Aquel solar de las afueras. Pombo vino una tarde a la piquera y se puso a hablar, con los ojos blancos, por una cosa que ardía en él. Nosotros, los choferes, escuchábamos a Pombo sin oírlo. Siempre era Pombo el que hablaba en aquella piquera, cuando la tarde no ofrecía nada y los carros descansaban, ciegos. Había algo que mellaba lo que salía de él antes de llegar a nosotros, los choferes blancos. Puede que fuera su piel negra, o su voz de campaña, o su motor de palabras, siempre las mismas. Ninguno veía lo negro en Pombo ni sentía agitarse el agua que hervía en su garganta cuando decía lo que nadie había querido enseñarle, lo que él quisiera decir sin palabras posibles para ello. Puede que su sentido se expresara en música, en el cuero del bongó, si hubiera en nuestros oídos algo con que engrampar el sentido de la música. Así era él. Por las noches dejaba el carro a un hermano suyo, que no tenía título, un fiñe de dieciocho años, y se iba a las afueras con el cuarteto. Pombo pagaba una sola cuenta y eran dos los que trabajaban el carro. Un Marquette. Comenzaban entonces a llegar a La Habana estos carros, y uno dejaba siempre tres, cuatro y hasta más dólares en el garaje para tener derecho al estreno. Pombo manejaba como todos los que pueden llamarse boteros, si ustedes me entienden. Siempre tenía fajazones con los dueños, y no había uno al que no debiese varias cuentas, y siempre cogía los mejores carros. Es bueno ser amigo de un hombre que regatea en las carreteras y vuelca los carros y fogonea los carros y nunca le pasa nada. Una vez fue al vivac y volvió transformado. Desde entonces comenzó a hablar y decir cosas fantásticas que él había visto por las noches en las afueras, donde iba a tocar. Nadie supo qué le habían hecho allá, pero no hay duda de que le habían hecho algo. La gente dice que los negros ven lo que nosotros no podemos ver; que tienen espíritus que les comunican misterios.
Pombo era amigo nuestro y venía a la piquera por las tardes con la emergencia puesta y las ruedas a rastras y el carro echando humo y machacando. Todos los días había que hacerle algo a su carro. El reía una risa arrancada y decía que pensaba acabar con todos los carros de los garajes, y los ojos se le estriaban. Era en un café de chinos y nosotros estábamos en el fondo, en el reservado. Ninguno tenía cuarto ni guardaba nunca el carro, y dormíamos algunas horas en el pescante, de madrugada. El policía venía a veces y nos rayaba la multa sin tocar siquiera el tolete. Puede que fuera un policía novato, acabado de llegar del campo, de los que no conocen todavía a los boteros y los confunden con los demás choferes. No los otros. Estos saben quién es quién allí y nos buscan para salir a la carretera con mujeres que ellos saben. No hay quien sepa de eso más que nosotros.
Y así vino Pombo aquella tarde. Entramos en el reservado nosotros tres, y no le tomamos nada al chino. Pombo mismo había tenido algo que ver con este chino y, desde entonces, nos miraba de lejos —el chino— y no se atrevía a preguntarnos qué queríamos. Había que llamarlo con la mano —y eso uno de nosotros, los choferes blancos—. Ninguno lo llamó aquella tarde. La puerta de cristal pintada de verde se cerró y quedamos en el reservado, aquel hueco cuadrado y con pinturas de pájaros raros y mujeres con bolsas a la espalda y niños en las bolsas, y hombres aparejados a carretillas donde se sentaban otros hombres, y abanicos y torres de sombreros rojos junto a lagos con el retrato de la luna. Cuando Pombo miraba aquella luna se le hinchaban los ojos y comenzaba a contorcerse como un caballo y a espumar. Uno de nosotros, los choferes blancos, le cogió miedo y no volvió más por allí. Pombo quería decir algo cuando veía la luna que no le cabía en sus palabras y por eso espumaba. Esa tarde comenzó a hablar como nunca lo había hecho. Había pasado la noche en el vivac; la del día antes. Por eso sé yo lo de aquel solar, que ya está sin gente, allá en las afueras, y el dueño anda poniendo anuncios para venderlo.
—Nadie puede comprar ese cementerio —dijo Pombo—. Es un lugar maldito. Todos los inquilinos huyeron de él un día y dejaron allí todas las cosas, y aquél es ahora un cementerio de cosas.
