Liliana Heker
(Buenos Aires, 1943-)


La única vez
La crueldad de la vida
(Buenos Aires: Alfaguara, 2001, 183 págs.)



      Desde hace seis años, la vida del hombre que duerme en esta casa de Adrogué tiene tres consuelos. Uno en el Renault 4, cada anochecer —durante el regreso a su departamento—, cuando los bocinazos, el rugido de los motores y la ira de los automovilistas aplacan cualquier otro sonido. El hombre, entonces, cierra la ventanilla de su auto y grita. Su segundo consuelo es menos fáctico: reside en imaginarse el suplicio de la pera. No podría recordar en qué libro lo ha leído, tal vez en Enrique de Lagardère o en El conde de Montecristo, y consiste en insertar una pera —por la parte más ancha— en la boca de la víctima. Cada vez que Olivia, su mujer, se pone a hablar —quizá sobre la negativa de él a asistir a una reunión de padres del jardín de su hija, tal vez sobre su demora en pintar el techo de la cocina o su costumbre de tirarse a escuchar música en lugar de hacer algo útil— él se figura a sí mismo insertándole la pera en la boca, y se apacigua. En ciertas ocasiones, también, piensa en matarla.
       Ahora está soñando con ella. Sueña que, tal como lo anunció, ella ha llegado con la nena a la casa de Adrogué a las nueve de la mañana —es maniáticamente puntual— y él, aunque en la vigilia había resuelto que esta vez sí se animaría a decirle que van a separarse, está mudo, paralizado por el miedo. Miedo —sabe en el sueño— a que Olivia le haga una escena similar a la de una semana atrás, cuando él, después de la cena (había tenido la precaución de esperar a que la nena estuviese dormida), le dijo: “El vasco se va a Europa y me deja su casa por seis meses”.
       El éxito de una separación (había estado pensando desde que el vasco le dio la buena noticia) depende en buena medida de tener arreglado el problema material: la escasez de dinero para encarar dos hogares y la búsqueda de un lugar soportable donde vivir, padecidas ante la mirada de una mujer a quien se detesta, resultan hasta tal punto penosas que tal vez un hombre termine quedándose junto a esa mujer con tal de no afrontarlas. Y se había sentido tan afortunado por la facilidad con que a él se le solucionaba el asunto —tendría una casa y tendría tiempo (seis meses es mucho tiempo) para resolver definitivamente su separación— que, hasta que se encontró diciéndole a Olivia “El vasco se va y me deja la casa por seis meses”, no reparó en que su alegría era algo prematura.
       Olivia cruzó los brazos sobre el pecho y se recostó contra el respaldo de la silla, un ojo cerrado, la cabeza echada hacia atrás como quien busca una buena posición para observar mejor un fenómeno. Estuvo unos segundos así, y al fin dijo: “Nos deja la casa, querrás decir”. Su tono resultó tan amenazador que él, automáticamente, se corrigió: “Nos deja, por supuesto, sólo que”. “Sólo que nada”, dijo Olivia, “sólo que, como de costumbre, te olvidás de que somos una familia; total, como las responsabilidades no existen para vos… Apuesto a que ni siquiera se te pasó por la cabeza que a tu hija le vendría mucho mejor que a vos tener un jardín por donde correr en lugar de estar encerrada todo el santo día entre estas cuatro paredes. Me deja la casa, mirá vos el tupé, me gustaría que te agarrara un psicoanalista a ver qué opina de tus “me” y tus “mi” y tus “mu”. Si ya te debés estar relamiendo de sólo pensar que vas a pasarte las noches enteras tirado como una foca leyendo tus libros y escuchando tu musiquita, total, como no sos el jefe de una familia, como no tenés una mujer y una hija a tu cargo, como sos el egoísta inmaduro que fuiste siempre, seguro que creés que te podés dar el lujo de vivir como ese vago de tu amigo que no piensa más que en”. “Basta”, gritó el hombre (fugazmente imaginó la pera incrustándose de un solo envión en la boca abierta). “Lo que quería decir, lo que habría dicho si me hubieses dejado terminar, es que, precisamente porque el vasco es un hombre solo, la casa tal vez no esté en condiciones de que una familia se instale allí sin que antes se ponga un poco de orden (sintió asco de sí mismo), así que había pensado…”. “¡Habías pensado!”, dijo Olivia con aire teatral. “¡Habías pensado en tu familia!”. Tenía los brazos elevados y miraba hacia arriba como quien invoca a un testigo colgado del techo. “Había pensado (dijo el hombre, tratando de parecer imperturbable) que tal vez convendría que me instalara allí unos días antes que ustedes, así dejo la casa en condiciones”.
