La desmemoria, ese problema al que Max Aub se refirió con frecuencia y cuyos efectos él mismo conoció muy bien en sus últimos años, se ha ensañado de modo particular con Lino Novás Calvo. Desde que Espasa-Calpe publicó el volumen de cuentos titulado Cayo Canas, en 1946, ninguna editorial española ni hispanoamericana importante había vuelto a publicar su narrativa breve, que en aquel momento lo situó entre los mejores autores de Hispanoamérica.1 Hablo de sus cuentos, pues en 1999 Tusquets Editores recuperó su biografía novelada El negrero.2
¿Qué causas motivaron que una obra narrativa de tanta calidad cayese en ese injusto olvido? En primer lugar, contribuyó a ello el escepticismo por la literatura asumido después por Novás Calvo. Su vida en la década de los cuarenta y la primera mitad de la de los cincuenta estuvo marcada por una angustiosa lucha para lograr una situación económica estable.3 Durante esos años escribió regularmente en los periódicos, tradujo artículos y cuentos, enseñó francés en la Escuela Normal de Maestros de La Habana. Por fin, en 1954 logró un empleo estable al ser nombrado jefe de redacción de Bohemia, la revista de mayor circulación en Cuba. Pero para entonces llevaba ya casi tres años sin escribir y no volvería a hacerlo hasta finales de 1961. El pesimismo, las crisis existenciales, la soledad, las depresiones y la tristeza lo habían llevado a una absoluta esterilidad como escritor. Los jóvenes autores que acudían a verle a las oficinas de Bohemia se sorprendían al encontrar a un hombre que se empeñaba en transmitirles su escepticismo por la creación. Después de Cayo Canas, no publicó un nuevo libro hasta 1970, cuando vio la luz en Nueva York el volumen de narraciones Maneras de contar (editado por Las Américas Publishing Company). Así, muchos lectores y críticos se olvidaron de él y achacaron su prolongado silencio editorial a que probablemente había muerto.
En parte, era cierto. Como ocurrió a otros escritores y artistas cubanos que después de 1959 se exiliaron, Novás Calvo fue barrido por la onda expansiva de la Revolución y le tocó en vida ser testigo de su muerte civil como escritor. En 1960 salió de la isla, tras pedir asilo en la embajada de Colombia, y llegó a Estados Unidos. A partir de entonces se le dejó de publicar y su nombre fue eliminado del mapa literario. No fue hasta 1992 cuando se le volvió a publicar, al recopilarse en un único volumen El negrero, Cayo Canas y La luna nona. Pero no sólo en su país Novás Calvo fue silenciado por razones ajenas a sus méritos literarios. También en el extranjero sufrió un ostracismo similar, a causa de la ceguera de los intelectuales de izquierda con hábitos sectarios e intolerantes, en cuyo sistema clasificatorio un escritor cubano exiliado no tenía cabida. A lo largo de la década de los sesenta proliferaron las antologías dedicadas a Cuba, y en ninguna aparece un cuento suyo. No es casual, pues, que su nombre esté ausente en varios de los panoramas e historias de la literatura hispanoamericana publicados en las tres últimas décadas, ni que en otros apenas se le dediquen unas líneas. En un breve texto aparecido en el suplemento cultural Babelia, el narrador cubano Arturo Arango se preguntaba por qué el boom de la novela latinoamericana no había arrastrado consigo un libro como El negrero, al igual que había hecho con otras obras aparecidas antes de la década de los cincuenta. En su opinión, la novela de Novás Calvo contaba para ello con no pocas cualidades: «una obra cósmica, ubicada en territorios de lo que, justamente en los sesenta, se conocería como tercer mundo, y que aprovechaba de esos universos su imaginario mágico-religioso».4 Me imagino que, al referirse a obras publicadas antes de esa década, pensaba en títulos de Rulfo, Asturias, Onetti y Carpentier, autores con los que Novás Calvo comparte un sitio relevante por el carácter fundacional y renovador de su narrativa.
