Relato

Nadie a quien matar (1970)

Lino Novás Calvo · (Grañas de Sor, Galicia, España, 1903 – Nueva York, 1983)

Referencia editorial:

Maneras de contar
(Nueva York: Las Américas Publishing Co., 1970, 406 págs.)

Ésta es la versión fiel y la historia verdadera de los últimos días de Lauro Aranguren. Perdón: el doctor Lauro Aranguren, con todo respeto.

He leído por ahí, en hojas tiradas en el extranjero, versiones que se apartan absurdamente de los hechos. En una, por ejemplo, se pinta a Lauro Aranguren encaramado en las lomas y mochando cabezas de revolucionarios. Allá ellos con sus delirios. No es mucho más lo que les queda.

Pues bien, a lo de Lauro. Esto que les voy a contar es —póngale el cuño— lo más exacto que puedan conocer de una persona que no sea él mismo. Y él —en paz descanse— ya no está para contarlo.

Lauro había pasado dos años en la Isla. Ya ustedes me entienden. No digo que lo hayan condenado a esa prisión. Nunca fue juzgado. Lo mandaron, simplemente, para allá, y allá estuvo hasta que un buen día, que yo jamás creí que llegara, lo trajeron para acá y lo dejaron de patas en los Cuatro Caminos. Así, como suena: sin más proceso ni más papeles. Por qué sucedió así, yo no lo sé. No puedo más que imaginármelo. Quizá hubiese que hacer hueco para otro, porque en aquellos días estaban muy apretados en las circulares. O bien que un doctor dijo —como luego dijo Lauro— que le quedaban tan sólo semanas, a lo más meses, de vida; y alguien (¿el capitán Figueiras?) ordenó botarlo para fuera, como se bota para el monte a un animal moribundo. El hecho es que lo soltaron, y eso basta.

A su regreso de presidio, el doctor Lauro Aranguren no tenía ya casi familiares ni amigos en La Habana. El único que pudiera andar por aquí, pero que el doctor no estaba seguro de que anduviese, era su medio hermano bastardo Romilio Candón. A Lauro le extrañaba no haber tenido noticias de Romilio en los últimos diez meses. Romilio había sido para él —y para su esposa Claudia— la única alma piadosa en sus primeros catorce meses de prisión. Nunca Lauro le había perdonado a su viejo, don Anselmo, no haber reconocido a aquel muchacho que, venido de Oriente, se había encontrado aquí perdido y desamparado, bien que por la mano de Lauro le había ido dando con que abrirse paso. Lauro y Romilio siempre se habían tratado de hermanos. Y es decir poco, porque Romilio había sido para Lauro más hermano que sus hermanos enteros, Felisa y Servando, con los cuales, por motivos políticos, siempre estaba en pelea. Felisa era también doctora, pero de las que más bien matan que curan. En cuanto a Servando, bajó capitán de la sierra y con toda la barba.

Lauro Aranguren era hombre de paz, de estudio y de trabajo, y por eso sentía una aversión incontenible por la revuelta. Era como si previera que la Gran Revuelta vendría a quitarle la paz, su estudio y su trabajo. Cuestión de olfato largo, como decían en mi pueblo. Felisa y Servando, en cambio, andaban inquietos, en celo y corcoveando, como buenos. Estaban apuntados —si ustedes me entienden—. Bastaba verlos bracear y oírlos chillar para entender que les había entrado el daño: como aves que sienten venir el huracán, no saben dónde meterse, y creen salvarse añadiéndole el viento de sus alas. ¡Le partían a uno el corazón! Su tiempo había pasado, pero ellos aún no lo sabían. Felisa gritó mucho en los primeros días. ¡Qué linda boca redondeaba ella pidiendo paredón! Servando, por su parte, lució algún tiempo sus barbas, pero al fin otros le pusieron el pie delante y lo hicieron caer. Cuando Felisa y Servando vinieron a darse cuenta, no les quedó más tiempo ni más trapo que para impulsar un barquito robado que los llevó al mismo corazón del golfo de México.

Lauro, en cambio, sobrevivió, con su esposa Claudia y sus hijos pequeños, Clara y Ricardito. Y sobrevivió, desde luego, su medio hermano Romilio Candón, con el cual más que nunca Lauro se sintió identificado. Extraño: Lauro, hermano rico, y Romilio, hermano pobre, pensaban lo mismo, o bien eso parecía. Si jamás se habían metido en política, era para bramar contra ella, que no dejaba crecer más que las malas hierbas. Lauro era médico y Romilio era mecánico. A la larga, liquidadas las reservas que había dejado el viejo, estaban emparejados. Romilio era buen mecánico. Lauro no era mal médico, pero le había dado, no sé por qué, por echarse pacientes pobres. De modo que no había tanta diferencia. Eso, ya antes del Huracán.

El Huracán —dejen que lo llame de ese modo— sorprendió a Lauro en Oriente (de visita) y a Romilio en La Habana (instalado). Lauro regresó detrás de los barbudos, aturdido, fuera de sí. Las palabras no pasaban de su garganta, los ojos se le salían de la cara, caminaba como el muerto de una nganga. Sus hermanos andaban por ahí, ella pegando gritos y él prendiendo gente. La primera noche Lauro no miró a los ojos de Claudia ni abrió la boca —ni para hablar, ni para comer—, pero el día siguiente se presentó en el taller de Romilio en Luyanó y le dijo:

—Hermano, ¿qué tú me dices?

Romilio salía todo engrasado de debajo de un carro. Lo miró pestañeando:

—Lo que tú y yo hemos dicho siempre. Pero ahora esto no hay quien lo pare. Ahora no queda más que agacharse.

Lauro asintió. Él y Romilio siempre habían coincidido en la manera de ver las cosas, no como quisieran que fuesen, sino como eran realmente. Al principio de la Agitación habían dicho que aquí la gente estaba jugando con candela, y que si la Candela Grande llegaba, no les quedaría tiempo para escapar. Pero ahora no quedaba más que doblegarse y callar.

—Hermano, ésta es la Candela Grande —dijo Romilio.

Lauro se allanó a lo irremediable. Su viejo perdió la ferretería en los primeros días porque dicen que había hecho negocios indebidos, y se volvió a su Vasconia. Felisa y Servando, con sus familias aparte, se habían embarcado y... estaban «embarcados». Lauro no podía ir con ellos en ese viaje. Pero tampoco tenía con quién ir en contra. De modo que después de sus consultas en Santos Suárez y Emergencias, con frecuencia acudía junto a Romilio para charlar en secreto. La mujer de Romilio, Raimunda, les llevaba café a la terraza detrás del taller y frente al traspatio. No hablaban mucho, pero parecían entenderse, y entender lo que iba pasando. Aquello estaba allí y estaba para quedarse. No había más que tratar de salir a flote.

—Mi hermano —decía Romilio—, lo que importa es no morir. Aquí lo que no hay es que morirse.

Y así, los primeros meses. Luego, cuando la cosa les tocó en lo vivo a los hermanos Felisa y Servando, ni Lauro ni Romilio quisieron tener nada que ver con ellos. ¿Quiénes, sino ellos, y otros como ellos, habían criado aquellos cuervos? Ahora, Felisa y Servando no sabían cómo defender sus ojos. A Romilio no acudieron. No lo conocían bastante para eso. Pero a Lauro se le arrastraron y, a la hora de correr, le pidieron ayuda. Él se la prestó. Él no estaba con ellos, ni antes, cuando corrían delante de Batista, ni ahora, cuando corrían delante de Fidel. Eran los eternos corredores, y Lauro no iba con ellos. Pero, después de todo, eran sus hermanos, y les ayudó a esconderse, y luego a sacar del Almendares aquel yatecito que los llevó al golfo de México. Mutis. Se acabaron Felisa y Servando.

