Liliana Heker
(Buenos Aires, 1943-)
Contestador
La crueldad de la vida
(Buenos Aires: Alfaguara, 2001, 183 págs.)
Los artefactos no me son propicios. Puedo resolver con cierta elegancia
un sistema de ecuaciones con incógnitas y ni siquiera le temo al
producto vectorial, pero basta que ensaye multiplicar veintitrés por
ocho en una vulgar calculadora de bolsillo para que cifras altamente
improbables invadan la pantallita y, pese a mis intentos
desesperados, perseveren en quedarse ahí. Para decirlo de una vez
por todas, aun la más arcaica de las batidoras eléctricas tiende a
insubordinarse apenas la toco.
Pero
el contestador era otra cosa para mí. Lo creía un artefacto
benévolo, un amortiguador gentil entre el mundo exterior y yo.
Confieso que mi primer -remoto- contacto con uno de ellos no fue
amable: yo estaba llamando por teléfono a un poeta melancólico;
olvidé (o no tuve en cuenta) que además era veterinario. Luego de
unos segundos irrumpió su voz, sólo que solemne y odiosa, y dijo:
“Soy el contestador telefónico del doctor Julio César Silvain;
tiene treinta segundos para contarme su problema”.
Ahora
las cosas han cambiado. Sin que nada lo haga prever, Bach o Los
Redonditos pueden irrumpir en nuestra oreja y atenuarnos toda
angustia, y una voz amistosa o seductora, o el escueto anuncio:
“Flacos, no estoy o mezarpé; llamen después”, anticipan con
bastante aproximación qué vamos a encontrar cuando por fin nos
atienda un humano.
Conscientes
de esta cualidad anticipatoria, Ernesto y yo, apenas tuvimos un
contestador pusimos singular esmeroen la grabación. Verano porteño
fue el resultado de un análisis minucioso: yo redacté el mensaje
(distante pero cordial) y él lo leyó con voz grata.
Todo
parecía benigno. No sólo por la libertad que el contestador nos
otorgaría en el futuro y por su virtud poética —¿no hay cierta
belleza en la sucesión arbitraria de mensajes, en el contraste a
veces violento entre los tonos y los propósitos de unos y otros?-;
era benigno sobre todo por la esperanza. Sí. Aunque nunca hablábamos
de eso, nos pasaba que al regresar de un viaje o de una mera tarde
fuera de casa, apenas activábamos el playback había un suspenso, un
instante brevísimo pero embriagador en el que los dos sabíamos que
una noticia afortunada podía saltar sobre nosotros y catapultarnos a
la alegría. Cierto que muchas veces un acreedor o una madre nos
traían tristemente a la realidad, pero quién nos quitaba ese
instante privilegiado en que el mensaje era puro futuro y la
felicidad podía estar al acecho.
Hasta
que el lunes 28 de abril todo cambió. Llegamos a casa, apretamos el
playback y, como siempre, esperamos la salvación. Justo después del
mensaje de un estudioso de Texas apareció la voz. Era una voz de
mujer, sonriente y aliviada, como de quien se ha liberado de una
carga pertinaz. Decía: “Nico, habla Amanda; lo estuve pensando
todos estos meses y tenías razón: no podemos vivir separados.
Llamame”. Me inquieté; era evidente que Amanda no dudaba del amor
de Nico, ¿cuánto tardaría en deponer su orgullo y volver a llamar
(esta vez al número correcto) así se aclaraba todo? Después me
olvidé, hasta que el miércoles, mientras me estaba bañando, volví
a escuchar la voz: “Nico, habla Amanda; hace dos días que
estoy...”. Salí chorreando del baño; cuando llegué al teléfono
Amanda había cortado. El mensaje del sábado ya aportaba algunos
detalles oscuros sobre el carácter de Nico; según Amanda, él
también había hecho lo suyo para que esto terminara, ¿qué se
venía a hacer el ofendido ahora? Ernesto y yo nos miramos con
desaliento; el amor es un estado excelso e infrecuente, no podíamos
dejar que estos dos se desencontraran. Decidimos desconectar el
contestador y quedarnos en casa todo el fin de semana. Inútil:
Amanda no llamó. Dos veces, eso sí, atendí yo y me cortaron con
violencia; el mensaje del martes nos indicó que mi voz no había
hecho más que empeorar las cosas. Probó Ernesto; durante dos días
se dedicó nada más que a atender el teléfono con voz desdibujada
pero, al parecer, Amanda también le cortó a él. Creí entender la
razón: a esta altura, ella no tenía el menor interés en
facilitarle las cosas a Nico. Si estaba en casa, que se tomase el
trabajo de llamar él, qué diablos, si todavía creía que este amor
“tan exaltado por él en otros tiempos” (tonito irónico de
Amanda) seguía valiendo la pena.
El
quinto mensaje nos decidió: era desolador y vengativo. Se están
destruyendo, dijimos. Había que idear una solución. Calculamos que,
si Amanda recordaba mal el número, era probable que el teléfono de
Nico se pareciera al nuestro. Empezamos por variar un número cada
vez. Cuarenta y cinco posibilidades, y otras diez incluyendo aquellas
características que podrían confundirse con la de casa. Nos llevó
dos días.
Encontramos
a dos personas llamadas Nicolás, pero no conocían a ninguna Amanda.
En dieciocho casos nos respondió un contestador. Nos pareció que
ahí lo más sencillo sería que yo misma, imitando lo mejor que
podía la voz de Amanda, grabase el primer mensaje. Por Amanda, cada
vez más despiadada, supimos que mi mensaje no había llegado a
destino. Encaramos la variación simultánea de dos cifras. Para
ordenar el trabajo hice un cálculo previo: hay 6.075 combinaciones
posibles, sin contar las variantes por característica. A razón de
sesenta llamados por día, antes de cuatro meses terminábamos. El
amor de esos dos y la recuperación de nuestra alegría, ¿no valían
el esfuerzo? Ernesto se encargó de los humanos; yo, de grabar el
primer mensaje en los contestadores.
Todo
en vano; Amanda seguía registrando pormenores cada vez más
oprobiosos sobre los hábitos de Nico. Un día Ernesto tuvo lo que
creyó una revelación. Dijo:
—No
sé si yo hubiese contestado al primer llamado de Amanda. Al fin y al
cabo, fue ella la que lo dejó.
Me
agobió el porvenir pero tuve que darle la razón. Mientras seguíamos
avanzando con los primerizos empecé a grabar, en los contestadores
ya registrados y con odio creciente, los mensajes sucesivos de
Amanda. Mientras, su ferocidad seguía aumentando en nuestro propio
contestador. Ayer tuve un desfallecimiento. El mensaje de Amanda
aludía a un suceso particularmente repugnante de la relación entre
ellos dos.
—No
hay nada que hacer —le dije a Ernesto—; Amanda, a esta altura, ya
no podría volver con Nico. Ahora lo único que quiere es destruirlo.
Nos
miramos con fatiga. Habíamos entendido que era inútil seguir
buscando a Nico; aunque lo encontrásemos ya nada detendría los
mensajes sangrientos de Amanda. Entonces recibimos un nuevo mensaje
en el contestador. Era una voz de mujer, sonriente y aliviada. Decía:
“Nico, habla Amanda; lo estuve pensando todos estos meses y tenías
razón, no podemos vivir separados. Llamame”. No era la voz de
Amanda: la conozco demasiado bien. Era la imitación de mi propia voz
imitándola. Dios, alguien a quien yo había llamado (y cuántos
vendrían detrás) iniciaba el infructuoso trabajo de unir a Amanda y
Nico. Algo irreparable está desencadenado. Ahora, el acto de
escuchar los mensajes del contestador da miedo: ¿con cuál etapa del
odio de Amanda nos vamos a encontrar? Ya no hay paz para nosotros.
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