos del cabo Ramírez. ¿Usted conocía al cabo
Ramírez?
—Era mí ahijado —contestó Sotero
Valle, muy quedo, como si temiera no llegar a concluir la frase.
—El cabo Ramírez murió en el
cumplimiento de su deber —dijo el teniente, y ya nadie volvió a hablar.
Eso fue como a las cinco de la tarde.
Por la noche no cabía la gente en la pieza: habían llegado vecinos de
todo el barrio, que llenaban el patio y llegaban hasta la acera. Adentro
tomábamos el café que colaba de hora en hora una vecina. De otras piezas
se habían traído varias sillas, pero los más de los presentes
estábamos de pie: así ocupábamos menos espacio. Las mujeres seguían
encerradas con doña Milla en la otra habitación. Una de ellas salía de
vez en cuando a buscar cualquier cosa —agua, alcoholado, café y
aprovechaba para informarnos:
—Ya está más calmada. Yo creo que
de aquí a un rato podrá salir.
Los cuatro soldados montaban guardia,
el rifle prensado contra la pierna derecha, dos a cada lado de la mesita
sobre la que descansaba la caja cubierta con la bandera. El teniente se
había. apostado al pie de la mesita, de espaldas a ésta y a sus cuatro
hombres, las piernas sevaradas y las manos a la espalda. Al principio,
cuando se coló el primer café, alguien le ofreció una taza, pero él no
la aceptó. Dijo que no se podía interrumpir la guardia.
El viejo Sotero Valle tampoco quiso
tomar café. Se había sentado desde el principio frente a la mesita y no
le había dirigido la palabra a nadie durante todo ese tiempo. Y durante
todo ese tiempo no había apartado la mirada de la caja. Era una mirada
rara la del viejo Sotero: parecía que miraba sin ver. De repente (en los
momentos en que servían café por cuarta vez) se levantó de la silla y
se acercó al teniente.
—Oiga —le dijo, sin mirarlo, los
ojos siempre fijos en la caja—. ¿Usted dice que mi ahijado Ramón
Ramírez está ahí dentro?
—Sí, señor —contestó el
oficial.
—Pero... ¿en esa caja tan chiquita?
—Bueno, mire... es que ahí sólo
están los restos del Cabo Ramírez.
—¿Quiere decir que... lo único que
encontaron...
—Solamente los restos, sí, señor.
Seguramente ya había muerto hacía bastante tiempo. Así sucede en la
guerra, ¿ve?
El viejo no dijo nada más. Todav?1a
de pie, siguió mirando la caja durante un rato; después volvió a su
silla.
Unos minutos más tarde se abrió la
puerta de la otra habitación y doña Milla salió apoyada en los brazos
de dos vecinas. Estaba pálida y despeinada, pero su semblante reflejaba
una gran serenidad. Caminó lentamente, siempre apoyada en las otras dos
mujeres, hasta llegar frente al teniente. Le dijo:
—Señor... tenga la bondad...
diganos cómo se abre la caja.
El teniente la miró sorprendido.
—Señora, la caja no se puede abrir.
Está sellada.
Doña Milla pareció no comprender.
Agrandó los ojos y los fijó largamente en los del oficial, hasta que
éste se sintió obligado a repetir:
—La caja está sellada, señora. No
se puede abrir.
La mujer movió de un lado a otro,
lentamente, la cabeza.
—Pero yo quiero ver a mi hijo. Yo
quiero ver a mi hijo, ¿usted me entiende? Yo no puedo dejar que lo
entierren sin verlo por última vez.
El teniente nos miró entonces a
nosotros; era evidente que su mirada solicitaba comprensión, pero nadie
dijo una palabra. Doña Milla dio un paso hacia la caja, retiró con
delicadeza una punta de la bandera, tocó levemente.
—Señor —le dijo al oficial, sin
mirarlo—, esta caja no es de madera. ¿De qué es esta caja, señor?
—Es de plomo, señora. Las hacen
así para que resistan mejor el viaje por mar desde Corea.
—¿De plomo? —murmuró doña Milla
sin apartar la mirada de la caja—. ¿Y no se puede abrir?
El teniente, mirándonos nuevamente a
nosotros, repitió:
—Las hacen así para que resistan
mejor el vía...
Pero no pudo terminar; no lo dejaron
terminar los gritos de doña Milla, unos gritos terribles que a mí me
hicieron sentir como si repentinamente me hubiese golpeado en la boca del
estómago:
—¡Moncho! ¡Moncho, hijo mío,
nadie va a enterrarte sin que yo te vea! ¡Nadie, mi hijito, nadie...!
Otra vez se me hace difícil contar
con exactitud: los gritos de doña Milla produjeron una gran confusión.
Las dos mujeres que la sostenían por los brazos trataron de alejarla de
la caja, pero ella frustró el intento aflojando el cuerpo y dejándose ir
hacia el suelo. Entonces intervinieron varios hombres. Yo no: yo todavía
no me libraba de aquella sensación en la boca del estómago. El viejo
Sotero Valle fue uno de los que acudieron junto a doña Emilia, y yo me
senté en su silla. No me da vergüenza decirlo: o me sentaba o tenía que
salir de la pieza. Yo no sé si a alguno de ustedes le ha pasado eso
alguna vez. No no era miedo, porque ningún peligro me amenazaba en aquel
momento. Pero yo sentía el estómago duro y apretado como un puño, y las
piernas como si súbitamente se me hubiesen vuelto de trapo. Si a alguno
de ustedes le ha pasado eso alguna vez, sabrá lo que quiero decir. Y si
no... bueno, si no, ojalá que no le pase nunca. O por lo menos que le
pase donde la gente no se dé cuenta.
Yo me senté. Me senté, y, en medio
de la tremenda confusión que me rodeaba, me puse a pensar en Moncho como
nunca en mi vida había pensado en él. Doña Milla gritaba hasta
enronquecer mientras la, iban arrastrando hacia la otra habitación, y yo
pensaba en Moncho, en Moncho que nació en aquel mismo ranchón donde
también nací yo, en Moncho que fue el único que no lloró cuando nos
llevaron a la escuela por primera vez, en Moncho que nadaba más lejos que
nadie cuando íbamos a la playa detrás dei Capitolio, en Moncho que
había sido siempre cuarto bate cuando jubábamos pelota en la Isla
Grande, antes de que hicieran allí la base aérea... Doña Milla seguía
gritando que a su hijo no iba a enterrarlo nadie sin que ella lo viera por
úlíma vez. Pero la cala era de plomo y no se podía abrir.
Al otro día enterramos a Moncho
Ramírez Un destacamento de soldados hizo una descarga cuando los restos
de Moncho —o lo que hubiera dentro de aquelia caja— descendieron al
húmedo y hondo agujero de su tumba. Doña Milla asistió a toda la
ceremonia de rodillas sobre la tierra.
De todo eso hace dos años. A mí no
se me había ocurrido contarlo hasta ahora. Es posible que alguien se
pregunte por qué lo cuento al fin. Yo diré que esta mañana vino el
cartero al ranchón. No tuve que pedirle ayuda a nadie para leer lo que me
trajo, porque yo sé mi poco de inglés. Era el aviso de reclutamiento
militar.
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