Eduardo Mallea
(Bahía Blanca, 1903 - Buenos Aires, 1982)
La causa de Jacobo Uber, perdida (1934)
Originalmente publicado, como “Jacobo Uber”, en el Diablo Mundo
(Madrid: tres ediciones: Año I, Núm. 7, 9 de junio de 1934;
Año I, Núm. 8, 16 de junio de 1934;
y Año I, Núm. 9, 23 de junio de 1934;
reimpreso, como “Suerte de Jacobo Uber”, en la revista Sur
(9, Año 4, julio de 1934, pgs. 69-113)
La ciudad junto al río inmóvil (1936)
I
Una sola cosa salvaba a Jacobo Uber de la abominación: era esa substancia de sufrimiento con que había
amasado su vida y que acabó por destruirlo.
Jacobo Uber era un hombre pequeño y magro, muy
regularmente atado a sus hábitos, que se turbaba antes
de hablar. En realidad esto le sucedía con todos aquellos seres cuyo fondo no conocía. Con sus camaradas,
con los miembros de esas familias del azar de que habla
Dostoiewsky y que cada hombre en su torno va creando,
Jacobo Uber se sentía, por el contrario, extremadamente cómodo. Afectado de una extraña dolencia del alma,
en la compañía de estos hombres pugnaba por escapar de
sí, y en raros minutos de felicidad lograba, en efecto,
alejarse de la atmósfera interna que desde niño lo sofocaba.
Durante años y años, su gran afán consistió en
librarse del peso de ese aire viciado que llevaba dentro.
Quiso desviar los ojos de sí y volverlos hacia la salud
multiforme del mundo en sus islas más altas. Pero este
pobre hombre no consiguió nunca matarse lo suficiente
como para renacer y hubo épocas en que se arrastró a
sí mismo, por detrás de su voluntad y su espíritu —que
marchaban avanzados con un aire triste—, como se
arrastra un despojo. Era también penosa en él esta caridad con que consideraba todo lo que encerraba de inmodificable y que le había sido dado por la naturaleza
con espíritu de condenación.
Fué un hombre muy solitario y muy triste. Lo más
grave de todo: un hombre que no acabó de nacer nunca.
De los que le conocieron yendo y viniendo por la gran
ciudad, movido por los exteriores resortes de todo el
mundo, nadie sospechó siquiera semejante condición.
Por el contrario, les parecía un hombre de vida tranquila, seguro de sus placeres, cómodo en sus hábitos, relativamente satisfecho en medio de los humanos motivos
de aflicción. Y desde su camarada más próximo, un
inspector jubilado de recaudadores amigo de los artistas,
hasta la propia señora Folán que llevaba la contaduría
en el séptimo piso de la oficina, veían en la soledad de
Jacobo Uber cierto fondo de aburguesado egoísmo, al
que se referían en su presencia con benévola ironía.
La vida de este habitante de Buenos Aires no podía
ser más banal. A través de ella sólo se llegaba a tener
noción de una blanda conformidad frente a las mutaciones del mundo; Jacobo Uber desempeñaba un puesto pú-
blico, vivía en una pequeña casa del barrio sur, era apasionado por el cinematógrafo y almorzaba los sábados
en una rotisería francesa, donde le servían platos de suculenta sazón: “Aloyau roti aux legumes panachées’ u
“omelette a la Tour de Nisan”, con una media botella
de Chateau Margaux. Había épocas en que se había
pasado la semana esperando este momento; después, como si su paladar se hubiera estragado, siguió yendo al
restaurante por inercia, sin encontrar especial sabor en
la comida.
Era empleado público desde muy joven. Su padre
llegó de Europa —era oriundo de Lyon— también antes
de la madurez y la vida argentina lo asimiló rápidamente. Murió una tarde en una estación de ferrocarril, de
una angina péctoris. Jacobo Uber se fué entonces a vivir, con el pequeño patrimonio que recibió, a la casa
donde había transcurrido su infancia y que su padre
había tenido alquilada a un matrimonio belga a fin de
poder percibir esta renta y gastarla en alcoholes caros.
Su hijohabíaa vivido hasta entonces en una pensión y
cuando llegó a la pequeña casa ruinosa que ocupaba un
primer piso sobre un comercio, sintió su corazón lleno
de congoja, por una causa inexplicable, como si se fuera
a refugiar en los cuartos de aquel edificio con el infortunio y la desesperación.
Se complacía en pintar él mismo la casa, de tiempo
en tiempo, variando los colores de las habitaciones; respetaba sólo el cuarto que había pertenecido a su progenitor y que estaba siempre cerrado, lleno todavía con los
objetos que le pertenecieron : cómodas barrocas, frondosos candelabros y espejos de grueso mareo ornamentado.
Una vez por mes abría la ventana de ese cuarto y dejaba
que el polvo se aventara; luego volvía a clausurar herméticamente las puertas.
Había sido hasta entonces un gran aislado. Poco
propenso a las juergas y eternamente sombrío al regresar con los grupos de joviales camaradas de las casas de
cita donde los agasajaban siniestras matronas de batón
floreado. Tampoco le divertían los bailes ni los espectáculos sportivos; en estos últimos se hallaba siempre
deprimido por la brutalidad del público y la terrible atmósfera de exacerbación que quedaba flotando, al final
del acto, sobre el estadio desierto. Se complacía, en cambio, en la amistad de algunas mujeres que trabajaban en
distintos sitios de la ciudad y a las que había conocido
de mil maneras casuales y sencillas.
Trabajaba en la oficina de un modo obstinado, forzando su mente naturalmente propensa a la divagación
y al ensueño. Bajaba los ojos sobre el teclado de la
máquina y leía “Expediente A Legajo C. Y. Z.” No
se había propuesto ser un excelente empleado, pero quería, eso sí —¡y de qué modo!—, arrebatarse a esas ideas
hacia las que tenia inclinación y que lo agotaban penosamente. Esas ideas consistían en considerar su propio
aislamiento y le traían de pronto miedos vagos pero
insoportables. Lo que más lo hacía sufrir era imaginarse a la humanidad como un todo al que él no estaba
unido por lazo alguno, como no fueran las superficiales
vinculaciones que su vida vegetativa le creaba. Una madrugada había tenido que refugiarse en un café, como
huido de la calle y de la urbe, y estuvo allí anheloso,
encogido, palpitante, sorbiendo un vaso de cognac y
viendo a todos aquellos hombres que le era extraños repartidos en las mesas en medio del humo azulado y del
halo amarillento de las lámparas. Pero al lado de estos
extraños subía, al menos, un calor; mientras fuera, en
la calle, en plena noche, ¡qué tremenda penuria para su
alma librada al desierto!
