Julio Ramón Ribeyro
(Lima, Perú, 31 de agosto de 1929 - Lima, 4 de diciembre de 1994)
Cacos y canes
Relatos santacrucinos (1992)
(nunca fue editado como libro individual, forma parte de La palabra del mudo)
La palabra del mudo. Cuentos 1952-1993. Tomo III
(Lima: Jaime Campodónico, 1994, 247 págs.)
Santa Cruz tenía un
sobrenombre: vecinos viejos lo llamaban Matagente. Esto era exagerado, pues
los anales policiacos del barrio solo registraban un crimen, el de un chofer
de taxi que descuartizó a una mujer y tiró sus restos por los acantilados.
Mejor le hubiera caído el tilde de Robagente pues no hubo casa, al comienzo,
que no fuera visitada por los cacos. La nuestra, entre otras, pues fue una de
las primeras en edificarse, cuando el alumbrado público era incipiente y no
había vigilancia policial.
Ni sé cuántas veces nos
robaron, cerca de diez en todo caso. Fueron robos menores en general, cosas que
habíamos dejado en el jardín que rodeaba la casa —la manguera, algunas sillas,
una bicicleta—. Bastaba que los ladrones pasaran por el muro que daba a la
avenida Espinar para barrer con todo lo que había en el jardín. Pero a la casa
misma entraron solo una vez y de pura suerte.
En esa época papá había hecho
construir un cuarto para la empleada separado del cuerpo de la casa, en un
ángulo del jardín. Para que al levantarse pudiera entrar a la casa se le dejaba
todas las noches las llaves en el alféizar de la ventana alta de la cocina. Los
cacos entraron de noche una vez más al jardín y como ya no había allí nada que
llevarse empezaron a tantear las ventanas, con la esperanza de encontrar una
abierta o mal cerrada. Encontraron algo mejor: las llaves de la casa. Mamá fue
la que dio la voz de alarma. Se despertó en plena noche y distinguió por la
puerta abierta de su dormitorio una lucecita que vacilaba en el hall. Sin despertar a papá se
levantó y salió a ver qué ocurría.
Al entrar al living se encontró de bruces con
alguien que avanzaba con una linterna en la mano. Su primera reacción fue dar
un chillido, lo que bastó para que ese alguien apagara su linterna y saliera
disparado hacia el jardín, del jardín de la calle y de la calle hacia la noche
tenebrosa. Mamá lanzó unos cuantos gritos más desde la calzada y volvió a la
casa cuando ya papá había encendido las luces y nosotros habíamos saltado de
la cama.
Nos encontramos todos en el living escuchando el relato
entrecortado de mamá.
Papá cogió la única arma que
tenía, una cachiporra de goma, y salió descalzo y en pijama a la calle, pero se
dio cuenta de que en la inmensa oscuridad toda búsqueda o persecución era
inútil. Regresó entonces al living e hicimos el recuento de lo que faltaba: el radio, un reloj de mesa, algunos marcos y ceniceros de plata, el candelabro que había sobre la
chimenea, cosas que tenían un relativo valor y que indicaban además que el
caco debía haber tenido un cómplice a quien pasó a tiempo estos objetos. Pero
cuando papá comprobó que de la percha había desaparecido su sombrero gris
inglés, una prenda que adoraba, él que era tan poco afecto a los bienes
vestimentarios, montó en cólera y decidió vestirse y salir en busca de su
sombrero por donde fuese y a costa de cualquier peligro. En ese momento
escuchamos un pitazo y al salir al jardín vimos que por la avenida Espinar
venía rápidamente un policía que tenía cogido del brazo a un pequeño hombre en
civil. Papá pensó en ese momento que el pequeño hombre en civil era el caco
que había sido capturado por el policía y se precipitó hacia él dispuesto a
estrangularlo a fin de recuperar su sombrero. Fue un verdadero chasco: el
pequeño hombre en civil era un soplón encargado de custodiar o espiar la
embajada de Brasil, que daba a la avenida Pardo. Ambos habían escuchado los gritos
de mamá y venían a ver qué pasaba.
—¡Debían haber venido más
rápido! —protestó papá.
—Disculpe —dijo el policía—.
Pero esos gritos me parecieron al comienzo el cacareo de una gallina.
La observación era poco
caballeresca, pero papá prefirió ignorarla e hizo pasar a los custodios a casa.
Ambos tomaron nota del robo, pidieron a mamá un relato circunstanciado y se
retiraron diciendo que vendría un inspector de policía para hacer las
investigaciones del caso.
El inspector vino al cabo de
dos o tres días y entramos entonces al dominio del vodevil. Se trataba del
inspector Fontana, en quien reconocí de inmediato al hermano mayor de un
compañero de clase. Los Fontana era la familia más fea de Miraflores. Hombres y
mujeres, por razones genéticas u otras difíciles de elucidar, tenían las
narices más grandes, los ojos más salidos, las orejas más separadas, las
articulaciones más nudosas y la facha más desgarbada de todo el balneario. No
había Fontana que no fuera el remedo de otro Fontana. Pedro Fontana debía haber
leído muchas novelas de Conan Doyle o visto muchas películas de Sherlock Holmes,
pero lo cierto es que vino a casa disfrazado del actor Basil Rathbone, que
encarnaba al célebre detective en El mastín de los Baskerville, film estrenado hacía poco en Lima. Llevaba gorra, fumaba pipa y
lucía un saco a cuadros con martingala y botones de cuero, que podía pasar muy
bien por una chaqueta británica. Lo primero que hizo fue sacar una lupa y
advertirnos que no debíamos tocar nada, para no borrar la huella de los
ladrones. Advertencia inútil pues hacía ya dos días que se había producido el
robo y todo el mundo había tocado todo lo que había en la casa. Con su lupa
examinó mueble por mueble, objeto por objeto y cuarto por cuarto, seguido
pacientemente por papá que, con las manos cruzadas en la espalda, se
interrogaba sobre las conclusiones que podría sacar de esa pesquisa. Luego de
examinar en cuclillas hasta los botones de la cocina eléctrica, el inspector
Fontana se puso de pie, carraspeó, se ajustó la gorra y le preguntó a papá:
—¿No tiene usted una idea de
quién es el ladrón?
Papá tuvo que recurrir a toda
su sangre fría para no echarlo a patadas, le agradeció su visita, lo acompañó
hasta la puerta y le dijo con ironía que ya le pasaría la voz cuando descubriera
al caco. Regresando al living se despatarró en un sillón suspirando:
—Puesto que los detectives
son más brutos que los animales, tengamos animales.
Y fue así como llegaron los
canes a la casa. El primero fue Tony, un perro chusco y descastado, incompetente
además, pues durante su custodia volvieron a entrar ladrones y se llevaron el
farol de fierro forjado que daba luz a la entrada. Para reforzar la guardia,
papá consiguió un hermoso perro lobo, Rintintín, quien lo primero que hizo,
para sentar su autoridad, fue sacarle la mugre al pobre Tony. Poco después
eran amigos y dormían en el jardín, en una caseta de madera que se les
construyó bajo las parras. Rintintín cumplió perfectamente su función de
ahuyentar a los cacos y de paso se convirtió en nuestro compañero de juegos y
paseos. Los sábados y domingos le poníamos su collar y nos íbamos por las chacras,
escalábamos la huaca Juliana y si hacía calor bajábamos por los barrancos a La
Pampilla y nos bañábamos en la playa desierta. Tony nos seguía en estas
caminatas, solo y suelto, sin derecho a collar, triste y olvidado. Algún
complejo debió crearle esta segregación pues adquirió la mala costumbre de
comer sus excrementos. Papá lo descubrió un día en esta faena e ipso facto lo
regaló al cuartel militar de Chorrillos. Rintintín quedó solo en casa y a
partir de entonces se volvió bravo, al punto que nuestro problema ya no era
protegernos de los ladrones sino protegernos de Rintintín. Pasaba todo el día
encadenado en su caseta y solo se le soltaba de noche para que corriera por el
jardín. Una tarde rompió su cadena cuando había amigos en casa y atacó a uno
de ellos, mordiéndolo en ambos muslos. Fue un asunto tan grave que papá optó
por deshacerse también de Rintintín, enviándolo a la chacra de un pariente, en
las afueras de Lima. Pero como entre tanto un caco sutil entró nuevamente a
casa y se robó la bandera que habíamos izado en la azotea por Fiestas Patrias,
papá aceptó un segundo perro lobo, Rintintín II. Su reinado fue largo y
pacífico. Copia exacta del primero, pero mucho más sereno e inteligente; sabía
distinguir entre aliados e intrusos y mientras estuvo con nosotros no volvió a
saltar el cerco ningún amigo de lo ajeno. Una mañana que mi hermano y yo
salimos muy temprano rumbo al colegio nos sorprendió no ver a nuestro fiel can
surgir de su caseta a despedirnos. Lo buscamos por el jardín y lo encontramos
muerto detrás de los cipreses, al lado de restos de comida. Tenía la lengua muy
salida y casi negra. Lo habían envenenado.
Tanto nos apenó esta muerte
que papá decidió no tener más perros en casa. Los perros por lo general se
mueren antes que sus amos, dijo, de modo que uno se expone a tener muchos
duelos en su vida. Nos libramos así de nuevos duelos, pero quedamos sin perros
y por ello mismo a merced de nuevos ladrones. Papá recurrió entonces a su
imaginación e intentó un dispositivo genial capaz de protegernos para siempre
de las incursiones nocturnas.
Se trataba de una larga
plancha de madera que hizo colocar al pie del muro que daba a la avenida
Espinar. Debajo de la plancha habían varios conmutadores eléctricos, de modo
que bastaba la más leve presión sobre la madera para que de inmediato sonara un
timbre y se encendiera una luz en el dormitorio de papá. Como ese era el camino
obligado de los cacos para entrar a casa, estaban condenados a pisar la plancha
y desencadenar la alarma.
Papá quedó orgulloso de su
invención. Él mismo la ensayó varias veces escalando el cerco e hizo que
nosotros la ensayásemos. Cuando venían familiares o amigos a casa no perdía
la oportunidad de hacerles una demostración. Los cacos olfatearon algo o sería
una coincidencia, pero lo cierto es que pasaron semanas y meses sin que se
aventurasen a saltar el muro. Papá, decepcionado, atribuyó esto a que los cacos
no tenían nada que llevarse del jardín, puesto que de noche guardábamos todo en
casa. Pensó entonces que lo mejor era dejar algo visible y codiciable, un
parasol, una mecedora, la cortadora de pasto. De lo que se trataba ahora, por
un razonamiento aberrante, no era de evitar que los rateros entraran sino de
invitarlos a que entraran. Solo por el gusto de que papá pusiera a prueba su
invención.
Al fin una noche sonó el
timbre y se encendió la luz en su dormitorio. Papá cogió su cachiporra de goma,
que dejaba siempre en su velador y se precipitó al jardín. Llegó corriendo al
lugar donde estaba la plancha, entre los cipreses y el muro, y apenas tuvo
tiempo de ver dos grandes gatos que huían despavoridos por encima del cerco
lanzándole de paso un chorro de orines pestilentes.
Papá quedó mortificado y
humillado por este incidente que no solo echaba por tierra sus expectativas
sino que lo ridiculizaba. Hizo revisar el sistema eléctrico para hacerlo menos
sensible, pero aun así no pasaba semana sin que sufriera un chasco cuando
manadas de gatos e incluso perros que venían a husmear en el cubo de basura
saltaban el muro desencadenando la alarma. Aparte de eso, con las primeras
garúas que mojaron la plancha se produjo un cortocircuito y el dispositivo
eléctrico se fue al diablo. Papá lo hizo arreglar un par de veces, pero al
final renunció.
Quedó al pie del muro esa
larga plancha de madera carcomida, sin uso ni función.
Pero también quedaron en el
jardín el parasol, unas sillas y otras cosas que una noche desaparecieron. Papá
entró en crisis: no sabía si recurrir nuevamente a los perros o si inventar un
sistema de alarma más eficaz. Al fin optó por comprarle a un amigo una Colt
usada, convencido que si el Estado no garantizaba su seguridad no quedaba otro
recurso que la autodefensa. No tardó en tener que ejecerla. Escuchó una noche
ruidos sospechosos en el jardín y al asomarse a la ventana de su dormitorio vio
a un hombre que trataba de forzar la puerta de entrada al living. Cogiendo su Colt sacó el
brazo por la ventana y gritó “¡Manos arriba!”. El sujeto, que no estaba en el
oeste americano sino en el barrio de Santa Cruz, no levantó los brazos en alto
sino que puso sus piernas en funcionamiento y en una fracción de segundo cruzó
el portón entreabierto y se perdió en lo oscuro. Entre tanto papá apretó el
gatillo y de su Colt no salió estampido ni bala sino un miserable susurro. Esa
vieja pistola era más inservible que un cohete mojado.
No había pues nada que hacer.
La única esperanza para librarse de los cacos era que construyeran más casas
en el barrio —pues la masa de habitantes sería una fuerza de disuasión—, que
mejorara el sistema de alumbrado público y que se implantara una verdadera
vigilancia policial. Fue lo que ocurrió, paulatinamente. Aun así volvieron una
noche a entrar ladrones al jardín, para llevarse no sé qué, pues ya se habían
llevado todo. Papá se apercibió del hecho y salió en calzoncillos, esta vez sin
armas de ninguna clase y al ver a un hombre de espaldas no se le ocurrió otra
cosa que ponerse en cuatro pies y lanzar un estruendoso rugido, imitando a un
león. El tipo se llevó tal susto que de un salto salvó el cerco y desapareció
sin volver la cabeza. Nunca más volvieron a entrar ladrones. Papá decía muy
ufano e irónico cuando recordaba este incidente —aunque también muy
filosóficamente— que para proteger bienes o personas más útil que perros o
pistolas era recurrir al animal que hay en cada uno de nosotros.
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