Liliana Heker
(Buenos Aires, 1943-)


La muerte de Dios
La muerte de Dios
(Buenos Aires: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2011, 208 págs.)



Primer despertar

      El día empieza con Mariana en la oscuridad pidiéndole a Dios que llueva. Es un pedido inusual, de algún modo indigno de ella: no suele molestarlo por cuestiones climáticas y menos con requerimientos tan precisos como ése. Casi como ponerlo a prueba: una falta de respeto. Pero ocurre que ayer ha jurado entre lágrimas que, ya que no la dejan ir al pícnic de primavera al que la invitó Té Salomón, va a quedarse encerrada todo el santo día. ¡Como una ostra!, gritó al final —cosa que la dejó perpleja ya que nunca en su vida había empleado esa expresión y para colmo (advirtió a pesar de la furia) era inexacta porque lo encerrado es la perla, no la ostra—, así que ahora no puede volverse atrás. En voz muy baja (Lucía duerme en la otra cama), insiste: Diosecito de mi vida, ayudame, vos sabés que los domingos de sol me dan miedo. Lo del miedo la sobresalta: como si algo ajeno a su voluntad lo hubiese clavado en su cabeza. Por qué miedo si el sol es lo que más ama en el mundo y los domingos ¿no ha creído siempre que estaban hechos para que una fuera feliz? Hasta lo escribió en su diario. “Los domingos se hicieron para que una sea feliz”. Se acuerda muy bien de la tarde en que lo escribió: estaba triste porque llovía pero al mismo tiempo podía percibir la belleza de la lluvia, y la de su propia melancolía, y aun la del domingo con esa posibilidad que tiene de ser perfecto. ¡Es eso, lo acaba de descubrir! La razón del miedo está justamente ahí, en la posibilidad que tiene el domingo de ser perfecto. Entonces una teme que no vaya a resultar todo lo hermoso que debiera ser, y peor que eso: una sabe que, pase lo que pase, el domingo acabará desbarrancándose en el desastre. Que termine: ése es el desastre, que el día que una imaginó con tantas posibilidades esté llegando a su fin. ¿Eso será una paradoja? La clase pasada la profesora de Matemática dijo: Esto me recuerda la paradoja de Aquiles y la tortuga, y le dirigió una mirada de entendimiento, con esa semisonrisa que tiene. De Gioconda, había pensado ella el primer día de clase, y también había pensado: le encanta que la odien y desdeña a las alumnas. Pero a mí no. Ése no fue un dato proporcionado por la realidad; fue una decisión, tan férrea que ni siquiera le hizo falta pedir la ayuda de Dios para que se cumpliera: no solía perturbarlo por cuestiones que podía obtener sin ayuda y en este caso —estaba convencida— ni siquiera debía hacer algo especial para conseguirlo, apenas esperar la oportunidad.
       La oportunidad llegó a los dos meses de empezadas las clases. El teorema de Pitágoras. La profesora lo había explicado la clase anterior y nomás anotó la tesis ella experimentó cierto escepticismo —tenía sus dudas de que algo tan redondo y arbitrario pudiera probarse— de modo que siguió la demostración con el mismo interés que solía poner en una novela policial para descubrir al asesino, al punto que, en su casa, ni siquiera creyó necesario echarle un vistazo al teorema y a la otra clase, cuando la profesora la llamó al frente, no le quedó más remedio que deducirlo sobre el pizarrón (odiaba escribir en el pizarrón por esa letra suya tan espantosa pero en este caso sólo se trataba de dibujar cuadrados y triángulos y de anotar signos sueltos así que iba avanzando como si el razonamiento tuviera alas que le permitían remontarse sobre el mundo desentendida de que sus equis parecieran hormigas espasmódicas, como le diría la profesora más adelante, tus equis parecen hormigas espasmódicas, pero se lo diría con cierto tono de ternura, ¿por qué sería que los amigos de las matemáticas se amaban entre sí y se perdonaban todo?). Fue así que, gracias a Pitágoras, conquistó para siempre su corazón y este último miércoles, apenas la profesora mencionó la paradoja de Aquiles y la tortuga, le dirigió esa mirada de entendimiento. Ella le devolvió la mirada: como si hubiera un secreto entre las dos. Pero la verdad es que no sólo ignoraba que Aquiles hubiese sufrido alguna vez un percance con una tortuga: tampoco tenía una idea muy precisa de qué quería decir “paradoja”. ¿Podía considerarse una mentira? No del todo. Tenía la impresión de que alguna vez había leído algo sobre Aquiles y una tortuga y si lo había leído lo iba a volver a encontrar, siempre ocurre. Además, “paradoja” no era una palabra nueva, sólo que la había dejado pasar de largo. A veces una permite que una palabra pase de largo. Pero un día, por algún motivo, le presta atención y entonces, sin ninguna duda, termina sabiendo qué significa. O sea que, en rigor, no mintió con lo de “paradoja”, sólo se adelantó un poco a los acontecimientos. Ni siquiera tuvo que pedirle perdón a Dios por su falsedad —él no se engaña con esa idiotez de que es pecado mentir como dice la canción, coincide con ella en que hay mentiras y mentiras—. En este caso, debe tener bien claro que ella podría haber conocido no sólo el significado de “paradoja”, también la paradoja de Aquiles y la tortuga: sabe que ella conoce cosas más difíciles que ésa. Y ahora hasta puede comprobar que en la cabeza de ella algo se puso alerta desde que la profesora dijo lo que dijo, cosa de descubrir lo antes posible el significado de “paradoja” y no quedar en falta. Y sin la ayuda del diccionario. Odia los diccionarios, siempre definen algo distinto de lo que las palabras quieren decir. ¡Las palabras quieren decir! Qué frase maravillosa, recién ahora se da cuenta: quieren decir, se desviven por decir algo, van, vienen, te rondan y un buen día descubrís para siempre qué te querían decir. Ahí está el caso de “paradoja”: sin siquiera proponérselo, ella acaba de descubrir qué le quería decir y ahora ya lo sabe para siempre. El domingo es un día paradojal, piensa. Y se siente tan contenta consigo misma que el verdadero motivo de su preocupación se le ha vuelto apenas un malestar leve, difuso, a punto de borrarse del todo y dejar que se vuelva a dormir.


       Una claridad lechosa desdibuja ahora la oscuridad. ¿Se durmió? Siente una inquietud de naturaleza aún incierta. Va hacia atrás y descubre el motivo: sospecha que Dios, esta vez, no la va a ayudar, no puede haberle caído bien lo que le pidió hace un rato. En general, ella formula sus pedidos de modo que él quede en libertad de decidir sus propios caminos. Al fin y al cabo es Dios, no un mago, siempre termina ayudándola pero a su manera. Lo de la eximición, un buen ejemplo. Ella, desde mucho antes de empezar la secundaria, pidiéndole cada noche no quedarse nunca en ninguna materia. No era un beneficio inmerecido —nunca le habría pedido algo que, de algún modo, no le correspondiera—; ni siquiera lo pretendía por un interés personal. El problema era su madre que, vanidosa como era, le contaba a cualquiera que se le cruzase que Lucía Nunca Se Quedó En Ninguna Materia Y Eso Que Ni Siquiera Se La Ve Estudiar, y lo decía como si fuera una hazaña. No era una hazaña, cosas como ésa su hermana y ella podían obtenerlas sin siquiera mover un dedo. Sólo que, para que quedara demostrado, ella misma debía eximirse todos los años en todas las materias, asunto que, cuando la secundaria aún estaba lejos, le había parecido lo más fácil del mundo pero que, a medida que se acercaba, la iba llenando de terror. ¿Acaso resultaba imposible que una desgracia la hiciera quedarse en al menos una materia? Y lo terrible era que con una sola bastaba para que todo se fuese al diablo. Por eso, desde antes de terminar la primaria había incluido el tema en cada una de sus oraciones nocturnas. La construcción del pedido le había demandado tres intentos. En el primero, por desesperación, había cometido un error imperdonable. “Diosecito de mi vida (le había dicho), eximime en todas las materias”. Ridículo, ni que Dios fuera un profesor. A la noche siguiente corrigió: “Diosecito de mi vida: hacé que me exima en todas las materias”. Pero tampoco, Dios no tenía por qué hacer nada al respecto: lo de la eximición lo podía conseguir por sus propios medios, él sólo debía evitar la fatalidad. Así que la tercera vez encontró la fórmula perfecta —económica y ambigua a la vez—, que repitió textualmente cada noche durante casi un año: “Diosecito de mi vida, que me exima en todas las materias”. Pero la fatalidad mostró la hilacha: cuatro en dibujo en el primer trimestre, cuatro en dibujo en el segundo trimestre. No la salvaba ni Dios. Por respeto o por cábala siguió haciéndole el pedido en el rezo de cada noche pero el desasosiego la ahogaba: inexorablemente lo temido iba a suceder y sin embargo —sentía en el fondo de su corazón— era imposible que a ella le pasara algo así de insoportable. Y no le pasó. Cuando ya no quedaba ninguna esperanza un golpe militar destituyó a Perón, las clases terminaron de un día para el otro y se decretó la eximición con cuatro. Ahí estaba: Dios, otra vez, había elegido su propio camino. Y ahora ella ya había aprendido cómo había que arreglárselas para que el inconveniente de llevarse materias no volviera a suceder.
       Pero esta vez no le deja ni la más mínima libertad. Es como pedirle un milagro, y ella en milagros no cree.


       Aun si Mariana indagara con imparcialidad por qué los domingos de sol le dan miedo no sabría discernir si le teme más a su propio insaciable deseo de ser feliz o a la desdicha de su madre. Aunque tal vez “desdicha” no sea la palabra adecuada; más bien “descontento”. Los domingos de sol Perla está descontenta, sobre todo si le toca tener en casa a su propio padre. Cuando no es así (cuatro domingos de cada cinco). Perla y el Rubio son, al menos, libres de irse a donde quieran. (Inexacto: “a donde quieran” sería subirse a un Mercury —el Rubio al volante; Perla, elegante ropa deportiva, sentada a su lado— y rumbear hacia espacios arbolados donde las miserias cotidianas parecen no existir y todo luce radiante bajo el sol que se cuela entre las hojas). La diferencia entre Perla y el Rubio reside en que el Rubio considera las carencias del presente como una mera contingencia que no le impide disfrutar de los pequeños placeres de la vida y que un día cercano, por obra y gracia de la buena suerte, van a virar hacia una discreta opulencia y —primera consecuencia— a la posesión del Mercury: el Rubio es muy exigente en materia de autos; no aceptaría una marca de morondanga ni siquiera para soñar. En cambio Perla siente que toda persona o hecho que le impide el cumplimiento inmediato de su deseo constituye una contrariedad absoluta. Y el deseo, los domingos de sol, consiste en árboles lejanos a los que sólo se accede en el auto propio —ella de marcas no sabe nada ni le importan, eso se lo deja al Rubio que en aspectos como ése tiene todo resuelto, la prosperidad no va a tomarlo desprevenido—. Cada uno de los que rodean a Perla debe enterarse de esa contrariedad, pero sobre todo el Rubio. Anda malhumorada, con una arruga en el ceño que la afea, y consigue que Lucía y Mariana quieran con toda el alma que el domingo llegue a su fin. El Rubio no: por lo distraído tal vez, o porque no se toma demasiado en serio el mal humor de Perla. Igual que la pobreza y las malas rachas, el Rubio parece creer que el mal humor de Perla es apenas un accidente pasajero. Y en cierto modo tiene razón: en algún momento del día él logra traspasar ese mal humor con una decisión afortunada: irse los dos a una confitería con mesitas afuera desde donde se puede ver pasar la vida mientras se toma una cerveza bien fría, o llegarse en tranvía hasta algún lugar frondoso donde Perla olvidará su contrariedad —al fin y al cabo, los árboles siempre son árboles al margen del vehículo que nos ha conducido a ellos y se puede caminar a su sombra charlando sobre la gente que sabe vivir y la que no sabe vivir, incluso algunos ricachones que ellos dos conocen que no comen un huevo para no tirar la cáscara, y de las cosas fantásticas que harán ellos el día que tengan dinero—. En esos casos Mariana se quedará sola (últimamente Lucía no está nunca los domingos), lo que le encantará aunque haya sol, no sólo porque podrá hacer lo que se le dé la gana (o no hacer nada, sólo pensar, que es casi lo que más le gusta) sin ser observada, sino porque así se librará de que su madre le reproche a cada rato que no salga a divertirse con un día tan lindo del modo en que los días tan lindos se divierten las hijas de los otros. Ocurre que Perla se cree la poseedora del gusto universal (al menos Lucía y Mariana están de acuerdo en ese punto, lo cual constituye un criterio de verdad). Consecuencia: si sus hijas no hacen aquello que a ella le gustaría hacer si tuviera la suerte que ellas tienen, deben sentirse muy desdichadas. Y como la desdicha de sus hijas le resulta inaceptable, en lugar de condolerse como (según el concepto que Mariana tiene sobre las madres) haría cualquier madre normal —Ven y dime qué causas tan extrañas te arrancan esa lágrima, hijo mío— se los echa en cara como si se tratara de algo planeado por ellas nada más que para darle un disgusto.
       Caso: Domingo de sol sin abuelo. Lucía ausente. Madre y padre a punto de salir.
       Madre (tono de reproche): ¿Qué? ¿No tenés ningún programa para hoy?
       Ella (abandonando la lectura de Juan Cristóbal): ¡No tengo ni quiero tener!
       Madre: Con este sol… (como si reflexionara). Qué pecado quedarse adentro todo el día…
       Ella (gritando): ¡Pero da la casualidad de que a mí me gusta quedarme adentro todo el día! (Pausa). ¡Sola!
       Madre: Sos una ermitaña. Vos sabés que las hijas de…
       Ella (gritando más aun): ¡Basta! ¡Me importan un cuerno las hijas del mundo entero!
       Madre (dirigiéndose a padre): Mejor criar chanchos.
       Padre (distraído): Por lo menos te los comés.
       Ella (alarido del alma, silencioso).
       Cuando no hay sol (y con mayor razón si llueve) los domingos son menos amargos, y hasta pueden ser plácidos. Quedarse en casa, más que una fatalidad, parece una elección oportuna y, tal vez por eso, Perla no está de mal humor. Se queda en la cama hasta tarde y el Rubio se le aparece con el mate y con alguna delicia que compró en la panadería cuando las tres dormían —al Rubio le gusta sorprender; suele aparecerse cualquier noche con un embutido húngaro o con un jalvá lleno de nueces o con un aparatito raro que le ofrecieron en la calle y que después nunca funciona, lo que hace que las tres se maten de risa—. Y a la tarde, si por la radio pasan algún valsecito o una milonga, el Rubio saca a bailar a Perla y bailan tan bien, y parecen tan felices, que hasta a Mariana, que ahora está en contra de todo lo que hace su madre (y su padre también cuando actúan en yunta), le encanta mirarlos. Pero cualquiera de estas cosas puede ocurrir sólo si no le toca venir al abuelo. Si le toca venir (eso ocurre un domingo de cada cinco porque lo hacen rotar de hija en hija los domingos). Perla y el Rubio tienen que quedarse adentro así llueva, truene o haga sol y no hay valsecito que lo arregle. Perla anda de mal humor el día entero y se la pasa reprochándole al Rubio el que no sean ricos. No se lo dice así, Perla nunca llama al pan pan y al vino vino, lo que hace es recordarle al Rubio todas las oportunidades que ha perdido por ser tan soñador y tan veleta, si le hubiese hecho caso alguna de las veces que ella le dijo que. ¿Qué? Si lo único que Perla querría decirle al Rubio los domingos de sol en que viene el abuelo es que desearía con todo el corazón tener un auto para no estar obligada a quedarse adentro todo el día.
       ¿Y entonces qué?, piensa Mariana. Que metería al abuelo en el famoso auto y se la pasaría paseando de acá para allá como si el abuelo no existiera, total, está tan perdido que no se da cuenta de nada. Así de egoísta es su madre.
       Perla odia la vejez y las enfermedades y toda forma de fealdad y cree que, si hay sol y es domingo, la gente tiene que salir a pasear todo el día y ser feliz. No es que la lluvia arregle las cosas: el abuelo, tan tieso y hablando de gente que nadie conoce, igual la pone como loca pero, al menos, no cree indispensable salir a un lugar muy verde al que sólo se accedería en auto así que le importan en grado menor las oportunidades que el Rubio perdió por ser tan distraído. Si hay sol y viene su abuelo el domingo es un desastre. Mariana trata de irse a cualquier parte con tal de no aguantarla.
       El problema es que esta vez, aunque le toca venir al abuelo, ella no puede irse porque dos días atrás les gritó a Perla y al Rubio juntos que, ya que no la dejan ir al pícnic de primavera al que la invitó su amiga Té Salomón, se piensa quedar adentro todo el santo día porque no hay ningún otro lugar en el mundo al que quiera ir.
       —¿A quién te creerás que le estás haciendo un mal? —le dijo Perla.
       Pero ella estaba demasiado furiosa como para considerar que tal vez en este caso su madre no estaba tan equivocada.


