Lino Novás Calvo
(Grañas de Sor, Galicia, España, 1903 - Nueva York, 1983)
La noche de Ramón Yendía
La luna nona y otros cuentos (1942)
(Buenos Aires: Ediciones Nuevo Romance, 1942, pp. 77-110)
Ramón Yendía despertó de un sueño forzado con los músculos doloridos. Se quedara
rendido sobre el timón, todavía andando el automóvil, rozando el borde que separaba la
calle del “placer”. A la izquierda se sucedían las casas: una fila de casas nuevas,
simétricamente yuxtapuestas y apretadas unas contra otras. Algunas estaban todavía por
terminar; otras eran habitadas por gentes nuevas, “pequeños burgueses; grandes
obreros”, que todavía no se sentían afirmadas en el lugar: por tanto, menos agresivas. Por
instinto, o por accidente, Ramón buscó este lugar, para el descanso. Desde hacía cuatro
días no iba a casa; dormía en el “carro”, en distintos lugares. Una noche la pasó en la
piquera misma de los Parados. Fuera precisamente allí donde todo se enyerbara. Tuvo
miedo, pero se esforzó por dominarse, por demostrarse a sí mismo que podía ahora hacer
frente a la cosa. No quería huir; sabía, oscuramente, que al que huye le corren atrás —
salvo, desde luego, que alguien protegiera su fuga. Estos cuatro días habían sido, cada
minuto, una sentencia de muerte. La veía venir, la sentía formarse, como una nube
densa, cobrar forma, salirle garfios. Ramón no podía huir, lo sabía; quizás pudiera
quedarse, ocultarse, o simplemente esperar. En todo terremoto queda siempre alguien
para contarlo. Es un juego terrífico; pero luego, la vida es toda ella un poco juego. La
segunda noche, sin embargo, fue a parar a las afueras, junto a una valla; y la siguiente se
detuvo junto a la casa de un revolucionario. Conocía a aquel hombre, aunque
probablemente no fuera conocido por él. “Acaso me alquile”, pensó. Si lo hacía, tal vez
pudiera pasar la borrasca inadvertido. De algún modo presentía que la borrasca tenía que
venir, y que pasaría. Sus “clientes” se habían ausentado ya; luego, esto se hundía.
Ramón no tenía experiencia en estas luchas. Había caído como en un remolino.
Hacía tres años que era chofer, y cuatro que le había nacido la primera niña —ahora eran
tres, las tres hembras, ninguna sana. La mujer hacía cuanto le era posible. Dejaba a la
menor en una cunita, amarrada con cintas, y se iba a pegar badanas al taller. Pero esto
era ahora; antes no tenía siquiera taller.
Durante estos cuatro días no fue él a casa sino dos veces, y eso furtivamente. Vivían
aún en aquel cuarto de Cuarteles, con puerta al patio y a la calle. Estela había suspirado
por una casita suya —un bohío que fuera. Les habían ofrecido una de madera, en un
“reparto”, con cien pesos en mano solamente. Los hubieran podido tener reunidos, de no
ser por la enfermedad y la muerte del niño, que era el mayor, y que los dos lucharon
desesperadamente por salvar. Ahora comenzaba a levantarse de nuevo. Ramón tenía un
buen “carro”, por el que pagaba tres pesos. También él suspiraba por un carro suyo —un
Ford que fuera, Tenía buenos clientes, trabajaba dando rueda hasta quince horas, pues
además de su casa, tenía a Balbina, la mujer pródiga, con sus ocho hijitos de tres
hombres. Todo era penoso. El carro bebía gasolina como agua. Era un seis en línea, pero
Ramón no tenía paciencia para aguantar en la piquera. Ahora, cuatro días antes, había
cambiado de carro y de garaje. Era un hombre nervioso, de grandes ojos castaños, que
captaba antes que muchos los mensajes. A veces, sin que hubiera ninguna manifestación
exterior, veía venir las cosas. Los choferes reían; lo hacían espiritista.
El día 6 por la noche fue a guardar temprano, y al otro día no volvió por aquel
garaje. El día 8 se fue al de Palanca y sacó un carro más nuevo. Ya no había en la calle
ninguno de sus “marchantes” habituales; sin duda también ellos se habían olido la
tolvanera. Hacía más de un año que le alquilaban, todos los días. Buena gente, después
de todo, al menos para él. Hablaban con calor humano y familiar en la voz, y parecían
creer en lo que hacían. No eran cazadores; su misión era informar, y nada más. Y Ramón,
también, les había ayudado; él les había prestado sus servicios.
Esta mañana del 12 el mensaje se le hizo apremiante; lo recibió como un sueño
doloroso. Hasta las tres de la mañana había estado dando rueda o parado en “academias”
o cabarets. No había sido un mal día; en esto, apenas se notaba nada insólito. Antes de
retirarse, detuvo el carro junto a un farol, cerca del Capitolio, y pasó balance: había seis
pesos y centavos. En ese momento pasó un individuo a su lado y lo miró detenidamente;
era un joven, con aire de estudiante y llevaba una mano en el bolsillo del saco. Ramón
pensó en ir a su casa, a llevar el dinero; dio un rodeo y se paró en la calle paralela, y
caminó hasta allí; se acercó por la transversal, cruzó por el patio y entró sigilosamente.
Hizo funcionar su lámpara de pila (se la había regalado uno de sus clientes, y era una
prenda excelente), como un ladrón o como un policía, más bien que como un perseguido.
Nada le daba a entender todavía que él fuese un perseguido; lo presentía, simplemente.
No se atrevió a encender la luz, porque la luz revela el blanco, y él entraba allí a
escondidas. Enfocó la lámpara sobre las camas; dos de las niñas, las jimaguas, dormían,
con las caritas juntas, en una colombina; estaban desnuditas, sobre la sábana, y tenían
las manos abiertas en torno a los hombros. En la otra colombina dormían Estela y la
menor; la tercera colombina era la suya y estaba vacía. Nadie se despertó. Estela tenía
puesta una camisa de dormir, y las manos, palma hacia arriba, a ambos lados de la cara.
A pesar de los trabajos pasados, era aún bella; era joven, tenía la nariz fina, los ojos
grandes, el pelo copioso, la barbilla saliente, los labios gruesos y la boca grande y golosa;
Ramón adivinó su fuerte fila de dientes, algo “botados”; sus ojos despiertos color de miel;
su mirada avispada. La contempló un instante; luego puso el dinero sobre la mesa (allí
estaba, esperándolo, la comida) y salió. No había nadie en torno al automóvil; todo
parecía normal; pasaban demasiados automóviles y a demasiada velocidad; había luces
encendidas en varias casas: eso era todo —¡bastante!
De retirada pasó frente a la estación central de policía. Se advertía una agitación
interior inusitada; le pareció que la pareja de guardias había hecho, al sentir su auto, un
movimiento nervioso con las armas. Él dobló por la primera calle a la derecha, sin pensar
en si era o no dirección contraria. En la siguiente esquina se detuvo, dudando hacia
dónde dirigirse; pero su pensamiento se había remontado varios años atrás, y viejas
imágenes se reprodujeron ante sus ojos, como evocadas por un proyector de cine. Por
aquella fecha había prendido en él una especie de fiebre revolucionaria; no sabía
exactamente por qué; nunca había podido someter sus emociones a un examen frío y
analítico. Quizás se hubiese contagiado, simplemente. No solía leer gran cosa, y no
pertenecía a ningún grupo donde se le hubiesen inculcado principios o aclarado posiciones propias. Había llegado del campo doce años antes, con todos sus hermanos,
después que su padre, perdidos sus ahorros en la quiebra bancaria, se había ido,
manigua adentro, con la cabeza echada hacia atrás, rígido como un cadáver. (Nadie lo
había visto jamás desde entonces.) El contagio le vino sin aviso; estaba en el aire. Todavía
no había tenido ninguna de las niñas, y el niño crecía fuerte y bello, a Ramón no le iba
mal en la calle; tenía suerte para los clientes fijos, quizás porque tenía buen pulso al
timón, y sabía correr, y a la vez, sabía ir despacio.
