Lo primero que sonó allí fue el nombre: Filio; Filio Figueredo. «Allí» era un montoncito de cuartos, dentro y en torno a la cantera vieja, y el camino a la lomita donde lavaba Sabina, y el camino a los pasajes, y el placel, y el tren con su ceiba, y los marabúes. Unos cuartos viejos, nacidos viejos, y chiquitos, y retorcidos y sin orden. Los del babiney, nos llamaron.
El nombre sonó entre los cuartos. Tal vez lo dijo alguien desde un tejado, o una mujer desde el patio. El nombre entró antes que el hombre. Por la mañana, Sabina estaba aún dentro de su cuarto peleando con la hija Limbania, como siempre, sin saber nada, al menos a las claras. A nosotros los muchachos nos dijeron que a Sabina le habían traído un hijo del tamaño de Brunito, la noche antes, y que se llamaba Filio. Sabina llamaba «Filio» a todos los niños, y a su hija le llamaba cosas y nunca podía despertarla a tiempo por la mañana, en verano, y decían que eran las lluvias.
Es posible. Nosotros andábamos por el placel y el apartadero del tren, y a veces nos subíamos a los vagones y viajábamos en ellos hasta que cogían velocidad. Jugábamos a quién seguiría más tiempo y se tiraría con más marcha entre la hierba y las aromas más allá del placel. Estos éramos Brunito, y Agileo, y Proto, y Tatica y Cascarita. Yo era Mileto, Brunito era pardo y Agileo era rubio, pero eran hermanos, y su madre era Altica. Los dos eran hermanos de Elfo Subirana, y éste era grande como Limbania Lapé, la hija de Sabina la gallega. Yo era hijo del carrero y éste era el Buchán Atávico y vivíamos solos en un cuarto sobre la tierra, y desde allí venía Elfo a bajear a Limbania, la hija de la gallega, llamada Lapé. Yo sabía esto; quizá lo supieran todos, pero las mujeres miraban a Sabina, y a su hija rubia, y reían, pero nada más.
Ellas no iban al tren ni sabían abrir los vagones ni podían haber visto allí a Elfo con Limbania. Acaso Brunito lo hubiese dicho, pero eso no hace al cuento. Las mujeres se reían de Sabina, que lavaba sólo manteles de fondas, y un fondero le había hecho aquella hija, y quién sabe si este otro hijo.
No: Filio venía del mar. La madre misma lo había llevado a un barco en el puerto, cuando tenía tres meses, con una medalla, y lo había dejado solo en cubierta, pataleando, una noche. Ahora tendría acaso doce años, como yo, pero era más alto y prieto bajo el pelo rubio cuando lo vimos, y no se parecía a ninguno de nosotros. Sabina no lo había visto nunca; ni aquella noche.
—Nunca lo pude mirar —dijo un día—; y cuando lo llevé al barco tampoco lo miré. Tenía que ser como el padre.
El padre era marino, y bandolero, y pirata, y loco, decía Sabina. Quizá el hijo fuera igual cuando creciera. Mejor había sido llevárselo después de nacido, que lo criara y lo hiciera como él. Sería como él de todos modos. A estas horas quizá los dos estuvieran muertos, pues el barco La Blanca no había venido al puerto en cinco años. Sabina lloraba al decirlo, pero aún entonces las mujeres reían, por cómo hablaba la gallega, rubia y medio loca, a cuya hija dormilona y pálida bajeaba Elfo.
Entonces se presentó el Filio. Por dos noches y un día supimos que el hijo estaba allí sin que nadie lo viera, salvo tal vez el químico Apeles, que veía espíritus y mordía a las mujeres en las pantorrillas, para asustarlas. Pero éste no hablaba. Elfo debió de ser el primero en decírselo a Erólida Pérez, o a Hildelisa Joaristi, las canelas, que se celaban de Limbania. Erólida era Barco Ebrio, e Hildelisa era Vieja Mala. Las dos eran jóvenes de los cuartos y Elfo tenía algo que ver con ellas antes de venir Sabina y la hija.
—¿Tu Filio es un espíritu, Sabina? —rieron las mujeres.
Estas lavaban en el patio y en el terreno al fondo de la cantera. Sabina iba más allá, al camino por donde antes salía la piedra, y sólo lavaba manteles de fonderos. Las otras pasaron al lado con ropas hacia las tenderas, y la rubia cambiaba el chucho. Entonces hablaba de peces. Ella misma se había criado entre peces, pero nadie aquí había oído los nombres que les daba ni los había comido.
—Quizá tú misma seas un pescado, Sabina —dijo Erólida.
—Ten cuidado que no te pesquen a la Limbania —dijo Hildelisa.
—Ya se la pescaron —dijo Erólida.