       Para colmo los pájaros. Cantan como desquiciados y si cantan así es que ya saben que el día va a ser hermoso. El castigo de Dios. No. Lo que pasa es que no le alcanzó el tiempo para desarreglar el domingo. Eso sí es posible, pero que la castigue por tratar de no ser desdichada, no. Si una con eso no le hace daño a nadie, ¿dónde está lo malo de no sufrir? Ése es el principio de todos sus principios y Dios está totalmente de acuerdo con ella. Justamente, lo que hace que él la prefiera a ésos que se andan poniendo garbanzos en las rodillas y se clavan cuchillos como la pobre Catalina es que ella sea tan dionisíaca y epicúrea.


       A Dionisos lo conoce desde hace mucho (la vuelven loca los dioses del Olimpo con esas enredadas historias de pasión y venganza) y desde que lo conoce lo ama. En cambio a Epicuro lo encontró hace poco y por azar en un libro que le hizo llevar Té Salomón la primera vez que fueron juntas al cine.
       El episodio en sí es vergonzoso y no le gusta pensar en él. Están en la casa de Té Salomón y, luego que Té se arregla con sumo cuidado para estar (aclara) muy petitera y trata de mejorarla un poco a ella, justo antes de que salgan para el cine, le dice:
       —Ya sé lo que vamos a hacer: vamos a llevar un libro de mi mamá cada una, un libro bien grande, así hacemos pinta.
       Ella quiere morir. Sabe desde el día en que la conoció que a Té Salomón la lectura le parece una actividad extravagante pero siempre ha hecho la vista gorda en este y otros aspectos similares: quiere preservar a toda costa esta amistad, tan distinta a la que mantiene con sus amigas del alma, con quienes puede hablar sobre Sandokán, sobre los trabajos de Hércules y sobre el destino de Jean Valjean. Lo que la fascina en Té no es su facilidad para conseguir y abandonar novios ni la soltura con que se abrocha escuditos de colegios ingleses y de clubes de polo que no vio ni en foto. Lo que de verdad la fascina es que una chica con esas características tenga adoración por ella y quiera a toda costa ser su amiga. Mirá lo que conseguí, puede decirle Té cualquier día, mostrándole, prendido en el blazer, un escudo del Saint Alban School. Y ella lo mirará con expresión interesada aunque ambigua y no dirá esta boca es mía. ¿Pero que la haga coquetear con libros, y encima con libros que no leyó ni va a leer en su vida? Justo a ella, a quien los libros le brotan de las orejas y de los dientes; a ella, que respira, y traga y regurgita libros, ¿hacerle llevar uno en vano? Eso es incitarla a cometer un sacrilegio que nunca se va a perdonar. Y sin embargo, dócilmente, sigue a Té hasta un mueble en el que se ven unos platos pintados, algunas estatuillas y varios libros, casi todos muy grandes y de tapa dura, de esos que (percibe al primer vistazo). Lucía no leería jamás. Y ella tampoco. Observa en silencio cómo Té Salomón toma para sí un libro enorme titulado Las estrellas miran hacia abajo, y le extiende otro, apenas más pequeño.
       —Tomá —le dice—, Lecciones de filosofía, de García Morente. Justo para vos: con éste matás.
       Ella discretamente se acomoda el libro con el título para adentro, pero Té Salomón, del mismo modo que a veces le tira para atrás un mechón de pelo, da vuelta el libro para que se vea la tapa. Por la calle, ella camina mirando para todos lados como si llevara algo pecaminoso. En la parada del colectivo le pide a Dios no encontrarse con ningún conocido. Y Dios la ayuda, al menos hasta que llega a su casa.
       —¿De dónde sacaste ese mamotreto? —le dice Lucía.
       Ahí se da cuenta de que se olvidó de devolvérselo a Té.
       —Me lo prestó Té Salomón —dice—. Tengo que ver un tema para una clase especial.
       Tal vez para perfeccionar la mentira, o para aplacar un poco su conciencia, lo abre en cualquier parte y se pone a leer. Es entonces cuando, por primera vez, se encuentra con Epicuro. Su filosofía, expuesta en quince renglones, le da la certeza de que alguien en el mundo ha pensado lo mismo que piensa ella. Desde ese día, además de dionisíaca, se considera decididamente epicúrea.


       Le dan risa todos esos estúpidos que creen que sufrir es algo bueno y que los sacrificios inútiles hacen que Dios te perdone los pecados. ¡Por favor!, ¿acaso es un perverso para que le guste que la gente sufra? Esta última reflexión la ha tranquilizado del todo: ahora está segura de que él nunca pudo haber tomado a mal la urgencia de su pedido. Por las dudas, junta las palmas contra el pecho y apela al mal humor de su madre cuando viene el abuelo y al modo en que se suavizarían ese mal humor y, por lo tanto, su propia desdicha, en caso de que lloviera. Claro que igual estaría triste (cree necesario aclarar) pero de una manera tan poética que, en cierto modo, se sentiría feliz.
       No mientas.
       No miento. Si hay sol voy a ser desdichada, si llueve voy a ser dichosa. ¿Qué es lo mejor para mí? Ética epicúrea pura.
       ¿Y para los otros, “ética epicúrea”?
       También. Mi mamá por lo menos va a estar más contenta, y entonces todos… No quiero hacerme la buena, no lo hago por bondad, pero si todos estamos más contentos, mejor, ¿no?
       ¡Farsante! Te hacés la que no me doy cuenta de nada, soy tontita e inocente, pero sabés muy bien que tus motivos para querer que llueva no tienen nada que ver con la alegría de tu mamá. Y menos con la ética, más bien todo lo contrario.
       ¡Basta! ¡No quieras ser más que Dios, que ya me perdonó! Quiero dormir, eso es lo único que quiero ahora: quedarme dormida de una vez por todas y no despertarme hasta que el día entero haya pasado.
       ¿Por qué?
       ¿Por qué, qué? ¿Acaso tengo que buscarle una razón a todo lo que existe? A veces creo que me voy a volver loca de tanto darles vueltas a las cosas.
       Pero a este asunto no le das ninguna vuelta. ¿Sabés por qué?
       Ni sé ni me interesa.
       Porque el motivo de querer que llueva es tan infame que ni a Dios te animás a confesárselo.
       ¡Basta, por favor! ¿Por qué hay que ir siempre a los motivos de todo? Quiero que llueva y listo. Y si por la lluvia no se puede hacer el pícnic de Haedo, no es cosa mía: no puedo controlar todas las cosas que pasan en el mundo.
       Pero ahora que el pensamiento se le ha instalado con todas las letras en la cabeza ya no puede seguir eludiéndolo. Es así y no hay vuelta que darle: lo único que quiere, lo único que de verdad anhela con toda el alma, es que ocurra algo para que el pícnic de Haedo no se haga.


       Sólo se suspende por lluvia. Se lo dijo al oído en el recreo Té Salomón mientras, con discreción, le deslizaba en la mano el papel doblado con el planito. Era una mera ceremonia, o el modo de sellar un pacto secreto, porque el planito no le iba a hacer falta: se encontrarían a las diez de la mañana en Plaza Once, junto a la estatua de Rivadavia, e irían juntas en tren. Lo habían decidido así desde la primera vez que Té le habló del pícnic —en la quinta de la amiga de una prima, o de la prima de una amiga, el vínculo no estaba muy claro, y tampoco le importaba—. Cada uno debía llevar algo para comer y enseguida después de comer empezaría el baile. El novio actual de Té no podía ir pero a Té no le importaba: iba a haber unos churros bárbaros —y ponía los ojos en blanco cuando lo decía—. Ella no aprobaba demasiado esta conducta tan veleidosa; estaba segura de que el día que tuviera un novio sería porque estaba muerta de amor; él iba a ser tan lindo, tan inteligente, tan divertido y tan tierno que a ella ni se le iba a ocurrir mirar a otro, ¡quién podría hacerle sombra a un muchacho tan divino! Pero no le dijo nada porque Té era así y ella igual la amaba.
       Desde el día en que se habían hecho amigas, con ninguna de las otras era tan feliz como con ella. Había sido en un cumpleaños aburridísimo, donde un montón de chicas estúpidas bailaban unas con otras los temas de Smith y sus Pelirrojos. A ella no le divertía bailar con unas taradas así; quería irse. Pero entonces se levantó Té Salomón, a la que conocía sólo de vista del colegio, y la sacó a bailar. La fiesta se iluminó. No sólo porque las dos bailaban de lo más divertido; sobre todo porque se la pasaron burlándose todo el tiempo en voz muy baja de lo estúpidas que eran las otras.
       Las grandes amistades de Mariana siempre se habían iniciado de ese modo: haciendo un bastión entre dos contra la estupidez de alrededor, pero en los otros casos había sido un bastión en el que entraban las matemáticas, el bosque de Sherwood y el espíritu de rebeldía. Con Té Salomón no la unía nada de eso: odiaba las matemáticas, cantaba la Marcha de la Libertadora y daba la impresión de no haber leído un libro en su vida. Tenía sucesivos novios con los que se besaba en la boca, una madre que siempre parecía encantada de la vida y una hermana mayor absolutamente mediocre y un poco tonta, la persona menos parecida a su propia hermana que ella hubiera visto en su vida. Mariana tenía la sensación de que todo era fácil en la vida de Té Salomón; a su lado, la vida de ella también se volvía fácil. Adoptaba las mismas aspiraciones de Té y se esforzaba por evitar cualquier tema que pudiese perturbar la amistad entre ellas porque, en el fondo, era consciente de que esa amistad pendía de un hilo. Hablaban de escuditos, de lo flacas que se estaban poniendo, de muchachos petiteros y del amor. Durante las últimas semanas, de lo que más hablaban era del pícnic de primavera. Todo lo bello que puede suceder un domingo de octubre iba a suceder en ese pícnic. Las dos estaban seguras de que, bailando entre ese verdor, Mariana iba a encontrar, por fin, al amor de su vida. Por eso les daba terror la sola posibilidad de que ese día lloviera. Y por eso, dos días atrás, cuando Mariana llamó por teléfono a Té y le dijo que no iba a poder ir, las dos se pusieron a llorar.


       Y ahora, con cada partícula de su cuerpo sabe que si hay sol no va a resistir el conocimiento de que, en una quinta de Haedo, Té Salomón y otros a quienes imagina chispeantes (¡estás ahí, amor, entre todos ellos estás esperándome y el destino me impide llegar a vos!, piensa que tiene que escribir un poema sobre esta historia infortunada) bailan y se ríen bajo los árboles mientras ella está prisionera entre cuatro paredes sólo porque sus padres no la dejan ir a un lugar tan alejado y con gente desconocida, y ni siquiera Lucía salió en su defensa (no le gusta nada Té Salomón, ¿porque descubrió que Té ignora qué le pasó a Galileo Galilei?, ¿cree Lucía que todos tienen que tener los mismos gustos que tienen ellas dos?, ¿no sabe que hay otras cosas fantásticas en la vida?). Es tan tremendo pensar que las cosas con las que una siempre ha soñado están ocurriendo en un lugar de Haedo y que una podría estar allí pero no está, no está, no está. Si llueve, nada de esto va a ocurrir.
       O sea que querés construir tu dicha a costa del mal de otros.
       ¡No! ¡No es el mal de otros lo que quiero!
       Pero ahora sabe que sí. Quiere que llueva para que no se haga la fiesta de Haedo. Y eso es una bajeza imperdonable. No porque le importe demasiado la desdicha de otros, tiene que ser muy sincera en ese punto: que todos los invitados a Haedo, incluidos Té Salomón y el futuro gran amor de su vida, se queden en sus casas le da exactamente lo mismo; no es de las que desean el bien de todos sus semejantes porque sí nomás. Pero desearles el mal, no: eso es inaceptable. ¿Por qué? ¿Por qué desear el mal está mal y otras cosas que todo el mundo piensa que son horribles están bien? ¿Acaso ella no se pregunta a veces si de verdad quiere a su madre o si sólo la necesita? Y ése es un pensamiento tan monstruoso que, salvo a Dios, no se animaría a confesárselo a nadie. Pero ahí está: a Dios no le parece mal ese pensamiento. Al contrario: le parece mejor eso a que piense sin sentirlo esas pavadas que todos repiten como loros de que la madre es el único Dios sin ateos en la tierra y que pobre mi madre querida cuántos disgustos le daba y otras mentiras por el estilo. Las madres tienen defectos como cualquier otro mortal y creer que la propia no los tiene sólo porque es la madre de una es mentirse a sí misma. Y eso sí está mal a los ojos de Dios. ¿Por qué? ¿Por qué hay cosas que están bien y hay cosas que están mal? Que una piense cosas que nadie más en el mundo se animó a pensar, eso está bien, pero que una desee la desdicha de los otros está mal, ¿por qué? Será que los pensamientos, aun esos pensamientos que dan miedo, no le hacen daño a nadie y a una la ayudan a aprender verdades sobre el mundo y sobre sí misma, verdades tan secretas que sólo a Dios se le pueden confiar.
       Pero el deseo también es un pensamiento. Desearle el mal a otro no es más que un pensamiento.
       Cierto, pero es un pensamiento innoble.
       ¿Por qué?
       Hay un minuto de vacilación. Toda función secundaria se ha replegado en ella. Su ser está concentrado en un solo punto: ¿por qué desear el mal de otros constituye un pensamiento innoble?
       Al fin asoma una respuesta a modo de hipótesis. Porque cuando una desea el mal de otros lo que en realidad quiere es que ese mal le haga un bien a una misma. Todavía no está segura de que sea la verdad que busca. Tiene que aplicarla a un ejemplo, a ver si funciona. La colorada Natenson. Ella decididamente la odia. La colorada escribe unas composiciones melosas, llenas de palabras solemnes y de elogios a la escuela y a sus asquerosos principios, que hacen derretir a la profesora de castellano, otra imbécil que se la pasa diciendo: Vosotras, niñas, debéis hablar y comportaros con propiedad. Puaj. Dios las cría y ellas se juntan. Cada vez que hay un concurso de redacción la profesora le da el primer premio a la colorada. Y entonces, ¿qué? ¿Desear que la colorada se muera? ¿Qué le dé un patatús en la cabeza y nunca más pueda hilar dos palabras juntas? No es el camino. Ganar un concurso porque la colorada está nocaut no tiene ninguna gracia. Entonces, ¿qué? Escribir algo tan bueno que hasta la reaccionaria de castellano se quede con la boca abierta. Y si de puro imbécil no se le mueve ni un pelo, mejor: ella no necesita el premio de una reaccionaria imbécil ni que a la colorada le dé un patatús cerebral: sólo demostrarles a las dos que. ¡Ahí está la cosa, ahora sí lo ve claro!: el bien de una no puede venir del mal de otros, tiene que salir del esfuerzo propio. Ganárselo, eso. Una tiene que ganarse el bien para merecerlo. ¡Eureka! Le parece que ha comprendido algo que desde hace tiempo la venía preocupando. Eso le produce cierto alivio. Junta las palmas sobre el pecho y le anuncia a Dios que no es necesario que llueva (pedirle expresamente que no llueva le parece una exageración, un derroche de bondad, y ella no es buena, eso está claro). Pero no se siente tranquila; es consciente de que, si todo se arreglara de esta manera, la vida sería demasiado fácil: una le hace a Dios un pedido imperdonable, después se da cuenta del error y le dice: retiro el pedido, y chau pinela. No: ella tiene que pagar por su ruindad de hace un rato. Infligirse un castigo. Piensa un momento y lo decide. Une otra vez las palmas y le promete a Dios que, en pago por su bajeza de recién, va a estudiar Geografía desde la mañana, sin parar un momento. Es una promesa fuerte porque odia estudiar más que cualquier otra cosa en el mundo, y sobre todo estudiar Geografía, que no hay manera de razonarla. Pero ahí está lo bueno: el lunes hay prueba general de Geografía y la promesa la va a obligar a hacer lo que seguro que por las buenas no haría. Desde la mañana y hasta terminar con todo, redondea. Después se lleva la punta de los dedos a los labios y le tira a Dios un beso. Ahora sí se siente tranquila. Se acomoda de costado, abrazada a sí misma, y un olvido lento y mullido la va envolviendo.


Historia de Dios I

      Su verdadera relación con Dios empezó el viernes de sus ocho años en que tuvo miedo de que Lucía se hubiera muerto. Antes de ese viernes, él había consistido en un ser más bien multiforme cuyas funciones Mariana no tenía muy claras; nadie se había encargado de explicarle quién era ni qué debía hacer para contentarlo —razón probable para que, con el tiempo, entendiera que era él quien debía contentarla a ella—. En rigor, antes de que abandonara el estado de sólo-escucha para pasar al de escucha-y-leyente, Dios había sido apenas una interjección, un gemido incomprensible, un modo de saludar o un nominativo: casi lo mismo que la nada, y había tenido tantos nombres que la persona razonante y analfabeta que era ella antes de cumplir los seis años carecía de elementos para construir una ley que lo constituyera. ¿Cómo podría haber descubierto que el “si Dios quiere” que la panadera contestaba cada vez que alguien le decía “hasta mañana”, el Padre nuestro, si un pecado es el amor, para qué me has encendido de este modo el corazón que cantaba su madre mientras barría, el “oi vei” que emitía su abuela ante los hechos más diversos de la vida, y el “Mecachendié” que exclamaba su padre si se pegaba un martillazo aludían a un mismo ser? Eso para no hablar de Góteñu. Góteñu era sólo de su tía Clara, quien lo invocaba en días festivos, en el momento de saludar al agasajado. Góteñu, decía entonces su tía, que se cumplan todos tus deseos. La frase la intrigó durante mucho tiempo: tal como estaba formulada expresaba con toda claridad que los deseos a cumplirse eran los del propio Góteñu. Pero ¿por qué, si el cumpleaños era de otro? Giró mucho alrededor de este enigma y una noche descubrió que su tía Clara se había pasado la vida expresando algo distinto de lo que quería decir. ¿Porque lo que quería decir era imposible de ser expresado? ¡Eso jamás! El lenguaje era plástico y todopoderoso, sólo se trataba de ir dándole vueltas hasta que se detenía en el lugar justo. Ella le dio vueltas una noche entera (le gustaba pensar de noche, cuando todos dormían y nadie podía decirle por qué no jugaba a algo en lugar de quedarse ahí sin hacer nada; de noche podía pensar y pensar hasta que descubría la verdad de las cosas) y al fin encontró la solución. Lo que su tía Clara debía decir era: Góteñu, que se cumplan todos sus deseos, y en el momento exacto en que pronunciaba “sus” —y con muchísima rapidez— señalar al del cumpleaños. Era la fórmula perfecta pero le dio pereza explicársela a su tía Clara. Siempre le daba pereza explicarles a los adultos ciertas verdades a las que había arribado, pero faltaba mucho para que la pereza fuera un problema para ella; mucho más cercano estaba el problema de Dios.
       Góteñu todavía no lo era. Que tenía algunos poderes, era un hecho, pero ¿quién no los tenía? Su primo Coco, según el único cuento que le contaba su abuela, ante la llegada del bérale (animal o monstruo cuya idiosincrasia desconocía), podía hacerse tan pequeño como para esconderse adentro de una tetera, ¿por qué iban a llamarle la atención los servicios de Góteñu? Igual, no le tenía demasiada confianza; no lo veía capaz de hacer cumplir todos los deseos de toda la gente a la que su tía Clara le dirigía su saludo fiestero, así que nunca le prestó mucha atención y tardó bastante en descubrir que Góteñu era uno de los nombres de Dios. Porque a Dios aprendió a concebirlo en los libros, y en los libros Góteñu no estaba.


       Cuando aprendió a leer, lo primero que le llamó la atención acerca de Dios fue el hábito de la oración. Los relatos ilustrados de niños rezando la colmaron de deseo y de envidia. Ellos sólo necesitaban arrodillarse y juntar las palmas para que Dios les concediera cualquier cosa que se les antojaba.

Con Dios me acuesto,
Con Dios me levanto,
Que la Virgen Santísima
Me cubra con su manto.


recitaba todas las noches el niño Teddy junto a su camita, y ella sucumbía de añoranza. No por los dos primeros versos, de los cuales lo único que le gustaba era la repetición. Decir con Dios me acuesto, con Dios me levanto era como cantar Una linda mañana, una linda mañana, en el mes de abril, en el mes de abril. Lindo, sí, pero ¿qué significaba eso de acostarse y levantarse con Dios?; estaba segura de que era de las tantas cosas que se dicen por decir. En cambio lo de la Virgen Santísima ¡ah!, ¡eso sí que la hacía ensoñar! No tenía ninguna duda de que, si la Virgen Santísima llegara a cubrirla también a ella con su manto, podría dormir en paz sin tener que pensar y pensar todo el tiempo. A veces repetía la frase una y otra vez, como un ensalmo, que la Virgen Santísima me cubra con su manto, que la Virgen Santísima me cubra con su manto, la pronunciaba cada vez con mayor lentitud, paladeando una por una las palabras hasta conseguir imaginarse que las palabras mismas iban cayendo sobre ella igual que un manto, suavecito, protector, como debe caer el manto de una virgen, para que ella, por fin, pudiera dormir. Lástima que siempre, en mitad de la magia, se le cruzaba un pensamiento que la atrapaba, la atrapaba, y ya no conseguía dormir ni seguir concentrada en el manto de la virgen.
       Pero la oración del niño Teddy que más la hacía ensoñar era: Jesusito de mi vida, bendícenos a todos y ayúdame a ser bueno. Curioso, porque ella no tenía el más mínimo interés en que los bendijesen a todos (ni siquiera se había preguntado a quiénes abarcaría ese “todos”), y tampoco veía la gracia de que alguien la ayudara a ser buena. Por el momento no tenía muy claro en qué consistía ser malo, pero buena no quería ser, de eso estaba segura. Lo que de verdad le gustaba de esa oración era la palabra “Jesusito”, le parecía delicioso que se le pudieran pedir deseos a alguien que respondía a un nombre tan dulce. Estaba un poco confundida en cuanto a los parentescos: ¿Jesús era Dios mismo o era el hijo de Dios, como se decía en algunos cuentos? ¿Y cómo podía ser el hijo de Dios si en muchos libros decía que era hijo de la Virgen María y de un carpintero llamado José? Pero por el momento estos interrogantes no llegaban a atormentarla. En cambio estaba convencida de que no debía haber nada tan placentero como rezarle a uno con un nombre amoroso como Jesusito. Seguramente fue ese deleite temprano el que le puso su marca a aquel viernes de miedo en el que descubrió a Dios. Lo curioso es que ese día, y todos los días y noches que lo siguieron hasta el domingo en que dejó para siempre de rezar, se las arregló para conciliar su deseo de orarle a alguien de apelativo tiernísimo con un mandato recibido poco antes de su cuarto cumpleaños y cuyo sentido le costó largo tiempo entender.


       Está por cumplir cuatro años y su tío solterón le va a regalar una medalla. No sabe qué es “medalla”, sabe que no la quiere. Es la palabra la que se lo dijo, “medalla”, las palabras le dicen todo aunque no sepa qué quieren decir. Un día va a saber, es como una magia, no sabe, no sabe, y un día alguien dice la palabra y de golpe la sabe y entiende todo lo que la rodea, para adelante y también para atrás, como una lámpara que se prende y hace que una vea cosas que antes no veía. Con la medalla le pasa. Un día su mamá dice otra vez “medalla” y ella sabe muy bien qué le quiere regalar su tío solterón. No le gusta. No me gustan las medallas, dice. Pero lo dice callada. A veces dice cosas pero las dice callada porque son muy complicadas y no sabe si se las van a entender. No le gustan las medallas pero de pronto no le importa. Se acordó de que hay una medalla que tiene un hombrecito. Ésa sí le gusta. Quiere que su tío le regale la medalla del hombrecito pero para eso tiene que contárselo a los grandes y no sabe cómo. Un día viene de visita su tía Clara y trae una torta imperial de la confitería, entonces sí sabe cómo. La torta tiene arriba dos tiras de cartón para que no se pegue la crema. Agarra las tiras, rompe un poco una y a la otra le dibuja un señor. Las pone como ella vio y va hacia la mesa donde su mamá y sus tías toman té.
       —Ésta es la medalla que quiero —dice.
       La miran, parecen asustadas. La que habla es su tía Clara.
       —Vos no podés usar esa medalla —dice—. Vos sos judía.
       Un problema que escapa a toda comprensión se cierne sobre ella.


       Ser judía —irá aprendiendo— es muchas cosas a la vez, todas ilógicas. La prohibición de usar la medalla del hombrecito es sólo una. Poco después de ese episodio se entera de que tampoco podrá ir al colegio al que una vez se escapó sólo por averiguar a dónde iban las niñas del sombrerito azul que tanto anhelaba, y en el que vio unas maestras como novias negras que la estremecieron de pavor y de deseo. Otra catástrofe ocurre en su quinto día de clase. Marianita entró directo a primero superior porque sabe todo, le cuenta su mamá a cualquiera que se le cruza. Pero es mentira, no sabe todo: ignora las claves de un mundo en que los demás parecen manejarse como peces en el agua. Sólo ella boquea. Literalmente boquea: ha vomitado todas las mañanas en el momento de salir para el colegio. En su quinto día de clase, la maestra formula una orden que la deja helada: Pónganse de pie los niños que no son católicos.
       ¿Hay un aura de desconcierto a su alrededor? ¿O es sólo ella la que siente que, por primera vez, va a tener que hacer pública una situación que no termina de entender? A su derecha, se ha puesto de pie una chica muy gorda y de apellido impronunciable a quien ella considera una perfecta tarada. Eso empeora las cosas: no quiere ser parte de un clan despreciable. Con disimulo echa una mirada hacia atrás. Ve de pie junto a su banco a la chica que más le gusta: es flaca, tiene pecas en la nariz y conoce los doce trabajos de Hércules. También ve de pie a un chico que se llama Fernández. ¿Puede un judío llamarse Fernández? Empieza a sospechar que ser judío debe ser aun más complicado de lo que ella creía. Va a tener que pensar en eso. Ahora no tiene tiempo: la maestra está terminando de hacer un anuncio importante: los martes y viernes en la tercera hora los niños católicos se quedarán en el aula para la clase de Religión. Los niños no católicos se trasladarán al aula de primero inferior B para la clase de Moral.
       El martes siguiente, a la tercera hora, empieza para ella un nuevo calvario.


       Lo que más la inquieta es la indefinición, esa zona amorfa y gelatinosa a la que son arrojados los niños que no estudian Religión. La religión es algo. Mariana no conoce del todo sus reglas pero confía en su perfecta definición. En ella entran Dios, los santos, la Virgen María y el Niño Jesús. No está segura de si Dios y el Niño Jesús son la misma persona y tampoco puede establecer una relación muy clara entre el Niño Jesús (también llamado Niño Dios para complicar las cosas), que suele estar en un pesebre, sobre un jergón —cómo le gusta la palabra “jergón”; Heidi también, en la cabaña de su abuelo, duerme en un jergón—, rodeado de cabritas y de burros, y el hombre de pelo largo, siempre muy serio y a veces en la cruz de recuerdo tan doloroso para ella. Los niños que van a Religión deben aprender todas esas cosas y también la vida de los santos —nada le resulta tan tentador como las historias y la expresión “vida de santos” promete historias innumerables— y el misterioso catecismo, que estudian (fuera del colegio) los niños de siete años que van a tomar la comunión. ¡La comunión! ¡He aquí un escamoteo realmente cruel! ¿Puede existir algo más encantador que ese traje de novia con el que las niñas católicas se pasean por las calles el 8 de diciembre? Y acá se presenta otro de los enigmas que Mariana no está en condiciones de resolver: ¿es lo mismo ser católico que ser cristiano? ¿Y es lo mismo “Padre” que “Dios”? Es un hecho que el Padre Nuestro que estás en los cielos es Dios pero ¿qué tiene en común con el cura de la parroquia que, cada tanto, viene al aula a hablarles? Los niños católicos lo llaman “Padre”, ella no. ¿Y cómo debería llamarlo?: ¿Señor? De cualquier manera, el cura de la parroquia parece ignorarla. Da por hecho que en el mundo no hay otra cosa que niños católicos y los invita a la fiesta de la parroquia y les dice cómo deben comportarse para ser buenos cristianos y ganarse el cielo. Eso no la tienta de ninguna manera, le parece que el cura está diciendo una perfecta mentira: nadie es bueno del modo en que él dice que hay que serlo, ni siquiera él mismo. No le gustan los curas, parecen fallutos. A su mamá sí le gustan: dice que hablan lindo y que saben muchas cosas. Su mamá es bastante difícil de entender. Por una parte dice que es judía y por otra parte dice que le gusta cómo hablan los curas y que, cuando era soltera, para Semana Santa, se iba a escondidas al cine a ver la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Es una historia tan terrible, le dice. A su mamá le gustan todas las historias terribles, por eso canta las cosas que canta. Pero a mis hermanas no les contaba que iba a ver la Pasión y muerte (le dice): iban a pensar que soy una renegada. Aunque también le dice que ser un renegado es lo peor que una persona puede ser. No es fácil, con una persona como su mamá, saber qué es ser judío. Y con su papá menos. Nunca le explican nada. Dicen que son judíos, y que ella tiene que ir a Moral, y listo. Y ése es su calvario: la moral no es nada. Al menos, nadie sabe qué es; ni siquiera la maestra de Moral que les tocó, que en realidad no esmaestra de Moral sino de primero inferior B. Desde el primer día Mariana pensó que a esa maestra la habían puesto ahí porque a alguien tenían que poner, si no, ¿qué iban a hacer con los niños judíos y con el niño que no tiene apellido judío pero igual va a Moral? —un chico le dijo en secreto que los padres son comunistas, ella no sabe si ser comunista es bueno o malo, lo que le gusta es que el chico sea tan dulce y que conozca el cuento del Príncipe Feliz—. A las clases de Moral van niños de todos los grados y se ve bien claro que la maestra no sabe qué hacer con esa mezcolanza. A veces les lee cuentos, que son lo mejor de la moral. El sastrecillo valiente, les lee un día, y a ella le da en el centro mismo del corazón el modo en que el sastrecillo, que es pequeño y debilucho, pudo vencer al gigante nada más que con inteligencia y picardía. Pero no siempre pasan cosas tan agradables en las clases de Moral. Una vez les hacen hacer una composición sobre el ahorro. Y ella, que ama hacer composiciones casi más que cualquier otra cosa en el mundo, acerca del ahorro sólo puede mentir, de la primera a la última palabra. Y mentir de manera fea, diciendo cosas en las que otros creen pero ella no, que es la peor manera de mentir. Sobre todo cuando se hacen composiciones. No sabe por qué, pero le parece que en una composición una tiene que descubrir la verdad. Si le piden que escriba sobre la primavera, ella se pone a pensar y pensar qué es eso de la primavera, no pura florcita y puro trino, como dicen los libros de lectura: tiene que descubrir la primavera, para eso están las cosas escritas. Pero ¿qué descubrimiento se puede hacer sobre el ahorro? Por cuestiones como ésa siente que mandarla a Moral es lo mismo que tirarla a la basura. La religión es algo, pero la moral no es nada. Y a ella, las cosas que no son nada le dan asco.


       Con el tiempo aprenderá a reírse. Sentada en el banco junto a la pecosa que le gusta tanto —las dos son buenas en matemáticas, las dos hacen composiciones hermosas, las dos leen a Salgari— aprenderá que la moral es buena para reírse de los otros y no hacer nada. Nadie la calificará, nadie le exigirá ninguna cosa. Llegará a entender sin dramatismo que las clases de Moral son un mero pretexto para mantener alejados a los niños judíos de las clases de Religión. ¿Es que los judíos carecen de religión? Sus conocimientos al respecto son un poco confusos. Algunos de sus compañeros de Moral parecen saber mucho sobre el tema y es como si formaran parte de una secta, pero a ella no le gustan las sectas así que no habla con ellos del tema, y la pecosa sabe tan poco como ella acerca de la cuestión judía. ¿Qué sabe ella? Que una vez al año toda la familia se reúne a cenar en la casa de sus abuelos y festejan el Pesaj. Eso es divertido y la comida es riquísima; el único inconveniente es que, para empezar a comer, tienen que esperar a que su abuelo y el más chico de sus primos varones digan un montón de cosas que nadie entiende. Pero después comen y se ríen mucho y eso le encanta. Otra fiesta que le gusta es el Iom Kipur. Ese día, todas las hermanas de su mamá ayunan para que les perdonen sus pecados y se pasan el día entero sentadas en el shil, pero su mamá no ayuna: dice que, a ella, estar todo el día con el estómago vacío le da languidez y que si no toma unos mates a la mañana se siente mal. Lo que sí, almuerzo liviano, dice su mamá. Y en lugar de pasarse todo el día en el shil, a la tarde se pone lindísima y a ella también la pone lindísima, y entonces sí se van al shil para que todos las vean. Lucía no quiere ir así que siempre, antes de salir, se descompone y vomita. Su papá, en el Iom Kipur, come y vive como si tal cosa.
       Del Dios de los judíos nadie le habló nunca así que ella da por hecho que es un tema de la religión, y la religión es para los católicos. En un tiempo, cuando se enteró de que la tierra era redonda e imaginó al cielo como la parte superior de la esfera (que ella sólo podía ver desde abajo) veía a Dios vestido de amarillo y con un poncho de gaucho, sentado con las piernas cruzadas sobre la superficie de la esfera, pero no pensó demasiado en él ni le atribuyó más poder que el de mantenerse sentado sin caerse en un lugar tan incómodo. Su mamá siempre dice que hay un Dios, y ahí se le termina el comentario. Su papá, de Dios no habla nunca. Lucía le leyó unos poemas muy hermosos de un poeta que se llama León Felipe. A ella le gustaron mucho, sobre todo uno que dice ¡Qué lástima que yo no pueda cantar a la usanza de este tiempo lo mismo que los poetas de hoy cantan! Lucía le dijo que León Felipe es panteísta. Qué es ser panteísta, le preguntó ella. Es creer que Dios es todas las cosas, le dijo Lucía. Ella desde entonces trata de imaginar que Dios es las plantas, y los gatos, y las nubes en el cielo. Es lindo eso, le da como alegría, pero no lo entiende del todo. ¡Dios está azul!, dice otro poema lindísimo. Le encanta decir “Dios está azul”, pero nada más que eso. Ahora ya no vomita cuando va al colegio, y aprendió cómo ser buena alumna sin tomarse demasiado trabajo. No piensa en Dios. Si lo encuentra en los libros acepta con naturalidad que sus personajes amados crean en él, del mismo modo que acepta que viajen en diligencia o se lancen al abordaje con el kriss entre los dientes. Nada más que eso. Un ser impreciso y ajeno.


Segundo despertar

      —¿Ya te despertaste, Mariúshkale?
       La cabeza de su madre asomándose en la puerta y el rápido deseo de cortársela de un tajo.
       —¡Vos me despertaste! —grita.
       No es cierto: hace varios minutos que, como hipnotizada, mira las rayas de sol que se proyectan contra la pared.
       —Qué caractercito —dice su madre, con ese tono burlón que a ella la vuelve loca. Se va pero no ha cerrado la puerta, cosa que la enfurece todavía más. ¿Por qué nunca reconocerá sus errores? ¿Le resultaría tan difícil admitir que fue ella la que la despertó? No es cierto pero podría serlo. Mira hacia la cama de Lucía: ya se fue. Va a ser un día difícil: con sol, con su abuelo, y sin Lucía. ¡Madre! (canta su madre en la cocina), las tristezas me abatían y he llorado sin tu amor, cuando en las noches me hundía con insaciable dolor. Desea con toda su alma no levantarse (le está ocurriendo con frecuencia últimamente): quedarse en la cama, inmóvil, como si estuviera muerta. La vida es un pozo negro, piensa. Eso la hace sentir mejor. Se sienta en la cama: debe cumplir la promesa que le hizo a Dios. Sin trampas: en una hora a más tardar estar estudiando (promesa dentro de la promesa, formulada a sí misma sin pasar por Dios, pero ¿con la secreta esperanza de que se dé por enterado? ¿Una yapa a su favor?). Se levanta de un salto y alza la persiana. ¡Madre! No hay cariño más sublime ni más santo para mí. La luz entra como una avalancha.


       Tres horas más tarde, de espaldas a la ventana, enroscada sobre la cama de Lucía que de día es diván (hoy no: hoy sigue siendo cama, desarreglada como su hermana la dejó porque su madre dice que los domingos se hicieron para descansar así que toda la casa es un desorden), con el libro de Geografía abierto sobre un gráfico del clima en África, se esfuerza por no girar la cabeza para no ver el cielo (un rectángulo, apenas un rectángulo o más bien un trapezoide, el único sector de cielo que podría ver a menos que se parase sobre su propia cama, cuando es cama, claro, y no el mueble odioso que su madre llama “cómoda” pero qué clase de cómoda si ni siquiera cajones tiene y sólo sirve para ocultar el colchón raquítico de lo que nunca —ni siquiera ahora que sigue abierta porque es domingo y su madre— ni siquiera ahora es una cama de verdad. Pero aun si trepara, aun si su deseo de beberse la luz fuera tan grande que, incumpliendo la promesa hecha a Dios, abandonara el libro de Geografía y trepara a su cama y quedara de pie sobre el colchón con la cara a duras penas asomada sobre el vidrio esmerilado de la ventana, ¿qué alcanzaría a ver?, un pedazo de la calle Potosí, la plaza, ay, tan verde pero tan lejos, y un fragmento apenas aumentado de ese cielo que no quiere mirar), porque si la atrapa el azul ¿cobalto? —qué palabra tan azul, cobalto— se va a poner a llorar. Casi dos horas con la vista clavada en la misma página. Como las burras. No me entra, profesor, dicen las burras; leí diez veces lo de “París bien vale una misa” pero no me entra. Y ella preguntándose cómo será eso de no entender. Palabras bailando al tuntún adentro de la cabeza sin que armen nada, ninguna cosa que tenga un sentido. Ahora lo sabe: es esto. ¿Se estará volviendo idiota? Todo es posible en la viña del Señor, diría su padre, que nunca parece hacerse mucho drama por nada. Imposible, ¿puede no ser capaz de aprender algo tan estúpido como esto de los climas? “Eres una personita voluntariosa y sagaz”, repugnantemente le escribió al final de la primaria la maestra de sexto grado, que la odiaba, “y conseguirás en la vida todo lo que te propones”. La idiota esa no sabía qué clase de verdad estaba escribiendo, ¿acaso no caminó veinte kilómetros en el campamento, el verano pasado? Los pies llenos de ampollas y los acampantes cayendo uno tras otro a su alrededor pero ella firme hasta la meta. Ella y los varones más deportistas, nadie más, ¿por qué los climas de África no? Porque en esto no hay nada que vencer: sólo obedecer una orden. Una orden que, encima, no tiene el más mínimo sentido, ¿acaso este gráfico dice algo sobre el río amenazador por el que navegaron Humphrey Bogart y Katharine Hepburn o sobre la selva nocturna con la que a veces sueña, sólo iluminada por pares de ojos al acecho? África es eso. Y los leones. (Ama a los leones: hubo un tiempo en que un león la esperaba cada noche detrás de la mesa del comedor, ella se moría de miedo pero, al mismo tiempo, ¿no se sentía un poco protegida por ese león echado que respiraba suavemente?). Nada que ver con estos gráficos que, de sólo mirarlos, le dan ganas de vomitar. Odia estudiar Geografía y no puede, no puede, no puede hacer algo que odia. Conclusión: mañana, en la prueba, le va a ir mal. No soporta que le vaya mal; prefiere la muerte antes que el fracaso. Impulsivamente junta las palmas contra el pecho. Diosecito de mi vida, dice, hacé que pase algo para que mañana no tenga prueba de Geografía.
       Dios tiene que entenderlo: no es bueno para nadie que ella haga algo que carece por completo de sentido. En un día como hoy es directamente inhumano y a él los sacrificios inhumanos no le gustan. Por supuesto va a tener que pagar de algún modo por haber hecho una promesa que no puede cumplir. Debería conocerse mejor, saber de antemano cuáles son las cosas que nunca va a ser capaz de hacer. Conócete a ti mismo, alguien lo dijo. Qué buena frase. Otra que le gusta es: Pienso, luego existo. Ésa sí sabe quién la dijo: Descartes. Le encanta Descartes. Es muy cartesiana pero, sobre todo, es epicúrea: cuanto más piensa en Epicuro más se convence de que buscar el placer es el fin de todo lo que se hace, por eso ahora mismo junta las palmas sobre el pecho y le anuncia a Dios que no va a cumplir con la promesa de estudiar, por las razones que él ya sabe. Le jura que después va a pensar otra promesa que la reemplace, ahora no porque se ahoga. Le tira un beso rápido, se levanta de un salto y va hacia su propia cama.


       La luz de la mañana le enciende el corazón. De pie sobre su cama, mirando por encima del vidrio esmerilado, lo piensa así, con esas palabras: La luz de la mañana me enciende el corazón. Las cosas sólo le pasan de verdad cuando las pone en palabras, ¿qué quedaría de este domingo de octubre si no pudiera armarlo con luz, mañana, corazón, enciende? La alegría está hecha de palabras, piensa. No, no es del todo así, ¿acaso ella no la siente en este mismo momento como un millón de burbujas bailándole dentro del cuerpo?, pero las palabras agrandan la alegría, la vuelven sólida, eso, la hacen existir igual que existe una manzana, a la que una le mira su perfecta forma de manzana, y la acaricia contra la mejilla, y la muerde, ¿y la tristeza?, esta mañana, cuando se despertó y vio que Lucía ya se había ido, ¿no se le cruzó “La vida es un pozo negro”? Y ahí nomás se sintió aliviada. Entonces resulta que las palabras agrandan la alegría y achican la tristeza, ¿será siempre así? Si se cumple en todos los casos es una ley, el novio de Lucía se lo dijo. Si pasa una sola vez, es una ocurrencia. Puede haber muchas ocurrencias iguales pero eso tampoco es una ley, para que haya ley la ocurrencia tiene que pasar siempre bajo las mismas condiciones. Es fantástico pensar en esas cosas, una revisa todo lo que sucede y se da cuenta de cuándo hay una ley y cuándo… Pero ahora no, por favor, ¿cómo vino a parar acá? Debe mirar el cielo, dejarse atrapar por esa luz interminable del cielo y por el verde de los árboles allá lejos hasta que le entre por la piel toda la alegría de la mañana. Dios está azul, piensa. Esta frase no la inventó ella, hay un poema que lo dice. Dios está azul, la flauta y el tambor anuncian ya la cruz de primavera. Vivan las rosas, las rosas del amor, entre el verdor con sol de la pradera. A veces los poemas dicen frases tan verdaderas que es como si las hubiera inventado una, están todas en la cabeza y aparecen sin querer, igual que los pensamientos. La vida es un pozo negro también. Es de Lorca pero apareció en su cabeza en el momento en que más ganas tenía de ponerse a llorar. ¿Vu is Féigale?
       De un salto baja al suelo. La puerta de su pieza está abierta y un bastón negro apunta hacia la cama de Lucía. Sosteniéndolo, muy flaco e increíblemente erguido, está su abuelo, que parece buscar algo con ese ojo de vidrio que a ella siempre le dio un poco de impresión.
       —¡Papá! —el grito de su madre, que se acerca—. ¡A dónde vas!
       —¿Vu is Féigale? —vuelve a decir el abuelo, y avanza muy despacio, tanteando los objetos con el bastón.
       —Vamos, papá —su madre ha entrado y lo toma de un brazo—. Mariana tiene que estudiar.
       El abuelo parece haberla descubierto. Hay cierta alegría en su único ojo vivo.
       —¡Féigale! —dice—, ¿du host zij farloirn?
       Ella mira a su madre con terror.
       —¿Qué me está diciendo?
       —Si te habías perdido. Se cree que sos Féigale.
       —¿Y quién es Féigale?
       —Una hermanita que él tenía. Creo que murió de tifus a los trece años allá en Rusia. Ni alcanzó a venir.
       —Parece que eso te diera asco.
       —¿Vu du host zij bahaltn, Féigale? —dice su abuelo.
       —Qué cosa me da asco —dice su madre—. No vivís más que para criticarme.
       —Que se haya muerto antes de venir a la Argentina.
       —¿Cómo me va a dar asco una cosa así? ¿Te creés que estoy loca?
       —No sé, lo dijiste como si fuera un defecto. Si no vino a la Argentina, bien muerta está —fugazmente piensa que eso también lo sacó de una frase de Lorca: Ya que no puedes convertirte en paloma, bien muerta estás. Maravillosa.
       —¿Y qué querés? ¿Que me ponga a llorar? Ay, pobrecita, se murió de tifus. Mirá si yo me pusiera a llorar por todos los desgraciados que se murieron ahí en Rusia.
       —Bueno, ésa no es todos. Era tu tía.
       —De qué tía me estás hablando. Si ni sé cómo se llamaba.
       —Féigale.
       —Féigale, Féigale, te busqué in ale platzn —dice el abuelo.
       —¿Quién te dijo que se llamaba Féigale? —dice su madre.
       —¡Vos! —grita ella—. ¡Acabás de decírmelo!
       —Es que entre vos y tu abuelo me van a volver loca del todo. ¡Papá!, ¿vas a venir conmigo de una buena vez?
       —Podrías tratarlo un poco mejor. Es tu padre.
       —Mirá quién habla. Ojalá vos trataras a tu padre como yo trato al mío.
       —¡Yo! —ella se lleva una mano al pecho; siente una furia incontenible—. ¿Qué disparate me estás diciendo? Si yo a papá lo trato con todo el amor del mundo.
       Hay un silencio raro, como de alguien que va cayendo muy suavemente en un pozo.
       Su madre ahora habla en voz baja; parece dolida.
       —Sí —dice—. Vos solamente me tratás mal a mí.
       Ella está a punto de decir algo tierno. De pronto la ha invadido el recuerdo de ese cuerpo acogedor, siempre dispuesto, en el que se acomodaba entera, como en un refugio. Es un sentimiento parecido a la nostalgia, o a la culpa, que por un segundo la ablanda.
       Su madre está en silencio, como esperando algo que no sucede. Por fin dice:
       —Pensar que de chica eras tan cariñosa. ¿Qué te pasó?
       Crecí, piensa ella.
       —No seas dramática, mamá —dice.
       —No, si me voy a poner a saltar en una pata para divertirte a vos —dice su madre.
       —¿Pata? —dice el abuelo—. ¿Kachke? ¿Vu is do kachkes?
       Su madre resopla.
       —Vamos, papá —dice—, ¿qué te sentaste ahora? —la mira a ella—. ¿Qué? ¿Te pensás quedar todo el día adentro como una ermitaña?
       Ella la mira con rencor.
       —Ya te dije que tengo que estudiar —dice.
       —¡Pero todo el día! ¡Con este sol!
       —Kachke —dice el abuelo—. Ij vil esn kachke.
       —¿Por qué tenés que ser distinta a todas las madres del mundo? Las otras madres se desesperan si sus hijos no estudian, no porque estudian.
       —Mis hijas no necesitan estudiar —dice su madre, con soberbia.
       —No, somos perfectas —dice ella.
       —Para perfectas les falta una sota —dice su madre—. Vení, papá, ¿qué te sentaste ahora? ¿No ves que Mariana tiene que estudiar?
       —Quiero comer kashke —dice el abuelo.
       —Está bien, kashke —dice la madre; tiene la arruga de amargura en el ceño; ella odia esa arruga—. Ahora vení conmigo de una vez.
       —A mí no me molesta para nada —dice ella—. Si tiene ganas de quedarse…
       Su madre emite una especie de bufido.
       —A vos sí que no hay tranvía que te venga bien —dice.
       —Mirá quién habla —dice ella.
       Pero su madre ya no está en la pieza.
       —Mome —dice el abuelo—, ¿emes veln mir esn kachke?
       —No te entiendo, abuelo.
       El abuelo la mira. Su ojo vivo parece emocionado.
       —Féigale —dice—, ¿vu host du zij bahaltn?
       —No soy Féigale, abuelo, soy tu nieta, ¿no podés hablarme en castellano?
       —Claro que puedo —sorpresivamente dice con vivacidad el abuelo.
       Está sentado en la cama de Lucía y ha erguido el torso, lleno de dignidad.
       Ella se sienta en la silla, frente a él. Piensa que sabe muy poco sobre este hombre tan viejo que siempre andaba por su casa como una sombra, altivo y silencioso. En la familia de su madre sólo se cuentan historias de mujeres. De él apenas le han dicho que una vez fue un chico que vino de Rusia a un campo de Entre Ríos (¿se animaría ella, que se cree tan valiente, a llegar a una tierra lejanísima de la que no sabe nada?) y que siempre fue pobre. Según su madre, el único de los que llegaron en ese primer barco de judíos que no se enriqueció: demasiado honesto para dedicarse a los negocios, agrega con cierta pena. Pobre su madre, al fin de cuentas, rodeada de hombres que no sirven para hacer dinero, ella que siempre ambicionó ser una muchacha con ropa deportiva que porta una raqueta de tenis. Mira a su abuelo como si lo viera por primera vez: capaz que él también fue un soñador y, en esa casa llena de mujeres barulleras, no tenía a quién contarle sus sueños.
       —Zeide, zeide —dice de pronto—, qué solos estamos en España.
       Él inclina mucho el cuerpo, estira una mano temblorosa, y le toca la cara.
       —Sheine méidale —le dice.
       Ella de pronto siente un amor infinito por este viejo que siempre le fue extraño. Sheine méidale. ¿A quién se lo dijo? Trata de pensar cómo serán ochenta y tres años de vida dando vueltas sin ton ni son adentro de una cabeza. No puede. Sobre todo, no puede imaginar la confusión: ochenta y tres años de sucesos todos mezclados que se van disparando cuando se les ocurre. Ahora él está llevando a cabo con mucho trabajo una acción incomprensible: con sus dedos agarrotados se está desanudando los cordones de un botín. Ella piensa en el chico que vino de Rusia a una tierra desconocida. ¿Acaso su hazaña no es tan admirable como la de la amada Praskovia? Y resulta que ese chico tan osado es nada menos que su abuelo. La invade un orgullo que la embriaga, acaba de decidir que lo va a ir a visitar muchas veces y que con paciencia y muchas caricias, poco a poco, va a ir consiguiendo que él le hable de todas las cosas que se tuvo que guardar en tantos años. Capaz que descubre que, al fin de cuentas, se parece a su abuelo. ¿Pero cuál va a ser su hazaña? ¿Qué quiere realmente ella?


