Por el perro de Xampán que bajó de la montaña aquel amanecer. Yo iba del mar y había dormido en la cabaña del hombre que había estado en América y se había muerto. No había dejado nada. Dejara a Benita, su mujer, y un pedazo de dentadura de oro en un vaso de agua y el perro que le seguía por la mariña, la tierra baja del mar. Nada más. Benita lo recordaba en el perro, y salía a pastar una vaca y veía parar a los que venían de América, en la primavera, hacia la montaña. A veces suspiraba, y el perro le veía bajar las lágrimas a la boca sin dientes, y mostraba su colmillo de oro, y él mismo tenía una lágrima blanca y coagulada en cada canto del ojo.
El perro miraba también a los que pasaban promoviendo el aire con el mismo perfume que usaba Xampán y así vestidos, y se quería ir tras ellos. Se había vuelto medio loco. El colmillo de oro era de los que había dejado Xampán, su amo. Benita misma estaba turulata, decían los vecinos, y había llevado el perro a un dentista de la villa a que le arrancara un diente sano y le pusiera otro de su hombre muerto. Los vecinos reían. El perro dormía con Benita en una camada de trapos en la cabaña y no ladraba. Era mudo. Los ojos se le agrandaban e iban tras los que pasaban, pálidos y ajados, copias de su amo, como este Mundego, el joven triste.
El perro se fue tras él a la montaña. Así pasó aquello, y luego yo mismo vi bajar al perro con su diente de oro y sus ojos azules, al abrir el día, y luego a Mundego con un pañuelo sobre la boca, sangrando por ella, y con un diente natural menos.
¡Mundego! Volvía ahora con veinticinco años arrastras. Tenía treinta. Su madre sabía que tenía bastantes para ser un hombre y estar casado, si no se había muerto. No sabía más. No había sabido nada de él desde los cinco, cuando se lo robara el hermano de ella, Lorenzo Calvo —el renegado al que la parroquia corrió a pedradas y que luego murió de un cáncer, y de tres hijas que se le escaparon y metieron a putas se hablaba por la aldea—, para llevarlo a Cuba, y desde entonces no sabía de él. Mundego no sabía tampoco de ella, ni pensó saber nunca, hasta que le entró aquel mal en los pulmones que lo remolcó de vuelta a la montaña con sólo el traje de dril encima. Mundego no sabía el camino y no creyó que hubiese visto jamás aquella tierra. No la conocía. La tierra no le conocía a él. Los cinco años quedaran enconchados en la costra formada en callo por el arrastre de los veinticinco. Vivían, sin embargo, en rescoldo como las brasas que Colasa atesoraba bajo la ceniza donde ponía los pies descalzos, de noche, en el hogar, en invierno, con las piernas abiertas, las nalgas gordas y desnudas posadas en la piedra caliente del lar, ronroneando como una gata vieja, y babeando.
Colasa vivía ahora sola en aquel cascarón que había sido aceña en el regato que cruzaba el soto seco del viejo Pinaredo. Las cañotas la alumbraban de noche, fatuas, como cadáveres antorchas, quietas, quietas. Noches oscuras. Las de luna se apagaban y la curuxa ululaba en el plantío. Colasa se persignaba y sorbía la baba, rezando, «¡Asús!»
Sola. Se olvidaba de Mundego y de lo demás que le pasara, y por esto estaba turulata, decía el cazador, el capador de Lombao, que pasaba por allí. Casi nadie más bajaba al vallejo, al no ser Maronda, la vieja tombilla que cuidaba tres cabras y sacrificaba un raposo chico en la hoguera en lo alto de la sierra, porque la madre le había comido un cabrito la noche en que Mundego bajó al valle. «¿Se va por aquí al molino de Colasa, mujer?», preguntó Mundego. «La madre me comió el mejor cabrito del año», dijo Maronda. El raposo colgaba de una pértiga sobre la hoguera, que atizaba Maronda en la noche. «Nadie baja a ese molino desde aquello», dijo Maronda.
«Aquello» era lo que les había pasado a la madre y la abuela de Mundego después de escaparse él con el tío. Mundego no tenía padre. Un leñador ambulante lo había dejado hecho y marchádose. «Así se marchó luego Mundego, que de casta le venía», dijo su madre. Ésta quedó sola con la suya y supo que más nunca volvería a ver a su hijo, y dijo que no quería ver a otro hombre, y las dos, madre e hija, se mudaron para aquel molino y arañaron en la tierra y rezaron de miedo entre el soto de cadáveres. El mismo miedo hizo aquello. Hizo que Colasa tomara por hombre al forastero que serraba robles y que lo matara luego. ¡De miedo! El viento bramaba en la chimenea y las dos mujeres se levantaban de golpe de la camada y quedaban temblando en la tiniebla abrazadas. «¡Cómo brúa el viento!», decía la vieja.
Así tomó por hombre al forastero, y olvidó al hijo —y el hijo se olvidó de ella— en el fondo de los años, y amó al hombre. Nadie sabía quién era. «Es un hombre de bien», decía la vieja. Esto al principio. El serrador dejó los plantíos y se puso a hozar en la tierra y a dormir con Colasa en la cama —con la vieja en la camada junto al lar—, pero no le hizo ningún hijo. Maronda dijo que se los hacía, pero que se los hacía echar a patadas. «El hombre le daba un cachumbambé, derribándola como a un roble y pisándole luego la barriga y así le hacía también a su suegra», decía Maronda. «Te voy a hacer echar las tripas, para no tener que llenártelas; te voy a pisar el pescuezo y el corazón, a ti y a tu madre», decía el hombre a Colasa.
Así les nació de nuevo el miedo a las dos, y con lo de la vendedora de cerezas. Ésta pasó por la taberna y oyó lo que decía el serrador, borracho, al viejo Pinaredo. «Voy a metérselas en la cañota grande, vivas, y tapiarlas», dijo el serrador. Se refería a su mujer y su suegra. «Las voy a meter allí, vivas, y dejarlas morir de hambre y luego prender fuego a la cañota», dijo. La cerecera lo oyó. Luego recordó que el serrador la había asaltado en un camino una vez que ella no tenía ganas, y se fue por la parroquia diciendo que el serrador había estado casado en otra tierra y que había enterrado a su mujer y suegra vivas. «¡Asús!», dijo la vieja al oírlo. «¡Madre!», dijo Colasa.
Ésta calentaba el horno. La vieja bajaba la escalera con el candil. «¿Le ha hecho bien la cama, madre?», dijo Colasa. La vieja se puso a afilar el hacha. «Vendrá borracho», dijo la vieja, «vendrá, malos vientos lo lleven.» «¡Asús!», dijo Colasa. Las dos temblaron de miedo y se abrazaron en medio de la cocina, mirando al horno. El gato pardo las acechaba desde la sombra. Se desenlazaron. Colasa fue a la puerta, roja, sudada. Un ventarrón pasó rugiendo en hojas secas como almas en pena y dejó un silbido. «¡Es la pelengrina!», dijo la vieja. «¿Por qué tarda tanto él, madre?», dijo Colasa. «Vendrá borracho; estará cavando la fosa para enterrarnos», dijo la vieja. «¡Madre!», dijo Colasa. La vieja bajó con la barbera y se puso a afilarla. «¡Cómo brúa el viento!», dijo Colasa echando leña al horno. «La estará cavando y por eso pasó la pelengrina, por nosotras», dijo la vieja. Las dos volvieron a juntarse en un abrazo de miedo en el centro de la pieza. «¡Asús!» Miraron al horno. «¿Qué?», dijo Colasa. «Ahí, después, como el raposo de Maronda», dijo la vieja, «ahí.» «¡Madre!», dijo Colasa.
Luego se abrió la puerta. «¿Pan fresco, eh, ama?», dijo el hombre. «Pan de muertos», dijo bamboleándose escalera arriba. «Mañana todos bajarán al valle, como los cuervos a una mortiña, y hallarán pan fresco. ¡El demonio me hunda!», dijo el hombre. «¡Asús! ¡Asús!», temblaron las mujeres. Luego lo vieron desaparecer en el sobrado y miraron al horno. El hacha y la barbera brillaban sobre la artesa con el fulgor moribundo de las brasas. «¿Le ha hecho bien la cama, madre?», dijo Colasa. «Dormirá como un lirón», dijo la vieja. «¡Cómo brúa el viento!», dijo Colasa. «Es él, que ronca», dijo la vieja.
Por la puerta negra del sobrado manaba, a borbotones, el ronquido del hombre. Luego manó por debajo de la nuez, con sangre negra en la tiniebla. Las dos mujeres se habían abrazado, temblando, en la cocina y mirado fijo al horno hasta enloquecerse. Luego subieron abrazadas y oyeron el roncar del hombre más cerca, y sintieron luego el rasgar de la barbera en su garganta y el hacha al romperle el cráneo. El hacha la llevaba la vieja y el hombre se había incorporado, con la cabeza echada para atrás, roncando por debajo de la nuez, cuando le cayó en la frente. No bastó, sin embargo. «¡Asssssús!», dijeron ellas.
El hombre se había tirado de la cama y marchaba como un cuerpo sin cabeza en la sombra, hacia la puerta, escaleras abajo y hasta el corral dando gritos roncos, en la noche, llevados por pedazos de viento contra los oídos de Maronda, dormida en una cañota. Así se supo todo. Las dos mujeres quedaron abrazadas en el medio del sobrado, temblando. «¡Asssús! ¡Cómo brúa el viento!», dijo Colasa. «Es él, que ronca», dijo la vieja.
Ésta se echó luego fuera, gritando, hacia el juez de paz y el cura al amanecer. Maronda había llegado antes. La vieja pasó junto al muerto sin verlo, gritando. Gritó todo el camino y luego a los pies del cura, que «yo maté a mi yerno, yo lo maté con estas manos, al marido de mi hija, el Señor no me perdone, que ha sido el Trasgo, yo sola, y mi hija dormida junto a él, a punto de matarla también a ella, el Señor me condene al infierno, amén», dijo la vieja.
Colasa se salvó así, y quedó aturdida, babeando, y olvidó al hijo y hasta a la vieja, que murió entre dos civiles en el monte, cuando la llevaban. Por mucho tiempo quedó así, aturdida, hasta que se presentó Mundego aquella noche, y le dijo que era su hijo. Los ojos de Colasa comenzaron a cobrar una luz dulce, sobre las brasas, y los labios se le secaron, y las lágrimas le resbalaron hasta ellos. «¡Mundego! ¡Mundego! ¡Mundego!», dijo. El viento volvía a bramar en la chimenea. Las brasas sin llama hacían más roja la cara de la mujer y más pálida y ajada la del hijo, menudo, débil. «Como el miembro del aserrador muerto, como un niño chamuscado y venoso», pensó Colasa mirando a Mundego. Después dio un salto atrás y le miró furiosamente a los ojos, allí sentado en el lar con aquella cara triste, mudo. «¡Falsario!», dijo Colasa, «¡falsario!»
Mundego la vio erguirse con los brazos en jarras y los ojos de fuera. «¡Falsario!» Luego se le fue acercando lentamente, con un quejido tenue, y comenzó a hurgarle en el pelo. «¡Mundego!», volvió a decir llorando, apretándolo contra la masa blanda de su seno. «¡Tiene la señal!», dijo ella, «la que yo le hecho de niño, con aquella hoz. ¡Mundego! Hijo mío.»
Éste calló. No lloraba. No tenía ya qué llorar en sí. La mano de la mujer lo sintió frío al tacto, rígido a sus ojos, sentado en el lar, con las brasas detrás, junto a ella. «Pobre hijo mío, ¡tanto tiempo!», dijo Colasa. Mundego la vio levantarse luego lenta y subir la escalera (como la noche del crimen) y bajar con una almohada que comenzó a rasgar a cuchilladas. «Ahora compraremos una vaca y tú traerás una mujer de allá arriba y todo irá bien.» El joven no se había movido. Su vista estaba fija hacia adentro y no veía. No vio siquiera los billetes que la mujer sacó de la almohada y puso en sus manos juntas, palma arriba sobre las rodillas. Luego se los arrebató, dio un salto atrás y le miró de nuevo a los ojos. «¡Falsario! Tú no eres mi hijo. ¡Falsario!», gritó.
Mundego no habló. Luego dijo: «¿Qué voy a hacer aquí?». «¡Falsario!», dijo la mujer. Luego volvió a hurgarle en el pelo buscando la marca de la hoz. «Algunos hacen eso», dijo Mundego; «algunos van por las casas y dicen que son hijos de las madres, sin serlo, y luego escapan con el dinero.» «¡Hijo mío!», dijo ella. «Es todo lo que tengo.» «¿Se refiere al dinero?», dijo Mundego. «¿Quién ha traído aquí ese perro?», dijo Colasa.
«¿Qué iba a hacer yo allí?», dijo el joven, en la venta. Los otros dos movieron las cabezas a la vez y callaron. Mundego los había encontrado en la carretera, ya de noche, y los tres entraron en la venta de Tomasa. «¿Va usted en busca de salud médica?», le dijeron ellos. «Nosotros vamos a los baños», dijeron. «¿Qué iba a hacer yo en aquel molino, con aquella vieja?», dijo Mundego. Los otros torcieron las barbas e hicieron girar las mocas. «Somos pobres labradores, muchacho, que vamos en busca de salud al mar», dijeron. Tomasa les había traído vino del gordo y acostádose luego al fondo en una camada. Los tres estaban en banquetas junto a la lumbre. De la tiniebla asomaba la cabeza del perro de Benita, que había seguido a Mundego, con su diente de oro, hacia el hombre flaco y alto. Sólo éste veía brillar su diente a la lumbre. «Pero se le fue usted con el dinero», dijo el hombre pequeño a Mundego. El alto miraba al colmillo de oro del perro. Los dos tenían ojillos negros, como perdigones, misteriosos. «¿Saben ustedes que hay gentes que hacen eso? ¿Que van por las casas y dicen que son hijos de las madres? ¿Que asaltan a los indianos en los caminos y luego se presentan con sus trajes oliendo a hiel de vaca?» Los dos callaron. Hablaron con las cabezas. «Pero se le escapó usted con el dinero», dijo el alto.
Mundego cabeceó «sí». Los dos juntaron las cabezas y hablaron por entre las barbas. La lumbre se había apagado. Apenas se veía ya la cabeza del perro. El alto no veía ya su colmillo de oro, al no ser en el recuerdo de la imaginación. «Tiene un diente de oro, el colmillo derecho», cuchicheó al otro. Éste cabeceó. «El hijo o el dinero: tenía que escoger», dijo Mundego.
«¿Qué?», dijo el alto. «El hijo o el dinero. Si no me escapo con éste, me hubiera tenido que escapar con el hijo», dijo Mundego. «¡Va loco!», dijo el pequeño al otro. «Así pensará que fui el falsario y sólo tendrá pesar por el dinero», dijo Mundego.
«¿Qué?», murmuró el pequeño. «El diente de oro», dijo el alto. El pequeño creyó que se refería a Mundego y palpó una tenaza que llevaba en el bolsillo. Los tres se tendieron en la camada que les había hecho Tomasa y los dos dieron en roncar. El perro, alargado, los separaba de Mundego. Pero el brazo del alto pasó por encima del perro y buscó los billetes en el seno de Mundego. Nadie lo sintió hacer, ni abrir la puerta para escapar con ellos, al no ser Tomasa, tal vez. La mujer dejó de roncar y el perro no se movió. Había perdido su instinto de morder y era como un cadáver andante. Tomasa dejó también de respirar y abrió los ojos en la sombra y vio el aletazo silencioso de la puerta. Luego no vio más nada. Pensó que los dos se habían ido. «Pobre indiano», dijo Tomasa.
Mundego no la oyó decir. El mismo hombre pequeño, despierto, no la oyó, como no oyó escapar al otro. «El colmillo derecho», pensó. Su mano volvió a palpar la tenaza. Mundego dormía bajo su capa de anemia, hundido, oscuro. El perro dormitaba. «Yo le sacaré los billetes; tú el colmillo de oro», había dicho el alto. El pequeño buscó la boca de la tenaza con las yemas y el aliento de Mundego con su nariz en la sombra. Mundego descansaba de bruces, la cara de lado, sobre el izquierdo. Respiraba débil, aislado. El perro no respiraba. Tomasa misma parecía no respirar, como si la tiniebla se hubiera cuajado y los hubiera ahogado a todos. «¡Pobre enfermo!», pensó Tomasa.
Luego sintió un débil crujir de pajas en la camada («Debe de ser el perro», pensó) y un brusco estallido como un vidrio que se rompe y otro aletazo de la puerta, como un murciélago de luz, perseguido por los gritos de Mundego. «¡Ha sido ahora!», pensó Tomasa. «¿Qué había sido antes?»
Pero no se movió, los ojos abiertos, fijos en la puerta, que volvió a aletear contra el amanecer. Los gritos de Mundego se apagaron. Se habían encendido del sueño como una llamarada fatua en la noche. Luego se aguantó, aferró los nervios en sí, no volvió la mirada, camino abajo, hacia el mar. El perro había huido ante él, callado, con el rabo entre las piernas. Por eso se supo. Mundego pasó ante la choza de Benita, encorvado, en silencio, como el perro. Este se sentó a la puerta y lo miró pasar. «Debe de ir a los baños», dijo Benita.