Tal vez también de almas. Nosotros mismos arrancamos una noche para allá y pasamos al lado, y a Pombo se le fue el timón y el carro chocó contra una esquina. Era una esquina de tablas, y no le pasó nada. Todo el solar estaba cercado con una valla de tablas sin pinturas, salvo el «SE VENDE», comidas por el sol, y dentro —decía Pombo— se veían luces de noche. Nosotros, los choferes blancos, no hemos visto nada, al no ser la luna blanqueando el solar y las tejas, y los gatos que andaban por encima. Pero la gente dice que los negros ven en la luz blanca de la luna lo que nosotros no podemos ver.
Una vez fuimos allí y no volvimos más, sin embargo. Yo no sé por qué. Había una carretera que pasaba cerca y nosotros siempre íbamos a dar un rodeo, para pasar al campo. Estaba en las afueras, y había que andar bastante para llegar donde había más casas, allá por la Lisa, cerca de La Habana. Nosotros sabíamos el cuento que nos había dicho Pombo, pero había algo en aquel cuento que no quería asomar a las palabras y que quería salir todo junto y que se iba a los ojos.
Uno sabe las cosas, y cuando ellas quieren, salen. Y uno sabe nombres y conoce gente y todavía tiene en la memoria el nombre de Garrida, la criada que se casó con el negro del matadero. Nosotros mismos, los choferes, la habíamos conocido cuando llegara de su tierra con las mejillas coloradas y un pañuelo amarrado a la cabeza. Y al negro que trabajaba en el matadero y se casó con ella y la llevó a vivir al solar de las afueras, donde también vivía entonces Pombo, y al hijo que tuvo con el negro, que salió blanco, y que le prendió fuego una noche Malvina, la negra que se había vuelto loca. ¡Cosa más espantosa! Malvina se había vuelto loca a causa de su hija, Rita. Los periódicos no hablaron de aquello y la policía no fue al solar a prender gente ni a registrar los cuartos. Malvina estaba loca porque una tarde se encerró su hija, Rita, en el cuarto, y se puso su traje de seda punzó y luego se roció con gasolina del galón de Pombo y se prendió fuego.
—Mi hija se dio candela porque era negra y porque tenía a un blanco metido en la cabeza. Mi hija, Rita, era negra como el carbón y el hombre que tenía en la cabeza era blanco como la llama. Por eso mi hija se volvió contra su piel y la quemó. Mi hija está ahora en el infierno de los negros ardiendo hasta que llegue allí un blanco que tiene que ir a darle su piel para que pueda subir al cielo de los blancos.
Malvina hablaba así junto a la valla del solar, por la parte de fuera. Hablaba con ella misma y nadie le hacía caso, y no quería tomar la sopa que los demás inquilinos le llevaban en un cacharro de lata. El sol la quemaba por el día y la luna la bañaba por la noche. Ella miraba a la luna y le hablaba desde aquí abajo palabras que nadie oía y le hacía promesas que nadie sospechaba.
Las palabras que decía Malvina se iban a anidar a sus propios oídos y le hacían promesas. Le hablaban de Garrida y del hijo que ésta había tenido con el negro; el hijo que había salido blanco. El niño estaba entonces enfermo en la cama, y a veces salía él del matadero con Garrida por la noche y lo dejaban acostado, durmiendo, y la puerta sin cerradura. Malvina pasaba ante esa puerta y sonreía, farfullando palabras suyas, para ella.
—Esa mujer está loca y no tiene cuarto y se nos va a morir un día en el patio —decían los vecinos—. No tiene cuarto ni puede lavar y mejor es que se muera pronto. Deberían llevarlos a los loqueros.
Malvina no oía nada de lo que oían los demás. A veces se sentaba en la parte de dentro a escuchar la música de los negros, que le decía cosas milagrosas. Los negros se juntaban por la noche en el patio y prendían un fuego y calentaban allí los bongóes. Aquella música resonaba en la noche, y la luna palidecía allá arriba y los oídos de Malvina escuchaban lo que nadie más podía oír. A veces reía durante una hora seguida y luego se iba a la parte de fuera a hablar con el aire. Allí la vio una vez la policía y uno de ellos la arrastró por un brazo. Alguien había llegado al precinto a hacer una denuncia. Habían dicho que los ñáñigos habitaban en aquel solar y luego fue la policía y no encontró nada. Pombo lo contaba después. El mismo estaba entonces entre ellos.
Aquélla fue la noche del suceso: un domingo. Habían salido Garrida y su hombre y no había fiesta por la noche. Creo que se celebraba la inauguración del Capitolio en La Habana, y el Parque Central estaba lleno de almas. Nosotros pasábamos por allí y teníamos que tocar el fotuto y si acaso tirarle el carro encima a uno para que se abriera. Tal era el día, que muchos pensaban hacer hasta diez y doce pesos para desquitarse de la semana. Bien; allá arriba, en las afueras, eran otros los sucesos.
Malvina estaba sentada en la parte de fuera cuando Garrida y los demás volvieron al solar.
—Buenas noches, Malvina —dijo Garrida.
Malvina levantó los ojos y rió y no contestó nada. No podía. Estaba muda. Durante días y días había hablado con la luna y la luna había desaparecido ahora. Al irse la luna Malvina supuso que se había ocultado para encubrir su crimen y se fue al cuarto de Garrida a buscar al niño que había nacido blanco. Habían quedado algunos vecinos en sus cuartos pero nada sintieron. Malvina había ocultado en el monte el galón con el resto de la gasolina que había usado su hija. La luna le dio tiempo de buscarlo antes de ocultarse y después Malvina se movió a tientas en aquel cercado, envuelta en su bata punzó, y sus labios se sellaron. Por eso no pudo contestar cuando llegaron los otros y vieron las cenizas en el patio de la tierra. Todos los sentidos se habían cerrado en ella para contener el secreto de la noche y de la luna, y el bongó sonó desde entonces distinto, como si en su centro hubiera una luna muda, una luna de trapo.
Garrida. Acaso yo la recuerde, de cuando trabajaba de criada en El Vedado y yo era chofer de la misma casa, y ella había llegado recién con sus cachetes colorados. Era una moza joven y linda esta Garrida, por entonces. Venían los hombres de su país a verla, por las noches, y hablaban con ella junto a la reja del jardín cuando salía a sacar la basura. Nadie supo lo que había pasado en ella. Por algún tiempo habló con aquellos hombres, y a veces salía los domingos. Nadie le dijo nada en casa. Había allí un joven que estudiaba en el instituto y otro que estudiaba en la universidad. Garrida dormía en el jardín, en una caseta, y los jóvenes llegaban por la noche, tarde, y se iban a tocar a su puerta. Puede que estos jóvenes hubiesen ido alguna vez lejos, a alguna playa, y llegasen mareados. Nadie podía decirlo. Yo dormía en el garaje, al otro lado del jardín, con el perro. Por eso yo despertaba cuando llegaban ellos y tocaban a la puerta de Garrida. El perro me despertaba. Dormía en la esquina sobre unos sacos y saltaba por encima de mí para ir a saludar a sus amos. Mi puerta estaba abierta para dejar entrar la brisa. Yo veía luego las sombras de los jóvenes entrar en la casa y me ponía a pensar en Garrida, al otro lado del jardín. Nada dije de eso, sin embargo. Un día me despidieron sin saber por qué. Creo que lo pidieron los jóvenes.
—No tenemos que darle explicaciones —dijo el caballero—. Ahí tiene la cuenta.
—Usted lo que es, es un caretudo —dijo la señora.
—Rompe por ahí antes de que te pateemos —dijeron los jóvenes.
Eso entonces. Luego fue lo otro.
—Esa mujer se volvió contra sí misma —dijo uno de los choferes, en la piquera—. Garrida se hizo algo en su vida que la blanqueó en los sentimientos, y se volvió contra sí, contra lo que en ella había de blanqueado. Por eso se casó con el del matadero (o se amontonó con él) y el niño fue para ella como un dios negro y extraño que purificara sus culpas blancas.
—Garrida guardó las cenizas en un pañuelo de seda —dijo Pombo—. Todos los del solar formaron un muro para que la noticia no pasase de allí, y ella calló. El del matadero vino a mi cuarto, y rió como siempre y luego hicimos música, la otra noche, y luego, un día se mudó y tardó en volver. Garrida quedó allí. No tenía qué hacer y comía lo que le daban en una fonda de la Lisa.
—En esta casa hubo traición —dijo una mujer del solar—. Esa blanca trajo aquí la traición con su hijo blanco, hijo de negro, y desde entonces nadie se saca nada en el juego.
—Esa blanca es como la muerte blanca en la casa de los negros, y todo lo que caiga sobre nosotros será maldición de los dioses blancos —dijo otra mujer.
El del matadero se fue de allí y Garrida quedó sola. En su cabeza algo andaba desarreglado desde la desaparición de su hijo. Por las noches, veía la llama lamiendo su piel y dejándola negra, como hijo de negro. Malvina se sentaba todavía por la parte de afuera de la valla, pero sus labios se habían cerrado y sus ojos miraban a la luna. Garrida pasaba a su lado y bajaba la vista. No se atrevía a mirar los ojos de la mujer que había quemado a su hijo. Los ojos de Garrida no lloraron más y su voz se transformó y se olvidó de los canales que le había dado su tierra. Se cortó la melena y se amarró un pañuelo de seda roja a la cabeza, con dos orejas, como las negras.
—Usaba trajes como las negras, y hablaba como todos nosotros —dijo Pombo.
Por las noches se encerraba en su cuarto y escuchaba a los negros en el patio y veía sus cosas al través de una rendija, y cuando hacían fiesta, ella bailaba dentro, como ellos, pero sola. Había hecho un santo para sí sola y era un santo negro, hecho de tela negra y botones blancos por ojos y le había hecho un altar rojo, con el pañuelo que tenía las cenizas. Nadie veía ese santo. Garrida lo tenía en el ropero y se arrodillaba ante él y se ponía a rezar. En sus rezos había palabras extrañas no oídas en ningún rezo de blancos. Encerrada en su cuarto, Garrida hacía sólo cosas de negros, cosas que le habían transmitido la palabra y la música y los movimientos de los negros y de las cuales estaba preñada.
Garrida había querido hacer cosas de negros, por mucho tiempo. Ella misma hubiera querido ser negra, y que nadie viera su color en aquel solar, y tomar parte en sus fiestas. Era una cosa de amor, en ella, que necesitaba amor. El del matadero y los demás no la amaban porque era extraña y se burlaban. Garrida había querido borrar la frontera de las pieles, porque pensaba que era sólo eso, con un aliento que llevaba dentro, borrar de la memoria de los negros la impresión de que ella era blanca y de otras tierras. Por mucho tiempo había querido eso. Día y noche espiaba lo que en los negros había de distinto a lo de ella y trataba de fundirlo todo con calor. El hombre del matadero había trasmitido a la mujer algo suyo, que la hacía por dentro como él. Sus palabras habían quedado en ella, su voz había quedado en ella, su color había quedado en ella, pero era distinto.
Garrida lo tenía todo oculto. No se atrevía a exhibirlo. Las negras de la casa se reirían de ella si Garrida hablara como ellas, a medias. A veces le hablaba así a su hombre y él la remedaba. Había una timidez agazapada que no le permitía ser negra. Se acordaba de que no lo era y de que las demás no querían que lo fuese. Sola, bailaba como ellas, pero acompañada no se atrevía. Sus nervios se contraían. Su cintura se ponía en tensión como un cuero. Luego se iba al cuarto y lloraba, antes de írsele el hijo. El del matadero iba luego a ella y ella le decía «mi prieto santo», pero en su voz no había aquel sentido. Había el sentido de querer decirlo, pero no lo decía.
Por eso se le fue un día este hombre, después de lo del hijo. Garrida habló de esto a su santo. Entre ella y el santo surgió un lenguaje y una comprensión que ella no había tenido antes con nadie. Le hacía preguntas que ella misma contestaba. Pensó que en su vida había un pecado de rebeldía por debajo de la conciencia y que todo tendría que purgarlo en algún lado. ¡Tenía que purgarlo en algún lado! ¡Tenía que amar a los negros y ser como ellos, eso era lo que tenía! Había querido borrar la frontera con su aliento y no había bastante calor. Por eso el hijo le había salido blanco y por eso se lo habían quemado, porque en su interior no había habido bastante calor para que el hijo saliera negro, carbonizado. Ahora tenía las cenizas del hijo en aquel pañuelo punzó, y en su cuarto, sola, se iba formando el calor para una nueva vida. La locura había comenzado a moverse en Garrida, pero nadie le hizo caso, por de pronto.
Esto, por la noche. Por el día iba a la fonda de la Lisa y lavaba los manteles del dueño y hablaba con él, junto a la contadora. El hombre le preguntaba por su hijo y ella miraba al hombre con sus ojos secos.
—No lo traes nunca por aquí —le decía el fondero—. Te has vuelto negra por dentro. A las mujeres como tú, que se vuelven negras, deberían quemarlas. Deberían carbonizar su piel y ponerles una marca en la frente como las bestias, para que no pudieran pasar entre los blancos —decía el fondero.
El fondero le tenía lástima, sin embargo. Garrida decía que se le había ido su hombre, pero que le quedaba el hijo. Nadie en la fonda había visto tal hijo, y los dependientes reían cuando ella decía que era blanco. Nosotros mismos, los choferes, se lo oíamos decir cuando íbamos allá, a veces. Garrida se había olvidado de mi cara, de cuando trabajábamos en la misma casa en El Vedado. Pombo iba con nosotros a la fonda y escuchaba y sabía que el hijo de Garrida había sido quemado y no decía nada. Hasta aquel día de la piquera. Pombo había salido del vivac y algo se había roto en él que dejó escapar la confesión.
—Si no fuera porque tienes un hijo, te dejaría morir de hambre —le dijo a Garrida el fondero.
Garrida iba allí y pasaba al tinglado que había a espaldas de la casa y se ponía a trabajar. La mujer del fondero la miraba desde la ventana. Asomaba el rostro por allí como una lechuza para odiar a la lavandera. Luego le decía a su marido que la botara, que aquella mujer había llevado su traición a la casa de los blancos y que por eso la fonda iba mal.
—Todo el mundo sabe que esa mujer vive con los negros en el solar de Las Afueras, en las afueras, y por eso no vienen a tu fonda —decía la mujer—. La maldición está en ti y en tu casa por esa lavandera. A veces pienso que tienes algo que ver con ella y que te ha dado bilongo; y tú me vas a contagiar y me vas a volver loca; te juro por mi madre, prieto, que me vas a volver loca. Prieto, que me vas a desgraciar, prieto —decía la mujer del fondero.
Nosotros, los choferes, íbamos allí y nos enterábamos y conocíamos al fondero, y reíamos.
El fondero no hacía caso. Seguía con Garrida, y seguía diciéndole que deseaba verla quemada. Un día dijo que iría a su cuarto a ver a su hijo, y Garrida dijo que primero lo mataría antes de que el fondero se lo viera. El hombre sonrió a esto y nos guiñó un ojo y los dependientes soltaron la carcajada. Garrida pasaba por entre nosotros sin mirar a los lados y los dependientes le disparaban trompetillas.
—Esa es una conga —dijo uno.
—Es una gallina negra —dijo otro.
—Es una burra que ha parido un mulo —dijo otro.
Había allí un rubio alto, con un ojo de cristal, que servía las mesas del fondo. Tenía unos zapatos demasiado largos y cuando pasaba Garrida le ponía el pie delante para tirarla. El cantinero tiraba cáscaras de plátanos en su camino. Uno había inventado un son. Lo cantaba cuando ella pasaba tocando con los tenedores sobre un plato.
—Ahí va la soñera —dijo uno.
—Tiene un hijo negro que ella dice que es blanco y no quiere que se lo vean —dijo otro.
—No quiere que lo vean porque el negro la pintó a ella también de negra por dentro antes de nacer el niño —dijo otro.
—Pombo sabe cómo es el hijo —dijo el fondero.
Pombo callaba, y a veces decía que el hijo era negro también. Pombo lo había visto negro y blanco. Lo había visto en las cenizas negras.
—El hijo es ya negro, pero en un tiempo fue blanco —dijo Pombo.
Nadie entendía en el fondo lo que quería decir. Pombo no mentía.
Garrida no sabía por qué Pombo la ayudaba a guardar el secreto. Cuando se encontraban en el camino no se hablaban. Nadie del solar le hablaba ya a Garrida. Desde su cuarto ella observaba a los demás y luego hablaba con ellos en las voces de que estaba preñada. Por dentro, comenzaban a desleírse las fronteras en ella. Todas las noches, ante el santo, rompía una puntada del traje que le habían hecho. Era como si se rompiera una puntada ella misma, como si comenzara a perder el miedo y a ser lo que había querido ser por mucho tiempo.
—Comenzaba a volverse loca —dijo Pombo.
