Juan
Bosch
(La Vega, Rep. Dominicana,
1909 - Santo Domingo, 2001)
Luis Pie (1940)
Originalmente publicado en la Revista Carteles
(14 de enero de 1940), págs. 17-18;
Ocho cuentos
(La Habana: Edición del autor, 1947, 132 págs.);
Cuentos escritos en el exilio y apuntes sobre el arte de escribir cuentos
(Santo Domingo: Librería Dominicana,
Colección Pensamiento Dominicano, 23, 1962, 255 págs.)
A eso de las siete la fiebre
aturdía al haitiano Luis Pie. Además de que sentía la pierna
endurecida, golpes internos le sacudían la ingle. Medio ciego por el
dolor de cabeza y la debilidad, Luis Pie se sentó en el suelo, sobre las
secas hojas de la caña, rayó un fósforo y trató de ver la herida.
Allí estaba, en el dedo grueso de su pie derecho. Se trataba de una
herida que no alcanzaba la pulgada, pero estaba llena de lodo. Se había
cortado el dedo la tarde anterior, al pisar un pedazo de hierro viejo
mientras tumbaba caña en la colonia Josefita.
Un golpe de aire apagó el fósforo,
y el haitiano encendió otro. Quería estar seguro de que el mal le había
entrado por la herida y no que se debía a obra de algún desconocido que
deseaba hacerle daño. Escudriñó la pequeña cortada, con sus ojos
cargados por la fiebre, y no supo qué responderse; después quiso
levantarse y andar, pero el dolor había aumentado a tal grado que no
podía mover la pierna.
Esto ocurría el sábado, al
iniciarse la noche. Luis Pie pegó la frente al suelo, buscando el fresco
de la tierra, y cuando la alzó de nuevo le pareció que había
itranscurrido mucho tiempo. Hubiera querido quedarse allí descansando;
mas de pronto el instinto le hizo salir ja cabeza. —Ah... Pití Mishe ta
eperan a mué —dijo con amargura
Necesariamente debía salir al
camino, donde tal vez alguien le ayudaría a seguir hacia el batey;
podría pasar una carreta o un peón montado que fuera a la fiesta de esa
noche.
Arrastrándose a duras penas, a veces
pegando el pecho a la tierra, Luis Pie emprendió el camino. Pero de
pronto alzó la cabeza: hacia su espalda sonaba algo como un auto. El
haitiano meditó un minuto. Su rostro brillante y sus ojos inteligentes se
mostraban angustiados. ¿Habría perdido el rumbo debido al dolor o la
oscuridad lo confundía? Temía no llegar al camino en toda la noche, y en
ese caso los tres hijitos le esperarían junto a la hoguera que Miguel, el
mayor, encendía de noche para que el padre pudiera prepararles con
rapidez harina de maíz o les salcochara plátanos, a su retorno del
trabajo. Si él se perdía, los niños le esperarían hasta que el sueño
los aturdiera y se quedarían dormidos allí, junto a la hoguera
consumida.
Luis Pie sentía a menudo un miedo
terrible de que sus hijos no comieran o de que Miguel, que era enfermizo,
se le muriera un día, como se le murió la mujer. Para que no les faltara
comida Luis Pie cargó con ellos desde Haití, caminando sin cesar,
primero a través de las lomas, en el cruce de la frontera dominicana,
luego a lo largo de todo el Cibao, después recorriendo las soleadas
carreteras del Este, hasta verse en la región de los centrales de
azúcar.
—¡Bonyé! —gimió Luis Pie con
la frente sobre el brazo y la pierna sacudida por temblores—, pití
Mishé va a ta eperán to la noche a son per.
Y entonces sintó ganas de llorar, a
lo que se negó porque temía entregarse a la debilidad. Lo que debía
hacer era buscar el rumbo y avanzar. Cuando volvió a levantar la cabeza
ya no se oía el ruido del motor.
—No, no ta sien palla; ta sien paca
—afirmó resuelto. Y siguió arrastrándose, andando a veces a gatas.
Pero sí había pasado a distancia un motor.
Luis Pie llegó de su tierra meses
antes y se puso a trabajar, primero en la Colonia Carolina, después en la
Josefita; e ignoraba que detrás estaba otra colonia, la Gloria, con su
trocha medio kilómetro más lejos, y que don Valentín Quintero, el
dueño de la Gloria, tenía un viejo Ford en el cual iba al batey a
emborracharse y a pegarles a las mujeres que llegaban hasta allí, por la
zafra, en busca de unos pesos. Don Valentín acababa de pasar por aquella
trocha en su estrepitoso Ford; y como iba muy alegre, pensando en la
fiesta de esa noche, no tomó en cuenta, cuando encendió el tabaco, que
el auto pasaba junto al cañaveral. Golpeando en la espalda al chofer, don
Valentín dijo:
—Esa Lucía es una sinvergüenza,
sí señor, ¡pero qué hembra!