Pese a todo ello, ahí está la obra que dejó Novás Calvo, cuyos valores son incuestionables y que, varias décadas después, conserva un vigor, una frescura y una modernidad admirables. Ahí está, por ejemplo, la ya mencionada El negrero, un texto precursor en más de un sentido, y que tanto aportó a la búsqueda de nuevos caminos expresivos en la prosa de ficción de Cuba, que, con contadas excepciones, aún se mantenía fiel a los patrones del realismo de corte naturalista. Pero fue sin duda en el cuento donde la obra de Novás Calvo logró sus máximas cotas de calidad. Críticos y estudiosos consideran que, con sus cuentos, la narrativa breve en Cuba alcanza su cúspide. Sus valores y hallazgos, sin embargo, no se reducen al ámbito cubano; como ha señalado Guillermo Cabrera Infante, «cuando un día se escriba la historia definitiva del cuento en América se verá que Lino Novás Calvo está entre sus maestros: Horacio Quiroga, Borges, Felisberto Hernández, Juan Rulfo, Virgilio Piñera, Adolfo Bioy Casares, para citarlos en orden cronológico». Y agrega: «Novás Calvo es el único escritor cubano que reconozco como un antecedente literario: después de leer su cuento, mi idea de una literatura cubana cambió radicalmente, es decir, desde las raíces de la narración. “Aquella noche salieron los muertos”, “La noche de Ramón Yendía”, “La visión de Tamaría” (y observen, por favor, la felicidad de esos nombres propios: Amiana, Yendía, Angusola, Tamaría) son otras tantas obras maestras y anotarlas todas sería hacer listas».5
Un realismo que no pinta ni expone
Generacionalmente, Novás Calvo pertenece a la promoción de artistas y escritores cubanos que asumió la herencia de las vanguardias europeas. Como poeta y narrador, se dio a conocer en las páginas de la Revista de Avance (1927-1930), que enarboló en la isla la bandera del vanguardismo. Pero si exceptuamos aquellos poemas publicados en 1928 y algunas imágenes sueltas en sus primeros cuentos, Novás Calvo no cayó, pese a esos orígenes, bajo la seducción del lenguaje y la retórica vanguardistas. A diferencia de contemporáneos suyos, como Alejo Carpentier, Enrique Labrador Ruiz, José Z. Tallet y Regino Pedroso, en cuyas obras de esos años esa huella resulta evidente, el autor de Cayo Canas optó por un discurso narrativo que, si se compara con los modelos europeos seguidos por aquéllos, es más tradicional. Asimismo, recogió las tendencias básicas que entonces coexistían en la prosa de ficción escrita en Cuba: realismo, crítica social, criollismo, temática negra, universalismo. En sus textos, esas corrientes estéticas y temáticas convergen, se funden y, a la vez, quedan superadas al abrirse a otras formulaciones y enriquecerse con aportes modernos.
Se impone hacer, no obstante, algunas precisiones. La primera es que el realismo de Novás Calvo no está concebido como un documento ni como una fotografía, y tampoco tiene la veracidad como canon estético. Nada más alejado de su idea del trabajo del escritor que ese afán obsesivo de reproducir fielmente la exterioridad concreta. Novás Calvo entendió que el célebre espejo stendhaliano que se pasea por la vida no es inanimado ni objetivo, sino que, además de observar, interviene. Sus imágenes de la existencia en los barrios marginales de La Habana, en los cayos que rodean Cuba o en las zonas rurales no son copias cuya calidad está determinada por el principio del parecido total hasta en el último detalle, sino por la intensidad, la fuerza y la originalidad con que las representa.
En esa búsqueda de un realismo nuevo, Novás Calvo halló en la narrativa norteamericana de entreguerras un modelo que podía adaptar. En varios artículos dejó plasmada su admiración por ese conjunto de autores que, en su opinión, «han dado el aporte más intenso, más vigoroso, más peregrino y vital que se haya hecho a las letras de nuestro siglo».6 De William Faulkner, en particular, Novás Calvo elogió su realismo, que, tal como comentó en un conocido artículo de 1933, nada tiene que ver «con la forma notarial ni con la pintura literaria. Faulkner no pinta nunca, no expone nunca. De aquí parte su oscuridad. Faulkner nos impone una emoción, nos hace presenciar y sentir realmente, toda la intensidad dramática, cruda y cruel de sus emociones».7 Esa concepción del realismo que no busca pintar ni exponer se tradujo, en primer lugar, en un notorio desinterés por el color autóctono, el folclor y lo pintoresco, elementos en los que tanto se regodearon los autores criollistas o regionalistas. Pese a ser fiel a los personajes y escenarios cubanos -a los cuales volvió con esa «fidelidad rabiosa» con la que, según él, Faulkner volvía a los suyos-, Novás Calvo no construía sus narraciones basándose en el localismo paisajístico ni lingüístico. Su criollismo posee, en ese aspecto, puntos comunes con el del mexicano Juan Rulfo, otro autor que sintetizó y superó algunas de las corrientes realistas.
Como no lo animaba el propósito de escribir relatos testimoniales, Novás Calvo prestó escasa atención a los elementos cubanos más externos, que supuestamente añadían más realismo. Se preocupó más por buscar en esa realidad sus rasgos esenciales, con lo que logró superar las limitaciones del criollismo. De ahí que en sus cuentos no encontremos descripciones morosas ni fatigantes de los ambientes en que los ubica. Asimismo, hay muy poco de típico en sus cuentos que se desarrollan en el campo. Otro tanto ocurre con los textos donde recrea el sincretismo racial y la religiosidad. No participan del afán folclórico y etnológico, ni de la profusión de deidades y términos en yoruba que tanto lastran, desde el punto de vista literario, las obras que abordan esa temática. El interés de Novás Calvo se dirige a captar el trasfondo sobrenatural y mágico de esas religiones de origen africano y a analizar los efectos sicológicos que producen.
Un elemento del criollismo que Novás Calvo toma y transfigura es el habla popular. Los chóferes, contrabandistas, proletarios, carboneros y campesinos de sus relatos se expresan con el idioma que podían emplear las personas de su condición social, pero que no es una transcripción gráfica del mismo. Los diálogos de esos personajes recrean con singular acierto el lenguaje coloquial de las gentes sin instrucción, su estilo cortante, nervioso, fragmentado, reiterativo. Novás Calvo reelabora y trabaja ese estilo hasta dotarlo de «un ritmo, de una sintaxis sincopada, es decir, de una música de la palabra», que cristaliza en un lenguaje a la vez vernáculo y universal, uno de los problemas más importantes de la literatura hispanoamericana de esa época. El resultado de esa auténtica labor de orfebrería es además un tono que posee tanta cubanidad como precisión literaria, y que le impide caer en la vulgaridad o en lo pedestre.
Lo universal a partir de lo local
A diferencia de muchos de sus contemporáneos hispanoamericanos, Novás Calvo no hipotecó los asuntos e historias de sus narraciones a la protesta. Nunca le interesó escribir lo que él llamaba «literatura político-revolucionaria». Si la crítica social se halla presente en su obra es porque el entorno, indirectamente, la proporcionaba. Novás Calvo mostró también una definida preferencia por los medios sociales humildes, lo cual lo llevó a presentar personajes marginales y populares. En sus narraciones abundan los campesinos, los carboneros, los chóferes, las costureras, los marineros, los inmigrantes españoles, que con él adquieren una profunda humanidad y una gran complejidad psicológica. Pero no le interesan como masa, como colectivo, ni como clase social, sino que viene a recordarnos que son, ante todo, hombres y mujeres individualizados. Eso da a su narrativa una dimensión existencial que la ubica a mucha distancia de la literatura de denuncia que proliferó en el criollismo. La angustia del ser humano ante el carácter absurdo de la vida, el drama del individuo oprimido por fuerzas que escapan a su control, la trágica fatalidad de la muerte inminente, el mestizaje sicológico que se da en países donde conviven distintas razas son temas, abordados por él, que lo llevan a bucear en la honda esencia humana.
Si bien siempre tiene una mirada compasiva hacia esos personajes humildes e indefensos, Novás Calvo nunca se permite el presentarlos como víctimas. El mundo que recrea en sus cuentos no es un mundo de buenos y malos, de explotadores y explotados: es, como expresó en uno de sus poemas de juventud, un mundo simple y dolorosamente humano. Su visión de esos personajes no es maniquea ni paternalista. Así, cuando se asoma a los escenarios rurales, no ve sólo hombres y mujeres desposeídos y acosados por la miseria, sino también a unos seres que habitan en una realidad a menudo violenta, donde la muerte es un hecho natural. Novás Calvo tampoco idealiza el mundo infantil, al que se acercó en cuentos como «Un dedo encima». Novás Calvo pudo dar vida a una galería de personajes inolvidables, en los que, más allá de sus inconfundibles rasgos cubanos, supo ahondar en la esencia humana común, algo que los hace cercanos y reconocibles fuera de las fronteras insulares. Eso nos remite una vez más a su preocupación por trascender los reducidos marcos del criollismo, al desvelar las características universales que se ocultan tras los rasgos más externos de lo local.
Por otro lado, esa recreación que hace Novás Calvo de los medios sociales humildes ilustra muy bien tanto su concepción nueva del realismo como la reelaboración a la que sometía los referentes objetivos y exteriores. En su obra es significativa la recreación de la existencia cotidiana en los barrios marginales de La Habana, que conoció por haber vivido allí durante la primera etapa que pasó en Cuba, en la década de los años veinte. En los cuentos ambientados en esos escenarios se evidencia lo que Alberto Garrandés definió como «la dislocación ventajosa de eso que llamamos testimonio, en función de una mirada recreativa cuyo sostén es lo ficticio».8 Nada más opuesto a la estampa costumbrista y al acuarelismo ramplón que la imagen del solar (equivalente a la corrala española) ofrecida por Novás Calvo en sus cuentos. En primer lugar, da al solar una dimensión hasta entonces inédita, al revelarlo como un espacio que, por su carácter integrador, deviene metáfora de la identidad nacional cubana. Asimismo, en el solar coexisten y se comunican elementos urbanos y rurales, por lo que viene a ser una orilla, como diría Jorge Luis Borges, un espacio abierto donde lo rural penetra en lo urbano, y viceversa.
Esa reinvención del microcosmos del solar lo lleva, por otro lado, a tratar la presencia de las religiones afrocubanas, que, sin embargo, no observa a la manera de un folclorista o un etnólogo. Le interesó, ante todo, lo mágico de esas creencias, que le sirvieron para dotar de la atmósfera adecuada a los cuentos en que interviene lo sobrenatural. Por eso los ingredientes y motivos religiosos aparecen incluidos con extrema parquedad. Se dedica más, en cambio, a bucear en los elementos telúricos y en la base animista de esas religiones, que personifican plantas, animales y objetos. Recrea, en primer lugar, la sensibilidad de los negros para percibir fuerzas que los blancos desconocen, y que no pueden explicarse racionalmente. Otro aspecto al que se refiere es la comunión del negro con su música. En el caso de Garrida, personaje del cuento «En las afueras», el ritmo de los tambores es la vía mediante la cual le son transmitidos los valores que la transforman por dentro en negra. A esas creencias recurren además los personajes para interpretar hechos de la realidad, y en ocasiones guían la recepción que tienen de ésta. Para las negras del solar Las Afueras, la presencia de dos mujeres blancas era la causa de que, desde su llegada, nadie hubiera acertado en la charada. Lo sobrenatural se hace así natural y acaba por imponerse a la razón. Es pertinente aclarar, no obstante, que Novás Calvo no excluye a las personas blancas de esas concepciones religiosas. Cubano de origen español, participaba de esas dos identidades, lo cual le permitió descubrir y expresar algunas de las manifestaciones del sincretismo cultural y religioso que caracteriza a la sociedad cubana.