       Más que ninguna otra cosa, quiere ser como Juan Cristóbal, que puede expresar con su música eso poderoso y arrollador que es la vida. Pero no tiene el más mínimo talento para la música. Para lo único que tiene talento es para las sumas algebraicas, eso sí le sale fácil, pero matemática no le interesa ser, eso lo tiene claro, ¿cómo podría comunicar el torrente que la arrasa día y noche si fuera matemática? En Vida maravillosa de niños célebres el único matemático era Pascal, pero a ella ni siquiera cuando estaba leyendo el libro la tentó ser como Pascal. Le gustaba sobre todo Mozart, porque todo le salía fácil y era admirado por príncipes y emperatrices, pero también la cautivaba Metastasio, el trovadorcito de Roma, y Kaspar Hauser, el huérfano de Europa, y Pico de la Mirándola, el genio humillado, y Canova, el pequeño picapedrero. Tenían genio y tenían una vida tremenda, todo lo que ella añora. Se hundió en cada una de esas historias como en un destino pero enseguida se le presentó un problema: salvo dos, todos los niños célebres eran varones y ella, aun para soñar, tenía cierta tendencia al realismo: no encontraba ningún inconveniente en verse mimada por diversos reyes pero de ninguna manera podía imaginarse siendo un varón. Así, sus posibilidades de celebridad se limitaban a Elizabeth Barrett, la niña inspirada, y a Praskovia, la niña valiente. El destino de Elizabeth le resultaba aburridísimo: tenía un padre muy amable y educado que la alentaba en todo y una mansión en la que todos parecían estar a su servicio; Elizabeth se la pasaba el día entero con un vestido muy armado e insulso, escribiendo ante la mirada vigilante de su padre y de una vieja con cofia (así, al menos, aparecía en la ilustración). Ella pensó que moriría si tuviera que llevar una vida tan quieta. Así que eligió a Praskovia, que tiene a sus padres injustamente presos en Siberia y va a pie desde Siberia hasta San Petersburgo para pedirle al Zar de todas las Rusias que libere a sus padres. Durante mucho tiempo se la pasó recorriendo Rusia, y le ocurrían cosas tan extraordinarias en el camino que en el colegio y en su casa siempre estaba distraída, sin la menor intención de abandonar la estepa. En ese tiempo, se acuerda, fue feliz siendo Praskovia pero ahora sabe que esa ilusión no tiene ningún asidero. Cierto que sus padres no son cultos y ricos como el padre de Elizabeth pero tampoco tienen la pasta de los que podrían ir presos. Es una lástima porque ella necesita aventuras. Lucía no. Es raro: con lo inteligente que es, dice que lo que más quiere es lo que dice el título de la canción Denme una vida sencilla. Ella no quiere una vida sencilla. Comerse el mundo, eso es lo que quiere. Tiene hambre de todo.


       Un golpe en el suelo la sobresalta. El botín de su abuelo. Con horror comprueba que por fin consiguió sacárselo. Para qué, qué deseos se mueven adentro de esa cabeza de ochenta y tres años. Cuando su madre lo vea le va a dar un ataque. Encima esto (va a decir), tener que ponerle el zapato. ¿Y ahora qué está haciendo? Por Dios, se está sacando la media. ¿Debería impedírselo? Jamás. Este hombre es su abuelo y tiene una historia; lo que ha decidido hacer es sagrado, nadie debe impedirle que lo haga. Busca algo en la media, lo está sacando. Un papel muy doblado que ahora sostiene en su mano temblorosa. Sheine méidale, dice, y se lo extiende. Ella lo mira, como hipnotizada. Es un billete. Un billete de diez pesos. ¿Cómo hizo para guardarlo? Trata de imaginarlo robándole ese billete a su tía, escondiéndolo con sumo cuidado y luego, sigilosamente, sacándose y poniéndose zapato y media. Para qué. Qué guarda en su cabeza este hombre que parece tan perdido.
       —No, abuelo —dice—. Gracias.
       Él insiste.
       —No, abuelo. Es tuyo. Gracias.
       No puede sacar la vista de esa mano temblorosa, que sigue extendida. Él, muy agitado, dice algo en ídish. Se está enojando. Quería hacerle un homenaje y ella lo rechaza, ¿cómo se atreve a un desaire así? Algo como eso cree ella que le está diciendo. Ahora grita: parece decepcionado y furioso. El último esfuerzo por ser una persona, piensa ella: no puede dejar que esto se derrumbe. En cualquier momento su abuelo va a retirar la mano y todo este esfuerzo se habrá perdido en la noche de su cabeza. Además, es un hecho que nunca más va a poder usar esa plata, ¿cómo podría si ni al baño va solo? Apenas su tía, antes de acostarlo, le saque los botines, todo habrá terminado. Diosecito de mi vida, dice, esto es un mensaje, ¿no es cierto?
       Con cierta vacilación extiende el brazo.
       Y tal vez sea el recuerdo reciente de Praskovia, o el huracán que viene despertando en ella Juan Cristóbal, o el haber entendido que si el adolescente que una vez fue este viejo ha cruzado el océano y se vino a esta tierra extraña nada es imposible. Lo cierto es que ahora, poderosamente, cree saber que todo lo que desea puede ser conseguido por ella. Y lo que en este momento desea, en cuerpo y alma, es ir a la quinta de Haedo. Tiene piernas y tiene cabeza. Y tiene este billete que —sabe por qué— le dio su abuelo. Mira hacia la ventana, el cielo es una gloria interminable. Diosecito, murmura, vos sabías desde el principio que yo lo iba a hacer.
       Se siente perdonada.
       —Gracias, abuelo —dice. Sin palabras, agrega—: Gracias, Diosecito. —Le parece que él sonríe.


Historia de Dios II

      Pero un viernes de sus ocho años ese ser impreciso y ajeno que hasta entonces había sido Dios cambia bruscamente su naturaleza. Visto a la distancia, el incidente que provoca el cambio parece trivial. A Mariana misma, años después, le va a costar entender la intensidad de su desesperación ese mediodía. En primer lugar, tendrá que hacer un esfuerzo para revivir el aislamiento que entrañaba no tener teléfono (el teléfono es un bien largamente anhelado y muy difícil de obtener: a la casa de Mariana va a llegar cuando ella tenga diez años y a partir de entonces el mundo se le abrirá en un sinfín de caminos hacia el exterior; por el momento, sus únicos escapes dentro de la casa están en los libros y en las historias que inventa). En segundo lugar, tendrá que recordar cómo era amar sin condiciones, fervorosamente, del modo en que ella —en los tiempos de ese viernes de julio— ama a Lucía.
       Atraviesa una etapa dichosa porque hay vacaciones de invierno. Afuera hace frío y adentro todo es abrigo y libertad. “Días cálidos”, así los bautizó hace poco. Hoy es un día cálido, dijo, y Lucía se rió porque afuera diluviaba y hacía un frío de los mil demonios, pero entendió muy bien lo que ella había querido decir: refugio, esa palabra hermosa, había que-rido decir; cómo la casa era un refugio en el que uno se podía proteger de las inclemencias de afuera, qué prodigiosas estas paredes y este techo que lo guarecían a uno de la intemperie, qué alegría tan grande estar adentro, abrigados, cuando afuera todo es frío y desolación. Eso había querido decir con día cálido, y Lucía era la única persona en el mundo que podía entenderlo sin que ella tuviera que explicárselo. Claro que la vida tiene que marchar a la perfección para que ella tenga una sensación tan grata, y hoy ocurre este prodigio porque a la llovizna y al frío se les suma el placer sin par de las vacaciones de invierno. Sucede que, aunque todavía no le interese reflexionar sobre el tema, ya muestra una marcada inclinación al ocio y un rechazo casi repulsivo por cualquier tarea obligada, y si aun en tiempos de colegio da rienda suelta a su índole perezosa y en lugar de hacer los deberes se la pasa leyendo o ensoñando, lo que no sabe evitar es que la conciencia-delo-no-cumplido le provoque un malestar entre el estómago y el pecho, ligero al principio pero que se va acentuando a medida que la noche se acerca. Consecuencias: a la mañana, antes de que salga para el colegio, pueden ocurrir dos cosas; una, que ella, presa de la desesperación, confiese que no ha hecho los deberes, acto que no le dejará otra salida que ponerse a hacerlos a los apurones, maldiciéndose por esta pereza suya y pensando cuánto más grato y menos susceptible de errores habría sido hacerlos con todo el tiempo del mundo; otra, que por el asco que le provocan la confesión y su secuela inevitable decida no decir nada, no hacer nada, y sufrir estoicamente el castigo: una nota en rojo en el cuaderno de clase, ya que (piensa esas mañanas) ¿qué significa una nota en rojo por un motivo tan insignificante como “no hizo los deberes” comparado con las horas placenteras que ella ha pasado en su casa? Una u otra contingencia puede suceder por las mañanas antes de ir al colegio. Lo que en todos los casos ocurre es la angustia de la noche anterior, el miedo a lo-que-va-a-pasar, magnificado por la oscuridad, ay, que hace crecer cada miedo hasta el horror, ¿por qué este insomnio desde que se recuerda?, ¿por qué esta imposibilidad de dormir ocho horas como recomiendan los libros de lectura, que siempre saben cómo es y qué debe hacer el niño bueno y obediente? A la noche ella paga por ser perezosa, se atormenta y se odia por ser como es. Igual, con la luz del día la pereza vuelve y ella la disfruta más que ninguna otra cosa en el mundo.
       Pero en tiempo de vacaciones el ocio es una fiesta inagotable como el mar. Una puede pasarse el día entero haciendo lo que quiere, o no haciendo nada, y a la noche serán las historias que inventa y no el miedo al día siguiente lo que le impedirá dormir. Y mejor todavía en las vacaciones de invierno, que son como un tiempo robado a la escuela. Este viernes es especialmente dichoso por la lluvia. Su papá, como todos los días, le trajo el café con leche a la cama, pero esta vez ella no tuvo que tomarlo en la oscuridad para no despertar a Lucía porque hoy Lucía tiene que levantarse temprano: va a ir a la peluquería a cortarse el pelo y después va a ir al teatro a sacar entradas para que su mamá y su papá, mañana, vean Panorama desde el puente, una obra muy famosa que todo el mundo quiere ver. Es muy divertido cuando toman juntas el café con leche porque se la pasan diciendo pavadas que sólo ellas dos entienden y todavía más divertido es no tener que vestirse en medio del frío para ir al colegio. Se queda en la cama sin hacer nada y se levanta más tarde que todo el mundo. Es dichosa. Escucha a su mamá cantando mientras limpia la casa. Es lo que más le gusta de ella: que cante y que le cuente historias. Igual, si hay algo que no querría cuando sea grande es ser como su mamá. Lo que quiere es ser valiente y famosa y tener muchos amantes capaces de hacer cualquier cosa por ella. Su mamá tiene canciones sobre amantes desgraciados, y sobre niños pordioseros, y sobre muertos en la guerra, y sobre tuberculosas. A ella le encantan pero si está con Lucía las dos se matan de la risa de lo dramáticas que son esas canciones. Ahora está cantando una sobre una cieguita de nacimiento que al final se muere. Es muy triste pero a ella le gusta mucho porque tiene historia. Y como Lucía no está, puede pensar en la canción lo más tranquila y hasta llorar un poco con ese final tan tremendo. Le encanta llorar. Lucía dice que es una llorona: no entiende lo fantástico que es inventarse historias trágicas. Ella siempre es la protagonista y a veces tiene un destino muy desgraciado, por eso llora. Ciega no le gusta ser, y tuberculosa tampoco, así que a eso no juega. Pero amante sí, y huérfana también, es tan tremendo pensar que su papá y su mamá están muertos y ella se queda a la intemperie, pidiendo limosna en el quicio de una puerta. Lucía nunca aparece en estos pensamientos, no se imagina pidiendo limosna al lado de Lucía, seguro que la criticaría por algo y ella se perdería todo el placer de pedir limosna. A veces está lo más bien sin Lucía. Hoy está lo más bien. Después que su mamá limpia la pieza de ellas, se queda todo el tiempo tirada en el sillón que de noche es cama leyendo La pequeña Delarah, que es la historia de una niña griega y una niña turca (los griegos son sabios y estoicos, los turcos son sensuales, lo aprendió en el libro), y de a ratos deja de leer y juega a que es una niña griega. Cuando juega con la cabeza tiene que caminar pero si está Lucía no puede, primero porque la habitación es muy chica y segundo porque Lucía le dice que ella está loca: Lucía no acepta nada que le parezca que no tiene sentido: le importa muy poco que a los otros de cualquier modo les guste hacerlo. Pero ahora puede caminar todo lo que se le antoja porque a su mamá esas cosas no le importan. Debe ser porque también es un poco loca. Se entienden lo más bien su mamá y ella, siempre se están mimando una a la otra y, si su papá se va de viaje, ella se acuesta en la cama grande, la abraza y duerme toda la noche.
       La mañana se le pasa tan volando que cuando se quiere acordar ya vino su papá a almorzar. La que no vino es Lucía. Su papá está apurado porque se tiene que ir otra vez a trabajar pero su mamá dice que mejor esperar un poco: Lucía nunca llega tarde. Pasa el tiempo y Lucía no viene. A su papá se le hace muy tarde. Mejor comemos, dice su mamá, y se sientan a la mesa pero nadie tiene muchas ganas de comer. Cuando se oye el ascensor todos dejan de comer y escuchan. Cuentan los pisos; nunca llega al cuarto. Vuelven a comer pero cada vez con menos ganas. Una sola vez el ascensor llega al cuarto, escuchan que la puerta se abre y se cierra. Ahora va a silbar, piensa Mariana. A veces Lucía silba en el pasillo como hace su papá, que siempre recorre el pasillo silbando para que sepan que llegó —es un momento de gran alegría y esperanza cuando se escucha silbar a su papá y se sabe que enseguida va a estar en casa—. Mariana no sabe silbar. Lo intentó muchas veces pero no le sale. Esta vez, nada. Pasos se escuchan pero silbido no. Los pasos siguen de largo y el corazón de Mariana se desinfla: era el marido de la vecina del “C”. Su mamá va a lo de la vecina del “A” a pedirle el teléfono. Vuelve. Dice que llamó a la peluquería y a otros lados pero nadie sabe nada. Su papá dice que él no se va a mover de ahí hasta que Lucía vuelva: no le importa no ir a trabajar ni le importa nada. A Mariana tampoco le importa nada: lo único que quiere es llorar. Se levanta de la mesa y va a su pieza para llorar todo lo que se le antoje. ¿Qué le pasó a Lucía? ¿La pisó un auto? ¿La asesinó un criminal? ¡Por favor, no! Ella no podría soportar su muerte. Es la persona que más quiere en el mundo, de pronto lo sabe y le da un poco de miedo ese saber, ¿no dice en todas partes que hay que querer a la madre y al padre por encima de todos los demás? ¿Y a ella qué le importa lo que se dice en todas partes?: esto es lo que siente y se acabó, aunque todo el mundo diga que eso está mal. Si Lucía se muere, ella no quiere seguir viviendo. Es imposible, piensa llena de desesperación, es imposible que a Lucía le pase algo malo. Y de pronto, ahogada por la impotencia y la pena y sin siquiera proponérselo, junta las palmas contra el pecho y, con el corazón desbordante de angustia y de miedo y de desolada necesidad de que alguien la escuche, de que alguien se entere de que ella no podría soportar la muerte de Lucía y le evite este dolor feroz, dice: Diosecito de mi vida, hacé que Lucía vuelva pronto y que no le haya pasado nada malo. Vos sabés que yo no podría vivir sin ella. Después, se besa la punta de los dedos y manda el beso al cielo. Apenas lo hace, algo parecido a la serenidad, o a la fe, la envuelve como un manto. Sabe, con una certeza sin grietas, que Dios la escuchó y que no va a permitir que a Lucía le pase algo malo. Va a volver pronto, y bien. Todo rastro de angustia se ha esfumado de su corazón. Ahora espera, pero plena de confianza. Un rato después, cuando Lucía vuelve, ella sólo dice: Gracias, Diosecito de mi vida. Sabe que es suficiente. En mitad de la algarabía y de las explicaciones no tendría tiempo para más. Y Dios entiende perfectamente que es así.