       La escena que vino después le resultó tan indigna que apenas la registró. De manera difusa recordaba cucarachas y preservativos usados que él, miserablemente, prometió eliminar de la casa —la casa amable y espaciosa que ahora cobija su sueño—, a cambio de lo cual obtuvo dos días de soledad o de dicha. Soledad o dicha que iba terminarse a las nueve de la mañana de este domingo de invierno, cuando el timbre sonara.
       En el sueño entiende que se le está escapando la última oportunidad. Olivia atraviesa el living con sus pasos poderosos y la nena da saltos para que él la levante en brazos. No debe hacerlo, tiene que mantenerse bien frío para ser capaz de decirle a Olivia que se vaya tal como lo decidió antes de irse a dormir, aun cuando esto implique desprenderse de la nena. No debe mirar a la nena; debe eludir a toda costa esos ojos expectantes en los que a veces cree reconocer el mismo exceso de cortesía o el mismo temor —¿a ser rechazada?, ¿a que una ira sin códigos caiga sobre ella?— que a él lo está llevando a esto: a esta actitud jovial (aunque secretamente irónica) con que por fin le sonríe a su hija, la alza bien alto sobre su cabeza, y se desentiende —como si no le importara, o como si supiera de antemano que todo es inútil— de los movimientos de Olivia, quien, con energía, vacía ceniceros, esponja almohadones, apila libros y casetes, desarma sin piedad el abrigado desorden dentro del cual, durante dos días, él fue feliz.
       Lo despierta la impotencia. Tarda en entender que nada definitivo se ha verificado aún. Mira el reloj: las nueve menos diez. Diez minutos de libertad, piensa, como si todavía lo arrastrase la derrota del sueño. Debe vestirse, estar desnudo ante Olivia lo hará sentirse desarmado. Lo malo es que no tiene ninguna gana de levantarse, ni siquiera tiene ganas de ver a la nena, sólo desea permanecer en este perfecto estado de reposo, ¿desde cuándo no hace algo sólo por complacer sus deseos? Eso es una coartada. La frase lo ha golpeado con tanta crudeza que, antes de meditar en lo que está haciendo, salta de la cama y se pone los calzoncillos y unos pantalones. Estar desnudo no es buen hándicap para una pelea, se le cruza. Busca una camisa limpia. Siente una extraña calma. Tiene el presentimiento, o más bien la sensación física, de que esta vez va a llegar hasta el fin. Se pone la camisa y unas zapatillas, y entra en el baño.
       Está terminando de afeitarse cuando escucha el timbre. Un timbrazo imperioso que él interpreta tan bien como un lenguaje. Va hacia la puerta: piensa en una res caminando hacia el matadero.
       Olivia está ahí, con la nena de la mano. Altísima, y con vestigios de la belleza que siete años atrás lo ha deslumbrado, pero él no puede evitar que se le cruce “Enorme”. Olivia se ve enorme al lado de la nena. El bolso que trae, y que está instalando en el centro del living, también es enorme. Antes le ha dado un beso y, sin intervalo, le ha señalado un taxi detenido en la puerta. Él ha alzado a la nena y la ha hecho saltar por el aire. Ahora la deja con suavidad en el suelo y avanza hacia el taxi. En el momento de pagar le parece que el taxista lo observa con cierta conmiseración, aunque tal vez es sólo una idea suya. Vuelve cargando dos valijas. Piensa que apenas entre le va a decir a Olivia: Te creés que esto es una mudanza, y que ése será el desencadenante de la pelea, pero en cuanto entra y la ve actuar, se olvida de su propósito. Con desesperación pregunta:
       —Qué estás haciendo.
       Ella gira apenas la cabeza y lo mira de costado.
       —Abro las ventanas —y vuelve a su tarea.
       Una corriente destemplada está borrando la atmósfera cálida y algo espesa que, durante estos dos días, lo ha protegido como un aura.
       —Hace frío —dice él.