—Tienes que botar a esa lavandera, o me vas a achicharrar de rabia —dijo la mujer del fondero—. Tienes que botarla ahora mismo, hoy mismo, y que nadie la vea más por estos arrabales, a esa negrera. Ella trajo la desgracia y la desesperación a esta casa. Ella trajo la esterilidad y la miseria. Yo creo que no has podido hacerme un hijo por culpa de ella. Trae la maldición y el mal de ojo de la luna de Las Afueras. Lo trae en la ropa y en los ojos. Sus ojos se han cuajado de luna y ya no lloran. Tú tienes que botarla hoy mismo, mi prieto, o yo me voy y me doy candela y me voy hoy mismo y hoy mismo me vuelvo negrera —dijo la mujer.
El rubio nos lo decía a nosotros, los choferes, al otro día. Garrida se había ido.
—No puede estar más entre nosotros —dijo un dependiente.
—Ahora se juntará con otro negro —dijo otro.
—Pombo se casará con ella —dijo otro.
—¿Está muy crecido el hijo, Pombo? —preguntó el fondero.
—El hijo es negrero como el padre —dijo un chofer.
—No tiene padre —dijo Pombo.
Llegó aquella noche en las afueras. Pombo había dejado el carro a su hermano en la piquera y nosotros mismos se lo cuidamos hasta que llegó. Nadie sabía adonde había ido Pombo. Dijo que tenía una cita con unos yanquis. Nadie le creía a Pombo cuando hablaba en aquel tono, y todos sabíamos que no podía tener ninguna cita con los yanquis.
—Tú lo que tienes es un gallo tapado —dijo un chofer.
—Yo soy mayor de edad —dijo Pombo.
Y eso fue todo. Al otro día supimos que estaba en el vivac, y después vino y se juntó a nosotros en el café del chino. Si no fuera por esto, yo no hubiera sabido el cuento.
—Yo mismo me estoy volviendo loco —dijo Pombo—. Por eso me metieron en el vivac.
Bueno, el solar está vacío. Es un cementerio abandonado. Aquella noche Garrida estaba en su cuarto y hacía dos días que no comía ni salía al patio. Nadie se ocupaba. En el solar había vuelto a entrar el hombre del matadero con otra blanca, y se puso a vivir en un cuarto, y se apoderó de las apuntaciones, quitándoselas a otro. El otro calló. Todo el mundo calló por algún tiempo. Algo se iba comprimiendo en ellos. El del matadero no llevaba nunca premios de la charada ni nadie se había sacado nada desde que entrara con la primera blanca: Garrida.
—Ese negro nos trae la maldición y el castigo blanco —dijo una mujer.
—En ese negro hay traición y daño del diablo blanco y nos lo viene a pegar a nosotros —dijo otra.
—Es un negro enemigo —dijo otra.
—Ese negro trae pega pega, y blancas pegadas, y el mal en la sangre —dijo otra.
Así comenzaron a hablar las del solar. El son tocaba en el patio sin que nadie bailara. Pombo mismo había comenzado a dar oídos a lo que decían y a dar él mismo su opinión.
—Hay que comenzar por la raíz —dijo una mujer—; por Garrida.
Ninguno entraba en el cuarto del del matadero, pero seguían dándole dinero para las apuntaciones y callaban lo que se preparaba. Ninguno de nosotros lo hubiera creído de Pombo ni de los otros, pero en aquella casa comprimía algo. Era como un cañón cargado que dispararía a la luna. Durante una semana desde el regreso del del matadero, los del solar esperaron a que la luna se llenase y hablaron secretamente. Las mujeres habían dado ya pasadas a sus cuartos y llevado albahaca y hecho signos para espantar el mal. Todas menos las dos blancas que había llevado el del matadero. Uno las veía junto a la valla o en las tendederas, hablando, con sus pañuelos rojos, y los hombres en el trabajo. Los hombres venían por la noche y todos se reunían en algún cuarto. El del matadero no estaba nunca de noche. Se iba a hacer las apuntaciones, y los fiñes dormían atravesados en las camas, y la blanca que había entrado de nuevo salía también a veces. Nadie sabía adonde. Pero otras noches se quedaba en su cuarto y cerraba la puerta.
—Ésa viene aquí a traernos al enemigo —dijo una mujer.
—Ella misma es el enemigo —dijo otra.
—Viene a darle otro hijo blanco al del matadero —dijo otra.