       Vivir con Dios es otra cosa. Sigue sin dormir pensando que Lucía se vuelve loca y la mata con un cuchillo, que su papá y su mamá se mueren en un accidente, que un león la está esperando detrás de la mesa del comedor. Y en las madrugadas todavía se despierta ahogada de terror por las cosas que tendría que haber hecho y no hizo, pero cuando de verdad desea algo que de no ocurrir la haría desdichada se lo pide a Dios y sabe que, de una manera o de otra, él se las va a arreglar para que ella lo consiga. Todas las noches le reza. Desde su cama, en la oscuridad, cuando todos en la casa están acostados, sin emitir el menor sonido para que Lucía no la descubra, junta palma contra palma sobre el pecho y comienza una oración que siempre empieza: Diosecito de mi vida. Los pedidos son de índole diversa y, en general, de resolución factible y cumplimiento no inmediato; no le gustaría ponerlo a Dios en apuros. Poco a poco, la oración va adquiriendo una forma: una especie de molde que admite múltiples variables. Hay pedidos que se emiten por única vez; otros, de largo alcance, se repiten muchas noches seguidas; también hay parlamentos puramente conversacionales (va comprobando que Dios la entiende mejor que nadie, que aun ciertas debilidades y contradicciones suyas que le resultaría difícil explicar a otros, son rápidamente aceptadas por Dios: él conoce las motivaciones de todo, razón por la cual suele no coincidir con lo que dice la gente acerca de lo que está bien y lo que está mal: para Mariana, que siempre está a contramano de lo que recomiendan las maestras y los libros de lectura, es un verdadero desahogo hablar con él). Para el final de la oración, igual que para el comienzo, hay una fórmula única: un beso en la punta de los dedos que luego es enviado hacia el cielo. No es que lo ubique a Dios allí o en lugar alguno. Las alusiones al Paraíso, por ejemplo, le resultan tan poco creíbles como los cuentos de hadas. Pero la altura le parece un buen ámbito de observación para alguien capaz de saber qué le está pasando a la gente. No cree que él sepa ni le interese saber en todo momento lo que le sucede a toda la gente. Atiende en cada circunstancia lo que debe ser atendido. A ella la atiende siempre: le gusta su manera de ser: que le hable a él de vos y que no crea que hay que comportarse como las niñas juiciosas de los libros de lectura.
       Por todos estos motivos su vínculo con Dios es secreto e incomunicable. ¿Cómo podría explicarles a sus compañeras que se santiguan ante cada situación de peligro y rezan el Padre nuestro y van a confesarse cuando creen que obraron mal de palabra o de hecho, que a Dios lo aburren muchísimo los formulismos y que jamás les prestó atención a las estupideces que ellas llaman pecados? Con ella sí se divierte: le gusta su manera de ser. El diálogo entre los dos es frecuente y sabroso. Ella le sigue pidiendo cosas y él, a su manera, le cumple en todo. Poco a poco va introduciéndose en el vínculo la posibilidad de los castigos y el sistema se hace cada vez más complejo. Para entenderlo de algún modo hay que diferenciar los desafíos de las promesas. Los desafíos no requieren la intervención directa de Dios; está implícito que él algo debe controlar —si no, ¿quién?— pero ella no le pide nada a cambio; el cumplimiento en sí mismo de la prueba y el haberse librado así del castigo son el premio. Por ejemplo: ella dice que tiene que pisar nada más que baldosas coloradas en una calle en que casi todas las baldosas son azules y hay sólo un camino en zigzag, con interrupciones, de coloradas. Si pisa una baldosa que no sea colorada, le van a ocurrir tres desgracias antes de fin de mes. Ella camina con el corazón pendiendo de un hilo hasta que, por fin, llega a una vereda de baldosas amarillas y queda a salvo. O se acerca a un perro que le da miedo y le acaricia la cabeza. O cuenta hasta treinta con la cabeza adentro del agua. La amenaza de algo terrible se cierne siempre sobre el incumplimiento. Se trata entonces, en cierta manera, de cumplir o morir. Hay un desafío muy especial cuando ella tiene doce años. Lo que tiene de especial es que lo ha podido anunciar con bombos y platillos sin que su padre o su madre se lo pudieran impedir. Lo que ella se ha propuesto y les ha dicho que va a hacer es ayunar el Día del Perdón. ¿Quién le puede prohibir algo así? Sus tías ayunan, su abuelo también, y su abuela ayunaba antes de morir. En su casa no ayuna nadie pero su mamá misma ha dicho que los que ayunan son muy judíos. ¿Alguien se animaría a pedirle a ella que no sea muy judía? En realidad, ser muy judía o poco judía le da exactamente lo mismo. Todo precepto religioso le parece una perfecta idiotez —ha crecido— y lo único que quiere es demostrarse a sí misma que es capaz de no probar siquiera una gota de agua durante veinticuatro horas. Resulta una experiencia fuerte: el ayuno debe ser absoluto, como su mamá le ha dicho que ayunan los muy judíos, así que debe tener mucho cuidado incluso cuando se lava los dientes para no tragar siquiera una milésima de gotita de agua. ¿Y ese gusto que siente en la boca? ¿No será que involuntariamente ha tragado un micrón de gotita? Claro que no, qué estúpida, si las papilas gustativas están en la lengua. Pero, entonces, ¿por qué después de un rato el sabor desaparece? ¿Será una propiedad de lo saboreable desaparecer después de un rato o es que ella ha tragado algo de dentífrico y el sabor se le fue por la garganta? ¿Y la saliva? ¿Está permitido tragarse la saliva? Sí, mientras uno no realice el acto voluntario de tragar. Pero apenas llega a esta conclusión le vienen esas ganas insoportables de tragar que la vuelven loca: trata de pensar en otra cosa pero no puede. Contra el desaliento, irrumpe la idea de que la dificultad y esta lucha consigo misma son parte de su hazaña. Cuando aparece la primera estrella el triunfo es total.
       Las promesas, en cambio, son hechas directamente a Dios y siempre están asociadas a un objetivo concreto, en general al pedido de algo cuyo cumplimiento resulta imperioso —los pedidos corrientes se realizan de manera directa, provocan un alivio inmediato con sólo haber sido formulados, y no requieren promesa alguna—. Ella trata de que la tarea o hazaña a cumplir tenga consecuencias beneficiosas; es habitual que lo prometido consista en algo que ella tendría que hacer pero que su naturaleza perezosa o su perversidad le impide llevar a cabo. La promesa tiene fuerza suficiente como para atravesar estas barreras; es así que, además de garantizar la concesión del pedido, trae el beneficio del cumplimiento mismo —el silicio no se hizo para ella—. En los últimos tiempos, varias promesas de orden alimenticio le han permitido llegar a ser tan delgada como siempre quiso. Hace poco se ha mirado en el espejo y, por primera vez, se ha gustado: otra cosa que le debe agradecer a Dios. A veces —muy pocas veces— hace una promesa que no puede cumplir. Entonces, antes de que llegue el castigo de Dios, se castiga ella misma. Como una ofrenda, le promete a Dios algo todavía más difícil que lo descartado o más largo de cumplir. Y él lo acepta. Las relaciones entre los dos son de total armonía. Ella ahora agradece el no haber recibido el menor atisbo de una educación religiosa. Esto le ha permitido conocer a Dios en su esencia, sin ataduras ni mandatos. Él siempre está cuando lo necesita. La escucha, la entiende y la cuida. Por difícil que sea a veces la vida, ella sabe que, bajo su manto protector, nada malo puede pasarle.


Tercer despertar

      Diez meses atrás, la necesidad la llevó a descubrir que (en contra de lo proclamado por José de San Martín, por Jorge Washington y por la propia Lucía) la mentira puede no ser abominable. Era el último día del año; en su casa la esperaban para ir a la fiesta de Año Nuevo. Salió del club a la hora prevista pero adentro (lo vio al pasar) estaba el chico que en ese tiempo amaba, de modo que, en lugar de volver a su casa, se quedó escondida en una puerta, esperando que saliera. Él tardó como una hora pero valió la pena; apenas lo vio a lo lejos, ella salió de atrás de la puerta y simuló un encuentro casual. Fue maravilloso: charlaron como diez minutos y él se despidió con un beso. Ella, durante todo el regreso a su casa, iba repitiendo, como si cantara: Hoy la tierra y los cielos me sonríen, hoy llega al fondo de mi alma el sol, hoy lo he visto…, lo he visto y me ha mirado…, ¡hoy creo en Dios! ¿Cómo arruinar un estado tan venturoso con la escena que, ella sabía, iba a ocurrir apenas llegase a su casa? Tuvo que vencer cierta reserva moral antes de soltarse pero su relato —una suma de contratiempos muy bien eslabonada y factible— resultó tan cercano a la perfección, y expresado con tanto realismo, que hasta ella quedó convencida de que podría haber sido verdad. ¿Y a quién había dañado? A nadie. Todos contentos se fueron a la fiesta de Año Nuevo.
       Desde ese día se le abrió un mundo de libertad. No es que mintiera al tuntún o por cualquier sonsera. Intuía que la mentira, como cualquier arte, tiene sus reglas, tanto éticas como estéticas. Ante todo le exigía rigor: no debía dejar cabos sueltos ni uniones defectuosas para evitar el riesgo de ser descubierta, en cuyo caso sería, para los otros, una mentirosa. Intolerable: una cosa es mentir (acto íntimo y creador, de normas muy estrictas) y otra muy distinta es ser un mentiroso, o sea: una persona poco confiable en sus afirmaciones y tan débil que no puede afrontar la verdad de los hechos. Nada más lejos de ella que, en general, podía afrontar lo más bien esa verdad; de lo que no estaba tan segura era de que otros (sus destinatarios) la pudieran afrontar. De ahí su necesidad de modificar algunos aspectos de la realidad, cosa de hacerla más llevadera. En ese sentido, hasta podría considerar a la mentira un acto bienhechor; de ahí, otra vez, la regla primordial de que jamás de los jamases fuera descubierta, ya que entonces, en lugar de resguardar al destinatario, lo heriría. Y ésa era otra regla: nunca mentir para herir a otro. En cambio, podía hacerlo sin ningún problema para ampliar hacia el infinito sus posibilidades de acción; también para hacer comprensible a los otros aquello que, tal como era, podría resultarles incomprensible u oscuro. En ese aspecto la mentira operaba, de algún modo, como una exacerbación de la verdad: era en sí misma una verdad. O alcanzaba a serlo si era perfecta.


       La mentira que ha urdido a la luz de su decisión de hace un momento es sencilla y alegre, hecha no sólo a la medida de su propio deseo, también a la medida del deseo de su madre. Como primera medida, marca el 115 para que el teléfono suene y cuando atiende, a pesar de que es improbable que su madre escuche algo a través de la puerta cerrada, dice todo lo que corresponde a la situación, con las pausas necesarias para las palabras de su interlocutora (cuando construye una mentira, no descuida el más mínimo detalle). Antes de ir a contarle las novedades a su madre se le presenta un problema: el pie desnudo de su abuelo. Está ahí, desamparado y solitario, pidiéndole un poco de ternura. Ella lo mira, como hipnotizada, y después mira el botín en el suelo, complicadísimo con esos cordones tan entrecruzados. Se agacha y abraza el pie con sus manos. Perdón, abuelo, dice, como si rezara, te quiero con toda mi alma y te prometo que te voy a ir a ver siempre y me vas a contar muchas cosas pero esto que voy a hacer es muy importante para mí. Vos me tenés que entender mejor que nadie. Después de esta pequeña ofrenda, más tranquila, va a la cocina y le cuenta a su madre las novedades.
       La acaba de llamar una compañera de inglés para que hagan algo juntas con un día tan hermoso. La compañera se llama Dorita y es ornada de varias cualidades que su madre valora. Ya hace tiempo que se dieron los teléfonos (siempre se cayeron muy bien; suelen hacer juntas el trayecto hasta la parada de sus respectivos colectivos) y desde principios de año se vienen proponiendo salir juntas algún domingo. El domingo es éste. Decidieron que van a ir a Plaza Francia (su madre adora Plaza Francia) y van a hacer un pequeño pícnic. No hace falta que ella lleve nada; Dorita va a llevar sándwiches de milanesa que hizo su mamá; bebidas van a comprar por ahí. Su madre se pone contentísima, lo que le provoca un escollo moral, ¿cómo se le puede mentir a una madre tan confiada? Ella muchas veces ha pensado que, de haber tenido padres de esos que desconfían de cada palabra de sus hijos, podría haberles mentido sin la más mínima sombra de culpa. Pero Perla y el Rubio tienen de sus hijas un concepto tan elevado que ni siquiera consideran la posibilidad de un yerro. ¿O a lo mejor sí, a lo mejor saben que, al menos ella, a veces miente pero nunca se permitirían causarle la humillación de ponerla en evidencia? Sea como fuere, si pone en un platillo de la balanza la lealtad que les debería a padres tan crédulos y en el otro su libertad, el resultado no admite dudas: ¿puede algo valer más que la propia libertad?
       La libertad de los otros.
       Callate, no me compliques.
       ¿Acaso ella, mintiendo para irse a la quinta de Haedo, altera en algo la libertad o aun el bien de sus padres? Sólo si muere, pero entonces su propia muerte será un pago suficiente porque de ninguna manera quiere morirse. Ama la vida como nadie la amó nunca. Entonces, si llega a morirse, bien paga va a quedar la mentira. Y si no se muere, sus padres ni se van a enterar así que no van a tener el menor motivo de sufrimiento. Mira a Dios. Él la ha perdonado y va a protegerla en esta aventura: ha entendido perfectamente sus razones.
       Le da un beso a su madre, que la despide desde la puerta, ah, me olvidaba, el abuelo se sacó un zapato, le dice. Y se va.


