Julio Ramón Ribeyro
(Lima, Perú, 31 de agosto de 1929 - Lima, 4 de diciembre de 1994)


Los cautivos
Los cautivos
(no se publicó como un libro individual, pero fue publicado en 1972
como parte del segundo tomo de)
La palabra del mudo. Cuentos 1952-1972, tomo II.
(Lima: Milla Batres Editorial, 1973, 291 págs.)



      Era lo último que podía esperar: vivir en esa pensión burguesa de las afueras de Fráncfort, en ese barrio industrial rodeado de chimeneas, de tranvías y de gente atareada, madrugadora, eficiente, que ponía al descubierto con su ajetreo mi pereza y mi inutilidad. Una pensión de gente de paso, además, vendedores hanseáticos, propagandistas circunspectos de algún turbio producto, que no asomaban nunca en pijama por los corredores, incapaces de interesarse por ese pensionista exótico que erraba resbalándose por el linóleum inmaculado, inseguro de sí, pensando disparates, triste en el fondo, como un camello extraviado en el continente polar.
       La verdad es que yo no estaba ocioso. Un amigo romántico caído en el comercio me había encomendado, con la promesa de sufragar mis gastos de viaje, enterarme de los últimos procedimientos para la impresión a cuatro colores, asunto que me era completamente indiferente. Pero como mi amigo estaba al otro lado del Atlántico, yo cumplía su encargo en forma muy subjetiva, contentándome de cuando en cuando en husmear por algún establecimiento y pedir explicaciones técnicas en alemán que escuchaba con estoicismo. Alternaba este trabajo con largos paseos por la ciudad.
       El centro de Fráncfort me atrajo al comienzo, pero terminé por renunciar a él. En la mayoría de sus calles, tiendas y barcitos me tropecé con soldados norteamericanos, a los que yo reconocía así estuviesen sin uniforme por su pelo rapado, sus anchos pantalones, sus extraños zapatos-zapatillas, su manía de andar en grupos, sus cadenillas en la muñeca, su caminar desgarbado y su manera altanera, cibernética, de mirar y de ordenar.
       Por eso elegí mi barrio como lugar de mis andanzas, pero sus fábricas me arredraron. Nada es para mí más pavoroso que una fábrica. Yo las temo porque ellas me colman de ignorancia y de preguntas sin respuesta. A veces las observo interrogándome por qué han sido construidas así y no de otra manera, por qué hay una chimenea aquí, una grúa allá, un puente levadizo, un riel, un aglomerado de tuberías, de poleas, de palancas y de implementos que se mueven. Es claro que todos esos artefactos han sido construidos en función de algo preciso, pensados, diseñados, programados. Pero a su vez, para construir esos artefactos ha sido sin duda necesario construir otros antes, pues nada sale de la nada. Cada máquina, por simple que sea, requiere la existencia de otra máquina anterior que la fabricó. De este modo, una fábrica es para mí el resultado de una infinidad de fábricas anteriores, cada herramienta de una herramienta precedente, quizás cada vez más pequeñas y simples, pero cuyo encadenamiento se remonta hasta los albores de la edad industrial, más allá aún, hasta el Renacimiento, y más lejos todavía, hasta la prehistoria, de modo que encontramos al final de esta pesquisa sólo una herramienta, no creada ni inventada, pero perfecta: la mano del hombre.
       Pero este hallazgo de la mano humana en el origen de todo el milagro industrial podía regocijar mi inteligencia pero no aplacaba mi aburrimiento ni mi agobio. Fráncfort era en realidad una urbe demasiado organizada, capitalista y potente para mi gusto ancestral, catoniano, por la naturaleza.
       La naturaleza estaba sin embargo en la pensión Hartman y una mañana la descubrí. Me desperté ese día muy temprano y decidí tomar un baño. Para ello tuve que atravesar toda la pensión rumbo a la bañera. Estaba en el lado trasero del edificio que lindaba, supuse yo, con uno de esos patios sombríos, terror de los viajeros, donde languidece algún arbusto en maceta o se sacuden las alfombras. Fue al entreabrir la alta ventana para evitar que el vapor de agua caliente empañara los espejos que descubrí la naturaleza. Llegó a mí como un concierto de instrumentos extremadamente vivos y sutiles. ¿No era del más apartado boscaje que llegaba ese canto? ¿No era el rincón ameno que venía a mí a través de un trino, de un enjambre de trinos? ¿Era la voz de todas las aves del paraíso?
       Encaramándome en la bañera me asomé a la ventana y vi un espectáculo radiante: en la mañana temprana, centenares de pájaros en amplias pajareras de alambre saltaban y trinaban. La pensión Hartman tenía un enorme jardín y ese jardín estaba poblado de pajareras. Las enormes pajareras estaban distribuidas a ambos lados de un pasaje por el cual un señor en bata, corpulento y canoso, con una canasta bajo el brazo, andaba repartiendo comida a las aves. Observé el amor con que las interpelaba, las acariciaba con el dedo a través de los alambres y las alimentaba. Era en verdad una escena insólita, irreal, como la cita de un verso eglógico en el balance anual de una compañía de seguros.
       Apenas terminé de bañarme me vestí y descendí a la planta baja en busca del jardín encantado. Tuve que recorrer un largo pasillo, empujar varias puertas, atravesar la amplia cocina, el oficio y la despensa para llegar a una terraza interior que comunicaba con el paraje de los trinos.
       El hombre en bata me distinguió y quedó plantado en medio del pasaje, con su canasta en la mano, observándome. Bruscamente los pájaros dejaron de cantar.
       —¿Qué quiere usted aquí?
       —Soy un pensionista.
       El hombre avanzó hacia mí colérico y quedó apenas a un palmo de mi nariz, la que examinó como un anatomista, luego mis orejas y la forma de mi cráneo, con una desconfianza que pareció irse disipando.
       —¿Usted no es alemán?
       —Soy sudamericano.
       El hombre volvió a observar mis rasgos y su hosquedad desapareció.
       —Muy bien. Soy el señor Hartman, el dueño de la pensión. Le permito entrar aquí por ser extranjero. ¿Le interesan los pájaros?
       —Los oí cantar cuando estaba en la bañera. Y me tomé la libertad de bajar.
       —Puede mirarlos, si quiere.
       La primera pajarera a la que me acerqué era la de los canarios. Había por lo menos un centenar, con un plumaje sedalino, que iba desde el gris azulado hasta el amarillo más luminoso. Apenas distinguieron a Hartman empezaron a saltar en sus columpios y a trinar, despertando ecos en otras pajareras, inaugurando un concierto que pronto alcanzó un crescendo irresistible. Hartman intervino con una extraña y penetrante modulación, mitad silbido mitad grito, y el concierto cesó en el acto.
       —Me conocen. Son muy disciplinados. ¿Quiere ver los pájaros exóticos?
       El pasaje estaba cortado en la mitad por un corredor transversal, poblado también de pajareras. En una de ellas distinguí una paleta movediza de rojos y verdes. Era la jaula de los loros. Hartman me los nombró, me mostró la diferencia entre loros, pericos, cotorras, guacamayos, me explicó el origen y las particularidades de cada uno con una minucia y una ciencia que me pasmó.
       —¿Es usted ornitólogo? —pregunté al fin.
       El dueño sonrió y con un amplio ademán echó un poco de alpiste a la pajarera.
       —Un simple aficionado. Siempre me han gustado los pájaros, así, reunidos en sus jaulas. Son tan obedientes, tan sumisos y al fin de cuentas tan indefensos. Su vida depende enteramente de mí.

       A partir de ese día, antes de iniciar mis penosas visitas por las imprentas recogiendo datos para mi amigo, descendí dos o tres veces por semana al jardín para acompañar un rato a Hartman en su recorrido matinal. Como se avecinaba el invierno estaba preparando las pajareras para soportar el frío y la nieve. Encima de cada una de ellas había una lona encerada y plegadiza, que había comenzado a extender.
       —Algunas especies son muy frágiles. Sobre todo las que vienen de los países tórridos. Los primeros fríos las quiebran como a una brizna de paja.
       Me di cuenta que algunas pajareras tenían hasta un sistema de calefacción a base de radiadores de agua caliente.
       —Pero sus pájaros viven como príncipes.
       —¿Usted cree? Tal vez, pero como príncipes cautivos.
       Como yo lo interrogué sobre un pájaro blanco, zancudo, de alas negras y largo pico que hurgaba la tierra, me dijo:
       —Es una de mis joyas. Un ibis, viene de Egipto, le gustan las lombrices.
       —Ya sé, de él se habla en el Libro de los Muertos. Me parece que hasta en la cerámica egipcia hay dibujos de este pájaro.
       —Pero veo que usted sabe algunas cosas. Si le interesa le mostraré una de estas tardes mis libros.
       Una de esas tardes, en efecto, vino a mi cuarto. Era la hora en que los pensionistas, reunidos en la sala, esperaban la hora de la cena viendo televisión y bebiendo cerveza. Hartman traía un libro debajo del brazo. Sentándose en el borde de mi cama lo abrió y me invitó a que mirásemos juntos las láminas. Era un volumen sobre los colibríes. Hasta la hora en que la mucama tocó la puerta para que bajara al comedor estuvo explicándome las variedades de esa especie.
       —Mañana le mostraré otro —dijo.
       Vino entonces cotidianamente. Entre nosotros surgió una relación que, más que amistad, tenía que ver con la pedagogía. Tal vez Hartman descubrió en mí ciertas cualidades receptivas o al providencial depositario de su ciencia y de su pasión por los pájaros. Cada día traía un libro diferente y me iniciaba en los misterios de la ornitología. Más que su erudición, pues conocía la anatomía, las costumbres, los caprichos de cada especie, lo que me admiraba era su fervor. Hablar para él de los pájaros era como orar. Yo me sentía algo así como el discípulo medieval recibiendo por vía oral del maestro las llaves del arcano.
       Al cabo de unos días, durante los cuales, supongo, dio por terminada mi iniciación, vino a verme sin ningún libro y me dijo que podía ir a su biblioteca. Él mismo me condujo. Quedaba en el tercer piso, al fondo del edificio y era seguramente la pieza más grande de la pensión. Dos o tres mil libros colmaban las estanterías, en las paredes había grabados de aves y en una repisa toda una colección de pájaros disecados.
       —Mi vida transcurre entre el jardín y la biblioteca. Aquí no entra nadie. Pero usted puede hacerlo, cuando quiera consultar algún libro. Claro que todos son sobre el mismo tema.
       Agradecí su invitación y para satisfacerlo le pedí que me diera una pista para orientarme en ese laberinto.
       —Tengo un fichero.
       Señalaba un mueble de metal.
       Cuando me dirigía al archivador me interpeló.
       —Sé que usted es de Sudamérica, pero nunca le he preguntado de qué país. Hay tantos países por allá.
       —Del Perú.
       —¿Perú? Raro país. No sé casi nada de él. Me intereso poco por la historia. Tendré que consultar un diccionario. Pero conozco sus pájaros. El chaucato, por ejemplo, el huanchaco. Y la tuya, que canta en los altos árboles.
       Mientras yo examinaba distraídamente el fichero, Hartman extrajo de un armario un grueso volumen que hojeó con atención.
       —Perú, los incas, Pizarro, los virreyes. No se habla mucho de su país aquí, mejor dicho se habla sólo de cosas muy antiguas. A mí me interesan las más recientes. ¿Qué me puede usted decir sobre eso?
       —Lo que usted quiera.
       Hartman me observó detenidamente. Mirada glacial. Me sentí como un pájaro en su jaula.
       —Prefiero averiguarlo.
       Luego me dijo que podía escoger un libro y llevármelo a mi cuarto, pues tenía que terminar un artículo para una revista.
       Elegí un volumen sobre las calandrias y me fui.

       A la mañana siguiente recibí una carta de mi amigo y mecenas de Lima instándome a partir rápidamente para Berlín. Como los encargos que me había dado para Fráncfort los había cumplido poco y mal, decidí remediarlo y pasé esos últimos días sin pensar en Hartman y sus pájaros, en investigaciones increíblemente aburridas.
       La víspera de mi partida, antes de ir a comprar mi billete de tren, bajé al jardín para echarle una última mirada a los pájaros y despedirme de Hartman. Estaba de pie, con abrigo y sombrero, en medio del pasaje, ante la jaula de los canarios. Al verme, en lugar de avanzar hacia mí con la mano extendida como otras veces, se dio la vuelta y quedó dándome la espalda. Yo vacilé un momento. Su gesto me pareció destemplado.
       —Señor Hartman, he venido a despedirme. Mañana parto a Berlín de madrugada.
       —Tenga la bondad de retirarse.
       Su orden era tan perentoria, que me dispuse a partir, cuando lo vi voltear la cabeza. Estaba rojo, quizá por el frío aire matinal.
       —Así que del Perú, ¿no? ¿No fue el primer país de Sudamérica que le declaró la guerra a Alemania?
       Yo había olvidado ese asunto. No sólo me pareció anacrónico sino poco delicado que me lo recordara. Pero como había vuelto a darme la espalda me retiré.
       En la noche, al hacer mi equipaje, vi el libro sobre las calandrias que me había prestado. Yo no había tenido tiempo ni de hojearlo y desde el primer día había quedado abandonado en mi mesa de noche. Cogiéndolo me dirigí hacia la biblioteca. Toqué la puerta y como no me respondían la abrí. La pieza estaba vacía. Seguramente Hartman había bajado a comer en la cocina. Acercándome a su escritorio coloqué el libro encima. Vi entonces sobre el secante verde una Historia de la Segunda Guerra Mundial, entre cuyas páginas cerradas sobresalía la punta de un cartón satinado. Por curiosidad abrí el libro y se deslizó la fotografía de un oficial en uniforme, fornido, sonriente, que armado de un fusil montaba guardia delante de una alambrada, que muy bien podía corresponder a una pajarera gigante. Volteando la foto para mirar el reverso leí: Hans Hartman, 1942, Auschwitz.
       Desde el jardín llegó el canto penetrante de un tordo. Asomándome a la ventana vi al carcelero, inclinado en el anochecer ante una jaula, dialogando amorosamente con uno de sus cautivos.


(París, 1971)


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