Pero más allá de que sean blancos o negros, a Novás Calvo le interesa, en esencia, mostrar personajes acosados por la angustia y la muerte. Su ya apuntada preferencia por hombres y mujeres pertenecientes a las capas más humildes acentúa aún más la indefensión y orfandad de éstos, algo a lo que también contribuye la intensidad de las situaciones. La mayoría de los personajes han llevado una existencia dura y agobiante debido a la pobreza del entorno familiar en que se han desenvuelto. Están además solos en un medio social donde no hallan solidaridad ni ayuda, lo cual agrava su conflicto interior. Su resistencia es puesta a prueba así en condiciones extremas. Con esos seres que luchan contra su destino y contra unas circunstancias cuyo control escapa a sus posibilidades e incluso a su entendimiento, pero que están condenados irremediablemente a la destrucción, Novás Calvo incorporaba a la literatura cubana un héroe nuevo, perseguido y alienado, propio del mundo moderno. A través de él, proyectaba una concepción escéptica y fatalista de la vida, que tiene mucho en común con la etapa particularmente difícil en que los escribió.
Esto obliga a comentar la adscripción al realismo mágico de Novás Calvo, algo que se ha reiterado con respecto a cuentos como «En las afueras» y «El otro cayo». Hay que partir, ante todo, de que el realismo mágico es una denominación bastante problemática e imprecisa, que, tal como apuntó Emir Rodríguez Monegal, se ha usado para encasillar a «todo escritor hispanoamericano que no sea crasamente naturalista».9 Al incorporar elementos mágicos de las religiones afrocubanas, a Novás Calvo no le anima la intención de escribir literatura fantástica. La suya nunca deja de ser una narrativa realista sólidamente pegada a la tierra. Él mismo lo precisó en una entrevista, al comentar que no permite que lo fantástico entre del todo en sus cuentos porque no quiere deshumanizar la historia. A lo cual agrega: «Si lo dejo entrar me convierto en un Arreola, o en un Cortázar. Ese no es mi espíritu».10 A eso cabe añadir que, para él, la realidad no es única ni monocorde, sino múltiple y compleja, y en ella tienen cabida los ingredientes mágicos, las ensoñaciones y los desvarios. Estos además entran en sus textos sin condicionamientos ni explicaciones racionales, pues para él se trata de utilizar los ángulos y perspectivas que aquéllos conllevan, con el fin de descubrir el misterio vital de la realidad a la que pertenecen.
Sabiduría formal y técnica
Hasta aquí, sin embargo, me he ocupado de aspectos que tienen que ver fundamentalmente con el tratamiento de las temáticas. Esto, pienso, no alcanza a dar una imagen cabal de por qué Novás Calvo ha sido considerado, entre los narradores cubanos, «el de mayor sabiduría formal, el más preocupado por lograr una técnica que ajuste el viejo molde del cuento a las nuevas necesidades expresivas».11 Un rápido repaso a los principales recursos formales y técnicos empleados por él puede dar una idea de cuánto aportó en ese sentido a la modernización de la prosa de ficción de Cuba. Está, en primer término, el punto de vista desde el que cuenta las historias. Novás Calvo mostró una marcada preferencia por los narradores en primera persona, opción dentro de la cual ensayó una amplia gama de variantes y matices. Es muy común en sus textos la presencia de un testigo que relata sucesos en los que tuvo alguna participación o que, por lo menos, conoce de primera mano. En otros cuentos, Novás Calvo retoma la técnica que empleó en su novela El negrero e incorpora un narrador en primera persona pero que apenas se hace notar. La mayoría de esos narradores no disfrutan, como en el caso de los omniscientes, de una posición privilegiada con respecto a la historia. No lo saben todo, no son capaces de adelantar acontecimientos ni de penetrar en la conciencia de los otros personajes. Algunos incluso se equivocan y deben rectificar cosas que han dicho antes. Eso hace de ellos personajes mucho más interesantes y creíbles, y evita que el texto caiga en cierta monotonía que pueda conducir al aburrimiento.
Asimismo, es notoria la habilidad con que el escritor nos introduce desde las primeras líneas en las situaciones, que no suele exponer de modo explícito, sino mediante detalles que las revelan. El comienzo de sus mejores narraciones nos mete, de golpe, en el centro mismo del conflicto. Como todo narrador consumado, Novás Calvo sabe que un buen relato no exige una preparación previa del lector. De ahí que no se demore en presentar personajes ni en pintar ambientes u objetos. Estos existen, pero están puestos siempre al servicio de una estructura en la que lo primordial son los seres humanos. Es extremadamente parco al describir los escenarios: más que describirlos, los sugiere a través de imágenes. Similar técnica aplica a los personajes, a los que presenta gradualmente, a lo largo del texto, y cuya psicología recrea con trazos tan económicos como vigorosos. En ocasiones, ni siquiera el nombre parece ser significativo para él, al extremo de que no llega a decirlo, o bien lo proporciona a mitad del relato. Parte de la eficacia literaria de sus narraciones se basa más en lo que oculta que en lo que dice. Prefiere la contención a la explicitud, el apunte sutil a la referencia directa. Es notable, por último, el empeño que pone en eludir la descripción del desenlace trágico de algunos de sus cuentos. No es que deje el final abierto a posibles interpretaciones, sino que opta por que la imaginación del lector lo complete.
En sus mejores relatos hallamos además una fragmentación estructural, una multiplicidad de planos temporales y una alternancia de diferentes tipos de enunciación (narración, diálogos, pasajes descriptivos) que eran insólitos en la prosa de ficción realista que hasta entonces se había escrito en Hispanoamérica. El uso frecuente del narrador en primera persona hace que varios de sus cuentos tengan mucho de flujo de conciencia. Impresiones y recuerdos se entremezclan libremente con los hechos, lo cual trastorna la secuencia cronológica. Cosa que ocurre también en textos narrados desde la omnisciencia, como el titulado «La noche de Ramón Yendía», en los que el continuo cambio de un plano a otro corresponde a los sinuosos laberintos mentales de los protagonistas, dadas las situaciones extremas que los envuelven. Como resultado, a veces desaparece el concepto de tiempo, al perder éste la continuidad lógica de los sucesos y la delimitación que separa pasado y presente.
Por otro lado, varios críticos e investigadores han advertido la inteligente asimilación de técnicas pertenecientes al lenguaje cinematográfico que hace Novás Calvo. Está, en primer término, el modo objetivo como comunica las emociones de los personajes: no las describe, sino que las sugiere mediante una situación, un detalle, tal como hace la cámara. Otros dos aspectos denotan la influencia del cine: la narrativa fragmentaria, frente al relato lineal y cronológico, que el escritor utiliza en varios textos; y el uso del lenguaje no verbal, característico de un medio que, como el cinematográfico, se expresa mediante imágenes. En sus cuentos hallamos también una aprehensión del escenario y un método de composición que son propios del cine. Los objetos y elementos son vistos en su contexto espacial a la vez que uno por uno, de modo que emerjan y se hagan precisos y nítidos. Se trata, además, de una información puramente visual, como la que pudiera haber proporcionado la cámara y, como en ésta, es dada parcialmente debido a su limitado alcance.
Enfoques cinematográficos, pesadillas, exposición fragmentaria de la historia, flujo de conciencia, saltos temporales, plano del subconsciente, retrospección e introspección constituyen las principales innovaciones formales y técnicas que Novás Calvo incorporó a la narrativa cubana. Algo que desconcertó a los lectores de su época, no acostumbrados a que en la literatura realista se dieran tantas extrañas distorsiones.12 Como Faulkner, Hemingway, Steinbeck y otros autores norteamericanos, practicó un realismo moderno y puesto al día, que se adaptaba mejor a los gustos de la época y asimilaba creativamente las aportaciones de Joyce, Céline, Proust y Kafka, así como el lenguaje de un arte nuevo como el cine. Lo hace, además, con un conocimiento y un dominio admirables de las características propias del cuento, lo cual se pone de manifiesto en su preocupación por elementos tan esenciales como la intensidad, la concentración en unos pocos personajes y el empleo de un lenguaje económico pero expresivo. Esa conjunción de modernidad y tradición, esa capacidad de absorber la herencia de las vanguardias y de la narrativa contemporánea para renovar las viejas estructuras y temas del género le sitúan en un lugar privilegiado entre los grandes maestros con que éste cuenta en Hispanoamérica. Otra cuestión es la de que aún no se le haya reconocido ese mérito como se debe.
En ese sentido, la publicación de este volumen por parte de una editorial del prestigio de Tusquets Editores constituye ya un paso más que significativo en esa revalorización de su obra. Se recogen aquí veinte de sus cuentos más logrados y representativos de los caminos estéticos y temáticos más frecuentados por Novás Calvo.
Quince pertenecen a los tres libros que alcanzó a preparar: Cayo Canas, La luna nona y Maneras de contar. Los cinco restantes sólo vieron la luz en revistas cubanas y españolas cuyos nombres se indican al final, y, hasta el momento, nunca habían sido publicados en libro. Uno de ellos, «Por qué se supo», era totalmente desconocido hasta ahora y, además de sus valores literarios, posee el interés adicional de que es uno de los pocos textos de ficción en que Novás Calvo recreó ambientes y personajes españoles. Se incluye también «Angusola y los cuchillos», que su autor trató infructuosamente de recuperar, y cuya localización se debe a la investigadora cubana Cira Romero. Junto con «El día de la Victoria», corresponde al mejor período creativo de Novás Calvo. Otro de los cuentos no recogidos hasta ahora en libro es «¡Y baila y baila y baila!», perteneciente al grupo de las ocho narraciones policiales que Novás Calvo escribió para la revista Bohemia, y que están entre lo más interesante que ha producido ese género en Hispanoamérica.
Ojalá estas páginas contribuyan a la definitiva recuperación de la obra de aquel hombre que, siendo un adolescente, dejó su aldea natal en Galicia para irse a hacer la América y se convirtió en uno de los más grandes escritores cubanos.
Notas:
1 Jesús Díaz, «Lino Novás Calvo visto desde su isla», La Gaceta de Cuba, junio de 1988, pág. 7.
2 El negrero. Biografía novelada, Tusquets Editores, colección Andanzas, número 390, Barcelona, 1999.
3 Para entonces tenía que mantener una familia: en 1940 había contraído matrimonio con la destacada periodista y poeta Herminia del Portal, y algunos años después nació su hija Himilce, que siguió sus pasos y se hizo novelista en Estados Unidos.
4 «El horror y la inocencia», Babelia, 21 de julio de 2001, pág. 15.
5 «Novás Calvo y “El Negrero”», Babelia, 15 de enero de 2000, pág. 9.
6 Lino Novás Calvo, «Cuentos entre Dos Guerras», Gaceta del Caribe, mayo de 1944, pág. 6.
7 Lino Novás Calvo, «Dos escritores norteamericanos», Revista de Occidente, enero de 1933, pág. 101.
8 Alberto Garrandés, «Un apunte sobre Lino Novás Calvo», Síntomas. Ensayos críticos, Ediciones Unión, La Habana, 1999, pág. 104.
9 Emir Rodríguez Monegal, «Realismo mágico vs. literatura fantástica: un diálogo de sordos», Otros mundos, otros fuegos. Fantasía y realismo mágico en Iberoamérica, edición de Donald A. Yates, Michigan State University, Pittsburgh, 1975, pág. 27.
10 Lorraine Elena Roses, «Conversación con Lino Novás Calvo», Linden Lane Magazine, abril-junio de 1983, pág. 3.
11 José Antonio Portuondo, Bosquejo histórico de las letras cubanas, Ministerio de Educación, La Habana, 1960, pág. 61.
12 Enrique Anderson Imbert, El realismo mágico y otros ensayos, Monte Ávila Editores, Caracas, 1992, pág. 214.