Liliana Heker
(Buenos Aires, 1943-)


Delicadeza
La muerte de Dios
(Buenos Aires: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2011, 208 págs.)



      La señora Brun estaba terminando de arreglarse para ir a visitar a su amiga Silvina cuando advirtió que, por el surtidor del bidet, salía un poco de agua. Trató de cerrar bien las canillas pero no dio resultado. Las abrió a fondo para luego cerrarlas con el envión pero, por más que apretó, el chorro de agua caliente salía con tanta presión que casi llegaba al techo.
       Volvió a abrir y cerrar la canilla de agua caliente; fue inútil: el chorro seguía saliendo. El baño entero estaba mojado y lleno de vapor y ella misma estaba empapada, de modo que no le quedó más remedio que cerrar la llave de paso del agua caliente, cambiarse de ropa y ponerse a la tarea de conseguir un plomero.
       Nada fácil. El que siempre venía a su casa tenía trabajo comprometido para tres días, el del consorcio no dispondría de tiempo hasta la tarde siguiente. Por fin, un plomero cuyo teléfono le acababa de pasar el portero de al lado le dio su palabra de que iba a estar ahí en media hora.
       La señora Brun bajó a preguntarle al portero de al lado si el plomero era de confianza.
       –No lo conozco, señora –le dijo el portero–, pero hoy en día, ni en la madre de uno se puede confiar.
       No era muy alentador pero ¿qué salida le quedaba? Llamó a su amiga Silvina y le contó el contratiempo.
       –Por ahí es una cosa de nada y puedo ir más tarde –le dijo.
       Precavida, guardó bajo llave la billetera y las joyas; también llamó a su marido para contarle el incidente y avisarle que estaba por venir un plomero al que no conocía. Ante cualquier situación anómala, su marido sabría a qué atenerse.
       El plomero, un hombre enjuto de unos cincuenta años, llegó a la media hora, como había dicho. Lo que no le cayó muy bien a la señora Brun fue que viniera acompañado por otro, un muchacho grandote de pelo largo y enrulado, recogido en una cola de caballo.
       –Ay, no sabía que iba a traerse un ayudante –dijo con mucha cordialidad–. Como parece un trabajo tan sencillito…
       –Todavía no lo vimos, señora –dijo cortante el plomero.
       Parece un tipo con pocas pulgas, pensó la señora Brun. Los condujo a los dos hasta el baño y explicó el problema.
       –¿Dónde está la llave de paso? –dijo el plomero.
       –¿Necesita abrirla? –la mirada del plomero la desalentó. Se apuró a decir–: Claro, claro, no se preocupe, ahora voy.
       Fue hasta la cocina y abrió la llave de paso. Volvió y el agua salía a chorros. El ayudante manipulaba algo con una especie de llave inglesa, el plomero le daba indicaciones.
       –Ay, me está empapando todo el baño –dijo la señora Brun.
       –Es agua, señora –dijo el plomero–. Después se seca.
       Ella suspiró.
       –¿Le parece que...?
       –Ahora hay que cerrar la llave de paso –dijo el plomero.
       Ella fue corriendo, cerró la llave, y volvió.
       –Necesito un trapo –dijo el plomero.
       Fue a buscar un trapo. Cuando lo trajo, el plomero estaba trabajando.
       –Secá un poco, por favor –le dijo al ayudante–. Es el cuerito del agua caliente –le dijo a la señora Brun–, pero además está rota la transferencia. ¿Sabía que estaba rota?
       –No –dijo ella–, siempre anduvo perfectamente.
       –¿Perfectamente? –dijo el plomero–. ¿Podía pasar del surtidor central a los chorros laterales?
       –La verdad que no.
       –Entonces no andaba perfectamente. Es la transferencia.
       –¿Y va a demorar mucho el arreglo?
       –Una media hora. Lo que sí, voy a tener que probar varias veces con la llave de paso. Mejor me dice dónde está.
       A la señora Brun la insistencia del plomero le dio mala espina pero consideró preferible no contrariarlo. Con esta gente nunca se sabe, pensó que le iba a decir a su amiga Silvina cuando le contase, y lo guió hacia la cocina. Esperó. El plomero abrió la llave de paso, le gritó algo al ayudante, que le contestó, y al fin la cerró.
       –¿Lo acompaño hasta el baño? –dijo la señora Brun.
       El plomero la miró de manera inamistosa.
       –Conozco el camino –dijo.
       Ella esperó a que el hombre se alejase y fue hasta el escritorio desde donde, al menos, podía ver la puerta del baño. Tenía ganas de llamar a su amiga Silvina para contarle lo antipático que era el plomero, pero al fin decidió que lo mejor era no llamarla: con la puerta abierta los hombres la iban a escuchar y si cerraba no iba a poder vigilar la puerta del baño. No es que les esté encima, pensó que le hubiese dicho a Silvina; no me gusta eso de andar vigilando a la gente que trabaja, pero este plomero es un tipo tan raro, y encima con ese ayudante… Decime vos si el tipo tenía necesidad de traer un ayudante. Vieras qué manera de insistir en que la llave de paso la tenía que manejar él, ¿qué le iba a decir? Así que ahí lo tengo, circulando de acá para allá como Pancho por su casa.
       Fue hasta el baño.
       –Y, ¿cómo va eso? –preguntó con jovialidad.
       –Bien –dijo el plomero–, en seguida va a estar.
       –Ay, qué suerte, entonces voy a hacer a tiempo para ir a lo de mi amiga, pobre, está inmovilizada con un esguince de tobillo.
       No hubo comentarios al respecto, ni por parte del plomero ni por parte del ayudante, así que la señora Brun esperó un poco y al fin se fue al dormitorio a preparar la ropa: pensaba cambiarse en cuanto se fuera el plomero, así se iba en seguida a lo de su amiga Silvina. Sacó del alhajero los aros que se iba a poner y fue en ese momento cuando se acordó de la cadenita con la lágrima: la había dejado en el botiquín del baño. como hacía siempre antes de entrar a la ducha. Trató de serenarse: el plomero no habría tenido ningún motivo para abrir el botiquín.
       Fue hasta el baño y se quedó en la puerta; no quería parecer ansiosa.
       –Y, ¿todo bien?–dijo–, ¿ya van terminando?
       –Así es, señora –dijo el plomero.
       –¿Después ya se van a su casa a descansar?
       –Todavía no –dijo el ayudante.
       –Ay, qué trabajo ingrato –dijo la señora Brun–, siempre alguna urgencia de último momento. Si me permiten, voy a buscar una cosita.
       Entró en el baño y abrió el botiquín. Un hálito de pavor la recorrió de cuerpo entero: la lágrima no estaba.
       Sin muchas esperanzas echó un vistazo a su alrededor por si había quedado sobre el vanitory o en alguna repisa. Nada. En el piso. Nada.
       –Ay –involuntariamente exclamó.
       El plomero la miró.
       –¿Le pasa algo? –dijo.
       –No, nada, es que me acordé de una cosa –dijo, y salió del baño.
       Claro que estoy segura, pensó que le hubiese dicho a su amiga Silvina, siempre la dejo ahí antes de ducharme (por las dudas, iba registrando el alhajero, la cómoda, la mesita de luz), justamente la guardo en el botiquín para que no pueda caerse, imaginate, es un diamante de tres quilates. No, claro que no la uso para todos los días, te creés que estoy loca, con la inseguridad que hay; sólo para alguna salida especial, y siempre que vaya con Ricardo. Por eso justamente es que me la pongo cuando estoy en casa, que no hay ningún riesgo. Si no, cuándo la voy a usar. Y yo adoro esa lágrima.
       Había terminado de buscar en todos los lugares posibles y nada. Qué tenía que hacer ahora. Por supuesto no puedo plantarme ahí y decirle “usted me robó mi lágrima”, pensó que le habría dicho a su amiga Silvina. Por delicadeza, te das cuenta, vos no podés ir así como así y acusar a un tipo de ladrón si no tenés pruebas. Además tiene un carácter… Capaz que se le sube la mostaza y me da un mazazo en la cabeza. Y ahí sí que te quiero ver, escopeta. Encima son dos; conmigo desmayada en cinco minutos me desvalijan la casa y si te he visto no me acuerdo.
       La señora Brun estaba de pie en mitad del hall, preguntándose cómo debía actuar; por mucha delicadeza que tuviera, tampoco podía permitir que el plomero, así como así, se llevara su diamante. Muy probable que el tipo ni siquiera fuese un ladrón profesional: lo había visto en el botiquín, se había dado cuenta del valor que tenía, y ahí nomás lo había manoteado. En ese momento la señora Brun empezó a ver claro: lo que debía hacer era darle una oportunidad al tipo para que lo devolviera. Pegó un grito. De golpe, el plomero había aparecido ante sus ojos.
       –¡A dónde va! –le gritó.
       El hombre la miró, un poco sorprendido.
       –A abrir la llave de paso –dijo.
       –Ay, sí, claro, perdone: es que estaba pensando en otra cosa –dijo la señora Brun.
       Caminó hasta el baño repasando lo que iba a decir. El muchacho de los rulos estaba manipulando la canilla de la transferencia.
       –Abrí –se escuchó el grito del plomero desde la cocina.
       El muchacho abrió la canilla de agua caliente. Salió un razonable chorro de agua. Hizo girar la transferencia: el agua salió por abajo. Cerró: el agua dejó de salir.
       –Qué bien, eh –dijo la señora Brun. Hizo como que buscaba algo en el vanitory.
       –¿Todo en orden? –dijo el plomero, que acababa de entrar en el baño.
       –Sí –dijo el muchacho.
       –¡Ay, Dios mío! –dijo la señora Brun. El plomero y el muchacho la miraron–. Si lo dejé acá, podría jurarlo –dijo con tono de angustia; esperó que le preguntaran algo, pero no–. Es que soy tan distraída, no tengo remedio. ¿Ustedes, por casualidad, no habrán visto un colgantito sobre la mesada?
       Los dos hombres dijeron que no.
       –Ay, me quiero matar. Tenía un valor sentimental tan grande para mí. Me lo regaló mi marido cuando nos casamos, era de su madre, pobre, murió tan joven.
       –¿No lo habrá dejado en otro lado, señora? –dijo el plomero, un poco impaciente.
       –No, seguro que no.
       –Bueno, después lo busca bien –dijo el plomero–. Nosotros ya terminamos.
       Es un cínico, pensó la señora Brun que le iba a decir a su amiga Silvina, pero yo ya lo tenía todo bien pensado; la cuestión era darles la oportunidad de que lo devolvieran.
       –Dígame –dijo–, ¿no se puede haber caído por el desagüe de la pileta?
       El plomero se encogió de hombros.
       –Como poder, puede –dijo–. Depende del tamaño.
       –Era chiquito –se apuró a decir la señora Brun. Total, si el tipo lo tenía en su poder no le iba a decir, no señora, yo sé que es enorme.
       –Y, entonces puede –dijo el plomero.
       –¿Usted no sería tan amable de fijarse? Yo mientras les preparo un cafecito.
       El plomero intercambió con el ayudante una mirada que no escapó a la perspicacia de la señora Brun.
       –Con algo fresco es suficiente, señora –dijo el plomero.
       Ella se fue para la cocina. Pensó que era muy hábil de su parte dejarlos solos. Había que darles tiempo. Si no eran ladrones profesionales, capaz que se conmovían y, cuando ella volvía con los vasos, le decían: Acá lo tiene; estaba en el desagüe.
       –¿Y? –dijo cuando volvió con los vasos.
       El hombre había sacado la rejillita de la bacha.
       –Acá no se ve –dijo.
       –Pero qué contratiempo –dijo la señora Brun–. Fíjese que no puede haber desaparecido.
       El plomero la miró inamistosamente.
       –No, señora –dijo–, desaparecer no desaparece nada en este mundo.
       –Entonces en algún lado tiene que estar –dijo la señora Brun.
       –Y sí –dijo el plomero; miró la hora.
       –¿Dónde? –dijo la señora Brun–. ¿Dónde le parece que puede estar?
       –Y, si se fue con el agua capaz que está en el sifón.
       –Ay, ¿no lo puede buscar ahí?
       –¿Ahí, dónde? –dijo el plomero.
       –En el sifón.
       El plomero se encogió de hombros.
       –Poder, puedo, señora. Pero hay que sacar la pileta entera.
       –No importa –dijo la señora Brun–, no sabe lo importante que es para mí ese colgantito. Yo se lo agradecería tanto.
       –Señora, a ver si nos entendemos: usted no va a tener que agradecerme. Yo hago lo que me pida, y después le cobro. Es mi trabajo.
       –Claro, hombre, claro que es su trabajo. Faltaba más. Yo los dejo acá tranquilos. Saquen todo lo que tengan que sacar. Seguro que en el momento menos pensado me dan una buena noticia. Yo voy a andar por ahí cerca. Cualquier cosita me llaman.
       Y qué querías que hiciera, pensó que le habría dicho a su amiga Silvina, ahora que ya llegué hasta este punto, tengo que darles la última oportunidad, ¿no te parece? Encima el tipo me mira con una cara de asesino… Qué sabe una cómo reacciona esta gente.
       Caminó nerviosamente entre el escritorio y el living, escuchando los golpes. Se desvivía por entrar en el baño, pero no: tenía que darles tiempo para que lo conversasen entre ellos, capaz que recapacitaban: había leído que aun los peores criminales guardan un gramo de sentimiento.
       Cuando los golpes dejaron de oírse entró en el baño: su hermoso vanitory con tapa de mármol estaba en el suelo, y había agujeros en los azulejos.
       La señora Brun juntó las palmas como si rogara.
       –Díganme que lo encontraron –dijo.
       –Lamentablemente no, señora –dijo el plomero.
       Ella se enfureció; pensó que esto ya se estaba pasando de castaño oscuro.
       –¡Pero es imposible! –dijo con tono autoritario–. ¡Yo lo dejé acá, sobre esta mesada! ¡Revisen bien, en algún lado tiene que estar!
       –Seguro, sí, en algún lado tiene que estar –dijo con calma el plomero.
       Es un hombre perverso, pensó la señora Brun que le iba a decir a su amiga Silvina; goza atormentándome pero yo no me voy a rendir así nomás.
       –Y entonces, ¿qué solución me da? –dijo.
       El plomero, ahora sin el menor disimulo, clavó en la señora Brun una mirada fría y feroz.
       –Podemos romper el baño hasta llegar a la caja, si quiere, a ver si en algún sector del caño aparece al fin su colgantito.
       Quiere matarme, pensó la señora Brun. Me miraba con esa cara de asesino, pensó que le diría a su amiga Silvina, y yo me di cuenta de que, si llegaba a contradecirlo, me iba a matar.
       –Sí, rompa, rompa –dijo–. Si me garantiza que así va a aparecer.
       –Sí, señora, va a aparecer –dijo el plomero con ferocidad muy controlada–. Todo aparece tarde o temprano.
       La señora Brun lo miró con miedo.
       –¿Pero si tampoco entonces lo encuentran? –dijo, desesperada.
       El plomero clavó los ojos en ella.
       –Si rompemos hasta la caja y tampoco lo encontramos, ¿sabe lo que podemos hacer? –hizo una pausa. Matarla, pensó la señora Brun que iba a decir el plomero–. Vamos a seguir rompiendo hasta que lleguemos al río. Seguro que si no aparece acá, en el río va a tener que estar, ¿no le parece? Lo importante es que encontremos su colgantito.
       –El río, tiene razón, el río –dijo la señora Brun, borracha de terror–. Seguro que si no está acá, en el río va a aparecer –con disimulo se fue desplazando hacia la puerta del baño–. Rompan, por favor, rompan hasta el río. Tranquilos, eh, trabajen muy tranquilos, que yo me voy a dormir. Sírvanse lo que gusten, mi marido después les paga.
       Se encerró en el dormitorio en el momento justo en que empezaban los golpes. Se tomó una pastilla para dormir y se acostó. Apenas apoyó la cabeza se acordó de que la lágrima de diamante la había escondido ahí, debajo de la almohada, a los apurones porque el plomero había tocado el timbre justo cuando se la estaba sacando. Era un hecho que, si la lágrima estaba, su marido nunca iba a entender qué necesidad había de romper todo el baño, así que se levantó, fue hasta el balcón, y tiró la lágrima bien lejos, para que no volviera. Pensó si esto se lo contaría o no a su amiga Silvina.
       Los golpes se oían cada vez más fuertes de modo que, antes de acostarse de nuevo, se puso algodones en los oídos. Ahora sí, que rompieran todo lo que quisieran. Hasta dar con la caja, o hasta llegar al río, o hasta que, de ese mundo seguro y confortable del que había disfrutado la señora Brun, no quedara piedra sobre piedra.



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