       —Me importa muy poco que haga frío. Apesta a cerrado. Y a cigarrillos.
       —Es mi olor —dice él.
       Ella se ha plantado a mirarlo en mitad del living. Las manos sobre las caderas y las piernas un poco abiertas. Un árbol bien prendido a la tierra, se le ocurre a él y con extrañeza recuerda que alguna vez deseó a esa mujer.
       —Bueno, tu olor no tiene por qué aguantarlo tu familia. Porque no sé si recordarás que tenés una familia…
       Cómo olvidarlo, piensa el hombre, y también piensa que sería inútil decirlo: Olivia es incapaz de entender toda ironía que no provenga de ella. Seguiría hablando con el mismo tono con que habla ahora, ampuloso y trágico, como si un público conmovido pudiera admirarla detrás de las ventanas.
       —… si te imagino, ah —está diciendo; junta unos papeles y los estruja—, dos días seguidos mirándote el ombligo. Porque por supuesto no hiciste nada de lo que dijiste que ibas a hacer, si te conoceré, ¡dónde hay un tacho de basura en esta maldita casa! —grita, y va a la cocina sin esperar la respuesta.
       Él observa a la nena: está siguiendo los movimientos de su madre con expectación pero también con cierta confianza. Confianza —piensa él— en que en algún momento ella dejará de gritar y de sacudir objetos y las cosas volverán a la normalidad.
       Así es, piensa, así es la vida. Lo ha pensado con tristeza, como si de pronto hubiese comprendido que algo lo ata sin remedio a este destino, que esta mujer que alguna vez lo atrajo seguirá junto a él por los años de los años sin que pueda hacer nada por evitarlo.
       Un portazo en la cocina lo saca del estupor. Recuerda el sueño; su impotencia en el sueño al ver cómo ella se instalaba en la casa. Sabe lo que habría dado en el sueño por cambiar la dirección de los hechos.
       —No te soporto, Olivia.
       Lo ha dicho en la puerta de la cocina como quien tira una piedra y espera (él, parado en la puerta, los ojos fijos en Olivia, espera) el estampido del choque.
       No hay choque, debió haberlo adivinado: Olivia siempre realiza la jugada que le hace falta para ganar.
       —Mirá la novedad —está diciendo—. Así que ahora también sos capaz de ataquecitos de franqueza. Se ve que estar solo te favorece.
       Se sabe ridículo. No te soporto, Olivia. Y sin embargo (piensa) no hay otra manera de decirlo.
       —Y sin embargo no hay otra manera de decirlo —entra en la cocina—. O yo no encuentro otra manera, que es lo mismo —y por primera vez en esta mañana no se siente un imbécil.
       —Muy bien, ya está dicho, ¿y ahora qué tenemos que hacer? ¿Clavarnos un puñal en el pecho?, ¿echarnos nafta encima y después prendernos fuego? Porque a lo mejor eso te parece más interesante que ayudarme a que esta casa quede un poco habitable.
       —Olivia —dice—, no tengo ningún interés en que esta casa quede habitable. Eso es lo que estoy tratando de decirte.
       —¡Y quién está hablando de tus intereses! ¡Tenés una hija, no sé si te acordarás!
       Él cierra con suavidad la puerta de la cocina.
       —Escuchame —dice a media voz—, me parece que no es necesario…
       —¡Sí, es necesario! —Olivia abre la puerta con violencia—. ¡Es necesario que tu hija aprenda desde ahora qué clase de canalla tiene por padre! ¡Es necesario que sepa que, para vos, ella es menos importante que…
       —Callate —él la toma del brazo y trata de alejarla de la puerta.
       —¡No me pongas la mano encima! —grita ella—. ¡Vení, tesoro!
       —Por Dios —él ve como en una pesadilla a su hija que ha entrado llorando y se aferra a las piernas de Olivia. Esto es un sainete, piensa, pero eso no le atenúa la angustia. Se pone en cuclillas y abraza a la nena con torpeza. Experimenta una necesidad insoportable de ponerse a llorar él también, de quedarse abrazado a su hija y llorar hasta vaciarse. Que ya pasó todo, se descubre diciéndole. Le saca el pelo mojado de la cara y trata de secarle las mejillas con la mano. Claro que papito la quiere a mamita, le dice en un tono tranquilizante que le produce náuseas, que se vaya nomás para el living, que mamita y papito tienen que hablar de algunas cosas importantes y después todo se va a arreglar.
