Relato

La visión de Tamaría (1944)

Lino Novás Calvo · (Grañas de Sor, Galicia, España, 1903 – Nueva York, 1983)

Referencia editorial:

Originalmente publicado en la revista Bohemia (21 de mayo de 1944);
Cayo Canas
(Buenos Aires — Argentina: Espasa-Calpe Argentina, 1946, 152 pgs., pp. 71-99)

...And add thy drop of sorrow to the sea.
Having known grief, all will be well with thee,
Ay, and thy second slumber will be deep.

George SANTAYANA

Se había lanzado desde la orilla honda cortando el agua, la espalda dorada de oro viejo apenas visible al sol de la tarde: pies y piernas como aletas de imperceptible movimiento, un brazo extendido en flecha, el otro hacia atrás como una hélice de costado, la cabeza arriba, abriendo, en proa, ruta con la barbilla mar afuera. Avanzó sin desmayo ni cambio, con implacable precisión, dejando apenas una tenue y fílmica estela sin espuma que se borraba al instante. Por unos segundos se vio progresando su cabeza en relación con el fondo de playa virgen: luego, solo con el mar, sin punto de referencia, pareció inmóvil, como una minúscula zona más intensa del verde azul quieto, levemente rizado en el poniente, y al fin se fundió con él.

Tras una carrera sin tiempo, por imprecisable distancia, se descubrió a sí mismo inmóvil, flotando a flor de agua, mirando al cielo que no podía ver, sintiendo, ora de un lado, ora de otro, el ya tibio calor del oblicuo poniente. Esta fue su primera comunicación con algo fuera de sí: el sol ora en una mejilla, ora en la otra, ora en la frente, ora por la barbilla. ¿Qué había sucedido? Pero, ante todo, ¿por qué estaba así, descansando cara al cielo, tras una travesía que no podía ser larga, puesto que, cuando se precipitó desde la orilla, el sol estaba ya sobre las palmas de la loma y ahora no se había puesto todavía? Él, que podía nadar hasta dos horas sin cansarse, sin esfuerzo, ¿por qué se había puesto ya a reposar en el agua, brazos y piernas estirados, como flotador de su propio cuerpo?

Quizá ahora pudiera pensar. O mejor aún: recoger en alguna parte de sí mismo las impresiones disgregadas por todo él. Empezaron a venir en tropel. Primero... Pero no había primero ni segundo. No había siquiera tiempo, o bien éste no tenía marcas de separación. Con todo, podía enfrentarse consigo mismo, mirar —unos años antes— a sus propios ojos, llenos de luz, apagándose imperceptiblemente. Esto era ya extraño. En los años siguientes no había podido enfrentarse nunca con sus propios ojos apagados, que no habían podido verlo a él terminar de crecer ni verse a sí mismo encenderse de cólera, iluminarse de júbilo, endurecerse de odio, animarse de anhelo o entornarse de amor.

Esas mismas pasiones, al agolparse a las ventanas cerradas, se habían tenido que replegar, y disolverse en algún oscuro plano interior, siendo ya, en lo sucesivo, algo unas de otras, cruzándose y refundiéndose en algo distinto. Lo que eso fuese, no importaba. Sólo los ojos, al apagarse, parecieron cobrar sentido. Los otros —el viejo que se embarcó; la vieja que volvió a casarse...— le decían que por fuera eran los mismos ojos: el mismo color castaño, con tonos verdes, la misma luz quieta, sin más ni menos brillo. Sólo que el alma que tenían se había vuelto gris. Miraban fijamente hacia adelante, todo su rostro inmóvil, sereno, ya concentrado todo en su ser, en un plano más alto, más noble de sí mismo, no perturbado por las cosas huidizas que nos mueven y arrastran con sus sombras, sus luces y sus colores. Pero después de esos primeros días, se negó a oír más sobre sus ojos o pensar en ellos, a dejar que su inalzable cortina se presentara ante ningún otro sentido.

Los cambios sobrevinieron, por otras causas, rápidamente. En la pequeña casa de simulada berroqueña en lo alto de la lomita, entre el campo y la ciudad, algún soplo disolvente había penetrado de súbito. Se separaron los viejos, se murió el hermano mayor, enviaron de interna a la menor a un colegio de monjas. Él quedó aturdido, incapaz en la precipitación de los sucesos, y dentro de sus tinieblas, de representarse con precisión lo ocurrido.

Durante ese período —que parecía haber discurrido en sucesión continua, sin intermitencias, sin días y sin noches— Andrés Tamaría apenas se había movido de la pieza alta donde, frente al mar, algo distante pero visible, había hecho su estudio y alcoba. Mientras abajo se hacinaban muebles, se descolgaban cuadros, se embalaban prendas, él, sentado, hierático, detrás de los cristales, cara a la luz que no veía, parecía simplemente un mueble más, un icono doméstico que aguardaba la llegada de los agencieros que lo arrojaran en el montón de la mudada. Y en cierto sentido así había sido.

Vinieron, en efecto, los agencieros.

Antes de irse, el padre lo había dispuesto todo. La madre se había ido calladamente ya antes de que concluyeran de deshacer la casa. Fue arriba una noche y le habló con voz baja, sin inflexiones, con valor. Muchos hombres sin vista llevaban vidas bellas. Otros sentidos compensaban esa falta. Lo de él, puramente local, centrado en el nervio, sin otra implicación orgánica, era sólo una leve —¡leve!— desventaja. Sus ojos, le dijo, conservaban el mismo color, casi el mismo brillo. Sólo su fijeza los hacía ciegos para el observador. La madre se sentó en el canapé de mimbres, el brazo suave caído sobre sus hombros. Era joven. Él sentía el roce de su kimono, el pelo sedoso contra su mejilla. Durante mucho tiempo ella habló pausada, sin dramatismo, sin prisa, sin ansia de llegar a ningún punto. Todo se deducía. La ruptura era definitiva. El motivo —él no podía precisarlo— había irrumpido de súbito. El viejo se iba. Ella... Fue esto lo que le costó más esfuerzo.

Luego subió el viejo. Podía ya ahorrarse el discurso, pero Andrés lo escuchó con la misma expresión cerrada y ausente. Su tío Pascual —el que tenía el hotel en la playa— se encargaba de él. Cerca del hotel, en el extremo mismo de la playa —Andrés la recordaba—, donde empezaba la costa abrupta, tendría su casa, enlazada con el hotel por un camino seguro y bien trillado. Tío Pascual lo atendería en todo. Un oftalmólogo lo visitaría a menudo. Allí estaría tranquilo, tendría quien lo sirviera, no tendría que sufrir contactos irritantes.

Esta soledad fue bien acogida por él. Anhelaba estar solo, pensar, como si por el pensamiento pudiera llegar a alguna luz interior, ahora que la exterior le faltaba.

Ya mudado a su casa solitaria, se quedó retraído. Rechazó el Braille, rechazó sirvienta, rechazó por de pronto hasta la música, pero mandó que le llevaran su barro, su arcilla, su yeso, su cera. Más tarde, un tanto asentado ya su ánimo, se encontró estos materiales con sorpresa. No sabía qué le había movido a pedirlos, ya que sin vista mal podía continuar su arte. Al mismo tiempo le habían llevado sus obras primerizas, en yeso y piedra, y se las habían colocado en una ancha repisa, arriba.

Pasó tiempo —un tiempo incontable— sin que entrara en esa pieza. El hotel estaba a medio kilómetro, y el camino corría recto entre las matas. Andrés entraba siempre por la parte posterior, le servían en el pequeño comedor doméstico. Desde allí sentía el bullicio al otro lado, pero se volvía a su casa por el caminillo privado llevándose sólo fragmentos de voces y palabras. El primer día un dependiente lo fue a buscar temprano para tomar el desayuno, pero en lo sucesivo no necesitó ni quiso lazarillo. Bastaba con que un dependiente fuera a hacer la limpieza. Él podía ir solo, sin perderse y —cuando se hubo habituado— sin que un observador no avisado descubriera su ceguera. Llevaba una vara en la mano, pero no pintada de blanco, y la usaba con soltura deportiva. Después de los primeros días empezó a hacer el viaje por la playa con la misma firmeza. La mudada había sido a fines de temporada, de manera que pronto dejó de haber bañistas en el camino. Los dispersos habitantes permanentes se enteraron de su ceguera, pero la soltura con que se iba manejando y la falta de señales exteriores —hasta de espejuelos negros, que rechazaba— casi los hacía olvidarlo. El aprendizaje fue lento; su dominio gradual, desde luego. Al principio, en el comedorcito interior, su postura rígida era aún la del icono de madera: muy semejante a una de las primeras figuras que él había tallado con su mano de aprendiz. Luego pidió que le dejaran sentarse, espontáneamente, en cualquier mesa desocupada. Pronto lo estuvieron todas, pero cuando empezó de nuevo la temporada su oído estaba suficientemente educado para orientarlo. Nunca cometía el error de sentarse a una mesa ocupada, aun cuando en ella hubiera un solo comensal y estuviese callado. Una especie de sentido adicional le permitía descubrir la presencia de una persona, por silenciosa que estuviera.

Pero antes se entregó a aquella larga meditación sin salida de la que se fue apartando sin darse cuenta: no rompiendo de pronto, ni en línea recta, sino como exfiltrándose, a modo de ácido, en breves y retozonas evasivas al exterior: a la playa, al arbolado que flanqueaba el camino ancho y tendría un abrazo de fronda —lo sentía en la brisa— en torno a las casitas, casetas, bungalows y hoteles de la playa. Sobre todo a regiones ideales. Su quietud y aturdimiento se fueron disolviendo, aunque sólo en parte, nunca al grado de hacerlo sociable o amar la compañía. Sin duda lo que le contenía y le daba cierto porte altivo, digno y desprendido, era el miedo a ser lastimado en el alma. Lo habían hecho al principio. Todo el barrio, empezando por sus compañeros de instituto, lo había venido a ver, con una curiosidad malsana. Durante semanas después de apagarse para él todas las luces, los mirones acudían como carairas, le hacían preguntas que él no contestaba, comentaban su mal en voz alta. Era como si, sabiéndolo ciego, tuvieran la sensación de que tampoco oía, y que podían compadecerlo con un placer secreto de triunfo e impunemente. Por entonces Andrés permanecía constantemente en su estudio y el paso más leve escalera arriba lo petrificaba en la posición en que se encontrara, y su figura no se deshelaba hasta que todos habían salido. Algunos lo habían retratado con camaritas de cajón en varias de aquellas posturas que él ya no podía representarse. El «clic» del disparador le había ido cosiendo el espíritu, como con una maquinita de presillar.

Pero lo más terrible había sido Casilda. No podía decirse que la muchacha tuviera con él ningún lazo sensible. Ambos eran casi niños. Pero ella vivía en el reparto, iban en el mismo carrito al instituto, habían bailado en algunas fiestas, y hasta en esta misma playa cuando el hotel no era suyo todavía. Casilda competía con él en nadar, y aun en crecer. Su cuerpo trigueño y espigado era flexible, y su piel cálida y suave como el sol mañanero. Su boca se abría en una amplia sonrisa blanca y sus ojos se posaban sobre uno como sueños encendidos. En las reuniones su voz dominaba, sin esfuerzo, las de las demás niñas. Casilda no había venido corriendo a despedirlo como las otras. Tal vez no viniera, ojalá no viniera... Él se llevaría su voz y su imagen puras y limpias en el recuerdo. No fue así. Casilda vino también a despedirlo, finalmente. Pero su voz sonó falsa y a distancia, cual si tuviera terror de aproximarse al... Cuando aquella voz moduló la palabra «ciego», Andrés no pudo menos de estremecerse. ¡El ciego! Nada en el mundo tan pavoroso de oír y sentir: ¡el ciego!

Después se repuso, recobró su compostura, su aire altivo y estoico. A la hora de la mudada varios acudieron a la puerta. Había grupos de islitas de muchachas aquí y allá, y en una de ellas la voz de Casilda. No se acercó a despedirlo, pero después que hubo arrancado el automóvil, quedó campanilleando atrás: fría, desprendida, perdida... Lo acompañó algún tiempo, por más que el tiempo no fuera ya mensurable por los signos visibles. Con sus muebles habían puesto un despertador: la primera noche lo sintió sonar, pero le era imposible, en su aturdimiento, dar con él.

Durante varias horas anduvo a tientas por la casa hasta que al fin lo localizó en una repisa, salió hasta el borde del agua y lo arrojó al mar. Aun entonces siguió el «tictac» —presente o pasado—, pero se fue parando, muriendo el tiempo. A partir de esa hora el tiempo cobró otro sentido que los que ven no pueden concebir, y en él, muchos sonidos e imágenes pasados se fueron disolviendo. Los de Casilda entre ellos.

El plano de la casa era seco y limpio. Estaba bastante elevado sobre la playa y la cañada abría vía a la brisa tierra adentro. Construida por el viejo como lugar de vacaciones, la casa estaba montada sobre una espesa zapata, con avenidas de cemento en derredor y un pequeño parque cercado. Arriba tenía también un estudio que Andrés había pensado ocupar en vacaciones. Antes le había agradado ir hasta el fondeadero de los pescadores, dos kilómetros más arriba. Ya el año anterior, cuando se había empezado a poner cristales, se había pasado aquí solo las vacaciones de pascuas, comiendo en el hotel, modelando torpemente cabezas torpes, que aún estaban sobre la gruesa repisa de caoba.

Pero el estudio tardó algún tiempo en volver a entrar en su atención, y cuando ocurrió, era como un desván abandonado, con telarañas, lagartijas, quién sabe cuántos bichos que al sentirlo escaparon con arrebato y espanto. Mandó al criado que hiciera una limpieza, pero que dejara las cosas como estaban. Por entonces había descubierto también las esculturas traídas de casa y mandó trasladarlas arriba. Después cerró la puerta, se hizo el propósito de olvidarlo. El arte, como tantas otras cosas, era sólo una imagen pasada que no convenía perturbar con el presente. El estudio encerraba esa imagen trunca.

En tanto, abajo discurrían las temporadas. Estas eran realmente el nuevo reloj. Las primeras barbas rubias y sedosas formaban ya matojos en su cara. En tres estaciones había crecido a su estatura de hombre; vigilado primero por Pascual o el dependiente, luego solo, había vuelto a nadar. A veces se estaba en el agua hasta que oía la voz del dependiente llamándolo a comer. Conocía la playa y sus contornos con la misma precisión que si tuviera vista, y se mezclaba con los flecos de bañistas sin que aparentemente notaran su defecto. Sabía cuándo alguno lo retaba, con sus aletazos, a una carrera; aceptaba el reto. Nadie se alejaba tanto mar afuera, nadie se sostenía tanto tiempo en el agua sin fatigarse. Sin esfuerzo, con perfectas y rítmicas propulsiones de pez, se deslizaba por el agua velozmente. Su piel era limpia y tostada y el pelo liso le caía en melena sobre el cuello. Sus piernas se habían estirado de golpe, y sobre ellas se alzaba firme el busto de atleta. De pasada, había comenzado a contestar poco más o menos, con monosílabos, algunas voces. Empezó a reconocer y distinguir algunas frases. Ahí viene el Rubio... Ésta fue una de las primeras. Lo decían con admiración por su poder de nadador. Luego lo retaban, y él, por el sonido, seguía a la par de su competidor hasta que decidía adelantársele de repente. A veces le ponían motes, le gastaban bromas, y esto le agradaba aún más. Estos encuentros eran furtivos; él no se arriesgaba a entablar más de cerca ninguna amistad, y menos cuando entre las voces las había femeninas. Notaba, quién sabe por qué medios, cuando alguien lo miraba de frente, en el agua, y lo esquivaba. En la playa, su actitud vagarosa no extrañaba. Además, durante la estación solía comer temprano, cuando aún había poca gente en el restaurante, y al fondo. A veces dejaba la vara, recorría el camino, salía y entraba en la playa sin guía ni tropiezo.

A pesar de todo, su condición era inocultable. Los residentes fijos lo sabían, pero, sabiendo que le dolía, no aludían jamás a su estado. Al tercer año su figura comenzó a impresionar. Las jóvenes pasaban, insinuantes, ante sus ojos ciegos. Algunas lo seguían por el agua, él las oía y les hablaba, furtivamente; conocía sus voces y risas. Había ido aprendiendo a distinguirlas. Algunas, las más audaces y deportivas, se salían de los grupos, nadaban hacia las zonas libres de los nadadores; otras, las más bulliciosas, no se apartaban de la orilla, y Andrés venía desde el mar hasta el borde de las aglomeraciones, captaba risas y palabras entre ellas...; volvía a alejarse con su presa ideal. Pero entre semana estaban las asiduas, y algunas llegaban a forzarlo a tener viva conciencia de su propio esfuerzo en el agua —pues al cabo del segundo año el nadar o de algún modo permanecer en el agua le eran tan leve y natural como el tenderse a recibir el sol por la mañana o la brisa a la tarde en la terraza de su bungalow.

Pero estas asiduas eran peligrosas. Entre semana había menos bullicio, era más fácil fijarse prolongadamente en algo. En él, por ejemplo. Ya al segundo año había logrado aislar dos o tres voces que acudían con mucha frecuencia por «su» parte de la playa, y el dependiente le había hablado de ellas. Luego de las tres —¿o eran cuatro?— eliminó a una, después a otra... La última se le fijó claramente en la imaginación, en el oído. Un día se empeñó en seguirlo demasiado de cerca. Él trató de esquivarla, pero la muchacha se deslizaba como una anguila, se empeñaba en ganarle. De pronto, se produjo una irritada conmoción en el agua, un bien simulado gorgoteo de ahogo... Él se detuvo. Por un instante permaneció ladeado, escuchando: luego se zambulló, la sacó a flote, espalda con espalda, la llevó a la arena. Pero no bien la hubo depositado en tierra, algo, no sabía qué, le indicó que todo era fingido, y huyó dejándola aparentemente medio ahogada.

Era al anochecer. Cuando hubo caído la sombra, volvió sigilosamente por el agua —pues sabía dónde encontrarla—, y a corta distancia de la orilla demoró a escuchar frente al recodo donde la familia acampaba. Se oían risas, música de fonógrafo, voces agudas, juveniles y alegres. Palabras sueltas confirmaron sus sospechas, y volvió a retirarse con el mismo sigilo, llevando ya, sin embargo, en su tacto, las formas de la joven. Sus manos, sus sentidos, habían aprendido estas formas, que completó con palabras el dependiente. Jamás, cuando tenía vista, había percibido nada tan real, tan intenso.

Era ya el fin de la temporada. Septiembre pasó sin que volviera a salir a la playa. Se zambullía al otro lado de la punta, donde la orilla tenía varios metros de profundidad, y ninguna bañista se arriesgaba hasta allí. Permanecía a la sombra al mediodía, se levantaba antes del alba para coger la fresca y se estaba de noche varias horas en el agua. A veces se alejaba largo trecho de la orilla procurando cansarse, pero tenía perfecto control de sus fuerzas y de la distancia. Tío Pascual lo dejaba, pues cuando quiso ponerle guardia, Andrés se rebeló violentamente. Un día cogió a uno, lo levantó en peso y lo tiró al mar. Luego él mismo se tiró a salvarlo, se lo echó al hombro, y fue a arrojarlo, como un cadáver de una venganza, a la puerta del hotel. Desde entonces no lo molestaban.

Pero todo el invierno persistieron en su tacto las formas y la voz de la muchacha que había fingido ahogarse. Se la evocaban las brisas, las olas, la arena, todo. Lo que quiera que tocara u oyera iba a dar aquella impresión. Por momentos procuraba librarse de ella, mediante ejercicios físicos —nadar, correr, incluso trepar a uno de los pinos o uvas caletas de la orilla—. Pero esto producía más bien el efecto contrario. Era como si el ejercicio remachara, martillara adentro la impresión que buscaba expulsar. Como si en la violencia las formas dejadas en su tacto se avivaran, se ciñeran a él, lo envolvieran y fueran ellas mismas las que lo impelían y arrastraban. Al final del invierno sufrió una fuerte conmoción. Vino el médico, pero resultaba difícil precisar por una sola vía lo que le atenazaba. Sufría un fuerte constipado, pero esto no explicaba su estado general, una suerte de lucha entre dos fuerzas, una que lo aprisionaba, que lo agarrotaba, y otra que pugnaba por liberarse. De ahí sus momentos de convulsión seguidos de otros en que permanecía postrado. Al venir la primavera los síntomas exteriores se fueron fundiendo en un estado de saturado aturdimiento, pero no de imposibilitación. Volvió al mar y se acercó cautelosamente a la playa, no saliendo nunca a la arena entre los bañistas, sino volviendo hasta la parte despoblada, próxima a su guarida, por el agua. Con todo, en seguida empezó a reconocer de nuevo las voces, y el primer sábado por la noche se acercó al ancón donde la familia solía pernoctar. La misma voz, y aun le pareció que el calor de la fogata que prendían estaba allí.

Esta vez empezó a rehuir los desafíos de los muchachos, cuya proximidad antes buscaba, y cuya familiaridad le halagaba. Andaba siempre como al acecho, en la cercanía de las muchachas, que reconocía hasta por sus movimientos en el agua, como situándose en posición de saltar sobre la presa, pero imposibilitado por su alma siquiera para rozar sus cuerpos. A veces se detenía, ladeando el rostro a flor de agua, absorbiendo, ora con el oído, ora con el olfato, la presencia de aquellos seres misteriosos. Otras aguardaba a corta distancia donde una había hecho pausa, o demoraba retozando, promoviendo remolinos y espumas, y cuando se alejaba, él se zambullía en aquel lugar. Seguía en la ebullición hasta que el agua se aquietaba. Luego se quedaba con la cabeza de lado captando con su oído de ciego la posición de la fugitiva, pero huyendo bajo el agua cuando ella se acercaba. Siempre a distancia prudencial, escurriéndose siempre que, dentro o fuera del agua, alguien se situaba excesiva y peligrosamente cerca; mantenía aquellas raras y fugaces relaciones de sonido y de proximidad. Prisionero de ellas, imantado por ellas, se acercaba y alejaba en una suerte de danza acuática, en la que se descargaba intensa y agotadoramente. Luego se alejaba, dando un rodeo, nadando apaciblemente en arco para ir a reponerse con la sombra, a la misma caleta, al pie del montículo donde se alzaba la casa. Durante el resto de la noche dormía en el piso alto, frente al estudio, abiertos todos los vanos, tendido, desnudo a la brisa.

Misteriosamente el secreto de su ceguera se mantuvo a medias durante las tres primeras temporadas. En cuatro años el adolescente había dado toda su altura, la vida al aire libre toda su potencia. Al fin del cuarto año algo novedoso y raro comenzó a cundir ya por el trozo de costa. Las voces eran más numerosas, más confuso e irritante el jaleo, dentro y fuera del agua. Él sabía que nuevas casitas de madera habían empezado a brotar en la orilla, si bien en el extremo opuesto a la suya —porque todo este otro terreno era suyo—, y que otros hoteles más amplios y populares competían con el de Pascual. Ya al cerrar aquella estación se le hizo más difícil distinguir sus tres, cuatro o cinco espectros preferidos. En las últimas semanas se habían agolpado oleadas colectivas de gentes que se abatían como plagas, los sábados y domingos, sobre las arenas. Desde luego, él podía morar en zonas más remotas, a quinientos o mil metros de la orilla, pero sólo una o dos de sus muchachas llegaban hasta allí. Las otras parecían sumidas y envueltas en esa abundancia confusa de gente de tierra adentro, lo cual le irritaba. Al mismo tiempo, por quién sabe qué coincidencia, aparecieron las grietas en aquella conjura misericorde por la cual los primeros bañistas ignoraban o simulaban ignorar su condición. Su figura extrañaba, y queriendo huir a la sociedad, no hacía más que significarse. No le valía haberse cortado el pelo al rape; su cuerpo cobrizo dorado no tenía semejanza con ningún otro.

A pesar del tumulto, volvió a acercarse gradualmente a la orilla. Hacía incursiones rápidas, de buceo o superficie, captaba palabras. Todavía algunos le llamaban el Rubio, pero entre la algazara oyó algunas notas heridas que rechazó secretamente como similitudes fonéticas. Las oyó varias veces en distintos grupos, al azar y de pasada, pero las esquivaba porfiadamente, diciéndose que, sin duda, era otra palabra similar, como «ciervo», «bebo», «juego»... Se acumulaban cuantas palabras pudieran tener una semejanza de sonido, y que hubiese aunque sólo fuera un tenue sentido en que esas palabras se pronunciasen en esta playa le servía de pretexto y justificación para no creer que se refirieran a él por su estado. A pesar de este esfuerzo, una capa baja de su conciencia se iba impregnando de ella, dándose por enterada, y ejercía ya una dolorosa presión en todo él. El fin de la temporada, en contraste con las anteriores, fue más bien un alivio. La última tarde que se aventuró hasta los núcleos de bañistas fue particularmente dolorosa. La palabra, o similar fonética, se repitió con cruel insistencia. Andrés huyó dando un rodeo en arco más amplio, y por primera vez —debía de haber perdido el control, haber nadado más que de costumbre— llegó fatigado a la orilla. Desde ese momento se replegó a su propia zona y en todo el invierno sólo salió en rápidas incursiones, rectamente hacia el norte y de regreso.

Otro acontecimiento lo había sobrecogido y sobresaltado aquella mañana. Falto de sueño, se había zambullido antes del alba, nadando sin prisa hacia el noroeste, luego directamente al sur. Un misterioso sentido, inexplicable para otros, le permitía siempre orientarse con precisión, así como medir las distancias. Por su reloj hubiera podido medir exactamente qué distancia podía recorrer a un ritmo dado sin fatiga, pero nunca consultaba ese reloj porque nunca se fatigaba. Esta estación, sin embargo, había estado colmada de violentas emociones. Primero había nadado casi sin descanso, sus sentidos siempre al acecho, su cuerpo siempre a la busca de una proximidad que debía ser todo lo corta posible, sin serlo demasiado. Esa pugna por mantener las distancias, y las violentas fugas, sumersiones y virajes, suponía, hubieran sido agotadoras para un cuerpo más viejo o menos vigoroso y habituado. Él no pareció sentirlo hasta este día final, en que sin duda había ido muy lejos, y cuando percibió el vaho —¿era un vaho?— de la arena, notó que le hacía falta un respiro. No queriendo acercarse más —había ya bullicio en la orilla—, descansó boca arriba, hasta que sintió, tibio, el sol en la cara. Por largo rato permaneció abstraído y ausente. El bullicio de la gente de primera orilla sonaba lejano y las olas mansas lo mecían apenas. Esta paz fue rota instantáneamente por un buceo hondo. Al principio supuso que sería pichón de raya o tiburón, de los que a veces se acercaban demasiado a la playa, pero en seguida distinguió, si bien apenas tuvo tiempo de hacerlo mentalmente.

Una suerte de ola submarina pasó rozándolo, siguió, regresó de través. Por unos instantes demasiado tensos para ser medidos, giró en torno, pasó por debajo y, de un salto, por encima de él. Durante un momento lo tuvo abrazado, estuvo ceñida a él, envuelta en él, como una ola, y, con la misma prontitud, se fue riendo hacia la playa, con risa de espumas turgentes y encrespadas.

¿Qué tipo de realidad había sido? La risa, él la había reconocido, pero el tacto no correspondía en él a ninguna palabra o imagen o sensación suscitada por palabras. Decirse que tacto, movimiento y formas correspondían a aquel u otro personaje real, para él sin nombre, no servía. No aludía apenas al hecho. Pero no había duda de que la dueña de la risa era ella. Con este término la conoció desde el primer día.

Andrés volvió a casa por su rodeo y permaneció largo tiempo temblando, por el interior. Cuando vino el dependiente a llamarlo para almorzar —¿se le había olvidado?—, tuvo que llevarle el almuerzo. Al otro día el dependiente se presentó con el desayuno y lo contempló intrigado. Andrés estaba aún de pie, un aspecto de aturdimiento, irritación y abatimiento a la vez en el rostro. El dependiente puso la bandeja en la mesita de la terraza, le miró largamente en silencio; luego, quizá interpretando bien su estado, dijo:

—Aquélla le ganó a usted nadando. Este año vino en un balandrecito: luego siguió viaje con su partida.

Andrés no contestó. Ni siquiera parecía impresionarle el informe. Después procuró apartar de sí las sensaciones que le oprimían. Lo necesitaba. ¿A qué mortificarse? Ella había aparecido y desaparecido como un sueño. Tratarla, por lo tanto, como un sueño.

Con todo, los sueños dejaban marcas tan hondas como los hechos. No volvió a la playa en los meses de septiembre a junio y, a diferencia de los inviernos anteriores, permanecía en el agua sólo unos minutos a mediodía. Se quejó de que este invierno era más frío que los anteriores, y una tarde se le ocurrió entrar en el estudio que había permanecido cerrado todo el tiempo, y no tenía más sentido que el de guardar sus primeros tanteos artísticos. Lo movió a entrar una extraña impresión. Se le figuró que el estudio, cuyas ventanas no se abrían nunca, tenía una suerte de calefacción de aire rancio y tiempo detenido, donde sentía deseos de sumirse. En rudo contraste con su estado anterior, deseaba más bien recogerse que expansionarse. Siempre que se botaba al agua —era un botarse a sí mismo, como un buque reparado— y hacía una corta excursión, hacia la playa, tropezaba en seguida con sensaciones oscuras y adversas. Diluidos en él quedaban los sonidos que tanto se parecían a «ciego», aunque nunca se había atrevido a admitir ante sí mismo que fueran realmente esa palabra. En el estudio el ambiente se le figuró, en efecto, un refugio. Empezó por tantear en derredor, localizando los objetos: el baúl de los recuerdos, la mesa de trabajo, la ancha y larga repisa donde esperaban las obras de su aprendizaje, las cajas de polvo de yeso, los bloques de arcilla, antes envueltos en paños húmedos, pero ya secos y endurecidos... En el centro, hacia la cristalera, estaba una silla de extensión que había usado en su otra casa, y se echó en ella, cara a la luz, como si pudiera contemplar la hermosa vista de la playa y costa que dominaba. Distraídamente había empezado también a palpar sus esculturas, pero la impresión fue de repulsión: rechazaban sus dedos como si estuvieran cargados de corriente. Aquellas formas pequeñas, pobres y recortadas, torturaban sus sentidos, distensos, ahora, por líneas más fluidas y plenas. Las figuras —bustos, estatuas, cabezas— eran una sujeción de su alma actual, sin límites, a líneas mezquinas y cerradas, obligándolo por un instante a vivir encerrado en ellas, recortándolo a su medida. En un rapto de irritación abrió la puerta cristalera y comenzó a arrojarlas al mar. Calculó el sitio donde habían caído y hasta ese sitio evitaba cuando se zambullía en el agua.

Pero ahora el recodo a que se limitaba le venía estrecho, y al apuntar la primavera se debatió torpemente por romperlo. Desprendido de las esculturas llenó su vacío, imaginativamente, con otras que acaso fuera capaz de crear. Se veía a sí mismo haciéndolo, las veía surgir de la masa amorfa, cobrar gradualmente una vida artística que respondía no a unos modelos visibles externos, sino a emociones internas que las hinchaban, distorcían, distendían y torneaban conforme a su potencia. Las veía formadas, sueltas, prendidas, cambiando. Un día encargó al dependiente un bloque de barro húmedo de La Habana y empezó a manipularlo, pero los primeros resultados fueron desalentadores. El barro bajo sus dedos no daba nada que correspondiera a lo que veía y sentía en su imaginación. El contraste provocó en él una reacción todavía más estremecida que las formas pequeñas y realistas. Contra las figuras recortadas se sintió triunfante, y en el período siguiente se vio libre de estorbos y con aptitud para algo impreciso pero «grande». El desaliento siguiente lo aplanó. A los pocos días abandonó sobre la repisa aquellas masas donde había impreso modulaciones extrañas. Ninguna tenía semejanza siquiera remota con las cosas visibles, como no fuera, tal vez, las de la tierra misma, antes que sus relieves fueran nominados. Había empezado y abandonado sucesivamente varios bloques y en todos se repetían semejantes depresiones, alturas, entrantes y honduras quizá semejantes a las del lecho submarino. Ninguna forma humana completa.

Al advenir la primavera empezó a recobrarse. Había vuelto a cerrar el estudio y —lo que nunca había hecho— se pasaba horas sentado en el portal escuchando las olas, los cascos de algún caballo a galope por el camino, detrás de la arboleda, la brisa en las ramas. Del caserío de la playa apenas llegaba sino algún mugido distante de victrola. Pero con abril ya empezaron a florecer voces y risas juveniles y su corazón se reanimó también, atraído siempre por ellas. Empezó a acercarse de nuevo, nadando casi a flor de agua, sin ruido ni estela. A cada trecho se inmovilizaba como un pez en reposo o al acecho. Había alcanzado ese don: detenerse a flor de agua, no boyado boca arriba, sino como un pez cuyas aletas nadie veía mover. Pronto empezó a distinguir entre la mayor barabúnda la voz y risa que buscaba. Había venido más temprano este año, aunque, como siempre, se había ido más tarde que nadie el año anterior, según le había dicho el dependiente. Fascinado, cada vez más envuelto por ella, se iba aproximando, quizá peligrosamente, al grupo donde la sentía nadando, la atraía fuera, a distancia, a una zona móvil que fijaban tácitamente para ellos, para su juego de competencia, retozo y esquivación. A veces ella se deslizaba a lo largo de él, se volvía deteniéndose como para observar la reacción. Esta variaba. Acaso él se sumergiera, reapareciendo más lejos, en evitación de aquella mirada que sentía posada sobre su rostro cada vez que ella se detenía. O bien, presa de su corriente, empezaba a darle vueltas, en espiral, saltando fuera del agua, sumergiéndose mientras ella, tendida, permanecía quieta o se volvía simple y perezosamente con abandono al impulso de sus acometidas. Si esto sucedía era el clímax de un acto. Seguidamente él se alejaba con el mismo impulso mar afuera, hasta donde ella no le seguía, y continuaba luego hasta ir a dar, exhausto, a su rincón de playa.

Esta mañana ella lo siguió hasta tan lejos que Andrés empezó a alarmarse. ¿Y si se fatigaba? Dos o tres veces varió el curso, nadó largo trecho hacia la playa, para seducirla en aquella dirección, hasta conseguir rendirla a corta distancia de las arenas. Entonces, reemprendió su huida, yendo a recalar fatigado a su rincón de sombra. Los últimos metros los recorrió por inercia; se quedó, medio busto fuera, jadeando en la arena tibia, pero exaltado, el rostro todo iluminado como si la vista perdida en los ojos se hubiera diluido por su frente, mejillas y boca.

Al principio estas proyecciones femeninas no eran individuales. De todas recibía algo a la vez, como ondas o emanaciones interferidas. Algunas eran más intensas, más próximas, más lejanas, pero nunca del todo desprendidas unas de otras con poder autónomo y único. Eran «ellas» y una era sólo un instante, o una aproximación o una invitación de ellas. Gradualmente esos mensajes se fueron distinguiendo hasta llegar a ser casi personas, tener voz y ritmo propios en el agua. Pero sólo ahora una se había desprendido realmente, y aun se había rebelado contra la matriz difusa, vaga y de sueño que eran —en él— ellas. La tarde siguiente fueron aún más lejos. Retozando, ella lo seguía a cualquier distancia y otra vez él volvió a temer que las fuerzas le fallaran, de modo que siempre regresaba a las proximidades de la orilla. Esta vez ella persistió hasta entrada la noche, y fueron juntos a fondear a una parte algo retirada del bullicio. Llegaron, abandonados en una ola y, abandonados, derribados —ella, levemente sobre su hombro—, se quedaron en la arena fina, cálida y mojada. Habían estado largo tiempo en el agua, se sentían mutuamente las respiraciones atoradas sosegándose, dejando pasar, sin ilación, música de palabras. Un bandeo de ola la dobló a ella más sobre su hombro. Él sintió su barbilla contra el cuello, los cabellos chorreando contra su mejilla, el cuerpo como una ola cálida y prisionera.

Al otro día el arco que describieron en el agua fue más abierto y el fondeadero más próximo a su coto, pero el momento de reposo era roto súbita y extrañamente por él, que desaparecía en el agua como si el agua fuera su elemento. Siempre que las palabras empezaban a enlazarse, a formar un sentido, él tenía que romper. Esta noche había baile. Ella, como siempre, se quedaba hasta el lunes. Quizá viniera también por la mañana. Podía hacerlo si quería. Podía hacer cualquier cosa que quisiera. ¿Dónde vivía él? Podía incluso huir con él a la cueva submarina, donde sin duda él tendría su castillo...

Su risa estallaba en notas breves, jóvenes, plenas. La tarde siguiente, cuando él se precipitó de nuevo al agua, se le cruzó en el vuelo y una ola los devolvió abrazados a la orilla. Siguió una lucha extraña, no por desprenderse, y no por ceñirse, sino ambas cosas: una lucha fiera, que duró breves instantes. Luego, al desprenderse, él notó como si algo se hubiese quebrado. Sintió materialmente un estallido breve, de un muelle que se quiebra, y cuando trató de hallarla de nuevo, ya ella no estaba. Él no tenía conciencia de la hora —quizá fuese aún de día—, ni del lugar —podía estar más o menos alejado del centro—. Sintió ruido cerca. Le pareció oír pies —más de dos— descalzos sobre la arena —como la otra noche—, pero nada más. Aguardó así, sofocado, algún tiempo, sintiendo la brisa en los ojos. Luego, algo repuesto, reemprendió con cautela una excursión, no lejos de la orilla, deteniéndose a trechos a escuchar. Antes de llegar a la zona concurrida volvió varias veces hacia atrás, atraído oscuramente por un punto donde, sin embargo, no se oía nada. ¿Qué le atraía? ¿Podía ser ella que se había detenido, extrañada de que no la siguiera y que ahora lo observaba más extrañada aún, desde la orilla? Se la representó sentada en la arena, las rodillas juntas, cogidas con los brazos, los pies en el agua, mirando con asombro al hombre-pez, que no se atrevía nunca a acompañarla por tierra. Temió que lo espiara, y siguiera hasta su casa, por lo que sólo regresó —y con mucha cautela— bastante después. La casa, donde nunca se prendía luz, tenía una entrada casi escondida, lateral, a la que se llegaba por un trillo que iba a dar a la orilla, a cien metros de distancia. Varias veces creyó sentir pisadas en derredor, pero nadie se acercó a él. Y pasó la noche en la hamaca bajo un pequeño portal de flanco. Cuando despertó no tenía idea del tiempo transcurrido. Sólo sabía que el sol le daba de plano en la mejilla y que alguien entraba por el lado opuesto. Por el sonido reconoció al dependiente. El desayuno —frutas, miel y leche— le restauró fuerzas. Por primera vez en mucho tiempo había dejado de darse su zambullida al amanecer. Ahora tendría que esperar a la tarde para volver a buscarla a la zona donde, tácitamente, se habían dado cita en días pasados. Pero la tensión había ido en aumento. El arco que recorrían alejándose del tumulto se había ido agrandando y en la misma medida lanzándolos a una parte más apartada de la playa. Hasta entonces el galanteo había sido siempre en el mar; por primera vez la tarde anterior se había aproximado peligrosamente a la orilla. ¿Sabía algo de esto el dependiente?

Su relato era vacilante y sin duda ocultaba algo. Había visto a la muchacha nadando en competencia con él. Ayer otro nadador había seguido su estela cuando perseguía a Andrés; no había podido alcanzarlos, pero luego, ya cerrada la noche, la había encontrado sola, sentada en la arena, a media distancia entre el hotel y el rancho. Luego, pasada la medianoche, la joven se había presentado sola en el salón de baile. Había bailado sin descanso hasta la madrugada, y aún no se había levantado.

El dependiente no dijo más. A media tarde Andrés estaba de nuevo acercándose al gentío. Habían pasado cinco o seis semanas desde que había captado realmente desprendida la presencia de la joven y la había identificado con la de las temporadas anteriores. A continuación la avalancha de gente se había agolpado cada vez con más fuerza y volumen y eso mismo parecía haber contribuido a lanzarla a ella fuera de la zona general y a la casi inaccesible del nadador. Según aumentaba el tropel, así ella se iba arrojando más y más a la zona vedada, imitando al hombre en sus fugas y giros, envuelta y arrastrada por ellos. Ahora algo había ocurrido. Antes de que el arco de natación fuera bastante ancho para arrojarlos a su caleta escondida, de noche, una fuerza extraña e irritada se había interpuesto. ¿Qué había sucedido realmente, la noche anterior? ¿Por qué se habían abrazado así, como en una lucha, y se habían desprendido de pronto como repelidos, disparados por un muelle? Acaso la presencia de... No era probable. El mismo dependiente decía que el joven, quienquiera que fuese, la había encontrado sola sentada en un punto distante de la playa. Ninguna causa externa los había disparado uno del otro. Lo que fuese era algo oscuro, interior, en uno de ellos, o en ambos.

Ahora ardía en ansias de encontrarla. Quizá fuese demasiado temprano. El sol quemaba aún fuertemente en las manos y la frente y el volumen de gente en el agua no era muy grande. Había perdido la medida del tiempo. Quizá ése fuera un mal síntoma. Durante más de tres años había conseguido disimular casi completamente su condición gracias a la intensa y constante vigilancia de todos sus otros sentidos. Esa vigilancia le permitía, mediante misteriosas ecuaciones, calcular el tiempo, la posición, la medida, las distancias, con una precisión de que otros carecían. Un leve descuido en esa guardia podía delatarlo o perderlo. ¿Se había producido tal descuido en la tarde anterior? No podía decírselo. Lo que hubiese ocurrido le dejó una memoria revuelta y opaca, y en ella se diluyó hasta el tiempo. La duda le acicateaba aún más el nuevo encuentro que esperaba de todos modos. ¿Acaso era posible que no volviera? Hoy era domingo. Ella misma había dicho que se quedaría hasta el lunes. Lo ocurrido era que se había fatigado bailando y... Esta imagen —la muchacha bailando— recibida a través del criado le había atormentado por un instante; la fue depurando en sí mismo hasta que sólo la veía a ella bailando en brazos de un invisible.

Se fue aproximando por etapas. Cada pocos metros se detenía, ladeaba la cara, viraba en otro sentido. Fue recorriendo en semicírculo toda la zona, cada vez más nutrida, según refrescaba la tarde. Tensa la atención en lo que buscaba, no reconocía ya ninguna de las otras voces, sólo podía decirse: «No es ella, ésa no es ella...». No le hubiera costado ningún esfuerzo reconocerla aun en medio de la mayor barabúnda. Esta aumentaba y se distendía a medida que él se ponía más cerca. La idea de que no fuera a salir lo arrastraba más y más al remolino, donde sin duda habría de encontrarla. «Se está callada, para no delatarse... Está jugando. Se calla para ver...»

El pensamiento se quebró en seco. Había corrido solo, extraviado y ajeno por completo al control de sí mismo. ¿Por qué había de querer ella ocultarse en el silencio cuando la vista podía descubrirla? ¿O acaso sabía ella que...? Un atropellado chapaleo de malos nadadores venía hacia él. A corta distancia alguien se tiraba torpemente de un trampolín. Se cruzaban voces cortadas y confusas, salpicadas de bromas mortificantes. Una se alzó irritada: invitaba a otros a llegar hasta él... ¡Otra vez aquella anonadante similitud fonética! Después las voces parecían llamar a alguien, directamente en el sentido en que se encontraba. La persona a quien eran dirigidas debía de llamarse Diego, porque así sonaba. Diego, Diego...

No. Sonaban ya demasiado claras y persistentes para haber confusión. Era al ciego a quien se dirigían. Lo mandaban detenerse. Se retaban entre sí a quién llegara hasta él. Abofeteado por todas partes, se detuvo confuso, aturdido. Por varios minutos no supo en qué sentido debía o quería nadar y se sostuvo a flor de agua, inmovilizado o girando brevemente sobre sí mismo. A continuación se hizo una breve calma. Las voces parecían dispersas, y entonces, desde la dirección que consideraba alta mar, sintió venir el leve y siseante rumor de un cuerpo que se desliza por el agua. El siseo cesó justamente ante él, se disolvió en una simple y muda vibración de ondas en su derredor. En un momento hasta esa vibración se detuvo y, ante él, ante sus ojos imaginativos, se abrieron insolentes, asombrados, mirando a los ojos ciegos, otros ojos. Simultáneamente algo había brotado del fondo ascendiendo en sentido longitudinal a su cuerpo, rozándole con el agua promovida en el ascenso.

Todo eso duró acaso un instante. Al cesar, al retirarse el cuerpo, se rompió también el imán. Otra vez volvieron a estallar las voces, pero esta vez fue ya como cencerrada, como toque de espanto al que huye. Andrés tiró los primeros golpes de brazo al azar. En espacios limitados otras veces se había permitido nadar al descuido, sin la guardia de orientación y control, sin atención fija en la dirección, pero eso era sólo porque esa atención estaba en un radio más amplio. Ahora, ese radio, ese punto circular de referencia, se había perdido. Su único móvil era huir, salirse, no sólo del radio de las voces ofensivas, sino del de los ojos que había adivinado mirando, ya enterados, a los suyos. Huir era cuanto deseaba, pero sin meta precisa. Sólo una referencia podía guiarle —las voces y rumores de que huía—, pero ésa se perdió pronto, y el mar se le figuraba corto para ocultar en él lo inocultable. Nadó con furia, sin cesar, por un tiempo indefinible, hasta que el cansancio fue moderando su impulso y aclarando su mente. ¿Por qué estaba así? Maquinal, instintivamente, se había quedado boca arriba, descansando, a flor de agua, y sintió un leve roce de sol en la cara. Este sol venía horizontalmente, de modo que pronto estaría oculto. Guiado por él hubiera podido reemprender el viaje hacia la playa, por largo que fuera, pero antes tenía que pensar, y esa referencia —el sol— desapareció prontamente. Debía de ser noche cerrada cuando intentó desandar la ruta recorrida y ahora ignoraba por completo en qué sentido se encontraba la playa. No tenía absolutamente ningún elemento que se lo indicara, y debía de hallarse lejos, pues había nadado con todas sus fuerzas hasta fatigarse, cosa que no podía ocurrirle normalmente hasta bien pasada la milla. Quizá más. No podía gritar en demanda de un eco, no se oía sonido alguno en ninguna dirección. Además, la fatiga no se había disipado. Piernas, brazos y cintura no respondían a su mando con suficiente soltura y aún le duraba un poco de ahogo. El agua se había tornado fría, y todo su cuerpo parecía entumecerse. Se figuró que la playa debía de estar en el sentido en que tenía la cabeza, ya que el sol —que se ponía por el lado opuesto— le había dado en la barbilla, pero entre tanto las olas lo habían vuelto varias veces. Y sólo la vista hubiera sido capaz de descubrir el rumbo. ¿Qué hacer? Un contenido estremecimiento pasó por él como una corriente, borrando todo otro sentido y pensamiento. Sólo esto: ¿qué hacer? Quizá pudiera permanecer a flote hasta el día, pero aun entonces era dudoso que nadie pasara por ahí. No navegaban botes, yates ni lanchas por esta zona y ningún nadador se aventuraba jamás bastante lejos. Sólo quedaba aventurarse al azar, hacer un tanteo en cualquier dirección. Pero ¿y si lo hiciera en sentido opuesto a la orilla, hacia la alta mar? Desde luego, él era capaz de sostenerse a flote, incansablemente, en varias posiciones. Caso de que la incursión fuera errada, al cabo de unas horas lo descubriría. ¿Cuánto tiempo había estado nadando desde que saliera disparado, primero hacia su orilla, y desde ésta en línea recta hacia el norte? No podía decírselo. No se detuvo a pensarlo. En ninguna situación anterior le hubiera asustado hallarse a ninguna distancia de la costa. ¿Por qué ahora? Un poco fatigado quizá, los miembros algo entumecidos: pero podía ser por el fresco de la noche. En seguida entraría en calor.

Se propuso un curso en zigzag en la dirección que, por incomprensibles razones, o impresiones, suponía más probable la costa. Así, caso de que nadara en sentido paralelo a ella, en algunos de los zigzaguees se aproximaría más y su aguzado oído descubriría algún rumor. Calculó que dos horas como máximo —medidas por el grado de su fatiga a un ritmo dado, al impulso medio— le darían la respuesta. Si era negativa, podía entonces emprender la ruta opuesta, la segura. Nadaría holgadamente, ahorrando fuerzas, ganando la mayor distancia posible con el menor esfuerzo.

Los primeros golpes de brazo, a pesar del entumecimiento, se le figuraron bastante desenvueltos. Le pareció que avanzaba sin esfuerzo. El oleaje no era fuerte, y el agua, a estas profundidades, tenía gran poder de suspensión. Todas sus facultades se concentraron ahora en estos movimientos de miembros y cuerpo y, por primera vez, enviaron, como si dijéramos, su representación a la mente. Antes ocurrían por sí mismos, sin relación consciente con el espíritu, que se hallaba libre para aplicarse a otros motivos. El nadar era para él como el caminar por un terreno llano y conocido, sin que siquiera se percatara. Sólo ahora era una función directamente bajo la observación del cerebro, ligada al cerebro. Era como si los «mandos» medios que cumplían esa función hubieran fallado, y sus propios movimientos, y aun sus pensamientos, estuvieran tan de cerca eslabonados a la conciencia que se hacían dolorosos. Le parecía como si cada bandeo y mordida con el cuerpo en el agua repercutiera dolorosamente en sus sienes. Por otro lado, esos movimientos eran entorpecidos por la vigilancia como los de un actor con rubor de tablas. Se dio cuenta de que avanzaba poco y con un esfuerzo excesivo. Se le figuró incluso que las articulaciones le crujían, que los huesos se rozaban unos con otros. No podía comprobar en qué medida el avance no correspondía al esfuerzo, pero el tiempo que tardaba en rebasar una ola que le viniera al encuentro era excesivo, al menos en trabajo.

A esto acompañaba un creciente enfriamiento de los músculos. Lejos de entrar en calor, sentía más frío. Con todo, había podido concentrar toda su voluntad en vencer la distancia y por bastante tiempo no le turbó la idea de que el rumbo pudiera ser equivocado. El esfuerzo mismo que se demandaba le impedía afrontar la posibilidad pavorosa de que estuviera nadando mar afuera, dejando la costa a su espalda. Por el contrario, le animaba y daba fuerzas la esperanza de que pronto podría oír la brisa en los pinos, las caletas, los cocoteros, los hierro-de-costas. Y entonces el agua se tornaría tibia con el vaho del sol o el que impregnaba las arenas. Por mucho que se hubiera alejado en su pánico cuando disponía de todas sus fuerzas, de un tirón, hasta fatigarse, podía recorrer el mismo trecho a un ritmo ligero. Si era preciso volvería a descansar, pero sólo si era absolutamente preciso. Mientras pudiera, seguiría nadando.

Al principio se detenía a trechos, ladeaba la cabeza, no pudiendo percibir más sonido que el que él mismo producía en rozamiento con el agua. Luego, cuando ya la fatiga se hacía apremiante, creyó sentir dos o tres veces un tenue y desconocido rumor, que podía ser croar de ranas, rasgueo de música, una décima en la loma. En todo caso, debía de ser rumor de tierra, ya que el mar no los tenía así. Desde ese momento no quiso ya dudar siquiera subconscientemente de que la orilla estuviese próxima y en la dirección que llevaba. Redobló el esfuerzo. Conteniéndose, procurando mantener el ritmo, bien que acelerado, se impelió a sí mismo con todo el vigor de que era capaz, hasta que el esfuerzo se volvió a sentir, esta vez en un grado torturante.

Después el dolor mismo empezó a disminuir, o más bien a diluirse por todo el cuerpo. Una vez más los movimientos parecían ser regidos por sí mismo, abandonados a sí mismo por la potencia vigilante. La meta —que ya debía de estar cercana— absorbía ahora toda su atención. Aquellos primeros rumores se transformaron en otros, tan numerosos y alegres como extraños. Había risas, voces juveniles, música. Chistaban los grillos, un tren pasaba pitando, y —cosa más extraña— hasta se le figuró por dos o tres veces que había «visto» pasar en arco —un arco como el que él describía nadando— bengalas de cocuyos. Otra vez reapareció en su imaginación la muchacha bailando con el hombre invisible, bailando sola en la pista hacia el alba, cuando ya todas las demás parejas habían abandonado el sitio. Multitud de imágenes y sonidos embargaban su mente, le sustraían a cuanto al resto del hombre pudiera acontecerle. La playa estaba, al amanecer, colmada de gente (la gente de domingo), y a través de esa masa pululante venía ella, como una ola rebelde, una ola morena y de través, a recibirlo. Oyó su voz —clara, diáfana, leve, sorprendida—, que preguntaba algo ininteligible. Surgía de pronto y volvía a sumergirse, daba vueltas en torno y se alejaba, disolviéndose cada vez que se imprimía un impulso hacia ella. Trató de llamarla, de hacerle ver que sentía fatiga, que necesitaba ayuda, pero su propia voz se atoraba en la garganta y no salía. Alzó una mano, luego otra, en sucesivos y desesperados aleteos de ave herida y no marina derribada en el agua. Trató de cogerse a algunas de las figuras que creía ver, siguiendo la estela de la joven, pero también ésas se disolvían, con un ruido que no era risa, pero que correspondía a una burla más cruel que ninguna risa.

Tras algunos intentos, recapacitó: ¿acaso no se daban cuenta? No. Él, el gran nadador, ¿cómo iba a ahogarse a cien metros de la playa? Porque no podía haber más. Esa multitud no llegaba nunca más lejos. Estos que seguían a la sirena eran de los más aventurados. Los otros estaban más allá —los «veía» claramente—. Si llegaba hasta ellos —y sólo faltarían unas treinta brazas— estaría a salvo. Se asiría a cualquiera. Además, allí ya se daba pie. Con esta idea hizo un nuevo intento, se impulsó con todo el poder de sus músculos, en línea recta, hacia el bullicioso grupo que formaba siempre el núcleo de bañistas por la mañana, y cuando creyó haber recorrido el trecho alzó de nuevo la cabeza, «miró» en derredor. Notó que en uno de los ladeos el sol le había dado en la frente, luego en la mejilla. Pero el núcleo no existía. Se había disuelto igualmente. Andrés tiró zarpazos a derecha e izquierda, pero al hacerlo, notaba que la persona que creía haber asido se disolvía y él se sumergía bajo la superficie. Cada vez que tiraba un zarpazo se hundía más y más, mar adentro, mar abajo, lejos, cada vez más lejos de la orilla, sus arenas blancas, hacia la tiniebla oculta, la tiniebla submarina y remota...



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