Pasado el riel de caña, cubierto de hierba, el ramal se bifurcaba: uno corría recto al encuentro de la carretera, el otro se iba disolviendo en camino real, cruzaba los sitios, el bajío, la vega, para ascender luego serpeando hasta la sabana, a cuyos primeros bohíos había llegado ya, en su estreno, la ambulancia. El doctor Gobea dijo:
—Ya sabe el camino.
Pero de eso hacía tiempo. Había sido a principios de abril cuando el doctor Gobea se presentó en el pueblo con su pisicorre reformado, vestido de blanco, convertido en ambulancia. Desde entonces había transcurrido cerca de un mes, había caído el primer chaparrón sobre el campo. Durante ese período la ambulancia había permanecido quieta, montada sobre tocones en el traspatio de la casa de socorro recién abierta.
Gobea la paseó primero por los sitios; la imagen blanca pasó casi silenciosamente, como un fucilazo blanco, sobre los caminos duros, dejando tras sí una estela de terror.
Los guajiros vieron en ella, más bien, un carro de muertos. Los enfermos o accidentados prefirieron quedarse en el bohío, o ir desangrándose a caballo hasta el pueblo o el ingenio. Ninguno más pidió la ambulancia desde que aquel sabanero llegó muerto a la casa de socorro.
Inesperadamente, una tarde, llegaron a trote dos mujeres casi iguales. Venían desde el último sitio, casi al borde de la sabana. Atravesaron el pueblo a la par, sus caballos batiendo a compás el empedrado con las herraduras, se descolgaron a la vez frente a la clínica.
El doctor Gobea entendió solamente el mensaje, pronunciado a la vez —no en voces agitadas, sino sólo confusas, cruzadas— por las dos mujeres. Dos hombres —sus hombres— se estaban desangrando en la sabana a una distancia imprecisa.
La ambulancia bajó de sus tocones, cruzó la plaza, comenzó a gatear resoplando y fallando calle arriba. Coronada la loma, entró en la estrecha y bachosa carretera. Las mujeres, otra vez en los jamelgos, la seguían a distancia, una a cada lado, como montadas guardias de honor. En ese momento el sol descendía a un escalonado banco de nubes, ya inclinado hacia el horizonte. El doctor Gobea, al timón, frenó de golpe, miró al cielo; luego gritó a un lado y a otro, a las mujeres:
—Agarren por ahí. Tenemos que darnos prisa. La tronada...
Miró de nuevo a las nubes. Las dos mujeres se apearon a la vez, ataron las riendas al arzón y echaron los caballos solos hacia casa. Luego se apretaron en el pescante junto al doctor. Este hizo un gesto hacia el interior de la ambulancia, pero lo suspendió por la mitad, comprendiendo que, sin duda, las mujeres no querrían ir en el «ataúd». Ellas comprendieron también. El doctor creyó notar en ellas un estremecimiento contenido.
Por primera vez también se fijó Gobea en sus rostros secos y pálidos, en sus ojos negros, quietos y encendidos por una sofocada pasión. Miró un instante a los cuatro ojos fijos y ardientes, a los delgados y pálidos labios apretados, a los vientres pareados e hinchados por los partos. Ya en marcha, preguntó:
—¿Son ustedes hermanas?
—Sí, señor. Y vesinaj.
Las dos contestaron y callaron casi a la vez. Algo más adelante, aprovechando un tramo menos malo de camino, Gobea continuó:
—¿Cómo fue lo de los heridos?
Esta vez las dos se consultaron con la vista antes de responder. Habló la que iba pegada al médico:
—No le sé desil. Un muchacho loj encontró macheteados. Parece que se peliaron.
Otra vez callaron todos. El doctor preguntó más adelante: —¿Parientes suyos?
—Sí, señol, maríos —contestó la misma—. Salieron juntos a bucal junco a la sabana. El muchacho ise que están a tre legua el sitio po lo meno. Y no hay poblado por allí.
Llegaron a la bifurcación, la ambulancia pasó zumbando por las sitierías. Ya al borde del bajío apareció un jinete en medio del camino, agitando el guano. Identificado como el muchacho que diera la noticia, partió delante a galope, como guía.
Poco antes de la puesta del sol pasaron junto al último bohío. Desde allí el camino duro se curvaba al pie de un lometón, entre la maleza. Gobea miró al oeste, como queriendo sujetar la luz que se iba por allí; luego, con alarma, al norte cargado de nubes; y apretó el acelerador. El jinete se había adelantado, volvió atrás, hizo un gesto con el brazo y gritó apurándolo:
—Viene el agua. Entoavía faltan al menos cuatro leguas.
Luego, como para dar ejemplo, taloneó el caballo, rompió a galope. Por un buen tramo el camino, aunque desigual, era duro. El Ford saltaba de un camellón a otro. Las dos mujeres, rígidas, calladas, se sujetaban una a otra. Pasado el lometón venía un buen tramo antes de descender el camino. Gobea dijo en este remanso:
—¿En qué estado dijo el muchacho que estaban?
—No le sé desil —dijo la mujer—. Desangrándose, dijo. Muy mal heridos por el pecho y la cabeza. Los doj en el suelo, y loj caballo juyendo.
Casi de golpe, la luz empezó a apagarse visiblemente. La lluvia estaba cayendo dos cordeles más allá, espesa y calladamente.
Entraron en ella como un bote que navegara al encuentro de una cascada silenciosa, a la puesta del sol. Inmediatamente el camino empezó a ablandarse. Estaban ya en pleno bajío, y el piso tenía relejes profundos. Gobea sentía a veces que el cigüeñal pasaba rozándolos. Otras el auto pasaba sin tocar tierra, de una protuberancia a otra. La lluvia caía blanda y silenciosa, sobre el techo, emborronaba el parabrisas. Era difícil distinguir el camino del resto del campo. Percatándose, el jinete moderó el trote, a fin de que el chofer se guiase por él. El doctor Gobea aceleró.
—Agárrense —dijo—. Vamos a salir de esto cuanto antes. —Y se volvió a la que tenía al lado—. ¿Cuánto falta para la sabana?
—No le sé desil —contestó la que hablaba—. Quizá legua y media. Dispuej el camino es bueno.
Gobea pisó más fuerte. Poco después la lluvia se tornó más rala, parecía estar escampando. Por un buen tramo el camino, aunque fangoso, fue bastante parejo, y el jinete tuvo que pasar al galope, para no ser alcanzado. La turbonada quedaba atrás.
Aliviado, el doctor dejó ir suavemente el carro detrás del jinete. Aún quedaba luz para llegar a la sabana, y una vez allí —asomaba ya su media cara— vendría a alumbrarles la luna. El camino mismo parecía empezar a endurecerse, en anticipación de la parte en que estaría seco del todo. Entraron en una curva sin ver al jinete, salían de ella cuando lo vieron volver galopando, agitando furiosamente el sombrero. La señal —el sombrero cogido por la copa y proyectado hacia adelante como un escudo— mandaba parar, pero ya era tarde.
Justamente entonces el auto pasó arando en un hondo fangal, salió gateando por un relieve, volvió a caer en otro fangal. Cuando quiso salir de él, el impulso se había agotado, las ruedas delanteras se agarraron fieramente al piso firme, pero el eje quedó aprisionado en él y las ruedas traseras girando frenéticamente, silbando, moliendo el fango y arrojándolo al aire como agua de una turbina. Cuando el doctor puso la marcha atrás, las ruedas no hicieron sino arrojar el fango en sentido opuesto.
Por un minuto chofer y jinete —que había frenado su caballo delante— se miraron espantados e interrogativamente a la luz del crepúsculo.
—Venía a avisáselo —dijo el muchacho—. Me di cuenta más adelante que quisá no pasara. —Miró a las mujeres hieráticas—. Ahora habrá que ir a buscar loj bueyeh, ¿no?
—Apéate —dijo el médico—. Vamos a ver si lo calzamos.
Las dos mujeres siguieron calladas, sin moverse, en el pescante. El médico, con su bata blanca, saltó en medio del fango, al tiempo que el muchacho se tiraba también del caballo.
Comenzaron a juntar piedras y arrojarlas bajo las ruedas. El muchacho consiguió rodar un peñasco, pero cuando las ruedas volvieron a girar, el pedrusco fue movido bajo el fango, se escurrió, resbalando, se perdió en lo hondo. Luego, los dos, cada uno arrimado a una rueda, metidos en el fango, se miraron.
—¿Tú viste a los heridos? ¿Podrán esperar? —preguntó Gobea.
—No le sé desil —dijo el muchacho—. Ni siquiera los vi bien. Cuando les dimos vista, mi hermano y yo, que veníamos de la costa, estaban entoavía a caballo, levantando loj machetes. Cuando llegamos estaban en el suelo, arrastrándose uno hacia el otro, sin soltar los machetes, los caballos juyendo. Sangraban por todas partes. Les quitamos los machetes y yo vine a galope a avisar a sus mujeres. Mi hermano se quedó con ellos.
Intentaron de nuevo calzar las ruedas. Esta vez juntaron abundancia de piedras, las apisonaron, trataron de alzar las ruedas. Antes de arrancar, el doctor dio la vuelta junto a las mujeres, tuvo la boca entreabierta para decirles que se bajaran, que ayudaran al muchacho a empujar. Pero la cerró en seguida. Las dos estaban allí, con los bustos levantados, apretadas una contra otra, mirando callada y alucinadamente hacia adelante. Ni aun preguntaron si ya estaba.
Gobea aceleró, enganchó la primera, soltó de golpe el embrague. El carro se estremeció como un buque pequeño alcanzado por un torpedo, las ruedas rechinaron, las piedras, todas pequeñas, salieron disparadas en un doble y violento surtidor, turbinadas hacia el cielo. Pero el carro no mudó de sitio. Cuando le puso la marcha atrás, volvió a estremecerse con la misma sacudida, pero tampoco se movió.
Gobea echó una ojeada a las mujeres antes de apearse de nuevo, pero ninguna lo miró a él. Ninguna se había movido. Cuando volvió junto al muchacho, su rostro no era reconocible, por el fango, y la luz se iba rápidamente. Los dos se consultaron con la vista sin hablarse.
—¿No hay bueyes a menos de dos leguas? —dijo el doctor. —No, señor. El bohío del isleño es el más cercano.
—Eso tardaría dos horas.
—Por lo menos.
El médico había tomado la decisión —«no habrá otro remedio»— cuando preguntó:
—¿Crees tú que habrá tiempo, que llegaremos a tiempo dentro de tres horas?
—No le sé desil.
—De todos modos... ¡Bien pudieron venir a machetearse más cerca!
Se habían puesto de nuevo a rellenar. El médico preguntó: —¿Y por qué fue eso?
—No le sé desil.
—Por algo sería.
—No le sé desil. Parecían llevarse bien. Los dos tienen muchachos, y sus mujeres son hermanas.
Tácitamente habían desistido una vez más de los bueyes. Empezaron a allegar piedras, trozos de ramas, en un último esfuerzo. El tiempo calmó con la venida de la noche; aclaró el cielo y apareció la luna. Cuando el doctor dio la vuelta, para pisar de nuevo el arranque, vio las caras de las hermanas, fijas, como dos iconos fríos, mirando aquella luna. Ninguna de ellas pareció moverse al sentir al doctor. Miraban, por encima del caballo, hacia el horizonte, por donde se levantaba la luna y estaba la sabana. El carro se estremeció, chirriando las ruedas, se sintió un estallido en alguna parte, como de ballesta que se rompe; pero el auto no se movió de sitio; simplemente se ladeó un poco, apuntando al ribazo de la derecha. Con la sacudida, una inmensa nube de guasasas se levantó al aire.
Gobea saltó irritado del pescante. Gritó al muchacho:
—Corre. Ve por la yunta. No hay otra salida. —Luego, mientras el muchacho partía al galope, giró otra vez en torno al carro, examinándolo. Fue a detenerse frente a las hermanas—. Si hubieran traído los caballos... Podían adelantarse, e irlos curando, mientras llegábamos. ¡La culpa fue mía! —Hizo un gesto de impotencia. Y, sin que ellas se hubieran movido ni hablado, giró irritadamente, como en un trasacuerdo, contra ellas—. ¿Cómo es que no fueron primero a donde están los heridos? ¿Por qué no mandaron al muchacho a buscarme y se fueron ustedes a prestarles los primeros auxilios? ¿Cómo es que no se les ocurrió...?
Su voz aguda paró en un suspenso frente a ellas. Las dos se miraron callada e interrogativamente.
—¿No dicen nada? Les avisan que sus maridos están heridos y en vez de acudir a donde se hallan, van en dirección opuesta, a buscar la ambulancia, las dos juntas... —Se les acercó más, alzó la voz—. ¿Por qué han hecho eso?
—No le sé desil...
La voz salió de ambas a la vez: plana, abatida, neutra, sin sentido. El médico quedó aguardando aún algo más. La guasasa volvió a posarse, y el médico vio cómo las mujeres se pasaban las manos por las caras, barriéndola lentamente.
—No pensamos en eso —explicó al fin una—. Creímos que la ambulancia llegaría pronto; como aquel día la vimos correr tanto...
El médico volvió a trabajar, sin fe, calzando las ruedas. Otra vez se puso a allegar cuerpos duros, trabajando despacio, alargando la tarea. Por momentos se detenía y escuchaba, pero el mundo estaba tan callado como encerrado en un envase de cristal. Al venir otra vez hacia el timón, el doctor alzó la vista, sorprendido, ante las hermanas, como si las hubiera olvidado, y se estremeció. Dio un paso atrás como ante una aparición, pero ellas no se habían movido; sólo de vez en cuando aquel gesto automático barriendo la guasasa de las caras.
El nuevo intento fue tan inútil como el primero, aunque el carro volvió a nivelarse en el sentido del camino. Gobea pisó repetida y furiosamente el arranque hasta que éste despidió un débil quejido de impotencia y se disipó a sí mismo en un suspiro. Después de esto, enmudeció, la vida pareció apagarse dentro del vehículo.
Fatigado, el médico se dobló sobre el timón. Por unos instantes tuvo conciencia del roce quieto de una de las hermanas contra su flanco. Luego lo perdió por un impreciso período de tiempo. Un grito agudo le puso de sobresalto. Al abrir los ojos vio venir al trote la silueta de un jinete, con la luna a la espalda. El jinete se detuvo frente a la ambulancia en el momento mismo en que, por el lado opuesto, venía ya el muchacho agilando la yunta. Gobea se levantó detrás del timón, para oír gritar al jinete:
—Eh... ¿Es ésta la ambulancia?
El médico saltó a recibirlo. Con su cuerpo ocultaba a las hermanas de la vista del jinete. Éste, viendo ahora que el auto estaba atascado, bajó la voz:
—No se ocupe, dotor. Ya los hombres no tienen prisa. Por eso vine a desíselo, pa que no se apuren. Po aquí no hay carairas...