       En la calle la primavera explota por los cuatro costados. Ella siente el aire en la piel, sobre todo en la piel de los brazos. Es la primera vez, después del larguísimo invierno, que sale a la calle con mangas cortas. Y eso es un acontecimiento, el comienzo de algo. Ha decidido que va a ir caminando a la estación de Once. No quiere perderse nada de este domingo único.
       Hay un momento de zozobra un segundo antes de que cruce Díaz Vélez. Caminando por la vereda de enfrente ve venir al Rubio, su padre. Distraído como siempre, con esa cara de estar perdido en vaya a saber qué sueños y con un hermoso paquete blanco. Ella sabe que ahí adentro trae algo delicioso para sorprenderlas a su madre y a ella. Así es su padre: le gusta dar alegría a cambio de nada. Ella tiene unas ganas enormes de ir corriendo a darle un beso. Algo la detiene: si se encuentran va a tener que contarle a dónde va. Entonces hace un descubrimiento que la deja perpleja: no le puede mentir a su padre. A su madre sí, y a ese amontonamiento un poco pesado que es su-madre-y-su-padre-juntos también. Pero a este hombre que camina solo, envuelto en vaya a saber qué recuerdos o qué deseos, a este hombre solo no puede mentirle. Desde la esquina de su casa, con el corazón oprimido, observa cómo, por la vereda de enfrente, su padre pasa sin verla. Lo va siguiendo como en una ceremonia hasta que desaparece de su vista. Entonces sí aspira intensamente y una alegría infinita la arrasa como un viento verde.
       ¿Alguno de los que caminan muy tranquilos por la calle y tal vez hasta haya dicho “qué día tan lindo” es capaz de sentir la savia de las hojas nuevas corriéndole por la sangre? ¿Alguien advierte su sangre, percibe la alegría del mundo circulándole por el cuerpo? Es muy raro. Como si los árboles, y los pájaros, y las hormigas, y todo lo que late sobre la tierra fuera parte de ella, o ella parte de todo. ¿Esto será el panteísmo? ¿Será panteísta ella? Nena, yo a vos te sacaría para siempre las ganas de correr. Se para en seco. Una furia sin destino la sacude de pies a cabeza. Clava los ojos en el hombre que camina haciéndose el desentendido. Perro baboso, querría gritarle, ¿quién te creés que sos? Ahora el hombre ya pasó. Ella se da vuelta y le grita a su espalda: ¡Perro baboso! ¿Quién te creés que sos? Ahora se siente mejor. Es mirada por algunas personas que la oyeron gritar y eso le gusta. Esta chica sí que sabe defenderse, piensa que piensan. Camina muy oronda por Rivadavia. Ya está cerca de la estación. No debe correr. Cada vez que está envuelta en un pensamiento, el pensamiento empieza a crecerle y ella, sin darse cuenta, empieza a correr. Hoy pasó la chica dinamita, dijo su madre que le dijo el portero de al lado. Su madre dice que ir por la calle corriendo es peligroso. Para su madre todo es peligroso. Y qué. Si vivir hasta sacarle todo el jugo a la vida es peligroso, ¡que viva el peligro! Está corriendo otra vez. No le importa, allá a lo lejos ya se ve Plaza Once. Sin detenerse ni un segundo alcanza la estación.
       El traqueteo del tren, el aire perfumado que entra por la ventanilla, los gritos de la gente, todo traquetea y perfuma y grita dentro de ella. Esa mujer que amamanta a su hijo y el hijo —¡puro futuro!— son ella, la leche que sale de los pechos de la mujer la nutre también a ella, ¿es posible esto?, ¿es posible que ella sea la mujer y el hijo al mismo tiempo? Dios mío, ¿quién soy yo?, ¿qué puedo hacer con este poder sin límites que me recorre? A veces siento, Diosecito, que puedo abarcarlo todo, pero me da miedo, me da tanto miedo no saber hacer nada bueno con todo esto. La gente no, ¿ves? la gente no me da miedo. Aunque sean criminales o violadores los entiendo a todos, ¿es posible eso? Gavroche. Cualquiera de ellos puede ser Gavroche. O Jean Valjean. Ese hombre que me mira con lujuria no me da nada de miedo, me gusta que me mire así, que sienta mi cuerpo, ¿es pecado eso? Me gustan tantas cosas, Diosecito. Estoy acá, plantada sobre este tren rugiente que me va llevando y siento que todo lo que quiero es posible, no tengo más que decidirlo y cualquier camino va a ser mío. Allá voy, amigos. La fiesta que soñé va a ser mía. Voy a bailar bajo los árboles, y abrazar a un muchacho hermoso, y sentir su cuerpo contra mi cuerpo. Y él va a saber con su propio cuerpo todo lo que vibra adentro de mí. Y me va a amar para siempre. Éste es un viaje en tren y, al mismo tiempo, es una travesía hacia todo lo nuevo y lo bello que es posible en el mundo.
       Haedo. Ella baja del tren. Se sienta en un banco y estudia detenidamente el planito. Es una exploradora. No, es un pirata descubriendo dónde está enterrado el tesoro. No, es ella misma, nada de juegos ahora, la vida es más apasionante que cualquier juego. Está caminando por una calle desconocida en la que destella el azul de los jacarandaes. Querría ponerse a dar saltos ahí mismo pero se contiene, cualquiera que llegase tarde a la fiesta podría verla. Está orgullosa de sí misma: ¿qué cosa no podrá lograr la que salió sola de la ciudad y ya está a apenas unos pasos del lugar anhelado? Es el principio de la tarde y la luz se ve tan intensa que casi se la puede respirar. En la estación de servicio tiene que doblar, y dobla. A mitad de cuadra debe estar el cartel de la carnicería “La buena estrella” y el cartel está. Letras amarillas sobre fondo azul, una virgen de Luján en la parte de arriba, el escudo de Boca Juniors en la parte de abajo, ¿y la estrella?, ¿tanto chirimbolo y se olvidaron de la estrella? Shh. Rechazar esa línea de pensamientos, rechazar todo pensamiento que la distraiga de este instante. A partir de la carnicería, unos treinta pasos. Zancadas no, pasos. Vuelve atrás. Un paso, dos pasos, el corazón le palpita, se propone no mirar las casas hasta el paso veinticinco. Ahora sí. Veintiséis, veintisiete, veintiocho. ¡Acá está! La verja de hierro y atrás el jardín con los tres enanitos. Mira hacia el cielo y, colmada de gratitud y de alegría, dice: Gracias, Diosecito, gracias por guiarme hasta acá. Abre el portón de hierro y atraviesa el pequeño jardín. Desde una ventana abierta llega la voz de Elvis Presley. I believe in the man in the sky. Ella se queda escuchando, como hechizada. La vida a veces es tan maravillosa que una tiene ganas de ponerse a llorar. Qué paradoja, piensa con satisfacción. Y toca el timbre.