       Oye la voz de Olivia, llegándole desde arriba.
       —Menos mal que todavía te queda algún sentimiento de padre —dice la voz; el tono se va volviendo condescendiente—. Andate, por favor, a jugar con esa criatura, a ver si se tranquiliza de una buena vez —con una servilleta, le seca la cara a la nena—. Vaya, mi amor —le dice (él se ha puesto de pie bruscamente)—, vaya a jugar con su papito que ya se arregló todo. Vas a ver cómo nos divertimos los tres en esta casita tan linda.
       Y sin una pausa vuelve a ponerse en actividad.
       De espaldas a él, ahora, está ordenando una alacena. Canturrea. Él la observa con cierta curiosidad: el movimiento preciso de los brazos, la leve vibración de las caderas que siguen el compás del canturreo. Se siente segura, piensa él. Segura de que, dentro de unos minutos, voy a estar jugando con mi hija en el living. Y todo continuará como si nada nuevo hubiese sucedido. Dice:
       —No pienso ir a jugar con la nena.
       Ella no se da vuelta. Ha quedado inmóvil, la mano un poco levantada, detenida en la actitud de guardar un vaso.
       —Me gustaría escucharlo otra vez —dice por fin, de espaldas.
       —No hace falta. Dije lo que dije.
       Ahora sí ella se da vuelta. Planta el vaso y apoya las manos en el borde de la mesa, los codos un poco doblados, el cuerpo volcado hacia adelante. Una fiera preparándose para el salto.
       —Me encanta cuando te ponés temperamental —dice.
       —No, no te encanta —dice él—. Y a mí tampoco me encanta cuando te ponés sarcástica.
       —¿Y entonces?
       —Entonces lo más sencillo, Olivia. Separarnos.
       —Alalá. Así que era eso lo que veníamos tramando.
       Sus dedos tamborilean unos segundos sobre la mesa. Adelanta un poco más el cuerpo, los ojos clavados en él.
       —Antes vas a tener que pasar sobre mi cadáver —susurra.
       Él carraspea. Comienza a decir algo en tono de burla pero Olivia no da muestras de prestarle atención. De un solo movimiento ha sacado a la nena, ha empuñado el vaso y, con la efectividad de una atleta, lo arroja contra los azulejos.
       Se escucha el estallido del vidrio y, casi inmediatamente, el llanto desesperado de la nena que vuelve a entrar en la cocina.
       —Esto, para que empieces a saber de qué soy capaz —dice. Alza en brazos a la nena y sale.
       Él mira las paredes con el pánico de un preso. Es un preso: si sale de esta cocina tendrá que ver a Olivia y sabe que no podrá soportarlo. Se sienta en un banco, se acoda sobre la mesa (ni siquiera se ha molestado en sacar los vidrios) y apoya la cabeza entre las manos. Se le ocurre que podría esperar la muerte, así sentado en esta cocina. Por la puerta semicerrada le llega el llanto exasperante de su hija y, a través del llanto, la voz de Olivia, consoladora. No entiende las palabras pero algo meloso de la voz lo crispa. Su deseo de ahorcar a Olivia es tan intenso que debe apretar los puños. Papito es malo, dice con tono infantil la voz. Él se golpea la frente con el puño. Después golpea la mesa. Se corta con un vidrio pero ya no le importa. Se ha puesto de pie, ha abierto la puerta de la cocina y sale al living.
       —Ya sé que de esta manera todo es más difícil —dice, y no mira a Olivia, que camina de un extremo al otro del living con su hija en brazos, pero sobre todo no mira a su hija—, ya sé que deberíamos estar los dos solos, sentados en algún lugar tranquilo, y no yo acá parado y vos caminando con la nena de esta manera absurda. Sentados en un café, o en este living, pero solos, para que al fin hablemos, o ni siquiera para que hablemos porque a esta altura ya no me hago ilusiones, nunca más va a existir entre vos y yo algo parecido a una conversación, pero al menos para que yo al fin pueda decirte lo que nunca, callate, lo que nunca me dejaste que te diga, como ahora, ¿no es cierto?, a ver si el miedo al escándalo me deja mudo otra vez. Pero no, Olivia, a esta altura del partido ya no. Y a lo mejor hasta tenés razón, soy un irresponsable hijo de puta y le estoy haciendo un daño feroz a mi hija, no grites, pero quién te dice que a lo mejor las cosas no son más sencillas, que simplemente un día ella crece y es capaz de entender todo esto. De entenderme a mí, quiero decir, tal como soy. O no lo entiende y entonces, bueno, entonces no tendrá padre. O tendrá el padre que vos la vas a convencer que tiene: un miserable egoísta, callate, un miserable egoísta y canalla que la abandonó sin piedad porque no era capaz de pensar más que en sí mismo. A menos que yo ahora dé marcha atrás, ¿no es eso?, a menos que yo ahora te pida perdón y lloremos abrazados y acá no ha pasado nada. No, Olivia, acá pasó algo que no tiene vuelta atrás. Así que no vale la pena esto: ya sé todo lo que vas a decirme hasta que salgas por esa puerta, y a la nena te queda el resto de tu vida para decírselo. Es cierto, sí, soy el ser más insensible que haya pisado esta tierra y las estoy matando a las dos. A lo mejor, hasta nos estoy matando a los tres. Quién puede saber esas cosas. Lo que sí sé es que esto no tiene sentido. Seguir viviendo así, digo, no tiene sentido, espero que algún día lo entiendas —él levanta de un solo envión las dos valijas y el bolso—. Y si no lo entendés —camina hacia la puerta—, si no lo entendés tampoco va a ser demasiado importante. Vos harás tu vida, odiándome, y yo haré mi vida como mejor pueda —ha apoyado una valija para abrir la puerta de calle—. Y la nena también hará su vida. A pesar del padre y de la madre que le han tocado en suerte. Como cualquiera de nosotros —ha dicho. Después ha dejado las valijas en el umbral y, en tono impersonal, ha señalado que apenas salgan pedirá un taxi por teléfono.
       Está temblando junto a la puerta abierta. Le parece que tiene fiebre y que en cualquier momento se va a caer, pero no se mueve de la puerta. Tiene los ojos fijos en Olivia. Ella, parada en el centro del living con la nena llorando en brazos, parece esperar alguna cosa. Que él diga algo tal vez, que haga un gesto capaz de retrotraer la vida a eso que fue hasta unos minutos atrás. Un infierno. Hasta unos minutos atrás la vida fue un infierno. Él se lo repite una y otra vez, como un conjuro para no ceder. Tiene la impresión de que permanecen así —los dos inmóviles, mirándose, y la nena llorando— más tiempo del que es capaz de soportar. En cualquier momento va a caerse o a dar un grito. Por fin la pesadilla se acaba. Olivia, con la nena en brazos, está avanzando hacia la puerta. Sin mirarlo sale a la calle. Antes de cerrar con un portazo le grita algo feroz.
       Perdoname, piensa él. Le duele el cuerpo. Sobre todo, le duele atrozmente la cabeza. Pide el taxi con el último resto de voluntad que le queda. Necesita descansar, no pensar en nada; meterse en la cama y no levantarse en todo el día. Acaba de darse cuenta de que puede hacerlo, de que nada, en este domingo frío y gris, va a impedir que lo haga, elegir alguna vieja novela policial, meterse en la cama y leer hasta que nada salvo la trama rigurosa ocupe su pensamiento. A pesar del cansancio experimenta una calma que hacía mucho había olvidado. No es que esté contento (el llanto de su hija aún le retumba en la cabeza), pero empieza a embriagarlo algo que se parece al vértigo de la libertad. Lentamente, como quien oficia una ceremonia, va hacia el equipo de música y pone, a todo volumen, la Segunda Sinfonía de Sibelius. Después camina hacia la biblioteca. En el momento en que está sacando una novela de Dickson Carr suena el timbre. Decide no abrir: todo lo que podían decirse ya está dicho. Intenta irse para el dormitorio con el libro pero una pesadez inexplicable se lo impide. Empapado de terror, abre los ojos. Está tratando de entender lo que ocurre cuando un segundo timbrazo lo despierta del todo. Mira el reloj sobre la mesita de luz: son las nueve en punto. El tercer timbrazo, imperioso, tan familiar para él como un lenguaje, suena cuando se está poniendo los calzoncillos. Sin esperanzas, camina hacia la puerta.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar