Lino Novás Calvo
(Grañas de Sor, Galicia, España, 1903 - Nueva York, 1983)
El bejuco
Originalmente publicado en la revista Social
(La Habana, volumen 16, número 12; 30 de diciembre, 1931);
también en Angusola y los cuchillos (2003)
(La Habana: Editorial Oriente, 203, pp. 46-63);
Otra manera de contar
(Barcelona: Ed. Tusquets, 2005, pp. 25-42)
Fue una de las más terribles experiencias de mi vida.
Tenía entonces unos veinte años, y hacía cinco que
recorría la Isla, trabajando aquí, vagando allá, siempre
deseoso de dejar una faena para emprender otra, y siempre
con los bolsillos vacíos. Nunca había tenido grandes
tropiezos, sin embargo. Mi timidez natural —no puedo
afirmar que esté muy curado todavía— me mandaba a
apartarme de riesgosas aventuras, y toda mi vida había
sido un continuo moverse lentamente bajo el sol mientras
que la fantasía me traía regalos inaprehendibles. A
un ser nervioso e impresionable como yo, sólo podían
estarle reservadas pequeñas emociones, escenas corrientes
con el hombre y con el campo. Y sin embargo...
Era el quinto día que vagábamos de colonia en colonia.
Durante ese tiempo, el dinero se había ido agotando,
y la probabilidad de obtener otro era cada vez menos
segura. Yo no sé si atribuirlo a que su fama había llegado
a oídos de los mayorales. Creo que así era. Desde
que huyera de mi casa, yo había corrido mucho por el
campo y encontrado siempre donde pegar. Sólo aquella
vez —desde que me juntara con aquel desconocido— la
suerte comenzó a irse y a no haber trabajo. Era el comienzo
de la zafra. Las manadas de haitianos pasaban,
trashumantes. Los administradores de colonia les salían
al paso para convencerlos de que en sus campos había
mejor caña y atraerlos. Detrás íbamos nosotros, y nos
dejaban pasar, mirándonos desde el canto del ojo.
No quedaba sino esperar. La luna se levantaba sobre
el cañaveral y lo doraba a plomo. A distancia se sentía
el tambor de un barracón, donde los negros celebraban algún rito. Era un batir lúgubre y solemne. Un lamento
fúnebre de cueros vivientes que se ahogaba en la calma
sofocante de la noche. Durante largo rato estuvimos
tumbados entre la caña, a poca distancia uno del otro,
escuchando con la respiración contenida por el roce de
los pasos que nos seguían. Poco a poco me fui arrastrando
hacia él. Todavía oímos como un crujir de ruedas
en la línea, un batir de herraduras sobre alguna
plancha de cinc de las que había lanzado el último ciclón.
Luego, calma. No estábamos, sin embargo, muy
seguros de que no nos siguiera la rural, o tal vez, una
partida formada en el batey. Conocíamos muy bien la
traición de los pies sobre una tierra húmeda y sin piedras.
Poco a poco fue renaciendo la confianza en nosotros.
A la luz de un claro que se abría en torno suyo vi
su rostro desencajado, y sus ojos abiertos, terriblemente
abiertos, me aterrorizaron. Pensé que algo semejante
le ocurriría a él respecto de mí. Cuando quise hablar,
mi voz se hiló en una especie de suspiro, como si un
escape interior me impidiera hacer presión en la garganta.
Alargué la mano tímidamente, para cerciorarme
de si el hombre que tenía delante era realmente un ser
vivo, o un cadáver de varios días, como el que habíamos
hallado cierta vez en el corte. Mi compañero movió
ligeramente la cabeza y entonces vi que su boca se rasgaba
sobre una fila de dientes de un blancor poco más
intenso que el de la piel. Se pasó el anverso de la mano
por la frente, ató —así— las rodillas con los brazos, y
dijo, en tono triste y resignado:
—Hola, hermano.
Habíamos intentado saquear la tienda de una colonia
cercana. Ni aún sé su nombre, y jamás me he vuelto a
personar por allí. Fue una tentación horrible. La noche
anterior dormíamos en un barracón vacío y en la mañana
fuimos a la Administración a pedir trabajo. Mientras
hablábamos con el jefe —un hombrecillo curtido de mirada muy aguda— tiramos un vistazo a la ventana
del fondo. Era todo lo que deseábamos. Cuando nos
hubimos separado algunos metros del lugar, sin haber
logrado nada, mi compañero me dio ligeramente con el
codo y me dijo:
—No hay que afligirse. Mañana tendremos cobrado.
Y lo que son las cosas. Allí estábamos los dos, en
medio del cañaveral, con los ojos vueltos hacia el cielo
vacío y lunar de la noche. No habría cobro. No habría
nada como no fuera una batida de machete o un balazo
en la cabeza. El administrador aquel debió de adivinar
nuestros planes o el azar fue quien lo preparó así. Debo
de advertir que yo no había sido nunca ladrón. El primer
intento me embargó de tal modo que antes de que
mi compañero pusiese los pies en la tienda ya yo me
daba a rastrear con las manos sobre las cajas. Quizá a
tal imprudencia se debió que se diera la alarma, pues
tropecé y caí, y el jefe se presentó ante nosotros. Quizá,
yo no sé. Ni sé cómo los hombres que aparecieron como
por encanto armados, en torno suyo, no nos troncharon
allí mismo con sus mochas. Y no, sin embargo. Nos
dieron de patadas; con el machete plano, pero apenas
si nos sacaron sangre. Estábamos rodeados de ellos y,
de pronto, uno se apartó para dejarnos paso. Era un
hombre bajito, y lo recuerdo muy bien. Uno piensa en
esas almas anónimas que hacen el bien sin ninguna
esperanza de recompensa y entonces se siente tentado
de amar a la humanidad. Aquel hombre nos salvó la
vida, y quién sabe cuánto le habrá costado a él.
Corrimos. Atravesamos líneas, campos de espartillo,
saltamos tranqueras... No sé. Corrimos mucho tiempo
y a todo meter. Acaso aquellos hombres si nos siguieron
dos metros. Acaso todo fue alucinación nuestra; pero
a cada salto sentíamos que el tropel nos seguía más de
cerca. Cuando caímos, rendidos, nos pareció que el galope
continuaba ante nosotros. Luego todo quedó en calma. Sólo se oía el tambor lejano y el canto lúgubre,
medio católico, medio africano, de los haitianos.
—Hola —dije al fin, acercándome más a él—. ¿Herido?
—No. Sólo algunos rasguños.
Sus labios se cerraron y una larga inhalación de aire
le hinchó el pecho.
—Estamos de malas.
Y de nuevo volvió a sonreír, esta vez con una amargura
más patente. Yo me había acuclillado en el suelo, formando
con él una especie de X que me permitía ver la más leve
expresión de su rostro. Por primera vez, no sé por qué,
comencé a presentir en aquel rostro algo que fascinaba.
Una máscara de cruel franqueza que descubría la última
expresión de ternura, la ternura de un vencido.
—Estamos de malas —afirmó de nuevo, levantando la
vista por encima del inmenso mar de caña que se
alomaba en la distancia. Sus ojos chinoides parecían
clavados en el rostro. Acuclillado como estaba, igual
que yo, la camisa pegada a la piel, el pelo en desorden,
su figura tenía todas las apariencias que debieron caracterizar
a los primitivos habitantes de Cuba. Era un
hombre de mediana edad, pálido, flaco, y de movimientos
excesivamente rápidos. Cuando hablaba, manoteaba
con agilidad asombrosa, dando a cada palabra un trazo
mágico, como si la música y el dibujo se aunaran en su
medio de expresión. En ese momento, sin embargo, su
figura tenía más bien una pose hierática. Sus largos
dedos se entreveraban sobre las canillas y sus pies juntos
daban la impresión de estar sujetos por unos grillos
invisibles. En ese momento el batir del tambor cesó un
instante, y los dos nos quedamos observando mutuamente,
pendiente cada uno de la resolución del otro.
—Muchacho —dijo al fin mi compañero—, la cosa ha
terminado.
Calló en seco y volvió a menear la cabeza:
—¡La Cosa! ¿Sabes tú lo que es eso? La cosa quiere
decir, por ejemplo, la zafra. Se termina y los macheteros emigran. El campo queda desierto y de nuevo retoña.
Algunos vuelven, otros no. Hoy estamos aquí, mañana
en Méjico, pasado en la Argentina. Somos seres errantes,
apedreados en un lado, magullados en otro. El hombre
debiera ser como el árbol, tener raíces como el árbol.
Pero el hombre es como una rueda y una vez impulsado
no cesa hasta deshacerse.
Literatura
.us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar