Liliana Heker
(Buenos Aires, 1943-)


El pequeño tesoro de cada cual
Originalmente publicado en la revista El ornitorrinco,
Núm. 12 (agosto/septiembre de 1985), págs. 7-8;
La crueldad de la vida
(Buenos Aires: Alfaguara, 2001, 183 págs.)



      La puerta cancel abriéndose apenas. Asomada en la rendija, la cara de una mujer de pelo gris. Sonreía. Inesperadamente, el dibujo de un libro fulguró en la cabeza de Ana, ¿Alicia en el país de las maravillas? Un gato sonriente que se borraba. No de golpe: se desdibujaba paso a paso, primero la cola, después el cuerpo, por fin la cabeza, hasta que sólo permanecía la sonrisa, rígida, descomunal, suspendida de la nada. Esto era lo mismo pero al revés. Como si la sonrisa hubiese estado allí antes de que la puerta se entreabriera. Esperándola.
       —¿Qué se le ofrece, señorita?
       La pregunta de la mujer, en cambio, no indicaba que la esperase. Curioso, con tanta propaganda como había habido, pero en fin. Ana adoptó, le parecía, cierta inflexión funcionaria.
       —Es por el censo nacional, señora. Yo soy la censista.
       —¡Ay, la censista! —la exclamación de la mujer fue sorprendente: una mezcla de saludo entusiasta y de lamento—. Le dije a mi hija que usted iba a venir al mediodía, pero ella...
       Dejó la frase suspendida en el aire. Esta mujer deja todo suspendido en el aire, se le ocurrió a Ana.
       —Lo siento —dijo—, una llega a la hora que puede.
       —Por supuesto, mi hijita — la mujer abrió la puerta — Pase por favor, se la va a llevar el viento con ese cuerpito.
       Así enflaquecida por la mujer, Ana notó que tenía hambre ¿O era por el olor? Olor a comida sustanciosa seduciéndola apenas dejó atrás el zaguán.
       El vestíbulo se veía impecable. Pulido piso de mosaico, carpetitas, muebles relucientes, sólo una revista de historietas abierta en el suelo parecía fuera de sitio. La mujer sacudió la cabeza cuando la notó. "Ay estos chicos", protestó con suavidad mientras la levantaba. Ana saboreó el olor a comida, más nítido ahora.
       —Ya sé que la hora es un poco incómoda —dijo—, pero son unos minutos nada más.
       —Pero no, mi querida, puede quedarse toda la tarde si gusta. Perdón, no me presenté, soy la señora de Ferrari. Pero todos me dicen Amelia nomás.
       —Y yo soy Ana ¿Puedo sentarme por acá, así hacemos esto?
       —De ninguna manera, usted viene conmigo al comedor y se acomoda como Dios manda —abrió una puerta que daba al patio—. Lo que me preocupa es que mi hija mayor se haya ido, encima el sinvergüenza de mi marido tiene que avisar justo hoy que no viene a almorzar —sonrió con ternura—. Pobrecito, él que aprovecha el feriado para adelantar trabajo y yo tratándolo de sinvergüenza.
       —La verdad que para esto no va a hacer ninguna falta su marido.
       La mujer se llevó una mano a la boca con una especie de pudor.
       —Ya sé que usted se va a burlar de mí, le digo porque tengo tres hijas, mire si no voy a saber lo que piensan las chicas hoy en día, pase por acá, pero qué quiere, una está chapada a la antigua. Para mí, el que resuelve las cosas en casa es mi marido, él me acostumbró así, qué quiere, me lleva quince años. Cuando nos casamos yo parecía la hija,así que imagínese, yo para él soy su ¡Cuidado!
       Justo a tiempo. Un segundo más y Ana habría pisado una patineta atravesada en la puerta del comedor.
       —Ay estos chicos —rezongó la mujer, como antes en el vestíbulo—. Siéntese aquí, querida, así se repone —le indicó una silla ante una mesa con mantel, llena de tazas y restos de desayuno—. Lo que pasa es que es el más chiquito, sabe, y el único varón, un rubio comprador —emitió una risita—. El mimado de la familia, se podría imaginar.
       Sé, se podía imaginar. Lo que en cambio no podía imaginarse era por qué la mujer había insistido tanto en traerla al comedor: migas por todas partes, ni un espacio como la gente para poner las planillas. La mujer pareció darse cuenta porque trajo una bandeja y empezó a vaciar la mesa.
       —No sé que va a pensar de mí —dijo; Ana miró con languidez una tostada con dulce, semicomida, que la mujer estaba levantando—. Lo que pasa es que, cuando una tiene una familia tan grande...
       Ana llenó los encabezamientos tratando de no escuchar ¿No había cierta voracidad en estas esposas que exhibían a sus maridos y a sus hijos como una pequeña obra de arte? Terminó de escribir y observó unos segundos el ajetreo de la mujer.
       —No se preocupe por la mesa, por favor ¿Le importaría mucho sentarse un momento, así terminamos de una vez con esto? Son pocas preguntas.
       —Ya estoy con usted —ahora la mujer recogía el mantel tratando de que no se cayesen las migas—. Créame, no me gusta ver todo en desorden, lo que pasa es que con la cuestión del feriado los chicos se levantaron como a las doce. Y claro, salieron a los apurones. Llevo esto a la cocina y estoy con usted.
       —Señora, por favor, todavía me queda un montón de casas para visitar y ni siquiera almorcé. ¿No podríamos de una buena vez?
       —Ay, hijita, soy una criminal. La tengo acá muerta de hambre y ni siquiera la convido con un bocado. Mire, vamos a hacer una cosa, hoy me plantaron todos con el almuerzo. Venga, venga conmigo a la cocina, usted me hace las preguntas y yo la invito a almorzar. Me va a hacer un favor, en serio, no estoy acostumbrada a comer sola.
       —Lo que pasa, señora, es que estoy cumpliendo una función —dijo Ana, y se sintió vagamente estúpida.
       —Vamos, no me va a engañar a mí que podría ser su madre. Venga conmigo a la cocina, si está muerta de hambre, a mi marido y a mis chicos les encanta comer en la cocina.
       ¿No había deseado hasta hacía unos minutos que alguien la convidara aunque fuera con una mísera galletita? Aspiró con algo de gula el olor de la comida y se puso de pie.
       La mujer caminó hasta una puerta que debía comunicar con otra habitación; la abrió y, como si hubiese visto algo inadecuado, la cerró con un portazo.
       —Dios mío, la iba a hacer pasar por los dormitorios —dijo—. No me acordaba que hoy ni tendí las camas. Venga por acá —y salió por la puerta que daba al patio.
       Ana se encogió de hombros y la siguió, qué le importaba al fin y al cabo. Los gritos lejanos de una mujer y la voz de un chico le llegaron desde atrás de la medianera. Los vecinos de al lado, pensó, a esta casa no le falta nada
       —Todo el día gritando, ya me tienen cansada —refunfuñó la mujer; miró fugazmente a Ana y dulcificó el tono—. En fin, son chicos como los míos ¿no? Lo que pasa es que una siempre ve la paja en el ojo ajeno. Vamos, entre, ésta es la cocina.
       Una gran cacerola húmeda sobre la hornalla. La mujer levantó la tapa y revolvió con una cuchara de madera. Un vapor suculento se esparció por el aire.
       —Venga, mire, digamé si me iba a plantar con toda esta comida, si alcanza para un regimiento —rió bonachonamente—. Siempre hago de más, qué quiere, si estos en cualquier momento se me aparecen con un invitado.
       Es algo así como la madre ideal, pensó Ana. Se sentó y acomodó las planillas mientras la mujer preparaba la mesa para dos y ponía la comida en una especie de sopera. Por fin trajo la sopera a la mesa y se sentó.
       —Pregunte, querida, así después comemos tranquilas.
       Empezó a llenar los platos. Ana tomó la lapicera.
       —¿Cuántas personas viven en la casa? —dijo, aunque, a esta altura, ni falta le hacía preguntarlo.
       —Nada más que nosotros —dijo la mujer con cierto orgullo—. Perdón, usted querrá saber quienes somos, esas cosas. Mi marido, mis tres hijas y el nene: el benjamín —se quedó un segundo en silencio— y yo, claro. ¿Le digo las edades?
       —No hace falta ¿Cuantos trabajan?
       —Mi marido.
       —¿El único?
       —Ah sí, él nos mantiene a todos. Bueno, mi hija, la mayor, también trabaja, es decoradora. Pero nada más que para los gustos, eh. El padre no quería pero yo estoy con la juventud moderna.
       —Sí, señora, sí. ¿Alguno va a la escuela?
       La mujer rió.
       —Qué pregunta, claro. El nene, todavía en la primaria; la menor de las chicas en cuarto año normal, y la que sigue, terminando medicina. Ésa es una luz, no es porque yo sea la madre.
       Ana miró de reojo el plato recién servido. París bien valía una misa ¿no?
       —¿Cuántas habitaciones tiene la casa?
       —¿Qué? —la mujer se puso alerta pero después se aflojó—. Ah, cinco. Cinco habitaciones
       Ana echó un vistazo al patio: no parecía muy grande. En fin. Anotó el casillero: cinco. Miró a la mujer.
       —Muy bien —tono de maestro que ha acabado de tomar la lección.
       —¿Ya está?
       Ana dejó la lapicera y corrió las planillas
       —Ya está —dijo.
       Consideró un segundo la expresión fascinada de la mujer y decidió acercarse el plato ella misma. Inesperadamente, la mujer canturreó. Ahora parecía más joven: resplandecía.
       —Así que esto era todo —murmuró como quien piensa.
       Ana comía. Delicioso realmente. Ahora sí, que la mujer hablara todo lo que quisiese. De su marido ejemplar y de sus tres jóvenes gracias, y del retozón rubio alegría de la familia. Por qué no, cada uno tiene su pequeño tesoro. Comiendo se sentía magnánima
       —¿Vio que no era para tanto? —dijo con tono juguetón.
       La mujer sacudió la cabeza. Parecía no creer del todo en los hechos prodigiosos que acababan de ocurrir. Con timidez señalo las planillas.
       —Y esto. ¿Adonde va? —dijo.
       —¿Esto? —Ana contempló con desconfianza la pila de papeles—. No sé, harán estadísticas, esas cosas.
       —Estadísticas —repitió la mujer con expresión soñadora.
       Pensándolo bien, mejor terminar el almuerzo enseguida e irse: antes de que la mujer empezara a hablar otra vez. "¡Te bajás de ahí inmediatamente", oyó. "No me bajo nada". Los vecinos de al lado, gente barullera realmente, tenía razón la mujer. "Bajate"
       —Te digo que no me bajo nada —más fuerte ahora, o más cercano—. ¡Quiero mi patineta!
       Ana miró hacia el lugar de donde venía la voz. Vio la cabeza de un chico rubio asomada sobre la medianera. "Bajate, te digo; te vas a caer"
       —Coma de una vez, se le va a enfriar la comida.
       —Quiero mi patineta —repitió el chico—. ¡Amelia!
       —Señorita Amelia —corrigió la vecina.
       —¡Señorita Amelia! —gritó el chico—. ¿Está ahí?
       Ana miró a la muejer, comía con los ojos fijos en el plato.
       —¡Señorita Amelia! —el chico distinguió a Ana en la cocina—. ¡Eh vos! —gritó—. ¿La señorita Amelia está ahí?
       Ana observó a la mujer; seguía concentrada en su plato.
       —Escucheme —dijo con rabia—, preguntan por la señorita Amelia. ¿No oyó?
       —Y a mí qué me dice —dijo la mujer—. ¿Se cree que estoy obligada a conocer a todo el barrio?
       —Sé buena —dijo el chico—. Yo se la presté porque me dijo que era para su sobrino, pero ahora mi mamá me dice que esa no tiene ni sobrinos ni nada. Vos no serás el sobrino ¿no? —se rió, encantado con su chiste; la vecina murmuró algo incomprensible—. Y ahora me bajo porque me matan; chau, si la ves a la señorita Amelia, ya sabés.
       Y como un actor que ha concluido su parte, el chico, su cabeza rubia, desapareció de la medianera.
       —¿Ya terminó?
       Ana giró la cabeza sobresaltada. De pie junto a ella estaba la mujer. La cualidad de derramarse que antes parecía rodearla como un aura había desaparecido de su cara y de su cuerpo.
       Se llevó los platos y la sopera. Con minuciosidad, con firmeza, fue arrojando la comida que quedaba en el tacho de basura.Tanto trabajo para esto, pensó Ana. Se acordó de las seis tazas sucias, se acordó de la tostada comida a medias, y tuvo ganas de escaparse corriendo de allí
       —¿Postre?
       La cara inexpresiva vuelta hacia ella. Como si ferozmente la mujer se estuviera obligando a cumplir su tarea hasta el final.
       —No gracias, tengo que irme.
       Se puso de pie y juntó sus cosas. La mujer levantó apenas el brazo.
       —¿Esto ya no...?
       Se interrumpió. Ana reparó en la mano señalando con miedo las planillas:
       —Esto queda como está —dijo en voz muy baja.
       Sólo un instante la mujer recuperó la cualidad que antes la había alumbrado.
       —Gracias— dijo el movimiento de sus labios.
       Después, en silencio, guió a Ana hasta la salida. No contestó a su saludo de despedida ni la miró. Esperó a que saliera, dio un golpe seco y, con dos vueltas de llave, cerró bien cerrada la puerta cancel.



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