Liliana Heker
(Buenos Aires, 1943-)


El visitante
La muerte de Dios
(Buenos Aires: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2011, 208 págs.)



A Marcela Furlani,
a Julio Rudman



      ¿Podían encontrarse?, le dijo por teléfono Willy Campana: tenía un asunto que charlar con ella. Y Ema, tragándose las ganas de preguntarle qué lo había llevado a querer verla después de tantos años, le dijo que sí, que por qué no se venía hoy mismo a eso de las cinco, ¿tenía la dirección de su casa? Así de fácil. Percibió que una nueva vida empezaba para ella.
       Compró whisky, una cubetera, sábanas bicolores, preparó un termo con café, puso hielo en la cubetera y tendió las sábanas flamantes en la amplia cama de su padre. Se bañó larga, placenteramente, acunada por esta nueva certeza de que Willy Campana no la había olvidado. Por el momento, la posibilidad de que no la hubiese perdonado la inquietaba poco: inmersa en la sensación de que la vida es una aventura y cada hecho imprevisto abre un camino a seguir, confiaba en que, sentada frente a él, whisky mediante, no le iba a resultar difícil explicarle por qué un buen día había decidido no verlo más.
       Imaginó la escena y no pudo evitar ver su casa como dentro de un rato la vería Willy Campana, quien nunca, en los meses en que ¿fueron novios?, ¿podía decirse realmente que habían sido novios?, en los meses en que furiosamente, en hoteles de mala muerte, de pie contra paredones, en cualquier descampado, hicieron el amor, nunca en esos meses había podido (ella no lo había dejado) acercarse siquiera a la esquina de su casa. Y ahora que por fin iba a entrar, no quería que la viese como era en la actualidad, decrépita y sombría. No porque le importara lo que podía pensar de la casa misma: lo que no quería era que la imaginara a ella viviendo todos estos años en un lugar así.
       El patio, ahí estaba la solución: con unos lindos almohadones sería el lugar justo para la charla. A la disparada tomó un taxi (esa tarde estaba imparable) y media hora después volvía trayendo el paquetón. Con esmero, acomodó los almohadones en los sillones de hierro. Se alejó para apreciar el efecto: una llamarada de alegría. ¡De plástico y anaranjados!, habría rugido su padre, y quién sabe si no los habría quemado como le quemó el long play de los Bee Gees. Pero estaba bien muerto y, a partir de ahora, la casa iba a ser lo que ella quisiese que fuera. El cielo estaba un poco encapotado pero no creía que fuera a llover en la próxima hora. Y después, Dios diría. Una ráfaga de jovialidad la sacudió de pies a cabeza. Pasemos al patio, le iba a decir; adentro todo es demasiado… Se detuvo: no encontraba la palabra. ¡Vetusto, ahí estaba! Adentro todo es demasiado vetusto, así le diría. Él seguramente se iba a reír, siempre le había hecho gracia el vocabulario que ella usaba. No me hablés en difícil, solía decirle, yo soy un pibe de barrio. Eso la ponía frenética, cómo cambia una con los años, ahora la enternecía acordárselo, esa cara de loco y las palmas hacia adelante como quien trata de frenar una avalancha, ¿seguiría teniendo rulos? Capaz que se está quedando pelado, pensó con cierto humor. En ese momento sonó el timbre.
       Pelado no estaba pero tenía el pelo más bien corto así que rulos no se le veían. Simpático seguía siendo o, al menos, muy amable. La palabra “vetusto” no pareció haberle hecho alguna gracia. “No, por favor”, dijo, muy serio; “no me importa para nada que la casa esté desarreglada”, pero Ema, por supuesto, insistió en que pasaran al patio. Whisky no había aceptado, sólo un café, dijo; tenía que irse enseguida. Ella igual había dejado la botella, el hielo y los dos vasos sobre la mesa ratona. Por si después me querés acompañar, dijo. Hablaron vaguedades: el trabajo de él, la profesión de ella, los hijos que él tenía —dos adolescentes ya, parece mentira—; sobre la esposa hizo apenas una referencia vaga, ¿estaría separándose?, aunque no había tenido la precaución de sacarse el anillo. Mejor así, las cosas claras de entrada, ella tampoco quería compromisos prematuros. “La vida te va llevando”, se encontró diciéndole en determinado momento, “y de pronto te das cuenta de que no hiciste otra cosa que quedarte en el mismo lugar”. No era ése el rumbo que se había propuesto tomar; quería mostrarse mundana, independiente, una mujer que hace lo que quiere, cuando quiere. Debía ser más cautelosa con el whisky, el problema era que él no ayudaba demasiado. Hablaba poco y ahora parecía algo nervioso o, tal vez, impaciente. Ema trataba de descubrir en esa cara a la del muchacho que, sólo para demostrarle cuánto la amaba, se había tirado al río desde la costanera. “Estás loco, ¿por qué hiciste eso?”, le había gritado ella cuando él salió, chorreando por los cuatro costados. “Para que veas lo que soy capaz de hacer por vos”. Ella pensó en Hamlet y en el modo raro en que podían coincidir el genio mayor de la literatura y un semianalfabeto como él. No se lo dijo, por supuesto; no creía que a él le pudiera interesar este tipo de superposiciones. Cosas como ésa, y no sólo los principios de su padre, la habían separado de él. No se puede vivir con alguien con quien ni siquiera se puede compartir a Shakespeare, así pensaba en ese tiempo. Ahora en cambio estaba convencida de que la copa de la vida hay que bebérsela como viene.
       —¿Por qué me mirás de esa manera? —dijo él; se lo veía incómodo.
       —¿Te miro de alguna manera especial? —Ema se rió—. La verdad, ni me di cuenta. ¿Más café?
       —No, gracias, me tengo que ir enseguida —miró el cielo—. Además va a llover.
       Ella volvió a reírse.
       —Y eso qué tiene que ver —dijo—. Por favor, Willy, no seas incongruente.
       Él se encogió de hombros.
       —Soy como soy —dijo.
       —¡Claro que sí! —tuvo la impresión de que había hablado con exagerado entusiasmo; se esforzó por bajar el tono—, si eso era justamente lo que quería decirte, que a mí me gusta, que a mí siempre me gustó cómo eras, sólo que… Te pusiste colorado, qué increíble, igual que antes. Recién ahora te veo igual a como eras antes. Te ponías colorado por cualquier cosa. A mí eso me daba una ternura tremenda, ¿sabías?
       Con sequedad, él dijo:
       —No, la verdad, no sabía —miró el reloj—. Tengo que irme.
       —Era demasiado contenida, ¿no es cierto? Ése era mi problema, me costaba mucho expresar mis sentimientos. O tal vez estaba convencida de que yo… Supongo que mi padre tuvo bastante que ver con eso, eso de creer que yo… que él y yo debíamos ser… Papá murió, ¿te lo dije?
       —Sí —pareció recapacitar—. No.
       —¿Sí o no? —dijo Ema con irritación—. Perdón, el tono me salió demasiado examinador, ¿no es cierto? Siempre me decías que yo no te hacía preguntas: te tomaba examen.
       Él se mordió apenas el labio superior.
       —Da lo mismo —dijo—. Lo que pasa es que no me lo dijiste pero igual lo sabía. Lo leí en las necrológicas.
       —¡No me digas que leés las necrológicas!
       —Gajes del oficio —dijo él—. Escuchame.
       —Gajes del oficio —repitió ella; por un momento pareció perdida, como olvidada de dónde estaba; se sacudió el pelo de la cara con cierta brusquedad—. Claro —dijo—, si debés pasarte el día entero leyendo avisos. Pero te decía, siempre me costó un montón expresar mis sentimientos. Una cuestión de orgullo. De falso orgullo, bah, algo que, para mi desgracia, me inculcó mi padre desde que era chica. Vos sabés la idea que él tenía sobre la “gente superior”, como él la llamaba. Bah, no sé si lo sabés pero era así. Él creía que el mundo entero se tenía que rendir ante nuestra, que sé yo, ¿frondosa cultura, digamos?, así que si un día yo me dignaba a formar pareja tendría que venir, no sé, por lo menos Ortega y Gasset resucitado a pedir mi mano. Nadie por debajo, ¿entendés ahora?
       —Creo que no deberías seguir tomando —dijo él.
       —Dejame, si recién estoy llegando al meollo de la cuestión. Quiero decir que era como si yo irradiara, entendés, eso creía mi padre de mí, o eso es lo que siempre creí que él creía. Que yo irradiaba y entonces el hombre más genial de la Tierra se tenía que dar cuenta y caer a mis pies. Pero no era así. Nadie viene a buscarte. Una vez, esto nunca se lo conté a nadie, es mi secreto, una vez, cuando tenía treinta años y me sentía más sola que un perro, creí que sí, que por fin había encontrado al hombre indicado. Nos conocimos en una revista —se rió—: yo estaba en la página central y él en la contratapa, ¿qué te parece? El principio de un cuento de amor, ¿no? Pero es de verdad. Una de esas revistas culturales que salían por aquellos años. La Colmena creo que se llamaba, algo así. Bueno, me habían hecho una entrevista por el libro que había sacado —lo miró—. Saqué un libro, ¿sabés? —se encogió de hombros—. Bah, casi nadie sabe. De poemas, pagado por mi papá. No pasó nada. Pero la cosa es que en La Colmena me hicieron una entrevista. Con foto, una foto grande, entre unos árboles. Pasaba la luz entre las hojas de los árboles y me daba en la cara y en el pelo. Una linda foto. Me gusté esa vez. La foto y lo que dije. Me gustaron. Estaba contenta. Y encima, cuando voy hojeando la revista y llego a la contratapa, zas, me encuentro con la foto de él. Medio en las sombras y con el bandoneón. No te voy a contar quién es porque él sí, ahora, es conocido. ¿Sabés lo que es el amor a primera vista? Bueno, eso es lo que yo sentí cuando vi la foto. Y ni te cuento cuando leí la entrevista. Hablaba de Bach, hablaba de Haendel, hablaba de De Caro. Yo estaba de acuerdo con todo lo que decía. Y podía jurar que a él, cuando viera mi foto y leyera mis palabras, le iba a pasar lo mismo conmigo. Fue como una explosión de alegría. Iba por la calle y volaba. Todo el tiempo imaginándolo a él leyéndome y después buscando por cielo y tierra mi teléfono para llamarme. Así viví durante un mes: esperando su llamada. Hasta le di a leer la entrevista a mi padre, como quien no quiere la cosa. Por las dudas; para que lo admirara antes de que hubiera algo entre nosotros. Pero no me llamaba. Pasaba el tiempo y no me llamaba. Pensé que seguramente era tímido, que le costaba tanto como a mí dar el primer paso, que creería que a lo mejor yo… vaya a saber. Así que un buen día me decidí. Si la montaña no iba a Mahoma… ¿no te parece? Averigüé dónde actuaba, un boliche de morondanga en Palermo Viejo, antes de que Palermo Viejo fuera esto que es ahora. Sabía los días, sabía la hora, sabía todo. Me arreglé como una novia. ¿Sabés cómo me palpitaba el corazón delante del espejo? Y después, cuando iba para allá… creí que me iba a saltar el pecho. ¿Te imaginás la violencia que se tiene que hacer una mujer como yo para dar un primer paso como ése? Tenía todo planeado. Llegar media hora antes de la función y, a quien me recibiera, decirle quién era yo y darle mi libro. La del sol en la cara. Así pensé yo que iba a pensar él cuando le dijeran mi nombre. Tuve que golpear porque todavía estaba cerrado. Me atendió un muchacho, no me quería dejar pasar pero yo insistí tanto que lo desconcerté. Decile quién soy, le repetía, él ya va a entender. Estaba como loca. Al fin me hizo pasar, y después fue a avisarle. Él estaba sobre el escenario haciendo la prueba de sonido. Yo le vi la cara, entendés, yo le vi la cara cuando el otro le dijo mi nombre, cara de quien está queriendo decir (o tal vez lo dijo) ¿y esta loca de dónde salió? Ya no podía salir corriendo. Así que hice todo hasta el final, como quien se impone un castigo. Esperé a que él viniera y le di mi libro. Me lo agradeció con mucha cortesía. Después se fue. Y yo sigo acá, esperando todavía a mi príncipe azul.
       Él la miraba con cierto aire de incredulidad. Parecía que le costaba hablar.
       —No te calentés —dijo por fin, en voz baja—, no soy yo —se rió apenas—. Nunca hubiese conseguido deslumbrar a tu padre.
       —¡Pero él está muerto!, ¿no te lo dije ya? Se murió hace justo una semana —hizo un gesto burlón—. Todavía estoy de luto riguroso.
       —No me parece cómico —dijo él—. Siempre quisiste mucho a tu padre.
       —¿Eso creías? No sé, yo no estoy tan segura. Lo admiraba, eso puede ser. De chica, sobre todo, sabía tantas cosas. Y tenía sus principios, o no sé si llamarlos principios, una idea muy categórica sobre lo que, según él, estaba bien, y lo que estaba mal. Eso impresiona cuando una es chica, ¿no? Pero después… Un día, una compañera me prestó una novela de esas del corazón, ¿sabés lo que hizo cuando me la encontró?
       —¡La quemó!
       Ema lo miró con expresión extraña.
       —¿Quemarla? No, no, ¿por qué se te ocurrió semejante cosa?
       —Vos me lo contaste.
       —¿Yo? Vos estás loco. Yo nunca te pude haber contado eso por la sencilla razón de que nunca ocurrió. Mi padre nunca habría quemado algo que pertenecía a otra persona.
       —Estoy seguro, es decir, estoy seguro de que me contaste que algo te quemó. Estábamos… bueno, no importa dónde estábamos. La cuestión es que habías tomado mucho whisky y te daba furia no poder decirle que estabas conmigo. Tener que volver temprano, creo que era eso lo que te daba furia. No animarte a decirle la verdad y entonces tener que volver temprano, algo así. Hablaste mucho esa vez, me acuerdo bien. De tu padre y de todas las cosas que no hacías por temor a ser juzgada por él, y de la opinión que él tenía sobre mí y sobre toda la gente y todas las cosas que eran como yo. Shit. Así me dijiste que nos llamaba, me acuerdo la risa que me dio. Yo no tenía ni la más pálida idea de lo que era shit.
       —Me acuerdo, sí. De tu cara cuando me preguntaste: ¿Qué mierda es eso de shit? Yo no podía parar de reírme. Me reía tanto que ni te podía contestar. Mierda, mierda, decía yo mientras me reía. Y vos, ¿pero qué quiere decir? Y yo: Mierda, tarado, lo que shit quiere decir es mierda. Creo que nunca me reí tanto.
       —Sí, seguro, estabas un poco sacada ese día. Creo que fue después de eso que… Pero qué importa ahora toda esta historia.
       —Importa, claro que importa. Yo te amaba, Willy. Y vos también me. No me digas que no, ¿te acordás esa tarde en que te tiraste al río?
       —Fue hace casi treinta años, Ema. No vale la pena que volvamos sobre eso. Mirá, están cayendo las primeras gotas. Mejor me voy antes de que se largue del todo.
       —Qué importa el tiempo. Estamos acá, y estamos vivos. ¿Por qué no vamos a poder…?
       Él hizo, con la mano, el gesto de apaciguarla.
       —Ema —dijo—, no tiene sentido todo esto. Se terminó, y bien terminado.
       —Yo lo terminé, eso querés decir. Es cierto, sí: yo lo terminé. Pero fue por mi padre, es lo que trato de explicarte. No me animaba a hacer algo que.
       —Por favor, dejá tranquilo a tu padre. Hizo lo que pudo con su vida, como todos nosotros —se puso de pie—. Y quería lo mejor para vos, seguro. Mejor me voy ya, cada vez llueve más fuerte.
       —Podemos pasar adentro, total…
       —Te digo que no —dijo él con brusquedad. Se calmó—. De verdad se me va a hacer tarde —y fue enfilando hacia la puerta.
       Ema lo siguió, sin ganas.
       —Algo querías charlar conmigo —iba diciendo—. Me parece que yo hablé tanto que, al final…
       —No tenía ninguna importancia, te juro.
       Ahora estaban ante la puerta.
       —Quedate, por favor —dijo Ema—. Es sólo una lluvia pasajera.
       —No es la lluvia, en serio. Tengo que trabajar.
       —No me pongas pretextos tontos. Nadie trabaja los sábados.
       —Los inmobiliarios sí. También los sábados.
       —Cierto, sí, es un buen día para ver casas —se quedó un momento en silencio; después se rió; de pronto le parecía haber entendido algo. O se dio cuenta de que hacía rato debió haberlo entendido—. Gajes del oficio —dijo en voz muy baja.
       —Qué se le va a hacer —dijo él—. Hay que ganarse el puchero de alguna manera.
       Ganarse el puchero, pensó ella, y recién entonces se animó a verlo casi sin miedo, la cabeza inclinada sobre el diario ¿buscando tal vez el llamado de la suerte? y la alegría, o la esperanza, cuando encontró el nombre, a la hija de este tipo la conozco, tenían una casa grande, a lo mejor…
       Abrió la puerta de calle.
       —Gracias por la piedad —le dijo cuando él estuvo afuera.
       —¿Piedad? No, ¿por qué? Fue lindo verte. De verdad —le tocó la cara—. Yo también te quise —le dijo, como una ofrenda.
       Y se fue.
       Ella cerró la puerta con suavidad y caminó hacia el patio. Ya casi no llovía. Iluminados por el agua reciente, los almohadones naranja resplandecían como una llamarada de alegría. Pensó que era una suerte que fueran de plástico. Y también pensó que, de cualquier manera, la vida, como siempre, recién empezaba.



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