Aquél fue sin duda el primer error del doctor Aranguren. De haber seguido consolando y dando placebos a sus enfermos, sin ocuparse de otras cosas, otro gallo le cantaría. Pero se dejó ablandar por sus hermanos en un tiempo en que no se puede ser blando. Y ése fue su error. Hay tiempos en que no se puede tener tan buen corazón.

El caso fue ése: que Lauro fue entonces detenido, y se le hizo la primera ficha. Salió bien. Todavía tuvo tiempo de recoger velas, volver a sus pacientes y hablar con Romilio y estudiar y dejarse de más zarabandas. Pero por algo que vio y algo que le hicieron allá... en la Quinta Avenida, empezó a envenenarse, y cuando vino a ver estaba envuelto en una pequeña conspiración con otras gentes. Al fin vino lo que tenía que venir: Lauro tardó en comprender cómo habían podido sorprenderlo: si es que realmente llegó jamás a comprender nada de lo que estaba pasando. Se habían juntado para no sé qué intento dinamitero allá por las Alturas de Belén y antes de que empezaran siquiera a platicar se vieron en un cerco de reflectores. Dos de ellos escaparon a tiempo y a gatas por debajo de las luces; tres cayeron en la fuga; los demás fueron apresados y enviados, unos al Príncipe y otros a la Isla.

Por periódicos que leyó y visitas que recibió, y algunas cartas, fue Lauro haciéndose una imagen, más o menos exacta, de lo que había sucedido. Los dos que escaparon —un tal Floro, un tal Reynaldo— podían, o no, haber jugado a dos barajas. Lauro no estaba seguro. Pero había otros tres que acaparaban sus sospechas.

El primero de estos tres era Rosalba Espallat, su prima lejana, que había sido su novia. Estaba ahora casada con un barbudo, pero decía odiarlo, junto con cuanto simbolizaba, y desearle la muerte. La segunda persona era Guarino Sureda, un paciente a quien Lauro había salvado la vida y que parecía estarle eternamente agradecido. La tercera persona era Otilio Rendueles, pariente de Claudia y uno de los más fieros agitadores de los primeros tiempos. Los tres se decían amargamente desencantados y eran, en efecto, los cabecillas del grupo de Lauro.

Ninguno de los tres acudió a la reunión en que los coparon, y con el tiempo —el tiempo de presidio— Lauro se hizo de ellos la peor de las imágenes.

Desde la Isla, Lauro se comunicó con Romilio. Éste fue, incluso, a verlo dos o tres veces, pero la última le dijo:

—Hermano, por ti haré lo que pueda, pero no me pidas que vuelva a verte. Tengo que cuidar de Raimunda y de los fiñes...

Lauro le pidió solamente que ayudara a Claudia. Ésta se quedó en La Habana con los niños y sin más nada. La consulta fue incautada, lo mismo que otras propiedades. Le dejaron la casa, allá detrás del Laguito. Claudia fue gastando las reservas y consumiéndose a sí misma por días. A veces, Romilio iba a verla a hurtadillas y conversaba con ella a oscuras en el jardín que tenían al fondo de la casa. Ésta era una casa grande, para señores. Nunca Romilio había estado antes en ella.

Lauro recordó aquellas buenas relaciones de Romilio. Cuando Claudia iba de visita a la Isla, Romilio se encargaba de los niños, hasta que el abuelo don Anselmo vino a buscarlos y se los llevó para España. Romilio siguió ayudando a Claudia. Ésta estaba ya muy enferma, y no tardó en morir (una noche, en la cubierta del barquito que la traía de la Isla).

Ésa es la historia. Fue Romilio quien recogió el cadáver de Claudia y le dio sepultura. Con eso cumplía. No podía hacer otra cosa. Escribió a Lauro dándole cuenta de todo, y diciéndole que la casa se la habían confiscado. Luego dejó de escribirle. Lauro llegó a pensar que, por su culpa, Romilio se había comprometido y que tal vez estuviera también en alguna galera. No supo más hasta su regreso.

