Rafaela, llamada Felá, Adelfa y Extrañarrosa, tenía catorce años cuando sufrió el primer lance o percance amoroso con un pequeño menor que ella. Vivía entonces en un bajareque de madera al otro lado de la Calzada y cerca del paradero donde la maderera tenía los dos pisos de una vieja casa de ladrillos y cantería. En la planta baja estaba la oficina de ventas y en la alta la de contabilidad, que tenía una sucursal en la baja. Ambas oficinas tenían ventanas que daban a la parte de atrás y por ellas los que allí trabajaban podían ver lo que pasaba en la casa de Felá y sus alrededores. Arriba había un pequeño tenedor de libros emigrante llamado Juan Toolo. En la oficina de abajo había otro tenedor de libros. Ambos veían a Rafaela todos los días por sus ventanas.
(Yo siento tener que contar esta historia. Es algo que no debiera decirse. Por eso pido perdón. Uno no debiera enterarse de esas cosas, pero, cuando se entera, tiene que contarlas. ¡Son demasiado terribles para callarlas!)
Aquel lance amoroso con el niño en los matorrales o en la casa cuando estaban ausentes los viejos pudiera parecer juego. Ella misma trató de convencerse de que lo había soñado o que había ocurrido una noche muy calurosa mientras ella dormía. En la casa vivían los viejos —el padre, Mauro Rubio; la madre, Claudia Mieres; la hermana mediana, Dulce Elena, y el hermano menor, Severino—. Mauro era matarife, trabajaba en el matadero. Claudia era costurera y trabajaba a destajo en casa o a domicilio. La casa tenía espacio bastante, pero apenas había muebles, y Felá, Dulce Elena y Severino andaban siempre tirados por el suelo. Desde sus ventanas, los tenedores de libros los veían así mientras Felá iba creciendo y se hacía persona. Crecía fina, cimbreante, olivácea y desenvuelta, y los tenedores de libros, que no tenían familia, la ojeaban codiciosamente desde sus ventanas.
No mucho después del primer lance con el menor, sufrió Felá Rubio otro mucho más grave. Hay que saber que por entonces todo por detrás del paradero estaba despoblado, y que los caminos o veredas de la maleza estaban plagados de peligros. Las gentes que pasaban por ellos lo hacían para atajar y no reparaban en nada. Pero Felá iba creciendo allí, y conocía a la gente, y no se asustaba fácilmente. A veces, cuando había luna, se quedaba por los matorrales una hora después del anochecer, y escuchaba a los grillos, y hablaba con las plantas, y miraba a la luna. Encima llevaba solamente un vestido de percal floreado, y un pañolón punzó liado a la cabeza. Luego regresaba cantando o chiflando como un muchacho a comer la comida que Claudia le dejaba en la mesita junto al anafe cuando ya todos los demás habían comido, salvo Mauro, que solía llegar tarde. Mauro se juntaba en el paradero con otros hombres del matadero; todos andaban en camiseta y chamarreta y con cuchillos a la cintura.
Felá había tenido que defenderse ya varias veces de otros muchachos de por allí, de la Calzada, que acechaban y rastreaban por entre las matas. Sabía hacerlo. Cuando se alejaba del bajareque por el monte, llevaba siempre una rama erizada de nudos y espinas para darles con ella en las manos, los brazos, las piernas y el bajovientre si se le tiraban encima. Más de uno volvía a su casa con cardenales de aquella rama, pero no decían nunca la verdad sobre cómo había sido. Tampoco Felá decía nada, pero cuando los veía luego de día, los miraba con burla en sus ojos verdinegros y reía orgullosamente por dentro y ellos bajaban la vista y agachaban la cabeza. Esos eran juegos de muchachos. Los mayores no tenían por qué enterarse.
Pero lo que entonces sucedió no fue ningún juego. Felá venía justamente al anochecer por entre las matas y chiflando y haciendo molinetes con la rama espinosa en el aire. Había ido al Caserío, como a medio kilómetro de distancia, a llevar un vestido que Claudia había hecho para una marchanta. Había ido por la Calzada y venía por el atajo, descuidada, pensando que ya los rastreadores estarían escarmentados, cuando súbitamente un hombre le brincó encima. Era un hombre, no un muchacho. Llevaba la boca y la nariz tapadas con un pañuelo colorado y un sombrero pequeño de guano que le cubría la frente. El hombre le echó por detrás un brazo al cuello y con la otra mano le presentó un cuchillo que descendía verticalmente por delante de su cara, apuntando al seno. El hombre le dijo con una voz disimulada:
—¡Tú no grites! ¡Tú no grites y nada te va a pasar! ¡Tú déjate y no grites! ¡Tú no tengas miedo!
Ése fue el percance. Felá regresó a casa temblando. Claudia estaba tomando la brisa en el portalillo. Dulce Elena estaba acostada, y Severino andaba aún jugando por la Calzada. El viejo no había regresado. Felá entró por detrás, se dio una larga ducha en la caseta que, con un latón de luz brillante encima, había improvisado Mauro Rubio en el traspatio. Luego se sentó en el reborde de la casa por la parte de atrás y permaneció así, quieta, sujetando los nervios, hasta que vino el sueño y la echó para la cama, junto a su hermana. No sintió entrar a Mauro, ni a Severino, ni a Claudia. Posiblemente habría soñado. Esa noche su sueño fue muy alterado. Había en ella dos fuerzas: una tiraba de ella hacia abajo, y era el sueño; otra tiraba de ella hacia arriba, y era el miedo. Sin duda esa noche tuvo pesadillas, pero al otro día no recordaba ninguna. Se fue a la caseta, a darse otra ducha, y a examinarse, temiendo que estuviera herida o lacerada también por fuera, pero no advirtió ninguna marca. Esto la tranquilizó, y no dejó de asombrarse de que todo hubiera pasado sin dejar marcas y de que pudiera tomar el desayuno y comportarse como si nada hubiera sucedido. Imaginativa como era, esta realidad no le parecía tan fiera.
Otros accidentes ocurrieron por entonces en la joven vida de Felá Rubio, pero fueron mucho menores, y ella pensó que, de todos modos, estaba perdida, y que más nunca sería buena, y que lo que hacía lo hacía por castigarse, porque era mala. Pero ocurría solamente en su alma, pues los mayores no debían enterarse. Por algunas semanas, y aun meses, siguió portándose normalmente, aunque había en ella una seriedad inusitada que llevaba como una máscara. Seguía haciendo mandados —llevando y trayendo costura— y aun regresando de noche por los matorrales. La primera vez después del grave percance lo hizo armada de un cuchillo, para demostrarse a sí misma que no tenía miedo. Luego continuó haciéndolo desarmada. Ya Felá Rubio era una mujer alta.
¿Cómo fue que precisamente por aquella fecha se decidió Toolo —Juan Toolo— a pretenderla? No lo sé. Juan Toolo, que era el tenedor de libros del piso de arriba en la maderera, no dejó esa constancia. Por espacio de más de un año había estado mirando a Felá desde su ventana, dando vueltas, de lejos, a su bajareque, pasando junto a ella en la Calzada, acercándosele algo en la bodega y aun diciéndole algo abstracto de pasada, pero más nada. Felá sabía que aquel coloradito de grandes ojos de miel y mirada medrosa la admiraba, pero antes le pareció ridículo y ahora le parecía imposible. Felá se dijo que nunca más podría responder a un amor serio, y el de Toolo tenía que ser eso o no era nada. Pensó también que jamás Toolo se decidiría a decirle nada. Y, de pronto, el joven se armó de valor y una tarde la esperó, cuando venía del Caserío, y la acompañó hasta el bajareque. Claudia vio a aquel joven serio con buenos ojos, y lo invitó a café, y le dijo que aquélla era su casa. Toolo volvió el día siguiente, y el otro... Una noche se encontró también con Mauro Rubio, y también el viejo lo recibió con amabilidad, aunque siempre en su lugar, como hombre duro y de cuchillo en la cintura. Mauro era seco, cetrino, y sus ojos eran como balas. Eran los ojos dulces, húmedos y verdosos de Claudia los que Felá había heredado.
Que Felá le hubiese contado su perdición a Juan Toolo es ya bien extraño. El joven inmigrante quedó literalmente rendido a sus pies. En las primeras semanas, iba a verla todas las tardes, al salir del trabajo, y si ella no estaba en casa, la esperaba conversando con Claudia. A veces Felá no regresaba hasta tarde porque su madre la enviaba a Jesús del Monte y aun tan lejos como El Cerro a llevar y traer costura. A veces también llegaba Mauro antes que ella y también conversaba con Juan y los dos tomaban juntos el café que les hacía Claudia. No tenían mucho que decirse. El mundo de Mauro estaba a mil leguas del de Juan, y el único lazo entre ellos era Felá, pero el matarife se echaba hacia atrás en la mecedora, y encendía una tagarnina, y tiraba del cuchillo sobre el vientre, y eso era como diciendo que Felá tenía un padre de los bravos. Juan a veces se estremecía al mirarlo, pero luego Mauro adoptaba un tono amigable, y cuando Felá llegaba, se levantaba para dejarle la mecedora y se despedía del joven con una palmadita en la espalda. Una noche le dijo:
—No se preocupe mucho si su sueldo no es todavía gran cosa. Usted irá ascendiendo. La maderera es rica, y usted es buen trabajador. Felá es una buena muchacha.
Así lo creyó también Juan Toolo hasta que ella se decidió a contarle su perdición. Al principio, ella se dejó llevar, porque tenía curiosidad, y no sabía si Juan iba realmente de buena fe. Pero cuando se dio cuenta de que el joven la adoraba como a una Virgen, sintió remordimientos de engañarlo y se lo contó todo. Es posible, incluso, que hubiese exagerado, inventándose historias de perdición que no habían sucedido realmente.
—Tú me vas a perdonar —le dijo una noche, en el portalillo—, pero yo no te merezco. Te lo digo con franqueza. Soy mala, y por nada del mundo te engañaría, ni me casaría tampoco contigo.
Aquella noche, Juan Toolo no acertó a decir ni a pensar nada a derechas. ¿Que era mala? ¿Qué quería decir con eso? Ni por un instante pensó que esa maldad fuera lo que era. Creyó que Felá quería decir que era pobre, que apenas sabía leer, que vivía en un bajareque, y que a veces andaba descalza, y que era peleona como un muchacho. ¡Eso! Eso era lo que quería decir: que era peleona, y que a veces llevaba una rama espinosa en la mano para «meterles» a los que se metían con ella. No podía querer decir otra cosa. Lejos de alejarlo, aquellas palabras hicieron que la quisiera más apasionadamente, y desde ese instante decidió apresurar la boda. Incluso empezó a buscar un cuarto donde aposentarse con ella.
—Mi santo —reiteró Felá el día siguiente—, yo no te merezco. Te voy a decir por qué. Cuando lo oigas, vas a odiarme por toda la vida. Y eso es lo que yo quiero: que me odies. Porque, casarme contigo, mi santo, yo no me caso.
Ni aún eso apartó un ápice a Juan Toolo de la idea de que Felá se refería a su carácter, y que en el fondo se estaba humillando para más avivar la pasión de su enamorado. Lo cual era natural, y así sucedió, en efecto, porque la tercera noche se presentó él con el anillo de compromiso y se lo mostró a todo el mundo. Ésa fue la chispa que hizo saltar el polvorín, pues Felá no se contentó con contarle las cosas que le habían sucedido, sino que se denigró todo lo posible, pintándose incluso como mercenaria.
—Lo que te digo es verdad —le dijo al fin—. Puedes preguntarle a Tulita si no me crees. Puedes ir allá, con algún dinero, y decirle que me quieres por unas horas, y verás cómo te atiende. Tulita vive en El Cerro, y aquí tienes su dirección. Ella se dedica a esas cosas.
Juan no fue, desde luego, a ver a Tulita. Quedó alelado y aturdido y apenas pudo dormir las noches siguientes. Felá le había hablado con tal firmeza y tal riqueza de detalles que no podía menos de haber sucedido algo de eso. Si no, ¿por qué había de decírselo? ¿Y por qué se lo decía, de todos modos? Hubiera podido ocultarlo. En verdad, Juan hubiera preferido que se lo ocultara, que lo engañara, que se burlara de él, porque de todos modos no podía dejarla, y esta claridad lo cegaba. Si no fuera porque la adoraba, aun sabiendo que se había manchado tan horriblemente, hubiera soltado el trabajo y se hubiera ido, con los ahorros que tenía, al fin del mundo. Incluso se hubiera suicidado. Pero no, tenía que vivir para ella, por mala que hubiese sido. Su franqueza demostraba su deseo de enmendarse.
Pero Felá le dijo otra noche rudamente:
—Y no te hagas ideas. Soy mala y lo seguiré siendo. Te digo esto a sabiendas de que me odiarás por toda la vida. Pero no te puedo mentir porque tú me amas y porque eres el único que me ha amado. A ti te lo digo todo. Si quieres, te lo repito. Contigo no puedo tener secretos, pero contigo, mi viejo, yo no me caso, porque no te merezco, y porque no te podría amar como tú quieres. Ahora bien, tenemos otro problema. Si tú no te casas conmigo, mi padre te matará. ¡Eso no tiene salida!
Juan Toolo pensó también que aquello no tenía salida y que era peor que un infierno, porque no podía dejarla ni tomarla. Puesto que no podía tomar ninguna decisión, siguió confesándola, y durante más de dos semanas fue a su portalito a escuchar de labios de Felá las horribles cosas que ella tenía que decir de sí misma. A veces eran repeticiones, pero siempre había algún detalle nuevo, real o inventado, que no hacía más que ahondar su tormento. Juan la escuchaba sujetando con la suya su mano izquierda y apretándole el cuello con la derecha. Ella se dejaba apretar y Juan hubiera podido estrangularla sin que ella tratara de defenderse. Hubiera querido hacerlo. O bien echar a correr, y no parar hasta la bahía de Atarés, y allí arrojarse de cabeza en el agua fangosa. Pero no hizo nada de eso, y al fin volvía a insistir en que Felá deseaba enmendarse.
—No te hagas más ilusiones —le dijo Felá otra noche—. No podría sufrir verte casado con una mujer mala que ni siquiera te respondería como tú piensas. Tú eres el único hombre en el mundo con el cual no podría acostarme jamás, porque tú eres bueno, y tú me amas. Eso es así y no puede ser de otro modo. No te hagas ideas. Lo grave es que si ahora no te casas conmigo, mi padre te matará. Tú no conoces a mi padre. Es capaz de lo que tú no te imaginas.
El padre de Felá Rubio no dijo nada por algún tiempo, pero al fin, puesto que Juan Toolo iba espaciando las visitas, empezó a ir a esperarlo a la salida del trabajo, y a pedirle algún dinerito prestado. Juan no ganaba mucho, pero todo lo que ganaba lo iba ahorrando para Felá. Era lo único para lo que él quería el dinero. Mauro Rubio llevaba siempre un pañuelo colorado al cuello y el cuchillo envainado a la cintura sobre la camiseta y debajo de la chamarreta. A Juan Toolo le hablaba aún con suavidad, pero detrás de aquella voz y aquellas palabras suaves estaba el matarife que era capaz de lo que nadie puede imaginarse, o bien que se lo imagina, y entonces es peor. Un día le dijo a Toolo:
—Bueno, ya yo creo que va siendo hora de que piense en formalizar las cosas. ¿No le parece? Felá es buena muchacha, y hará una buena esposa. Piénselo, y dígame cuándo va a ser, para hacerles un regalito.
El joven Toolo quedó ahora doblemente aturdido. Lo que Felá decía era sin duda cierto. No se dijo a sí mismo que le tenía miedo a Mauro Rubio. Más bien se dijo que no podía vivir ya sin Felá; lo que quiera que fuese, ya que el intento de irse alejando poco a poco de ella no había dado resultado. Así que se casaría con ella de todos modos. Pero Felá siguió negándose cada vez con más energía:
—Tú puedes hacer lo que quieras. Tú puedes matarme. Pero contigo, mi viejo, yo no me caso. No se lo digas a mi padre, porque entonces me mataría también a mí. Pero tenlo por seguro, que contigo yo no me caso. Si me obligaran, da por cierto que no te acostarías conmigo una sola vez. El mismo día de la boda me escaparía y nadie me volvería a ver. Así que decide.
Decidir, eso era lo difícil. Sin embargo, un domingo en que el tenedor de libros de abajo vino a trabajar, y que no había más gente en derredor, Juan Toolo decidió consultar con él. El otro tenedor de libros, que al principio había sido su rival, era una persona entendida que podía guardar un secreto, y Juan tenía que consultar con alguien. El otro le dio ánimos. ¡Qué tonto era! Cuando se le pasara la borrachera de amor, vería que se había estado a punto de ahogar en una taza de agua. Lo mejor que hacía era poner tierra, o agua, por medio. De lejos, las cosas se ven de modo diferente, y la verdad no se conoce hasta la hora del balance.
—Mira —le dijo—, mañana cobras. Tan pronto como tengas el dinero en el bolsillo, ve a ver al matarife y a su hija; sé amable con ellos; sugiere tu propósito de apresurar la boda; despídete muy cordialmente, y al día siguiente coge el primer tren que salga para Oriente. Allí, si quieres, puedes embarcar para más lejos. No dejes rastro. Esto es lo que yo te aconsejo.
Juan se sintió confortado y armado de valor. Si había alguna salida, ésa tenía que ser. Empezó por cumplir la primera parte del programa trazado por el otro tenedor de libros, y le pareció que todo había salido bien. Aunque Felá seguía asegurándole en secreto que jamás se casaría con él, tanto Mauro como Felá parecieron quedar complacidos, porque ellos desconocían por completo la decisión del muchacho. Juan salió, sin embargo, con un temor oculto; le pareció que en la voz de Mauro había un tonillo raspante que indicaba desconfianza. Por otro lado, bien podían ser suposiciones. Juan estaba demasiado nervioso, y sin duda veía visiones.
El lunes cobró Juan su sueldo del mes; pidió permiso para salir por la tarde a hacer unas compras. Tomó el tranvía Luyanó-Muelle de Luz, y al bajarse se dirigió a la plaza del Polvorín, donde solía vestirse, porque era el lugar donde más barato vendían. Iba con intención de comprarse un traje, una maleta pequeña y un par de zapatos. De paso, pasó por la Terminal y se informó de la salida de los trenes para Camagüey y Oriente. Había uno a las once de la noche. Tenía tiempo de hacer sus compras, regresar a su cuarto, junto a la maderera, y luego escurrirse silenciosamente, hacia la calzada de Jesús del Monte, donde, en la esquina de Toyo, tomaría el primer tranvía que bajara. Así, apresurando las cosas, no dejaría tiempo a más sospechas. Cuando Mauro Rubio viniera a darse cuenta, Juan Toolo estaría muy lejos.
Pero Mauro Rubio dejó también de ir al trabajo aquella tarde, aunque Juan Toolo jamás llegó a enterarse. Después de su investigación en la Terminal, se dirigió Juan Egido arriba hasta la plaza del Polvorín. Aunque era en horas laborables, había un gran desfile de gente alrededor de la plaza, por delante de las pequeñas tiendas que daban las espaldas al mercado de comestibles. Esa gente avanzaba, se arremolinaba, discutía y pasaba varias veces por delante de una tiendecita antes de volver a comprar. Juan hizo lo mismo, pero al fin decidió darse prisa, pues no tenía mucho tiempo que perder. Compró la maletita, metió en ella el traje y los zapatos, y se disponía a regresar, en sentido contrario, cuando Mauro Rubio se le acercó sigilosamente por detrás y le clavó en la nuca el punzón o clavo con que daba la puntilla a las reses en el matadero.
Aquello sucedió tan sencilla y prontamente como acabo de contarlo. Juan no debió de sentir siquiera el punzonazo. Todavía dio dos o tres pasos más, derecho, sin ninguna sacudida ni estremecimiento. Entonces se desplomó lentamente, doblándose por las rodillas, arrodillándose. Todavía con la maleta en la mano, y al fin yéndose de bruces, de golpe, con la frente contra el suelo. Nadie pareció ver lo que le había sucedido. Mauro pasó adelante, como otros espectadores, y no se volvió para mirar. Siguió caminando, Monserrate arriba o abajo, hasta Neptuno. Allí dobló a la derecha, por la acera del Plaza, y siguió caminando hacia Galiano. En Galiano dobló a la izquierda, en dirección de la plaza del Vapor, y allí de nuevo a la derecha, Reina arriba, hasta Belascoaín. En Belascoaín tomó un tranvía que lo llevó hasta Cuatro Caminos, y en Cuatro Caminos, otro que lo llevó hasta Luyanó.
Nadie en el mundo hubiera podido señalar a Mauro Rubio como el hombre que había matado a Juan Toolo. Nadie hubiera podido siquiera sospecharlo, salvo quizá Rafaela Rubio, llamada Felá, Adelfa y Extrañarrosa. Pero Rafaela se guardó bien de decir nada. Al otro día, un periódico traía un sueltecito diciendo que alguien había dado un puntillazo a un joven español en la plaza del Polvorín, y que la policía estaba investigando. Juan Toolo había sido conducido al primer centro de socorros, donde el médico de guardia había certificado su defunción, y de donde habían remitido el cuerpo a la morgue. Eso fue, en lo que a Toolo respecta, el fin de la historia. La policía remitió el atestado a la Audiencia, pero allí no llegó siquiera a constituirse el tribunal, pues el informe de la judicial estaba en blanco: no había el menor indicio de quién pudiera ser el asesino. Un policía de la judicial que fue a la maderera salió tan en blanco como había llegado: nadie podía siquiera imaginarse la causa de aquel crimen: Juan Toolo no tenía enemigos. La policía llegó a la conclusión de que habría sido algún tropiezo accidental con algún desconocido que se había dado a la fuga, y no se tomó el trabajo de profundizar más en el asunto. En cuanto a la familia de Mauro Rubio, ni siquiera fue visitada por la policía, pues la única persona que pudiera relacionarla con Toolo era el tenedor de libros que trabajaba en la planta baja de la maderera; y éste no abrió el pico. ¡Era demasiado peligroso!
Ese tenedor de libros era de madera muy diferente a la de Toolo. Era un joven vagabundo que había caído allí por accidente, y esperaba seguir camino tan pronto como ganara para un viaje al norte. Él mismo decía que, como perro sin amo, había recibido muchas patadas, pero que esperaba cobrarlas todas a alguien —si no a quienes se las habían dado— antes de morir. Al mismo tiempo, era agudo, chistoso, cordial, leal con los que le parecían buenos, aunque por dentro siempre en guardia. Lo de Toolo lo dejó un poco aturdido, pues no tenía dudas de que Mauro Rubio lo había matado. Al paso de los días, sin embargo, esa imagen y ese recuerdo se fueron atenuando en su mente. Trató de espantarlos porque, si no, no podría concentrar la atención en los números. En las tres semanas siguientes al crimen cometió nueve errores.
Desde su ventana, el tenedor de libros siguió viendo pasar, o vivir allá abajo, a la gente de Mauro Rubio. Adelfa se había eclipsado temporalmente, pero resurgió más hechicera y con el mismo cimbreo. También Mauro parecía inalterable y seguía juntándose en el paradero con otros matarifes y con un viandero llamado Angusola, que hacía juegos malabares con sus cuchillos. Por entonces, también, el menor Severino empezó a ir a una escuela, y la mediana Dulce Elena se colocó en una tienda. Pero Rafaela continuó, al parecer, llevando y trayendo costura. Aunque era hija de costurera, ella no llevaba nunca más que un vestido de percal floreado sobre el cuerpo, bien que cada día de diferentes colores. A veces pasaba con paso demorado por delante de la ventana del tenedor de libros de la planta baja.
Sucedió entonces que por el día de Changó y Santa Bárbara hubo un rompimiento en el bajío más allá del bajareque de los Rubio, y al anochecer el bin-ban-bum de los tambores empezó a subir hasta el paradero. El tenedor de libros salía entonces de la maderera y miró a la casa de los Rubio, y no vio a Rafaela. Alguna gente de por allí estaba bajando al bajío atraída por la música. El tenedor de libros los siguió renuentemente, porque él no era de ésos, pero también bajeado por la música. Al fin se detuvo entre el molote que se había formado frente a la casa de madera donde se celebraba la fiesta, a mirar bailar y a escuchar los tambores. En seguida notó que Adelfa venía por entre los festejantes. Se fue acercando, con curiosidad, porque se preguntaba cómo era posible que, después de lo que había sucedido, la muchacha tuviera ganas de bailar. Cuando estaba casi a la puerta, surgió ella de entre los bailadores, y pasó lentamente a su lado, saludándolo con un tenue y altivo «hola, cómo está». Él respondió con la cabeza. Ella le hizo otro cabeceo, y él la siguió entonces lentamente caminito arriba.
El tenedor de libros había tenido ya ocasión de cruzar algunas palabras con Adelfa Rubio en la esquina de la bodega del paradero. Tan pronto como estuvieron fuera de la luz que manaba de la casa de fiesta, el tenedor de libros le arrimó el flanco a la muchacha, y le dijo:
—No te he visto bailar.
—Yo no bailo.
—Pero te he visto dentro.
—Vine a traer unos vestidos.
—Tú llevas hoy uno muy lindo.
—Me alegro que le guste.
—Me gustas tú.
—Usted no sabe quién soy yo.
—Sé que eres preciosa.
—Me alegro de gustarle.
Estaban llegando al bajareque y Adelfa se detuvo arrimada a la sombra de unas matas. Desde allí se veía la casa alumbrada y el portal a oscuras. Adelfa dijo:
—Mi papá está ahí. Mejor que no lo vea.
—¿Por qué? ¿Acaso me va a pegar por amar a su hija?
—A lo mejor le pega, o algo peor. —Y saliendo de la sombra avanzó muy altiva hacia la casa.
Adelfa y el tenedor de libros se encontraron después todas las tardes o todas las noches en los alrededores del bajareque, hasta que ella dejó de tratarlo de usted y lo invitó a entrar. Claudia recibió al joven también con amabilidad, y Mauro le brindó tabacos y tomó café con él en el portal. Para el tenedor de libros de la planta baja, éste era un reto y un hechizo. Por un lado, Adelfa lo había ido envolviendo hasta fascinarlo; por otro, la idea de que Mauro pudiera intentar amarrarlo a su hija por miedo o matarlo lo movía a seguir con ella y amansarla, porque él no era como Juan Toolo. Él no creía en nadie. Él no quería a Adelfa para casarse con ella ni la adoraba como a una Virgen. Además, él era un hombre de paso, que sabía su camino, y no se iba a dejar sorprender por el clavo del matarife. Así que mientras continuaba cortejando a Adelfa, seguía pensando en el duelo secreto que estaba librando contra su padre. Mauro seguía tomándose su tiempo. No se había apresurado, como con Toolo, a preguntarle cuándo pensaba casarse con Adelfa. Y el tenedor de libros seguía tomándose igualmente su tiempo, y diciéndose que a él Mauro no le podía dar la mala.
