Julio Ramón Ribeyro
(Lima, Perú, 31 de agosto de 1929 - Lima, 4 de diciembre de 1994)


Mariposas y cornetas
Relatos santacrucinos (1992)
(nunca fue editado como libro individual, forma parte de La palabra del mudo)
La palabra del mudo. Cuentos 1952-1993. Tomo III
(Lima: Jaime Campodónico, 1994, 247 págs.)



      Hacía apenas una semana que era nuestra vecina y ya el barrio estaba alborotado. Venía de Chile, era hija única de padre alemán y madre araucana y de esta combinación había surgido un fruto raro y exquisito. El primer día que asomó a la calle hasta a los chicos se nos cayó la baba. Nunca habíamos visto cutis más rosado, trenza más negra y sedosa, ojos tan celestes y turgencias tan marcadas que nos hicieran revisar nuestra idea de la belleza. Las chicas del barrio eran delgadas, elásticas, acrobáticas, andróginas, mozuelos con falda y peluca, pero Frida era ye-llenita, lenta y convexa por donde se la mirara. A nadie se le hubiera ocurrido desafiarla a una sesión de lucha romana o invitarla a caminar por el filo de altas tapias, como hacíamos con las otras chicas. Era como una mamá chiquita, algo reposado y dulce. un regazo donde provocaba caer y quedarse dormido.
       Las chicas del barrio al comienzo le hicieron hielo pues vieron en ella un elemento extranjero que podía poner en peligro el armonioso equilibrio del grupo y sobre todo modificar la carta sentimental de nuestra esquina. Pero Frida era tan sencilla e ingenua y tan poco maliciosa y coqueta que pronto la adoptaron y la sumaron a la nuez de la pandilla.
       Bastó eso para que los grandes del barrio, que asomaban sólo de cuando en cuando a nuestra calle para fumar un pitillo y burlarse de nuestros entretenimientos idiotas, se entusiasmaran con nuestros juegos y de la noche a la mañana encontraran lindo correr por las calles como boludos jugando a la pega o a ladrones y celadores. Sólo por ver a Frida, naturalmente, abordarla, hablarle y, si la ocasión llegaba, tocarla. Y entre los más asiduos estaban el corneta García y el tambor Battifora. Apenas terminaban los ensayos de la banda, aparecían en la esquina con sus pantalones bombachos que flameaban en las calancas del flaco y moldeaban las gambas del gordo.
       Ambos habían ya incursionado por el barrio meses antes, con intenciones románticas que les salieron cuadras. El flaco García descubrió antes que nadie que Chela Velarde, una de las chicas de la collera, a pesar de ser un poco morena —por ser un poco morena más bien— tenía lindos labios y mejores piernas y trató de meterle caballo. Pero Chela tenía un padre intransigente que apenas vio rondar por su casa a un colegial altote pero huesudo que tocaba corneta y miraba a su hija con ojos de cordero degollado, le dio cuatro gritos y lo mandó rodar sin posibilidad de retorno. El gordo Battifora, en cambio, fue más sutil. Bajo su capa de grasa disimulaba el arte de un estratega amoroso. Comenzó a frecuentar nuestra casa con el pretexto de canjear estampillas, pues mi hermano y yo estábamos formando un álbum. Pobres inocentes, no nos dábamos cuenta que los ojos del chancho estaban puestos más en mi hermana Mercedes que en las figuritas que cambiábamos. Sólo lo supimos una noche en que mi hermana dio de chillidos pues había encontrado en la sala un papelito destinado a ella que decía solamente ¿ o NO? y que estaba firmado por el gordo Battifora. Discutimos sobre el sentido del mensaje y la respuesta que debía dársele. Mi hermana, que se sentía ofendida por las pretensiones de Battifora, escribió NO con enormes letras y nos pidió que le entregásemos su mensaje al gordo. Lo hicimos al día siguiente en el colegio, durante el primer recreo. Cuando el gordo se enteró de su contenido se precipitó sobre nosotros con una gamba en el aire, sin alcanzamos, pero nos odió por el resto del año.
       Pero ahora, no por Chela Velarde ni por mi hermana Mercedes, venían al barrio el flaco García y el gordo Battifora sino por Frida. Y para llamar su atención tuvieron que plegarse al protocolo de nuestros juegos y someterse a rudas pruebas de ingenio, agilidad y destreza. Mal que bien se batieron a armas iguales jugando a las adivinanzas, a las estatuas, a la gallina ciega, a ladrones y celadores, buscando siempre la ocasión de lucirse ante Frida e ir ganando su estima. Pero la situación cambió cuando mi hermana Mercedes, que corría con la velocidad de un gamo y el aguante de un león, impuso en el barrio el juego —la competencia, más bien— de las carreras. Eran vespertinas, todos debían participar y se repartían premios. Las carreras de velocidad se hacían en la avenida Espinar sobre una distancia de cien metros y las de resistencia dando una o varias vueltas a la embajada de Brasil, que ocupaba toda una manzana.
       Estas pruebas fueron para el gordo Battifora un descalabro. En las de resistencia osó intervenir una vez, pero antes de haber cumplido la primera vuelta a la manzana estaba echando el bofe, abrazado al tronco de un eucalipto. En las de velocidad se mostró más tenaz, confiando en que una vez logrado el impulso inicial su propia masa, por inercia, lo llevaría aceleradamente hasta la victoria. Vana ilusión, pues en cada intentona no había conseguido aún impulsarse cuando ya el flaco García con sus largas calancas había cubierto la distancia y en ágil salto roto con el pecho escuálido la cinta imaginaria de la meta. Este gesto olímpico de su adversario selló en forma apoteósica la derrota del gordo y decretó su desaparición de nuestros juegos y en consecuencia la cancelación de sus pretensiones sobre Frida.
       Quedó así el terreno libre para el flaco y, con la complicidad de nosotros, se abocó a la conquista de su amada. Cuando jugábamos a ladrones y celadores le dejábamos el chance de atrapar a Frida para que tuviera así la ocasión de tocarla unos momentos. Y en el juego de las escondidas, el más propicio a sus planes, nos ocultábamos lo más lejos posible para permitir que el flaco lo hiciera junto a Frida y aprovechara esos momentos de soledad y aventura para declarársele.
       La declaración al fin se produjo una noche y fue tras el tronco del más grueso y robusto eucalipto que bordeaba la embajada de Brasil. Ambos se habían escondido al pie de ese árbol y quien debía buscarlos se dio maña para ir por otro lado a fin de dejarle tiempo al flaco. Luego supimos que cuando al fin logró hacerle la pregunta tradicional: “¿Quieres estar conmigo?” Frida no respondió ni sí ni no sino: “Le voy a preguntar a mi mamá”.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar