La fila de chinos venía en sesgo, removiendo la tierra, hacia el límite de la huerta, donde empezaban los traspatios. Los seis, vestidos de gris, avanzaban escalonados con método y ritmo igual y medido. Cada uno clavaba el tridente con su simple peso, sin doblarse por la cintura; luego levantaba el pie al compás de los otros, empujaba el instrumento lentamente tierra abajo, lo palanqueaba ligeramente —todavía sin doblarse— y volvía al torcallón de tierra. Cada uno hacía exactamente lo mismo que los otros. El primero en llegar a la cerca levantó el tridente al hombro y cruzó, de vuelta hacia las casas de los chinos, que parecían montar guardia al otro lado del bajío. Le siguió el segundo, y luego los otros. El último en rendir su tarea se detuvo, entre el día y la noche, y sacando el cuchillo corto y romo descolgó el racimo de plátanos que pendía sobre el borde de la huerta. Lo estaba recogiendo del suelo cuando la voz áspera, mansa y cortante de Claudio Canadio pasó a través de la enramada.
—¡Eh, paisa! ¡Deja plátano ahí!
El chino había tenido apenas tiempo de precisar de dónde venía la voz cuando Canadio, saltando —disparándose— por entre dos matas de plátanos que languidecían en la cerca, estaba ante él, con la mocha en la mano. Chong pudo ver escasamente su cuerpo —aunque conociéndolo, habiéndolo visto más intensamente que ningún otro vecino, podía adivinarlo—. Los ojos de Canadio, negros y redondos como cañones de escopeta, llamearon.
—¿Tú quieres plátano pa se fufú?
Ninguno de los dos se movió. El chino sostenía el racimo como un objeto electrizado.
—Tú gustá plátano pende seca ajena. Tú se buen abogado. Saber fruta pende seca ajena es del otro. Pero tú tené que da cuenta mí.
Ninguno se movió. Chong se quedó en silencio, frío, clavado en la tierra, mirando al otro con sus ojillos cosidos sin pestañas. Conocía a Canadio.
—Yo no saber se tuyo —dijo el chino Chong.
—Ah, tú no saber. Bien. Tú tener fieta mañana. Fieta Luna Nona. Chiang invitá también a mí a empiná papalote.
El chino Chong dudó un instante. Canadio lo había asustado —y éste era quizá su único propósito—. Chong quiso devolverle el racimo.
—Tú llevar racimo —dijo Canadio—. Mañana yo ir a empiná papalote. Prepara para mí uno grande, con sirena y cuchilla, y farolito pa de noche.
—Yo invitá a ti, hasé papalote pa ti —contestó el chino.
Chong dio la vuelta como un hombre que gira sobre un peal, y comenzó a alejarse rígidamente a pasos menudos, llevando el racimo de la mano, todavía como un objeto electrizado: tal vez como un niño a rastras y electrizado.
El hombre pequeño, de anchos hombros y ojos de jutía, volvió a pasar la cerca, tupida en esa parte, como un insecto que pasara entre las ramas volando sin dejar huella. Ya en su terreno se quedó plantado con las piernas entreabiertas, atisbando intensamente a través de la parcela de palmas a la casa de madera. A través de la casa, con su puerta abierta, pudo ver pasar, a caballo, al policía de ronda. Esperó así, con la mocha en suspenso, siguiendo con el oído los cascos sobre los pedrejones del camino; luego lanzó la mocha, clavándola diestramente al pie de una mata, y cruzó hacia casa. La mujer que se inclinaba sobre el fogón en la primera pieza lo sintió pisar sobre la solera, pero no se volvió. Claudio pasó mirándola de lado, y cuando hubo cruzado la otra pieza, un niño empezó a gruñir débilmente allí. Siguió gruñendo unos minutos más, sin que la mujer que se inclinaba sobre el fogón se volviera, hasta que el hombre tenía tiempo de haber cruzado el camino o calle y pasado la otra fila irregular de casas y entrado en la zona de los bohíos, detrás de esa fila. Entonces apartó la cazuela del fuego de leña y se quedó un momento de espaldas al fuego, oyendo llorar al niño, esperando tal vez a que se callase solo, agotado, o a que, llorando, purgara su propia culpa de llorar.
La mujer se apartó del fuego y fue a levantar al niño. Era, ella misma, una jovencita de catorce o quince años, de piel canela y cuerpo crecido, como una planta empujada, desde la raíz, fuera de lo normal, por un abono en exceso estimulante. Tenía aún el vientre algo abultado, y caminaba con las piernas separadas —lo mismo que el hombre de cincuenta años—, contoneando las caderas.
—Calla, calla, maldito. A ver si callas de una vez.
Lo levantó en brazos, frente al hueco de una ventana, con tela metálica rota, por donde una luz difusa, mezcla de luna y farol lejano, se filtraba. El bebé abrió unos ojillos redondos a esa luz, casi al borde superior de una carita menuda y tostada. Juntó los labios y comenzó a frotarlos uno contra otro. La madre—niña sacó un seno duro y pequeño, apenas sin pezón, y lo puso en la boca del niño —todavía de pie, frente a la luz—. Luego, en aquella dirección, desde dos o tres cuadras más abajo, por encima del marabú, llegaron los gritos agudos que Acariña Canadio conocía. Los escuchó. Sabía que eran los de Rosarito, la entenada, de la casa de abajo. Acariña Canadio escuchó, sin moverse, aquellos gritos, mientras el bebé atacaba, primero uno de sus senos; luego, el otro. Se los iba dando por turno, a intervalos largos, como si pensara que mientras chupaba el uno el otro se iba llenando. Medio inclinada, haciendo presión con los bíceps contra los senos separados entre sí y todavía duros como zapotes a medio madurar, pero sin leche, como si así pensara que los exprimía, y hacía pasar al bebé la gota que lo callara.
Los gritos de Rosarito, la entenada, cesaron. Acariña sabía que aquellos gritos tenían que ocurrir por esta época del mes, cuando la luna estaba en su plenitud, y que Macho estaría ahora sosegado, hablando con lógica y calma con su... Acariña no sabía muy bien entre sí cómo llamarle. Le decía El. El: Claudio Canadio, el hombre viejo y fuerte y pequeño de la mocha, dueño de aquella pequeña finca que pensaba le había legado su padre —un blanco—blanco al que no había visto sino una vez y que desde luego no era padre suyo ante la ley—, aunque no tenía ningún papel que lo comprobara. Claudio era su padre, desde luego. Todos los vecinos lo sabían. Allí la habían visto nacer a ella —la mayor— y a sus otros hermanos. Luego vieron que dos años antes Canadio botaba de casa a su mujer, sólo diez años más joven que él, y que ésta se llevaba los tres niños que seguían a Acariña, y que Acariña se quedaba, y que, un año antes de ahora, se le comenzaba a llenar el vientre, y ella a crecer rápidamente, y luego, un día, la vieron con el bebé en las rodillas, acuclillada en el portal, meciéndolo lentamente y mirando hacia adelante con sus ojos pasmados. Entonces todos los vecinos —las casas de enfrente, las de las demás finquitas del reparto a ambos lados— comprendieron por qué Claudio había botado a su mujer y se había quedado con su hija mayor en la finca; solo, con Acariña Canadio.
Acariña aguardó todavía un rato después que Rosarito la entenada dejó de pedir auxilio más allá de la barrera de marabú, sabiendo que nadie se atrevería a bajar a valerle. Nadie querría. Entonces Acariña se dio cuenta de que el bebé se le había quedado dormido entre los nísperos, quién sabe si por llenura o debilidad, y lo acostó de nuevo en medio de la casa ancha, sobre la sábana, envuelto en los harapos, como un bulto pequeño que se deja en cualquier lado. La muchacha volvió luego a la cocina, llenó un plato del ajiaco que había hecho, que hacía todos los sábados, cuando Claudio le traía con qué, y se sentó a comerlo, allí mismo, en la solera de la puerta, mirando por entre las matas oscuras hacia la loma de los chinos. Detrás de ella estaba a oscuras la casa —cuatro piezas cuadradas, separadas, por el medio, por un tabique bajo— y las puertas abiertas todo a lo largo hasta la calle. Claudio reapareció a lo largo del pasillo. Se adelantó con paso deliberado. Cuando se vio junto a Acariña, se detuvo, mirándola desde arriba. Ella veía sus piernas, de la rodilla para abajo. Siguió masticando sin levantar la cabeza, sin parecer siquiera que comiera para hacer pasar nada al cuerpo, sino tan sólo porque tenía que seguir allí, masticando. El niño volvió a gruñir de nuevo, más débilmente, pero esta vez Acariña no se movió. Canadio traía aún la mocha colgada de la mano izquierda. Miró fijamente a Acariña con sus ojos negros de jutía:
—¿Dónde está mi comida?
Sin alzar la vista, Acariña contestó con una voz plana y rencorosa.
—Cógela. Tienes manos como yo.
Canadio tiró la mocha fuera. Luego fue a la cazuela, se llenó un plato y se sentó a comer, en el suelo, delante de la muchacha. Los dos comieron en silencio, el hombre con voracidad, la muchacha con aquellos movimientos breves de quijada en un rostro pasmado. Los dos terminaron y se levantaron al mismo tiempo, poniendo a la vez los platos sobre el fogón. Entonces ambos se quedaron de pie, junto a la puerta, mirando, a través de la finca, al bajío de los chinos.
—Así que la finca no es tuya y que mañana te la vienen a quitar. Ni la finca ni la casa es tuya, sino de ese que tú dices que es medio hermano tuyo, ese Nazario.
Canadio brincó como un caballo espoleado.
—¡Eso habrá que verlo! —pronunció lentamente—. Habrá que ver eso.
Instintivamente se tiró a la mocha, que había quedado clavada en la tierra, y se la colgó del cinto. Giró en torno a la esquina, y volvió a aparecer arrastrando una muela de afilar. La puso donde le daba la luz —donde no le daba la sombra proyectada por la luna— y comenzó a hacerla girar velozmente con el pie.
—Los dejaremos que entren. Que se adentren. Ellos tienen los papeles. Los papeles y el nombre. Se llama Niel.
Dio unos pasos por entre las matas, y se detuvo. Acariña no podía ver ahora su cara. La voz de Canadio llegó hasta ella como a través de una cortina, desde un lugar impreciso.
—Yo mismo los invitaré a quedarse. Les cederé la mitad de la casa, por de pronto. Solamente les pediré que me dejen un huequito, en la parte de atrás, por ahora.
Se movió de pronto como un animal felino en la sombra. Acariña adivinó en su tono algo que la sobresaltó y animó a la vez. Casi sin darse cuenta, la muchacha abrió una sonrisa rasgada, y sus ojos llamearon. El hombre reapareció cruzando junto a ella, en un gesto decidido, diciendo:
—Un hombre y un papel son poco para arrancar a un hombre de un pedazo de tierra. Un Niel y un papel son poco para eso.
Acariña lo acompañó, repitiendo sus pasos a través de la casa, y luego se detuvo en el portalito, y lo vio descender camino abajo, hasta donde no había más empedrado, donde comenzaba la finca mandada por Macho. Esperó todavía unos minutos, y estiró el oído y la mirada en derredor, en un esfuerzo despierto por hacerse cargo de todo lo que la rodeaba: las casas, los vecinos, las distancias. Entonces volvió a entrar, al tiempo que el niño gruñía más alto. Encendió el quinqué y lo contempló un rato sin levantarlo, viéndolo patalear. Su rostro se había iluminado como ante un gran espectáculo, y sus movimientos volvían a ser los de la mujer joven, en guardia y en vísperas de un gran acontecimiento.
Acariña repasó en el recuerdo los datos que tenía: el padre de Claudio, a quien ella no había visto nunca, y que nunca lo había reconocido; la madre de Canadio, una pardita menuda, que había vivido siempre en esta finca —cuando era mucho mayor—propiedad de aquel Niel padre, que vivía allá abajo, en la ciudad, donde tenía su familia; la parcelación de la finca, y la muerte de la abuela, y la limitación del terreno y la casa actuales. Desde entonces —Acariña tenía entonces nueve años— nadie había venido por allí a molestarlos, y Canadio daba por seguro que, por alguna cláusula secreta, o sin cláusula, le había asignado a él este pedazo en la herencia: el pedazo oscuro y reparador, al bastardo oscuro. Así habían corrido aquellos últimos años. Luego, un día, dos meses antes, se presentaba aquel hombrecito blanco, de frente abombada, Nazario Niel, de quien Claudio decía que era su medio hermano, y les anunciaba que el pedazo de terreno, más la casa, eran suyos y que vendría a vivirlos. Claudio lo escuchó entonces, callado, y desde entonces se había movido callado, nervioso, furtivo, por la finca y el reparto. Acariña no sabía lo que pensaba. No sabía nada, salvo que Claudio andaba así, como con una hoja clavada en el cuerpo, como un animal herido y enfermo.
Acariña salió al terreno y miró atentamente por entre las matas hacia las fincas de los chinos. Recorrió la cerca, el lindero, cruzando los parches de sombra y de luna como un animal furtivo. Había dado la vuelta para volver a casa, cuando por entre las veredas abiertas en el marabú surgió una figura larga y de andar nervioso e inaudible. En seguida reconoció al hombre llamado Macho. Detrás de él, pisándole los talones, venía Claudio. Los dos hombres miraron a la muchacha y siguieron —con un breve saludo del hombre llamado Macho— saltando la cerca y cruzando la heredad de los chinos hasta perderse de vista.
Claudio regresó una hora después. Acariña estaba tendida, atravesada, en la ancha cama, con las puertas abiertas, a la luz del quinqué. Estaba desnuda y tenía, desnudo también, al bebé dormido a su lado. El hombre la miró. Acariña tenía los ojos abiertos, fijos hacia arriba, pero ya no cargados de pesadumbre, sino de algo que semejaba una alucinación. Los dos se miraron en silencio. Al encontrarse, los cuatro ojos se encendieron mudamente, con una inteligencia casi jubilosa.
—Se quedarán —pronunció Claudio—. Se lo puedes garantizar a ella cuando asome. Ella y lo que trae: se quedarán. Corre para acá los muebles. Diles que sólo queremos un huequito... por el momento.
Acariña se incorporó, en decúbito, apoyada sobre los brazos rígidos, las plantas de los pies una contra otra, las rodillas dobladas, su cuerpo joven cubierto como de una leve sombra fina. Miró al hombre:
—¿Ella? ¿Lo que trae?
—Ella, y su abuela, y lo que trae. Son los dueños de esto. No se les puede botar. Así lo manda la ley. Así que se quedarán. ¡Y él se quedará también!
Los ojos de Acariña se desviaron hacia la ventana. Claudio se volvió de espaldas. Así habló:
—Mañana es domingo. Los chinos tienen fiesta. La fiesta anual de los papalotes y de los farolitos. A ti te gustaba esa fiesta.
Acariña se ladeó:
—¿Por qué vienen ahora a vivir aquí? ¿Por qué no han venido antes?
—Están caídos. Dicen que esto es lo único que les queda. Lo único que yo he tenido nunca.
Dio unos pasos hacia la salida posterior, y miró fijamente hacia las tierras de los chinos. Una cinta serpeante de fuego más vivo cruzó la luz de la luna, y allá arriba, remoto, estalló un pequeño cohete, con un gañido casi inaudible. Le siguió otro, y a poco tres o cuatro seguidos. Acariña había seguido, desnuda, a su hombre, y se le pegaba, mirando por encima del hombro. Los dos escucharon. Claudio con una expresión embotada. Acariña con ojos de asombro. Canadio cruzó el traspatio y se detuvo al borde de la huerta con la mirada perdida en el campo. El arbolado ocultaba ahora la luna. Acariña lo siguió, desnuda. Habló a su espalda.
—Es el anuncio —dijo—. Es la víspera. Entonces, la fiesta es mañana. Dura siempre toda la noche.
—La fiesta de los papalotes —dijo Canadio—. Que pelean, con música y cuchillas, en el aire.
Acariña se la imaginó, en el recuerdo. Cuando salió de él, Canadio había desaparecido, tal vez entre el marabú. Descalza, desnuda, Acariña se lanzó a buscarlo. Lo encontró inclinado sobre el pozo, mirando el brillo del agua, que tenía una estrella. Luego levantó la cabeza, oteando de nuevo hacia los chinos. Acariña se acuclilló junto a él, pegándole su cuerpo desnudo. El hombre la acogió entre sus piernas y le echó el brazo por debajo del suyo, oprimiéndole, con una mano plana, los breves senos.
—Te lo he visto en los ojos —dijo Acariña—. Me dio miedo, al principio...
—Tú calla —contestó el hombre—. Tú sigue en tu cuarto y tu cocina. Arrastra los muebles. Cierra el tabique. Tú calla y sigue así. Tú no sabes nada, ni mañana, ni nunca. ¡No sabes nada!
Se levantó y Acariña lo vio saltar ágilmente la cerca y caminar, hasta perderse de vista, en dirección al arroyo. Una hora después la muchacha estaba aún acuclillada al borde del pozo. Canadio resurgió por el mismo camino, desnudo, el cuerpo velludo y chorreante. Saltó la cerca, con la ropa en el brazo, y pasó junto a la muchacha, con un movimiento de cabeza. Ella lo siguió. Cuando cruzaron la puerta se dieron cuenta de que el bebé había estado llorando por mucho tiempo. Ahora no hacía ya más que abrir la boca y agitar débilmente los brazos y las piernas, contrayendo la cara, pero sin llegar a emitir ningún sonido.
El amanecer encontró a Claudio todavía de pie, y las puertas abiertas. Acariña Canadio estaba en la cama, que tenía una sola sábana tirante, sujeta a las esquinas del bastidor, marcada por los relieves de los alambres herrumbrosos. Acariña tenía los ojos abiertos, cargados de reprimida ansiedad, como cuando, la noche anterior, comenzó a pensar que Claudio había encontrado en sí alguna salida, que al menos podrían hacer algo —para ella todavía misterioso— antes de irse. Y acaso no tuvieran que irse. Desde aquella hora su cuerpo se había cargado de un zumo excesivo y cegador que le impedía ver ni pensar nada fuera de la cosa misma —todavía oscura— que habría de hacer, que sin duda haría Canadio, también cargado sin duda de aquel zumo. Recordaba aquellas primeras impresiones como ocurridas antes del sueño. Sin embargo, no había dormido. Recordaba que Claudio la había traído desde el pozo, y que la había poseído —le había entrado miedo de aplastar al bebé, y por eso se habían bajado al suelo—, mientras el niño seguía llorando arriba sin voz, y que luego se había ido —Canadio— dejándola allí —todavía en el suelo—. Después se levantó y acalló al niño y se acostó a su lado, pero antes de que la excitación —siempre contenida— la dejara dormir, rompió de golpe el día del domingo.
El primer ruido que sintió fueron los cascos del caballo del policía. Los escuchó sin moverse, contrayéndose, hasta que se dejaron de oír. Después sintió el traqueteo de un carro y corrió a la puerta principal, con sólo su bata punzó y amarilla, raída y rota sobre el cuerpo. El bebé se despertó, comenzando a gruñir, con el aliento cobrado en el sueño, pero ella no hizo caso. El carro que se acercaba venía tirado por una mula, cargado de trastos, casi todos menudos, de pequeños muebles, como de una familia liliputiense. En medio, un escaparate grande y floreado. Esos muebles que se guardan o tiran en el desván cuando la familia ha mejorado de posición y se recogen de nuevo cuando el hombre que vende a plazos ha venido a llevarse los nuevos. El carro se detuvo frente a la puerta y, después de verificar el número, el carrero se apeó y comenzó a bajar los muebles, amontonándolos en la sala. Acariña corrió al fondo y cerró la puerta del tabique central que dividía la parte libre de la otra. Luego dio la vuelta por fuera y observó cómo el carrero bajaba los últimos trastos, y luego montaba en el pescante y se alejaba lentamente, sobre los pedrejones, tirado de una mulita raquítica. No se había detenido siquiera a mirar si había alguien que se hiciera cargo de los muebles y evidentemente sin esperar una propina, como hace un hombre que ha tenido parado por mucho tiempo su carro y su mula y, de casualidad, se le presenta un viaje malo. Acariña lo vio, desde su cuarto, por una de las rendijas, hasta que hubo remontado la loma, hacia la carretera. Entonces se lanzó a la finca, corriendo, a breves carreras nerviosas. A cada tramo se paraba, oteaba en derredor, volvía a correr. Finalmente se encontró en el costado de la casa, frente al camino, y atisbó anhelante hacia las casas de enfrente, casas nuevas que habían comenzado a envejecer, y que no pertenecían, como la suya, a ninguna finca. Casas con radio y nevera eléctrica, algunas. Ni ella ni Claudio tenían mucha intimidad con aquellos vecinos. Claudio tenía que pasar esas parcelas, para ir a comunicarse con su gente, en los terrenos posteriores. Seguramente estaría allí a esa hora. O acaso en algún otro lugar misterioso en este día misterioso. Las puertas de enfrente estaban cerradas a esta hora, y Acariña, entrando de la calle, atravesó, cautelosa, casi tímidamente, la sala, apreciando con los ojos los muebles allí dejados. Se fijó en seguida en el escaparate, viejo y robusto, en un espejo roto, en un bastidor camero y en una variedad de objetos menudos, evidentemente de poco valor. Más que una mudada parecía la limpieza de una casa, los sobrantes viejos de un ajuar renovado. Pasó al otro cuarto desalojado y cuando quiso entrar en el suyo se dio cuenta de que lo había cerrado por el lado opuesto, y volvió rápidamente, con ánimo de dar la vuelta desde la calle y con paso de quien ha entrado indebidamente en un lugar. Había pisado el umbral cuando —sin haberlos visto hasta ese mismo instante— tropezó con los nuevos dueños.
—¿Se puede?
La voz del hombre llegó a sus oídos antes que la figura a los ojos de Acariña. Esta dio un paso atrás y se detuvo, muda, ante ellos. Detrás del hombre, en sesgo, venían dos mujeres y una niña de ocho años. Fue en ellas en quienes primero puso Acariña su mirada. La que seguía al hombre era todavía joven; Acariña vio su cara jalada, su palidez; luego puso los ojos sobre su vientre, y los sostuvo allí, como obsesionados, como si se hubieran pegado a su redondez y no los pudiera despegar. A continuación, se fijó en la forma disparatada de sombrero que traía en lo alto de la cabeza. La que le seguía traía la cabeza descubierta —cubierta de un pelo lanoso y casi blanco—. Era una anciana ancha, con acumulaciones de grasa desproporcionadamente repartida —Acariña se fijó en la voluminosa y baja curva exterior de sus muslos—, demasiado vieja para ser madre de la niña, que a su vez era demasiado grande para ser hija del hombre. Cuando Acariña volvió los ojos hacia el hombre, vio que era más joven que su mujer, pero el estado de ésta hacía todavía más larga la distancia. Era un hombrecillo menudo y alerta —una vigilancia medrosa—, de ojillos vivos, frente abombada y cabeza demasiado grande para su cuerpo. Una hormiguita cabezona.
Acariña no contestó a la pregunta. El hombre la dijo con una vocecilla tímida y ajena. Los cuatro se detuvieron a la entrada, como a la de una casa extraña, aunque desde allí podían ver los muebles amontonados en la sala y la puerta sin puerta en el tabique que daba a la segunda pieza desocupada. Acariña se hizo un poco a un lado, dejando paso, y cuando hubieron pasado —todavía sin contestar ella—, se escurrió hacia fuera, dio la vuelta a la casa y, entrando por la cocina, reafirmó el cierre —la tranca—de la puerta divisora, y tiró de la cama contra ella. La nueva familia desde el otro lado oyó cómo la arrastraba y, después, se apercibió de la presencia, al otro lado, de un bebé que lloraba un quejido débil y lejano. Por encima del tabique podían darse cuenta de la existencia de otras piezas que no habían venido nunca a ver, que sólo había visto el hombrecito de frente abombada. Este empujó débilmente la puerta del tabique central, pero ésta no cedió. Se volvió entonces con impulso de dar la vuelta, pero se detuvo en el portal. La anciana había comenzado a desamontonar los muebles. La embarazada se dejó caer allí mismo, entre los trastos, en un sillón estrecho: hizo bajar sus caderas hasta los dos brazos, que se las ciñeron como brazos de hombre; luego, por su propio peso, fue bajando entre ellos hasta quedar encajada e inmóvil, bajo su vientre. El hombre se movió; sus ojos bailando ahora de inquietud como un ave asustada, mirando por encima del tabique. Nada se sentía ya al otro lado. La niña de ocho años que venía detrás dio la vuelta a la casa y, entrando en la finca, vio a Acariña sentada bajo un árbol con el niño en los brazos, de espalda a la casa. Al volverse, la niña Rosa Silva advirtió que un hombre la estaba mirando. El hombre estaba recostado contra el marco de la puerta posterior, fumando con las piernas enlazadas, callado e inmóvil. Tenía el cigarro en medio de la boca y fumaba sin mover un músculo, mirándola con una expresión fija e intensa. La niña Rosa rompió a correr, pasando, en sesgo, cerca del hombre, pero éste no se ladeó para mirarla. Cuando la niña entró en la casa, los muebles habían sido ordenados, y los otros vieron, a la vez, el miedo en sus ojos. La niña rompió a llorar.
