A mediados de marzo de 1951 —«Libraos, oh, César, de los Idus de marzo»— fue asesinado en el camino de su finca El Conuco el doctor Marcos Moliner Rivanera, señalada figura de nuestro mundo intelectual, financiero y político. De los resultados de las pesquisas policiales ya debe de tener conocimiento el lector. Las que siguen son mis propias pesquisas. He sido comisionado para hacer ciertas averiguaciones en torno a este suceso, hasta entonces poco esclarecido. Lo que sigue es un «montaje», de las confesiones que me hicieron los tres actores principales, que presento:
JOSÉ MARÍA SANTANA
Cincuenta y nueve años, ex policía secreta (1927-1934), viudo, lanchero de playa, fuerte, cuadrado, paso felino, gambado, ojos pardos y sonrisa ancha —regaño de sonrisa— de animal que ha sido herido muchas veces.
DULCE ROSARIO TIMIRAOS
Treinta y siete años, antigua revolucionaria, ex compañera y amiga del doctor Moliner, empleada pública sin empleo, soltera, delgada, nerviosa, ojos negros y afiebrados de enferma del alma.
MANUEL PEDRO ROMÁN
Cincuenta años, ex estudiante de varias carreras, supuesto hermano bastardo del doctor Moliner, ex funcionario, casado, con dos hijos pequeños, enteco, nervioso, atezado, huesudo, ojos profundos y temiblemente negros de animal que surge de los rincones envenenados de la tierra.
Santana
Tengo la impresión de que se está acercando la Hora. No tengo prisa. Vine aquí, a esta playa, a esperar. Tengo mi lancha bien equipada: gasolina, conservas, cigarros, café, escopeta, revólver... Trabajo en ella, vivo en ella. De paso, me llego hasta la Punta del Muerto y, desde allí, espío la finca El Conuco. Hace un mes que la espío y espero. Un día u otro el Hombre se pondrá a tiro. Es lo único que espero. Lo estoy chequeando. Estoy registrando sus hábitos. Hasta ahora ha venido regularmente. Vino la semana pasada. Lo espero de nuevo esta semana. Sigo los faros de su auto por el curvado camino desde la carretera a la finca. Un día yo voy a estar en ese camino, para recibirlo. ¡Va a ser un recibimiento sonoro! Han pasado diecisiete años. Muchas cosas se han olvidado en ese tiempo, pero no todas. Esa noche —la noche en que lo encuentre— voy a olvidar yo lo que he venido recordando todo este tiempo.
Román
Me parece extraño. Hace sólo tres días yo era todavía un hombre normal: apegado a mi mujer y mis niños. Hoy es como si me hubieran cambiado la sangre. Ya hoy no tienen sentido para mí las palabras de Roxana, mi esposa: «No te preocupes, mi viejo. Ese malvado te ha humillado, te ha desheredado, te ha maltratado. Pero no merece la pena cometer una locura. Déjalo, mi viejo, déjalo. Sigamos nuestro camino».
No. Ni eso, ni nada tiene sentido; sólo una cosa: ¡voy a matarlo! Ya en mi cabeza no caben razonamientos. ¡Voy a matarlo! Me lo digo de día y de noche, en el sueño y en la vigilia: ¡voy a matarlo! Eso es todo. Nada más importa. He descubierto adónde va, de noche, una vez por semana. Eso me ha dado una idea. Esa idea es un taladro en mi cabeza.
Dulce Rosario
Ayer tomé la decisión. Esperé mucho. Dos años es mucho esperar. Todavía tenía esperanza. Lo esperé en la antesala hasta las tres; hice que me iba, volví, le salí al encuentro. A todo iba dispuesta; a lloros, a ponerme de rodillas, a decirle: «Tómame de criada, de esclava...».
No pude decir nada. Al verme, sonrió con aquella mueca cruel que yo conozco tan bien; me echó el brazo por sobre el hombro y dijo: «Qué hay, mi vieja, cómo te va», y siguió hacia la máquina. Dos formas corpulentas me cerraron el paso como un telón de cemento.
La decisión me ha dado cierto aplomo. En casa nadie ha notado nada: ni mi padre, ni mi tía, ni mi hermana sospechan el cambio. Pedí un mes de licencia en la oficina. Me hice la enferma. ¡Estoy enferma! ¡Estoy envenenada! A veces siento como un impulso de gritar: «¡Apártense, que tengo rabia!». Pero no a Él. Él es quien me ha mordido. ¡Ahora él va a ser el mordido!
Santana
Tengo que actuar con cautela. El Hombre es ducho y desconfiado. Cuando viene a El Conuco, entra solo en la máquina por el caminito, pero deja guardias apostados a la entrada. Hay poco más de tres kilómetros de la carretera a la finca. Desde Punta del Muerto, veo pasar los faros del auto cuando viene. Estoy anotando sus movimientos, buscando en él un patrón fijo de comportamiento. Cuando lo tenga, será la hora. Voy a cargar sobre seguro. El caminito, los matorrales..., un sitio ideal para esperarlo con recortada. Luego me desprenderé a la lancha que siempre me espera y pondré proa hacia el norte, al nordeste. Hay una islita en forma de cangrejo donde sé que voy a encontrar acogida. Allí podré contar a otros lo ocurrido. ¡Vamos a celebrarlo!
Pero tengo calma. Tengo todo el tiempo. Tengo mi lancha. Mi lancha es mi planeta.
Román
He empezado a explorar y tengo un buen plan. Sigo yendo a la imprenta, para disimular, pero como digo que estoy en tratamiento médico, constantemente me estoy tomando tardes y mañanas —además de las noches—. Estoy anotando sus movimientos. Me he comprado un viejo 45 para el que ya no dan licencia. He descubierto que desde el mar, desde la playa, se ven los faros de su auto cuando va a El Conuco. También sé que va solo desde la carretera. Allí lo espera alguien: una mujer, sin duda. Deben de tener día fijo (noche fija); es lo que me falta por saber. He alquilado a un lanchero para dar una vuelta por la orilla, hasta un sitio llamado Punta del Muerto. ¡Qué bien ese nombre!
Otra cosa se me ha ocurrido: le he echado el ojo a un jeep averiado que hay entre otros carros en el cementerio de cacharros en la playa. Voy a ver si lo arreglo, a escondidas, de noche. En él puedo ir por el monte hasta el borde del camino.
Santana
Están sucediendo cosas extrañas. He sentido rumores, de noche, entre las matas, en la curva del camino. Desde luego, pudieran ser los guardias del Hombre, pero por otro lado creo que los deja a la entrada, en la carretera. Y la servidumbre de El Conuco sale y entra por el lado opuesto, hacia el pueblecito del Ateje.
Otra cosa me extrañó: una mujer sola me alquiló ayer domingo. Luego volvió en un grupo. Y he observado por aquí a un hombre cuyos movimientos y gestos me llamaron la atención. También él me alquiló. También ellos pudieran ser agentes del Hombre, pero pudieran igualmente ser sus enemigos, gentes de otro bonche —por más que el hombre haya dejado ya de pertenecer a los bonches—. ¡Nadie sabe! ¡Todo es posible! Voy a estar atento: veremos cómo se presenta.
Dulce Rosario
Lo tengo bien chequeado. Sé, incluso, quién es la tipa con quien se ve, una vez por semana, y a altas horas de la noche, en El Conuco. Pero ella no importa. Aunque sí: ella es el señuelo. No lo sabe, pero lo es.
Ayer mismo tuve una ocasión, pero aún no lo había decidido. Me había metido en el matorral y estaba ensayando, con la mente, cuando vi venir los faroles de su máquina. Me tiré al suelo y esperé. Va lentamente por este caminito. Parece que viene siempre los viernes. La próxima vez le saldré al paso vestida de blanco. Él parará la máquina (soy una mujer, y me reconocerá prontamente). Alzaré los brazos, él se bajará y me gastará alguna burla...
Guardo todavía el revolvito de los buenos tiempos. Era un recuerdo: es un recuerdo...
Santana
Estoy volviendo a mi oficio. He aplazado mi salida a escena. Por algunos días, al menos, volveré a ser policía y dejaré de ser asesino. Me intriga esto. Hay dos individuos, un hombre y una mujer, que también rondan al hombre. De esto no tengo dudas, pero aún no entiendo su intención. Empiezo a dudar que sean sus guardias. Voy a ver en qué paran. No he podido averiguar aún nada de estos personajes; aparecen y desaparecen misteriosamente, de día y de noche. Tengo que andar con cautela; no quiero asustarlos; quiero que sigan en su trabajo, a ver en qué para.
El Hombre sabe que estoy aquí. Días pasados vino con otros en máquina de alquiler y se arrimaron al bar y hablamos. Todo el mundo aquí sabe quién soy —o creen saberlo—. Me pagaron tragos y él dijo: «A los buenos recuerdos». Otra noche vino con otros, y también me pagó tragos. Al salir me dio un manotazo en el hombro y me dijo: «No bad feelings». Le contesté: «No bad feelings!». Es un buen lector de novelas policíacas. Ahí es donde va a fallar. El sabueso de ficción y el sabueso de la realidad no coincidirán jamás.
Román
Todo está listo. Hice incluso un ensayo con el jeep. El «cementerio» está en un lote de terreno detrás del hotel, fuera de la dirección de las luces. Tienen esta parte a oscuras para los que quieran entrar a escondidas en las habitaciones (aunque se entra también desde la pista o escenario de baile del hotel). Trabajé con paciencia, reparé el jeep sin moverlo: despejé su salida de los obstáculos más grandes. Nadie puede haberse dado cuenta.
He comprobado que el Hombre se ha ido adaptando a un carril fijo: viene los viernes a eso de las once y se va hacia las cinco de la mañana. Nadie aquí parece enterado de nada. Hablé con el lanchero, un antiguo policía hecho habitante de playa, y advierto que no está enterado de que El Conuco cambió de dueña. Todavía cree que es de «don Rosendo». Yo no sé quién es don Rosendo.
Paso largos ratos en el bar, y a veces me quedo hasta tarde, mirando, fascinado y distraído, a una pareja de baile que a veces se pasa horas y horas bailando y bailando seguido antes de pasar a una habitación de la galería. El hombre usa siempre camisas de colores violentos. Bailan sin cesar, muy pegados, apenas sin moverse, y luego van a acostarse. Les llaman «los Pericos».
Dulce Rosario
Mañana, viernes, es el Día. O más bien, la noche. ¡Seguro, seguro! El viernes es Su Día. Será su último día. Puede que sea también mi último día. No importa. Cuento con eso. No me van a agarrar: es lo único que me prometo. Lo mataré y, si no encuentro salida, si sus guardias se me vienen encima..., bueno el revólver tiene balas suficientes. Los viernes hay poca gente. Se le ve a uno fácilmente, pero siempre hay un chance. Si llego a la playa, trataré de meterme, con cualquiera, en un cuarto. Ése es mi plan. Ayer salí al campo y ensayé el revólver. Tiré tres balas. No me tembló la mano. Pero el tiro me pareció insuficiente: ¡un tiro tan chiquito para un hombre tan malo!
Santana
Ayer, jueves, fue un día muerto. Aproveché para ir a La Habana a ver a mi gente: sobrinos, hermana, primos. Todos los que me conocen me dan por liquidado. Por eso el Hombre dijo: «No bad feelings». Creyó, sin duda, que estaba hablando con un muerto. Pero es todavía un muerto que mata. Pronto lo veremos. Mañana puede ser la ocasión, pero no estoy seguro —porque estoy trabajando sobre seguro.
Román
Fui temprano a la playa. A esa hora no había nadie en el agua: sólo el lanchero en su lancha. Me vio y asomó a la borda para mirarme. Pero él no sabe nada: nadie puede ver lo que uno piensa. Además, este lanchero es un borrachín; sólo puede pensar ya en el trago. Como en otro tiempo fue policía, parece tener algo que olvidar. Lo ha conseguido. No se acuerda, a la comida, de lo que comió al almuerzo. Por otro lado, ni siquiera come: bebe solamente.
De regreso, en la guagua, me senté al lado de una mujer que otras veces me llamó la atención. Hasta tuve la impresión de que, desde la lancha, miraba con insistencia hacia El Conuco. Pero puede que me equivoque. Me dijo que iba con frecuencia a la playa por orden del médico, y en verdad que parece enferma. Tal vez tuberculosa. ¡Le brillan espantosamente los ojos!
Dulce Rosario
Vine temprano a la playa porque no podía aguantar más la distancia. Quería estar cerca de donde va a ser. No me acerco a la finca, pero a media mañana tomo la guagua que pasa por el Ateje, y allí espero hasta ver pasar a la Dama. Pasa siempre, los viernes, a esta hora. Detuvo la máquina que ella misma maneja delante de la tienda mixta y pidió siete metros de cabuya. No puedo explicarme para qué los quiere. Las mujeres como ella ahorcan, pero no con cabuya.
Luego vuelvo a la playa y me meto en el agua. Salgo al anochecer, me visto y me interno prontamente en el monte. Debo de tener fiebre, pero no siento malestar. El momento se acerca.
Santana
Tengo una corazonada. Alguien está, evidentemente, chequeando al Hombre. Este tipo enteco y esta joven afiebrada vienen regularmente los viernes. Me intrigan. Me he olvidado temporalmente del Hombre para fijarme en ellos. Todavía pudieran ser sus agentes, pero también pueden ser sus enemigos. De un modo o de otro, voy a seguir de cerca a estos personajes. Los dos estuvieron por la mañana, volvieron por la tarde. Hacia las ocho, se me esfumaron. Hay poca gente en la playa. Amarro la lancha y voy a seguirlos.
Román
Vuelvo a la playa hacia el anochecer. Me meto en el restorán y pido un bocado porque, me digo, tengo que comer. Tengo que coger fuerzas. Espero que el Hombre venga esta noche. Él viene cuando viene Ella, y ella vino. Seguirá viniendo, hasta que lo saquen... con las patas para adelante.
Voy al lunch, pido un sándwich y una cerveza «para el camino», como otros bañistas. El cantinero me dice:
—¿Qué hubo?, ¿cómo va eso?
Yo le contesto:
—Ahí, ahí, la cosa enyerbada.
Nos mostramos los dientes. En ese instante llega el lanchero, le pago un trago y salgo. El lanchero me saluda militarmente y se tira al ron.
Doy rápidamente la vuelta al hotel y saco el jeep. Lo tengo preparado. Tiene gasolina, aceite..., de todo. Aprovecho que pasa una máquina por la pista de grava y la sigo. Sigo por la carretera un cuarto de kilómetro. Luego me meto por el monte, entre las uvas caletas. Voy derecho a la loma con las luces apagadas. No hay luna, pero el cielo está estrellado. En pocos minutos, estoy entrando por el matorral. Salgo a un pequeño raso a dos metros del caminito de la finca, al cual puedo asomar por un resquicio en la cortina de matas. Luego, de un brinco, volveré al jeep y partiré a toda máquina a coger más arriba la carretera. Ésta será, acaso, mi salida.
Dulce Rosario
No podría describir estas horas: esperando, entre la hierba, mirando, fija y fascinadamente, al camino. No creo que piense; ni aun que sienta. Tengo el revólver en la mano y la mano en la cartera. Y, sin embargo, no voy a tirar en seguida. Voy a cerrar la cartera. Voy a salir al camino. Cuando se acerque, y pare, voy a hablarle. Primero, mansita, humillada, humillada pobrecita. Él se va a reír. Va a jugar un poco conmigo. Yo voy a dejarlo. Voy a llorarle con la voz como otras veces. Luego, cuando haya terminado, voy a trasformarme de nuevo en quien soy ya realmente. Al fin él va a sacar la pechuga, va a hacer algún gesto para empujarme... Y entonces...
Santana
Se me han perdido. Pueden haberse ido en la guagua o en alguno de los carros que vinieron al anochecer. Pero también pueden estar todavía por aquí. Voy a explorar. Quiero saber qué pasa aquí. Tengo la impresión de que algo va a ocurrir muy pronto. Esta noche viene el Hombre. Puede que lo estén esperando. ¿Para protegerlo? ¿Para matarlo? Pronto voy a saberlo.
Román
Me quedo unos minutos en el pescante, esperando. Deben de ser las ocho; luego faltan aún tres horas. No creo que nadie me haya visto llegar hasta aquí. En el campo duro y seco, el jeep no deja huellas. Luego, aun cuando lo echaran de menos, no podrían seguirlo hasta aquí.
La espera se me hace demasiado larga. No puedo permanecer tanto tiempo quieto en este silencio. Dejo el carro escondido y vuelvo a la playa. Paso por las casetas, me pongo una trusa y me doy una zambullida. Pero tampoco puedo permanecer en el agua y salgo rápidamente y me voy al bar. En el espejo me veo extrañamente normal. Acaba de llegar la orquesta y empieza a tocar. Casi inmediatamente aparece aquella extraña pareja de bailadores. Él trae una camisa a cuadros, más violenta que nunca. Se paran en el rincón más oscuro del escenario y empiezan a girar y oscilar, muy lentamente, muy ceñidos, sin mover apenas los pies. Me quedo mirándolos, fascinado, mientras sorbo mi trago. Cuando para la orquesta, ellos deben de parar también. Sin embargo, tengo la sensación de que siguen moviéndose. Mirándolos, empiezo a sentir sopor, como hipnotizado.
Dulce Rosario
Me he arrodillado en la hierba. He estado no sé cuánto tiempo embebida en mi idea (o más bien en la imagen) fija. Me ha sucedido como cuando, de noche, no podía dormirme. Agitada por una obsesión, seguía pensando en mi objeto hasta que todo en derredor del mismo (todo lo demás) quedaba oscurecido. Entonces el objeto mismo se tornaba borroso, y me dormía.
Pero esta vez no he llegado a dormirme. Me sentía extrañamente cómoda, mirando a aquel trozo de camino. Hasta pensé en dejarlo pasar, esperar su regreso. Hasta en dejarlo para otro viernes. Luego volví en mí: volví a ser la asesina de esta noche. Y me dije: «¡Ahora mismo, si viene!». Fue cuando vi venir los faros de la máquina.
Román
El barman se interpone entre la pareja de bailadores y yo. Miro al reloj, como despertando, y veo que ya son las diez menos unos minutos. Hay poca gente por aquí; sólo unos pocos comensales en el restorán. Busco con la vista al lanchero y tampoco está.
Salgo despacio, con paso sofocado. Una vez fuera, me echo al camino, cada vez más deprisa, y luego loma arriba. Corro como un loco y, aunque el tramo me parece más largo que nunca, pronto estoy en el jeep. Me deslizo, jadeando, al pescante y cierro la portezuela.
Cierro los ojos un instante. La sangre me bate dolorosamente las sienes y siento como si el corazón fuera un émbolo flojo. Me doy un minuto para serenarme mientras me digo: «Todavía debe de tardar media hora». Además, puedo esperar su regreso. Darle esas últimas horas de solaz... Será mejor. A las cinco de la mañana hasta los propios guardias, en la carretera, deben de tener sueño. Puede que no oigan el disparo o los disparos. En todo caso, tardarán en pensar y darse cuenta. Cuando lleguen, ya yo estaré rodando en tercera...
Saco el revólver de la cartera (es una cartera de vendedor, que uso de pantalla) y le doy vueltas al tambor. Tiene una bala en cada cámara.
Me echo un poco hacia atrás para acomodarme y mi cabeza tropieza con un cuerpo extraño. Me paralizo para darme tiempo a pensar. Lo que tropieza con mi nuca es un objeto duro; al mismo tiempo, tiene algo húmedo y filamentoso. Algo que me hace cosquillas en el cuello, que me golpea por la espalda.
Dulce Rosario
No tengo sentido claro del tiempo. Quizá me haya quedado medio dormida. O bien, Él vino más temprano que de costumbre. Como herida por los faros, salto al camino cuando estaba llegando y lo obligo a frenar de golpe. Llevo la cartera colgando del hombro y agito desesperadamente los brazos. Él tarda un par de minutos en bajarse, pero luego viene hacia mí a la luz de los faros, con paso felino. Sus primeras palabras fueron:
—Vaya, vaya. Y yo que no creía en las apariciones... Nada menos que mi Dulce Rosario por estos andurriales.
Su voz me causa terror. Viene hacia mí paso a paso y yo retrocedo fuera del camino. Él me sigue, hablándome así, en aquel tono sardónico, y riendo por lo bajo. Yo le grito:
—¡No, déjame! Déjame. No me toques...
Pero él sigue avanzando y yo retrocediendo. Me olvido de aquello para lo que he venido aquí y sólo siento deseos de escapar. La distancia no debe de ser mucha. Cinco o seis metros por un resquicio entre la maleza. De pronto tropecé con algo y me detuve, paralizada. Fue como si alguien me hubiera arrimado un revólver por detrás, a cada costilla. Ahora sé que era la puerta del jeep. Di otro paso hacia atrás, y fui a dar sentada detrás del timón. Mi primera noción clara fue: «El carro de alguno de sus guardias». Él llegó hasta mí, pero entró en el asiento de atrás y me puso las manos en los hombros:
—¿Por qué ese miedo? —me dijo—. ¿Acaso lo has tenido para venir hasta aquí? Y nada menos que en jeep. —Se interrumpió a sí mismo con una risita. Aunque de noche, me pareció estar viendo sus dientes pequeños y como limados, sus ojos de sapo, su pechuga... Cuando me distraje un segundo, representándome sus facciones, me estaba hablando al oído, diciendo—: ¡Vaya, vaya!.. Como en los viejos tiempos. Me gusta recordarlo, ¿y a ti?
Parecía tranquilo. Nos separaba el espaldar, y yo estaba sentada de espaldas a él. Luego me alzó por las axilas y me volvió cara a él. Nos miramos un instante sin hablarnos. Él seguía sujetándome; de lo contrario, me hubiera desplomado de nuevo. Entonces me di cuenta de que aún llevaba la cartera colgada del hombro. Con el codo, noté que estaba abierta. No tenía más que deslizar una mano hacia atrás y empuñar el revólver. Iba a hacerlo justamente cuando...
Por un instante mi sensación fue algo como esto: «Me ha matado, me ha disparado tres tiros. Me estoy desangrando. Me estoy muriendo». Pero no duró mucho. Él se enderezó de súbito; retrocedió un poco, alzando los brazos. Con el mismo impulso, me empujó hacia el timón. Desde allí, medio sentada, lo vi un segundo allá arriba alzando los brazos. Luego se tambaleó y se desplomó hacia adelante. Su cabeza y sus brazos vinieron hacia mí, por el aire; luego retrocedieron y quedaron colgados sobre el espaldar.
Santana
Nunca pensé hacerlo como lo hice. Sabía que un día u otro iba a matarlo. Hubiera preferido que fuera con escopeta. Pero cuando lo vi venir, del camino, empujando a la muchacha, cambió mi sangre. Mi primera intención fue huir, a rastras, entre la hierba. La escena siguiente me retuvo. Yo no la veía a ella. El Hombre se alzó en el jeep y quedó silueteado contra el campo. Oí chillar a la muchacha y lo oí a él hablar y reír con una risa baja y sardónica. Yo estaba de rodillas, en el suelo, detrás del jeep, y la espalda del hombre estaba ante mí, moviéndose, con un movimiento que sólo puedo calificar de obsceno. En ese instante, fueron mi mano y el revólver solos los que actuaron: una, dos, tres veces. En ese instante la muchacha dio otro chillido. A continuación (mientras el hombre permanecía aún de pie, alzando los brazos) todo quedó callado. Entonces me precipité, me descolgué, me zambullí, materialmente, hacia la playa. En un instante estaba en mi lancha.
Román
Aguardé, paralizado, un minuto. Una como marea fría empezó a invadirme a la vez todo el cuerpo. Escuché. No se oía un sonido. Corría una brisa viva y fresca. Tardé en hacerme alguna idea sobre lo que pudiera ser. Lo primero que se me ocurrió fue: «Me han madrugado; me han descubierto; hay alguien en el asiento de atrás de este jeep». Pero en seguida deseché esa noción. Nada se movía. Para cerciorarme dije en voz alta (pero no muy alta): «Está bien: has ganado. Habla». Pero no habló. El goteo parecía haber cesado, y sentí que la camisa se me pegaba a la espalda. De un impulso, me viré sacando al mismo tiempo el revólver.
Entonces lo vi. La luz era suficiente a aquella distancia. Estaba derribado sobre el espaldar, con la cabeza y los brazos colgando hacia mí. El objeto que había sentido contra mi nuca era su frente. El líquido que me corría por la espalda era su sangre.
Brinqué al suelo. Giré a derecha y a izquierda, medio agachado, empuñando el revólver. Di la vuelta al jeep, asomé a echarle otra mirada al muerto. Entonces me dije ya: «No hay duda. Algún otro lo buscaba. Alguien se me ha adelantado».
Entonces me invadió otro terror. Una voz que llamaba, luego un disparo, sacudieron el silencio. Era allí mismo, en el camino. Después se oyeron dos silbidos, y por entre las matas asomaron los ojos de dos o tres linternas. Yo rompí a correr. Me arrojé ciegamente a través del raso de monte y, sin soltar el revólver, me orienté (no sé exactamente por qué) hacia la playa. Quizá porque no pude elegir. No pude calcular. Los guardias —pues eran ellos— estaban allí, sobre mí, copándome...
Dulce Rosario
Mi único impulso fue huir. Huir del carro, del hombre, del sitio... No sabía adónde, ni cómo, pero me orienté hacia la playa, como fascinada por sus luces. Rompí a correr, pero luego me detuve y me dije: «Tengo que bajar con cuidado: no debo herirme ni romper la ropa». La cartera se me había caído, pero entonces no me di cuenta. Bajé, serpeando, buscando los rasos, y cuando llegué abajo, al borde de las casas, me detuve un momento a reposar y a componerme. Fue entonces cuando sentí arriba los tiros y los silbidos.
Con paso contenido me dirigí al centro de la playa. Pasé ante el bar del café y me miré al espejo. Para mi sorpresa, no lucía extraña. No tenía roturas en el vestido ni arañazos en la cara, aunque sí algunos en las manos. Pensé en sentarme en el café, pero estaba demasiado alumbrado y me dirigí al hotel, donde siempre se bailaba a media luz. Una pareja solitaria (la pareja de siempre, la pareja «a cuadros»), estaba en el escenario. Todo parecía adormilado y tranquilo.
Santana
De la lancha me dirigí tranquilamente al hotel. De camino, miré a la loma y vi pestañear unas luces. Creí oír unos silbidos y, luego, un par de tiros. Algo había terminado, algo empezaba. Los guardias habían visto sin duda que los faros del Hombre se habían parado, y fueron a ver qué sucedía. Espero que no hayan cogido a la muchacha...
Me acerqué, deprisa, pero con calma, al hotel, y me senté en una repisa del muro, frente a la puerta del bar. Era mi asiento acostumbrado, y se me podía ver desde dentro. Me volví y me quedé mirando a la pareja, que seguía bailando en el escenario. Luego saludé con la mano al cantinero, y volví a mirar, fascinado, a la pareja: cuadros y cuadros de camisa girando lentamente, a derecha e izquierda, atrás y adelante: cuadros rojos, cuadros blancos, cuadros negros, cuadros amarillos...
Román
Eran tres o cuatro figuras prietas las que se me venían encima, con linternas, en forma de media luna, para coparme. Uno disparaba al aire, todos gritaron. Otro volvió a silbar.
Me precipité frenéticamente, hacia abajo, describiendo zigzags para ver a mis perseguidores sin pararme: agachado, a brincos, buscando amparo en las matas. A cada corte que daba, tenía a alguno más cerca. Gritaban: «¡Alto! ¡Alto! ¡Para o disparo!». Pero no paré. Dos dispararon a dar, pero tuve suerte. Al fin me encontraba casi en el mismo sitio de donde había sacado el jeep, pero estaba bloqueado por ambos lados.
Entonces hice lo único que podía hacer: lo que haría cualquier animal acosado. Trepé al techo de las casetas, y desde allí intenté deslizarme a un tinglado lateral del hotel donde estaba el timbiriche del juego. Pero uno de ellos se me había adelantado y me disparó. Viré para atrás y, trepando por un túnel de ventilación, me encaramé en el techo del hotel. Éste era desigual (eran en realidad varios techos), y me deslicé a rastras por una depresión. Fue entonces cuando vi la camisa.
Dulce Rosario
Apenas me hube sentado en un rincón del café cuando se estremeció todo. Sonaron disparos fuera; lejos, luego más cerca. Una pareja dejó de bailar y descendió del escenario, pero la del hombre de la camisa a cuadros terminó la pieza. Luego desapareció tranquilamente por el fondo, con su pareja.
Hubo una pausa. Algunos de los que habían salido volvieron a entrar como decepcionados. Uno dijo que eran escapes de automóvil. El dependiente vino a servirme y pedí un vermut. Me sentía increíblemente serena; o quizá fuera cansada. Mi mesa estaba junto a la ventana, y por allí la playa parecía vacía, pero no se me ocurría ninguna idea para escapar. Estaba abatida, aturdida, y no quería pensar en nada: sólo seguir allí, agarrada a la silla, como a un salvavidas, en un naufragio. ¡Y era un naufragio!
Román
La idea se formó de una vez, resumida, en mi cabeza. Es asombrosa la rapidez con que uno piensa a veces cuando está en peligro. De un clavo de la galería pendía la camisa a cuadros. No podía ser sino la camisa del hombre que bailaba. Su compañera debía de hallarse en alguno de los cuartos que se sucedían a lo largo de la galería y él debía de estar enfrente, en la ducha.
De un salto, que fue como un revuelo, me guindé del alero y antes de que mis perseguidores pudieran echarme otra vez la vista encima, me había descolgado —muy dulcemente— a la galería. Con la misma prontitud y sigilo cogí la camisa y me precipité por la oscura y estrecha escalera que daba a la pista o escenario de baile. Sin detenerme, me quité el saco y la camisa que llevaba (y que estaban sin duda manchados de sangre) y me puse la camisa a cuadros. Luego, antes de salir al escenario, envolví el revólver en mis prendas y me quedé un instante pensando dónde podría ponerlos que no fueran hallados inmediatamente.
También ahora la suerte estuvo de mi parte. En un pequeño cubículo, frente al último peldaño, estaban las cajas vacías de los instrumentos de los músicos. Y allí, en un estuche de violín, metí el saco, la camisa y el revólver. Entonces crucé el escenario y me senté a una mesa.
Mi idea era aprovechar cualquier ocasión y escapar por la costa, y tenía la vista fija en la ventana junto a la cual se sentaba la muchacha que había visto otras veces. No podía seguir aquí mucho tiempo. De un momento a otro alguien entraría a interrogarme.
Me levanté con calma y me dirigí a la ventana. La muchacha me miraba fija y extraviadamente. Yo miré hacia fuera, y allí, de pie en la arena, había dos hombres. No llevaban uniforme, pero su porte los delataba. Los miré de reojo y viré con disimulo. Por un instante, me creí perdido. Entonces saltó a mi mente otra idea.
La orquesta estaba empezando a tocar nuevamente. Yo me dije: «El hombre de la camisa a cuadros está arriba, con su dama. Ahora, aquí abajo, yo soy el hombre de la camisa a cuadros. Y aquí hay otra dama. Sólo falta que...». No me di más tiempo para pensar. Me dirigí a ella, la invité a bailar. Ella dio un salto y casi se me arrojó en los brazos. Cuando estuvimos en el escenario y empezamos a marcar los primeros pasos (en el rincón más distante y más oscuro) vi que el cantinero se bajaba del mostrador donde se había sentado para responder a las preguntas de dos policías. El cantinero meneó la cabeza, apuntó hacia nosotros, y luego hacia el lanchero, que se hallaba a la puerta. Los hombres parecieron decepcionados.
Dulce Rosario
Cuando él me invitó a bailar, no tenía yo la menor idea de lo que pudiera significar. Pero era un cambio. Yo estaba ya casi a punto de desplomarme, o de gritar: «¡Yo lo maté! ¡Yo lo maté!». El desconocido me salvó de este grito, y me agarré a él con la misma desesperación con que me agarraba a la silla. No me di cuenta de que era el que había visto otras muchas veces. Pensé que era el eterno «hombre de la camisa a cuadros», y sólo mientras bailaba empecé a preguntarme qué habría hecho de su compañera. «Quizá la haya asesinado», me dije trágicamente con el pensamiento.
Había gente entrando y saliendo, y los dos policías, de uniforme y de paisano, registraban a los hombres y las mujeres. Dos vinieron hacia nosotros, seguidos del lanchero. Yo sentí que mi acompañante se tornaba rígido y frío. Pero cuando los policías estaban al borde del escenario, el lanchero se interpuso y empezó a hablar con ellos. Uno subió al escenario, registró e interrogó a otro hombre, y luego vino hacia nosotros. Mi compañero y yo nos separamos un poco, y el policía le pasó a él ligeramente la mano por la cintura. Luego miró al lanchero, y éste meneó la cabeza. El policía se fue sin decir nada.
Santana
Todavía no sabía yo quiénes eran ni qué se traían los dos personajes. Algo tenían que ver con el crimen que yo había cometido, pero ¿qué? No había mucho tiempo para averiguarlo. Además, yo ya no estaba allí para averiguar nada. Con salvarme a mí tenía bastante.
No podía salir inmediatamente en la lancha. Esto habría sido sospechoso, y pudiera echarme atrás un pequeño crucero que había allí, más veloz que mi lancha. Dejé, pues, que pasara la primera oleada furiosa. Mientras lo hacía me fijé en la pareja «a cuadros» y, en seguida, me di cuenta de que no era la verdadera. ¿Dónde estaba ésta? Sin duda, arriba, en un cuarto. ¿Qué hacía su «doble»? Sin duda lo que yo: dejando que pasara la ola. Reconocí en seguida a la muchacha, pero cuando vino el policía dije que era «la pareja de siempre». También el cantinero pareció creerlo.
Los policías estaban despistados. Creían que el hombre que habían perseguido hasta allí («el asesino», le llamaban) se les había escapado en un descuido cuando lo tenían copado en el techo del hotel. La gente empezó en seguida a ver visiones. Varios bañistas afirmaban que lo habían visto huyendo por la orilla, hacia el monte. Cuanto más avanzaban las pesquisas, más personas lo habían visto huyendo por aquí o por allá.
La excitación se fue apagando. La gente sabía que había habido un crimen, pero pocos comprendían su importancia. Y la pareja a cuadros seguía bailando, bailando...
Román
Gradualmente, la música me fue invadiendo, me fue adormeciendo. Cuando los policías y el lanchero hubieron dado la vuelta, tuve que hacer un esfuerzo supremo para mantenerme en pie. Lo mismo mi compañera: esta extraña desconocida que como por magia me había caído en los brazos. Desde luego, pensé que pudiera ser la asesina... Más de una persona había querido matar al Hombre. Y sólo una lo había matado. Pero yo había sido el perseguido, y todavía estaba en la red.
Varias parejas más subieron al escenario. La orquesta estaba tocando ahora seguido, empatando fragmentos de piezas unos con otros; era como si varias personas se turnaran para contar una misma historia, que nosotros bailábamos.
Pero este baile no podía durar siempre. Yo tenía que salir de aquí. Pensándolo, mientras bailaba, me invadió otro terror. ¿Salir para dónde? Las salidas estaban, sin duda, bloqueadas, y en cuanto se me identificara y se establecieran mis antiguas relaciones con «el occiso», estaría perdido. Además, no se me ocurría ya ninguna idea. Estaba aturdido y me iba quedando sin fuerzas. Me pregunté hasta cuándo podría sostenerme.
Dulce Rosario
Me dejé llevar por él y me aguanté a él. Bailé todo el tiempo guindada de él. No podía hacer otra cosa. Me empezó a invadir un sopor terrible, y todas mis ideas morían al nacer. Me pregunté: «¿Quién era este hombre?». Y me dije: «Sin duda el asesino». Pero yo era también asesina, y también podía ser detenida... Fue al tropezar con este pensamiento cuando me di cuenta de que había perdido la cartera. Me sentí más perdida que nunca. Luego me pregunté: «¿Por qué bailamos?». Pero no sabía contestarme... Quizá porque ni él ni yo podíamos hacer otra cosa.
Santana
Volví al lugar de los hechos con el sargento de la rural. Él se quedó allí. Al regresar, mi pie tropezó con un objeto blando. Lo recogí, y era una cartera, y dentro tenía un revólver. Habían sido disparados tres cartuchos, pero no eran los que habían matado al Hombre. Sin embargo, la coincidencia me intrigó.
El Hombre, desde luego, ya no estaba allí. Sólo el jeep y algunos policías que seguían buscando. Yo no era sospechoso. Todos por aquí me conocían y fingí tener deseos de ayudarles, poniéndome intencionadamente en ridículo. Decididamente —les hice pensar— estos viejos policías no daban la talla. Todas mis conjeturas les parecían risibles.
Pero no debo confiar demasiado. Sé que mañana, cuando empiecen las pesquisas en grande, se sabrá que el Hombre tenía una vieja deuda conmigo, y entonces vendrán las sospechas. Así pues, conforme al plan original, voy a escapar esta noche. Pero tengo que hacerlo con sigilo.
Siguiendo este orden de pensamientos llego a una idea que me infunde ánimos. Me dije: «Voy a invitar a esa pareja a dar un paseo en la lancha. Si aceptan, es que también ellos tienen por qué huir. Y si tienen por qué huir, son realmente de los míos. Además, me hace falta compañía...».
Román
Creo que si hubiera demorado media hora más, me habría rendido. La muchacha gravitaba más y más sobre mí. Apenas podíamos seguir, con movimientos de cuerpo (pero no de pies), las notas de la música. Ahora había bastante gente y habían cambiado los dependientes. Por eso creí que podía arriesgarme a sentarme con ella en la mesa donde estaba todavía su vermut. Pero no llegamos allí. El lanchero nos salió al paso, y nos dijo mansamente:
—Tengo ahí una lanchita. Una pequeña excursión. Está muy buena la brisa.
Hablaba arrastrando las palabras, pero en voz alta, y como dirigiéndose también a otras parejas que había por las mesas. Mi compañera hizo hacia él el mismo gesto que cuando se me había echado en brazos, y yo le seguí. El lanchero guió hacia su lancha.
Dulce Rosario
Pasamos, en fila india, entre unos guardias. Uno de ellos paró al lanchero, pero no entendí lo que le dijo. El lanchero rió. Nosotros, yo y mi compañero, seguimos, uno tras otro, hacia la lancha. Habíamos entrado antes de que él llegara. El motor estaba andando. La lancha empezó luego a deslizarse muy suavemente a lo largo de la playa. Pasamos dulcemente ante las luces, que nos daban intermitentemente en la cara, lo mismo que los rumores de la gente. Yo sentía una indecible pesadez en todo el cuerpo.
De aquellos últimos minutos, antes de virar hacia el norte y adentrarnos en el mar, tengo un vago recuerdo. Fue como un estado crepuscular entre el sueño y la vigilia. Cuando desperté, lo primero que sentí fue el tamborileo de la lluvia sobre el techo de la lancha. Miré por la ventanilla y no había más que agua por todas partes. Pero delante de mí estaba el lanchero, con una ancha sonrisa en la cara y un vaso de café en la mano. A popa, sentado en la toldilla, estaba mi «compañero» de baile, todavía con la camisa a cuadros, guiando la lancha. Dijo el lanchero:
—¡Vaya, calentico!
Lo miré, todavía aturdida, y pregunté:
—¿Dónde estamos?
—Los tres en el mismo bote —respondió—. ¿No conoce usted el dicho? —Puso el vaso de café en mi mano, y se fue a consultar un cuaderno y un compás que llevaba hacia proa. Al volver me dijo—: Ya estamos menos lejos. Y está escampando. Llovió toda la noche. La lluvia se ha puesto de nuestra parte.
Había tomado el café y me sentía más despierta. Entonces le grité:
—¿Adónde vamos? ¿Quiénes son ustedes?
—¿Nosotros? —dijo el lanchero, con sorna—. Nosotros ¡somos tres asesinos! Usted inclusive. —Y me tendió mi cartera con el revólver—. Yo, desde luego, soy el Asesino Mayor. Yo fui quien mató al Hombre. Pero ustedes, si no me equivoco, traían parecida intención, y les sería difícil probar que... —Se interrumpió y, sacando un mapa, me indicó una islita en forma de cangrejo que, en el mapa, no parecía muy lejos, al nordeste de nuestra playa—. Creo que hemos salido de ésta —dijo reflexivamente el lanchero—. Mire, ahí tiene a su compañero de baile; vaya, que le cuente...
Santana
Sí, salimos de aquélla, y llegamos a la islita señalada en el mapa, y aquí estamos todavía los tres, y Román guarda como un amuleto la camisa a cuadros, y a veces se queda muy pensativo, y murmura:
—¡Y baila y baila y baila!
Y la muchacha guarda también su amuleto, y a veces se sienta a la orilla del mar y lo examina, distraída, haciendo girar el tambor en que hay tres cartuchos disparados, y también murmura:
—¡Y baila y baila y baila!
Pero ésos son recuerdos. Son recuerdos de muerte, y espanto, y fuga, y también (los tres estamos persuadidos) de alguna intervención providencial que no comprendemos.
Ahora, y en lo adelante... ¡quién sabe! Los tres convergimos allí con una misma idea: matar al Hombre. Los tres llegamos aquí en el mismo bote. Ahora, cada uno tendrá que buscar nuevamente su rumbo.