Juan
Bosch
(La Vega, Rep. Dominicana,
1909 - Santo Domingo, 2001)
La Nochebuena de Encarnación Mendoza (1949)
Originalmente publicado en la Revista Bohemia
Año 41, Núm. 51 (18 de diciembre de 1949), págs. 67, 69-70 y 182;
La muchacha de La Guaira
(Santiago, Chile: Editorial Nascimento, 1955, 197 págs.);
Cuentos escritos en el exilio y apuntes sobre el arte de escribir cuentos
(Santo Domingo: Librería Dominicana,
Colección Pensamiento Dominicano, 23, 1962, 255 págs.)
Con su sensible ojo de prófugo
Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte
pasos, razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. Anduvo
acertado en su cálculo; donde empezó a equivocarse fué al sacar
conclusiones de esa observación. Pues como el día se acercaba era de
rigor buscar escondite, y él se preguntaba si debía internarse en los
cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la
izquierda. Para su desgracia, escogió el cañaveral. Hora y media más
tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a
Encarnación Mendoza, que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña.
A las siete de la mañana los hechos
parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo; nadie
había pasado por las trochas cercanas. Por otra parte la brisa era fresca
y tal vez llovería, como casi todos los años en Nochebuena. Y aunque. no
lloviera los hombres no saldrían de la bodega, donde estarían desde
temprano consumiendo ron, hablando a gritos y tratando de alegrarse como
lo mandaba la la costumbre. En cambio, de haber tirado hacia los cerros no
podría sentirse tan seguro. El conocía bien el lugar; las familias que
vivían en las hondonadas producían leña, yuca y algún maíz. Si
cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba
aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a
verlo, estaba perdido. En leguas a la redonda no había quién se
atreviera a silenciar el encuentro. Jamás sería perdonado el que
encubriera a Encarnación Mendoza: y aunque no se hablaba del asunto todos
los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta
inmediata al puesto de guardia más cercano.
Empezaba a sentirse tranquilo
Encarnación Mendoza, porque tenía la seguridad de que había escogido el
mejor lugar para esconderse durante el día, cuando comenzó el destino a
jugar en su contra.
Pues a esa hora la madre de Mundito
pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la
mañana, y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de
que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día
de Nochebuena. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había
ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas
en el cruce de la carretera, que le quedaba al poniente, a casi medio día
de marcha. Con esos centavos podía mandar a Mundito a la bodega para que
comprara harina, bacalao y algo de manteca. Aunque lo hiciera pobremente,
quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos, siquiera
fuera comiendo frituras de bacalao.
El caserío donde ellos vivían —del
lado de los cerros, en el camino que dividía los cañaverales de las
tierras incultas— tendría catorce o quince malas viviendas, la mayor
parte techadas de yaguas. Al salir de la suya, con el encargo de ir a la
bodega, Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en
los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. Era largo
el trayecto hasta la bodega. El cielo se veía claro, radiante de luz que
se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña; era grata la brisa y
dulcemente triste el silencio. ¿Por qué ir solo, aburriéndose de
caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó
entrar al bohío vecino, donde seis semanas antes una perra negra había
parido seis cachorros. Los dueños del animal habían regalado cinco, pero
quedaba uno “para amamantar a madre”, y en él había puesto Mundito
todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña
alma. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría, el niño era
consciente de que si llevaba al cachorrillo tendría que cargarlo casi
todo el tiempo, porque no podría hacer tanta distancia por sí solo.
Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. De
súbito, sin pensarlo más, corrió hacia la casucha gritando:
—¡Doña Ofelia, emprésteme a
Azabache, que lo voy a llevar allí!
Oyénranle o no, ya él había pedido
autorización, y eso bastaba. Entró como un torbellino, tomó el
animalejo en brazos y salió corriendo, a toda marcha, hasta que se
perdió a lo lejos. Y así empezó el destino a jugar en los planes de
Encarnación Mendoza.
Porque ocurrió que cuando, poco antes
de las nueve, el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde
estaba escondido el fugitivo, cansado, o simplemente movido por esa
especie de indiferencia, por lo actual y curiosidad por lo inmediato que
es privilegio de los animales pequeños, Azabache se metió en el
cañaveral. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al
perrito que se detuviera. Durante un segundo temió que el muchacho fuera
la avanzada de algún grupo. Estaba clara la mañana. Con su agudo ojo de
prófugo; él podía ver hasta. dónde se lo permitía el barullo de
tallos y hojas. Allí, al alcance de su mirada; no.estaba el niño.
Encarnación Mendoza no tena pelo de tonto. Rápidamente calculó que si
lo hallaban atisbando era hombre, perdido; lo mejor sería hace cerse el
dormido , dando la espalda al lado por dónde sentía el ruido. Para mayor
seguridad, se cubrió la cara con el sombrero.
El negro cachorrillo correteó;
jugando con las hojas de caña, pretendiendo saltar, torpe de movimientos,
y cuando vió al fugitivo echado empezó a soltar diminu tos y graciosos
ladridos. Llamándolo a voces y gateando para avanzar, Mundito iba
acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre.
Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible;
era un cadáver. De otra manera no sé explicaba su presencia allí y
mucho menos su postura. El terror le dejó frío. En el primer momento
pensó huir, y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera
cuenta. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado, expuesto
al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara
apretándolo con las manos. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de
quedarse allí, el niño sentía que desfallecía. Sin intervención de su
voluntad levantó una manó, fijó la mirada en el difunto, temblando
mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. Mundito
estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. En su miedo,
pretendió adelantarse al muerto: pegó un saltó sobre el cachorrillo, al
cual agarró con nerviosa violencia por el pescuezo, y a seguidas,
cabeceando contra las cañas, cortándose el rostro y las manos, impulsado
por el terror, ahogándose, echó a correr hacia la bodega. Al llegar
allí, a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor, gritó
señalando hacia el lejano lugar de su aventura:
—¡En la Colonia Adela hay un
hombre muerto!
A lo que un vozarrón áspero
respondió gritando:
—¿Qué tá diciendo ese muchacho?
Y como era la voz del sargento Rey,
jefe depuesto del Central, obtuvo el mayor interés de parte de los
presentes así como los datos que solicitó del muchacho. El día de
Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el
levantamiento del cadáver, pues debía andar por la Capital disfrutando
sus vacaciones de fin de año. Pero el sargento era expeditivo; quince
minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos
números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto
cadáver. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza.
El propósíto de Encarnación Mendoza
era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. Escondiéndose de día y
caminando de noche había recorrido leguas y leguas, desde las primeras
estribaciones de la Cordillera, en la provincia del Seybo, rehuyendo todo
encuentro y esquivando bohíos, corrales y cortes de árboles o quemas de
tierras. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo
Pomares, y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara.
No debía dejarse ver de persona alguna, excepto de Nina y de sus hijos. Y
los vería sólo una hora o dos, durante la Nochebuena. Tenía ya seis
meses huyendo, pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos
que le costaron la vida al cabo Pomares.
Necesariamente debía ver a su mujer
y a sus hijos. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir, una fuerza
ciega a la cual no podía resistir. Con todo y ser tan limpio de
sentimientos, Encarnación Mendoza comprendía que con el deseos de
abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida
una sombra de celos. Pero además necesitaba ver la casucha, la luz de
lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía
del trabajo y los muchachos lerodeaban para que él los hiciera reir con
sus ocurrencias. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino, que se
hacía lodazal en los tiempos de lluvia. Tenía que ir o se moriría de
una pena tremenda.
Encarnación Mendoza estaba
acostumbrado a hacer lo que deseaba; nunca deseaba nada malo, y se
respetaba a sí mismo. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San
Juan, cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara, a él, que
por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia.
Sucediera lo que sucediera, y aunque el mismo Diablo hiciera oposición,
Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. Solo imaginar
que Nina y los muchachos estarían tristes, sin un peso para celebrar la
fiesta, tal vez llorando por él, le partía el alma y le hacía maldecir
de dolor.