Se sentía vivir como en un sopor. Abierto de ojos
e inmóvil como una anémona. Por la mañana salía para
la oficina sorbiendo el aire y el sol, no sin alegría. Pero
desde que entraba en la corriente de seres y rostros entre los que debería cumplir su jornada, sentía una desa-
zón profunda, un desencanto de todo, que se cernía en
el fondo de sus actos mecánicos y de sus palabras superficiales. ¡Palabras superficiales! ¿Es que había
dicho alguna vez otras, más profundas? No. No, no
había tenido nunca a quién decirles, ni ocasión de pronunciarlas. Jamás había confiado nada a nadie, jamás
se sintió lo suficientemente cerca de un ser como para librarle eso que él veía como la vaga historia de su existencia y que sin duda no tendría, objetivamente, interés
alguno.
Esa sensación de desaliento comenzó a crecer en él
a los treinta años. Antes había sido regularmente despreocupado, pero a partir de esa edad pensó mucho en
su responsabilidad como hombre y en su fracaso sentimental que se expresaba bajo la forma de una árida
soledad y una permanencia en el raro mundo recóndito
que encerraba. Pensó en ahorrar y viajar (en distraerse, traerse fuera de sí), en abandonar su puesto e iniciar
otra vida, dar paso en su existencia a la aventura. Pero
todo esto con el tiempo, fué quedando en nada, como si
antes de moverse en cualquier de esos sentidos tuviera
él la certidumbre de su fracaso. Seguía inclinado sobre los legajos, después de haber recorrido —no sin
alegría— las aceras soleadas y haber almorzado frugalmente en un bar económico de la calle Reconquista; extendiendo informes en los que no pensaba al escribir y
mirando, desde su escritorio, a la señorita Rebeca que
escribía con dedos veloces y mostraba por debajo de la
mesa sus piernas enfermizas y flacas. Pensaba en lo
que seria la señorita Rebeca en la intimidad y en los
resortes que movían en ella aquella tenaz animación.
¿Pueden existir seres para quienes cada gesto de la vida
no tenga un rictus dramático, un fondo trágico? Indudablemente, vivía rodeado de este tipo humano desaprensivo, tan diferente a él y que envidiaba. Los envidiaba
por lo que de ellos vivía fuera de ellos mismos. Por poder volcarse en pasiones hacia otros seres, espectáculos
o cosas. El en cambio, se sentía destinado a vegetar
entre los objetos que le eran familiares —una cama, un
restaurante, un “aloyau roti”, un cuarto lleno de litografías e imágenes recortadas— profesándoles ese afecto
que nunca había podido dirigir hacia algo viviente. Sé
consideraba con melancolía tal como era: un receptáculo
humano conteniendo un mundo sin salidas, es decir, un
mundo estancado donde los mirajes se mueven sin correr
y sucederse por otros. Solamente su imaginación era
en él algo activo. Y en vez de vivir imaginaba, creaba
en ese mundo interno cosas que comenzaban en él y
acababan en él. ¿Qué cosas? Todo lo que, en cada
instante, hubiera querido vivir y no vivía.
Todo lo que en cada instante hubiera querido vivir y no vivía. Andaba habitado por las imágenes de esta
vida ficticia y esto acababa por dejarlo siempre extenuado y angustiosamente sombrío. Era entonces cuando hacia esfuerzos por ir hacia la realidad, por dejarse
a si mismo para lanzarse hacia el mundo, por extravertirse. Y la historia de esta lucha era en él terriblemente
dramática; lo único que en definitiva lo acercaba a lo
real, lo único que no era en él ficción interior.
El mundo, tan efímero en su plano físico, ¡qué extrañas resonancias despertaba en él! Al propio tiempo
qué cúmulo de decepciones taciturnas y de amargos regresos a la inmutable verdad concreta. Raptado por sus
espejismos, su vida ficticia era infinitamente vasta, pero
reducida hasta el último extremo en los goces que extraía de lo humano y lo real. Los días de fiesta salía
con su amigo Lucas Mordach al campo y caminaban por
las vastas praderas monótonas hasta el anochecer; luego, en invierno, tomaban un té con anís en el bar de la
estación y en verano un mazagrán delicioso en medio de
los grupos de pacíficos agrarios. Lucas Mordach, un
raro personaje verboso y sensual, mordisqueaba las flores
de calicanto y guardaba en los bolsillos puñados fragantes de cedrón. Sus ojos se avivaban, su boca se entreabría respirando la delicia salvaje de la tierra prolon-
gada en arbustos y las típicas copas planas de los árboles
del país. Pero, caminando al lado de Mordach, Jacobo
Uber no advertía la forma perfecta de un ombú ni el
“olo litúrgico” de los pinos sino cuando aquella voz gangosa lo llamaba a fijar la atención; él tenía ante sí,
mientras marchaba dándose pequeños golpes en la pantorrilla con una rama verde, multitud de imágenes que
nada tenían que ver con el paisaje circundante. Eran
delicadas representaciones, mirajes en los que se disponían las circunstancias de un modo mágico, ensueños.
Le parecía estar caminando en las botas de un granjero,
con un delantal azul de peto alto y un ancho sombrero
de paja, viniendo desde el lado del horizonte hacia su
casa, en la que había una mujer y un niño de pantalones demasiado largos que masticaba semillas; pero sobre
la casa y esos seres pesaba un agüero de tragedia. Eso
le parecía. El sol no daba sobre éste o aquél árbol, en
la pradera, sino sobre su miraje. Algo semejante le pasaba cuando salía, algunos primeros de mes, a cazar
perdices coloradas o a pescar truchas en el lago de Baldivén; sin embargo, en esas ocasiones, la voz de su compañero, una voz fuerte y sana, lo dejaba extático, oyéndola casi sin escuchar. “Qué hermoso dia de campo”,
exclamaba cuando volvían en el tren, y sus ojos se clavaban inmóvilmente en los caseríos del camino, que se
sucedían de manera vertiginosa.
La potente iluminación nocturna de la ciudad lo sorprendia siempre, lleno da aprensiones imaginarias. ¿Qué
temía? Temía seguramente, al no pisar firmemente sobre
lo real, alguna obscura catástrofe que permanentemente
lo amenazaba como un torrente a un clavel del aire suspendido en plena intemperie. Y andaba buscando refugios,
de bar en bar, de cinematógrafo en cinematógrafo, sin entregarse a lo que miraba sino para multiplicar su cavilación y los caminos de su preocupada fantasía.
II
Sus años juveniles transcurrieron así, y conservó él,
permanentemente, la sensación de que todo el mundo, con sus fenómenos y mutaciones infinitas, hubiera pasado dentro suyo.
Creía, de este modo, por las resonancias profundas
de que se sentía habitado, que vivir hacia dentro era el
modo más noble y generoso de vivir. Porque, qué más podía dar a las gentes que los atributos con que los moldeaba
su fantasía y las emociones que en él suscitaban? Y era
este raciocinio lo que le llevaba a no explicarse su soledad,
que se hacía por momentos tan triste.
Sólo una vez había pensado en casarse y traer a la
casa sombría un ser ameno y amable. Pero él no sabia
explicarse a ciencia cierta lo que sucedió, lo que dió al
traste con su voluntad. Un amigo de infancia, Abel Lima,
daba fiestas en su casa e invitaba a las reuniones semanales a jóvenes capaces de hacer vida ligera y alegre. Un
sábado, en el curso de una de esas reuniones, conoció
Jacobo Uber a Carlota Moret, una mujer alta y rubia de
ojos vivos, con cierto esplendor en toda su figura, y un
gesto de dominio en la imperiosa cabezlderlina mujer
de manos pequeñas, bastante culta que daba lecciones
privadas de idiomas, leía a Hölderlin en el original, no se
inquietaba por la opinión del mundo y en definitiva lo pasaba alegremente con su jovialidad y su tono autoritario. El pareció impresionarla desde el primer día, porque ella le habló con inteligencia y sinceridad de muchas
cosas de su propia vida, creando así una especie de precoz
intimidad en la que él se sintió complacido. Pronto la invitó a que se encontraran, dos o tres veces por semana,
en el Jardín Botánico o en el parque Lezama o en alguno
de los otros paseos frondosos y solitarios de la ciudad.
Un día, ella le confesó inquieta: “No soy feliz. A cada
rato me traiciono. Todas las noches me invade un terror,
me siento sobrecogida y a veces me echo a temblar, espantada del silencio en que vivo”. Jacobo Uber la miró profundamente y no le contestó nada. Nunca le dijo nada.
El creía amarla y ella veía en él a un hombre reconcentrado, dotado de un tranquilo coraje ante la vida, fuerte
y tierno. Pasaba el tiempo y el tiempo y él seguía soñando con ella, alegrándose al verla, enmudeciendo al
encontrarla. Al fin las palabras escasearon entre los dos.
Una noche entraron en un sórdido hotel de piezas húmedas, donde había una gran cama, desolada, y un lavabo y
cortinas de encaje de Orleans. Aquello sucedió sin que
hablaran, casi, como entre dos amantes viejos y cansados. Él le dijo, acariciándole tristemente el pelo: “Ya no podré
vivir sin tu apoyo, sin este pelo que querré, cada vez más
a medida que encanezca”. No sabía por qué le había
dicho aquello. En realidad la imagen del encanecimiento
le venía porque había ya algo de marchito entre los dos,
porque aquella mujer no era, en su sensible presencia, lo
que él pensaba a solas de ella, lo que quería él convencerse
que era. Cuando estaba con esta Carlota Morel añoraba
la Carlota Morel de su cerebro, la amasada en sus meditaciones, en su soledad, la Carlota Morel que desde hacía
meses habitaba su casa de plaza Constitución sin estar en
ella con su carne y su voz sensibles. Ante esta extraña
presencia él se exaltaba, pero ante la Carlota Morel real
no podía experimentar ya sino una suerte de afán por
huirle, por dejarla en un arranque para ir a reunirse con
la otra, con la Carlota creada por él, parecida a ésta,
pero no igual, transformada. Volvieron algunas veces
al sórdido hotel y ella le preguntó una tarde porque no
iban a su casa, en Constitución. Jacobo Uber evitó contestar y permaneció pensativo. Pensaba en lo que hubiera sido el encuentro de las dos mujeres; en que, tal vez,
espantada, la Carlota Morel de su soledad habría huido. Esto habría sido terrible. Sacudió la cabeza ante tal idea,
mudo, y ella nunca supo por qué no la llevaba Jacobo Uber
a su casa; lo atribuyó a muchas cosas y no tardó en
olvidarlo.
A raíz de una discusión, mientras iban un día caminando por una desierta calle central disputaron agria-
mente. El hombre no podía soportar por más tiempo la
desazón que le causaba encontrarse con esta mujer a
quien cada día veía más como una extranjera. Se sentía
irritado por su propio silencio ante ella, irritado de no
saber qderlin a lo largo de las extrañas entrevistas.
Ella, en el fondo, había aceptado en su alma la visita de
un frío, de una ola glacial, y mostraba en todos sus gestos,
algo de maquinal e indiferente. Erguida, seguía con sus
tópicos, describía el viaje del poeta Höl1161derlin por su locura. Fué aquella noche cuando, al regresar de un cinematógrafo por las calles desiertas y suscitarse una discu-
sión, se sintió ella increpada por él; respondió con un
gesto dominante, sin palabras, en actitud de secreto desafío. Jacobo Uber tuvo un movimiento de terquedad, brilló en sus ojos una centella de furia y, volviéndose, se alejó
de ella de un modo seco y brutal. Sabia de sobra que esto no era valentía, ni presencia de espíritu, ni nada. Pero
quería hacerlo, llevaba en su interior, desde hacía mucho,
ese gesto. Aquella noche, al meterse en cama, sintió las
sábanas frescas y se juzgó liberado de algo, en paz con la
imagen que lo habitaba. La noche le trajo, con el sueño,
del hotel vecino, un olor a manzanas y ese olor le pareció a
algo nuevo, ignorado.
A partir del día siguiente, fué un hombre distinto.
Se sintió trabajar con felicidad, cantó y silbó. Nancel, el
tartamudo, uno de sus compañeros en el departamento
de recaudaciones, le dirigió una broma alusiva a su estado
de alacridad. En verdad se sentía otro, feliz, libre del
peso en que se había convertido cada entrevista con la
profesora de idiomas; atento, apenas consciente de ello, a
la misteriosa compañia que llevaba ahora a solas, bella,
rica, mujer que podía evocar a cada instante, llamarla a
su lado, abstraerse en ella con delectación. Quería a
esta mujer que tenía los rasgos físicos de Carlota Moret
pero que reaccionaba a su voluntad y se movía a su placer,
con su suave andar, sigilosa, vestida con los trajes que él
escogía, volviéndole los gestos que él, en un instante dado,
necesitaba, reclamaba. Durante quince días se sintió
totalmente feliz y no percibió arrepentimiento ni pesar
alguno. Se complacía pasear solo por la ciudad y aun
cuando lo acompañaba algún amigo, remontando las calles
del norte o atravesando por la mañana el barrio de los
mercados, llevaba en los ojos una sonrisa distante; apenas
oía, todo su ser estaba ausente, creando mmundos para su
aventura con aquella Carlota Morel. Al cabo de las cinco
horas diarias de trabajo iba a sentarse en alguna terraza
de café, en los alrededores del Congreso, y permanecía
horas inmóvil ante el vaso de cerveza helada; rara vez lo
distraía el paso de los transeuntes, tumultuosamente acrecancentado anochecer; de vez en cuando seguía con la vista
el paso de algún hombre y dejaba luego los ojos clavados
en el aire.
Pero, de pronto, aquello cambió. Fué una transformación tan brusca que introdujo en su ánimo gran confusión. No hubiera sabido qué decirse a sí mismo, cómo
definir su cambio ni interpretar el fondo de su nuevo
estado de ánimo. Sucedió de un día para otro y fué algo
realmente desconcertante. Tampoco había atinado a decir en qué momento preciso se dió a adiar la imagen que
llevaba en su imaginación de Carlota y a volverse, absedido, hacia la mujer real, hacia la maestra de idiomas a
quien había tratado con arbitrariedad y violencia. El
hecho es que concibió un resentimiento profundo hacia
sí mismo y una fuerte nostalgia de aquel ser que había
arrancado de su vida. Pensó que se había equivocado y
que cada vez que se había encontrado con ella, en el sórdido
hotel, o en los paseos de la ciudad, había experimentado
verdadero placer, plenitud. Esta idea le arrebató el
sueño, sumiéndole en un estado de agria discordia interior; comenzó a trabajar con desazón, y un día que
lo llamó a su despacho el inspector de recaudadores, el Sr. Olda —un hombre calvo, apoplético, de enfermizas pupilas—,
Jacobo Uber permaneció en su presencia extrañamente embotado, sin acertar a escuchar
y contestar propiamente, pensando en la mujer que había arrancado de su vida. El Sr. Olda lo miraba por
encima de sus anteojos, advirtiendo sin duda la ausencia de su interlocutor, y le dijo con voz ronca y brusca:
“A ver, repítame lo que le he dicho; estas indicaciones
son importantes y deben ser cumplidas con justeza”.
Jacobo Uber hubiera preferido hundirse, desaparecer;
apoyó una mano en el extremo del ancho escritorio y sonrió con vaguedad, ciertamente como un estúpido.
“Repita”, repitió el inspector de recaudadores. “No he entendido bien” —alegó Jacobo Uber—. Entonces el señor
Olda se puso hecho una furia y empezó a levantar los
ojos al cielo y rogó impacientemente a Jacobo Uber que
se retirara, aludiendo al atajo de cretinos en medio del
cual vivía.
Cosas semejantes le pasaban a cada rato. Ya tenía
fama de ser un hombre ausente y raro, un cavilador.
Pero lo que él no podía perdonarse era su conducta con
Carlota Morel, la mujer a quien había tratado con monstruoso desapego. Andaba por las calles triste, añorando los ratos que había pasado juntos; hubiera dado
cualquier cosa por volver a acariciar aquella cabeza suave, a la que había renunciado, donde habían aparecido no pocas canas. “¡Bruto de mí!”, se decía, pensando en
los momentos en que ella llegaba a verlo, hasta alguna
determinada esquina, al anochecer, con un poco de retardo; luego andaban juntos por las calles, bañadas de luz
lunar, defendidos por ese simple acto de compañía contra las graves asechanzas del vivir; ella le hablaba de
Hölderlin, se mostraba inquieta e inteligente, le contaba la vida maravillosas extraordinariamente patética del
poeta perdido en su locera. Pero él había barrido con
todo aquello y ahora no tenia más que su fría soledad,
habitada por fantasmas en su viaje errante, infinito.
Por otra parte, se cuidaba de no comentar aquello con
persona alguna, tenía el pudor de no llegar a decirlo con
la exaltación y la fuerza, el ardor, con que su imaginación le realzaba. Estaba muy confundido y su palidez
daba lástima. Dió en llegarse todas das noches hasta la
calle donde estaba el hotel sórdido y pasaba por debajo
de das ventanas y disfrutaba con su imaginación de la
que no había gozado en la realidad; se detenía, en la acera, y miraba el frente del hotel, las escasos balcones
abiertos por donde se veían aparecer interiores tendidos
de ropa. Se veía entrar al albergue con Carlota Morel,
pero con la Carlota Morel real, la mujer que lo enardecía, alta y rabia, de ojos vivaces. Se animó una ocasión
a entrar; pidió al conserje una pieza —su fantasía llamaba aquella del cuarta piso, con los coronados de terciopelo arcaico y amarronado de cuya pared colgaba junto
a una oleografía pretenciosa un almanaque de propaganda—; permaneció sólo en el cuarta hasta el anochecer,
sentado en una butaca de cretona, las celosías hostiles a
la luz.
Esto duró mucho tiempo. Pero no fué a buscarla,
no dió, en su fatal morosidad, ningún paso tras ella. Al
fin, la obsesión, el recuerdo fueron desvaneciéndose, y
Jacobo Uber volvió a sentirse libre. Pero lo que le pasaba en otros órdenes de la vida eran también cosas de naturaleza singular. Sufría, como si se hallara siempre
traicionado, con un sufrimiento sordo y difícilmente definible. Solían abatirle lamentables accesos de demacración y desasosiego. Visitó, más de una vez, atraído por
una obscura fuerza, una capilla del norte, en la cuesta
verdosa de Retiro, pero su constante abstracción lo distraía de la liturgia. Era terrible su propensión a fluctuar, su incapacidad de ir hacia ninguna fe, de afirmarse
él mismo en alguna creencia, de resolverse en un acto
integro.
Transcurría así los días sin que su bondad difusa
pudiera ser bondadosa para nadie. Una radical, recóndita vehemencia, le hacia querer dar amistad, querer
crear, pero estas voluntades partían de sentimientos
igualmente difusos, extendidos pero sin concentración;
de este modo su vocación de amistad se diluía sin producir un amigo, sin crear en él pasiones consistentes y tenaces. Y esto, este estado de extenso deseo infructuoso,
de infecunda aspiración, lo torturaban. Su asunto con
la profesora de idiomas ocurrió cuando tenía veintiocho
años —ella tenía entonces treinta y cuatro—; al llegar a
esta última edad, en su casa de Constitución, Jacobo
Uber vivía como un vegetal dotado de alma, monstruosamente dormido hacia afuera y vigilante hacia dentro.
Un joven llamado Alcorta andaba a menudo con él, recorriendo lugares públicos, teatros, barrios, calles. Era
un joven atildado, de mentalidad mediocre pero de ánimo
sonriente y suave. Solían ir de noche al Luna Park, observaban el paso de mujeres y hombres, comentaban los
mil fenómenos cambiantes y rápidos de la ciudad. Pero
Jacobo Uber se hurtaba siempre a la conversación, en el
fondo, a la circunstancia presente; se dejaba alejar. Un
día abandonó la amistad del joven Alcorta, seguro de que
éste ya no se complacía en su vecindad. Anduvo algunos
meses más solitario que nunca, yendo de la oficina a su
casa y de su casa al restaurante vasco, conmovido,
enternecido por un cúmulo de ideas sombrías, rumiando taciturnidad. Sus ojos llamaban la atención de las mujeres
porque eran virilmente bellos, grandes, discretos, y profundos, como si pesara sobre ellos lo majestuoso de un
grave designio; pero la absorción que expresaban era tal
que los tornaba, a poco de mirarlos, aburridos e increíblemente monótonos.