—Hermano —le dijo entonces Lauro—, tú eres de los buenos. De los que quedan pocos.

Tan pronto como lo soltaron en Cuatro Caminos, Lauro fue directamente en busca de Romilio. Lo encontró en el mismo taller, pero éste había sido ampliado. Romilio explicó:

—Han pasado muchas cosas. Y las que faltan... pero tú y yo siempre hemos pensado lo mismo: hay que vivir. ¿No es verdad, hermano?

Romilio ya no tenía su familia pegada al taller. Pero allí habilitó un cuarto para Lauro. Éste se dio una larga ducha y se fue, con el dinero que le dio Romilio, en busca de un revólver y unas prendas que había escondido, dos años antes, en el hueco de una ceiba allá por Puentes Grandes. Al regreso le dijo a Romilio:

—Hermano, en ti confío. Traigo un propósito. Lo he incubado en presidio. Pero me tienes que guardar el secreto.

Venía flaco, seco, carcomido, como una estaca vieja. Los huesos se le desgonzaban al andar y era casi imposible verle los ojos allá en el fondo de la calavera. Pero de esos ojos manaba una luz demente y homicida.

—Hermano —le dijo a Romilio—, me queda poco de vida. Soy médico y lo sé. He visto las placas y los análisis. Pero antes de morir tengo que realizar una pequeña operación. Sólo así moriré tranquilo. Mejor dicho, tres operaciones.

Romilio le escuchaba callado y tranquilo. Cuando Lauro le preguntó por su esposa y sus niños, Romilio contestó evasivamente:

—Los mandé allá, por en vuelta de Almendares.

La noche siguiente volvieron a conversar. Se hicieron café y tomaron la brisa que venía del arbolado. Desde allí —la terraza del patio— y de noche las cosas no parecían haber cambiado mucho. Solamente que Romilio se mostraba más cauteloso, y explicó:

—Pues... como te iba diciendo, tú no puedes arremeter contra los ciclones. Lo más que puedes hacer es guarecerte. Tú sabes que ésa es mi filosofía.

Lauro estaba demasiado embebido en sus pensamientos para prestar mucha atención a los demás. Su obsesión era realizar aquellas «operaciones» que traía concebidas. Luego le contaría a Romilio el resultado.

—No me pidas que te diga más por ahora. Ni a ti mismo, mi hermano, debo descubrir el secreto. Porque a lo mejor tratas de disuadirme. Y eso, nunca: nadie podrá disuadirme jamás de hacer lo que me he propuesto. Lo he incubado en presidio.

Romilio le dio un catre y le procuró alguna comida.

—Uno se las bandea como puede —explicó Romilio—. La comida escasea, pero tú come y descansa. No te preocupes.

Pero Lauro no venía a descansar. Romilio fue entendiendo, poco a poco, en los días siguientes, lo que Lauro traía tramado. Desde el principio se dio cuenta de que era una venganza. ¿Podía ser contra Floro y Reynaldo? ¿O más bien contra Sureda, Rendueles y Rosalba?

Durante tres días estuvo saliendo Lauro de día y de noche. Romilio lo seguía o lo hacía seguir. Lauro llevaba el revólver y las balas en un cartucho, de modo que nadie podía sospechar. Romilio le regaló un sombrero viejo y una guayabera nueva y unos zapatos usados. Lauro comía poco y a cada paso se llevaba la mano al pecho y se ponía verde.

Lo primero que hizo Lauro el primer día que salió fue rondar la casa en que había vivido Sureda, en Santos Suárez.

El segundo día rondó la casa de Rendueles, en Puentes Grandes.

El tercer día dio vueltas a la de Rosalba, en Buena Vista.

Ahora sabía Romilio lo que Lauro se proponía. Era a esos tres a quienes venía a liquidar en lo que le quedara de vida. No había duda: Lauro estaba persuadido de que eran esos tres los que lo habían vendido.

Al principio, había pensado que acaso se habrían retrasado y que por eso no los habían cogido en la redada. Pero luego Claudia le informó de que los tres se habían eclipsado durante unas semanas, que habían vuelto y que tenían puestos en los ministerios. Si la veían en la calle, le volvían la espalda. No tenía dudas de que eran ellos los que habían tramado la conspiración para atraparlo. Los dos que se habían escapado por debajo de los reflectores —Floro y Reynaldo— habían caído más tarde. Uno fue abatido saliendo de un cine en El Vedado. El otro apareció, cadáver, flotando en una piscina de Miramar. Luego no podía haber duda —en la cabeza de Lauro Aranguren— de que Rosalba, Sureda y Rendueles eran los judas. Por eso le iban a preceder al más allá.

—Tú sabes, Romi —le dijo a Romilio—, aquí todos fuimos un poco judas. Pero unos más que otros, y esos tres fueron los peores judas. Por eso tendrán que pagar.

Sin darse cuenta, le estaba revelando su propósito. No dijo, en concreto, que pensaba matarlos, pero Romilio pronto se fue dando cuenta de lo que traía en la cabeza, y lo dejaba —siguiéndolo— a ver hasta dónde llegaba.

Cada vez que Lauro regresaba de una de aquellas exploraciones, parecía más loco y más desencajado. Lo que en cada una había descubierto le parecía increíble. Por los vecinos, por el bodeguero, por los miembros mismos del comité, se iba enterando de que, primero, Sureda había escapado al norte; segundo, que Rendueles se había metido en una embajada, y tercero, que Rosalba, enviada a Europa, no había regresado. Lauro no acababa de entenderlo, y tuvo que volver varias veces a rondar sus casas y hablar con los vecinos para persuadirse. No había querido preguntarle por ellos a Romilio, para no tener que dar más explicaciones, pero al fin le dijo:

—Explícame eso. No lo entiendo. ¿Por qué escaparon?

—¿Por qué escaparon tantos otros? —preguntó a su vez Romilio—. No hagas preguntas tontas. Aquí la candela viene de abajo.

Lauro enmudeció durante una semana. Guardó el revólver en un hueco del muro, y salía a caminar por las calles como un fantasma. Se le veía tambalearse, cabecear, mover los labios como si hablara solo. Al fin, una noche, se dejó caer en la mecedora de la terraza del traspatio y le dijo a Romilio:

—Esto se acabó. Ya no hay más que hacer. Cuando me soltaron, creí que aún podía practicar esas operaciones... Pensé que habría alguien a quien también yo pudiera matar. Porque, óyeme esto: yo necesitaba matar a alguien. Y ahora...

Pero al otro día una nueva idea brincó en su cabeza afiebrada y demente, y se reanimó. Hasta entonces no había preguntado a Romilio por su casa. La casa que, según Romilio, le habían confiscado al morir Claudia. No había querido acercarse a ella, tal vez por temor a que eso lo distrajera del otro propósito. Sólo cuando se convenció de que Rosalba, Sureda y Rendueles habían levantado el vuelo, se acordó de su casa y de las personas que pudieran habitarla.

Romilio se dio cuenta al instante. Lauro recogió el revólver, lo limpió, frotó las balas contra la guayabera. Los ojos se le habían vuelto a llenar de aquel fulgor asesino.

—Hermano —le dijo a Romilio—, el caso es hacer algo, matar a alguien. Porque lo que hay que hacer es empezar a matar gente. Quienquiera que sea. Todos somos culpables. —Y luego preguntó como de paso—: Por curiosidad, ¿sabes quién vive ahora en mi casa?

—Uno cualquiera —repuso Romilio—. ¿Qué importa quién sea? Todas las casas han sido repartidas. Y eso no tiene vuelta atrás.