       Nada. Ha tocado el timbre varias veces, ha golpeado. Nada. En el momento en que la música vira de Elvis Presley a Bill Halley y sus Cometas se decide y hace girar el picaporte.
       La semioscuridad la ciega. Apenas percibe a un montón humano que se descoyunta bailando Al compás del reloj. Nadie sale a recibirla, ninguno parece haber notado su llegada. Está encandilada, tiene que calmarse, ahora que ha llegado a la meta es natural que se sienta como se siente. Decide apoyarse contra una pared hasta que la vista se le acomode: así, es imposible que distinga a Té Salomón. ¿Estará en el jardín de atrás? Seguro que atrás hay un jardín pero con las persianas bajas y las cortinas corridas sólo se ven unas rayas de sol muy finas filtrándose por las rendijas, ¿cómo pueden estar acá encerrados con semejante día? Ahora puede ver un poco mejor; piensa que en cualquier momento va a aparecer Té Salomón y le va a decir: ¿qué hacés acá parada? Le va a presentar a un montón de chicos divinos y ella se va a divertir como loca. ¿Qué están tocando ahora? Es un lento, pero no lo conoce. Todos bailan muy apretados. Ella también querría bailar muy apretada. Le pide a Dios que en esta fiesta, a la que llegó con tanta valentía, encuentre por fin al amor de su vida. Alguien que la descubra contra esta pared, tan sola, y la saque a bailar. ¿No te gustaría ir al jardín? Sí, es lo que más quiero en el mundo. Salen al jardín y ruedan abrazados sobre el pasto y se ríen de todos esos tarados que siguen encerrados ahí adentro. Cuando es de noche, él la acompaña a su casa, perdón. Se sobresalta. Alguien que acaba de empujarla, una chica de pollera escocesa.
       —¿No sabés dónde está Té Salomón? —le pregunta ella.
       Un muchacho muy alto tira del brazo de la escocesa para sacarla a bailar. Ha vuelto Elvis, ¿en qué momento? No conozco a ninguna con ese nombre, alcanza a decirle la escocesa antes de desaparecer con el alto. Ella mira hacia todos lados con desesperación. Quiere ir a buscar a Té pero una especie de pánico la obliga a seguir pegada a la pared. Qué están tocando ahora. Tiene que concentrarse en la canción para descubrir cuál es. Eso, ahí está el juego: hasta que encuentre a Té Salomón tiene que prestar mucha atención a cada una de las canciones para descubrir cómo se llama y quién canta. Pero pasan una tras otra y ella no conoce ninguna. O no se las acuerda, ¿qué le está pasando? Ahora mismo podría tirarse en el suelo y ponerse a llorar, ¿dejarían de bailar todos estos para ver qué le pasa? Seguro que ahí sí aparecería Té Salomón pero no va a llorar, no es de las que se doblegan así nomás. ¿Dónde se metió Té Salomón? Piensa que tendría que salir a buscarla pero no se anima a abandonar la pared, como si fuera el último refugio que le queda en el mundo. Té, dice. Nadie parece haberla escuchado. ¡Té!, grita; algunos de los que bailan muy cerca se dan vuelta un segundo pero después siguen bailando. Como si ella no existiera, como si esto parado contra la pared fuera lo mismo que nada, ¿qué cosa es ella? Acaso pensar no sea lo mismo que existir, ¿será posible que Descartes se haya equivocado? Diosecito de mi vida, dice con desesperación, ayudame a no tener miedo. Estoy acá, en esta fiesta, y quiero bailar. Si alguien me saca a bailar yo voy a saber que existo. Por favor, Diosecito, quiero tanto ser feliz. Con mucho disimulo se besa la punta de los dedos y manda el beso hacia arriba. Una especie de tranquilidad cae sobre ella. Respira hondo. Con esfuerzo se despega de la pared y camina entre las parejas, que ahora, otra vez, bailan suelto. Las cosas ocurren sin que ella se dé cuenta, tiene que prestar más atención. Hasta luego, cocodrilo, ésta sí la conoce, es un buen augurio. Camina entre los bailarines pero no ve a Té Salomón. Llega a una puerta que deja filtrar una línea de sol. La abre. Atrás hay un jardín con un árbol, pero está vacío. Se queda mirando el árbol contra el cielo azul. Qué idiotas, piensa. Cerrá de una vez, baby, grita una voz de varón. Ella se apura a cerrar. ¿Dónde hay un baño?, le pregunta a una mujer muy gorda que pasa con una fuente. Es esa puerta, querida, le dice la mujer. Ella se siente fugazmente acariciada por las palabras de la mujer.
       Se queda un buen rato en el baño, como en una fortaleza. Por fin se decide a salir. Ahí adentro, Té Salomón nunca la iba a encontrar. Apenas lo piensa, como un garrotazo, la asalta la convicción de que es inútil que siga buscándola: Té Salomón no vino a esta fiesta. Ella está sola, lejos de su casa, en un lugar extraño. Esto es la vida, se esfuerza por pensar: una aventura constante. Una puede salir de su casa cualquier día y venir a parar a un sitio en el que nadie la conoce ni la espera. Yo: la eterna buscadora de aventuras. ¿Qué hallazgo extraordinario le deparará esta casa? Love is a very splendor thing, escucha. Es su tema favorito: una señal de Dios. Lloró tanto en el cine con ese final desdichado. Está hecha para un gran amor, pero Diosecito, que no sea un amor desdichado. Sin tropiezos, por favor, ya he tropezado tantas veces en mi vida. ¿Bailás? ¿Eh? Se distrajo, otra vez se olvidó de dónde estaba. Ante ella hay un chico gordo de cara arrebatada.
       —¿Bailás?
       Sí, ella baila. Vino para bailar, y baila. ¿Estudia en el Comercial? No, no, en la Escuela Normal. ¿Fue anoche al baile del Club Social? No, no fue (de qué club social le habla, qué podría saber sobre ella este gordito por más preguntas que hiciera). La aprieta cada vez más, refriega su entrepierna contra el bajo vientre de ella. A ella no le hace ni fu ni fa; además, si se tira para atrás él va a pensar que es una recatada, no le gusta que alguien piense de ella que es una recatada, ni siquiera este gordito. Cuando leyó Los miserables, estaba totalmente de acuerdo con que Fantine se entregara por amor. La burguesía francesa no lo entendía y la condenaba pero ella sí lo entendía perfectamente. Tiene una mente muy abierta y es totalmente partidaria del amor libre así que deja que el gordito la apriete todo lo que quiera. No te había visto nunca por el barrio. No, vivo lejos. Le encanta cómo suena esa frase. Vivo lejos. Ella es la viajera que viene de un lugar muy distante, lástima que el gordito sea tan asqueroso. La aprieta tanto que, por suerte, ni aunque quisiera le podría ver la cara. ¿Debería decirle algo? ¿Separarse tal vez? Nunca sabe bien qué hay que hacer en estos casos. Total están casi por el final. Ya está. Angustia de un querer terminó pero el gordito no la suelta. Ahora empezó Es pecado mentir pero él no se despega. ¿Andás con alguien?, dice. No, no (cortante). No quiere hablar. Que la apriete no le importa demasiado pero que le pregunte estupideces, eso sí que no lo soporta. No la deja pensar y ella necesita pensar todo el tiempo. Además, se ahoga acá adentro. Si no tuviera tanto miedo de quedarse sola, lo dejaría plantado. No. No tiene miedo. Ella es temeraria. Cuando termina la sexta pieza se anima: le dice al gordito que tiene que hablar con alguien y sale al jardín.
       Afuera, el sol empieza a caer suavemente. Ella se sienta en el pasto, bajo el árbol. La tarde está dorada, dice en voz baja. Y piensa que, aunque el mundo entero se venga abajo, ella va a poder seguir acá, sobre esta tierra, diciendo “la tarde está dorada” y empapándose bajo la lluvia áurea de sus palabras. Dios mío, dice de golpe, ayudame, no sé lo que quiero. Dios la escucha; de alguna manera que ella sabe le está sonriendo. Ahora se siente protegida por él y por el oro de la tarde y tiene la convicción de que nunca le va a pasar nada malo. Puede quedarse en este jardín eternamente, viendo cómo el sol va cambiando el color del cielo. Quién, entre los que bailan, conoce esta sensación de sentir la tierra entera, el universo entero vibrando dentro de ella.
       —Una chica a la que no le gusta el ruido —escucha.
       Levanta la vista y lo ve. Tiene unos ojos grises como nunca vio en su vida y la está mirando con una expresión divertida y tierna a la vez: ella cree que nunca vio nada tan adorable.
       —No, lo que no me gusta es estar encerrada —dice.
       —Sí, parecen locos, ¿no? —dice él—. Ponerse a bailar a esta hora, y con un día tan lindo. ¿Sos amiga de mi hermana?
       Ella siente que todo lo que le ha estado pasando en este día tan raro venía acudiendo hacia este momento, bajo este árbol, en medio de esta luz. El alma y el cuerpo se le acomodan y su cabeza vuelve a funcionar como corresponde.
       —Amiga de una amiga —dice con vaguedad. Y le ruega a Dios que él no le siga preguntando.
       Ruego atendido. Él dice:
       —¿Tenés hambre?
       Ella cree enloquecer de amor. Se ríe.
       —¿Cómo adivinaste? —se siente suelta y chispeante.
       —Es que yo también tengo hambre —dice él; aspira ostentosamente—. Y si el olfato no me engaña, mi mamá acaba de sacar algo del horno. Vení conmigo.
       Hasta el fin del mundo, piensa ella. Se levanta. Él la toma de la muñeca y la guía.
       Entran a una cocina amplia y luminosa, donde la mujer gorda que la llamó “querida” está sacando del horno una asadera con pastelitos. O a ella le parece que eso dorado y fragante debería llamarse “pastelitos”. Hay una gran mesa cuadrada; ella y el muchacho se sientan ante la mesa. Cuando la mujer termina con el horno, los mira a los dos y les sonríe.
       —Ay, queridos —dice—, con estos chicos una nunca da abasto.
       Parece encantada con esta misión suya de hornear pastelitos. Ella habría querido una madre así: contenta de estar en la cocina y sin soñar jamás con un paseo en vuaturé bajo paraísos en flor. Una madre como ésta debe guardarla a una bajo su ala cuando está desesperada y seguro que no se enoja si una no es todo lo dichosa que ella considera que se debe ser. La mujer gorda saca una servilleta blanquísima que cubría un plato lleno de otros pastelitos dorados; les ofrece a los dos. El muchacho acepta y ella también.
       Le da un buen mordiscón. Calentito y crujiente, nunca probó algo tan delicioso.
       La mujer se sienta. Extiende un brazo y le revuelve el pelo al muchacho. ¡Cómo querría ella hacer lo mismo, ay! Se vuelve loca con la idea de que un día cercano, en esta misma cocina, lo va a poder hacer.
       —Pero, Pelusa —está diciendo la mujer—, otra vez la hiciste llorar a Charito.
       ¡Se llama Pelusa!, piensa ella, derretida de amor.
       —No entiendo por qué te vino a llorar a vos —dice Pelusa—; es una cosa entre nosotros y nada más.
       Ella está de acuerdo: aunque Lucía la atormente (y Dios sabe que, a veces, de verdad la atormenta) es cosa de las dos y nada más; jamás le iría con cuentos a su madre.
       —Querido, vos porque sos hombre —está diciendo la mujer—. No te das cuenta de lo que significa para una chica entrar a la iglesia con su vestido blanco.
       ¿Charito se va a casar? ¿Cuántos años tiene? Recién se le ocurre que, a lo mejor, se metió en una fiesta equivocada.
       —… es el momento más hermoso para una mujer —está diciendo la mujer—. Vos, querida, ¿cómo te llamás?
       —Mariana.
       —Mariana, qué lindo nombre. Vos, querida, ¿no soñás con entrar a la iglesia con tu vestido blanco?
       —No —dice ella.
       Le parece que la mujer y Pelusa tienen un pequeño sobresalto. Eso le encanta.
       —Ahí tenés a una mujer inteligente —dice Pelusa.
       Ella siente que —¿por primera vez?— todo lo que ha hecho y todo lo que es se le ordena alrededor de esa frase. Ahí tenés a una mujer inteligente. Qué hermosa puede ser la vida.
       La mujer parece nerviosa. Junta las migas de un pastelito con el dedo índice.
       —Lo que pasa es que sos muy joven —le dice—. Vas a ver que el día que te enamores vas a pensar distinto.
       ¡Estoy enamorada! grita ella dentro de su cabeza. Se pregunta si la mujer la va a seguir tratando con tanto cariño el día en que se entere de que ella es la novia de su hijo. Tal vez no le cayó muy bien lo que opina sobre el vestido blanco. Pero falta tanto; ella no es partidaria de casarse muy joven. Quiere que estén de novios mucho tiempo. Se imagina domingos de sol, y también domingos de lluvia, ella sin el más mínimo rastro de miedo comiendo pastelitos junto a Pelusa en esta misma cocina. Ahí tenés a una mujer inteligente. Las palabras siguen girando en su cabeza y la emborrachan. Piensa que Dios la ha escuchado y que por fin va a vivir un gran amor.
       —… pero también puede ser una ceremonia sencilla —está diciendo la mujer gorda.
       —No se trata de sencilla o no sencilla —Pelusa parece furioso—. Se trata de que no-me-voy-a-casar-por-iglesia. Y se acabó.
       Dios mío, piensa ella; voy a morirme.
       —¿No le dije?
       Mariana mira con espanto hacia la voz. Ve a una muchacha tetona y lindísima con los ojos llenos de lágrimas.
       —¿No le dije qué? —grita Pelusa—. ¿Me querés decir por qué tuviste que venir a llorarle a mi mamá?
       —¿Sabés por qué? Porque tengo terror, por eso.
       Terror a qué, piensa ella. Esta chica es una perfecta tarada. No lo merece.
       —Pobrecita —dice la mujer gorda—. ¿A quién querías que le abriera su corazón, si no?
       Pelusa la fulmina con la mirada. Ella también.
       —¿Por qué terror, Charito? —dice Pelusa; habla con suavidad pero se lo ve irritado—. ¿Me podés explicar, por favor?
       No pierdas el tiempo haciéndole preguntas, piensa ella; es una idiota.
       —Porque Dios te va a castigar —dice Charito.
       Pelusa suspira.
       —Vos sabés que hace mucho que yo no creo en Dios —dice.
       La mujer gorda se santigua.
       —Dios te perdone —dice—. Nunca más bajo este techo pronuncies una blasfemia así.
       —Eso, ves, eso me da terror —dice Charito—. Que Dios te castigue por blasfemo.
       A ella la palabra “blasfemia” le parece hermosa, aunque nunca supo muy bien qué quiere decir. Tiene la sensación de que todos, incluso Pelusa, se olvidaron de que ella está ahí. ¿Debería irse? ¿No te das cuenta de que una unión que no está bendecida por Dios es pecado?, está diciendo Charito. ¿Qué le pudo ver un tipo tan divino a una chica tan estúpida?
       Tetas.
       Está bien, pero no te podés pasar toda la vida colgado de sus tetas. ¡Como que me llamo Adelfa que mi hijo se va a casar por la iglesia como corresponde!, está vociferando la gorda. No me voy a casar por iglesia por la sencilla razón de que no-creo-en-Dios, grita Pelusa. ¿Cómo puede alguien vivir sin Dios?, dice Charito. Sólo los animales viven sin Dios, dice la gorda. No digas estupideces, piensa ella, ¿y Bertrand Rusell?, ¿es un animal acaso? Pelusa está hablando de las guerras y las epidemias, si Dios existe, ¿cómo las permite? ¡Vamos, todavía, Pelusa!, piensa ella; ¡no te dejes avasallar por estas dos retardadas! Si Él lo permite por algo será, dice la gorda y, con violencia, saca de la mesa el plato con pastelitos. Cómo darle un sentido a nuestra vida si no hay un Ser Superior que lo vea todo, dice Charito. ¿Ser Superior?, que no le vengan a ella con esas pavadas. El muchacho habla de los muertos de la Segunda Guerra Mundial. Charito se enfurece: dice que Dios sabe lo que hace, no por nada nos ha trazado un camino de espinas y nosotros tenemos que acatar su divina voluntad. ¿Divina voluntad? El muchacho se ríe, ella también se ríe.
       —¡No hay más voluntad que la de los hombres!
       Los tres han clavado los ojos en ella. ¿Gritó? La gorda y Charito tienen cara de preguntarse qué está haciendo esta desconocida en la cocina. Pelusa ha levantado muy altas las cejas, ¿como admirándola? Él tiene que enterarse de una vez por todas de que ella no está hecha de la misma madera que la estúpida de su novia. No tiene tetas pero tiene cerebro. Y voluntad. Por eso sabe de qué habla. De la voluntad, y del poder del cerebro, tan fenomenal, dice, y es como si una ola interminable la arrastrara, o como si algo subterráneo, algo que ella siempre supo que estaba allí pero que no se animaba a ver o no sabía con qué palabras decir, la llevara a hablar sin detenerse (porque si se detiene y piensa un momento en lo que está ocurriendo, tal vez ya nunca se anime otra vez a saberlo), tan fenomenal que hasta es capaz de inventar a Dios, de inventarlo como una lo necesita, milagroso y omnisciente (¿cuándo aprendió la palabra “omnisciente”?, ¿significará realmente lo que ella cree que significa?) y como no nos animamos a reconocer que todo lo que pasa lo hacemos nosotros, también inventamos que, para castigarnos, puso sobre la tierra las guerras y el hambre (qué está diciendo, si su Dios es benévolo y riente y no tiene nada que ver con el hambre ni con las guerras, pero él la mira, mi Dios, cómo la mira aunque ella no tenga tetas, ¿esto tiene que hacer para que su amor la admire?, ¿quedarse sin Dios?). Nos da miedo quedarnos sin Dios y saber que tenemos el poder para cambiarlo todo. Un poder inagotable ¿dice o lo está pensando, o se trata sólo de algo muy difuso que todavía no puede expresar con palabras pero que de golpe, como una corriente que no va a detenerse, empieza a circular dentro de ella?
       Charito se ha puesto a llorar. Dice que ella es una blasfema y que se va a ir al Infierno. Ella se ríe del Infierno y del Paraíso y (respira hondo, lo dice). Y de Dios. (Qué estás diciendo, clama algo allá lejos, si yo te amo, y te entiendo, y te protejo de todo mal. Pero ella no quiere escuchar ese clamor). ¿Acaso no se dan cuenta de que Dios es el invento más maravilloso de los hombres?, dice, y aunque empieza a inundarla un miedo feroz por las palabras que está pronunciando, no se detiene y les explica minuciosamente a la gorda santiguadora y a Charito y al primer gran amor de su vida cómo una lo va inventando, de qué modo día a día lo va construyendo a la medida de sus deseos y de sus miedos. Porque la tierra es tan hermosa, ay, y tan terrible y tan llena de caminos que una no puede sola con todo esto y le parece que le va a estallar el pecho. Pero es así, una está sola, y todo lo bueno y lo malo que es posible en el mundo depende de una y nada más (qué estás diciendo, grita todavía algo dentro de ella, qué estoy diciendo, Dios mío, si eras tan dulce y comprensivo, si fue tan hermoso para mí vivir acompañada por vos. Pero el grito se vuelve cada vez más débil y ella ya no puede escucharlo). Estamos solos en el mundo, dice, sin Dios aunque nos muramos de miedo. Y es nuestro, y nada más que nuestro, el poder de hacerlo todo.
       —Sáquenme a esta loca de acá —dice la gorda.
       Charito llora cada vez más fuerte. Pelusa la abraza.
       —Está bien, está bien —le dice; le besa la oreja—. No llores así que no es para tanto. —Charito hace una especie de puchero; él le da un breve beso en los labios; se ríe y dice:— No seré el último blasfemo que entre en la iglesia.
       Charito sonríe entre las lágrimas. Ella cree que va a explotar de furia.
       —¡Es para tanto! —dice—. Si uno no vive de acuerdo a sus principios —se detiene, no sabe cómo seguir. Al fin, como en una explosión, dice:— ¡es un trapo de piso!
       Pelusa la observa como a un bicho raro.
       —¿Cuántos años tenés? —le dice al fin.
       Con altanería, ella dice:
       —Trece.
       Él levanta otra vez las cejas. La mira de arriba abajo.
       —Sos muy chiquita —le dice.
       Idiota, piensa ella, ninguno de los que están en esta cocina me llega a los talones. Se pone de pie y sale.
       Se abre paso entre los bailarines, atraviesa la puerta, deja atrás a los enanos del jardín. Antes de abrir el portón de hierro da un giro. Con altivez, mirando hacia lo que cree que es la ventana de la cocina, dice: Yo te alcé en mis estrofas entre todos hasta rozar los astros. Cábele a mi venganza de poeta dejarte abandonado en el espacio. Después inicia el camino de regreso.


       Está empezando a oscurecer. Es la hora del día en la que estar afuera le produce una sensación inquietante, mezcla de congoja y de un pavor muy antiguo: como si se le metiera por la piel toda la intemperie del mundo. Su corazón clama por un refugio cuando la oscuridad empieza a caer sobre la tierra; necesita con desesperación luces encendidas y los ruidos familiares que tiene la casa cuando se prepara para la noche. Pero esta vez su casa está muy lejos. Diosecito de mi vida, murmura, ayudame a. Se interrumpe con brusquedad. Dios no existe, se obliga a pensar; a partir de hoy me tengo que ayudar sola.
       Mientras deja atrás la carnicería La buena estrella con su feo cartel y camina hacia la estación tratando de no mirar los árboles —porque el azul oscuro del cielo asomando entre el follaje casi negro le cierra la garganta— sabe que, aunque ahora también sabría moldearlo tan dulce y omnicomprensivo que aun esta perversidad suya de negarlo le sería perdonada, ya no hay vuelta atrás.
       Yo te inventé, yo te abandono, piensa en el momento en que, muy agitada, se detiene en la estación. Y aunque su alma llora por esa criatura tan bella a la que está arrojando al vacío, soberbia y aterrada se dice a sí misma que es de la pasta de los que viven sin Dios.
       La llegada del tren la instala en problemas menos celestes: luchar por no morir aplastada, forcejear todo lo que puede para que dejen de manosearla, armar una historia creíble que atempere el enojo de sus padres, correr para que ningún criminal le dé alcance durante el trayecto que hay desde la estación a su casa. Sólo cuando está por llegar y se acuerda de la prueba de Geografía vuelve a pensar en Dios, en lo difícil que le va a resultar vivir sin él. ¿A quién pedirle ahora que la salve del fracaso? Le resulta intolerable la sola idea de que le vaya mal, pero ¿quién se hará cargo de apartarle este infortunio? Yo. No hay más que yo, trata de creer. Nunca hubo. Fui yo la que siempre consiguió lo que consiguió.
       Mientras sube en el ascensor no piensa en nada. Es sólo un cuerpo que se va aquietando y paladea por anticipado el cálido refugio que armarán a su alrededor las voces y los olores familiares. Palpitante de esperanza, toca el timbre. Nadie viene a abrirle. Vuelve a tocar. Nada. Usa la llave. Entra y la casa está a oscuras. El silencio es tan cerrado que se escucha. Cuando enciende la luz ve la nota sobre la mesa: la letra clara de su madre. Dice que es una suerte que ella haya podido estar al aire libre en este día tan lindo. El abuelo ha muerto. Ella no debe tener miedo de pasar la noche sola: a la mañana vuelven los tres. Por supuesto, ella no debe ni soñar con ir al colegio.
       Asustada, mira hacia arriba. Pero no hay nadie. Sólo la equívoca fuerza de su deseo.



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