Pero las cosas no siempre suceden como se piensa. Poco a poco el tenedor de libros se fue enredando en Adelfa y, cuando vino a ver, era tarde para zafarse, no sólo porque la muchacha tenía un hechizo, y era como si le hubiera echado bilongo, sino porque ahí estaba Mauro para atajarlo si el bilongo no funcionaba. Mauro, sin embargo, no usó con él la misma táctica que con Juan Toolo. Era como si verdaderamente lo quisiera por yerno, y no en el cementerio. Ni prisa, ni amenazas, sino más bien cordialidad y camaradería, llegando a incorporarlo al grupo de matarifes que se reunían para jugar al dominó o a los dados y fumar y tomar tragos al fondo de la bodega del paradero. Al tenedor de libros no le gustaba aquel ambiente, que por otro lado le robaba tiempo de estar con Adelfa, pero le infundía cierto orgullo ser amigo de los hombres bravos. Así pasaron los meses.
Al fin, fue Adelfa, y no Mauro, quien apremió al tenedor de libros:
—Yo creo que tú me estás engañando —le dijo una noche—. Nunca me hablas de casarte.
—¿Para qué? —dijo él festivamente—. ¿Qué mejor que solteros?
—Te tienes que casar conmigo. Si no, te va a pasar algo.
—¿Qué me va a pasar?
—No sé. A lo mejor te pasa algo, y a mí también, y todo sería horrible. ¡Peor que un infierno!
El joven notó que Adelfa estaba llorando. Dos espesos lagrimones le resbalaban por la mejilla. Estaban entonces en el portal, con la luz encendida.
—Te lo he dado todo —dijo ella.
—No llores —dijo él, tratando de no dejarse vencer por el sentimiento—. No llores. Estaba bromeando.
—Tú eres el único hombre con el cual pudiera casarme, y si tú me dejas, haré algo que no te imaginas.
—Dímelo tú, para que no tenga que imaginarlo. —Él seguía tratando de restar seriedad al asunto.
—Te lo voy a decir para que lo sepas, y luego no te coja de sorpresa. Si tú me dejas, me meteré a mujer mala; y te va a pesar por toda la vida.
Tengo que decir que Adelfa Rubio no tuvo que cumplir la amenaza por causa del joven tenedor de libros de la planta baja de la maderera, pero lo hizo de todos modos, a su manera. Aun después de casada, siguió siendo mala, pero era demasiado tarde para que el tenedor de libros pudiera seguir su camino y su vida de baracutey, vagabundo y calavera, pues para atajarlo —si el bilongo no funcionaba— estaba Mauro Rubio, aunque nunca llegara a asustarlo como a Juan Toolo. No tenía por qué hacerlo. El yerno había perdido su fibra y sus ansias de ser libre y de continuar brincando cercas como antes de conocer a la bella Adelfa y al feo de su padre, el bravo Mauro Rubio. A veces pensaba que Adelfa sin duda le había «dado algo», porque no tenía ánimos para desprenderse de ella y escapar, aunque sabía que cada vez era más mala. La idea de que pudiera ser miedo a Mauro Rubio era demasiado humillante para admitirla. Era más fácil pensar que Adelfa le había echado bilongo, para tenerlo amarrado, mientras ella continuaba suelta, por ahí, cimbreando su cuerpo y dando de qué hablar a las gentes, y otras cosas.
(Siento de veras haber tenido que contar esta historia. Hay una cosa que un hombre de verdad no debiera hacer jamás, y ésa es hablar mal de su mujer, aunque ésta se llame Adelfa Rubio y tenga una historia como la que he contado. ¡Lo siento, y pido perdón! Pero hay cosas que a veces un hombre tiene que contar, porque son demasiado horribles para callarlas.)