Se había creado en él un estado de cristalización en
lo abstracto y de permanencia en el fondo de sí mismo.
A los treinta y nueve años no se alimentaba para vivir
sino para sostener esa deformación constante de las cosas que era la obra de su imaginación y en la que él se
complacía morosamente. En ocasiones se sorprendía, en
un rápido aletazo de consciencia, dando voz a cosas falsas
que pensaba, hablándolas como si fueran una verdad
concreta. Una vez el empleado bancario que almorzaba
en una de las mesas contiguas a la suya en el restaurant
vasco, le invitó a realizar un viaje a las provincias del
norte, viaje que harían a pie, deteniéndose en modestos
albergues y observando los curiosos rasgos del alma de
los pobladores en los campos y las ciudades; respondió él
que sí, con entusiasmo, y propuso en seguida al empleado
bancario pasar, en el trayecto, por las viejas casonas riojanas
y las pequeñas iglesias barrocas del extremo septentrión; el empleado dijo: “Tendremos que partir antes
de fin de mes, a fin de evitar los grandes fríos”. “Esto
es”, contestó Jacobo Uber, con una sonrisa afable y animada.
Pero al echarse a andar, sólo, por la acera costeada de grandes casas comerciales, se dirigió a si mismo
una apasionada acusación. ¿Por qué había consentido
en aquella prisa, por qué se había exaltado de un modo
pueril y efusivo al hablar de un viaje que no pensaba
realizar? En aquel momento se sintió indignado de consentir,
de un modo tan deplorable, en todas las deformaciones
propuestas por su fantasía. Sin embargo, la certidumbre de que no baria nunca semejante viaje le llevó
a substraer los ojos del mundo que lo rodeaba, de la calle donde había una actividad incesante y violenta, donde
afloraba a los rostros una voluntad de pasión, para hundirse en el pensamiento de aquellos pueblecitos del norte,
deliciosamente acuñados entre árboles de rica copa al pie
de la imponente serenidad de los cerros andinos. Aquella tarde hizo la recaudación sin apartar el fondo de su
espíritu de semejante panorama.
* * *
Los sábados por la noche se ponía de acuerdo con
alguno de sus compañeros para ir a comer a un café
cantante de la calle Florida, adonde concurrían para juntarse con ellos dos o tres mujeres de vida libre, pero no
muy dadas al mundo. Una de estas mujeres se llamaba
Elsa y tenía unos labios pequeños y sensuales y una cabellera rubia y alborotada; otra era húngara, flaca, con
los ojos eternamente entornados, y se ocupaba en traducir folletines para un diario de la tarde; a ese grupo se
añadía a veces dos hermanas divorciadas y una amiga
íntima de cierto ministro, una dama de ojos fríos, prevenidos y temibles.
Lo pasaban hablando y riendo. Jacobo Uber no cesaba de pensar que iba a descubrir en
alguna de aquellas mujeres un rasgo de oculta belleza,
una centella de espíritu, algo capaz de levantarla, por un
momento, sobre la tierra y de infundirle a él esperanza
en ese fulgor misterioso. Pero los días transcurrían y
de aquellas reuniones que animaba una orquesta estridente no subsistía más que un indigesto, empalagoso regusto.
Una a una fueron yendo aquellas mujeres a su
casa y haciéndose sus amantes. Pero la experiencia era
singular, invariable, abrupta y brutal ante los ojos de
Jacobo Uber como una mane thecel phares. Cuerpos,
cuerpos, cuerpos habitados por un fantasma gris;
cuerpos imbuidos de muerte impalpable; cuerpos exhaustos sobre una cama y la imaginación de él marchando,
creando, abandonando, separando su ser del otro ser,
dividiendo las aguas de las aguas como en el segundo día
de la creación. Dividiéndose él, alejado, del cuerpo vecino,
yerto, presente. Se sentía sobrecogido por lo efímero
de su aproximación a aquella carne en medio de una soledad
tremenda. La miseria era tomar aquellas carnes
sin estar él allí, con su ánimo; sin creer en este instante.
Sus ojos erraban sin hallar dónde asirse, como los ojos
de un condenado. Tal vez si en lugar del cuerpo que en
aquel momento ponía una difusa claridad en la
atmósfera negra del cuarto, hubiera sido otro cuerpo... aquellos labios, risa, temblores, voz —los labios, la risa, los
temblores de otro ser... Y no de aquél. Las mujeres
volvían a vestirse —junto a la puerta de la alcoba del
padre llena de recuerdos y polvo, protestando por el alejamiento del hombre, o sin reparar en él.
Nada, nada de consistente, de real, en su vida. Siempre sin salir de sí.
Se veía, no sin terror, lanzado en una fuga perdida,
sin origen ni meta, indigente de tierra, de cielo, de aire,
de agua, de pasión, de fe, de amistad —proyectando con
su ser atrozmente libre de raíces en un universo donde
su espíritu flotaba a la deriva, alucinado y pasivo. Era
sensible a súbitos horrores al pensar en símbolos que se
asemejaban al destino de su naturaleza, al encontrarse
accidentalmente con alguno de esos símbolos expresado
en cualquier manifestación de la vida. Una vez se había
quedado absorto, transido, ante un grabado que representaba a Ofelia muerta flotando en un lago de lotos
blancuzcos, como si esa imagen pudiera aludir directamente a la sumersión inerte de su propio espíritu. Por
momentos ansiaba desesperadamente dar con algo que
lo hiciera anclar, que determinara violentamente el
arraigo de su ser a algo —pasión, creencia, orden—,
de autenticidad vasta y profunda que llevara su ser hacia fuera,
a mirarse con el mundo. Pero, a cada rato, se desmentía, escapaba, libraba su oído a la tentación de un ancho
y remoto sueño, persistía en una suerte de estupor alucinado.
III
Siendo ya jefe de recaudadores fué cuando le atacó
aquel mal físico. Comenzó con un estado de ahogo que
lo atacaba por las noches, al rato de acostarse, despertándolo del primer sueño en medio de un pavor. Tal
fenómeno no tardó en convertirse en una claudicación
cardíaca tenaz. Jacobo Uber abandonaba el trabajo a
las seis de la tarde y el temor de aquel ahogo nocturno
que lo esperaba en su cuarto comenzaba entonces a operar en él. Había perdido la voluntad de hablar y comer.
Su vecino de mesa en el restaurante vasco no le dirigía
siquiera la palabra, viendo aquel estado de taciturnidad
hosca y concentrada. Sin embargo, después de comer,
no soportaba la soledad. Solía recorrer grandes distancias para llegarse hasta la casa de los compañeros de
trabajo cuya amistad prefería y que eran solitarios como él. Cuando daba con alguno de ellos —después de
haber evitado con un vano deseo de no necesitarlos cada
día el proponerles en la oficina la salida nocturna
prefería andar casi en silencio, cosa que aburría indeciblemente a sus acompañantes, imponiéndoles gestos y
expresiones inmóviles. A veces lo sorprendía la medianoche sin haber ciado con un amigo dispuesto a la extra-
ña peregrinación silenciosa por las calles. Entonces recorría solo los barrios de tráfico incesante, los brotes de
turba y luz en la superficie de la urbe, los alrededores
del puerto, pústulas iluminadas. Cuando no se acostaba,
el mal disminuía su intensidad, no hacia crisis, permanecía en él sin forma aguda, manifestándose como una
sorda opresión.
Solía llegar hasta un café donde se repetían hasta
el amanecer los números de una cantante de voz ronca,
curiosamente fascinante. Esta mujer, “Lola Cifuentes”
en los carteles amarillos, ostentaba un traje negro de
lentejuelas, descuidadamente sujeto sobre sus mórbidos
hombros y era de una extraña elegancia salvaje; cantaba
sin mover los ojos, conservando las pupilas paralizadas,
hieráticamente erguida junto al piano en el que trataba
de ahogar su vocación de gimnasta un holandés atlético
y rubio. Jacobo Uber pugnaba por volcar su atención
en los personajes allí reunidos, dispersos en palcos y
mesas, envueltos en una atmósfera cargada. Pero su
mente persistía en reflejar sobre las figuras allí reunidas,
hombres que fumaban hablando y discutiendo y
vistosas mujeres de cabeza cansada, las imágenes de su
enfermedad, las complejas formas de su propio caso, el
destino a que estaba abocado ; por instantes se veía marchando
hacia una nueva salud, por instantes hundido en
un mal sin salida, agravándose, acabándose, finalmente
concluido en el extremo de su soledad. La ronca voz de
la mujer tenía una familiaridad con el sonido del piano,
ruido de cuerdas viejas, un tono alto y metálico.
Cuando la primera claridad diurna comenzaba a invadir el
bar, Jacobo Uber apuraba el último sorbo del pequeño
vaso de cognac, que le había durado horas, y regresaba
a su casa, donde caía sobre él, como un golpe, el sueño
del rendido y del santo.
* * *
El Dr. Fogueral le aseguró, lleno de temores, que
necesitaba una vida higiénica y estrictos cuidados inmediatos. Le aconsejó una pensión tranquila de Palermo,
cerca del bosque, donde podría estar bajo la atención de
una señora amable. La señora era amiga del médico y
el médico insistió en la excelencia de aquella casa.
Jacobo Uber abandonó sus cuartos abatido; llevó consigo
sólo una pequeña valija de cuero blanco; escribió al
departamento de recaudadores expresando que necesitaba
tomarse una licencia. Estaba lleno de pensamientos
sombríos, y al subir al taxímetro que lo había de llevar
hasta la casa de huéspedes de Palermo, en lugar de darle
la dirección, preguntó absorto al chauffeur, como si
estuviera ante un criado: “¿Está la señora?” Y volvió en el
acto de su abstracción y sonrió, débilmente, con el chauf-
feur, como quien se excusa.
Vió la ciudad, el cielo alto, los árboles, el pavimento.
Flotaban miríadas de luz que se abrían, precediendo al
anochecer, en haces de brillo sangriento y venían a
reflejar en los rígidos canales de la urbe un precario,
tenue relumbre ladrillo. Resonaron secamente en el asfalto
los vasos de un caballo, y apareció a la vista, doblando
una esquina, el coche sucio y destartalado que tiraba ese
caballo, un carruaje de capota grisácea, arcaico. Jacobo
Uber vió la tarde encogida en una latente y desesperante
miseria. Sentía sobre los edificios, sobre la extensión
horizontalmente infinita, en la garganta multitudinaria
y cósmica —un tremendo clamor.
La casa era blanca y brillante y totalmente desprovista
de adornos en la superficie. La señora salió a recibirle;
ostentaba un traje de ricos encajes negros pero
de corte desusado, con la cintura demasiado ceñida y el
ruedo flotante y ancho; sus ojos avizoraban con fulgor
vivo por encima de las mejillas excesivamente pintadas.
Jacobo Uber la siguió por los corredores —desnudez y
cal de los muros. El cuarto tenía una ventana, por la
que se veía una gran extensión, hasta el río, desde gran
altura. Las primeras luces empezaban a encenderse.
La señora le preguntó qué deseaba tomar con las comidas y se asombró del parecido de Jacobo Uber con un
personaje famoso; esto la habría detenido en el cuarto,
deseosa de comentar la circunstancia,
si no hubiera advertido en las facciones del huésped
una mueca de sequedad fatigada. La señora cerró la puerta sin ruido.
Jacobo Uber abrió el ropero empotrado en la pared y sacó
su traje de la valija y lo colgó en una de las perchas
pendientes. Luego se acercó al espejo y estuvo un rato
mirándose. El pelo desordenado, caído en una crencha
sobre la frente, acentuaba la escualidez del semblante
ya dócil a la fuerza deformadora del físico ahogo.
Permaneció un rato mirándose. Después, sin orden alguro,
colocó los pocos libros sobre la mesa —los viajes
de De Foe, la historia de Hadley. Miró todo lo que le
rodeaba una vez y otra vez; los pájaros obscuros
viajando hacia el río, una veleta próxima, con las cuatro letras
cardinales, la confusión de ventanas fronterizas venecianas,
ojivales, barrocas, francesas, bizantinas.
Se veía también el techo imbricado de una factoría
y la cúpula de una iglesia, casi perdida en la atmósfera
crepuscular. Muy lejos, desarrollándose en anchos
obstinados círculos concéntricos, un vuelo de gaviotas.
Originada sobre el río, la noche crecía, se acercaba.
Miró muchas veces todo lo que había en la pieza y
acabó por sentarse en el sillón, forrado de felpa
descolorida en el sitio donde debían haberse posado las manos
de tantos huéspedes de aquella casa. Se sintió triste y
miserable. Levantó la cabeza, apoyándola en el bajo
respaldo, y cerró los ojos y permaneció en esa posición
hasta que la obscuridad nocturna llenó del todo el cuarto,
admitiendo sólo el claror reflejado por el espejo, que a
su vez recibía una mirada lunar. Tenía la sensación,
muy amarga, de que algo estaba por llegar en él a una
agonía; al propio tiempo, deseaba curarse, vivir.
Existir todavía un poco más, bañado por la soflama cruel del
mundo, entre las infinitas cosas amargamente queridas.
Había encendido la luz y tenía entre las manos el
libro de Hadley, cuando, después de haber
llamado discretamente a la puerta, entró en el cuarto una muchacha
de expresión imbeciloide, de aire extático,
con una hirsuta melena roja. Dijo que se llamaba Ercilia.
La muchacha puso la mesa, llevando hasta el centro del cuarto
una redonda que estaba arrinconada, y luego fué por los
platos y reapareció trayendo una porción de pescado
hervido y una botella de leche. Permaneció mirándolo,
en una especie de ensueño, mientras comía él lleno de
cavilaciones, con su largo cuerpo blanco un poco encorvado.
Uber le preguntó algunas cosas relativas a la
casa; ella le respondió con monosílabos, las manos caídas
a lo largo de la falda gris.
Esto sucedió, en la misma forma, una vez y otra
vez. Eran demasiado dolorosos los largos días en aquella casa.
Jacobo Uber languidecía mostrando un poco de
la espalda débil a través de la camisa, rota, de lienzo.
Cada tres días, casi al alba, lo visitaba el Dr. Fogueral
era un hombre de pocas palabras que se decía afecto a
la filosofía, pero que en realidad no veía la razón última
de las cosas sino a través de las vísceras, y éstas se le
aparecían como una maraña, ante la que no cesaba de
aterrarse y fruncir el ceño. Todas las mañanas, antes del
almuerzo, Jacobo Uber salía a tomar un poco de sol y
se paseaba por las plazoletas que se extienden más allá
de la plaza Italia, desnudas y secas. Había cobrado
aprensión por la oficina de recaudadores y no deseaba
aparecer allí ni siquiera de visita; pero estos cortos
paseos no lo entristecían menos. Cada árbol, cada hombre,
cada casa —le mostraban la lejanía en que estaba de ellos
y lo poco que podían decir a esa isla viva que caminaba
con é1.— ¡Qué tiempo amargo y penoso! Tenía el
sentimiento de que todo nace y vive en el mundo por un
acto de amor y él no había buscado otra cosa que traer
amor a su isla, condenándose así cada vez más, en lugar
de salvarse por el arrojo ciego del alma y la pasión.
Ahora todo le parecía irreparable. Un gran sollozo
constante lo desgarraba por dentro.
Pero quería vivir. Y cuidaba ese cuerpo suyo que
había amado siempre tanto tan solitario y apresado en
su propia fortaleza. Seguía estrictamente el régimen;
auscultaba con temor la cara del médico que lo
auscultaba. Trataba en vano de distraerse. No podía leer.
Cada día estaba más concentrado en la idea fija de su
esterilidad, hablaba apenas con la dueña de casa que lo
visitaba en su cuarto con frecuencia. Pasaba las horas
mirando las luces de la ciudad, el largo empilamiento de
ventanas en lo alto de los grandes edificios sólo
diferenciados por el tono de su petulancia, y el río.
Veía pasar apresuradas las gentes, detrás de algo.
El no tenía nada que buscar. Una gran soledad
quedaba en algunas calles como una criatura abandonada por
el tiempo. Las puertas de los comercios quedaban
herméticas, veladas por pálido resplandor de la luna.
Solitaria criatura de la atmósfera, la soledad tomaba formas diferentes y rodaba con pesadez por las calles
nocturnas.
Su pensamiento se vió acosado por la idea de que la
suprema privación de su vida consistió en no haber sido
fecundada nunca por la realidad. Observaba la luz del
sol incidiendo en las piedras, el color verde definiéndose
en las hojas, —todo eso obedecía a una fecundación.
Pero él no había dado fruto.
Fué entonces cuando comenzó a pensar que no era
ya útil sino para una cosa, para morir y, lentamente,
aquella voluntad de perdurar que se había agarrado en
su espíritu fué cambiándose un todo en algo que era
como una voluntad de entrega total. ¡Qué
mutación terrible, la muerte! Tuvo, al principio, pavor. Abandonó
su cuarto en busca de aire puro, de luz, de rostros
humanos, cada vez que lo acosó ese pensamiento. Pero le
pareció después que paseaba una isla árida, cuyos
únicos habitantes eran el dolor y el descorazonamiento.
Las calles le parecían áridas y despojadas de color;
los semblantes que encontraba a su paso igualmente
privados de temperatura; los bares, fríos. El invierno
mordía ya los troncos pálidos de los plátanos;
los habitantes de la ciudad se recogían a horas tempranas; él
regresaba despacio por las calles interminablemente
rectas, fijándose en los ornamentos negruzcos de las
molduras y en los edificios regulares y herméticos. Y su
decadencia había acabado por llevarle al rostro una ex
presión en la que había pena y agrura.
Su corazón no andaba bien. Se sentía cada día más
débil y tenía que esforzarse para comer. El médico no
le decía nada bueno; se limitaba a recomendarle el
mayor descanso posible, la mayor calma. ¡La mayor calma!
A él, que no había hecho otra cosa en su vida más que
estar en calma, monstruosamente en calma. Pero lo que
le producía la acusación más dolorosa era verse
desaparecer en mayor distancia cada día de los humanos;
desaparecía, se alejaba. Ya no iba quedando apenas nada
de él en el mundo; su ánimo había salido del cauce y
erraba ingrávido, soliviantado por sus recuerdos.
¡Si todavía se hubiera podido aferrar a algo! Pero,
¿a qué? Una tarde que caminaba por su cuarto pensó
en la profesora, en Carlota Moret. Contempló como algo
grato la idea de ponerse esta esperanza por delante, de
abrir todavía este ameno horizonte a su vida cuando
estuviera un poco mejor se echaría a buscarla; por
todas partes, no importa cómo la encontraría —tal vez
casada, con familia. Pero lo esencial era llegar a ella y
decirle con vehemente urgencia, todo lo que en él
permanecía no dicho, ineluctablemente secreto, rígido. Aún
podrían pasearse juntos por la ciudad en algún momento.
Quién sabe si ella seguiría acordándose de Hölderlin.
Quién sabe cómo pesaría ahora en los anocheceres
su cabeza imperiosa, sus ojos vivos y ardientes.
Jacobo Uber pareció reanimarse con esta esperanza.
La expresión agria y penosa de su rostro se endulzó de
un modo suavemente sensible. Sintió una paz, una
reconciliación consigo mismo. Durante tres días respiró
contento el aire de la ciudad. ¿No habían revivido, con
repentina afloración de energía, todos aquellos rostros,
el rostro del hombre apurado, el rostro del agente de
policía, el rostro de ésta, de aquélla mujer? Todo había
revivido en la ciudad, y en uno de sus rincones, allí
donde él tal vez la hallaría, estaba Carlota Morel.
Fui, por algunas semanas, corno haber entrado en
una nueva vida. Se sintió mejor y el médico le autorizó
a regresar a su casa. Sus facciones demacradas,
angulosas y sin sensualidad, en las que parecía moverse
morosamente el pájaro de una alucinación, aceptaron el
ameno movimiento de la sonrisa. Estuvo contento de
irse y dió una buena propina a la muchacha del
semblante extático, y conversó largamente, la víspera de
abandonar la casa, con la señora, que vestía un traje cubierto
de encajes y moños y conservaba la cabeza violentamente
erguida por el negro cuello de ballenas. Esta señora
mostraba en sus gestos una energía viril y dejaba al
desplazarse un fuerte olor a pomadas y afeites. Ese
olor lo había sentido él muchas veces al entrar al
vestíbulo, en el primer piso, donde los muebles más dispares
se aglomeraban sin orden. Cambiaron algunas
conjeturas con respecto a la posible guerra que se cernía sobre
el mundo y que la señora consideraba como un castigo
divino.
La señora y la muchacha lo despidieron, una
mañana de sol, en la puerta de calle, mientras los miraba
desde el vestíbulo, con extrema curiosidad, otra pensionista,
envuelta en un peinador morado. Después de agradecer
con la mayor viveza todas las atenciones de que había
sido objeto, Jacobo Uber abandonó contento aquella
casa.
IV
Vivió quince días auténticamente feliz. Todo le
parecía flamante y maravilloso. La vida le hablaba con
un lenguaje desconocido. Hasta le era grato volver a
poner las manos sobre los papeles cubiertos de polvo que
se habían ido acumulando sobre su pupitre, en la sala de
recaudadores. La imaginación abandonó transitoriamente
su presa, y Uber miraba el universo con ojos frescos.
Durante esos días se manifestó atento y locuaz con sus
compañeros y les invitó a comer en su casa de Constitución,
un martes, mostrándoles luego, desde la ventana
del piso alto, a los postres de una comida que hizo subir
del restaurante, la perspectiva de la plaza, con sus juegos
para los niños y sus árboles de un verde blancuzco
y viejo, limitada por los pequeños hoteles, las casas
importadoras y la estación. Bebieron bastante y, en su
media lengua, Nancel festejó el retorno a la ciudad del
pródigo —sombrío. Para ser exactos, nadie entendió tal
alusión. Después de la fiesta, Uber los acompañó a la
“boite” rusa llamada Cáucaso, donde volvieron a beber
todos gozosamente, aceptando algunas mujeres en las
faldas, señalándoles a Uber como el festejado y pidiéndoles
que lo besaran por turno. Las mujeres hicieron
esto con prodigalidad circunstanciada. Jacobo Uber
sonreía, sentado en un extremo de la mesa, con Nancel
a su izquierda y un irlandés, McCormack, completamente
ebrio, a la derecha. La “boite” era cuadrada y las
mesas estaban dispuestas paralelamente a la pared con
un escáño sin fin que también recorría el muro. En el
ángulo opuesto a la entrada, estaba el pequeño tablado
de la orquesta. El animador era una especie de tártaro
que reía y vociferaba golpeando una pandereta; vestido
con traje de oficial de cosacos, con sus hileras de
cartuchos dispuestas en dos alas sobre el pecho. Las mesas
dejaban en su centro un espacio libre para bailar, y el
primero que lo hizo, entre los componentes del alegre
grupo, fué McCormack, quien proporcionó a los
espectadores un espectáculo desconcertante, en el que había
algo de pesadilla; las piernas se le doblaban y la
jovencita rubia que había elegido de compañera tenía que
hacer esfuerzos sobrehumanos para mantenerlo en pie.
Al fin, McCormack se desplomó, y el grupo de
compañeros de Jacobo Uber, mientras éste sonreía inmóvil,
aplaudieron hasta reventar. El animador tártaro avanzó
unos pasos y ayudó a la jovencita rubia y ambos
levantaron al irlandés, que parecía un muñeco desarticulado.
“¡Qué hermosa fiesta!”, gritaba Nancel. Las mujeres
se arqueaban hacia atrás, el vaso en alto, muertas de
risa.
Pero, de una manera o de otra, al retirarse de
aquella fiesta, Jacobo Uber se sintió triste. Volvió a
considerar cómo no estaba con aquellos hombres, en el fondo,
sino recluido en si ; cómo su cielo, su tierra, sus
vinculaciones con el mundo exterior no eran sino una obscura
proyección de su espíritu y nada tenían que ver con su
realidad concreta y universal. Así, era inútil quererse
volcar en esto o aquello. Inútil buscar salidas para ese
precipicio en cuyos meandros estaba retenido, y casi
ahogado. Su esperanza había sido una nueva ilusión,
tan transitoria y fugaz como las anteriores, una mera
reacción de su físico mejorado.
Cayó entonces en un estado de aflicción permanente.
Semejante a un cuerpo desnutrido que se consume
por dentro, fué perdiendo, de un modo paulatino, todos
los deseos. Sólo quedaba él en pie : él, en medio de estos
despojos, con su imaginación. Por momentos no podía
contener sus sollozos, cosa que pasaba en los momentos
más inesperados, obligándole a sustraerse del contacto
de las gentes. Y esto no podía confiárselo a nadie, ab-
solutamente a nadie. ¿De qué valía, por otra parte,
llorar sobre sí mismo?
Una tarde de diciembre, todo esto llegó a su
extremo. Había estado dos noches sin dormir, lleno de
angustia, respirando el olor deletéreo de su inutilidad.
Había perdido el último de los deseos, su apetito se
había ido, no probaba a las horas de la comida más que un
poco de vino rojo y algunos trozos de pan negro con
jamón. Pero los mozos del restaurante no le
preguntaban una palabra, él masticaba en silencio esas flacas
substancias. Y aquella tarde de diciembre, faltó a la
oficina, y fué a caminar a lo largo de la avenida costanera
y siguió marchando por cerca de tres horas, hasta que
sintió una fatiga inmensa en su cuerpo y en su moral.
Llegó hasta el estuario, desde cuyas márgenes se
divisaban, en alto, los lomos verdes de las barrancas, pletóricos
de hermosa vegetación, con sus manchas obscuras y
sus grandes losanges verde claro. Llevaba en su interior
un grito terrible. Y un miedo, un miedo. Pero ya no
podía volver atrás, al mundo. Ya no podía volver a ese
continente en el que era extranjero y donde se sentía
ahogado y sin luz. Al pasar debajo de una de las
barrancas más altas, vió, arriba, a dos muchachas vestidas
con trajes blancos que caminaban enlazadas con sus bellas cabezas desnudas, expuestas al suave viento. Se
sentó y escuchó el lejano croar de las ranas, más allá de
los cañaverales que separaban las verdes barrancas del
estuario. De repente, corno llamado por una voz o
corrido por un pavor espantoso, se levantó y echó a correr,
con los ojos alucinados, y llegó al borde del agua y entró
en el río produciendo un ruido de palmadas en el liquido
agitado. Nadó, en ese vasto mar en calma, sobre el que
se había desplomado el silencio. Nadaba y lloraba, con
atroz congoja, abandonado a su infinito desamparo.
¡Cuántas veces había nadado en aquel río, en su
infancia! La muerte era algo adonde por fin iba a poder
entrar y descansar, algo real, implacablemente real. De
repente dejó de nadar y gritó. El grito recorrió largo
espacio. El agua se abrió, por un segundo, luego volvió
a dar al anochecer infinitamente en calma su superficie
inmóvil y sin color.
Literatura
.us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar