Todo empezó —así lo recuerdo— a fines de septiembre. Era mi santo y cumpleaños, y mi madre me hizo una nueva camisa. Mientras la hacía empezó a toser y ponerse pálida. Se le agrandaron los ojos, se puso de pie y marchó, con las manos abiertas sobre el pecho, hacia la otra pieza.
No vino el médico. Cuando parecía más grave con las fiebres altas (y grandes variaciones) vino a vernos mi tía Sol. Traía alguna noticia. Miró, con expresión secreta, a mi madre desde la puerta. Mi madre se incorporó en la cama, la observó, y su rostro empezó a animarse. Luego empezó a llorar en silencio.
Tía Sol salió en seguida y, en su ausencia, mi madre se levantó, se puso el mejor vestido, se compuso el pelo, se aplicó los afeites. Pero al atardecer regresó tía Sol y yo vi cómo aquel resplandor súbito del rostro de mi madre se apagaba. Hablaron un momento en voz baja. Tía Sol venía abatida; bajó los párpados y se fue diciendo:
—Quizá se hayan equivocado en la fecha. Pudiera venir en otro barco...
Se volvió lentamente hacia la puerta. Mi madre estaba de pie, en el centro, con las manos abiertas sobre el pecho. Dijo con voz tomada:
—¡Gracias, Sol, de todos modos!
Ése fue el principio. Por varios meses, había de ir observando yo, sin comprender, estos cambios. O bien los comprendía sin explicármelos. Sabía que alguien debía venir, cada mes, en un barco; pero no venía. En tanto mi madre se enfermaba, curaba (al parecer) de pronto, se acercaba otra fecha (y otra esperanza) y, cuando volvía, decepcionada, tía Sol, mi madre volvía a enfermarse.
Pero ella no decía nunca que estuviera enferma; sólo cansada, a veces. Nunca dejaba su costura. Dijo un día, cuando Sol se había ido:
—Todo fue el diablo. ¡Qué le vamos a hacer!
Ahora la veo pálida, delgada, más alta que la puertecita del fondo del cuarto. Me la imagino yéndose, inclinada; entrando por la puertecita, como por la de un panteón, en el otro cuarto. Los dos vivíamos entonces solos, en El Cerro. Ella me dijo:
—Voy a traer a una inquilina aquí para la sala. Otra costurera. Nos sobra espacio, y yo trabajaré en el cuarto.
Este cuarto daba al placel. Era allí donde jugaba yo con otros niños. La mujer que vino a ocupar la sala era una negra gruesa y maciza de piel muy tersa. Mi madre cerró la puerta intermedia y los dos salíamos por el placel a otra calle.
—Nos sobra la sala —repitió mi madre—. Y esa calle de alante está llena de baches y charcos cuando llueve. Por detrás se ve el campo. Se ve poner el sol en el campo.
No parecía hablar conmigo. Había trasladado aquí (al cuarto y el cuartito de desahogo y ducha) la máquina de coser y las telas. No venían ya las marchantas. Ella salía a veces temprano a entregar y recoger costura. Ésta no era mucha. Ahora trabajaba lentamente. Yo la veía a veces, por la ventana, desde el placel, parar la máquina, quedarse sentada, tiesa (de espalda a la ventana), mirando a la pared. Y cuando volvía a dar al pedal, todavía su busto seguía erguido, como presa de un dolor que lo paralizaba.
—Voy a mandarte unas semanas con tu tía Sol —me dijo un día—. O quizá con tu tío Martín. Tengo que ir ahí, a un pueblo de campo, a hacer unos trabajos. Puede que tarde algunas semanas.
Nunca había ido al campo. Nunca la recordaba yo sino, un poco, allá en España, y luego viniendo en el barco, y al fin aquí, en El Cerro, en esta accesoria. Yo le dije:
—¿Y mis otros tíos?
Paró la máquina, bajó la vista, murmuró:
—Ellos no son malos. Andan por ahí. Pero ellos creen que yo soy la mala. ¡Ha sido el diablo!
Martín vino esa noche. Había venido otras veces, de pasada. Hablaba poco. Era un hombre enteco, prietuzco, triste, picado de viruelas. Llevaba siempre un cinto ancho, y en él, limas, tenazas, martillos... Le dijo a mi madre al despedirse:
—Tú mira a ver. Si quieres, mándame al niño.
Ella se apresuró a explicar (para mí, pero hablando con su hermano):
—Yo vuelvo pronto, ¿sabes? Unos trabajos que tengo que hacer ahí, a Artemisa... Pero quizá sea mejor que el niño vaya con su tía Sol. Allí hay campos y flores...
Martín nos miró a los dos con expresión recogida. Paseó, como extrañado, la vista por la pieza.
—Como quieras. Pero ya tú sabes.
Se fue lentamente, algo encorvado, por el placel. Ella apagó la luz y se dejó caer en el balance, llevándome a la vez hasta el borde de la cama.
—Tus tíos son buenos —me dijo—. Puede que yo haya sido la mala. Pero no he querido deberles favores, a ellos ni a nadie. Te he traído para acá para que no crecieras viendo al Adán. Él es el malo. ¡Que Dios nos perdone a todos! ¡Ha sido el diablo!
Yo no entendí del todo. Otras veces le había oído hablar del Adán, y sabía que ése (nunca lo había visto) era mi padre. Mi madre añadió:
—Él es tu padre; pero recuerda, si lo ves algún día, que ni siquiera te ha reconocido. Además, tú no te pareces a él. Tú eres un Román. —Calló y la sentí llorar por dentro. Luego alzó fuerte e irritadamente la voz—: ¡Acuéstate! ¡No sé por qué te estoy hablando de esto!
Al día siguiente se hallaba de nuevo envuelta en aquel porte seco, digno, reservado y altivo que hoy, recordándolo, se me figura extraño en una aldeana. Pero nada en ella indicaba la aldeana y, además, vivía en una tensión que no le permitía a uno pensar en lo que era, sino en lo que sentía. Los mismos vecinos se extrañaban. Ella le dijo un día a la negra:
—A ustedes les extraña que yo sepa hablar y vista de limpio. ¡Para ustedes debiera estar trabajando de criada!
La negra abrió mucho los ojos, se encogió de hombros, y empezó a rezongar. Mi madre dijo luego, sosegada, a una clienta:
—Comprendo que a veces me irrito. Yo era muy joven y me ocurrió aquello. Y no había nadie allí para defenderme. Todos mis hermanos estaban en Cuba.
Estaba de pie, y vestida, antes del amanecer. Lucía bella, pero espectral, en su vestido claro y largo, sus ojos verdes y fijos, las trenzas negras como un halo en la cabeza. Me parecía muy alta —más que Martín y más que la negra—, quizá porque se iba afinando para morir.
—¡Criada de servir! —reiteró otro día—. Ninguno de los míos ha sido jamás criado. ¡No quiera Dios que lo sea!
Mi tío Martín volvió al día siguiente por la noche. Mi madre parecía animada. Por Romalia, una vecina, Sol le había enviado un recado esa mañana. Otra vez estaba al llegar un barco.
—He aplazado el viaje a Artemisa —le dijo a mi tío—. Hoy es sábado. Quiero pasar aquí el domingo, y quizá me quede una semana más. Por otro lado, el niño irá con Sol. Allí tiene más espacio. No quiero dejarlo encerrado en un cuartucho como el tuyo, como una tumba...
Los dos callaron. Martín bajó los párpados y salió doblegado. Al salir me miró con tristeza, pero no la miró a ella. ¡No la volvió a ver viva! Por la mañana, Sabina, la negra, llamó tímidamente a la puerta del tabique.
—Teresa, Teresa, ¿tú estás bien?
Yo había dormido como drogado. Quizá lo estuviera. Al acostarme, me había dado un cocimiento de hojas. A veces, en sueño, me parecía oírla toser, pero no estaba seguro. Mi sueño era pesado. A veces también tenía sueños y creía oír lamentos, pero no podía saber si eran reales o imaginarios. Mi madre, por la mañana, estaba de pie, peinada, con una amplia, fina y limpia y almidonada bata floreada. Abrió un poco la puertecita y miró muy dignamente a la negra:
—Sí, gracias, Sabina. Estoy bien. Solamente que tuve una pesadilla. —Y repitió—: ¡Gracias, Sabina!
Nunca le había oído decir que estuviera enferma. Nunca había venido el médico. A veces se ausentaba una mañana o una tarde enteras. Últimamente —me decía— cosía también en la calle: no solamente para la calle.
—He dejado el viaje al campo para otra semana. Tengo que terminar aquí unos vestidos.
Hablaba sin mirarme y se movía con cuidado, como si temiera que algo fuera a rompérsele. Se sentó a la máquina y empezó a orillar una tela. A ratos paraba, miraba fijamente al campo por la puerta. Una vez me sorprendió observándola, y me dijo muy severa:
—Anda, toma tu leche y vete a jugar. Luego tienes que ir con la maestra.
Yo no iba a la escuela. El aula estaba lejos; la maestra vivía enfrente y me daba clases después del almuerzo y la comida.
—¡Y ten cuidado! —añadió mi madre—. No te vayan a dar otra pedrada.
Yo salí al placel, pero no a jugar. Me tumbé entre la hierba y empecé a olfatear, como los perros. Mi olfato era excepcionalmente agudo y algunos vecinos lo sabían, y se extrañaban. Un día dije que un cuarto olía a cadáver y, tres días después, se murió allí una anciana. Mi madre lo sabía.
Cuando regresé, a mediodía, Sabina estaba con ella. Estaban examinando y clasificando piezas de costura. Con ellas estaba Romalia. Ésta era una mujer flaca y cetrina y sin dientes, con un pequeño vientre redondo delante. Mi madre le dijo, dándole un paquete:
—Lleva esto a mi hermana Sol. Dile que venga por aquí mañana. —Se volvió para explicar a Sabina—: Mi media hermana. Hermanos, no tengo más que uno: Antón, que trabaja con ella en el jardín. Pero medio hermanos tengo varios regados por ahí: Martín, allá abajo, en una saquería; Javier, rodando en su carro de mulas; y Sol, en Jesús del Monte... ¡Romanes por todas partes!
Trató de sonreír, pero ya su sonrisa no era más que una mueca. Estaba horriblemente pálida y los afeites que se había puesto hacían resaltar aún más su lividez. Pero se esforzaba por parecer firme y erguida. Dijo viéndome a la puerta:
—Y éste. Éste también se llama Román. No tiene otro apellido... ¡Ni falta que le hace! —Y añadió para sí en un tono profundo y rencoroso—: ¡Semejante renacuajo!
Las otras —Sabina, Romalia— la escuchaban calladas, quietas, fingiéndose impasibles. Pero sus ojos iban de ella a mí. Mi madre repitió:
—Eso era su padre: ¡un renacuajo! Yo no sé cómo... Pero ¡que Dios me perdone! —Bajó la vista, cruzando las manos sobre el pecho—. ¡Y que Dios lo perdone también a él! —Su voz se había ido suavizando; ella misma se encorvó un poco. Se dio cuenta, se irguió de nuevo, dijo con voz forzada y casi imperiosa—: Anda, Romalia. Lleva eso. Dile a Sol que venga mañana. Quizá salgo un día de éstos para el campo...
Romalia retrocedió poco a poco, mirándonos, extrañada. Salió por el cuarto de Sabina. Ésta se quedó sentada en el taburete, cerca de la máquina, inclinándose a un lado y a otro para mirarnos. Mi madre me dijo luego:
—He pensado que quizá me quede algún tiempo en Artemisa. Me ofrecen mejor trabajo. En tanto, ¿con quién quieres quedarte? ¿Con tu tía Sol o con tu tío Martín? Sol tiene campo, flores...
Estaba anocheciendo. Fue hasta la puerta y miró, callada, largo tiempo, al campo. Al volverse me pareció que tenía los ojos húmedos, pero no me dejó mirarlos. Se fue al fondo y se puso a servir la comida de cantina. Empezó a canturrear.
Al otro día por la mañana vino tía Sol. No era en nada parecida a mi madre. Era mayor, algo rubia, ancha y rústica. También su voz era tosca y quebrada. Miraba a mi madre con la misma expresión de extrañeza y compasión que las vecinas.
—Voy a esperar una semana más —dijo mi madre—. Hoy estamos a 20. El 27 llega el Alfonso XII, ¿verdad? —Me vio y cambió de tema—: Si demoro por allá, ya tú sabes. Lo mandas a la escuela. Tendrá que estudiar. Nunca le gustará mucho doblar el lomo. —Luego se le escapó esta confidencia—: Hoy me siento bien. Realmente, me siento mucho mejor. ¿Crees tú que en el Alfonso...?
Por primera vez me di (aunque aún vagamente) cuenta de la razón de sus variaciones, del abatimiento a la exaltación. Otra vez el barco estaba en camino. Sol le dijo:
—Tú, del niño, no tengas cuidado. Nosotros sabremos cuidarlo.
—Y quizá no tengan que hacerlo —dijo mi madre, sonrojada, olvidándose de mi presencia—. Se lo he pedido mucho a Dios estos días. —Pero un pensamiento ensombreció su semblante—: Bien es verdad que quizá yo no me lo merezca. Algunos dicen que soy mala...
Trató de rehacerse. Se contrajo, se puso de pie, con una mueca. Todos los días cambiaba de vestido, y éste llevaba el más lindo. Pero se estaba haciendo otro, y había comprado un frasco de perfume. Este perfume avivó en mi nariz cierto hálito todavía muy sutil, pero extraño, que empezaba a percibir en la casa. Me dije entonces, con la mente: «Está decayendo; desde hace meses se viene gastando rápidamente; ahora está animada, parece más joven, pero vuelve a apagarse fácilmente; se enciende y se apaga; ya no tiene músculos: sólo piel, huesos y tendones».
Sol se fue como de mala gana:
—Tú di la verdad..., ¿cómo te sientes? ¿No quieres que me lo lleve todavía?
Mi madre habló un poco como en delirio. No miraba a la gente y, a veces, sus palabras parecían dirigidas a alguien ausente.
—Lo que yo le estaba diciendo a Sabina —dijo—. En el mundo hay personas malas. Te atropellan, te vejan, te humillan. Y no hay quien les pida cuentas. ¿Dónde está la justicia? —Se sacudió la cabeza, se llevó las manos a las sienes y exclamó por lo bajo—: ¡Que Dios me perdone! —Después de un silencio concluyó—: No. No te lo lleves todavía. Vamos a esperar una semana. Quiero que me hagas ese favor una vez más. Que vayas al muelle...
Sol se fue moviendo su cabeza pequeña sobre su cuello corto. La vi apretar los puños y le oí decir, como para sí, cuando salía:
—¡Pobre hermana! ¡Tantas desgracias no se las tenía merecidas!
Mi madre no la siguió. No pudo oírla. Estaba de espalda a la puerta, de cara a la del tabique. Al otro lado la máquina de Sabina había dejado de zumbar.
Dijo mi madre sin volverse:
—Coge ese paquete que está en la silla. Es el vestido de la del 11. Llévaselo.
Salí, pero me quedé por la parte de afuera, escuchando. Entonces sentí entrar a Sabina.
—Hoy se te ha visto mucho mejor —dijo la negra—. Pero, en tu lugar, yo no esperaría más para ir al hospital. Allí estarás mejor atendida.
Hubo un silencio y mi madre repuso:
—Quiero estirar el tiempo lo posible. Quiero ver al niño. Pero no quiero que él me vea fea y descompuesta. Quiero que me recuerde como yo soy..., como yo era. Cuando vuelva, estaré remozada. Estaré hecha otra moza. —Hizo una pausa—. Pero todavía no es seguro que me vaya. Todavía puede ocurrir algo, tú sabes...
Al regreso la encontré encorvada, agarrada con las manos al borde de la mesa. Luego se metió detrás de la cortina y por largo rato la sentí respirar trabajosamente. Pero el día siguiente amaneció repuesta y con el vestido nuevo que se había hecho. Tía Sol vino pronto, muy animada, y hablaron en voz baja. Luego Sol salió muy apurada y mi madre quedó como expectante. Le había vuelto el brillo a los ojos y se movía con una soltura que no le había visto en muchos meses. Se duchó, se volvió a poner el vestido nuevo, se aplicó los afeites. Después se sentó otra vez a la máquina y empezó a canturrear.
En toda la tarde no volvió a hablar de mi vuelta al reparto. Sabina entreabrió la puerta y la observó con asombro. Dijo mi madre:
—Entra, Sabina, entra. Tú sabes, me siento muy bien. Y creo que vamos a tener visita.
No explicó más nada. Yo entraba y salía y, durante varias horas, mi madre pareció no darse cuenta de mi presencia. Le dijo a Sabina:
—Tú sabes, Sabina, nadie puede ser juez de nadie. Cada uno tiene su alma y a veces no es lo que otros piensan. Si tenemos visita, vamos a invitarte a la fiesta. Porque vamos a dar una fiestecita. ¡Sabina, tú eres buena amiga!
Entonces vi que lloraba, pero era de alegría. La negra miraba a un lado y a otro como si temiera ver fantasmas.
—Lo que te digo —dijo mi madre—. Mi hermana Sol tuvo noticias de que cierto personaje viene en el Alfonso XII. Y si eso es cierto... —En ese momento miró hacia la puerta, se contuvo, cambió para un tono más bajo y receloso—: No quiero ser soberbia. Soy como los chinos. Esperemos. ¿Sabes tú cómo se llama ese niño? Román es su segundo apellido. Pero debe tener otro. Todas las personas tienen dos apellidos. ¿Por qué había de ser él menos que otras personas? Su otro apellido es Pérez. Mi hermana dice que viene cierto personaje en el Alfonso. Y si viene, yo sé por qué. ¡Tú verás, Sabina; tú verás como todo se arregla todavía!
Yo estaba aplanado en el suelo, detrás de la cortina, olfateando. Ella no parecía sentir mi presencia.
—¡Tú verás, Sabina; tú verás! —dijo mi madre.
La negra cerró lentamente la puerta, como se hace con los enfermos, pero atemorizada. Yo di la vuelta a la cuadra, entré por la calle y me asomé a la puerta de Sabina. Ésta estaba recogiendo la costura, y diciendo, sola:
—Un personaje..., cierto personaje... ¡La pobre! ¡Delira!
Me vio y calló. Yo seguí corriendo. Algo (quizá aquel olor nuevo) me agitaba. Al volver al cuarto, mi madre había encendido todas las luces. Me mandó ducharme y me puso el mejor traje. Explicó tan sólo:
—Ponte eso, siquiera hoy, que es domingo. Estás creciendo. ¿Para cuándo guardas la ropa? Además, quizá tengamos visita. ¡Ya verás, ya verás!
Estaba alborozada. Se había ido entonando más y más, hasta que parecía francamente exaltada. Luego, de pronto, se quedó como paralizada. No ocurrió nada. No vino nadie. Se oía volar una mosca. Pero algún mensaje llegó a su alma, y cuando, horas después, volvió tía Sol con la noticia (o la ausencia de noticias), estaba como endurecida para recibirla. Dijo mi tía:
—¡Es inútil, Teresa! Las cosas son como son. ¡No vale hacerse ilusiones! Debe de haber sido un error. No viene para acá. ¡Se ha ido a Buenos Aires!
Mi madre estaba de pie y la miró impasible. En las últimas horas, su rostro, antes encendido, se había ido consumiendo, hasta un grado espectral. No era ya un rostro; era una máscara. Pero su voz todavía pronunció con firmeza:
—¡Está bien, hermana! Ahora, llévate al niño. ¡Creo que voy a ir a ese lugar donde me llaman!
Por el momento (y por algún tiempo más), esa imagen de mi madre persistió en mi mente. Pero luego se fue disipando y, en su lugar, reapareció aquella otra que ella había querido dejarme cuando dijo:
—No quiero que me recuerde fea y descompuesta. Quiero que me recuerde como yo soy..., como yo era.