Todas rieron, pero nadie vio al Filio ahora. Nosotros teníamos bandos, y Brunito era el jefe; y al otro lado del tren había otros bandos. El tren nos dividía. Cuando vino la guerra el tren era la frontera. Los de allá eran los Malos, los del Káiser, y los de acá éramos los Buenos. Brunito era el jefe, y Agileo el segundo jefe; yo era el sabio. A veces Agileo era el general y Brunito el segundo, pero yo era siempre el sabio. Ellos se juntaban conmigo y oían mi consejo. A veces la candela era brava y los Buenos se escapaban en medio de la pelea, y venían a pedir consejo, y si perdían me prendían hasta que volvían a ganar.
—Puede que el marino nos ayude —dijo Brunito.
—Si vale, lo haremos capitán —dijo Agileo.
—Yo soy el capitán —dijo Cascarita.
—¡A ellos! —dijo Proto.
Fue entonces cuando vimos a Filio. Hacía ya dos días y tres noches que su nombre estaba allí y nadie lo había visto a él. Sabina dejaba cerrado y Limbania salía por detrás al camino y cerraba también. La gente dijo que acaso Filio estuviera encerrado dentro o que no hubiera tal Filio.
—Filio debe de ser un pescado —dijo Erólida.
Sabina calló. Era por la mañana. Las mujeres vieron al Químico y le cayeron. Este se quedaba de noche, con luz brillante, haciendo sus compuestos, y salía a venderlos por las casas. Eran perfumes con nombres raros, etiquetas verdes y amarillas y rojas; de todos colores. El Químico dijo que había visto venir al Filio, traído por un hombre viejo, a medianoche. Sabina callaba y cambiaba el chucho.
—¿Te has comido a tu Filio, Sabina? —dijo Brunito.
Pero luego lo vimos. Los Malos estaban tumbados del otro lado de la vía, cada uno frente a una traviesa, pero más bajos. Las piedras daban en las traviesas, saltaban y caían más allá de ellos. Los Malos aguantaron allí sin tirar, hasta que nosotros no teníamos más piedras. Entonces se levantaron todos en línea, como hombres de pasta, movidos por resortes. Se alzaron y se pararon allí, en línea, quietos, mirándonos, como muertos de pie, con piedras en las manos, pero sin tirar.
—¡Ríndanse, están muertos! —dijo su jefe.
Así nos ganaron, sin tirar. Entonces alzamos la vista y detrás de ellos vimos a Filio, de pie sobre el ribazo, de azul, descalzo y un pelo amarillo en la cabeza como un estropajo, mirando, callado. Los Malos dieron la vuelta y marcharon en pares, junto a él, sin hablarle. Pasaron más allá, hacia Pajarito, y los pasajes y nosotros quedamos allí, vencidos de un modo extraño, mirando al marino. Éste bajó del ribazo y pasó a nuestra derecha haciendo una curva para no acercarse, y andando como un gato. Nosotros lo seguimos con la vista, fascinados, pensando quizá que él se había unido a los Malos, dirigiéndolos como yo a los nuestros, con la cabeza. Nadie había pensado jamás que se pudiera ganar allí una batalla de ese modo. Filio pasó sobre el placel como un gato, haciendo curvas, esquivando a la gente. Luego entró en los cuartos por detrás y se paró en el patio, y miró a la gente con ojos muy abiertos. La gente lo miró callada, al principio. Luego alguien se movió y Filio volvió a huir, siempre como los gatos jíbaros, que bajan por hambre a las casas, y entró en su cuarto. Pero cuando nosotros fuimos allí, no estaba ya en su cuarto, ni en el terreno de detrás, y cuando alzamos la vista una hora después, ya de noche, estaba en el techo, sentado, agachado y como a punto de saltar, pero nadie lo vio siquiera saltar. Desapareció simplemente.
Alguien dijo que no era el tal Filio. Altica dijo que el Filio había estado allí en espíritu, antes de estarlo en cuerpo; al otro día la gente dejó de reír cuando vio a Sabina. Nosotros pensamos que el espíritu de Filio nos había ganado la pelea, de un modo extraño, pero a la tarde estaba allí otra vez, mirando la pelea desde un tocón de ceiba en terreno neutro, y esta vez ganamos nosotros. Filio se había dejado ver todo el día, pero huyendo y sin hablar. Altica entró a quemar incienso, y poner rosas blancas en vasos de agua, y bañarse con albahaca, y poner rosas rojas también en agua. Después, a mediodía, todos lo vimos entrar y ponerse a horcajadas de la esquina del alero, sobre el patio. Brunito subió por detrás a tocarlo, y el niño saltó desde cinco metros, o más, y escapó de nuevo, pero a poco estaba de nuevo en el alero. Entonces entró Sabina:
—Viejos —dijo la rubia—, no lo toquen. Él no es un espíritu, pero no lo toquen. Él es como su padre y yo lo conozco. Su padre ha muerto, y a él me lo ha traído el contramaestre. Creció en el mar y es como su padre y hay que entenderlo. Tocar no lo toquen, viejos, porque no lo aguanta. Es como su padre. Háblenle y no pasará nada, pero un dedo encima no le pongan. Yo lo conozco, por su padre.
Las mujeres rieron. Nadie pensó ya más que fuera un espíritu, y él no fue más el oculto. Quizá no lo fuera nunca. Sabina dijo luego que ella lo había visto venir, antes de venir realmente, tres noches y dos días antes, pero que nunca había estado allí hasta que todos lo vieron. Otras personas lo habían presentido, dijo, dormidas o despiertas, igual que ella, pues la sombra transparente va siempre por delante de nosotros, que seguimos sus pasos. La rubia había «visto» venir al hijo de la mano de un marino tres noches antes; esto ocurría a pleno día y al sol mientras lavaba, con su cabeza rubia al sol. Luego fueron las mujeres y le dijeron: «Sabina, enséñanos a tu hijo, el que te han traído anoche». Sabina comprendió que también otros habían tenido la visión, y por eso cambió el chucho. El hijo vino como había sido anunciado por la visión, y estaba allí, visible, pero escapando, sin juntarse con nosotros, sin parar en casa, saltando por los tejados, trepando por los árboles, y dando saltos milagrosos cuando alguien quería tocarlo y aun dando aquel bufido que dan los gatos espantados, pero sin hablar, sin que nadie pudiera aún conocer su voz a la semana de estar aquí, en la cantera y el placel, y en los rieles, pero solo.
—Muchachos, no lo toquen —decía Sabina—. Les digo que no lo toquen porque algo ha de pasar si lo tocan. El es como su padre. No lo toquen, háganme caso. Yo conozco a su padre, y sé que éste es el padre mismo vuelto a nacer. Háblenle, pero un dedo encima no le pongan.
Sabina pasaba por entre los cuartos todas las mañanas diciéndolo. Abría la boca y dejaba salir las palabras, según iba, hacia quien las pescara. Luego se iba hacia su batea y al volver lo decía de nuevo. Erólida salía caminando, como un barco ebrio, y la otra, Hildelisa, la seguía riendo. Las dos recordaban lo que había dicho Sabina al venir allí, con la Limbania, años antes.
—Déjenme a la muchachita —dijera Sabina—. No me la toquen y déjenla. Su padre anda cerca y un día vendrá aquí, y puede pasar algo; no la toquen.
Esto era años antes, pero nadie vio por allí al padre, y no pasó nada. Las mujeres reían por eso. Elfo no había creído en nada y el padre no había venido. Quizá no hubiera padre o Sabina no supiera de él. Luego Elfo se le fue a Erólida, y después a Hildelisa, y ancló en Limbania. Altica misma lo decía, riendo, y andando así al decirlo.
—Déjenme a la muchachita, por su madre, déjenmela —dijera Sabina.
Esto, antes. Hacía tres años que ya no lo decía, salvo quizá a sí misma. A veces hablaba sola y las otras reían, diciendo que aún no lo decía, por lo bajito, porque alto nadie la creía.
—Déjenmela, no la toquen, que aún es muy joven —había dicho.
Pero Limbania tenía ahora veinte años, y dormía mucho, y odiaba a la vieja y a Altica, pero no a Elfo. Parecía odiarlo; no lo odiaba, y a veces se iba a los bailes sola, pero era cuento. Limbania trabajaba en un taller, y volvía tarde, y estaba muy pálida y delgada; estaba siempre triste, y a veces tosía. Yo mismo la oía toser de noche a veces, como un niño pequeño, y luego veía sus venas azules de día, los domingos, y sus ojos negros y redondos parados en aquel rostro blanco como pintados en un papel blanco. Sabina callaba.
Fue ahora cuando volvió a hablar, pero por el hijo, y las dos canelas reían a borbotones, caminando, sin pensar en Filio, sino en la muchacha.
—Déjenmela, por su madre —había dicho Sabina.
Eso era antes. La gente lo enlazó con lo de ahora, y quizá rió más que nunca, porque Filio escapaba y era miedoso. O así lo parecía. Nosotros vimos que no se juntaba con los Malos, ni con nosotros, y que veía las pedreas desde lejos, o escondido en la ceiba. Al fin de semana los Malos volvieron a ganarnos, y luego supimos por qué. Era el Químico. Éste era un hombre flaco y pequeño, de andar menudo y unos ojillos negros de jutía y voz de perro. El Químico vivía solo haciendo sus mejunjes, y las mujeres le caían pidiéndole. Quizá por eso le salió aquella voz de perro, y modos de perro, para asustarlas. Venía a pasitos, escurriéndose desde su cuarto, y al ver una pierna cerca se agachaba y hacía aquel ruido junto a la pantorrilla, como un perro cuando muerde. La mujer saltaba, y el Químico se iba agachado. A veces hacía otras trampas. Dejaba por allí cajas que saltaban al tocarlas y se convertían en bichos. Así era él. Las jóvenes ya no le pedían nada. A las que lo hacían les mordía las pantorrillas, las llamaba aparte y les decía cosas sucias. No sé cuáles. Decían que eran sucias como nadie en el mundo podía decirlas sino él. Al principio le pedían, para oírlo, pero luego lo dejaron, y ya él no les mordía tanto las piernas. El químico Apeles.
Pero ahora supimos que el Químico era el sabio traidor de los Malos. Estos no peleaban ya todos los días. Luego venían con otras trampas, como la de la tenaza. Habían traído gente de otra parte y la pusieron delante, entre la hierba. Nosotros les tiramos y los nuevos cedieron, poco a poco. Nosotros avanzamos tirando, agotando las piedras, y al llegar a la línea, los Malos nos salieron enteros por los lados, en tenaza, y nos coparon. Obra del Químico. Yo fui preso, y destituido dos veces, hasta que se nos pasó uno de los Malos y nos dijo que el Químico iba a veces a instruirlos y hablar en secreto con su jefe. Nada más por ese lado.
Filio seguía por allí, flotando, y sin juntarse. «Allí» era por todo: en el barrio, en la calzada y hasta la loma y el marabú. La gente no lo veía nunca en su cuarto. Quizá fuera a comer por la puerta de atrás, o saliera luego por miedo. El miedo podía ser a la misma Sabina. La mujer lo había querido besar la primera vez, pero él se engrifó; se hizo un ovillo, en el suelo, y luego se soltó como por un muelle, y escapó. Sabina lo siguió hasta fuera, de noche, lo vio ir a saltos sobre la hierba. Aquella noche no volvió. Sabina luego lo miraba con ojos largos y tristes y movía los labios como hablando sola, y a la gente le decía como llorando:
—Yo se lo digo, viejos, no le toquen. Ni aun su madre puede tocarlo. Háblenle, pero un dedo encima no le pongan.
Entonces cesó la guerra, la nuestra. Nosotros nos calentamos un día con las artes del Químico y les entramos bravo. Juntamos piedras de verdad, aristadas, y les fuimos para arriba. Ellos tenían su trampa. Tenían una trinchera falsa y salieron de otra, de entre la hierba, pero nada. El Químico mismo se apareció detrás de ellos esta tarde, y le caímos a él también. Quizá por eso fue: el Químico pensó ahora que Filio era nuestro sabio escondido y le cogió odio. Nosotros les entramos a los Malos, y fue de veras. Algunos cayeron, o fueron a sus casas con chichones, sangrando.
Después vino el guardia. Éste se paraba ahora allí, en la caseta del tren, mirando por las tardes. Los Malos no volvieron. Se quedaron curando, preparando flechas y arcos, esperando. Nosotros vencimos entonces; creímos que eso era vencer, y que los otros estaban realmente muertos, y que ya no había guerra. Nosotros no queríamos que la hubiese, y por eso dijimos que no había guerra y que éramos los vencedores y podíamos jugar a otras cosas. Nos olvidamos de los Malos, pero no de Filio.
Fue realmente ahora cuando pensamos en Filio. Antes teníamos a los Malos, y Filio no nos hacía nada. Incluso podía llegar a ser de los nuestros algún día. Luego vimos que huía y lo olvidamos por dos o tres días. Brunito lo siguió una tarde hasta la ceiba. Lo siguió ceiba arriba, por entre las ramas. Lo vio subir, pero no dentro del árbol. Cuando miró de nuevo hacia abajo, Filio iba por el placel, a saltos. Brunito lo siguió abajo, hasta la calzada, y lo vio pararse de pronto junto al carrito de frutas y volver para atrás. Nada más que eso. No vio que había cogido el cuchillo del carrito y volvía hacia él. Brunito se había detenido, y vuelto para atrás, porque vio al guardia. Por eso no pasó nada. Filio volvió hacia el carro y puso el cuchillo donde estaba. El viandero no se lo había visto coger. Estaba gritando, mirando hacia una casa, con la boca abierta; cuando bajó la vista vio venir al muchacho con el cuchillo, y ponerlo allí, y marcharse de nuevo, sin decir nada. Filio volvió al placel y a su cuarto; en el patio se encontró a Brunito y lo esquivó. Se pegó a la pared, mirando de lado, y se coló dentro, y Sabina volvió a salir a la puerta gritando:
—¡No, no; cuidado! ¡No lo toquen, se lo digo! ¡Cuidado! Ustedes no lo conocen. Igual pasó con el padre cuando era chico como él y por eso tuvo que huir y se hizo pirata y bandido. Él lo decía siempre: «Usted hábleme, compadre, pero... no me ponga un dedo encima». Ya desde chiquito lo decía. Miren que yo se lo digo.
Todos rieron. Sabina se dirigía a nosotros —cinco o seis fiñes, como el Filio—, que nos habíamos juntado con Brunito a caza del Filio. Los otros veníamos cruzando el placel y vimos a Brunito correr tras el Filio. Luego lo vimos volverse, sin cogerlo, y luego venir a Filio, rodeando, como vagando por el borde del placel, y entrar de pronto como en una zambullida en el cuarto, y Sabina gritando ahora a la puerta, espantándonos, mientras el Filio comía dentro. Lo veíamos desde el patio, comiendo allá dentro, frente a Limbania, en una tabla con patas, mirando por debajo de los brazos cortos y aleteantes de Sabina, como muñones de gallina gorda y pelada, con ojos asustados. Otra vez como un gato: lengüeteando, y abriendo mucho la boca ante una cuchara grande, pero mirando lejos, al acecho. No nos movimos. Esperamos allí, en grupo, como escuchando un discurso, y las mujeres detrás escuchando también, y riéndose de la rubia. Y algunos hombres. Estaba Perucho el Largo, y Aldo Caminero, y Santos Macudijes, y el Químico. Éste entró ahora sigiloso, por detrás, y bajó el hocico hasta las pantorrillas de Erólida Pérez y rugió como un perro. Las mujeres se abrieron a correr. Nosotros estábamos aún allí, como fascinados mirando hacia dentro, al Filio comiendo. Luego él mismo se había evaporado. La cuchara estaba aún allí, como en el aire, pero el Filio había desaparecido detrás de ella, y Sabina aún en la puerta, pero callada. Al cabo dijo:
—Ya lo saben.
Pero era inútil. La rubia hacía reír a otras mujeres, y daba pie a las jóvenes contra Limbania, pero nosotros ni oíamos. Sólo después. Como si lo que decía hubiera sido trasmitido de muy lejos y mientras llegaba —lo que decía— hubieran pasado las cosas y no tuvieran remedio. Después oímos las palabras de Sabina, dichas en el pasado, y como oscuras y amortiguadas y raspantes, pero todo había pasado. Ahora nosotros andábamos tras Filio como un juego. Era una caza. Ya los Malos no estaban delante —o no eran Malos— para pelear. Los juegos mismos cansaban y nosotros habíamos aprendido, por dentro, a cazar y ser cazados. Aprendido: eran como canales formados en nosotros, como vías. Ahora no queríamos pelear con los Malos, que no existían, pero tampoco jugar solamente en la hierba, y Filio estaba aún intocado, invitándonos. Ahora el desafío era entre nosotros, a quién más valía, a quién más podía, uno a uno. A ver quién más corría o mejor tiraba, con piedras, a los gatos extraños y forasteros perdidos que bajaban quizá de Pajarito. Esto pasó días antes. Filio mismo podía ser aquel gato, o el gato su espíritu. Era también pequeño y flaco y nervioso, con grandes ojos pardos y siempre de sobresalto. El bicho vino saltando a caza de grillos y ranas chiquitas; como volando. Realmente volando. Nosotros le caímos a las piedras, pero él las veía venir y siempre saltaba a tiempo. Ahora algunos de los Malos bajaron aquí y nos apostamos en derredor, en un gran círculo, y las piedras cayéndole de todos lados. Una, otra, otra, otra: todo en derredor. Filio estaba también allí, mirando, desde el alero, pero pocos lo vieron. El cerco se fue cerrando, por grados, sobre el gato, sin salida posible para él. Las piedras mismas no eran ya para darle, sino para formar un tejido en torno y cogerlo: como mallas vivas para enredarlo. El bicho se quedó entonces quieto, agachado entre la hierba, esperando, tal vez dándose ya por muerto. O quizá no. Puede que el gato esperara simplemente sabiendo que algo venía a salvarlo. Nadie había presentido eso. El agua empezó a caer de pronto. No a llover: a caer agua. Ni viento ni truenos: agua, agua, agua, y nada más. En medio del placel había un trozo de paral viejo clavado. El gato se subió allí y esperó a descampado. El agua cubrió el placel y nosotros podíamos nadar en ella por los cangilones y las veredas y las zanjas, pero no llegar hasta el gato, allá retrepado, lejos, negro, como un ovillo negro. El agua siguió cayendo toda la tarde, y al otro día el gato estaba aún en el paral, aturdido. Como preparado, por el agua, para nosotros...
Quizá el agua, o algo, hiciera lo mismo con Filio. Acaso el gato fuera, simplemente, la representación adelantada de lo que debía ocurrirle al niño—gato. Pero no: ahora no volvería a llover así en todo el año y Filio nunca esperaría en el paral las piedras de guerra. Después del gato pensamos en él, pero sin piedras. Ahora queríamos cogerlo, tocarlo, prenderlo. Filio era al que había que coger, enlazar, no matar. Como en una película: enlazarlo. De ahí vino el mal. Brunito se buscó una soga vieja en el tren y empezó a entrenarse a tirar el lazo. Filio lo vio en seguida y entró en el patio, loco, y volvió a salir fletado a la acera, y al tejado, y otra vez saltó al patio y entró en el cuarto. Sabina volvió a salir y dar gritos, pero nosotros estábamos fuera, lejos, jugando a enlazarnos.
—A ése lo voy a ligar yo con lazo —dijo Brunito.
No oímos lo que dijo Sabina. Filio había entrado en su cuarto, cogido un cuchillo. Se arrimó a la pared, junto a la puerta del fondo, verde de rostro y con aquellos ojos verdes y espantados.
—Yo se lo advierto, viejas —dijo Sabina—. Aquí va a pasar algo si no reprenden a sus hijos. Ahora están con la soga; yo los he visto. Como el padre, él vio la soga, y ustedes no comprenden. El terror a la soga. Ustedes no entienden.
No. Quizá no. Ni ella misma, tal vez, lo entendía todo. Ni nosotros. La soga tenía para él algo extraño que nadie allí entendía. Sabina le quitó el cuchillo, lo apaciguó. Alguien vio desde el patio que lo abrazaba, y que ahora él se dejaba abrazar. Filio salió luego al campo, de noche, y no volvió hasta tarde, y por la mañana tampoco estaba en el barrio. Volvió a aparecerse por la tarde, por grados. Brunito escondió el lazo entre la aroma y se le empezó a acercar. Filio lo dejaba ir unos pasos, pero retrocedía de nuevo. Yo propuse nombrar un emisario chiquito. Los demás esperaríamos cerca del aromal. Uno —tal vez Tatica— estaría escondido con el lazo y se lo tiraría al llegar. Nombramos a un fiñe pequeño descalzo y medio desnudo; Filio lo dejó acercarse, pero él no vino. Escuchó al fiñe. Este fue con un trapo blanco en un palo de escoba al hombro, marcando el paso. Filio estaba ahora junto al paral, sobre el gato enterrado, y no se movió. Cuando hubo hablado, el fiñe volvió para atrás, marchando, pero no trajo ninguna respuesta. Lo volvimos a mandar, y el fiñe hizo el segundo viaje con la bandera, en marcha, hasta el paral, y disparó el discurso:
—El general Brunito y el coronel Agileo ofrecen la paz al general Filio de la Noval...
Esta vez el discurso fue así. Antes no habíamos dado nombres, y Filio no debió de entender. Su nombre no era Filio, y De la Noval era el apellido de su madre, no de su padre. No le hizo caso al fiñe. Se quedó esperando, pero cuando nos vio movernos volvió a escapar. Ahora lo hizo lentamente, sin alarma. En la puerta del cuarto demoró junto a la carretilla de las viandas y volvió a coger aquel cuchillo en la mano. Lo sacó de la vaina, le palpó el cabo y le miró la hoja. El viandero lo dejó, mirándolo. Luego Filio volvió a poner el cuchillo en su lugar, en la vaina, y se fue dando la vuelta a los cuartos hacia la calzada. Nosotros no lo vimos. Ninguno pensó en eso; en el cuchillo y lo que él pensara. El viandero no hizo caso. Había cortado el pregón por la mitad para mirar a Filio; luego continuó. Filio no lo miró a él, ni a nosotros, que veníamos lejos, regados, pero en concierto bajo un orden.
—No hay que matarlo —dijo Brunito—. Lo cogeremos vivo.
Realmente era así. No matarlo. Alguien pudiera querer matarlo como al gato, su hermano. Nosotros estábamos calientes aún de nuestra guerra; quizá pensáramos, incluso, matar a Filio sin que pasara nada. Él no tenía, más familia que Sabina —y ésta no contaba— y Limbania. Nadie les haría caso. Limbania tenía una vocecilla de gata flaca, ahogada, y quizá se muriera pronto, de tan blanca. De modo que Filio no era como otro muchacho. Quizá pudiera uno matarlo, y enterrarlo como el gato después de las lluvias.
—Vamos a practicar el lazo, a los marabúes —dijo Brunito—. Cada uno se debe buscar su soga, y venir a practicar por las tardes, para luego enlazarlo. Lo quiero vivo —dijo Brunito.
Cada uno se buscó su soga. Durante seis días más acechamos a Filio, por fuera, y le seguimos mandando emisarios —fiñes chiquitos y desnudos— con bandera blanca, pero él no hacía caso. El Químico vino con el cuento de que lo había visto con los Malos, y que tal vez éstos se preparaban para otra guerra contra nosotros, pero no le creímos. Dos de los Malos estaban ahora con nosotros, practicando el lazo para cazar a Filio. Nosotros habíamos vencido a los Malos, y no podíamos creer que tuviéramos que vencerlos de nuevo. No nos gustaba y por eso no lo creíamos. Nos gustaba más pensar en la caza de Filio. Pero pensamos que éste pudiera andarse juntando con algunos Malos. Así nos parecía digno de ser cazado. Justificaba más el lazo. A veces pasaban muchas horas sin que lo viéramos; días enteros. Venía a ratos, sólo a comer, como los animales jíbaros, y a veces ni eso. Sabina pensó que nosotros habíamos desistido de tocarlo y se calló. Dijo que el hijo no se quedaría nunca allí con ella y la Limbania, y que era una maldición. Era la herencia del pirata, del bandido. Era el mismo Figueredo vuelto a nacer, para tormento de Sabina.
—Quizá yo sea mala y me lo merezca —dijo—. Puede que sea un castigo que yo me haya ganado, y no tenga remedio.
La mujer hablaba ahora en su viejo tono, como de rezo, mientras lavaba al sol, cuando alguna otra pasaba junto a ella. Había sacado su batea a un rellano de la loma y se la veía subir y bajar de la cintura para arriba como una mujer de cuerda; rubia, tostada, rugosa, ancha y dura, con aquellos ojillos verdes. Ahora hablaba a cualquiera, y seguía lavando.
—Se va a los muelles —decía Sabina—. De ahí vino su padre y por ahí se fue. Se fue él, y dejó al hijo, y éste dejará a otro cuando se vaya. Uno tras otro. Dale que dale. Uno tras otro. Dale que dale.
Ahora las otras no rieron. Pensaron que Sabina estaba ida. A veces decía versos que ella misma sacaba de la cabeza. Filio se iba y volvía, furtivo, a comer; a veces no volvía. Nosotros practicábamos el lazo a campo abierto, y esperábamos que Brunito diera la orden, o que el Filio se pusiera a tiro. Ahora todos sabíamos tirar un poco y éramos como siete, con dos Malos. No pensamos ya en Sabina, ni en lo que decía, ni en Limbania, que ya no salía. Elfo mismo se fue de allí. Limbania dejó un día de salir al taller donde estaba, y de noche oíamos su tos, y Elfo se fue callado. Quién sabe por qué; Elfo era un hombre y podía hacerlo.
—Yo sé por qué se fue —dijo Erólida—. Fue por la tos de Limbania.
Nadie la entendió. Al menos, entre nosotros. Limbania siguió tosiendo, y Sabina rezongando sola, pero Filio vino un domingo y se quedó todo el día dando vueltas, y parecía más manso que nunca. Nosotros le mandamos otro emisario, de un lado al otro del tren, y bajó hasta el riel, pero de pronto comenzó a irse a lo largo de la vía.
—Se está poniendo mansito —dijo Brunito—. Ahora lo ligamos.
Pero no era así. Filio medía las distancias y el tiempo. Puede que nos midiera también a nosotros —nuestro ánimo—. Ahora nosotros mismos parecíamos mansos, y él no había visto las sogas en el aromal. Podíamos ser mansos, después de todo. Filio se iba acercando, por grado, pero listo a saltar. Aquel día acortó tres metros la distancia; al otro empezó a acortarla un metro cada día por las tardes. Tres semanas había estado fuera, partiendo del día en que había visto la soga. Venía de noche, a veces. Luego empezó a venir de tarde, y a rondar, a mirarnos de lejos, y nosotros a enviarle nuevos fiñes con bandera blanca. Sabina no lo veía. Las casas estaban lejos, hacia la calzada, y el placel terminaba en las aromas y marabúes, y la ceiba y el tren. Aquello era nuestro. Filio quería juntarse y ser, tal vez, uno de los nuestros, pero aún no se atrevía. No se fiaba. La soga no estaba allí y no le tirábamos piedras, pero él la había visto.
—¡Ustedes no saben lo que él ha visto! —gritó Sabina.
Aquella noche, Filio se había venido acercando todas las tardes y aun habló al emisario. «No les tengo miedo», le dijo; «no es miedo lo que les tengo.»
—No —dijo Brunito—. No tiene miedo.
¡Mejor que no lo tuviera!
Todos estábamos allí, con las manos vacías, y dispersos. Nos acercamos un poco, pero Filio se alejaba hacia los pasajes, midiendo las distancias. Luego, cuando descubrió otros dos de aquel lado, giró de súbito, volvió casi a nuestro encuentro, nos esquivó a veinte metros. A los dos minutos estaba a la vuelta de los cuartos. Entró por detrás y se quedó en su puerta del patio. Sabina estaba ahora entrando de la calzada, y hablaba con el aire:
—¡Lo que él ha visto, nadie sabe! —dijo Sabina—. Hoy me lo han dicho. Me lo dijo el que lo trajo. ¡Tenía que ser! Un pirata no puede morir sino guindado de su propio barco. ¡Pero que él lo haya visto! ¡Que lo haya visto el pequeño!
Yo entraba entonces y vi los ojos de Filio escuchando detrás de la madre. Unos ojos que escuchan. En seguida desapareció dentro y Sabina tras él, cerrando. Las mujeres callaron. Y la noche vino callada sobre los cuartos y el patio y la tos de Limbania.
Esta fue la noche antes. Brunito se había escondido en el marabú junto a los lazos. Filio vino a la tarde, flotando, desde los pasajes. Yo le envié otro emisario, como en juego. Yo estaba cerca de Brunito, pero en campo raso, y Filio se acercó un metro más que el día antes. Ahora estaba a veinte metros o menos. El fiñe emisario tiró de él, hacia mí. Filio pareció ceder, pero de golpe dio un salto hacia atrás. Yo vi sus ojos abiertos, espantados. Los vi como encenderse y oscurecerlo a él todo; y luego los vi apagarse, y al muchacho contraído, temblando, como cogido por una corriente. Después dio otro salto de lado, y otros saltos más, menudos y leves, como despegando de la tierra, hacia los pasajes. Entonces se perdió.
Yo no pensé que Filio había visto las sogas. Quizá no las hubiese visto. Puede que sólo las «sintiese». Nadie sabía qué tenían las sogas para él, ni las mujeres comprendieron a Sabina cuando dijo:
—¡El lo ha visto todo, el pequeño! Eso tenía que pasar. Yo sabía que el padre sería guindado, un día u otro. La soga estaba allí, esperándolo. ¡Pero el niño! ¡Que el niño la haya visto!
Sabina habló sola para que la oyeran dos días seguidos, al pasar por el patio, pero nadie entendió entonces por completo. Muchos, quizá, nunca. Filio estaba luego en la acera junto al viandero. Ahora no entró en casa, ni escapó cuando Brunito y yo nos acercamos desde el campo. Esperó allí, fijo, en la acera, con los brazos tensos a lo largo del cuerpo, el cuerpo todo tenso. Ahora nos miró de frente. No se movió. Estaba junto a la carreta, y el cuchillo estaba allí, en la vaina, en el borde.
—Déjalo ahora —dijo Brunito—. No lo asustes.
Filio no se movió. Nosotros pasamos bordeándolo, sin mirarlo, y cuando entramos lo volvimos a mirar desde el patio, y estaba todavía allí, tenso, y el viandero voceando.
—Déjalo hasta mañana —dijo Brunito—. Mañana lo ligamos.
No habría mañana. Filio no estaría allí ninguna otra mañana. Dónde estaría, nadie sabe. Quizá otra vez en el mar, o en el campo. Todavía estaba allí, en el camino junto a la carretilla. El viandero había bajado, o quizá subido, a algún cuarto, pero la carretilla estaba aún allí, con el cuchillo. Sabina estaba al otro lado, en la loma, lavando, y las otras en la falda. Por medio estaban los cuartos, y el patio vacío, amarillo de sol poniente. Brunito y yo habíamos seguido hasta el fondo; estábamos en el fondo, contra el muro, conspirando. Filio nos siguió con la vista, sin moverse. Quizá su mirada misma nos sujetara allí, juntos, como contenidos por sus ojos, sin saberlo. Estábamos de espaldas. Filio estaba de espaldas al camino y no sintió nada: mirándonos, tenso, y como preso del hierro. Imanado. Así no pudo sentir nada. El Químico había surgido a la vuelta de los pasajes, con paso de chiva, sin maleta. A veces no traía maleta y a veces traía dos maletas. Esta vez venía libre, a sálticos, por el borde de hierba. Proto estaba ahora en el terreno raso y vio acercarse al Químico, como un perro, por detrás de Filio. Lo vio bajar, poco a poco, regodeándose la cabeza, hasta tener el hocico a la altura de la pantorrilla. Pronto lo vio abrir lentamente la boca, y luego, de pronto, cerrarla con aquel rugido. No vio más, por de pronto.
Lo demás debió de ocurrir sin tiempo, fuera de tiempo. Proto no lo vio ocurrir, pero luego el Químico estaba allí en el camino, retorciéndose, gritando. Y Filio no existía. No existió más nunca, para nosotros. El Químico se levantó luego lentamente, con el cuchillo clavado, de refilón, en el cuello.
Eso fue todo. Nosotros volvimos a ver al Químico andando, pero ya no mordiendo; y a Filio más nunca. Volvimos a ver a Sabina, lavando manteles, y hablando sola, pero ya no veríamos ni oiríamos toser, por mucho tiempo, a Limbania. Y volveríamos a jugar a la guerra, pero no a los lazos.
—¡Yo se lo decía! —dijo Sabina.