—No, no... Entiéndeme bien. No pienso reclamar la mía. Ya sé que no me la van a devolver. Además, para lo que me resta de vida... Pero, por curiosidad, me gustaría verle la cara al «inquilino».

—No te lo aconsejo —le dijo Romilio—. No sacarías nada y... bueno, mira, hazme caso: ¡deja eso!

Pero las palabras de Romilio carecían de fuerza. Sabía que ya nadie podría disuadir a Lauro de ir a ver la cara del «inquilino». En vez de insistir, se puso a vigilarlo, y cuando empezó a caer la noche, lo siguió a distancia y con disimulo: Lauro en la guagua y Romilio en su carro.

Lauro merodeó una hora por los alrededores, como si temiera aproximarse. Iba frenando el paso, tratando de parecer natural e indiferente, lo cual lo hacía todavía más sospechoso. Llevaba como siempre el revólver en el cartucho. Se fue acercando, en círculos, siguiendo una espiral invisible. Cuando, a una distancia de dos cuadras, llegó a una esquina desde la cual podía ver un trozo de la reja de su casa (formaba esquina y tenía jardín en derredor), se dio un frenazo. Se quedó como transfigurado.

Mientras se acercaba, Lauro iba mirando, con disimulo, a los portales de las casas. Todo, por allí, tenía que parecerle vuelto al revés. Las casas eran las mismas (si acaso, más sucias) y los mismos eran los jardines (aunque peor cuidados), pero la gente... ¡era tan distinta! No era «de allí».

Primero se tambaleó, luego pareció clavado en tierra, al fin echó de nuevo a andar, más lentamente. Se dirigió, por la acera de enfrente, a la calle que pasa por detrás de la casa. Pasó (con la cara vuelta hacia ella, tieso el cuello) y no paró hasta que halló un refugio de sombra. Todavía desde allí podía ver la casa.

Lo que pudo ver al pasar era: el jardín o traspatio a oscuras, luces en el interior y, quizá, una mujer oscura poniendo la mesa. Los niños, no pudo verlos, porque estaban en la sala y en el portal del frente, del otro lado. Tampoco pudo ver al hombre que, sentado en el reborde de la terraza posterior, le esperaba en la oscuridad.

Lauro volvió sobre sus pasos y, una vez más, pasó, rápidamente, por la acera de enfrente. Pero la tercera vez vino pegado a la reja y al llegar a la entrada penetró rápidamente en el jardín por el camino empedrado. Venía, revólver en mano, dispuesto, sin duda, a preguntar por el «inquilino».

Pero no llegó muy lejos. No bien se hubo puesto bajo el reflejo de la luz que manaba del interior, el hombre que estaba sentado en el reborde de la terraza levantó su propia arma y disparó tres veces seguidas.

Las tres balas salieron vibrando como latigazos metálicos. El hombre que estaba sentado en la terraza no se movió. Lauro se entiesó, giró sobre sí mismo, retorciendo una pierna en la otra, y empezó a caer lentamente. Antes de que acabara de caer, Romilio le disparó otras tres balas.

Lauro tuvo quizá tiempo de reconocer a Romilio. Quizá. De eso no se puede dar testimonio. Pero al menos quedó sentado, como mirándolo, de espaldas contra el bibijagüero. Fue entonces cuando Raimunda encendió la luz del traspatio y empezó a llamar a gritos a los vecinos.

Así que ahí tienen: ése fue el fin del doctor Lauro Aranguren. Podría añadir cómo acudió el comité, cómo se levantó acta diciendo que Lauro había venido a matar al «inquilino» (y que éste se había defendido) y cómo luego lo llevaron a Colón sin música ni salvas.

Ésa es la verdad. Que luego no sigan diciendo por ahí que el doctor Lauro Aranguren anda todavía por las lomas mochando cabezas. ¡Dejen eso! Lo que acabo de decir es la verdad pura y limpia.

Yo tengo por qué saberlo. ¡Yo soy Romilio Candón!



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