¡Amarren bien a ese hombre! Está loco. Loco-loco. Flaco, y viejo, como lo ven, y cubierto de flores-de-sepulcro, no se fíen. Ahora lo ven ahí, mansito, como gallo pillo, tomando resuello. De pronto puede dar un brinco. No lo dejen. ¡Trínquenme bien ahí a ese hombre!
Yo soy el Pelado. Sí. Me llaman el Ruso. Fui barbero, y dicen que al hablar con alguien miro siempre al espejo. Pero ahora miro a ese hombre. Ahora sé lo que pasó, y quiero contarle algo a él mismo, corriendo, antes de que se lo lleven. Atando cabos, me sé las cosas. De no haber estado loco... Yo no lo sabía. No se faja uno con un loco; es fajarse con dos, el hombre y la locura. Yo andaba por aquí; vivo aquí, allá arriba, en el bajareque aquel del jardinero. Ahí está mi vieja. Tengo mi penco, mi arrenquín, voy con mis mandados, por mi cuenta. Entonces vengo aquí, le fío a este viejo. Nadie lo sabía —que era loco—. Sabía ocultarla —la locura—. Le fío, y doy vales a mi cuenta en la bodega, y no sé, ni yo ni nadie, que el viejo está loco, ni que tiene guano en el güiro. Trae a la muchacha del campo, se echa el ayudante con los gallos, cura con hierbas y con Tulita a la mujer vieja y enferma que tiene en cama, lleva gallos todas las temporadas a la valla y pierde. Y con todo nadie sabe que tiene guano escondido. Escondido, como la locura.
Esto fue hace un año. Trajo a la muchacha. La vieja estaba ya en cama, soldada a la cama. Fue por entonces. El ayudante estaba ya aquí. Antes iba por ahí, por los repartos, buscando gallos, que afeitaba y llevaba a las vallas y nunca casaba. Luego iba a los galleros, se los vendía por fonfones. Vino al viejo. Le trajo fonfones; y luego vino la muchacha, y el ayudante dio en dar vueltas. Quizá como yo, según dicen, y también él miraba al espejo, con su ojo haragán. Miraba a los gallos, los rejones, los pollos nuevos. Se agachaba, les pasaba la mano, los abosaba contra sus fonfones, en el traspatio. Luego iba la muchacha con comida, por entre los plátanos, las cajeles y las guayabas, como bailando. Erguida, una caña brava, de nudos altos y redondos, girando entre las matas. Se le veía desde fuera, del camino, del otro solar, del hierbazal, a través de la casa de ventanas abiertas, la casa de puertas abiertas: la mujer tirada en la cama, callada, mirando al techo, las goteras, las lagartijas, los sapos, las arañas. Ahí sujeta, fija, los ojos abiertos, como una muerta. Pero viva, todavía, queriendo vivir, y pensando.
Primero, la vieja. La que primero lo vio todo, aun antes de que pasara. El viejo se fue al campo. Dijo que iba a comprar pollos finos. Tulita vino entonces con hierbas, se quedó en la casa, con la enferma, cuidándola. O quizá velándola. El ayudante se quedó con los pollos, solo, durmiendo en el traspatio. La enferma no lo había visto. Ella no miraba a la gente ni a nada, salvo el techo. El ayudante no miraba tampoco a la gente. No iba a la calzada, a la bodega, a la esquina de noche con el grupo de nosotros. Luego la enferma quiso verlo. Preguntó su edad, lo llamó junto a la cama. El viejo estaba aún en el campo. Había estado lloviendo y las gotas caían, lentas, sobre el rostro enfermo y blanco y verde y descarnado de la vieja. El ayudante se echó para atrás; Tulita lo empujó para alante. La vieja miraba aún al techo y a las gotas que le caían en la cara. Y luego, de noche, con la luz encendida y la ventana abierta, miraba a las ranas, retrepadas en palitos, el chinito en cueros, pegadas unas a otras, como mangos verdes y amarillos, mirando a la vieja con sus ojos sin párpados. Cientos de ranas verdes, amarillas, de ojos fijos y saltones, mirando a la enferma desde el palito. Ella miraba al techo, inmóvil, como las ranas.
—Quiero ver al muchacho —dijo la enferma.
Tulita lo trajo. La enferma tardó en mirarlo. Luego volvió, lentamente, la cabeza en la almohada. No el cuerpo, ni siquiera los ojos. La cabeza tan sólo. Entonces él vio que no estaba muerta. Pero ella no habló. Quiso sonreírle, fue recogiendo los labios de encima del boquete sin dientes; volvió a juntarlos. Pero sonrió con los ojos, sin moverlos. Nada más. Volvió la cabeza, miró de nuevo al techo. El muchacho se fue hacia atrás, trastabillando. Después la enferma despegó de nuevo los labios.
—Es joven —dijo la enferma—. Está sucio, pero es joven. Y buen mozo.
Nada más. Tulita no entendió por de pronto. El viejo estaba aún en el campo, y volvió solo, y no trajo pollos ni nada. Venía chévere. Había ido a La Habana y traía un flus nuevo, y pajilla y zapatos nuevos. Esos mismos que lleva, pero nuevos. Después fue al apeadero, una tarde, y salió a la calzada. Entonces traía a la muchacha. La vimos salir a la calzada, zanqueando, subir al camino, la cabeza hacia atrás, la cintura allá arriba, los senos allá alante. El viejo iba delante. Un pariente, dijo luego. La traía —dijo— para cuidar a la enferma. Ésta no hablaba. Tulita siguió yendo, con reparos; callaba también. Sonreía. Miraba al ayudante, me miraba a mí, husmeando, sonreía. La enferma sabía mucho, dijo Tulita. No estaba viva ni muerta, por completo. Quizá haya un intermedio, un sitio desde donde la enferma veía, fríamente, las cosas. Por eso sonrió. Mandó llamar al muchacho, y vio que era joven, y ella sabía. Sólo ella. La joven no era pariente, y el viejo no había ido a comprar pollos finos. Pero la enferma no se iba. Acaso él pensara que al volver ya no estaría, pero ella no quiso irse. Se estaba yendo, pero de pronto se detuvo y se quedó en ese rellano esperando. Desde allí vio fríamente lo de acá; no sé si lo de allá. Vio al viejo yéndose al campo a buscar a la muchacha, y quiso ver al ayudante.
—Es buen mozo —dijo la enferma—. Todavía no me muero.
No se murió todavía. Ya se estaba yendo, pero fue como si hubiera pedido prestado algún tiempo para ver algo. Nada más que para eso. Verlo, oírlo, saberlo: eso era todo. Le bastaba. Podía irse en paz. Ayer se fue. Ya lo sabía, ya lo había visto.
La vieja no me llamó a mí, como al ayudante. Yo no importaba para ella. Sólo el ayudante.
—Ése es el hombre —le dijo a Tulita—. El ayudante.
Yo, nada. Si ella viviera y pudiera decirlo, lo diría. Ella sabía que yo, para la muchacha, nada. Yo venía aquí, le fiaba al viejo, miraba a la muchacha, pasaba al traspatio, miraba a los gallos, veía venir a la muchacha, como bailando, entre las matas. Veía al viejo entre las matas acechando, cortando plátanos, recogiendo en pomos su zumo rojo, su sangre. Pensaba que era yo —el viejo lo pensaba—. Me lo dijo:
—Tú no te acerques a ella —me dijo.