Los tres miraron a la niña: la abuela Ana Maimy, la preñada Silvia Silva, el marido Nazario Niel. La miraron interrogativamente. Rosa Silva dijo solamente:
—Un hombre ahí, al otro lado, mirándome. Mirándome...
No dijo nada de la joven de espaldas con el niño en brazos. Los tres se miraron interrogativamente, en silencio. Las dos mujeres miraron a Nazario, en una expresión a la vez de súplica y de temor. La niña se detuvo, curiosa y asustada, en el borde angular de la casa, por la parte de fuera, mirando a lo largo del pasillo y haciendo breves movimientos de sobresalto. La abuela empezó a dar vueltas entre los muebles —viva y ágil, a pesar de sus corvas, pero sin vibración para el miedo, moviendo los muebles viejos y buscándoles efectos geométricos en el cuarto ancho y lastrado de mosaicos rotos—. Había levantado un espejo grande y oblongo sobre una pata larga frente a la ventana. Por momentos se detenía ante él y sonreía con sus dientes —todavía con todos sus dientes— y con un rostro blanco, y unos labios como de papel pegados sobre los dientes todavía enteros. Comenzó a cantar las letras de un título de orquesta:
Lulu Yon Kori,
Yulu Yon Kori.
La mujer encinta estaba sentada en su sillón de niño, azorada, con los ojos inmóviles mirando hacia adelante, y ella —una mujercita frágil y blanca—, bajo aquel volumen que era su vientre como algo aparte. Se la podía imaginar escurriéndose hacia abajo, dejando el bulto —tal vez de papeles— en la silla estrecha y emergiendo libre en medio de la sala con aquellos ojos algo pasmados y suplicantes. El hombrecillo siguió a la niña, haciendo un esfuerzo desde dentro. Ya en el pasillo de fuera, dio la vuelta, como si algo se le hubiera olvidado, y se metió entre los muebles con la abuela, mirando, a ojeadas, por encima del tabique. La embarazada gritó con una voz dulce y ahogada:
—Nazario. Mira a ver esto. Lo que dice la Rulita.
Nazario Niel cruzó de nuevo junto a su mujer, evitando mirarla. Dio unos pasos hacia la puerta y cuando ella llamó de nuevo se volvió llena de sobresalto.
—¿Por qué no se han mudado ésos? —preguntó Silvia Silva—. ¿Por qué han cerrado el tabique por medio?
Se quedó mirando al hombre. Este se enderezó, como pinchado desde dentro, con una punzada de dignidad y sacrificio. Dio cuatro pasos quebrados hacia la puerta, exponiendo al sol blanco un rostro blanco y sosteniendo como un peso con la espina dorsal doblándosele en segmentos. La mujer hizo un esfuerzo por ponerse en pie y seguirlo, detenerlo, ahorrarle aquel paso —a este hombrecito de manos finas de niña y frente abultada y ojos dulces que al menos tenía un alma con la cual comunicarse, un alma joven con la cual coincidir, mientras la de la abuela se iba perdiendo para ella en otras frecuencias—. Su cuello se estiró en la dirección del hombre, pero su cuerpo se quedó donde estaba, bajo el globo montañoso del vientre. Abrió más los ojos, llenándosele de una luz seca y frágil, como membrana seca al sol. Detrás de ella la abuela movía los muebles cantando:
Y cuatro setenta y cinco,
que ya se me había olvidado;
y cuatro setenta y cinco,
que ya se me había olvidado.
La niña Rosa Silva siguió de lejos al cuñado, espiando intensamente, cogida toda en una ansiedad aterrada. Nazario marchó lentamente, levantando los pies, medio de lado, por el pasillo cubierto a lo largo de la casa. Antes de doblar la esquina se detuvo, mirando temerosamente por sobre el hombro, cerciorándose de que no surgía nadie de entre las matas. No quisiera que surgiera nadie. La niña Rosa corrió en sesgo, desviándose por el borde de las hortalizas, en busca de un bosquecillo de maíz en la parte más alta del parche cultivado y al borde del marabú. Una vez allí se acuclilló en el suelo y miró por entre los tallos. Desde allí vio cómo Nazario se detenía temblando antes de doblar en la esquina posterior para ver, tal vez, al hombre inmóvil que estaba —Rosa lo vio ahora nuevamente— todavía arrimado al marco, una pierna formando un número cuatro con la otra. Instantáneamente, Claudio Canadio rompió su inmovilidad y se dirigió rectamente hacia donde había visto sumergirse la niña. Caminó con paso vivo y nervioso, derecho como un ídolo, sin mover apenas los brazos. Rosa se aplanó más en el canalillo del borde. Vio venir al hombre hacia sí, sus ojos encañonados hacia ella, con mayor velocidad de la que ella tenía para pensar lo que debía hacer —si huir, y adonde—. En unos segundos el hombre estaba de pie entre los últimos tallos de maíz, viendo a la niña todavía allí, acuclillada, con las piernecitas delgadas encogidas bajo la bata —demasiado larga—, las manos abiertas sobre la tierra, como patas de gallo mirando hacia arriba, aterrada, a los dos cañones negros de la nariz del hombre, y a sus ojos hundidos, confundidos con las fosas. Claudio miró a la niña: su carita redonda, toda ojos, su boquita entreabierta, como de ave joven caída, derribada, por el sol de una rama, y posada ahora en la tierra fresca que la ligaba desde abajo y sus senos incipientes marcados directamente bajo la muselina. Claudio la miró, bajando los ojos, pero no la cabeza, sin hablar, sosteniéndola así, inmóvil. Entonces adelantó un pie a rastras, haciendo caer un pequeño fragmento de tierra sobre ella. A esto, Rosa Silva se levantó de un salto y emprendió una carrera espantada, como de ave herida, las alas medio rotas, inclinándose a veces a un lado y luego a otro, a través del parche de tallos de maíz, y luego sobre las coles. En la cerca de la calle tropezó y cayó hacia atrás, pero se levantó rápidamente y, girando, se precipitó por el pasillo, de nuevo hacia la calle. Allí se detuvo, nuevamente acuclillada, mirando, a través del sol, la figura borrosa de su hermana allá dentro —con la puerta abierta—, donde no daba el sol. Las dos se miraron así, con las bocas entreabiertas, mudas, sofocadas.
Nazario Niel había dado ahora la vuelta por la parte posterior, atisbando hacia dentro. Desde allí vio que las dos piezas de atrás, cocina y cuarto, habían sido separadas de las otras por dos traviesas de puntal a puntal. En la segunda, de espaldas al tabique, vio la figura borrosa de Acariña, con el niño atravesado sobre las rodillas, mirando fijamente hacia fuera sin moverse. El niño parecía un objeto de madera desnuda y mal labrada, y la niña misma —la madre—, una figura reducida de madre en alguna talla cruel o amargada de artista. Miró a Nazario sin moverse, sin expresión, y cuando él dijo, con voz tensa: «Buenos días», Acariña Canadio siguió callada. A Nazario le pareció que sólo había movido un poco las piernas —sentada en un objeto bajo e invisible—como para mecer al niño longitudinalmente moviendo a la vez las caderas, pero con el busto fijo contra el tabique, la espalda contra la espalda de Silvia Silva, el tabique solamente entre las dos espaldas, como si fuera una pieza independiente. Nazario sintió la respiración de Canadio sobre su pescuezo.
—Buenos —dijo Nazario, volviéndose, con ojos aterrados, pero clavados en su sitio por algo que era más que miedo, algo que fija en tierra como una corriente eléctrica.
Claudio contestó al saludo y pasó a la primera pieza —Nazario no había pasado del umbral—, y desde allí se volvió para preguntar:
—¿Usted tenía algo que decirme?
En ese momento sus ojos bajaron por Nazario, situado ahora en una depresión del terreno, por la parte de fuera de la puerta, y se posaron en su vientre. Nazario llevaba una guayabera nueva —Claudio le vio todavía los hilvanes— y en el trajín de la mudada se le habían saltado varios botones. La llevaba como con humillación y fiebre, no como un cuello duro, sino al revés: la prenda floja que se pone el que siempre ha llevado cuello duro, cuando estalla una revolución. Se la había comprado para la mudada, para el campo —él pensaba que esto era ya el campo—. Claudio volvió a mirar a su sombrero de panamá de ala corta y luego por aquella abertura de la guayabera vio aquel pedazo de vientre blanco y limpio de pelos como el de un niño lleno de aire. Miró al ombligo pequeño y redondo y casi rosado en contraste con la blancura del resto.
—¡Ya estamos aquí! —dijo Nazario—. La familia y los muebles en el otro cuarto. Como la puerta del medio está cerrada venía...
—Yo también tengo aquí a mi familia —repuso Canadio. Hizo una pausa—. Una familia que vale tanto, por lo menos, como cualquier otra. —Y añadió, sardónico—: Sin distinción de colores.
Los dos se callaron. Nazario adoptó ahora una expresión conciliadora y mansa.
—Usted sabe...
El otro no lo dejó seguir. Se volvió de lado:
—Lo comprendo, claro. La cosa está mala.
Puso un pie fuera de la sombra. Al pasar, rozando, a Nazario, echó otra mirada a la zona del vientre que la falta de botones dejaba ver. Nazario tuvo conciencia de esta mirada y retrocedió. Claudio pareció olvidarse de él. Tiró de la muela de afilar contra la caseta del excusado, la afianzó, se descolgó el machete y lo levantó despacio en el aire, mientras que con un pie hacía girar velozmente la rueda. Nazario siguió con la vista el ralentí del machete. Entonces Claudio frenó un poco la rueda y posó delicadamente la hoja sobre ella. Las chispas se perdieron en el sol. Claudio cogió el arma con el índice y el pulgar de la derecha por la punta empuñando fuertemente el cabo con la izquierda. Después de los primeros raspones volvió a alzar el machete pasando el dedo por la parte rebajada, que empezaba a brillar. Entonces volvió a mirar por encima del hombro, al vientre de Nazario. Éste cerró la guayabera con el gesto de mujer ruborosa que sorprende los ojos golosos de un macho posados sobre su escote, y de nuevo sus ojos siguieron el ralentí del machete al bajar sobre la rueda, que giraba furiosamente.
Nazario retrocedió con la espalda pegada a la pared. Entonces giró, de medio lado. Acariña Canadio vio pasar su sombra a lo largo del pasillo exterior a través de las rendijas y desensambles de las tablas —ella todavía sin moverse, atravesado aún el niño dormido, o simplemente en modorra, sobre sus rodillas—. Rosa Silva estaba todavía acuclillada en medio de la calle —simple camino empedrado— con los ojos redondos al sol y el pelo lacio como hilos mojados de seda amarilla cayéndole por todos lados, cuando Nazario llegó al portal. Miró hacia dentro, a su mujer, y luego a la niña. Las dos lo miraron en silencio con ojos suplicantes. Dentro, la abuela Ana Maimy cesó en su canturreo y se puso a llamar con los puños al tabique. Nadie respondió. Entonces se volvió, con paso resuelto, a dar la vuelta a la casa. En el umbral tropezó con Nazario.
—El tipo no se ha ido —dijo Nazario—. Se ha cogido los dos cuartos de atrás.
Ana Maimy consultó a su nieta con la mirada. Silvia Silva tenía ahora el rostro jalado y amarillo más que nunca. Su cabeza hizo un movimiento autónomo, sobre un cuerpo completamente inmóvil, por la sola razón de aquel bulto que se fijaba sobre ella como un volumen aparte. Nazario tenía ahora los ojos fijos en las piernas hinchadas de su mujer.
—¿Y tú qué...? —La pregunta de Ana Maimy quedó cortada por una mirada de Silvia Silva. La abuela entendió—. Ah, bueno. Déjamelo a mí. Yo hablaré con ese...
Nazario se apartó para dejar paso a la abuela. Cuando la niña Rosa Silva vio a la abuela dirigirse hacia el hombre de la finca, se levantó vivamente y la siguió de lejos. La abuela franqueó la puerta posterior sin mirar a la finca y entró en las piezas por desalojar. Acariña estaba ahora con el niño despierto en un brazo delante del fogón, remegiendo con una espumadera algo que hervía y humeaba delante de ella. La abuela entró en la segunda pieza sin que la joven se volviera. La abuela se inclinó para palpar la baja y ancha cama, que era un simple bastidor sobre patas de madera. Luego pasó la vista en derredor y cuando preguntó a Acariña dónde estaba su padre, la niña tardó en responder, pero sin volverse ni dejar de mover monótonamente la espumadera:
—Por ahí anda. Búsquelo.
La abuela emitió un bufido y salió a la finca y pasó la vista sin impresionarse sobre la muela de afilar y buscó, con el mentón levantado, al hombre que buscaba con los ojos. Pero nada había a la vista, ni allí ni más allá, en las huertas de los chinos. El sol caía a chorro continuo, y las hojas se desmayaban, produciendo sólo parches de sombras breves y completamente inmóviles. La abuela marchó a pequeños saltos a lo largo del camino de trillo que atravesaba la finca, pasando junto a las hortalizas. Al extremo de éstas se detuvo. Entonces se arrodilló y comenzó a arrancar nabos tiernos. Cuando se levantó de nuevo, y alzó la vista, tropezó de súbito con Claudio Canadio, que la había estado observando desde una pequeña repisa del terreno. La abuela comenzó a mover su pequeña mandíbula, que parecía funcionar independientemente del pergamino que era su piel, sin articular aún en sonidos inteligibles las palabras. Los dos caían parcialmente bajo la sombra y sus caras parecían moteadas por alguna enfermedad tenebrosa. La abuela dio un paso hacia atrás, apretando nerviosamente el manojo de nabos en la mano. En el brazo izquierdo el hombre traía un gallo canelo, recogido en el hueco que su amo le hacía contra el cuerpo, como un animal aterido. La abuela vio que el gallo tenía el cuello pustuloso, y uno de los ojos faltaba por completo, mientras el otro estaba blanco como una gota de pus. Intencionalmente, Claudio Canadio adelantó brevemente el animal hacia la abuela, y abrió una sonrisa fría y pegada —una breve y mera separación de labios, unos labios delgados en los extremos, pero gruesos, casi tumefactos, en el centro—. Ana Maimy tuvo primero conciencia del gallo desojado, luego de los ojos hundidos y los grandes pómulos, y finalmente los labios coagulados del hombre. Canadio dijo:
—Aquí como usted lo ve —acercó más el gallo a la abuela, puso sus ojos frente a los de ella— entoavía va a echar su peleíta. Lo tengo reservado pa la valla chica.
La abuela retrocedió olvidándose de momento de lo que pensaba decirle. Antes de que se recobrara, Canadio rompió a andar lentamente hacia el tinglado que había contra la cerca. La abuela lo siguió a pequeños saltos. Antes de llegar, lo alcanzó, lo cogió nerviosamente por el brazo, y le dijo, en palabras que no parecían salir de ella:
—¿En qué valla lo va a pelear? —Y añadió con una voz casi conciliadora—: Yo también soy aficionada a los gallos...
Canadio no miró hacia atrás. Siguió hacia el tinglado. Se sentó sobre un tronco y comenzó a alimentar al gallo. Este dio en picar, lenta y mecánicamente, como un gallo de cuerda, la comida preparada en el recipiente de madera. La abuela se paró delante. Parecía haber cobrado aplomo. Canadio dejó al gallo en el suelo y siguió a paso lento a través de la finca. La abuela marchó a su lado, hablándole, menudeando sus pasos, en zigzag, hablándole, conciliándosele, pero sin mencionarle la mudada. Al cabo de media hora, se volvieron a encontrar frente al tinglado, y Canadio recogió del suelo al animal ciego:
—Ea, compadre, ánimo. Que esta noche hay que portarse como gallo fino. —Y volviéndose a la abuela, con una sonrisa aviesa—: Esta noche es la fiesta de los chinos. Les he preparado una valla.
Dio la vuelta y atravesó a grandes pasos el espacio que lo separaba de la casa. Cuando salió de nuevo de ella, la abuela estaba todavía frente al tinglado, mientras que la niña Rosa se había atrincherado entre unas hojas de plátanos, y miraba, anhelante, hacia la anciana. Canadio pasó ahora entre ellas, con paso resuelto, sin mirarlas, y cuando la abuela dio unos pasos para detenerlo —para decirle lo que había pensado, lo que todavía no había hallado cómo decirle—, él giró rápidamente, descolgó el machete que había dejado en el tinglado y se lo prendió del cinto. Al hacerlo, describió un brillante floreo con la hoja en el aire. La hoja había sido pulida; la abuela la siguió con la vista, según, al andar, le daba al hombre, rítmicamente, contra la pierna. En un instante, Canadio había saltado la cerca posterior, con la agilidad de un gato, por donde las ramas eran más densas. La abuela lo vio luego cruzar las huertas hacia las casas de los chinos.
La abuela volvió a pasar frente a la pieza donde la muchacha oscura cocinaba con el niño en brazos. El niño miraba ahora por encima de su hombro, con ojos redondos y fijos. Miró a la abuela. Esta continuó, entrando desde la calle en su propia parte de la casa con aire triunfante.
—Ustedes déjenmelo a mí —dijo la abuela—. Yo sé lo que tengo que hacer.
Nazario se iluminó. Ana Maimy cruzó, erguida, la primera pieza, con pasos cortos y netos, y en la pieza segunda comenzó a reír, sola, nerviosamente. Nazario había salido al portal. Silvia Silva se contagió con aquella risa, que repitió como un eco. La abuela acababa de sacar de una gran caja de cartón agujereado un perrito negro y mudo. Lo puso en el suelo, y el animal se quedó aplanado, con la quijada contra la losa, y una piltrafa de lengua roja asomando de entre los mechones. La abuela salió apresuradamente, subió a la calzada y corrió gritando, detrás de un mantecadero. Este no oía, y Ana Maimy lo cogió por un brazo, sacudiéndolo. Cuando regresó, con dos barquillos de mantecado, Nazario había desaparecido, y la niña estaba acuclillada detrás de la cerca. La abuela puso el perro en sus rodillas y le fue vertiendo gotas de mantecado en la boca, mientras Silvia Silva, todavía inmóvil en el sillón de niño, lengüeteaba el otro barquillo. Silvia Silva no se movió. Cuando hubo terminado, se chupó los dedos y siguió abanicándose con el abanico de cartón que tenía estampada una mujer desnuda. Cuando hubo sorbido su mantecado, el perro se tiró al suelo y comenzó a dar pequeños saltos, sacudiendo las lanas. La abuela volvió a reír con aquella risa nerviosa. Silvia la imitó, en series, débilmente. Ana Maimy recogió entonces su cartera y cruzó la calle hacia las casas de enfrente, y una hora después reapareció, seguida de una muchachita con una cantina de esmalte en la mano. La muchacha se detuvo a la puerta. La abuela entró con la cantina, la vació en la segunda pieza y volvió a reaparecer con ella y se la entregó a la muchachita, y ésta se volvió hacia la calle. Cuando atravesó el portal, Nazario estaba sentado en el muro, y la siguió con la vista, a través de la calle, sus ojos oscilando con los movimientos de la muchacha. Era una niña oscura, de la misma edad y tipo que Acariña, salvo que más viva y cimbreante. Nazario la persiguió con la vista hasta que se hubo perdido detrás de las matas, más allá de la primera fila de casas. Entonces se volvió y sentó a comer de lo que la abuela repartía sobre la mesa. La niña Rosa sorbió su parte y se quedó mirando con los ojos abiertos a los otros hasta que los platos estuvieron limpios. Poco después reapareció la niña de la cantina con una cesta; recogió los platos, y cuando iba a salir de nuevo, Silvia le preguntó:
—¿Cómo te llamas?
—Ondina Gómez.
—¿Quién cocina en tu casa?
—Papá cocina. Mamá se ha muerto la semana pasada.
—¿No tienes hermanos?
—Tengo tres. Todos menores.
La niña volvió a pasar junto a Nazario, que estaba de nuevo en el muro. Él le sonrió y la niña le devolvió la sonrisa. Luego cruzó cimbreándose. Al otro lado, bajo las matas, se detuvo y miró hacia atrás y volvió a sonreír. Nazario saltó a la calle y dio unos pasos en aquella dirección, pero en ese momento notó que Canadio venía calle arriba. Canadio llegó hasta mitad de la cuadra; entonces dobló en la misma dirección que llevaba Ondina. Ondina lo vio también y desapareció corriendo.
Acariña Canadio estaba ahora sentada en la solera de la puerta posterior. El niño descansaba boca arriba, con la boquita abierta, sofocado y callado a la sombra. El sol había declinado, y los frutales alargaban sus sombras sobre la tierra tejida de hierbas. La niña madre levantó sus gruesos pómulos y miró al hombrecito blanco que se había parado delante de ella.
—¿Varón o hembra? —preguntó Nazario, mirando al niño.
Ella tenía la bata desabrochada; los bordes le cubrían los pezones, disparados a los lados, dejando libre un canal de piel tersa y limpia. Contestó con voz gruesa y cargada:
—Es niña —sin dejar de mirar al hombre, con una expresión abierta, de obsesión fría y criminal. Tal vez religiosa. Al cabo de un rato todavía Nazario estaba allí mirándola. Ella dijo—: ¿No va usted a la fiesta?
Desde mediodía los chinos, al otro lado del bajío, habían comenzado a disparar cohetes, a intervalos cada vez más breves, y con estallidos altos y breves como castañeteos. Al sol, subían dejando un largo hilo de humo tras sí. Luego, al declinar la tarde, empezaron a soltar pequeñas cometas de papel con lengüetas doradas que brillaban y se juntaban contra un cielo casi blanco, casi transparente. Desde donde estaban Nazario y Acariña se veían hormigueando los festejantes en el terreno de entre las casas, moviendo los cordeles. Las cometas ascendían casi verticalmente, como suspendidas por algún gas, pero al ir bajando el sol se levantó una brisa más viva, y las cometas, provistas de pitos, comenzaron a combatir con la música.
—¿Usted va? —preguntó Nazario.
Acariña emitió un gruñido negativo y bajó la vista. Nazario se inclinó sobre ella:
—Si usted va también, y me enseña cómo es eso... —Habló en un tono falso e insinuante—. Yo nunca he estado en una fiesta china.
Acariña alzó súbitamente la cabeza, viendo, con un ojo, venir a Canadio a través del pasto. El hombre traía ahora una vaca esquelética amarrada por el cuello. El animal era negro, y de lejos semejaba más bien una cabra. Canadio la amarró a un tronco junto a la cerca. La vaca se quedó con el testuz levantado, inmóvil, como una res de pago. Acariña veía, con el otro ojo, el cuerno mocho de la vaca. Nazario estaba todavía inclinado sobre ella, mirando por el canal de sus senos, cuando Canadio se detuvo tras él.
—¿Pasa algo por aquí? —preguntó Canadio. Su voz sonó áspera y cortante.
Nazario se enderezó de súbito; se hizo a un lado y se quedó temblando, mirando al otro con ojos espantados. Hizo un esfuerzo por dominar el miedo. Canadio giró y fue a colgar el machete en el gancho del tinglado. Se lo desprendió con un floreo, y al volverse de lado, vio que Nazario lo había seguido con una expresión anhelante. Canadio se quedó un instante con el machete en suspenso y miró de nuevo al vientre blanco del otro. Este se puso instintivamente la mano sobre el ombligo.
—La abuela... Ella habló con usted. Nosotros no quisiéramos realmente perjudicarlo, si no fuera porque...
Canadio estaba ahora de pie sobre una baja plataforma frente al tinglado y podía ver por encima de la cabeza del otro. No contestó a sus palabras. Miró por encima de él, a un punto donde los sandiegos formaban un duro cuajo de pompones. Rosa y Silvia Silva se habían detenido allí, y se inclinaban sobre las flores. La niña advirtió entonces la presencia de Canadio allá abajo y corrió a guarecerse detrás del flamboyán. A continuación Canadio desapareció de su vista y la niña se sentó al pie del árbol, desmenuzando, con los pies, las hojas carnosas y sucias que alfombraban el suelo. Nazario no había advertido aún la presencia de las hermanas Silva. Canadio descolgó de nuevo el machete y se lo puso al cinto, dio la vuelta a la espesura del jardín y reapareció junto a la mujer encinta, todavía inclinada sobre las flores. Fue entonces cuando Nazario lo vio de nuevo, y marchó hacia ellos por la misma vereda. Cuando llegó, Canadio estaba hablando con Silvia Silva, parado muy cerca de ella, mirándole, ora al vientre, ora a los ojos. El machete le pendía desde la cadera, haciendo un leve movimiento pendular, según el hombre cargaba su peso, ora de un lado, ora del otro. Al acercarse Nazario, Canadio cortó la conversación, como si en ella hubiera algún secreto, y miró al hombrecillo con los ojos atravesados. Esta vez sus ojos demoraron en la frente de Nazario, y éste se llevó la mano a aquella parte. Seguidamente, Canadio dio unos pasos en sesgo hacia el flamboyán, y Rosa Silva huyó a saltos. Canadio se inclinó entonces sobre el brocal del pozo, casi oculto entre las zarzas, y levantó la tapa. Por unos minutos se inmovilizó allí, mirando a su fondo. Nazario lo observó de lejos.
—¿Qué te decía ése? —preguntó a Silvia.
Pero ésta había seguido los movimientos y las expresiones de los dos hombres, y su rostro estaba verde. Echó la cabeza hacia atrás, con la boca entreabierta, y, con las manos sobre el vientre, comenzó a moverse, anadeando, hacia la casa. Nazario marchó tras ella, a pequeños saltos. A medio camino, volvió la vista y vio venir a Rosa Silva, corriendo, a través del campo, más allá del pozo y en la dirección de éste. Con un súbito presentimiento, Nazario se volvió y empezó a correr hacia ella, haciéndole señas de que se apartara de aquel camino, gritando. Por unos segundos la niña desapareció. Cuando Nazario llegó al pozo estaba tendida sobre las hojas viscosas del flamboyán. Luego ella se levantó y siguió corriendo. Nazario se acercó al pozo y miró al fondo. El agua, quieta, le mostró allá abajo su frente abultada.
Más allá, sobre el poniente, empezaba ahora la fuerza de los combates y de las músicas. En esa hora también jirones de brisa arrancados del mar avanzaron en segmentos y fugas por entre las palmas desmelenadas, fijas en las pequeñas lomas verdes y ocres, de sombras largas, de cabezas de araña milenaria, y los pitos chinos y las cuchillas y hojas mayores entraron en una terrífica batalla de alaridos y destellos. Luego, casi repentinamente, sin dejar más tiempo que el preciso para que los vecinos llegados de todo el campo en derredor —de las pequeñas, decayentes, escondidas e innumerables casas pequeñas— pudieran ver la fiesta de lengüetas y destellos dorados y plateados contra el cielo azul y blanco, cerró el crepúsculo, y contra el cielo azul y negro se encendieron los innumerables farolitos chinos. Entonces, a la música y el color y las cuchillas se unieron las luces en batalla de fiesta. Acariña había acostado al niño en la cama ancha y cerrado la puerta de la segunda pieza y la exterior de la última, y estaba entre los vecinos de las lomas, presenciando la guerra multitudinaria y alta, y acaso simbólica, de las cometas chinas. Desde el otro lado del tabique Nazario la sintió andar con movimientos apagados, y luego cerrar las puertas, y se explicó por qué durante toda la tarde había tenido al niño despierto en los brazos, dándole ligeras sacudidas cuando cerraba los ojos.
—La pobre. La pobre —dijo Ana Maimy.
La abuela llevaba dos horas hablando en torno a Silvia Silva y a Nazario Niel. Silvia se había echado en la cama, bajo su propio vientre, y miraba fijamente al techo, hipando débilmente. Nazario se puso de codos en la pequeña ventana de la izquierda, y miraba fijamente a la finca vecina —aquella finca de donde a veces, a intervalos de varios días, se sentían partir aquellos gritos agudos de la niña entenada que Canadio y Acariña conocían e interpretaban y que no despertaba en ellos tal vez sino la verificación fría y mecánica de que el hecho seguía teniendo lugar—. Ningún sonido ahora por aquella parte: sólo el lejano y fantástico y alto fragor y alarido de la batalla de papalotes y farolitos y cuchillas chinos en el cielo. Atraído por aquella música, o tal vez por alguna idea secreta, Nazario Niel había dado unos pasos calle arriba, para doblar luego por una de las veredas de las lomas, pero la abuela corrió tras él atajándolo y trayéndolo de nuevo junto al lecho de la parturienta. Así que ahora se acodaba allí mirando al campo, mientras la abuela repetía como accidentalmente, moviéndose por el cuarto:
—Me dan pena. Los pobres. Me dan pena.
Silvia Silva seguía mirando al techo, un techo pelado de tablas con manchas de goteras. Al cierre de la noche, cuando al otro lado se encendieron los farolitos, Rosa Silva asomó a la puerta, miró a su hermana tendida, con las manos sobre el vientre. Luego vio a su cuñado queriéndose escapar y a la abuela atajándolo. Después vio el cielo lleno de luces y músicas y corrió, con la gente que pasaba, con otras niñas, en dirección a la fiesta. La abuela la olvidó. Ella la había criado desde los dos años, pero después de los cincuenta, Ana Maimy pensó que había criado bastantes hijos y que la vida tenía otras cosas y volvió a pensar —o acaso pensó por primera vez— en los artistas de cine y de radio y sentirlos sus amigos. La niña se crió por fuera, en la casita alquilada en las afueras, y la abuela no pensaba en ella. Cuando volvía a casa, Rosa Silva no decía dónde había estado, pero la abuela pensaba siempre que no le pasaría nada, porque este pensamiento la dejaba libre de vivir con sus artistas. Ahora la olvidó también y Nazario seguía mirando por la ventana, queriendo ver a su mujer tendida en la casa y sin oír siquiera sus gemidos ahogados. La abuela dio vuelta al chucho de la luz, pero el bombillo había sido quitado. El cuarto estaba ahora en completa oscuridad. Una oscuridad verde y algo transparente, sin embargo. A esa luz miró ella a la paciente, y de pronto, como si antes no se hubiera dado cuenta, se echó al portal y dio la vuelta a la casa, y llamó a la puerta posterior. Llamó nerviosamente, con el puño cerrado. Luego empujó la puerta y entró, a tientas, en la primera pieza, la que hacía de cocina, y la pasó, a tientas. Después de acostumbrar los ojos a la oscuridad, percibió la forma ancha y baja de la cama con el burujoncito en medio. La abuela palpó el marco de la puerta y dio vuelta también a este chucho, con el mismo resultado. No tenía bombillo. Entonces se inclinó sobre la cama y de cerca vio que el burujón era el niño mismo, que estaba allí, quieto, callado, sin respiración perceptible, como un niño muerto, en una casa abandonada. Ana Maimy retrocedió estremeciéndose y atravesó corriendo la otra pieza. Al salir al traspatio vio la figura de un hombre, borrosa y callada contra el tinglado. La abuela captó rápidamente su silueta: el codo contra el parral, la mano contra la oreja, la pierna derecha formando el signo cuatro contra la otra. Ana Maimy rompió a correr. Cuando volvió a entrar desde el portal, Nazario había encendido una vela, y la niña de la cantina estaba allí, mirando a la parturienta. Quizá fuese ella la que había traído la vela.
—Mi mamá era partera —dijo Ondina Gómez—. Si usted quiere, yo puedo ayudarla.
La abuela contempló la figura. Era ya una mujer, sin duda. Vestía una bata delgada y raída, sin color, tirada sobre el cuerpo, que le marcaba como un calco sus formas prematuramente atrevidas. Nazario se había quedado en la sombra mirando a la niña.
—¿No hay alguna mujer en el barrio? ¿Alguna que sepa de esto? —La abuela miró a la niña. Silvia gemía ahora más alto.
—No hay ninguna a esta hora —dijo Ondina—. Yo soy la única.
La abuela cruzó la calle. La niña se volvió para verla salir con aquellos saltos breves y nerviosos de ave herida. La vio llegar a la puerta de enfrente, llamar, sin que nadie respondiera, y seguir luego a la otra. Después la niña se volvió hacia la parturienta y le levantó la ropa y le palpó el vientre. Luego le hizo doblar las piernas y le separó los muslos empujando con todas sus fuerzas. Nazario no se movió. La niña cogió entonces la cantina y atravesó la calle. Regresó a los pocos minutos con una tijera y una olla pequeña de agua y un reverbero. Puso esto en el suelo, encendió el reverbero y puso encima la olla de aluminio. Colocó las tijeras sobre la cama, junto a la parturienta, y volvió a doblarle las piernas y a separarle los muslos, oprimiéndole el vientre. Mientras hacía esto, Nazario la miraba, por detrás, desde la sombra. La niña se inclinó más y recogió del suelo una caja de cartón, y de ella sacó unas gasas. Nazario dio entonces un paso hacia la niña, pero sus ojos tropezaron con la mujer de la cama, y retrocedió. Un minuto después llegaba, sofocada, la abuela Ana Maimy.
—No se ocupe —le dijo Ondina Gómez—. Todo saldrá bien.
La voz era firme y clara. Sus movimientos eran diestros y seguros. Nazario se escurrió por detrás de la abuela y salió al portal. Una vez allí, como si acabara de libertarse, saltó por el bajo muro de al lado y se vio en el campo libre. Se estremeció, caminó un tramo y volvió a detenerse sobre una plataforma de terreno, dominando la casa. A través de la ventana iluminada veía ahora pasar las siluetas de la abuela y de la niña partera, pero no oía los gemidos de la parturienta. Desde allí también se dominaba el terreno de los chinos. Todavía quedaban en el aire farolitos iluminados, pero ya no sonaban sus pitos, o su sonido no era bastante alto, porque la brisa había pasado, y sólo quedaban ahora aquellas luces sueltas en el cielo como estrellas más bajas o más grandes. Nazario dejó de mirar a la ventana. Una brisa caliente trepaba por él como una enredadera, unos dedos de planta, con dedos suaves y viscosos. Desde allí se veía también el traspatio. De pronto, Nazario saltó la cerca, pasó el flamboyán y se detuvo frente a la puerta posterior. La abuela la había dejado abierta y Nazario atisbó hacia dentro. Se quedó escuchando un instante. Luego oyó los gritos. Los mismos gemidos, convertidos en gritos agudos y luego desvanecientes. Giró sobre sus talones, y al quedar cara al tinglado tropezó con la misma silueta que había visto la abuela, pero no parada. Vio que el hombre surgía de detrás del tinglado, con un gran bulto al hombro, que arrojaba al suelo detrás de la fosa maura. Después lo vio venir hacia él, avanzando, como una sombra de pantalla. Nazario había sentido sus pasos sobre las hojas secas, y rompió a correr a través de la finca. Al pasar junto al flamboyán resbaló y cayó de bruces y luego se fue resbalando sobre el estómago, la cabeza y las piernas arqueados hacia atrás, como un atleta en zambullida, hasta tropezar con el tronco. Entonces se quedó tendido, aturdido por unos segundos, y cuando estuvo nuevamente de pie, antes de reemprender la carrera, notó que estaba solo, que la sombra no lo había seguido. Recobrado, dobló a la derecha, y pasó la cerca, y reapareció en el portal. Allí se detuvo y escuchó. Los gemidos habían bajado de nuevo, volviendo a sonar como al principio: amortiguados, débiles, contenidos. Nazario estaba sobre el muro, bajo el alero, a la sombra. Desde allí vio salir a Ondina Gómez, con el brazado de pertrechos, y cruzar la calle. Cuando ella hubo ganado la margen opuesta, Nazario la siguió, y cuando la hubo alcanzado, pasada la primera fila de casas, ahora apagadas, en silencio, en el breve descampado entre las hierbas altas, en la vereda, ella se volvió sin sorpresa.
—Oiga —le dijo Nazario—. ¡Oiga! —con voz sofocada.
La muchacha se paró. Esperó, sin moverse, a tenerlo muy cerca. Nazario le habló casi sobre la boca.
—Espere un momento. —Se quedó mirándola, a aquella luz difusa, no más que estelar. Una lenta y tenue oleada de aire los envolvía.
—¿Ya la ha visto a ella? —preguntó Ondina.
—No —dijo Nazario—. Todavía no. Se refiere a...
—Está bien. Lo que yo les decía. Sé hacer eso como cualquiera. —¿Quiere decir que...?
—Sí. Todo salió bien. Una niña.
Ondina hablaba con una voz gruesa, serena y bravia a la vez. Nazario se inclinó más hacia ella, la abrazó. La muchacha dejó caer los objetos, se dejó caer a sí misma. Los dos rodaron entre la hierba. El hombre la sintió deslizarse, primero hacia abajo, luego bajo sí, como un pez apresado, sin dirección. Un deslizamiento bravo, y a la vez de entrega —bajo sí, entre sus brazos y piernas, como una ola sólida y viva—. Luego los dos se levantaron, se miraron a aquella luz, los dos sofocados, con las bocas muy juntas. Ondina se inclinó a recoger los objetos.
—¿Dónde vives? —preguntó Nazario.
Ondina había empezado a andar a lo largo de la vereda. No contestó por el momento.
—¿Dónde se te puede ver? —añadió Nazario.
—Vivo ahí —dijo la muchacha—. Ahí, en esa casa. —Nazario vio una pequeña choza de tablas, un plumero de matas—. Pero no puedes entrar. No estoy sola.
Nazario se detuvo. La vio avanzar hasta la choza, luego inclinarse para entrar, como en un túnel bajo, y desaparecer. Cuando él hubo vuelto a lo alto de la loma, los farolitos estaban aún en el aire. Nazario apretó el paso, agitado. A la vista de la casa —recogida entre las matas, con su ojo tenue de luz por el lado de la cara— vaciló. Dio unos pasos con intención de bajar, pero algo se le figuró allá, como a cien metros, que lo contuvo. Era una forma oscura e inmóvil que reconoció al instante. Entonces siguió bordeando la falda de la loma, contra la brisa, corriendo, alisándose el pelo con las manos. Después de cada breve carrera, se detenía un instante. La forma oscura había cruzado el campo. Dos veces seguidas la vio Nazario a la misma distancia. Luego dejó de verla, y a la quinta pausa, se le volvió a aparecer, ahora más cerca. Instintivamente, Nazario había corrido en dirección a la fiesta, en busca de gente, quizá esperando encontrar a alguien que viniera de vuelta en el camino. Pero no venía nadie. Debían de ser pasadas las doce, tal vez las cuatro. Los farolitos eran aparentemente ahora todavía más numerosos y una mayor fuerza en la brisa había vuelto a encender las músicas. Faltaba por lo menos un kilómetro para llegar al lugar donde se había agolpado la gente. Había que atravesar un pedazo de monte. Bajando un poco, podía cortar por la huerta, pasando al borde de su propia finca. Se resolvió por este camino. Cerrando casi los ojos, contrayéndose, emprendió, en embestida, una carrera loca. Debía de faltar ya poco para llegar a la huerta cuando el pie izquierdo se le enredó en un bejuco. ¿O eran unos alambres? Hizo un esfuerzo violento, trató de arrancar la pierna de donde estaba presa. Se volvió boca arriba, haciendo girar el pie dentro de aquella trampa. Lo sintió girar bajo la tenaza dura que lo oprimía por el tobillo. Tiró de nuevo. Tiró una, dos, tres veces antes de alzar la vista, con los ojos cerrados, ayudando con ellos a la contracción de todo el cuerpo. Entonces los abrió en una acción mecánica, al tiempo que la boca, para tomar aliento, para ver la sombra, ya perfectamente neta, recortada, reconocible, fija, silenciosa e implacable, sobre él.
Pero todo esto pasó en silencio, y al margen de la fiesta china. La luz del lunes sorprendió todavía algunos farolitos encendidos que ella apagó, pero toda la zona del campo estaba callada y las casas, con puertas y ventanas abiertas a la brisa, parecían abandonadas. Aquella luz primera rompió de golpe, como de golpe se había cerrado el día anterior, y descubrió a la abuela Ana Maimy viniendo camino abajo, a pequeños saltos. Antes de entrar en la casa dio la vuelta por la finca y atisbó por la puerta posterior. Dentro, en la cama, estaba Acariña, dormida, con su niño dormido. La abuela salió de nuevo, subió a la parte más alta del terreno, y gritó con todas sus fuerzas.
—¡Nazario! ¡Nazario!
Nadie contestó. La abuela se quedó escuchando un instante. Luego sus ojos descubrieron, allá abajo, en la fosa maura, en una especie de humo cristalino, como una simple zona de aire más denso —pero un aire, o vapor, que se limitaba a un espacio como una llama de cristal—. Algo ardía allí sin llama y sin humo. Nadie había en la finca. La abuela volvió sobre sus pasos, entró en el cuarto de Canadio y sacudió nerviosamente a la muchacha.
—¡Oiga! ¡Despierte! ¡Despierte!
Pero antes de que la muchacha acabara de incorporarse, la abuela había vuelto a salir, sin esperar respuesta, y de nuevo recorrió la finca, gritando por Nazario, pero sin acercarse a la zona de la llama de cristal, del fuego sin humo y sin llama. Luego, de regreso, saltó al camino al tiempo que Claudio Canadio descendía por él a caballo. La abuela se paró, amenazadora, delante del caballo. Canadio se doblegó sobre el arzón. La abuela abrió la boca para hablar, tal vez para gritar, pero antes de hacerlo giró de nuevo y se precipitó calle abajo. Canadio espoleó ligeramente el caballo y se detuvo frente a la casa. Por la ventana abierta vio ahora a la abuela afanada en torno a la cama, sobre la que había un cuerpo tendido, y a la muchachita Rosa, fija contra el tabique. Canadio vio cómo la abuela sostenía en los brazos un burujón de niño, y oyó un débil vagido del mismo, pero no vio su cara. Entonces acercó más el caballo, y con la cara sobre el borde inferior, miró hacia dentro: a la abuela de espaldas meciendo al niño en el brazo, a la niña de frente, como un relieve contra el tabique, a la figura rígida, lívida, de Silvia Silva, también como un relieve acostado y sin vida. Canadio permaneció así como obsesionado, inclinado sobre el arzón, mirando hacia dentro. Estaba aún así cuando la forma blanca y espectral —al sol blanco y espectral— de la ambulancia, que llegaba tarde, asomó, balanceándose sobre el empedrado, sin campanilla, sin ruido de motor, como planeando, en lo alto del camino.