José Luis González
(República Dominicana, 1926 - México, 1997)


Santa Claus visita a Pichirilo Sánchez
En este lado
(México: Los Presentes, 1954, 180 págs.);
En este lado. Edición corregida
(La Habana: Nuevo Mundo, 1961, 123 págs.)



A Carmelina Vizcarrondo

      Nunca antes, en sus ocho años de existencia, Pichirilo Sánchez se había enfrentado a un problema de semejante magnitud. La experiencia era completamente nueva, y lo anonadaba. ¡Ah, pero aquello tenía que resolverlo! De cualquier manera. Lo que estaba en juego no era poca cosa. Él le había echado el ojo, hacía tiempo, a aquella bicicleta en la vidriera de la … ¿cómo decía la gente?... la deparmen tóar o algo así. Y ahora que se le presentaba la oportunidad… Ahora, claro, porque al principio, la primera vez que vio la bicicleta, ni siquiera se le ocurrió pensar que algún día pudiera llegar a ser suya. Él ya conocía los números, y el precio de la bicicleta estaba allí, bien claro, en una etiqueta que colgaba del manubrio reluciente. No, ni soñar. Pero no por eso dejó de pasar todos los días frente a la tienda. Dos veces todos los días: antes de entrar a la escuela y cuando salía de ella. Para pasar frente a la tienda había que desviarse un poco del trayecto habitual de su casa a la escuela. Cuestión de cuatro o cinco cuadras; unos minutos. Pichirilo se paraba allí, frente a la vidriera y… No, claro, ni soñar; él ya conocía los números. Pero mirarla, sí. Por eso no cobraban. Mirarla… y pensar. La bicicleta era pequeña, de niño. Él calculaba, midiendo mentalmente, que sus pies alcanzarían justamente a los pedales. Se veía bajando vertiginosamente por la cuesta de la calle Cerra, y la gente mirándolo admirada, y… ¡Ah, no, pero él no iba a usar la bicicleta para retozos de muchacho, sino para trabajar! Para trabajar, sí señor. Porque Pichirilo ya había decidido que en caso de… bueno, por imaginar no castigan a nadie, ¿verdad?... en caso de que aquella bicicleta llegara algún día a ser suya, él sabría cómo sacarle provecho. ¿no había acaso un colmado en el arrabal? ¿Y no alquilaban mensajeros en todos los colmados? Cierto que el colmadito de don Abasalón era casi un ventorrillo y nadie hacía allí compras grandes (“Una cuarta de bacalao, don Asalón”… “Quince de queso, don Asalón… “Un jabón de lavar, don Asalón”…), pero, ¿quién quita? A lo mejor a don Abasalón le daba un día de éstos por tener mensajero. Y en ese caso, ¿quién más indicado que él, Pichirilo Sánchez, con su bicicleta nueva? ¿Qué la bicicleta era chiquita, de muchacho? Tanto mejor: para transitar por los lodosos vericuetos del arrabal, la bicicleta, liviana, manejable, estaba que ni mandada a hacer. Además, él le cobraría poco a don Abasalón. Dos pesos semanales. ¡Mi madre, lo que podría hacer con dos pesos semanales! En primer lugar… imaginando nada más, entiéndase… la primera semana le compraría un regalo a la mamá. Él ya sabía qué: un espejo nuevo. Porque aquel pedazo del que se había roto hacía meses y frente al cual se hacía doña Eugenia el moño todas las mañanas…
       —¡Por ahí va! ¡Agárralo, Pichirilo!
       El grito lo hizo abrir los ojos y ponerse en pie de un salto. La vieja y oxidada lata de manteca sobre la que había estado sentado cayó y rodó hasta un bache cercano, sembrándose en el lodo espeso.
       —¡Agárralo Pichirilo!
       El gato barcino de doña Narcisa venía disparado hacia Pichirilo, el rabo enhiesto y erizado, al aire los dientes menudos y afilados en una mueca de terror; y detrás del gato parecía volar el negrito Alejo. El barcino pasó como una exhalación entre las piernas de Pichirilo y se metió bajo la casa con un ruido de latas y basuras revueltas.
       —¡Ya se nos fue! —el negrito Alejo detuvo violentamente su carrera frente a Pichirilo—. ¿Por qué no lo atajaste, ombe?
       —¡Bah! ¿Quién iba a atajarlo. Cómo iba?
       —Es que tú estabas sentao ahí como un bobo. Por eso se te fue.
       —Bueno… —y Pichirilo fue a sentarse otra vez, pero no encontró la lata. Cuando alcanzó a verla unos pasos más allá, medio hundida en el bache, una expresión de disgusto se apoderó de su rostro.
       —¿Qué te pasa, oye? —inquirió Alejo.
       —Na, ombe, na.
       El negrito lo miró, medio intrigado, medio burlón; se encogió de hombros y se alejó corriendo, sin decir más. El negrito Alejo corría y saltaba como si estuviera hecho de goma.
       Pichirilo se recostó contra la pared de tablas de la casucha. Otra vez solo con su gran problema. Lo que más le extrañaba era que ninguno de sus compañeros diera muestras similares de preocupación. Ni siquiera Alejo, su mejor amigo. ¿Sería porque era negro? Pichirilo había oído a un señor, una vez que le limpiaba los zapatos frente al Banco Popular, decirle a otro señor con quien charlaba que todos los negros eran brutos. No, no, Pichirilo rechazó el pensamiento. Alejo no era bruto: hasta sacaba buenas notas en la escuela. Y aunque lo fuera, se trataba de su mejor amigo. Pero, ¿por qué no se preocupaba él también? Alejo no había faltado a clases aquel día, cuando la maestra habló de Santa Claus. Bien claro lo había explicado todo la maestra:
       —Santa Claus viene todos los años, en Nochebuena, con regalos para los niños buenos que le han pedido algo.
       Una muchachita le había preguntado:
       —Tíchel, ¿y Santa Cló viene en camello, igual que los Reyes Magos?
       —No —había contestado la maestra—, viene en un trineo.
       Y Alejo —el mismo Alejo, sí, que ahora retozaba tan despreocupado había levantado la mano para preguntar:
       —¿Y qué es un trineo, tíchel?
       La maestra había tardado un poco en responder:
       —Pues… un trineo… un trineo es… un vehículo tirado por renos que se usa para viajar sobre la nieve.
       Nadie entendió lo de vehículo ni supo decirse qué era un reno, pero Alejo había planteado rápidamente un problema que pareció molestar un tanto a la maestra:
       —Y entonces, ¿cómo va a viajar Santa Cló en Puerto Rico, si aquí no hay nieve?
       La maestra se había molestado un poco, sí:
       —Bueno, eso no es cosa de ustedes. La cuestión es que Santa Claus viene todos los años, en Nochebuena, y les trae regalos a los niños que le han pedido algo.
       Luego explicó que a Santa Claus se le podía pedir algo mediante una cartita que ella se encargaría de hacerle llegar. Eso sí, una cartita bien escrita —nada de garabatos ni de borrones—, en papel limpio y en un sobre.
       Aquélla era, pues, la oportunidad. Había que pedirle la bicicleta a Santa Claus. A Pichirilo no le cabía duda de que él era un “niño bueno”: sólo una vez había agarrado por el rabo, para largarlo hacia arriba y verlo “aterrizar” indemne sobre las cuatro patas, al barcino de doña Narcisa; a la madre le había dicho tres o cuatro embustes, pero de los chiquitos; y… bueno, eso era todo. Y por eso no iba a negarle Santa Claus la bicicleta. Hasta ahí no había problema. Lo malo era que la cosa no quedaba ahí. Porque… Pero era inútil seguir explicándose a sí mismo; esto tenía que comunicárselo a alguien; él solo no podía con el problema. En aquel momento el negrito Alejo se dejó ver una vez más, rondando una de las casuchas en un intento de sorprender al gato fugitivo. Pichirilo se decidió:
       —¡Alejo!
       El otro interrogó desde allá con un gesto.
       —¡Ven acá!
       —¿Qué pasa? —dijo el negrito acercándose.
       Pichirilo no sabía cómo empezar:
       —Este… oye… ¿tú te acuerdas de lo que dijo la maestra el otro día?
       —¿Qué?
       —Lo de Santa Cló.
       —Ah, sí.
       —Y tú… ¿tú no vas a escribir la carta?
       —¿Yo? ¿Pa qué?
       —Pues… pa ver si te trae algo.
       —No. Chico. ¿Tú te crees que Santa Cló va a venir aquí?
       (¡Ah, entonces Alejo también había estado pensando en el problema!)
       —¿Y por qué no? —sondeó Pichirilo.
       —¡Adiós cará! Si aquí… ay, chico, no te hagas el bobo… si aquí ni los Reyes vienen.
       —¿Quién te dijo? A mí el año pasao me pusieron.
       —¡Hm! Algún juguetito de esos de diez chavos, sería.
       —Bueno, pero la cosa es que me pusieron. Y a lo mejor Santa Cló no es tan maceta.
       —Si no es que sea maceta, chico. Es que… es que Santa Cló no es na más que pa los blanquitos.
       —¿Y entonces por qué dijo la maestra que…
       —¡Ay, qué sé yo! Si tú quieres saber, pregúntale a ella.
       —¿Así que tú no le vas a escribir a Santa Cló?
       —Pero ¿pa qué, chico? —el negrito casi se impacientaba.
       —Bueno, mira… —Pichirilo resolvió franquearse—. Te voy a decir la verdá. Yo… yo tampoco creo que Santa Cló se tire por aquí.
       —¿Y entonces?
       —Espérate. Yo no creo que se tire por aquí, pero no por lo que tú dices: eso de que na más les pone a los blanquitos. Santa Cló no se tira por aquí porque… porque tiene miedo.
       —¿Miedo? —Alejo evidentemente no entendía.
       —Claro, chico. ¿Tú no sabes que Santa Cló es americano?
       —Bueno…
       —¿Y cuándo has visto tú un americano por aquí, y menos de noche? No vienen porque tienen miedo de que les den un matracazo y les quiten los chavos. Y, figúrate tú, Santa Cló que viene con ese… ¿cómo se llama?
       —¿El trineo?
       —Ajá. Santa Cló que viene con ese trineo cargao de juguetes, tendrá más miedo todavía.
       —¡Je! ¡Y ponte a pensar que el trineo se le quede sembrao en un bache! ¡Ay, cará!
       —Sí, chico, Santa Cló no se tira por aquí porque tiene miedo. Pero si nosotros… atiende lo que te voy a decir… si nosotros le quitamos el miedo, entonces seguro que viene.
       —¿Que nosotros le quitamos el miedo? ¿Y cómo le vamos a quitar nosotros el miedo a ese viejo barbú?
       —Ah, si te pones a hablar así, entonces sí que nos fastidiamos.
       —Bueno, está bien. Pero, ¿Cómo le vamos a quitar el miedo? ¿Ah?
       —Atiende. Eso se lo decimos en la carta. La noche que él venga, tú y yo nos quedamos velando pa que nadie le haga na.
       —¿Hm? ¿Velando?
       —Sí, chico. Nos quedamos como los guardias, velando pa que nadie le vaya a hacer na a Santa Cló. La cosa es quitarle el miedo, ¿tú me entiendes?
       Alejo pareció cavilar: frunció los bembitos y se rascó con el índice de la diestra el caracolillo tupido.
       —¿Qué? ¿Qué te parece? —lo acució Pichirilo.
       El negrito enarcó las cejas, se encogió de hombros y finalmente convino:
       —Bueno. Está bien. ¡Pero la carta la escribes tú, ah!
       —No te ocupes. En casa hay papel. Y el sobre se lo compramos a don Asalón. Vale dos chavos.


       Mediodía. Don Abasalón está solo en su colmadito, sentado sobre un cajón vacío detrás del mostrador. Desde el centro del cielo despejado llueve fuego sobre el techo de zinc. Afuera, el lodo de los baches se ha ido endureciendo hasta el punto de permitir el paso de los perros vagabundos. Don Absalón, en camiseta, chorreando sudor por todos los poros de su corpachón adiposo, se entrega con gusto a la modorra. Ha rato que no viene un cliente, y el hombre ha comenzado a cabecear, combatiendo sin ganas la pesadez del bochorno.
       Súbitamente, una vocecita aguda lo saca de su duermevela:
       —Don Asalón…
       —¿Eh? —el hombre yergue dificultosamente la cabeza—. ¿Eh?
       —Don Asalón… este…
       Al ver a la muchachita, el hombre se pone de pie, sonriente.
       —¿Ah, eres tú?
       —Sí, don Asalón… este…
       —¿Y qué te pasaba que tenías tanto tiempo sin venir por aquí?
       —Pues… es que…
       —Sí, ya sé, ya sé. Tu mamá que no te dejaba venir.
       —Ave María, don Asalón.
       —¿Te crees que yo no lo sé? Ya me enteré de que le fueron con chismes.
       La muchachita baja la cabeza, ruborizada. El hombre fija una mirada codiciosa en los senos pequeñitos (“cada uno me cabría en una mano”) que apuntan bajo el percal barato del vestido.
       —Sí, ya sé que fueron a decirle a tu mamá que… que tú y yo… ¿ah?
       —Don Asalón, mire que voy a irme.
       —¡Ah, no, Dios libre! De aquí no te vas sin que yo te regale algo.
       —No, don Asalón. Yo vine a que me fiara una cuarta de manteca. A mamá se le olvidó dejarme los chavos esta mañana.
       —Bueno, ¿y por qué me lo dices así, con tanta vergüenza? Como si yo no fuera tan bueno contigo.
       —¿Me va a fiar la manteca, don Asalón?
       —Pero cómo no, si todo lo que hay aquí es tuyo. Tú lo sabes.
       —Ave María, ¿va a seguir?
       —¿Tú sabes lo que estaba pensando yo ahorita?
       —…
       —Que un día de éstos voy a hablar con tu mamá.
       —¡Mire…! ¡Será pa que me mate!
       —Mejor. Entonces te vienes a vivir conmigo y se acabó. ¿Ah?
       —Don Asalón, déme la manteca.
       —A tu mamá no puede estarle malo que yo hable con ella. Tu papá y yo éramos muy buenos amigos. ¡Lástima que se mueriera!... Bueno, aquí está la manteca. ¿Qué otra cosita?
       —Eso nada más. Se la pago a la noche, cuando venga mamá.
       —Tú no tienes que pagarme nada. De paso, por aquí estuvo tu hermanito hace un rato. Vino a comprar un sobre, y yo se lo regalé por ser hermanito tuyo, fíjate.
       —¿Un sobre? ¿Y pa qué quiere Pichirilo un sobre?
       —A lo mejor tiene novia y le va a escribir una carta. ¡Je, je!
       —¡Hm! Bueno, don Asalón, gracias por la manteca.
       —De nada, linda. Y no te olvides de venir por aquí más a menudo.
       —A la noche le pago.
       —¡Válgame Dios!


       No fue fácil: el lápiz casi no tenía punta ni goma, Pichirilo tenía las manos sucias y resultó imposible evitar algunos borrones. Pero, al fin:
       —Bueno, ya está. ¿Quieres que te la lea?
       —Ta bien —dijo Alejo—. Pero avanza, mira que por allí anda el gato.
       Y Pichirilo leyó.

       Qerido San Clos, yo me llamo Pichirilo Sanchez y mi amigo es Alego Cintron. Nosotro te escrivimos porque somos niños buenos y la maestra dise que tu le pone a los niños buenos si ellos te piden algo. Entonse yo qiero pedirte la besicleta que esta en la tienda allí serca de la parada diecisiete y mi amigo quiere la escopéta de munisione. Pero nosotro savemos que tu vas a tener miedo de venir aquí porque a lo mejor te asen algo los malotes deste barrio, entonse mi amigo Alego y yo nos vamo a quedar belando para que no te agan nada y tu no tengas miedo. Santa Clos, no te de miedo. Acuerdate la besicleta es para mi y la escopéta es para mi amigo

Pichirilo y Alego.

      —Te faltó una cosa —dijo el negrito.
       —¿Qué?
       —No le dices a Santa Cló dónde vivimos nosotros.
       —¿Y tú crees que él no sabe eso?
       —¿Cómo lo va a saber?
       —¡Adiós!... ¿no es santo?
       —¿Quién te dijo? Mira a ver si tú conoces a alquien que se llame Cló. Escríbele dónde vivimos nosotros, anda.
       —Bueno.
       Y Pichirilo añadió:

       Yo bibo en la casa amarilla serca del colmado de don Asalon y mi amigo bive en la casa que no tiene puerta.

       —Ya está. Esta tarde se la damos a la maestra.
       —Bueno, ¿y no habrá que ponerle sello?
       —La maestra no dijo na de eso.
       —Ta bien. ¡Mira, allá va el gato!
       Y el negrito Alejo se fue corriendo y brincando tras el barcino de doña Narcisa; corriendo y brincado como si estuviera hecho de goma.


       Llegó la Navidad. Frente a las vidrieras de las “department stores” decoradas con extranjeros pinos cubiertos de algodón y flecos de papel de estaño simuladores de nieve y escarcha, frente a los Santa Clauses rubicundos y ojiazulados que también desembarcaron por Guánica, el pueblo moreno entona al son de sus guitarras ancestrales los aguinaldos que hace más de cuatro siglos trajeron sobre el inmenso mar otros hombres morenos cuando ya no les cabía el ardiente corazón dentro del pecho. Estos hombres morenos de hoy son hombres tristes; el corazón les sigue ardiendo, pero ya no en llamaradas épicas, sino quedamente; estos hombres piden, y si se les da, saben ser hidalgos en el agradecimiento:

Esta casa tiene
Las puertas de alambre.
El que vive en ella
En un muerto de hambre.

       Pichirilo y Alejo —el primero con dos maracas y el segundo con un güiro— recorrieron durante varios días las calles de las barriadas residenciales de Santurce. A veces regresaban al arrabal con los bolsillos pesados de “vellones” y “perritas”. A veces volvían con cinco o seis monedas apenas, pero cargados de nueces, avellanas y pedazos de turrón. El papá de Alejo, un negro grande que fue estibador en los muelles hasta que la tuberculosis lo ató a un camastro, prefería las monedas a las golosinas: con el dinero podía comprar los cigarrillos malos que le destrozaban los pulmones, pero sin los cuales la vida se le hacía miserable. Pichirilo, en cambio, no tenía que rendir cuentas de sus ganancias a nadie. El padre había muerto hacía tiempo: él ni siquiera recordaba haberlo visto. La madre trabajaba de cocinera en una fonda cerca de la fundición de Abarca, y su sueldo era el sostén de la familia. La hermanita de quince años atendía a los quehaceres de la casa (excepto ir a comprar la comida al colmadito de don Abasalón desde que a la madre le contaron ciertas fechorías del vejancón rijoso).
       El 24 de diciembre, al filo de las cinco de la tarde, Pichirilo Sánchez y Alejo Cintrón se abrieron paso entre la multitud frente a la vidriera de la gran tienda. Contemplaron un rato largo la bicicleta y la escopeta de aire, cambiaron miradas de inteligencia y emprendieron el regreso al arrabal.


       Por el camino, Pichirilo le dijo a Alejo:
       —Oye, ¿seguro que no te va a dar sueño esta noche?
       —-¡No, ombe, qué va a dar! Ahorita me voy a buscar un pedazo ‘e tubo, por si hay que defender a Santa Cló. ¿Qué vas a llevar tú?
       —¿Yo? Unas cuantas piedras, na más.
       Se apostaron en una de las entradas principales del arrabal, la que daba a la avenida Fernández Juncos (habían calculado que Santa Claus iría primero a los barrios “buenos” y sólo después pasaría al arrabal, entrando necesariamente por allí). Alejo le había dicho al padre que iba a tratar de ganarse algo con su güiro esa noche, y el ex estibador, pensando que ya sólo le quedaban tres cigarrillos, no puso reparos. Pichirilo no tuvo que dar explicaciones a nadie: la madre trabajaba esa noche hasta el amanecer. Él esperó a que la hermanita saliera unos momentos de la casa, y se escabulló.
       Hasta medianoche hubo gran movimiento en la entrada del arrabal. De esa hora en adelante comenzó a decaer el entrar y salir de gentes. Los dos amigos no esperaban la llegada del personaje antes de las dos o las tres de la mañana. Fueron matando las horas con el espectáculo que ofrecían algunos borrachos. Uno de éstos, especialmente, los movió a risa: venía trastabillando desde lejos, tarareando entre dientes aquello de: “Si me dan pasteles, dénmelos calientes…” y fue a dar de bruces en el centro de un gran bache en medio de la callejuela, salpicando de lodo a un grupo de mujeres que pasaba por allí en aquel momento. El negrito Alejo se rió tanto que se le saltaron las lágrimas y tuvo que apretarse la barriga con las manos.
       A las dos de la mañana empezó a hacer fresco. Poca gente transitaba ya por el lugar. Alejo había comenzado a bostezar hacía rato. Y Pichirilo, sin dar muestras aparentes de ello, había cedido primeramente a la duda y ahora se esforzaba por combatir el desaliento. A las dos y media el negrito se puso en pie (habían estado sentados en el suelo desde la una) y caminó de un lado a otro para entrar en calor. Al cabo de unos minutos dijo:
       —Oye, yo creo que por aquí no va a entrar.
       —Lo que pasa —insistió todavía Pichirilo— es que tú tienes miedo de que tu pai te pegue por llegar tarde.
       —Y tú eres más cabeciduro que el cará. Si no vino por aquí, habrá venío por otra parte y nosotros aquí no hacemos na.
       —Bueno, si tú te quieres rajar…
       —¿Tú te quedas?
       Pichirilo vaciló. La verdad era que ya le estaba dando frío. Y luego, él allí solo… No.
       —No. Yo solo pa qué voy a quedarme. Pero ya sabes: si después le dan un estacazo a Santa Cló y nos quedamos sin los regalos, la culpa es tuya.
       Al negrito, a esas alturas, lo tenía sin cuidado la seguridad personal de Santa Claus. Tenía sueño y frío, y, además, nunca le había convencido del todo aquello de la carta y lo de quedarse velando.
       —Vámonos, chico. Santa Cló es grande y sabe lo que hace.
       —Bueno.
       Caminaron en silencio. Al llegar al punto en que debían separarse para ir cada cual a su casa, Alejo repitió:
       —Si no vino por allí habrá venío por otro lao.
       —Sí. Ombe, ta bien. Bueno, nos vemos.
       Y se separaron.
       Entonces, al aproximarse a su casa, fue cuando Pichirilo vio el celaje. Alguien abrió la puerta, se echó a la calle y despareció rápidamente entre las sombras. Pichirilo sólo alcanzó a notar que se trataba de un hombre corpulento. El corazón le dio un vuelco. Corrió hacia la casucha, pensando: “¡Alejo tenía razón: Santa Cló llegó por otro lugar!” Entró y se dirigió apresuradamente a la pieza en que dormía. ¿Miraría en seguida debajo de la camita plegadiza? ¿O esperaría hasta el día siguiente? No pudo resistir la tentación. Miró debajo de la cama, pero la oscuridad no le permitió ver nada. Tanteó entonces con las dos manos. No, la bicicleta no estaba allí. Santa Claus debía haberla dejado en otro lugar de la casa. Esperaría hasta que… En ese instante llegaron hasta él los sollozos de la hermanita en la pieza contigua. De momento se sorprendió. Casi se alarmó. ¿Qué hacía su hermana despierta a aquellas horas? ¿Y por qué lloraba? ¿Había visto acaso a Santa Claus y se había asustado tomándolo por un ladrón? ¿Tendría una pesadilla? Pensándolo bien, decidió que no había por qué preocuparse. Lo mejor era dejarla quieta, acostarse y no hacer más ruido. Al día siguiente buscaría la bicicleta. ¡Quién sabe dónde la había dejado Santa Claus!
       Se metió a la camita, sin desvestirse. Todavía durante un rato, antes de que lo venciera el sueño, escuchó los sollozos cada vez más apagados de la hermana.


       Lo despertó un grito terrible. Era la madre, en la otra pieza. Pichirilo se incorporó en la cama, sobresaltado. Era de día: el chorro de luz solar que entraba por la ventana abierta lo obligó a parpadear dos o tres veces. Ahora oyó a la hermanita, que había vuelto a llorar. La madre habló atropelladamente y él no alcanzó a distinguir las palabras. En ese momento se acordó de la bicicleta. Saltó de la cama y miró debajo de ésta una vez más. Nada. Echó una ojeada por los cuatro rincones de la habitación. Nada. Salió a la pieza delantera, la que hacía de sala. Nada. En el otro cuarto seguían los sollozos de la hermana y las voces airadas de la madre. Pichirilo se decidió a entrar. La muchachita estaba en la cama, con el refajo en que dormía subido hasta los muslos. Pichirilo creyó ver una mancha roja en el centro de la sábana. No le llamó la atención; se adelantó y pasó por delante de la madre, que daba pasos nerviosos junto a la cama. Se puso en cuatro pies y miró debajo del mueble. Nada. Entonces, por primera vez, escuchó claramente las palabras de la madre:
       —¡Ese bandido la va a pagar! ¿Por Dios que la va a pagar!
       Pichirilo se puso de pie. La hermanita se había cubierto con la sábana. Él sólo le vio el rostro, arrasado de lágrimas, la boca contraída en una mueca dolorosa. Pichirilo pensaba en la bicicleta. Se volvió hacia la madre, y ésta, empujándolo suavemente por los hombros, le ordenó:
       —¡Vete a tu cuarto, Pichi, vete!
       Él salió de la pieza terriblemente confundido. La bicicleta no estaba en ningún sitio. Santa Claus no había venido, no le había hecho caso a su carta. La madre volvió a gritar:
       —¡Por Dios que ésta la paga ese bandido! ¡Nadie va a abusar así de nosotros!
       ¡Y él que había hecho tantos planes! Don Absalón seguramente le habría pagado dos pesos semanales.
       —¡Ay, mamá, yo quiero morirme mamá! —gritó en el otro cuarto la hermanita.
       —¡La paga! —clamó la madre—. ¡Te juro que ésta nos la paga! ¡No en balde me advirtieron que no confiara!
       “¡Ah, no!”, se rebeló entonces Pichirilo. “A mí también me dijo Alejo que no confiara. Pero sabe Dios por qué no trajo Santa Cló la bicicleta. A lo mejor no fue culpa suya. ¿Si a la maestra se le olvidó mandarle la carta? ¿Si se le atascó el trineo en uno de esos baches? Quién sabe… quién sabe si a Santa Cló no le gustó aquello de agarrar por el rabo al barcino de doña Narcisa. Quién sabe. De cualquier manera, no hay que ponerse así. Eso de que nos la paga, no. ¡Ah, pero es que las mujeres…! Seguro que ellas también le pidieron algo y no les trajo nada.” Los gritos y el llanto seguían en la otra pieza. Pichirilo se fatidió.
       “¡Bah!”, se dijo. “Todavía faltan los Reyes. Ésos siempre llegan porque ya los camellos conocen el camino. Y no les importa lo del gato.”
       “¡Bah!”, y se echó a la callejuela. Buscaría al negrito Alejo, para ver si Santa Claus le había traído la escopeta.




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