Juan
Bosch
(La Vega, Rep. Dominicana,
1909 - Santo Domingo, 2001)
En un bohío (1940)
Originalmente publicado en la Revista Carteles
(12 de mayo de 1940), pág. 71;
Dos pesos de agua
(La Habana: Ed. Impresor A. Ríos, 1941, 168 págs.);
Cuentos escritos en el exilio y apuntes sobre el arte de escribir cuentos
(Santo Domingo: Librería Dominicana,
Colección Pensamiento Dominicano, 23, 1962, 255 págs.)
La mujer no se atrevía a pensar.
Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta, con los
ojos ansiosos; después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato
largo, sumida en una especie de letargo.
El bohío era una miseria. Ya estaba
negro de tan viejo, y adentro se vivía entre tierra y hollín. Se
volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias; ella lo sabía, y
sabía también que no podía dejarlo, porque fuera de esa choza no
tenía una yagua donde ampararse.
Otra vez rumor de voces. Corrió a
la puerta, temerosa de que nadie pasara. Esperó un rato; esperó más,
un poco más: ¡nada! Sólo el camino amarillo y pedregoso. Era el
viento, ahí enfrente; el condenado viento de la loma, que hacía gemir
los pinos de la subida y los pomares de abajo; o tal vez el río, que
corría en el fondo del precipicio, detrás del bohío.
Uno de los enfermitos llamó, y ella
entró a verlo, deshecha, con ganas de llorar, pero sin lágrimas para
hacerlo.
—Mama, ¿no era taita? ¿No era
taita, mama?
Ella no se atrevía a contestar.
Tocaba la frente del niño y la sentía arder.
—¿No era taita, mama?
—No —negó—. Tu taita viene
después.
El niño cerró los ojos y se puso
de lado. Aún en la oscuridad del aposento se le veía la piel lívida.
—Yo lo vide, mama. Taba ah í y me
trujo un pantalón nuevo...
La mujer no podía seguir oyendo.
Iba a derrumbarse, como los troncos viejos que se pudren por dentro y
caen un día, de golpe. Era el delirio de la fiebre lo que hacía hablar
así a su hijo, y ella no tenía con qué comprarle una medicina.
El niño pareció dormitar y la
madre se levantó para ver al otro. Lo halló tranquilo. Era huesos nada
más y silbaba al respirar, pero no se movía ni se quejaba; sólo la
miraba con sus grandes ojos serenos. Desde que nació había sido
callado.
El cuartucho hedía a tela podrida.
La madre —flaca, con las sienes hundidas, un paño sucio en la cabeza
y un viejo traje de listado— no podía apreciar ese olor, porque se
hallaba acostumbrada, pero algo le decía que sus hijos no podrían
curarse en tal lugar. Pensaba que cuando su marido volviera, si era que
algún día salía de la cárcel, hallaría sólo cruces sembradas
frente a los horcones del bohío, y de éste, ni tablas ni techo. Sin
comprender por qué, se ponía en el lugar de Teo, y sufría.
Le dolía imaginar que Teo llegara y
nadie saliera a recibirlo. Cuando él estuvo en el bohío por última
vez —justamente dos días antes de entregarse— todavía el pequeño
conuco se veía limpio, y el maíz, los frijoles y el tabaco se agitaban
a la brisa de la loma. Pero Teo se entregó, porque le dijeron que
podía probar la propia defensa y que no duraría en la cárcel; ella no
pudo seguir trabajando porque enfermó, y los muchachos —la hembrita
y los dos niños—, tan pequeños, no pudieron mantener limpio el
conuco ni ira¡ monte para tumbar los palos que se necesitaban para
arreglar los lienzos de palizada que se pudrían. Después llegó el
temporal, aquel condenado temporal, y el agua estuvo cayendo, cayendo,
cayendo día y noche, sin sosiego alguno, una semana, dos, tres, hasta
que los torrentes dejaron sólo piedras y barro en el camino y se
llevaron pedazos enteros de la palizada y llenaron el conuco de
guijarros y el piso de tierra del bohío crió lamas y las yaguas
empezaron a pudrirse.
Pero mejor era no recordar esas
cosas. Ahora esperaba. Había mandado a la hembrita a Naranjal, allá
abajo, a una hora de camino; la había mandado con media docena de
huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por
arroz y sal. La niña había salido temprano y no volvía. Y la madre
ojeba el camino, llena de ansiedad.
Sintió pisadas. Esta vez no se
engañaba: alguien, montando caballo, se acercaba. Salió al alero del
bohío con los músculos del cuello tensos y los ojos duros. Sentía que
le faltaba el aire. Miró hacia la subida. Sentía que le faltaba el
aire, lo que le abligaba a distender las ventanas de la nariz. De
pronto vió un sombrero de cana que ascendía y coligió que un hombre
subía la loma. Su primer impulso fue el de entrar; pero algo la
sostuvo allí, como clavada Debajo del sombrero apareció un rostro
difuso, después los hombros, el pecho y finalmente el caballo. La mujer
vió al hombre acercarse y todavía no pensaba en nada. Cuando el hombre
estuvo a pocos pasos, ella le miró los ojos y sintió, más que
comprendió, que aquel desconocido estaba deseando algo.
Había una serie de imágenes vagas
pero amargas en la cabeza de la mujer: su hija, los huevos, los niños
enfermos, Teo. Todo eso se borró de golpe a la voz del hombre.
—Saludo —había dicho él.
Sin saber cómo lo hacía, ella
extendió la mano y suplicó:
—Déme algo, alguito.
El hombre la midió con los ojos,
sin bajar del caballo. Era una mujer flaca y sucia, que tenía mirada de
loca, que sin duda estaba sola y que sin duda, también deseaba a un
hombre.
—Déme alguito —insistía ella.
Y de súbito en esa cabeza
atormentada penetró la idea de que ese hombre volvía de La Vega, y si
había ido a vender algo, tendría dinero. Tal vez llevaba comida,
medicinas. Además comprendió que era un hombre y que la veía como a
mujer.
—Bájese —dijo ella, muerta de
vergüenza.
El hombre se tiró del caballo.
—Yo no más tengo medio peso —aventuró
él.
Serena ya, dueña de sí, ella dijo:
—Ta bien; dentre.
El hombre perdió su recelo y
pareció sentir una súbita alegría. Agarró la jáquima del caballo y
se puso a amarrarla al pie del bohío. La mujer entró, y de pronto, ya
vencido el peor momento, sintió que se moría, que no podía andar, que
Teo llegaba, que los niños no estaban enfermos. Ten la ganas de
llorar y de estar muerta.
El hombre entró preguntando:
—¿Aquí?
Ella cerró los ojos e indicó que
hiciera silencio. Con una angustia que no le cabía en el alma, se
acercó a la puerta del aposento; asomó la cabeza y vió a los niños
dormitar. Entonces dió la cara al extraño y advirtió que hedía a
sudor de caballo. El hombre vió que los ojos de la mujer brillaban
duramente, como los de los muertos.
—Unjú, aquí —afirmó ella.
El hombre se le acercó, respirando
sonoramente, y justamente en ese momento ella sintió sollozos afuera.
Se volvió. Su mirada debía cortar como una navaja. Salió a toda
prisa, hecha un haz de nervios. La niña estaba allí, arrimada al
alero, llorando, con los ojos hinchados. Era pequeña, quemada, huesos y
pellejos nada más.
—¿Qué te pasó, Minina? —preguntó
la madre.
La niña sollozaba y no quería
hablar. La madre perdió la paciencia.
—¡Diga pronto!
—En el río —dijo la pequeña—;
pasando el río... Se mojó el papel y na má quedó esto.
En el puñito tenía todo el arroz
que había logrado salvar. Seguía llorando, con la cabeza metida en
el pecho, recostada contra las tablas del bohío.
La madre sintió que ya no podía
más. Entró, y sus ojos no acertaban a fijarse en nada. Había
olvidado por completo al hombre, y cuando lo vió tuvo que hacer un
esfuerzo para darse cuenta de la situación.
—Vino la muchacha, mi muchacha...
Váyase —dijo.
Se sentía muy cansada y se arrimó
a la puerta. Con los ojos turbios vió al hombre pasarle por el lado,
desamarrar la jáquima y subir el caballo; después lo siguió mientras
él se alejaba. Ardía el sol sobre el caminante y enfrente mugía la
brisa. Ella pensaba: “Medio peso, medio peso perdío”.
—Mama —llamó el niño adentro—.
¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita?
Pasándole la mano por la frente,
que ardía como hierro al sol, ella se quedó respondiendo:
—No, jijo. Tu taita viene
dispués, más tarde.
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