Fue así la cosa. Casi a diario le alquilaban tres o cuatro jóvenes a veces juntos,
otras separados. Él no sabía aún quiénes eran; sabía tan sólo que eran revolucionarios y
que manejaban alguna plata. Ser revolucionario era un mérito; la palabra resonaba a
gesta nacional de independencia; la había oído desde niño, a los de arriba y a los de
abajo; era moneda nacional de buena ley. Luego, estaba bien. En casa había un poco de
luz; los clientes le tomaron cariño; les inspiró confianza; hablaban con él y, gradualmente,
su tono, sus frases, su entusiasmo lo impregnaron. Hablaba ya como ellos en la piquera,
en el garaje casi todo el mundo empezaba a hablar así, aún no parecía haber en ello
mucho peligro. Se hablaba en voz alta, y se hacían visitas rápidas, a veces, a la alta
noche. En ocasiones, él mismo servía de enlace, con su máquina, sin nadie dentro, le
pagaban regularmente; no le pagaban mal. Al fin, Ramón era uno de ellos.
Cambió entonces la marea. Justino, el niño, se enfermó. Estela estaba encinta, y
también algo alterada. Vinieron las jimaguas, la penuria, y —¿quién sabe?— la duda,
Ramón podía encenderse, emocionarse; creer con firmeza, no. Vio entonces que ser
revolucionario no era tan llano. Una noche como ésta, a principios de agosto, de sobre
mañana le alquilaron dos hombres. Al instante notó que había algo anormal. Podrían ser
“expertos”; otras veces le habían alquilado así, y una vez dentro le habían dicho: “Vamos
a la estación.” Una vez en la estación descubría que estaba circulando, que había
desobedecido la luz roja, que se le había ido el pie en el acelerador, u otra cosa por el
estilo. Un abuso, desde luego, pero la Sociedad ponía la fianza, y a veces había un juez
tan benigno que le condonaba la multa. Estos dos hombres no eran tampoco pasajeros de
los que pagan; dijeron también “'a la estación”, pero la revelación fue distinta. Ramón
aguantó la primera. Lo pasaron a un cuarto pelado con el piso y las paredes garapiñados
de cemento; le golpearon en la cara, en el estómago, en los fondillos. Lo insultaron con las
frases más injustas y más soeces; le ensuciaron con palabras todo lo que más quería; le
amenazaron con hacerle cosas a su mujer. Lo aguantó todo. Para su sorpresa, tras esa
prueba, lo pasaron por la carpeta y el teniente lo puso en libertad. Subió entonces a su
automóvil y con gran trabajo lo llevó hasta el garaje. Aquella noche no fue a su casa, pues
tenía los labios rotos y echaba sangre por la boca. Podía decir que había chocado; en la
misma estación le recomendaron que diera en casa esta disculpa. Gracias; no hacía falta:
él no iría a su mujer con más disgustos. Sus mejores clientes andaban juidos en estos
días, y apenas había podido llevar a casa dos pesetas cada día. Durmió en el garaje, y al
día siguiente salió temprano. Fue a su casa y dijo a su mujer que había estado alquilado
toda la noche, si bien todo se lo habían quedado a deber. Una de las niñas estaba
enferma; la madre creía que era la dentición, pero él temía otra cosa; la niña lloraba
constantemente, y estaba como un hilo. En los días siguientes no vio ninguno de los
clientes significados, y tuvo la sensación de que había por todas partes ojos que lo
vigilaban. En el término del día y la noche le pusieron dos multas; y al día siguiente tres
multas. El cuarto día lo volvieron a llevar a la estación, repitiendo la prueba, más dura
aún que la anterior. Entonces lo dejaron ir de nuevo y le echaron de “diplomático” a otro
chofer que él conocía; un tipo resbaloso, que él veía trabajando siempre de noche,
boteando por los hoteles y los cabarets, o parado en las piqueras. Éste comenzó la carga
con vaselina; poco a poco, lo fue impresionando, con la idea de que los políticos sólo
trabajan para sí, para ser ellos los mandones. Le hizo varios cuentos. Ramón veía cada
vez más oscuro aquel cuarto donde vivía; más anémica y suplicante la gente que lo
habitaba. Luchó consigo mismo antes de ceder, pero el otro tenía un argumento
persuasivo. Le dijo que, en fin de cuentas, era asunto de políticos contra políticos. ¿No
tenían “aquéllos” dinero para alquilarle? Así comenzaban todos, y al cabo se olvidaban de
los que les habían servido de peldaño. No, Ramón era un imbécil si seguía así. Podía,
desde luego, seguir sirviendo a sus clientes. Lo único que se le pedía era que obedeciera
ciertas indicaciones de él, y le diera ciertos informes.
Tal fuera el cómo y el porqué. Se vio acosado y cedió; se le perdonaba todo, y se le
ayudaría. Fue entonces cuando Estela, al tiempo que luchaba por salvar a las niñas,
soñaba con la casita de madera, y él con el carro propio. El médico dijo que las niñas
necesitaban alimento y aire libre. Lo de todos; no hay un hijo de obrero que no necesite
eso; las suyas acaso llegaran a tenerlo. Ramón era un hombre humano, después de todo;
no se movía, como otros, por esas venas frías que, de vez en cuando, laten en el alma de
las gentes. Cedió entonces, por los suyos, por sí mismo. ¿Qué hacer, si no? ¿Dejarse
prender, estropear, dejar morir a Estela y a las niñas? Luego se lo preguntaba a sí mismo,
justificándose. Sabía que estaba procediendo mal; esto le remordía, y necesitaba hacer un
enorme esfuerzo y desdoblamiento de su voluntad. Para calmarse, apelaba siempre a sus
fines: quizás hiciera mal, pero lo hacía por bien. ¿Sería mejor haberse negado, haberse
dejado aniquilar?
Sufrió mucho, desde entonces. Adelgazó, se tornó más nervioso y sombrío, cada vez
necesitaba más fuerza de voluntad para ocultar a su mujer el drama que lo roía por
dentro. Sabía que varios de los que él había delatado penaban en presidio, que acaso
alguno hubiese sido asesinado. Ante esto, sólo le aliviaba el pensamiento de que, después
de todo, ninguno era tan pobre como él; todos tenían por lo menos familiares y amigos
que podían algo y no los abandonarían. A él, en cambio, nadie le echaría una mano. Tenía
que depender solamente de sí mismo. Si un día no podía llevar las tres pesetas a casa, los
suyos no comerían; si un día no pagaba la cuenta, le quitaban el carro; si se enfermaba,
ni siquiera le darían entrada en el hospital. Luego, era justo y humano defenderse, a
costa de quien fuese. Constantemente necesitaba echar mano de estos argumentos para
acallar su alma, pero dentro de sí llevaba a la vez la acusación que lo torturaba y
perseguía. Cada nuevo día sentía más cargado su ánimo. Presentía que un día u otro algo
tendría que estallar. La atmósfera se cargaba; sus mejores clientes habían comenzado a
desconfiar de él. Temía incluso, una agresión, y esto le obligó a ir armado y a sentirse en
lucha. Llevaba siempre el Colt al alcance de la mano; su contacto parecía tener un efecto
sedante sobre sus nervios.
Finalmente, los mismos que lo dirigían —el otro chofer, dos o tres secretas—
parecieron abandonarlo. Tenían demasiado consigo mismo y, por otro lado, ya les servía
de poco. Se le habían cerrado todas las puertas entre los revolucionarios; se sentía
inmovilizado, sin poder avanzar ni retroceder. Esta tensión duró algunos meses, no
podría sobrellevarla por mucho tiempo. Cuando vio venir la furia, cuando la vio desatarse
y comenzar a cundir, sintió una especie de alivio. “Salgamos de esto”, se dijo, y esperó.
Pero este alivio, producido por el cambio de postura, dio pronto paso a una nueva
angustia. Se sentía rodeado, copado, bloqueado; sabía que en alguna parte y a alguna
hora, ojos que acaso no hubiese visto lo buscaban; o acaso esperaran tan sólo la ocasión
más propicia que se acercaba. Y entonces, la situación sería la misma, aunque al revés,
que cuando lo habían llevado por primera vez a la estación —sólo que ahora todo cobraría
una forma más violenta y decisiva. Ahora era un acabar, y nada más. Si estaba
descubierto —y él creía que lo estaba— y si “los nuevos” ganaban —y él sabía que estaban
ganando—, entonces, no había salida. Sólo quedaba una cosa: agacharse y esperar; y
otra: saltar y defenderse.
Las dos eran malas. Ahora, mientras esperaba conciliar una decisión sobre dónde
debía ir, pensó si ni habría un tercer camino. Tenía imaginación, pero le faltaba fe para
creer en la posibilidad de sus propias imágenes. Sin embargo, ahora era cuestión de
probar algo. A Estela no le harían nada: ella no tenía la culpa; lo más que podía pasarle,
era padecer todavía más miserias; se le morirían las niñas, ella misma, quién sabe... Pero
si él se salvaba, algún día volvería por ella. ¿Podía salvarse?
Pensó que sí. Puso el automóvil en marcha, y lo dejó ir lentamente, no sabía
exactamente a dónde. Pensó que lo llevaría al garaje y que de allí se iría a pie o como
pudiera al campo. En Nuevitas había aún gente que lo recordara, o que recordara a su
padre. Podían darle amparo, esconderlo y esperar. Ahora bien —se le ocurrió de pronto—
este levantamiento sería general, y meterse en un pueblo era ponerse aún más a
descubierto, y en aquel pueblo no les querían bien. Sólo tenían dos o tres familias amigas,
tan pobres como ellos. Aquí, en La Habana, por lo menos había mucha gente, muchas
casas. Mudaría de garaje nuevamente. ¡Si pudiera mudar de casa! Con esta idea se fue en
busca de aquella fila de casas, frente al “placer”, donde estaban fabricando, pero de
pronto le había sobrevenido una terrible fatiga, y estaba dormido antes de que el auto se
detuviera completamente.
Y ahora, despertaba en esta mañana de agosto en que todo había estallado ya.
Ramón se dio cuenta de que ya no había nada que hacer.
Dos hombres entraban, revólver al cinto, en una de estas casas donde no parecía
haber nadie. En ese momento, otro asomó a una de las ventanas, todavía sin ventana; los
de abajo le hicieron una seña de complicidad, y el de arriba bajó corriendo, también
armado. Ramón se había apeado y fingía estar arreglando el motor, con la cabeza
hundida bajo el “capot”. No conocía a ninguno de aquéllos, pero ellos podían conocerlo a
él. Los tres siguieron, sin embargo, a paso ligero, calle arriba, con porte vencedor. En
situación normal no se hubieran atrevido a ir así porque Ramón estaba seguro de que
éstos eran revolucionarios, y de que iban en busca de alguien. No eran obreros como él;
vestían bien (aunque ahora iban sin saco) y lucían bien nutridos. La lucha era entre ellos,
entre los de arriba. ¿Por qué tenían que haberlo comprometido a él, primero los de un
bando y luego los del otro? Sin embargo, así era; inútil ya evadirse. Primero lo hubieran
aniquilado los viejos; ahora, lo rematarían los nuevos. ¿O no?
Tal vez. Todavía llamaba en él una esperanza, aunque no sabía en qué
fundamentarla. Por de pronto, resolvió no separarse del automóvil. No iría a guardar.
Tenía aún dinero para ocho galones de gasolina. Por de pronto se le ocurrió ir a explorar
las salidas de la ciudad; pero al entrar en la calzada notó, de lejos, que había una especie
de guardia de control en Aguadulce. Dobló por la primera esquina y se sumergió de nuevo
en plena ciudad.
La vida se había desatado. La huelga se había roto. Las calles estaban llenas de
gente a pie. Pasaban automóviles llenos de civiles y soldados. Gritaban, vitoreaban,
voceaban, saltaban, esgrimían armas. Ramón quitó el “alquila”, pero fue inútil. En
seguida se le metieron en el automóvil cuatro hombres de aspecto respetable. Salían de
una casa de la calle San Joaquín, y le ordenaron que los llevara al Cerro. En Tejas había
un remolino de gente; un hombre forcejeaba por desprenderse de los que lo aprehendían,
y éstos eran azuzados por los espectadores. Había hombres y mujeres. Ramón aprovechó
un claro para seguir delante, pero alguien puso la mirada en el interior de su coche. Un
grupo se lanzó en su persecución, disparando; una de las balas entró por la ventana
posterior del fuelle y salió a través del parabrisas. Ramón se detuvo; sus pasajeros se
tiraron del auto, y emprendieron una carrera loca, por las calles laterales, perseguidos
por varios jóvenes; entre éstos, algunos eran casi niños (uno, no mayor de quince años),
pero llevaban grandes revólveres y disparaban hacia adelante. Ramón esperó arrimado a
la acera, pensando: “ahora vienen por mí”, pero nadie pareció pensar en él. Algunos
espectadores excitados llegaron hasta él, preguntándole dónde le habían alquilado.
Ramón dijo la verdad, y el grupo se disolvió, yendo en dirección a la calle San Joaquín.
Ramón había dado el número de la casa de donde habían salido los pasajeros, pero acaso
no viviesen allí; lo más probable era que se hubiesen escondido de noche en una de
aquellas escaleras. ¡Quién sabe lo que ocurriría ahora a los que habitaban allí! Todo el
mundo llevaba armas a la vista, y buscaban a alguien contra quién hacerlas funcionar.
Ramón puso de nuevo el coche en marcha, y regresó por el mismo lugar. “Me
sumergiré en ellos —se dijo, casi en voz alta—; haré que me crean de los suyos; esto les
despistará.” Después de todo había sido de los suyos. Pero en seguida le entraron dudas
en cuanto a su sangre fría. Se miró en el espejo del parabrisas, y se encontró demudado,
barbudo, como un fugitivo. Solamente aquella cara bastaba, en casos así, para hacerse
sospechoso. Pero, al tiempo que pasaba Cuatrocaminos, vio otro grupo de hombres
corriendo, con armas en las manos, y algunos de ellos iban tan barbudos y
descompuestos como él. Sin duda eran hombres que habían estado escondidos en los
últimos meses, o que habían sido libertados de presidio. Él podía parecer lo mismo; en
todo caso, nadie lo tomaría por uno de los que se habían beneficiado con el régimen
caído. Siguió andando, y algunas cuadras más adelante, otro molote perseguía
frenéticamente a un hombre solitario, que se precipitaba, furiosamente, en zigzag, al
tiempo que arrojaba puñados de billetes a sus perseguidores. Éstos pasaban por encima
de los billetes sin recogerlos, disparando. Ramón se detuvo, interesado, a ver el final. Por
fin, el hombre, que ya venía herido y dejaba tras de sí un reguero de sangre, cayó de
bruces, a poca distancia del lugar donde Ramón había detenido su carro. Uno de los
perseguidores, al verlo caído se dirigió a Ramón revólver en mano, y lo conminó a que le
diera una lata de gasolina. Ramón obedeció, sacándola del tanque con una goma, el otro
cogió la lata y roció al caído, que todavía se retorcía, al tiempo que algún otro le prendía
fuego. Ramón volvió la espalda.
Las calles estaban llenas de gentes, civiles y soldados. Ramón puso de nuevo su
carro en marcha; unos metros más allá se le llenó de jóvenes armados que lo tuvieron
varias horas dando vueltas, sin un propósito aparente. A veces se apeaban, hacían
entrada en una casa, y volvían a salir. Pasando junto al garaje a que pertenecía su carro,
notó que había sido allanado. Se detuvo y pidió que le llenaran el tanque de gasolina;
viéndole alquilado por jóvenes armados, el que estaba al cuidado del surtidor hizo lo que
se le pedía; Ramón siguió con sus “pasajeros” sin ocuparse de pagar. Al cabo de una hora
más, los jóvenes lo mandaron parar frente a una fonda, y lo invitaron a comer.
Era más de mediodía. Ramón se sentó a la mesa con aquellos desconocidos. Le
sorprendió que ninguno de ellos se ocupara de hacerle ninguna pregunta; aparentemente,
daban por supuesto que era de los suyos, que no podía ser otra cosa él, un simple chofer
de alquiler. Mientras comían aquellos jóvenes hablaban en un tono sibilino y con intensa
excitación. Comieron apresuradamente, y salieron a la calle, olvidándose aparentemente
de él. En vez de tomar de nuevo el auto, siguieron acera abajo, y a poco se perdieron entre
el gentío, que invadía esta zona más densamente que ninguna otra.
Se hallaba en el corazón mismo de la ciudad. Ramón subió al pescante y se quedó
un rato allí, pensando qué decisión tomar. Se sentía fatigado; hacía tanto tiempo que no
comía, que el estómago parecía ya desacostumbrado. Sin embargo, la fatiga no conseguía
dominar su zozobra interior. Ahora tenía plena conciencia de hallarse en un mundo al
que no pertenecía, en el cual posiblemente no hubiera lugar para él. Las relaciones que se
adquirieran en este momento no tenían valor; nadie conocería a uno con el cual hubiese
cometido un asesinato horas antes, si con él no tenía relaciones anteriores. Estos jóvenes
que le habían alquilado lo desconocerían unas horas después. Todo el mundo parecía
andar mirando demasiado alto o demasiado bajo; nadie al nivel natural. Sin embargo —
llegó a pensar—, esto podía tener una ventaja; la gente parecía poseída de una euforia
mística y frenética que tal vez le impidiera controlar las cosas.
De este sueño despierto salió Ramón al ver que un hombre lo miraba
insistentemente desde la acera de enfrente. Aquel hombre lo observaba con una mirada
fría y atenta cuyo significado no podía descifrar. Pero estaba seguro de que había
intención en ella. Hizo un esfuerzo por dominar la inquietud. Se apeó, y con toda calma y
la soltura posible fingió examinar algo en el motor. Montó de nuevo, pisó el arranque sin
abrir la gasolina, como dando a entender que no funcionaba bien (como si toda su
preocupación estuviera en esto) y luego arrancó, dando tirones. El hombre sacó un papel
del bolsillo y apuntó el número de la chapa. Quizás no estuviese seguro. Ramón podía ser
para él una de esas imágenes que no nos gustan, pero que no recordamos, de momento,
exactamente dónde nos hemos encontrado con ellas. De lo contrario, hubiera procedido
allí mismo. Ramón estaba seguro. Contaba de antemano con que en alguna parte, y por
personas que desconocía, se había decidido, al menos mentalmente, su suerte. Escapar
fuera de este remolino, le parecía totalmente imposible; ni siquiera se atrevía ya a
intentarlo, pues ello daría lugar a sospechas. Si alguna salvación había, estaba en el
centro mismo de la vorágine. Las calles estaban por aquí intransitables. La ciudad entera
se había volcado a ellas. Ramón dobló por una calle transversal, y al llegar a la esquina
de Prado se detuvo. Le pareció que éste era un buen sitio para no parecer sospechoso.
Para que no le alquilaran desinfló una goma, y montó aquella rueda sobre un gato.
Además, abrió la cajuela de las herramientas, y comenzó a hurgar en el motor. Le sacó la
tapa, desmontó el carburador, desmontó una válvula. Luego desmontó las otras válvulas
y comenzó a esmerilarlas. Notó que traían mucho carbón, y cuando le tocó su turno
descubrió que el carburador estaba sucio y casi obstruido. No en balde daba tirones y
cancaneaba. Este trabajo aplacaba un tanto sus nervios. No miraba para nadie ni para
nada fuera de su carro, y esto contribuía también a que nadie se fijara en él. Se había
quitado el saco. Como puesto allí a propósito, descubrió que en la capa posterior había un
overall viejo de mecánico. Se lo puso, y se tiznó la cara con grasa. Entonces se subió al
pescante, pisando el arranque, pero mirándose al espejo al mismo tiempo. Pensó que
difícilmente lo conocerían en aquella facha, salvo que lo miraran muy de cerca y con
intención. Sin embargo, su cara tenía algunos rasgos difíciles de olvidar. Tenía los ojos
grandes, pardos y un poco prendidos a los lados; tenía una pequeña cicatriz sobre uno de
sus grandes pómulos; y los labios describían una línea curiosa, que lo hacían siempre a
punto de sonreírse con una sonrisa amarga. Risita-de-conejo, le pusieron en un garaje. En
conjunto, sus rasgos se pegaban de un modo persistente. Nunca se le había ocurrido
pensar en que esto tuviera importancia.
Se apeó del pescante y siguió trabajando. Ahora sacó el acumulador, le limpió los
bornes, lo volvió a su lugar. Cuando hubo terminado de montar todo lo desmontado, era
ya bastante más de media tarde. Este tiempo se le había ido menos penosamente que
ningún otro desde que comenzaba la huelga. Este trabajo le había aliviado, y el carro
funcionaba también con más soltura que nunca. Ramón le había revisado las cuatro
cámaras, comprobando que estaban nuevas. Tenía aceite y gasolina. Antes de ponerlo en
marcha sacó el revólver de la bolsa de la puerta delantera, y lo examinó; era un Colt
nuevo; con él tenía una caja de balas. Le quitó las del tambor y lo martilló seis veces
verificando que funcionaba bien. Cuando lo hubo vuelto a cerrar, descubrió que dos o
tres muchachos le estaban observando, con mirada codiciosa. Cualquiera de ellos hubiera
dado cuanto poseía por un arma así. Para ellos, estos revolucionarios eran hoy los seres
más felices del mundo. Y Ramón —pensarían— era uno de ellos.
El automóvil se puso nuevamente en marcha. Sin saber cómo, minutos después se
encontró Ramón a una cuadra de su casa. Se detuvo. Sintió un impulso irresistible de
volver allí, a hacerles una breve visita; pero en aquel momento vio venir un gran gentío
por la calle transversal. Traían trofeos en alto, daban vivas y mueras. Los trofeos eran
pedazos de cortinas, adornos de camas, retratos, un auricular de teléfono, jarrones...
Ramón no tuvo tiempo de mirar más. Se metió en la primera bodega y volvió la espalda a
la multitud. Cuando hubieron pasado levantó de nuevo el capot del automóvil, y a uno de
los niños que se acercaron a mirar, le dijo: “Ve al número doce de esa calle, y dile a
cualquiera que esté allí que venga un momento.” El niño desapareció rápidamente,
contento de que se fijaran en él; volvió a los dos minutos, diciendo que no había nadie en
casa. “Habrán ido a casa de Balbina —pensó Ramón—; Estela se debe de haber dado
cuenta.” Como pensar: “Estela sabe que soy hombre muerto, y ha ido a consultar con
Balbina, sobre lo que hará, para que las niñas no se le mueran.”
De nuevo puso en marcha el automóvil. Siguió, sin propósito, por la misma calle
hasta desembocar en la Avenida de las Misiones, y de allí dobló hacia el mar; pero en
seguida dio vuelta, temiendo alejarse del centro. Le parecía que tan pronto se viera en un
lugar desolado, lo atacarían, y no habría siquiera un testigo que lo contara. ¿Servían
todavía los testigos? Desde luego que no; pero Ramón no quería morir, ser asesinado, sin
que al menos alguien pudiera dar fe. No importa si no podían socorrerlo; por lo menos, el
acto quedaría grabado en sus ojos, en su memoria, y serviría de algún modo como
acusación. “Ningún crimen conocido queda por castigar”, dijera una vez, en su casa, un
loco pariente de su mujer. No estaría tan loco, cuando decía cosas tan profundas.
Se ponía el sol cuando volvió a encontrarse en el centro de la ciudad, andando
despacio. Parques y paseos estaban inundados de gente, que gritaba y corría excitada;
oficiales y soldados se mezclaban en una tremenda exaltación de triunfo. Todos los
automóviles estaban en movimiento; gentes y vehículos se movían en remolinos, de los
cuales sólo se advertían impulsos ciertos de venganza. Sonaban tiros, pero altos; y todo el
mundo andaba con los ojos encendidos, inyectados, a caza de algo. Era esto lo que más le
angustiaba: todo el mundo tenia, en sus ojos, una intención de caza. El menor motivo, la
menor justificación, hubieran bastado para hacer salir aquella cólera que él veía asomada
a todos los ojos. Al caer la noche los movimientos de masas humanas parecieron adquirir
un nuevo propósito, en direcciones ciertas. Se veían grupos que marchaban con paso
unánime y decidido, y cruzaban entre los demás, amorfos y blandos, como escuadras de
hierro. En seguida vio Ramón que, en medio de la excitación y exaltación general, eran
estos grupos de compañeros los que realmente tenían una automisión de ejecutar algo.
Muchas veces se había preguntado en los últimos días qué habría sido de Servando,
el chofer que lo había iniciado a él en la traición. Había dejado de ir a la piquera; había
dejado su auto en el garaje (era propiedad suya), y nada sabía de él. Ahora se hallaba
Ramón parado justamente en la misma piquera que el otro solía ocupar; rodando el azar,
había venido a parar aquí sin saber cómo ni por qué. Pocas veces solía detenerse en este
lugar. Un carretón asomó entonces por la calle del tranvía; venía cargado, aparentemente,
de sacos de azúcar; lo conducía un carrero solo, con un par de mulas viejas y amatadas.
En el momento que cruzaba frente a la piquera, salió de un portal un grupo de ocho o
diez jóvenes, que se dirigieron al carrero y le hicieron parar las mulas. Seguidamente
comenzaron a echar sacos al suelo, y cuando habían descargado una buena cantidad,
saltaron de debajo tres hombres. Los tres se tiraron a la calle, y se precipitaron
ciegamente en dirección al Prado. Uno de ellos consiguió llegar hasta el primer molote de
gente y desaparecer; otro dobló por la siguiente calle, perseguido de cerca por algunos de
los jóvenes, que le disparaban a quemarropa; Ramón no tuvo tiempo de ver el fin. El
tercero cayó allí mismo. Apenas había saltado sobre la acera, iniciando el impulso hacia el
portal, cuando se enderezó súbitamente, giró sobre los talones, y se desplomó. Ramón
asomó la cabeza por la ventanilla, y pudo ver la cara del hombre al tiempo que, al girar,
se volvía sobre el hombro, en una mueca de espanto. Era Servando.
Por entonces se había hecho completamente de noche. El gentío comenzó a
despejarse, quedando sólo aquellos que parecían ir a alguna parte. Ramón distinguía
perfectamente entre éstos, dos grupos o clases de gente: los que iban a alguna parte; los
que no parecían tener a dónde ir. Estos últimos se recogieron temprano, dejando las
calles libres a los otros. “Ahora sólo quedamos ellos y nosotros”, pensó Ramón. Todavía
siguió un rato en la piquera. Era el único allí; ahora no se atrevía ya a moverse, pues el
centro de la ciudad estaba abierto, y las calles tenían portales oscuros y esquinas aviesas.
Su suerte estaba echada, pensó. Servando había caído primero: le correspondía. Él tenía
el mismo delito; estas gentes enfurecidas no estaban ahora para disquisiciones; no
preguntarían si los motivos habían sido éstos o los otros; sólo preguntarían si él era
Ramón Yendía. Pronto empezarían a aparecer los fantasmas de sus vendidos.
Pensando esto, advirtió que un peatón solitario se detenía en la esquina y miraba de
reojo hacia él. Habían retirado ya el cadáver de Servando, y no había agitación por este
lugar. El peatón atravesó la calle, en sesgo, pasando a su auto y mirando de lado. Al subir
a la acera de enfrente le dio en la cara una luz que manaba del interior de aquel edificio,
donde unos obreros empujaban unas bobinas de papel. Instantáneamente reconoció
Ramón la cara de aquel hombre; era justamente uno de sus primeros marchantes (de los
menores); había sido uno de los primeros en desaparecer, cuando Ramón comenzó a
informar a la policía. Mala suerte, sin duda. Ahora era el primero en reaparecer. Detrás
vendrían los otros que aún quedaran con vida. Lo cercarían; acaso estuvieran ya
montando guardia en todas las bocacalles por donde tuviera que salir, dispuestos a
cazarlo; lo tenían allí; lo dejaban estar, como a un cimarrón emboscado, al que se han
cortado todos los caminos; pronto le lanzarían los perros.
¿Qué perros? Este que pasó mirándolo era uno de ellos; estaba seguro. Minutos
después, vino otro —desconocido éste— que le miró también con insistencia. Ramón
comprendió ahora que los ejecutores estaban allí, y que la plaza estaba comprendida en
aquel cuadrado formado por dos manzanas. Imaginativamente vio a los que lo esperaban
apostados, armas al brazo, en las seis esquinas. ¿Por qué no venían ya por él?
Esta idea fue como un golpe de espuela en sus nervios. No se quedaría allí, no se
dejaría matar pasivamente, encogido en el pescante. Correría, lucharía, por lo menos, con
las fuerzas que le restaran. ¿Quién sabe? La vida está llena de imprevistos, y el que pelea
llama a la suerte.
Con esta decisión pisó el arranque y arrancó en segunda. Salió a buena velocidad
por la primera calle, concentrado solamente en la conducción. El ruido del motor, la
velocidad en crescendo, le dio un alivio total y repentino. Instantáneamente dejó de
pensar con angustia, para sentir con acción. Desapareció el peligro, la tortura, la
previsión y sólo existía una cosa: aquella decisión de cruzar por entre sus enemigos y
vencer. Al acercarse a la bocacalle donde suponía que lo esperaban, alargó la mano y,
guiando con la otra, levantó el revólver al nivel de la ventanilla. Para su sorpresa, nadie lo
molestó; nadie parecía esperarlo. Siguió adelante algunos metros, por la calle ancha del
tranvía, y entonces moderó velocidad. Había poca gente por las aceras, y los que pasaban
no parecían reparar en él. Nadie pensaba que un condenado a muerte pudiera andar
ahora, suelto, por la ciudad, manejando un automóvil. Quizás ni sus probables
ejecutores. Sin embargo, aquellos tipos lo habían mirado significativamente, y uno de
ellos —no había duda— era de los que tenían algo contra él. ¿Por qué no lo había atacado
allí mismo? Tal vez porque no era de los que ejecutan; probablemente no estaría hecho de
esa materia. Hay hombres que, no importa lo que sientan, son incapaces de hacerlo.
Algunos, ni siquiera de ordenarlo. Éste habría ido a dar el aviso; y el otro probablemente
no tendría nada que ver con Ramón.
Había detenido el auto justamente delante de uno de los faroles que alumbraban el
parque. Alzando la vista hacia un letrero luminoso, tropezó con un reloj; el tiempo se
había ido con demasiada velocidad; sumido en su drama, no lo había sentido pasar: eran
ya las nueve. Ahora sí no quedaban ya en la calle sino los que tenían algo que hacer. Se
veía en su porte y en su paso; pero ninguno le prestaba a él una atención especial,
aunque le parecía que todos ocultaban alguna desconfianza, o bien que se les hacía
excesivamente visible. Su carro era el más visible de cuantos rodaban entonces por la
ciudad. Pensó que, si lo tenía parado, se haría más de notar.
Comenzó entonces una marcha lenta y penosa. Le pareció a Ramón que estas horas
eran las últimas de su vida, y que muy pronto —quizás antes del día— todo lo que veía
con sus ojos y oía con sus oídos habría desaparecido, se habría disuelto en un vacío de
eternidad. Como si nada hubiese existido jamás en el mundo; como si él mismo, Ramón
Yendía, no hubiese nacido jamás; como si cuanto había amado, sufrido, gustado, no
hubiesen tenido jamás realidad.
Las imágenes de su vida comenzaron entonces a desfilar por su mente, como por
una pantalla: claras, precisas, exactas, sin prisa y sin pausa. La misma realidad presente
cobraba un sentido que jamás había tenido; era una realidad de sueño, donde se ven
muchas cosas a la vez, sin que por eso se interpongan o confundan. Todo —pasado,
presente, gentes, cosas, sentimientos— tenía un sentido neto, transparente y seguro. Y,
sin embargo, todo esto pasaba como en una procesión, sin que uno solo de sus detalles se
le escapara. Las calles estaban bastante despejadas, y no había policías de tránsito.
Ramón manejaba como si el auto marchara solo sobre rieles, o como si flotara en el aire.
Sin saber por qué fue recorriendo todos los principales lugares que habían estado ligados
a su vida. Se llegó primero a la casa donde él y sus hermanos —sus dos hermanas y sus
dos hermanos— habían pasado la primera noche, en casa de Balbina. Fue luego al taller
donde trabajaba ésta, y a continuación pasó por la casa donde Lenaida, su hermana
mayor (¿qué sería de ella?) había vivido con el español. Después se pasó por delante de la
casa del chino que se había casado con su hermana Zoila y, siguiendo hacia las afueras
(se olvidaba ahora que pudiera haber guardias de control) se llegó a la casuca de madera
donde había muerto la menor. En aquel mismo barrio había conocido él a Estela, primero
en un baile y luego detrás de la gallera. En lugar de la terraza de bailes había ahora una
fábrica, y a la puerta un sereno armado de fusil. Ramón pasó sin que le molestaran. Los
mismos soldados que guardaban la salida de la ciudad le dieron paso después de
cerciorarse de que no iba nadie dentro. Al volver, ni siquiera lo registraron. Volvió a pasar
por los lugares conocidos, por los teatros, los cines, los cabarets, las casas secretas, todos
aquellos lugares donde había llevado gente a divertirse. Nunca se le había ocurrido
pensar que la vida tuviera, realmente, tantos encantos. ¿Sería por estos encantos por los
que luchaban y se mataban los hombres? Sin embargo, no se conformaban con ellos;
querían siempre más; querían subir, lucirse, soñar, poder, mandar, ser, regir, poseer.
Querían subir unos sobre otros, por el hecho mismo, y no solamente por esas cosas;
músicas, mujeres, bebidas, tiempo, lisonjas, servicios, manjares, salud —¡salud!
Este concepto le hizo salir repentinamente de su ensimismamiento. Su coche seguía
como por sí mismo. No había interrupciones ni paradas; nadie se atravesaba en el
camino; además, él llevaba cinco años manejando, y hubiera podido hacerlo un día
entero, en medio del tránsito más denso y más nervioso, sin tener su atención despierta
en lo que hacía; podía pasarse horas y horas pensando en otras cosas, viendo otras cosas
imaginativamente, y sin embargo respetar todas las leyes del tránsito. Ahora esto era más
fácil; pero de pronto concentró todos sus sentidos en una cosa: su mujer, sus niñas. Por
ellas, después de todo, había hecho lo que había hecho, y se veía ahora así. ¿Cómo se
veía? Se dio cuenta que en ese momento pasaba justamente frente a la estación central
de policía, el sitio donde lo habían “persuadido” a cambiar de bando. Sin haberlo notado,
había pasado a una cuadra de su casa, y subía ahora por Monserrate arriba. A la puerta
había golpe de soldados y civiles; dentro se notaba mucha actividad. Frenó un poco para
tomar una nueva decisión: quería volver todavía a su casa, y ver si Estela había vuelto, y
cómo seguían las niñas. Dejaría el carro a cierta distancia; allí mismo, a la vuelta, frente a
Palacio, era buen sitio.
Antes de que llegara a la esquina, con intención de doblar un auto ligero pasó casi
rozando su guardafango. Por la ventanilla asomó una cara; fue como un fogonazo. La cara
asomó sólo un instante y apenas pudo revelarse por la luz de uno de los faroles más
próximos, pero fue más que suficiente. Ramón quiso salir adelante, enganchando
rápidamente la segunda, pero antes de que lo consiguiera, la otra máquina, más nueva y
pronta, se le había atravesado delante. Ramón “le mandó” entonces la marcha atrás, dio
un corte maestro, y partió, en dirección al mar, a toda la velocidad que daba su auto.
Y así empezó la persecución. La otra máquina, del último modelo, partió tras él con
la misma furia. Otras dos máquinas nuevas y ligeras puestas repentinamente en
movimiento, se lanzaron en su ayuda, yendo al atajo, por otras calles, sin tener en cuenta
las flechas del tránsito. Ramón había reconocido aquella cara; antes de que hubiera
podido emprender la fuga, dos balas de revólver le habían pasado junto a las orejas. Cosa
extraña, no sintió miedo; nunca nadie le había tirado, a dar, tan cerca; sin embargo, no
fue miedo lo que sintió. Y ni siquiera se sintió oprimido. De un golpe, aquel encuentro
había hecho desaparecer la terrible angustia que lo envolvía. Su cerebro, a punto de
estallar, solicitado por mil hilos, torturado por mil alambres, comenzó a funcionar
claramente y en una sola dirección. Como el aviador que se encuentra, a mil pies, en un
duelo singular, sólo tenía un propósito: sobreponerse a sus enemigos, aunque fuera sólo
burlando su caza. Antes de llegar al mar, el primer Ford se le “había ido encima”; había
conseguido tenerlo a tiro y en línea recta. Inmediatamente sus ocupantes —debían de ser
tres o cuatro— abrieron fuego, con fusiles y revólveres, pero ninguna de las balas dio en
las gomas ni en el conductor. Una de ellas le pasó rozando justamente el casco de la
cabeza; se había agachado instintivamente. Pero al salir a la avenida, abrió el escape, giró
rápidamente y le fue abriendo, gradualmente, toda la gasolina. Entonces apartó el pie del
freno y concentró todos sus sentidos en el timón y en el acelerador.
El otro siguió de cerca. Uno de sus auxiliares, al verlo doblar a lo lejos, cortó a salir
al paseo del Malecón algunas cuadras más allá, pero Ramón dobló allí mismo, y subió por
la Avenida de las Misiones. Sin que tuviera tiempo de pensarlo sabía que en las curvas
tenía ventaja; en los regateos se había distinguido siempre por su habilidad en los virajes
cerrados, cerrando la gasolina al entrar en la curva y abriéndola de golpe al salir de ella;
además, él era el condenado, y huía por su vida: los de la velocidad eran peligros
menores. El primer persecutor viró también rápidamente, y le “cayó atrás”, dispuesto a no
perderlo de vista. La carrera se inició entonces en las calles céntricas. Ramón, al llegar al
Parque Central, se disparó como una flecha hacia la ciudad antigua, donde la estrechez
de las calles le daba ventaja. Además, en este dédalo de calles, mil veces recorridas por él,
podría maniobrar constantemente, despistando a los autos auxiliares. Ramón no tenía,
desde luego, tiempo de hacerse estas reflexiones. El hombre ensimismado que era él
rompía de pronto a la acción dirigido y empujado por un ser oculto en él mismo, que era
el que asumía el mando. Viéndolo descender por Obispo, uno de los auxiliares se lanzó a
atajarlo por una calle lateral, pensando que doblaría hacia la derecha. En esto acertó; a
las dos o tres cuadras, Ramón dobló por una transversal a la derecha, y, sintiéndolo
venir, el otro intentó atravesársele en el camino; pero Ramón seguía con tal velocidad, que
el otro montó la acera, y se fue de cabeza contra una puerta de madera, irrumpiendo en el
interior de una casa nocturna. Éste quedaba eliminado, por el momento.
Los otros dos continuaron la caza, de cerca y sin ceder un punto. Sólo girando
constantemente conseguía hurtarles el blanco. Lo veían un instante, allá a lo lejos, abrían
fuego contra él, pero en ese momento había llegado a la bocacalle, y doblaba rápidamente.
Las gomas rechinaban sobre el pavimento; a veces retiraba por un instante el pie del
acelerador; otras, seguía pisando fuerte, y a todo riesgo. La gente se apartaba, ya de lejos,
sintiendo la carrera. Un hombre se subió a un poste de la luz, como un gato, y a una
velocidad increíble, en el instante en que Ramón salía al parque Cristo, y viraba —“como
un rayo”, dijo el hombre— en dirección a Muralla. De algún modo, el segundo auxiliar
presintió también que Ramón querría salir por la parte de la Estación Terminal, y mandó
dos o tres autos más a ocupar aquella salida. Pero antes de desembocar en tal punto, el
ser oscuro que ahora guiaba a Ramón, le hizo dar la vuelta. Bajó, a todo lo que daba el
carro, por la calle San Isidro; desembocó en la Alameda de Paula, subió a Oficios, y
finalmente, por Tacón, salió a la Avenida del Malecón. Ahora su propósito era otro,
distinto al de esquivar los tiros de sus perseguidores en calles estrechas. De pronto se le
ocurrió que, saliendo a campo abierto, podía lanzarse del carro, dejar que éste siguiera
adelante, y emprender él una fuga a monte traviesa…
Pero la salida del monte no podía ser por calles anchas, donde sería blanco fácil, de
modo que en seguida dobló hacia el corazón de la ciudad, y de allí, a través de la parte
alta partió en busca de una salida. Ahora eran más de dos los que corrían tras él, pero
todavía no habían conseguido ganar la desventaja con que habían iniciado su
persecución. Su ventaja estaba en las armas que llevaban, en el número de hombres que
iban dentro, y en que, si a uno se le acababa la gasolina, los otros seguirían. Él en
cambio, no podría poner gasolina; esta idea fue, acaso, la que le hizo tomar la decisión de
salir al campo.
Después de algunos minutos zigzagueando por las calles altas, tomó la decisión de
hacer la salida. Al fin, habría que tomar una calle ancha, al menos por un buen tramo.
Era un albur que había que correr. Su intención primera era tomar la Avenida de Carlos
Tercero, ir en demanda de Zapata, pasar junto al cementerio, y precipitarse entonces más
allá del río. Pero antes de tomar definitivamente este camino, le saltó a la conciencia una
idea peregrina, que se planteó a sí mismo en un instante: no saldría al campo; llegaría,
hasta el hospital, metería el carro contra una esquina y, herido —si no lo estaba se heriría
a sí mismo—, entraría en el hospital, y pediría auxilio. Puede que sus persecutores no lo
siguieran hasta allí, y lo buscaran, en cambio, por las casas más próximas al lugar donde
hallaran el auto. Al mismo tiempo pensó que acaso con el día viniera algún remedio. No
sabía de cierto qué remedio podía ser; pero, de algún modo, muy vaga y oscuramente,
todavía lo esperaba. Ignoraba, desde luego, que también el hospital estuviese tomado por
los que ahora eran sus enemigos.
Pensando esto se precipitó a su ejecución. En un segundo previo el lugar exacto en
que estrellaría el auto, y la velocidad que llevaría para que quedara inutilizado y sin
embargo pudiera él salir con vida. La idea del hospital le vino por puro accidente.
Pasando por una esquina donde años antes había arrollado a un niño, recordó que lo
había llevado al hospital; había sido una de las más terribles angustias de su vida.
Mientras esperaba la intervención del médico, se había puesto tan pálido, tan
desencajado su rostro, tan despavoridos sus ojos, que otro médico se había detenido
delante de él y había mandado que le dieran no sabía qué medicina. Después lo habían
llevado a una sala con muchos aparatos blancos y extraños, y le habían examinado el
corazón, y le habían hecho varias preguntas. Para su asombro, Ramón no padecía ni
había padecido ninguna enfermedad; aquella expresión descompuesta le venía tan sólo de
su conciencia. Los mismos médicos le habían pedido a la madre del niño —que por
fortuna se había salvado— que no fuera severa en sus acusaciones. Era una mujer muy
pobre, y ni siquiera lo acusó; luego, Ramón lo iba a ver cuando podía, y le hacía algún
pequeño regalo. Recordó siempre aquella atención de los médicos como una de las más
amables de su vida. Y ahora, en el trance supremo, cuando todo lo había puesto en
salvarse, pensó en ellos —o en otros— como sus posibles protectores.
Puso entonces toda la intensidad de su empeño en alcanzar el hospital. Se hallaba
todavía en el centro de la parte superior de la ciudad y tendría que cruzar una ancha
plazoleta antes de poder alcanzar el sitio donde esperaba estrellar el auto. Timoneando
constantemente, dando cortes y virando sobre dos ruedas, consiguió por fin acercarse a
su meta, pero cuando estaba a punto de desembocar en la ancha vía advirtió de pronto
que dos autos, nada menos, se le habían atravesado a la salida. Probablemente estarían
allí parados. Ramón frenó lo más lentamente posible, montó una de las aceras y dio la
vuelta. Los de delante abrieron fuego contra él; una de las balas le atravesó la muñeca
izquierda, pero él apenas sintió más dolor que el de una picada de alfiler. Al volverse, notó
que su inevitable perseguidor venía calle arriba, como un torpedo hacia él, y disparando.
Sus balas dieron en el coche, pero ninguna consiguió inutilizarlo. Ramón abrió toda la
gasolina, y se precipitó, en línea recta también hacia el otro. Por un instante pareció
inevitable un choque mortal para ambos; el persecutor vio venir el auto de Ramón sobre
el suyo y frenó, justamente antes de salir a la penúltima bocacalle; por ésta dobló
entonces Ramón, sin moderar velocidad, atravesando una cortina de balas. El persecutor
perdió unos segundos en volver a imprimir velocidad a su coche, pero otra bala había
alcanzado a Ramón, ésta, justamente sobre la sien. Le había pasado raspando, como el
hierro de un arado que levanta la corteza vegetal de la tierra. No le dolía, pero la sangre le
obligaba a cerrar el ojo y le escocía en él. Así, con un solo ojo, y con una muñeca
taladrada, perdiendo sangre continuó la carrera, sin disminuir velocidad, y con el
propósito más resuelto aún de llegar al hospital. Otra vez se lanzó Ramón en demanda de
aquel lugar, pero por distinta dirección. Habiendo ganado alguna ventaja, pudo llegar a la
calle de San Lázaro, y doblando por ella emprendió una carrera recta, con el acelerador
enterrado hasta el final.
Pero esta salida estaba también cerrada. Tres automóviles se habían atravesado en
una de las últimas bocacalles, y abriendo fuego; lo hicieron, sin embargo, demasiado
pronto, pues Ramón tuvo tiempo de doblar a la derecha, y salirse de su línea. El primer
persecutor ganó entonces el tiempo perdido y se le fue encima.
Ramón se encontró ahora proa a la ciudad, en la ancha avenida del Maine. Había
perdido bastante sangre y, con ella, sin duda, parte de las energías y de la agudeza
mental que le permitieran continuar aquel duelo desigual. Comenzaba a sentirse
desfallecido; su pulso vacilaba sobre el timón. El auto siguió corriendo por el medio de la
avenida, pero ya no con la constante seguridad de antes. Su persecutor lo advirtió. A
veces moderaba velocidad, como si fuera a parar, y a continuación volvía a lanzarse a
toda máquina. Además, ya no corría con el ritmo estable, a veces se iba sobre un lado.
Otras sobre el opuesto, como si llevara la dirección torcida. Tres máquinas más se
emparejaron al primer persecutor. El perseguido perdía velocidad. ¡Ya lo tenían!
Sin embargo no se le acercaron inmediatamente; temían una emboscada. Dentro del
auto iba —sin duda— alguien más que el chofer. Si no ¿a qué venía la persecución? Uno
de los que ocupaban el primer auto aseguraba haber visto, al empezar la caza, cómo un
hombre se tiraba al suelo dentro del auto de Ramón. Sin embargo, nadie había
contestado a sus disparos; tan sólo aquel chofer loco, huyendo como un desesperado. El
mismo chofer tenía que ser culpable; de otro modo, no ge explicaba que se expusiera de
modo tan extraño. Lo siguieron a distancia, ya sin disparar, pero sin acercarse
demasiado. El perseguido perdía, visiblemente, velocidad, estabilidad. A veces parecía que
iba a detenerse definitivamente, pero cobraba un nuevo impulso y seguía, aunque a
tirones. Lo tenían ya, no sólo al alcance de los fusiles, sino de los revólveres.
Gradualmente se fueron acercando. Con las fuerzas que le quedaban, Ramón llegó de
nuevo basta la Avenida de las Misiones, y dobló hacia la ciudad ¡quien sabe con qué
intención! Repetidamente, sin embargo, volvía a esta zona, donde se hallaban, a la vez, su
casa y la estación de policía, donde había comenzado la persecución. Los que le seguían
adivinaron que intentaba llegar a la estación. Toda su atención estaba ahora en evitar que
se les escapara el que se suponía ocupaba el asiento posterior del auto. Las dos máquinas
de los lados tomaron precauciones en ese sentido, encañonando los costados de la de
Ramón, mientras que la del centro se iba acercando por detrás.
Frente al Palacio, el auto de Ramón llegó casi a detenerse, pero cobró un nuevo y
breve impulso, y siguió adelante, como remolcado por una fuerza invisible. Los otros
guardaron la distancia; se fueron aproximando. Ramón se detuvo, nuevamente, en el
mismo sitio de donde había partido.
Dentro de la estación continuaban las luces encendidas; entraba y salía gente: el
aire parecía lleno de un rumor lejano, un rumor filtrado y amortiguado a través de un
denso muro de fieltro. Las voces distintas se hicieron un solo murmullo igual,
desvaneciente. Ramón volvió la mirada hacia el edificio, cuya iluminación interior brotaba
por las ventanas; y su cabeza se inclinó sobre el hombro izquierdo, se dobló, se derribó.
Todavía aquel rumor apagado y desvaneciente, a lo lejos, muy a lo lejos...
Los tres autos se pararon, pareados, en medio de la calle. Varios hombres armados
se tiraron de ellos; otros, salidos de la estación, rodearon el auto de Ramón. Uno abrió la
puerta delantera, y el chofer se desplomó sobre el estribo, todavía con los pies en los
pedales. Simultáneamente, otros hombres abrían las puertas posteriores, y buscaban
dentro con sus lámparas de bolsillo. Luego se miraron unos a otros asombrados. ¡No
había nadie dentro! Uno de los principales se inclinó entonces sobre el chofer, que había
quedado derribado, el cuerpo retorcido, con la cabeza colgando y los ojos cerrados. Le
enfocó la lámpara: lo miró despacio; apagó la lámpara y se quedó pensando, como
tratando de recordar; nuevamente volvió a bañar el rostro con la luz de la lámpara, y otra
vez se quedó pensando. Todos en derredor se habían quedado callados, esperando una
explicación. El hombre dijo: “¿Lo conoce alguno?”
Nadie lo conocía. De la estación vinieron más hombres. Se sacó el cuerpo, todavía
caliente, y se le condujo al interior. Y a la luz eléctrica podían distinguirse bien sus
facciones; no eran rasgos vulgares; cualquiera que lo hubiese conocido, lo reconocería.
Pero allí nadie lo reconocía. Se llamó al primero que había disparado contra él.
—¿Qué viste tú ahí dentro? —preguntó el oficial de guardia.
—Estoy seguro de que vi un hombre; asomó por la ventanilla y se escondió.
Entonces miré al chofer, y éste, instantáneamente intentó escapar. Por eso lo seguí; y él
allá abajo, contestó a los tiros.
Se buscó en el auto, pero no había ningún arma. Ramón no había disparado;
alguien lo había hecho, sin duda, de alguna de las casas. Además, su revólver había sido
robado de la bolsa de la puerta derecha delantera, posiblemente en la piquera, mientras
se fijaba en uno de los hombres que lo habían mirado con insistencia.
Nadie había visto nada más. El único testimonio era el de aquel muchacho, que
creía haber visto un hombre en el asiento posterior. Pero ¿por qué había huido el chofer?
¿Qué interés podía tener él, un simple fotinguero? Se examinó su título; se preguntó a la
Secreta, a la Judicial. Su nombre no figuraba en ninguno de los archivos. En tanto, el
cuerpo seguía allí, tendido sobre una mesa. Lo habían dado por muerto, aunque en
realidad sólo estaba desangrado, pero antes de dos horas, su cuerpo se había tornado
rígido y frío. Junto con su título estaba su dirección; un agente fue a su casa, despertó a
Estela y le hizo preguntas. Nada. La mujer, atemorizada, temblando, no aclaraba nada.
Vivía en medio de la mayor pobreza; era imposible que hubiese un agente especial del
gobierno tan mal pagado.
Todos los que habían tomado parte en la persecución rodeaban ahora el cuerpo con
aire de perplejidad. ¿Por qué la carrera, por qué la persecución, por qué aquella víctima?
Nadie podía aclarar nada. Era imposible que el pasaje, si hubiera, se hubiese tirado del
auto. No había tenido tiempo; no lo habían perdido de vista y en ningún momento había
ido a tan poca velocidad que pudiese hacerlo. Respecto al chofer, en el garaje nada habían
podido aclarar. Todos lo conocían como un buen muchacho; nadie sabía que tuviese
concomitancias políticas (evidentemente, le habían dado poca importancia; la única
persona que podía dar fe era su jefe inmediato, el otro chofer, y ése había sido silenciado
para siempre, y no había dejado ningún dato impreso, pues todo lo llevaba en la
memoria). Por fin, hacia la madrugada, un hombrecito uniformado, antiguo policía
convertido en ordenanza, se abrió paso entre los presentes y se quedó mirando fijamente
el cadáver. Miró en derredor, al tiempo que se mesaba los caídos bigotes tabacosos.
—¿Por qué han matado a éste? —preguntó—. Si es uno de los suyos... Yo lo
recuerdo. No sé quién es, ni cómo se llama, pero lo he visto traer aquí, hace bastante
tiempo, y golpearlo. Era, según decían, un revolucionario. ¡Y tenía que ser de los bravos!
Dos o tres veces lo metieron ahí, y le dieron golpes de todos colores, sin que pudieran
hacerlo hablar. Luego no volvió más...
Se miraron unos a otros. El viejo dio la vuelta, se abrió de nuevo paso por entre el
gentío, volvió a su trabajo, doblegado por los años y por las experiencias.
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