Liliana Heker
(Buenos Aires, 1943-)


Postergaciones
Cuentos reunidos
(Buenos Aires: Editorial Alfaguara, 2016, 497 págs.



      Cuando se enteró de que su vuelo estaba demorado la invadió un sentimiento de contrariedad que luego de una espera de tres horas se había convertido en franco desasosiego. Lo inútil del madrugón (se había levantado a las cuatro de la mañana para llegar a horario al aeropuerto), la ausencia de todo dato sobre la hora del despegue y lo injustificable de este tiempo vacío la habían alterado al punto de que no sólo le resultaba imposible concentrarse en la novela que traía (la noche anterior la había guardado en el bolso de mano regodeándose por anticipado con su lectura en el avión), ni siquiera había conseguido distraerse mínimamente con el diario, que compró y un rato después tiró sin haber recalado en ninguna noticia. Había tomado varios cafés, comido sin hambre, comprado una bufanda innecesaria, examinado hasta el cansancio mercancías que a esta altura de su errar sin ton ni son le provocaban repugnancia. Ahora, por cuarta o quinta vez, se había sentado a una mesa del bar.
       Cuando el mozo vino a atenderla, ella dudó entre pedirle un café o un jugo, en rigor no deseaba ninguna de las dos cosas. ¿Y qué deseo? La pregunta la fulminó. De golpe, sin previo aviso, pudo verse. Idiota y banal, efectuando pequeños actos que la asqueaban porque no podía soportar la tardanza de un suceso cuya ocurrencia, de cualquier modo, no dependía en absoluto de ella. Un café, le dijo al mozo, pero sólo para que se fuera de una vez y la dejara pensar.
       Y fue así. Con la sencillez con la que una manzana cae sobre una cabeza. Fue así como descubrió que esta demora —y cualquier demora — es un hecho superfluo; que únicamente por un impulso de perversidad ella había puesto en suspenso su vida cuando nada en el mundo le impedía, ya mismo, exprimirle hasta el hollejo a este nuevo —y por qué no jugoso, y por qué no único e irrepetible— segmento de libertad. Estaba abochornada por su impaciencia de las últimas horas, cómo había permitido que una insípida torre de control rigiera sus tribulaciones, ¿acaso no era cierto que ella, toda ella, en cuerpo y en alma y en deseos y en locura, se tenía consigo? Se hinchó, se esponjó, tremoló. Comprendió que aun este paréntesis en el aeropuerto podía ser —ya lo estaba siendo— un lapso cargado de sentido y supo (como se saben ciertas verdades de una vez y para siempre) que a partir de este momento su existencia quedaba a resguardo de demoras y accidentes del camino.
       Apaciguada, abrió el libro y, como si ese instante fuera absoluto ¿acaso no lo era?, ¿acaso no lo son todos los instantes de la vida?—, se sumergió en la lectura. Una borrachera de placer. Y era justamente esta circunstancia, la de saberse eximida de cualquier responsabilidad o compromiso, lo que le permitía una concentración casi perfecta. Siglos (le pareció) que no leía con esa intensidad. Estaba por la tercera página cuando en una bruma escuchó que anunciaban el embarque para su vuelo. Sin apuro, casi con pesar (pero gozosamente sabiendo que esto aprendido, o recuperado, ya le pertenecía), abandonó la lectura. Notó con orgullo que el mozo le había traído el café y ella ni siquiera lo había advertido. Guardó el libro, dejó sobre la mesa la plata del café y, con parsimonia, se preparó para el embarque. El terror (pasajero) de haber extraviado el documento la distrajo de su reciente revelación. Cierta lucha por conseguir un espacio en el portaequipajes, la indignación porque un hombre se había negado a ayudarla a levantar su bolso tan pesado, y los jadeos del vecino de asiento (excesivamente gordo, ¿no podría este buen señor amortiguar aunque fuera un poquito su respiración?) contribuyeron a que menguara el efecto de lo que había descubierto.
       Ahora mismo, en su casa, a punto de remarcar por enésima vez el número de un teléfono que desde hace más de una hora le da ocupado, rabiosa por tener que gastar su tiempo de manera tan estúpida, la sobrevuela una imagen borrosa de sí misma, en un aeropuerto, elucubrando algo que (le parece) tenía que ver con estados de impaciencia. Pero no se deja engatusar. Conoce de sobra esa tendencia suya a refugiarse en especulaciones grandiosas cuando las papas queman así que no pierde ni un minuto en tratar de acordarse: levanta el auricular y, furiosa, resoplando con anticipada indignación, pulsa otra vez la tecla de “rellamada”.



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