—Nosotros tenemos que quemar a las madres para que no den más hijos blancos —dijo otra.
—Las cenizas del hijo quemado son la maldición —dijo otra.
Garrida estaba en su cuarto. A veces asomaba a la puerta y sentía deseos de lanzarse al patio y ponerse a bailar. Pensaba que bailaría todo lo que durante mucho tiempo había dejado de aprender de los negros. Todas las músicas y el espíritu de los negros comenzaban a nacer en ella. Eran simientes que ella había estado queriendo plantar en sí, en la tierra árida de sí. Algo pasó en su cabeza que ablandó la roca de donde manaba el agua para el riego y todo se volvió barro. De pronto las semillas comenzaron a germinar y ya no era sino negra por dentro. Horas y horas encerrada en su cuarto, desde que la botaron de la fonda, hablaba sola y esperaba el momento de juntarse con los negros sin que ellos vieran su color. Ella misma iba dejando de verlo. Su piel la veía en el espejo del color de las cenizas del hijo. El hambre le había dado fuerzas desconocidas, y cuando salía a la puerta saludaba a los vecinos en una voz desconocida. Un día cerró la puerta y se puso a hablar dentro como si hablara con el del matadero, y las mujeres se juntaron en el patio y creyeron que éste estaba realmente con ella. Luego no lo vieron salir y se asombraron. Las cosas que pasaban allí eran todas extrañas.
—Es el castigo de Garrida contra nosotras —dijo una mujer.
—Esta vez tarda la luna —dijo otra.
Garrida hacía días que no oía la música y pensaba que no volverían a tocar más nunca. Quería probar si lo que nacía negro en ella había borrado realmente la frontera y se puso a hablar con una mujer, a través de la puerta cerrada, una mañana. Luego Garrida se puso a cantar. Hacía dos días que se había quitado el luto y se puso una bata roja, y por la noche cantó sones desconocidos, pero sones.
—Nosotros creímos que Garrida tenía allí una negra de fuera —dijo Pombo.
La otra mujer blanca había salido dos noches seguidas y aquélla se quedó en su casa. Cerró la puerta y apagó la luz. Nadie notó nada al principio. Los niños se acostaron. En el medio del patio habían hecho una pequeña hoguera y comenzaban a cantar los bongóes.
—Esta noche habrá son —dijo una mujer.
—Hay que cerrar la puerta —dijo otra.
—El daño caerá hoy en la hoguera —dijo otra.
Por la parte de fuera estaba todavía Malvina, muda, mirando a la luna. La luna estaba ya sobre el solar Las Afueras, en las afueras, y la puerta cerrada no dejaría salir el daño. Los soneros comenzaron a tensar los cuerpos poco a poco. Los cueros comenzaron a mugir como si su voz viniera de una selva muy lejana, como si no fuera más que el rumor muy distante de una selva de fieras. La luna estaba encima viendo aquello. Los hombres y las mujeres se metieron en sus cuartos y esperaron. Los cueros fueron hablando desde muy lejos los lenguajes de las fieras y el piído y aletear de las aves y el rumor de los ríos y el bramido del viento con los árboles. Luego aquel rumor se fue cerrando. Garrida lo escuchaba detrás de la puerta con su aliento contenido. La única puerta cerrada era la de la otra blanca. Pombo pasó y le hizo un signo con una brocha. Los demás esperaban en lo oscuro de los cuartos la hora de salir al patio, hombres y mujeres.
—Algunos estábamos desnudos y otros teníamos prendas de ñáñigos —dijo Pombo.
Todo lo que esperaban era a que los tambores empezaran a hablar a la vez en la voz grande de la selva. El rumor fue creciendo y se hizo grande. Garrida no esperaba más que aquello y ver salir a los demás. Nadie podía saber lo que pensaba.
—Hay que limpiar el solar de la muerte blanca —dijo una mujer.
—Hay que empezar por Garrida —dijo otra.
Luego lo que fue. Nadie vio a Garrida entre ellos, al principio. Luego la vieron. La sintieron con ellos, en la danza, y en el canto, y la magia, contra ella misma. Por eso huyeron. Y por eso Pombo tuvo que ir aquella noche al vivac, y Garrida estaba también allí, en el precinto, junto a la otra blanca, y Malvina fue la única que quedó en el solar con los gatos y con la luna.
—Fue su mala sombra —dijo Pombo.