Me enseñó el machete. Luego entregó la sangre de plátano a Tulita y ésta la llevó a su casa. El ayudante cuidaba los gallos por sí solo, y vino la temporada, pero nada. Los gallos estaban cuidados, afeitados y todo, pero el viejo no los llevó a la valla. El ayudante llevó tres, apostó a los contrarios y cobró fuerte. Dijo que eran del viejo. La cátedra les apostó por ser del viejo, y el ayudante, del otro lado, cobró fuerte. Luego vino diciendo que les había apostado a ellos y perdido. Le pasó la cuenta al viejo, y éste, de noche, tuvo que ir a la botija y sacar plata, y dársela al ayudante, encima. El viejo creyó estar solo. El ayudante dijo que se iba a su casa, en Miradores, a ver a la vieja, pero se quedó en el hierbazal y vio al viejo ir a la botija. La muchacha se hizo la dormida, pero siguió también al viejo, por su lado, para ver lo que no viese el ayudante. Ya estaban de acuerdo. La enferma estaba en cama, con los ojos abiertos, y todavía esperaba.
—Tú no te acerques —me dijo el viejo—. No te acerques a ella o te chapeo.
A mí, no al ayudante, me lo dijo.
—¡No mires al espejo! —me dijo el viejo.
¡El criar fama! El ayudante era quien miraba al espejo, realmente. Allí estaba la muchacha. Los dos eran jóvenes, y el viejo era viejo, y flaco, y seco, y lleno de flores-de-sepulcro. Mírenle las manos. Mírenle la cara. ¡Agárrenlo! Trínquenlo bien. Miren cómo me ha puesto. Trínquenlo, que está loco, bien a la silla.
Eso era. La enferma lo sabía, y por eso no se iba del todo. Sabía que el viejo había ido al campo por la muchacha, porque era joven, y tenía ese cuerpo, pero que también el ayudante era joven, y tenía su cuerpo. La enferma no pensó en mí, ni dijo: «No te acerques», y en la calzada los otros me pinchaban, y no pensaban en el otro. ¡El no criar fama! El ayudante no miraba a la muchacha. No andaba tras ella, mirándola, a la vista de todos, bajeándola con los ojos. No hablaba de muchachas sino de gallos, y sus gallos siempre perdían; y el viejo ya no pensaba en los gallos sino en la muchacha. Por eso la trajo. Creyó que la vieja estaría ya muerta o que se moriría en seguida. Tulita se lo dijo. Pero aún no era tiempo.
—Todavía me queda algo por ver —le dijo a Tulita; la vieja se lo dijo—. Tú misma vas a ver algo. Luego me cuentas —dijo la vieja.
Pero nadie vio nada, realmente. Nadie los vio juntos, a la muchacha y el ayudante, desenterrando el guano, escapando, de noche, por el aromal, entre las cañas bravas, hacia el río. Pero eso era lo cierto. El viejo no quería creerlo. Yo no estaba ya aquí. Me había ido. Yo no sabía nada, pero tenía que irme. No había chance. Yo sabía ya que no había chance con la muchacha y creí que era porque yo soy el Pelado, y me llaman el Ruso, y esas cosas. Me lo dijeron los otros, en la calzada. Entonces me fui para otro barrio, el de Santa Amalia, para no verla. Fue cuando las lluvias. Se desbordó el arroyo y me arrastró durmiendo cinco cuadras. Pero eso es aparte. El viejo creyó que yo me había llevado a la chiquita y matado, quizá, al ayudante. Me estuvo buscando, furioso, y yo sin saber nada. Entonces volví. No podía evitarlo, y volví. Ya habían pasado las lluvias. Pero entonces ya el viejo sabía que la muchacha se había ido con el ayudante y con su guano en el güiro y que yo no era nada. Se lo dijeron, pero nadie cogió aún al ayudante ni a la muchacha, y quizá no los cojan más nunca. Entonces la vieja había esperado bastante, y se fue también, para el otro lado, muy tranquila. Fue cuando yo vine. El viejo no estaba aquí, y cuando vino, ya ustedes saben. Está loco. Loco. Uno no se faja jamás con un loco, porque son dos a fajarse contra uno. ¡Aguántenlo! Trínquenlo bien en esa silla. Ésa es la historia. ¡A él mismo se la cuento!