Pero el plan se había enredado algo.
Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría
callado. Se había ido corriendo, a lo que pudo colegir Encarnación por
la rapidéz de los pasos, y tal vez pensó que se trataba de un peón
dormido. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí, meterse en otro
tablón de caña. Sin embargo, valía la la pena pensarlo dos veces,
porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o
de vuelta, y le veía cruzando camino y le reconocía, era hombre perdido.
No debía precipitarse; ahí, por de pronto, estaba seguro. A las nueve de
la noche podría salir; caminar con cautela orillando los cerros, y
estaría en su casa a las once, tal vez a las once y un cuarto. Sabía lo
que iba a hacer; llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y
le diría a Nina que abriera, que era él, su marido. Ya le parecía estar
viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas, los ojos
oscuros y brillantes, la boca carnosa, la barbilla saliente. Ese momento
de la llegada era la razón de ser de su vida; no podía arriesgarse a ser
cogido antes. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. Lo mejor
sería descansar, dormir...
Despertó al tropel de pasos y a la
voz del niño que decía:
—Taba ahí, sargento.
—¿Pero en cuál tablón; en ése o
en el de allá?
—En ése —aseguró el niño.
“En ése” podía significar que el
muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación, hacia uno
vecino o hacia el de enfrente. Porque a juzgar por las voces el niño y el
sargento se hallaban en la trocha, tal vez en un punto intermedio entre
varios tablones de caña. Dependía de hacia donde estaba señalando el
niño cuando decía “ése”. La situación era realmente grave, porque
de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al
fugitivo. El momento, pues, no era de dudar, sino de actuar. Rápido en la
decisión, Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela,
cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de
las hojas del cañaveral batidas por la brisa. Había que salir de allí
pronto, sin perder un minuto. Oyó la áspera voz del sargento:
—¡Métase por ahí, Nemesio, que yo
voy por aquí! ¡Usté, Solito, quédese por aquí!
Se oían murmullos y comentarios.
Mientras se alejaba, agachado, con paso felino., Encarnación podía
colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. Sin duda
las cosas estaban poniéndose feas.
Feas para él y feas para el
muchacho, quienquiera que fuese. Porqué cuando el sargento Rey y el
número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían
metido, maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los
brazos, y no vieron cadáver alguno, empezaron a creer que era broma lo
del hombre muerto en la Colonia Adela.
—¿Tú ta seguro que fué aquí,
muchacho? —preguntó el sargento.
—Sí, aquí era —afirmó Mundito,
bastante asustado ya.
—Son cosa de muchacho, sargento;
ahí no hay nadie —terció el número Arroyo.
El sargento clavó en el niño una
mirada fija, escalofriante, que lo llenó de pavor.
—Mire, yo venía por aquí con
Azabache —empezó a explicar Mundito— y lo diba corriendo asina —lo
cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo—, y él cogió y
se metió ahí.
Pero el número Solito Ruíz
interrumpió la escenificación de Mundito preguntando:
—¿Cómo era el muerto?
—Yo no le vide la cara —dijo el
niño, temblando de miedo—; solamente le vide la ropa. Tenia un sombrero
en la cara. Taba asina, de lao...
—¿De qué color era el pantalón?
—inquirió el sargento.
—Azul, y la camisa como amarilla, y
tenía un sombrero negro encima de la cara...
Pero el pobre Mundito apenas podía
hablar; se hallaba aterrorizado, con ganas de llorar. A su infantil idea
de las cosas, el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su
denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. Seguramente en la noche le
saldría en la casa y lo perseguiría toda a vida.
De todas maneras, supiéralo o no
Mundito en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. Encarnación
Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón, y
después hacia otro más; y ya iba atravesando la trocha para meterse en
un tercero cuando el niño, despachado por el sargento, pasaba corriendo
con el perrillo bajo el brazo. Su miedo lo paró en seco al ver el torso y
una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. No podía ser otro,
dado que la ropa era la que había visto por la mañana.
—¡Ta aquí, sargento; ta aquí! —gritó
señalando hacia él punto por donde se había perdido el fugitivo—.
¡Dentró ahí!
Y como tenía mucho miedo siguió su
carrera hacia su casa, ahogándose, lleno dé lástima consigo mismo por
el lío en qué sé había metido. El sargerto, y con él los soldados y
curiosos que le acompañaban, se había vuelto al oír la voz del
chiquillo.
—Cosa dé muchacho —dijo
calmosamente Nernesio Arroyo.
Pero el sargento, viejo en su oficio,
era suspicaz:
—Vea, algo hay. ¡Rodiemo ese
tablón di una ve!—gritó.
Y así empezó la cacería, sin qué
los cazadores supieran qué pieza perseguían.
Era poco más de media mañana.
Repartidos en grupos, cada militar iba seguido de tres o cuatro peones,
buscando aquí y allá, corriendo por las trochas, todos un poco bebidos y
todos excitados. Lentamente, las pequeñas nubes azul oscuro que
descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo
arriba. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado.
Sólo que a diferencia de sus perseguidores —que ignoraban a quién
buscaban—, él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al
propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan.
Sin saber a ciencia cierta dónde
estaban los soldados, el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad
de escapar; y se corría de un tablón a otro, esquivando el encuentro con
los soldados. Estaba ya a tanta distantancia de ellos que si se hubiera
quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro
de ser localizado. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón
a tablón. Al cruzar una trocha fue visto de lejos, y una voz proclamó a
todo pulmón:
—¡Allá va, sargento, allá va; y
se parece a Encarnación Mendoza!
¡Encarnación Mendoza! De golpe todo
el mundo quedó paralizado. ¡Encarnación Mendoza!
—¡Vengan! —demandó el sargento a
gritos; y a seguidas echó a correr, el revólver en la mano, hacia donde
señalaba el peón que había visto el prófugo.
Era ya cerca de mediodía, y aunque
los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente,
los cazadores del hombre apenas lo notaban; corrían y corrían, pegando
voces, zigzagueando, disparando sobre las cañas. Encarnación se dejó
ver sobre una trocha distante, sólo un momento, huyendo con la velocidad
de una sombra fugaz, y no tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su
fusil.
—¡Que vaya uno al batey y diga de
mi parte que me manden do número! —ordenó a gritos el sargento.
Nerviosos, excitados, respirando
sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo, los
perseguidores corrían de un lacia a otro dándose voces entre sí,
recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas.
Pasó el mediodía. Llegaron no dos,
sino tres números y como nueve o diez peones más; se dispersaron en
grupos y la cacería se extendió a varios tablones. A la distancia se
veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones, lo cual
entorpecía los movimientos, pues era arriesgado tirar si gente amiga
estaba al otro extremo. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna
mujer; y en la bodega no quedó sino el dependiente, preguntando a todo
hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”.
Encarnación Mendoza no era hombre
fácil. Pero a eso de las tres, en el camino que dividía el cañaveral de
los cerros, esto es, a más de dos horas del batey, un tiro certero le
rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la
realeza. Se revolcaba en la tierra, manando sangre, cuando recibió
catorce tiros más, pues los soldados iban disparándole a medida que se
acercaban. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la
lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana.
Estaba muerto Encarnación Mendoza.
Conservaba las líneas del rostro, aunque tenía los dientes destrozados
por un balazo de máuser. Era día de Noche buena y él había salido de
la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa, no en el batey, vivo o
muerto. Comenzaba a llover, si bien por entonces za. Y el sargento estaba
pensando algo. Si él sacaba el cadáver a la carretera, que estaba hacia
el poniente, podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese
regalo de Pascuas al capitán; si lo llevaba al batey tendría que coger
allí un tren del ingenio para ir a la Romana, y como el tren podría
tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche, tal vez
demasiado tarde para trasladarse a Macorís; En la carretera las cosas son
distintas; pasa r con frecuencia vehículos, él podría detener un
automóvil; hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la
carga de un camión.
— ¡Búsquese un caballoya memo que
vamo a sacar ese vagabundo a la carretera —dijo dirigiéndose al que
tenía más cerca.
No apareció caballo sino burro; y
eso, pasadas ya las cuatro, cuando el aguacero pesado hacía sonar sin
descanso los sembrados de caña. El sargento no quería perder tiempo.
Varios peones, estorbándose los unos a los otros, colocaron el cadáver
atravesado sobre el asno y lo amarraron cómo pudieron. Seguido por dos
soldados y tres curiosos a los que escogió para que arrearan el burro, el
sargento ordenó la marcha bajo la lluvia.
No resultó fácil el camino, Tres
veces, antes de llegar al primer caserío, el muerto resbaló y quedó
colgado bajo el vientre del asno. Este resoplaba y hacía esfuerzos para
trotar entre el barro, que ya empezaba a formarse. Cubiertos sólo con sus
sombreros de reglamento al principio, los soldados echaron mano a pedazos
de yaguas, a hojas grandes arrancadas a los árboles, o se guarecían en
el cañaveral de rato en rato, cuando la lluvia arreciaba más. La
lúgubre comitiva anduvo sin cesar, la mayor parte del tiempo en silencio
voz de un soldado comentaba
—Vea ese sinverguenza.
O simplemente aludía al cabo Pomares,
cuya sangre había sido al fin vengada.
Oscureció del todo, sin duda más
temprano que de costumbre por efectos de la lluvia; y con la oscuridad el
camino se hizo más difícil, razón por la cual la marcha se tornó
lenta. Serían más de las siete, y apenas llovía entonces, cuando uno de
los peones dijo:
—Allá se ve una lucecita.
—Sí, del caserío —explicó el
sargento; y al instarte urdió un plan del que se sintió enormemente
satisfecho. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación
Mendoza. El sargento quería algo más. Asi, cuando un cuarto de hora
después se vio frente a la primera casucha del lugar, ordenó con su
áspera voz:
—Desamarren ese muerto y tírenlo
ahí adentro, que no podemo seguir mojándono.
Decía esto cuando la lluvia era tan
escasa que parecía a punto de cesar; y al hablar observaba a los hombres
que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. Cuando el
cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de la casucha justo a tiempo Ipara
que la mujer que salió a abrir recibiera sobre los pies, tirado como el
de un perro, el cuerpo de Encarnación Mendoza. El muerto estaba empapado
en agua, sangre y lodo, y tenía los dientes destrozados por un tiro, lo
que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar
haciendo una mueca horrible.
La mujer miró aquella masa inerte;
sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura; y
llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente, hasta
que a tres, pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo
que gritaba:
—¡Hay m’shijo, se han quedao
guérfano. . . han matao a Encarnación!
Espantados, atropellándose, los
niños salieron de la habitación, lanzándose á las faldas de la madre.
—Entonces se oyó, una voz infantil
en la que se confundían llanto y horror:
—¡Mama, mi mama!.. ¡Ese fue el
muerto que yo vide hoy en el cañaveral!
Una nota sobre «La Nochebuena de Encarnación Mendoza»:
Los lectores que conocen la obra del narrador cubano Félix Pita Rodríguez (Bejucal, La
Habana, 1909 - La Habana, 1990) probablemente habrán reconocido la
similitud entre este cuento del Profesor Juan Bosch y el cuento “La recompensa”
del narrador cubano. La primera mención de similitudes entre algunos de
los cuentos de Juan Bosch y otros autores la hizo, si recuerdo bien, el
racista y esbirro trujillita Joaquín Balaguer: la similitud (creo que habló de “plagio”) entre el
cuento “Rumbo al puerto origen” (1950) y la novela El viejo y el mar (1952)
del narrador norteamericano Ernest
Hemingway (1899-1961). Cuando alguien le preguntó al Profesor
Bosch si Hemingway lo había “pliagiado”, su respuesta fue que los
dos, probablemente, escucharon la historia del mismo pescador, mientras
ambos vivían en Cuba.
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