Y en ese momento lanzó el fósforo,
que cayó encendido entre las cañas. Disparando ruidosamente el Ford se
perdió en dirección del batey para llegar allá antes de que Luis Pie
hubiera avanzado trescientos metros.
Tal vez esa distancia había logrado
arrastrarse el haitiano. Trataba de llegar a la orilla del corte de la
caña, porque sabía que el corte empieza siempre junto a una trocha; iba
con la esperanza de salir a la trocha cuando notó el resplandor. Al
principio no comprendió; jamás había visto él un incendio en el
cañaveral. Pero de pronto oyó chasquidos y una llamarada gigantesca se
levantó inesperadamente hacia el cielo, iluminando el lugar con un tono
rojizo. Luis Pie se quedó inmóvil del asombro. Se puso de rodillas y se
preguntaba qué era aquello. Mas el fuego se extendía con demasiada
rapidez para que Luis Pie no supiera de qué se trataba. Echándose sobre
las cañas, como si tuvieran vida, las llamas avanzaban ávidamente,
envueltas en un humo negro que iba cubriendo todo el lugar; los tallos
disparaban sin cesar y por momentos el fuego se producía en explosiones y
ascendía a golpes hasta perderse en la altura. El haitiano temió que iba
a quedar cercado. Quiso huir. Se levantó y pretendió correr a saltos
sobre una sola pierna. Pero le pareció que nada podría salvarle.
—¡Bonyé, Bonyé! —empezó a
aullar, fuera de sí; y luego, más alto aún:
—¡Bonyéeeee!
Gritó de tal manera y llegó a tanto
su terror, que por un instante perdió la voz y el conocimiento. Sin
embargo siguió moviéndose, tratando de escapar, pero sin saber en verdad
qué hacía. Quienquiera que fuera, el enemigo que le había echado el mal
se valió de fuerzas poderosas. Luis Pie lo reconoció así y se preparó
a lo peor.
Pegado a la tierra, con sus ojos
desorbitados por el pavor, veía crecer el fuego cuando le pareció o ir
tropel de caballos, voces de mando y tiros. Rápidamente levantó la
cabeza. La esperanza le embriagó.
—¡Bonyé, Bonyé —clamó casi
llorando—, ayuda a mué, gran Bonyé; tú salva a mué de murí quemá!
¡Iba a salvarlo el buen Dios de los
desgraciados! Su instinto le hizo agudizar todos los sentidos. Aplicó el
oído para saber en qué dirección estaban sus presuntos salvadores;
buscó con los ojos la presencia de esos dominicanos generosos que iban a
sacarlo del infierno de llamas en que se hallaba. Dando la mayor amplitud
posible a su voz, gritó estentóreamente:
—¡Dominiquén bon, aquí ta mué,
Luí Pie! ¡Salva a mué, dominiquén bon!
Entonces oyó que alguien vociferaba
desde el otro lado del cañaveral. La voz decía:
—¡Por aquí, por aquí! ¡Corran,
que está cogió! ¡Corran, que se puede ir!
Olvidándose de su fiebre y de su
pierna, Luis Pie se incorporó y corrió. Iba cojeando, dando saltos,
hasta que tropezó y cayó de bruces. Volvió a pararse al tiempo que
miraba hacia el cielo y mascullaba:
—Oh Bonyé, gran Bonyé que ta
ayudan a mué...
En ese mismo instante la alegría le
cortó el habla, pues a su frente, irrumpiendo por entre las cañas,
acababa de aparecer un hombre a caballo, un salvador.
—¡Aquí está, corran! —demandó
el hombre dirigiéndose a los que le seguían.
Inmediatamente aparecieron diez o
doce, muchos de ellos a pie y la mayoría armada de mochas. Todos gritaban
insultos y se lanzaban sobre Luis Pie.
—¡Hay que matarlo ahí mismo, y
que se achicharre con la candela ese maldito haitiano! —se oyó
vociferar.
Puesto de rodillas, Luis Pie, que
apenas entendía el idioma, rogaba enternecido:
—¡Ah dominiquén bon, salva a
mué, salva a mué pa lleva manyé a mon pití!
Una mocha cayó de plano en su
cabeza, y el acero resonó largamente.
—¿Qué ta pasan? —preguntó Luis
Pie lleno de miedo.
—¡No, no! —ordenaba alguien que
corría—. ¡Dénles golpes, pero no lo maten! ¡Hay que dejarlo vivo
para que diga quiénes son sus cómplices! ¡Le han pegado fuego también
a la Gloria!
El que así gritaba era don Valentín
Quintero, y él fue el primero en dar el ejemplo. Le pegó al haitiano en
la nariz, haciendo saltar la sangre. Después siguieron otros, mientras
Luis Pie, gimiendo, alzaba los brazos y pedía perdón por un daño que no
había hecho. Le encontraron en los bolsillos una caja con cuatro o cinco
fósforos.
—¡Canalla, bandolero; confiesa que
prendiste candela!
—Uí, uí —afirmaba él haitiano.
Pero como no sabía explicarse en español no podía decir que había
encendido dos fósforos para verse la herida y qué el viento los había
apagado.
¿Qué había ocurrido? Luis Pié no
lo comprendía. Su poderoso enemigo acabaría con él; le había echado
encima a todos los terribles dioses de Haití, y Luis Pie, que temía a
esas fuerzas ocultas, no iba a luchar contra ellas porque sabía que era
inútil!
—¡Levántate, perro! —ordenó un
soldado.
Con gran asombro suyo, el haitiano se
sintió capaz de levantarse. La primera arremetida de la infección había
pasado, pero él lo ignoraba. Todavía cojeaba bastante cuando dos
soldados lo echaron por delante y lo sacaron al camino; después, a golpes
y empujones, debió seguir sin detenerse, aunque a veces le era imposible
sufrir el dolor en la ingle.
Tardó una hora en llegar al batey,
donde la gente se agolpó para verlo pasar. Iba echando sangre por la
cabeza, con la ropa desgarrada y una pierna a rastras. Se le veía qué no
podía ya mas, que estaba exhausto y a punto de caer desfallecido.
El grupo se acercaba a un miserable
bohío de yaguas paradas, en el que apenas cabía un hombre y en cuya
puerta, destacados por una hoguera que iluminaba adentro la vivienda,
estaban tres niños desnudos que contemplaban la escena sin moverse y sin
decir una palabra.
Aunque la luz era escasa todo el
mundo vio a Luis Pie cuando su rostro pasó de aquella impresión de
vencido a la de atención; todo el mundo vio el resplandor del interés en
sus ojos. Era tal el momento que nadie habló. Y de pronto la voz de Luis
Pie, una voz llena de angustia y de ternura, se alzó en medio del
silencio, diciendo:
—¡Pití Mishé, mon pití Mishé!
¿Tú no ta enferme, mon pití? ¿Tú ta bien?
El mayor de los niños, que tendría
seis años y que presenciaba la escena llorando amargamente, dijo entre
llanto, sin mover un músculo, hablando bien alto:
—¡Sí, per; yo ta bien; to nosotro
ta bien, mon per! Y se quedó inmóvil, mientras las lágrimas le corrían
por las mejillas.
Luis Pie, asombrado de que sus hijos
no se hallaran bajo el poder de las tenebrosas fuerzas que le perseguían,
no pudo contener sus palabras.
—¡Oh Bonyé, tú sé gran! —clamó
volviendo al cielo una honda mirada de gratitud.
Después abatió la cabeza, pegó la
barbilla al pecho que no lo vieran llorar, y empezó a caminar de nuevo,
arrastrando su pierna enferma. La gente que se agrupaba alrededor de Luis
Pie era mucha y pareció dudar entre seguirlo o detenerse para ver a los
niños; pero como no tardó en comprender que el espectáculo que ofrecía
Luis Pie era más atrayente, decidió ir tras él. Sólo una muchacha
negra de acaso doce años se demoró frente a la casucha. Pareció que iba
a dirigirse hacia los niños; pero al fin echó a correr tras la turba,
que iba doblando una esquina. Luis Pie había vuelto el rostro, sin duda
para ver una vez más a sus hijos, y uno de los soldados pareció llenarse
de ira.
—¡Ya ta bueno de hablar con la
familia! —rugía el soldado.
La muchacha llegó al grupo
justamente cuando el militar levantaba el puño para pegarle a Luis Pie, y
como estaba asustada cerró los ojos para no ver la escena. Durante un
segundo esperó el ruido.
Pero el chasquido del golpe no llegó
a sonar. Pues aunque deseaba pegar, el soldado se contuvo. Tenía la mano
demasiado adolorida por el uso que le había dado esa noche, y, además,
comprendió que por duro que le pegara Luis Pie no se daría cuenta de
ello.
No podía darse cuenta, porque iba
caminando como un borracho, mirando hacia el cielo y hasta ligeramente
sonreído.
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