Manuel Rojas
(Buenos Aires, 1896 - Santiago, 1973)


Leyendas de la Patagonia
[El hombre de los ojos azules]
(1923)
Originalmente publicado en la revista Caras y caretas (Buenos Aires, Argentina),
(18 de mayo de 1923);
Hombres del sur: cuentos
(Santiago de Chile: Zig-Zag, 1926, 219 págs.), págs. 161-219.



      Cuando Pedro el Francés, minero, mostró a los demás cateadores la primera pepita de oro hallada en su escondido lavadero, la noticia del hallazgo corrió como un estremecimiento por los pueblos del extremo austral de América del Sur. Todos los buscadores, desde el austríaco, fornido y rubio, hasta el sudamericano —chileno o argentino—, bajo y moreno, abandonaron sus calcos del centro de Argentina y Chile, metieron las herramientas en sus bolsas y un día en Río Gallegos, Deseado, Ushuaia, Punta Arenas y otros nuertés situados sobre el Estrecho de Magallanes o cercanos a él, desembarcaron hombres extraños, de sombreros anchos, de espaldas más anchas aún, nue hablaban lenguas distintas al preguntar la misma cosa:
       —¿Dónde hay oro?
       Fue buscado con ahinco, con fiebre, hasta que apareció. A la primera pepita siguieron muchas más, y, como sucede siempre, la leyenda levantó su vuelo y la visión de una nueva California hizo volver la cabeza a más de un aventurero del norte. Un día el vapor “Santa Rita” depositó en Punta Arenas un grupo de mineros americanos que se internaron en los lavaderos. Entre tanto, los pueblecitos prosperaban. Se veía dinero. Al empezar el invierno, volvían los mineros. En sus cinturones, y en pequeñas botellas, las pepitas de oro pesaban gloriosamente. El apreciado metal hizo abrir hoteles, tiendas y cantinas y se conocieron las peleas a balazos o a puñaladas, en la calle o en el salón de una casa de juego, por la posesión de un lavadero o de una mujer.
       De los californianos venidos en el “Santa Rita”, uno de ellos quedó en Punta Arenas. Era un tipo de cateador y de bandido. Se informó de la situación en que se encontraban los trabajos del oro y supo que Pedro El Francés trabajaba solo un lavadero que nadie sabía dónde estaba situado, pues Pedro salía y volvía a escondidas. Pero Kanaka Joe, nombre de guerra adquirido en sus correrías, no tenía mucha prisa; espió a Pedro y lo sorprendió un día en el momento en que se echaba unas pepitas en su cinturón. Más sorprendido que otra cosa, pues el francés era un fugado de Cayena, el presidio de América Meridional, e ignoraba qué cosa era el miedo, interrogó al recién venido sobre el objeto de su visita, y a Kanaka Joe le brillaron los ojos azules al decir, a manera de respuesta, una sola palabra:
       —Oro...
       E hizo con los dedos un gesto que quería decir: “Trabajemos juntos y seremos dos a ganar y a defendernos” y medio en inglés y medio en francés los dos hombres hablaron y se entendieron. El americano era hombre de grandes vistas comerciales y si la suerte le hubiera sido favorable su nombre sería hoy el de una familia de millonarios. Estudió, con una larga práctica a su favor, el rendimiento que podía dar aquel lavadero y vio que prometía un resultado mediocre después de mucho trabajo. Como el mucho trabajar no era una cláusula tomada muy en cuenta en su programa de fortuna, buscó un comprador: a un austríaco, enriquecido en el comercio de pieles, le adjudicó aquel “clavo”. El austríaco sacó de él lo justo para hacerse una cadena de tres vueltas, hecha con pepitas de oro, y Pedro El Francés y Kanaka Joe proyectaron, con el producto de la venta, un vasto plan de negocios.
       Pero el oro de la Patagonia fue un relámpago: deslumbró y murió y las empresas formadas para su explotación se arruinaron. El dólar americano no pudo vencer en Tierra del Fuego el feroz invierno de la región y las maquinarias se inutilizaron: en Punta Arenas se vió, durante decenios y en el camino a la Mina Loreto, una pala mecánica abandonada. El gasto era más alto que la producción y la leyenda se desvaneció. Sólo subsistieron pequeñas empresas que se conformaban con un rendimiento escaso y lento. Poco a poco desaparecieron los cateadores y sólo de tiempo en tiempo, pasado el invierno, algunos ambiciosos se aventuraban por los arroyuelos y playas de Tierra del Fuego en busca de arenas auríferas.
       Entretanto, Pedro y Kanaka, metidos en una amplia combinación, se arruinaron. Pedro quiso echar la culpa al norteamericano, pero éste era optimista y sonrió al oír las quejas de su compañero:
       —Para el hombre decidido, todo el mundo es un lavadero —lo consoló.
       Y como de un minero fracasado el destino puede hacer un magnífico bandido, Kanaka y Pedro, siguiendo ese camino de perfección, se hicieron contrabandistas de animales. Pero también en esa actividad sucedían contrariedades y competencias. La policía aduanera no vigilaba mucho los pasos cordilleranos, pero cuando se la encontraba era necesario abandonar el ganado o trabarse en una lucha siempre fatal y estéril. Y respecto a la competencia... En uno de los viajes, casi a la mitad del camino, Kanaka Joe alcanzó a ver a un hombre, que le pareció indígena, aparecer y desaparecer rápidamente entre las rocas. Le gritó que se detuviera y hasta disparó un tiro, pero el misterioso indio no volvió. Dos quilómetros más adelante, sin embargo, al volver de un recodo, dos hombres a caballo y un indio a pie aparecieron; se adelantó uno de ellos y les dijo:
       —Como somos arrierosy por un mismo camino vamos, alguna vez nos teníamos que encontrar; pero el camino es ancho y hay paso para todos, de modo que nunca tendremos que tropezar unos con otros. Hasta la vista y buena suerte.
       Prosiguieron aquellos y estos el camino, pero a Kanaka Joe no le agradaban las rivalidades, y en previsión de futuros acontecimientos inquirió noticias y milagros de aquellos contrabandistas; Matías, el que habló, era argentino, nacido en Cerro Corá, puertecito situado sobre el Alto Paraná, en la Gobernación de Misiones, mocetón no muy alto, pero fornido, de cara morena y ancha; hasta los diecinueve años vivió en su pueblo natal, sin más horizonte que el río y la inacabable selva; mas un día alguien le habló de las llanuras y de las cordilleras, de las minas de oro y de la vida de los hombres en la lejana Patagonia, y entonces, aburrido de cazar jaguares y caimanes a puñaladas, abandonó su terruño y durante largo tiempo rodó por los terrítorios del sur de la Argentina, siendo sucesivamente peón de estancia, esquilador, domador, cazador, cateador, todos los oficios del gaucho, y por último, contrabandista, con una hoja de servicios que merecía el respeto de los más guapos hombres de acción. Al adoptar su última profesión se radicó en Las Lajas, donde esperaba la época propicia para la introducción de ganado. Sus clientes eran estancieros que, burlándose de las leyes, entregaban sus haciendas a hombres como Matías, que las transportaban a Chile.
       Matías, que andaba siempre solo, salvo los obligados arrieros y peones que debían ayudarle a arrear los animales, encontró un día al compañero deseado: durante un viaje de de vuelta de Curacautín a Bariloche, en una parte del camino, un poco abrupta, un hombre saltó desde una roca y se plantó delante de él. Pálido y demacrado, con voz llena de angustia le dio el alto. Matías retrocedió unos pasos y, aunque no sacó arma, permaneció alerta. El hombre avanzó, quiso hablar y no pudo, pues la voz se le cortó en la garganta; hizo señas y entonces Matías comprendió: aquel hombre se moría de hambre. Desmontó: una lonja de charqui y un dedo de aguardiente reanimaron al extraño viandante, quien dijo, cuando pudo hablar:
       —Si no hubiera entendido tan pronto, quizá lo hubiese muerto...
       Y tomando el caballo de las riendas guió a Matías hacia un lado del camino, en donde, sentado, con cara de resignación, un indio araucano sonrió al verlos. El charqui y el aguardiente reanimaron también al indio, y sentados los tres en unas rocas conversaron largamente, entre lonja de charqui y buche de aguardiente.
       El blanco era Juan Herrera, llamado El Puelche, nombre con que los chilenos designan un viento que en alguna parte de las montañas sopla desde las cumbres hacia abajo, y el indio, de la tribu de Manquilef, era llamado Mariluán. Ambos chilenos, un mes antes eran mutuamente desconocidos. Hacía ocho días que caminaban extraviados, sin alimentos, bebiendo únicamente agua y con el constante temor de ser detenidos por carabineros.
       Juan era del norte de Chile, atacameño, nacido en Copiapó, capital de la provincia de Atacama, región minera por excelencia. Cateador de raza, cuando se cansó de revisar sus tierras emigró al centro de Chile y se internó en las minas de cobre de Las Condes, en donde, al final de una temporada de seis meses, jugando, ganó al minero Francisquito, un gigantón, todo lo ganado por éste durante aquel tiempo. Con sus salarios y el dinero ganado reunió una buena suma y abandonó la mina en dirección a Santiago; pero Francisquito, que no quedó conforme con perder su dinero, le salió al paso; Juan le ofreció devolverle lo ganado, pero el guapo rechazó el ofrecimiento alegando que qeuría lo suyo y lo de é, por lo que el copiapino, para terminar pronto una discusión ya un poco fastidiosa, se vio obligado a abrir el vientre del gigante por medio de un tajo dado con su corvo, un cuchillo de tres dedos de ancho y de unos veinticinco centímetros de largo, que Juan podía manejar, indistintamente, con las dos manos. Desde entonces, Juan el Puelche, al margen de la ley, rodó de mina en mina.
       Un día que viajaba en la plataforma de un vagón de tercera clase, en viaje a la minas de Máfil, vio subir en una pequeña estación a un indio joven que, con aire humilde, ocupó la plataforma del coche anterior. En la estación siguiente un policía intimidó al indio que abandonara ese lugar y buscara asiento en el interior del coche. CCon palabras confusas murmuró el indio una excusa que no satisfizo al uniformado, quien, tomándolo de un brazo, intentó hacerlo entrar por la fuerza. Se rebeló el indio y la mano del policía le cruzó la cara; contestó el indio mudamente tomándolo de los brazos e inmovilizándolo; el hombre quiso desprenderse, pero no pudo; gritó entonces y un compañero suyo que salió del coche ayudó a sujetar al indio. El alto porecntaje de sangre india que poseía Juan lo abligó a intervenir; tomó del cuello al policía primero y le dio tal bofetón que lo hizo caer del tren sobre un terraplén por el que pasaba el convoy. El otro quiso hacer uso de su carabina, pero Juan tenía la mano rápida y fuerte y el segundo fue a hacer compañia al primero. El indio, sorprendido, pues nadie nunca había alzado una mano en su defensa y sí muchas en su castigo, cogió una mano de Juan y quiso llevársela a los labios, diciéndole: “Huinca, buen huinca”, pero Juan le dijo que se dejara de agradecimientos y pensara cómo escapar de ahí; si la policía les echaba mano los haría humear a palos. Entendió el indio y antes de llegar al pueblo de Pillanlelbún (Llano del diablo) invitó a Juan a seguirlo. Descendieron del tren y se internaron en los campos, llegando, al cabo de unas horas de marcha, a un lugar lleno de rucas. Los indios le hicieron un amable recibimiento: le ofrecieron una muchacha, una ruca y un jarro de chicha, pero, fuera de lo último, Juan no se sentía propenso a la voluptuosidad. Era grave cosa atacar a dos policías, mucho más en defensa de un indio, que era para ellos, y para muchos, más un animal irracional que un ser humano. Además, el recuerdo de Francisquito le pesaba demasiado y no quería saber nada de autoridades. Preguntó cuál era el camino más corto para llegar a la Argentina y después de haber sido informado decidió ponerse en marcha. Antes de partir, Mariluán, casi llorando, le rogó que lo llevara con é1:
       —Yo servir... Hacer todo, hermano. Llévame contigo.
       Pero Juan no quería sirvientes y propuso al indio una asociación en la que serían a medias las labores y las ganancias. Aceptó Mariluán y una mañana Juan el Puelche y el indio hicieron rumbo al más cercano paso de la cordillera.
       Nunca el destino formó una pareja tan diferente y tan unida: Juan era la astucia popular, el valor ingénito, espíritu hecho de truhanería, buen humor y desprecio por todo lo que no le interesaba. Era alto, delgado, de nariz aguileña, un tipo del norte de Chile. Como buen minero era casto y sobrio y tenía la mano rápida y la decisión más rápida aún. Mariluán, en cambio, era la astucia y la inteligencia primitivas, humilde y casi tímido. Poniendo el oído en el suelo sabía a qué distancia galopaba un caballo y conocía todos los secretos de la selva y de la montaña. Era bajo, un poco grueso, con unos hombros que denotaban gran fuerza. Su paso era breve y rápido y cuando caminaba a prisa, de subida o de bajada, su marcha era un trotecillo que podía cansar a un caballo. Antes su gente había tenido tierras y bienes, pero unos bandidos, decía, valiéndose de la ley de minas, los desposeyeron de sus tierras con el pretexto de que en ella había un yacimiento de cobre. El mineral no se vio nunca pero ellos no recuperaron sus tierras.
       Tales fueron las noticias que Kanaka Joe sacó de sus indagaciones, aunque no tan minuciosas.
       Fue así como Matías encontró a los amigos que buscaba, y Juan el Puelche y Mariluán el compañero que los guiara en tierras extranjeras. Se organizaron para explotar el negocio de contrabando de ganado, y la fortuna sonrió por largo tiempo a los recientes comerciantes: se llenaron los bolsillos de dinero, en tal forma que al final de su último viaje, Juan, al meterse un rollo de billetes en la cartera, dijo:
       —Con esta música, que me entierren.
       El indio pudo beber bastante “huachacay” para humedecer sus meditaciones desposeído, pues este hijo de Arauco tenía todas las virtudes y un solo vicio: creía que el aguardiente era el único bien a que podía aspirar un hombre. Juan bebía poco, y en cuanto a Matías, se conformaba con un “enjuague” de caña de tiempo en tiempo.
       En el desarrollo de las operaciones a que se dedicaban, Mariluán hacia el papel de explorador, papel de bastante responsabilidad, ya que la perspectiva de una intervención aduanera era temible en esos sitios, pues el gendarme no da el ¡alto! sino después de disparar su arma, costumbre que traía una consecuencia bastante grave, como era la disminución crónica de contrabandistas y policías, ya que los primeros la observaban con tanta perfección como los segundos.
       Al mismo tiempo, Kanaka y Pedro se entregaban a idénticas operaciones; habían solicitado para ello el concurso de dos conocidos cuatreros, Miguel Fernández y Santos González, el arriero, hombres que no habrían tenido bastante vida para cumplir los años de condena que un juez no muy exigente les hubiera impuesto por todas las faltas cometidas. Y de este modo, dos bandas burlaban las leyes de internación y se reían de la policía, que no podía más que mirarlos duramente cuando volvían de sus giras.
       Pero, desgraciadamente para ellos, la bonanza no duró mucho: los extranjeros, Pedro y Kanaka, aunque ganaban la plata que querían, eran ambiciosos y no podían soportar la rivalidad de los criollos. Intentaron, y lo consiguieron, ponerlos en entredicho con los estancieros que les confiaban sus ganados. Fue así cómo Matías, Juan y el indio quedaron un día sin medios de trabajo. Pero al mismo tiempo recrudeció en tal forma la vigilancia en la frontera, que, en un último viaje, Miguel Fernández, agarrado por una descarga cerrada, quedó tirado sobre el camino. Los compañeros huyeron, toda la hacienda se perdió, y con ello vino la negativa de parte de los dueños, de entregarles otra tropa. De esta manera todos tuvieron que abandonar sus correrías por la cordillera y vegetar en Las Lajas, a la espera de los acontecimientos y de las mudanzas del tiempo.
       La vida en Las Lajas transcurría plácidamente; después de la agitada que habían vivido, la actual era perezosa, suavizaba los ánimos y descansaba los cuerpos. Dormían hasta tarde, daban una vuelta por el pueblo y por las noches se instalaban en las mesas de una taberna que ostentaba el prestigioso nombre de “La Estrella de la Patagonia”, lugar de cita obligado de todos los que llevaban una vida errante en busca de la fortuna fácil. Arrieros, buscadores de oro, cuatreros, trabajadores, toda gente conocida entre sí, que aparecía y desaparecía, sin que nadie supiera a dónde iba ni de dónde volvía. Allí se organizaban expediciones de toda índole, tanto las que tenían por objeto fines honrados como las que podían ser merecedoras de una intervención policial. De vez en cuando la noticia de un robo de animales, de un asalto o de un crimen, constituía motivo de conversación. Cuando esto acaecía, se notaba la ausencia de algunos y era inevitable la visita del sargento Guaratigua, quien, acompañado de dos o tres hombres del orden, entraba a la taberna, miraba a los parroquianos, a veces se llevaba a algunos y otras se conformaba con aceptar una copita y marcharse luego de examinar de nuevo las caras de los habituales contertulios.
       Pasaron así unos meses, dos o tres, y una mañana, Juan, tesorero del grupo, dio cuenta de la merma considerable de los ahorros. Era tiempo de pensar en hacer algo, descartando la idea de lanzarse a una vida de violencias, pues todos eran partidarios del trabajo, trabajo que, aunque no fuera muy lícito, no necesitara el uso de la fuerza. Se acercaba el verano y un verano sin medios de subsistencia era algo muy desagradable. En el contrabando de animales no se podía pensar; trabajar como peones o esquiladores era cosa que se casi les hacía muy cuesta arriba: ya casi no era tiempo de esquilas y para ser peones habría que emigrar hacia el sur. Pasaron unos días. Mariluán estuvo más pensativo que nunca; quizé la perspectiva de una sequía de aguardiente le hacía meditar más que de costumbre. ¡Y pensar que aquel bruto de Kanaka y ese franchute de Pedro tengan la culta de todo!... La ambición de ellos había arruinado el negocio. No se miraban con buenos ojos, no; cuando se encontraban frente a frente, Juan y Kanaka se miraban tan duramente, que los contertulios de La Estrella de la Patagonia espraban cada noche, con una una especie de voluptuosidad, el encuentro de esos dos hombres. Pero Juan pensaba que todavía no era tiempo, y se conformaba con escupir, mientras decía:
       —¡Gringo cara de caballo alazán!
       Y Mariluán terminaba la frase, exclamando:
       —Hombre malo, ojos azules...
       Una noche hubo un principio de pelea, que no prosperó gracias a la intervención de Pedro y Matías. Por suerte, Juan no estuvo presente, pues de haber estado habría intervenido y el asunto hubiese terminado mal: Matías y Mariluán abandonaban la cantina y en la puerta se encontraron con Kanaka y el Francés. Y como el indio no cediera el paso al californiano, este le dio un empujón, echándole sobre Matías, que se enfrentó al americano, diciéndole:
       —No sos vos tan barrigón como para necesitar tanta cancha para entrar.
       Kanaka contestó con una interjección en inglés y echose hacia atrás en actitud de agredir, pero Pedro pidió disculpa y como Matías era hombre tranquilo no llevó el asunto más adelante. Por otra parte, el odio de Kanaka era contra Juan, aquel hombre delgado y alto, de facciones un tanto aguzadas, que sonreía despreciativamente al verlo y al que estaba seguro de poder derribar de un puñetazo.
       En la taberna se formaron partidarios de ambos grupos y todos fomentaron los odios y las rencillas; los chismes hacían más inminente el instante de la riña, y a todo esto se unía el influjo de las dos hijas del dueño del establecimiento, dos criollitas menudas y sabrosas que repartían sus preferencias entre Matías y Juan, con gran desesperación de los demás.
       A todo esto, el tiempo transcurría y el problema económico se hacía más insoluble. Por fin, una noche Mariluán confió a sus compañeros un vasto proyecto que requeriría un poco de plazo, pero que de realizarse llenaría por completo las necesidades de todos.
       Una vez oyó hablar Mariluán a un indio viejo, residente en su toldería, de un yacimiento de oro: una vez un huinca, un hombre blanco, había llevado consigo, como baquiano, a aquel indio. Fueron tres, el huinca jefe, otro hombre y él. Contó que después de mucho andar, encontraron un gran placer; que el tercer hombre, al regreso de la expedición, había robado al huinca y había huído; que éste lo persiguió, lo mató y recuperó su parte, volviendo en seguida junto al indio; pero el invierno los sorprendió y el hombre blanco pereció helado, no salvándose sino el narrador, que regresó con una porción de oro y con los pies casi comidos por el hielo. Recordaba Mariluán que aquel indio dijo que podía precisar el sitio donde estaba el mineral y que lo indicaría algún día a un jefe blanco o a un indio joven que le mereciera confianza.
       Todo esto, contado con frases entrecortadas, dejó un poco incrédulos a los amigos: les pareció más bien una fantasía debida al aguardiente; se lo dijeron, pero Mariluán juró que hacía más de cinco días que no probaba una gota de licor:
       —Huachacay, nada, huinca, nada...
       Se hicieron repetir la historia. Mariluán recordó nuevos detalles y Matías y Juan quedaron casi convencidos de que aquello era verdad, pero las dificultades eran enormes: no se sabía dónde estaba el yacimiento, si en las entrañas de la cordillera de los Andes o en un río, cercano o lejano, de los innumerables que nacen en las montañas y corren hacia el Pacífico o hacia el Atlántico. Además, para un viaje de ese carácter se necesitaba bastante dinero.
       —Yo podría conseguir algo —dijo Matías—. Don Jesús me prestaría algunos pesos.
       Don Jesús era uno de los estancieros que en otros tiempos le había confiado sus animales. Con esto quedaba resuelto el punto menos importante del problema. Quedaba el otro: la ubicación del manto, arena o filón aurífero. Sobre esto, Mariluán pidió permiso para ir a Chile a buscar el derrotero fijo. Matías calló, pero Juan se echó a reír.
       —Te has vuelto loco, ¡mapuche! Ir a Chile... ¿Te crees que está a la vuelta de la esquina? ¿Y la nieve, y el frío, y los pacos, no te meten un poco de susto?
       Pero Mariluán contestó:
       —Mariluán quiere al huinca Juan y no tiene miedo.
       Juan se encogió de hombros y expuso:
       —Si quieres ir, anda, pero acuérdate que te vas jugando el pellejo.
       Así quedó concertado el viaje de Mariluán. Le dieron un poco de dinero y media botella de aguardiente, y una noche en que el cielo estaba florecido de estrellas y la Cruz del Sur brillaba marcando el rumbo austral, el indio abrazó a sus compañeros y partió.
       La espera fue larga. Los días pasaron lentamente, aumentando en su transcurso la angustia por la suerte del indio y el pesimismo por el resultado del viaje. En la taberna se notó la prolongada ausencia del araucano y se urdieron variadas conjeturas, pero nadie se atrevió a preguntar nada. La cara de Juan denotaba profunda preocupación y aunque Matías no dejaba traslucir su estado de ánimo, Juan veía que su compañero languidecía también en la espera. Transcurrieron muchos días y Mariluán no apareció. Los amigos no hicieron comentarios, pero se acentuó en ellos la idea del fracaso. Dos días después, sin embargo, en una noche en que el viento aullaba en las callejuelas del pueblo, Juan y Matías, sentados ante una mesa de la cantina, a la sazón silenciosa, sintieron en la calle un paso rápido que les era conocido. Un instante después un grito agudo y prolongado, grito que Mariluán lanzaba cuando estaba contento o cuando llamaba a alguien, resonó en la oscuridad e hizo volver la cabeza a los que estaban allí.
       —¡Aaoouuhh!
       Era una especie de maullido triste, que evocaba los chivateos de los malones y despertaba ideas de muerte. Mariluán apareció en la puerta. Su cara era siempre ancha y sonriente y no se notaba en ella señales de cansancio: parecía volver de una breve carrera. Se levantaron los dos amigos y tomándolo de un brazo marcharon hacia su alojamiento. Mientras, en la taberna, un viejo bigotudo comentó:
       —¡Ave María! ¡Yo creí que era el Malo!
       —No hubiera sido raro. En estos días de viento el diablo anda suelto —respondió un arriero, y sobre el motivo se hilvanó una larga charla.
       Cuando llegaron a la pieza, la pregunta fue:
       —¿Y?
       Y Mariluán dio cuenta del resultado de su viaje: encontró al indio casi ciego ya, próximo a morir; con palabras ya balbuceantes contó de nuevo la historia y se negó, en un principio, a indicar el sitio y la ruta seguida; pero, convencido por el jefe de la reducción, consintió en dar mayores detalles, aunque con la condición de que la mitad de las ganancias fueran entregadas al cacique. Aceptado esto por Mariluán, el indio grabó en un papel, con jugo de maqui, un rudimentario plano topográfico de la ruta seguida hasta hallar el yacimiento. Mariluán sacó el papel y Juan lo tomó y de una ojeada recorrió todo el esquema, devolviéndoselo en seguida a Mariluán: todas las indicaciones estaban trazadas con caracteres desconocidos para él y había figuras de cosas, dibujadas en tal forma que solo un individuo perteneciente al grupo del topógrafo podría comprender algo.
       —Leela vos...
       Y Mariluán, aventurándose con pie firme en aquel revuelto plano, dijo, señalando un dibujo que imitaba un cono:
       —Llaima...
       Y explicó que debía tomarse como punto de partida el volcán de ese nombre. Seguía una línea que se desviaba hacia el sur: era el camino; al término de esa línea una sucesión de líneas formaban pequeños cuadrados.
       —Curacautín.
       La línea del camino tomaba un rumbo derecho hacia el este, hasta tocar otra, con la cual formaba un triángulo. Esta última línea se alargaba hacia el sur y sobre ella estaban dibujadas figuras como la que indicó el Llaima, con la diferencia de que eran de distinto tamaño entre sí. Mariluán contó:
       —Quiñe, Epu, Quila, Meli... Quince cerros.
       Al final, la línea hacía una curva suave, terminando en un pequeño círculo:
       —Oro —explicó el indio.
       El croquis terminaba con una línea que corría de oeste a este; paralelos, había unos puntitos.
       —Río —aclaró Mariluán.
       —Viene a quedar en el centro de la cordillera, entre Río Negro y Chubut, más o menos. Este río debe ser el Chubut o algún otro río chico que va a desaguar en aquel.
       Estaba precisado el punto principal; pero nuevas dificultades se presentaban: era un viaje larguísimo y por una región en donde solo el sentido personal de orientación podía servir de algo.
       —Eso es lo de menos... Si acertamos, bien...; si no, paciencia. Lo peor que nos puede suceder es que nos muramos, pero más vale morir andando que no acostado. Echemos las patas al camino.
       Juan había hecho su plan: si no hallaban nada, descenderían de la cordillera y se internarían en el Chubut. Si encontraban, bajarían, por el camino que indicaba el plano, hacia Chile. En el primer caso no se perdía más que el viaje; en el segundo, todo estaba ganado. La expedición fue organizada en el acto. Caballos y herramientas fueron objeto de especial atención. Luego los comestibles, el aguardiente y las ropas de abrigo, mantas chilenas, ponchos cuyanos y matritas tejidas a mano por las indias, fueron cargadas en dos caballos de repuesto que llevarían. Todo quedó listo en una semana y había que apurarse: terminaba el mes de enero y el otoño y el invierno se echarían encima con gran rapidez. Les quedaban por delante solo dos meses, ya que calculaban que deberían volver al principiar abril.
       Los preparativos llamaron la atención de Kanaka y de Pedro.
       —Estos diablos de criollos se traen algo bajo el poncho —decía Pedro.
       —Oh, lo sabremos —respondía Kanaka.
       El día antes de partir, Santos, el arriero, invitó a Mariluán a una gargarita de aguardiente, y el indio, que nunca pudo negarse a esas invitciones, aceptó. La gargarita resultó un riego intensivo que dejó a Mariluán en un estado deplorable. Fácil les fue a los interesados hacerlo hablar. No dijo muchas cosas; murmuró:
       —Oro —y mostró el croquis.
       Se apoderó del croquis el arriero, pero al ver aquellos signos, ilegibles para él, se lo pasó a Kanaka, diciéndole:
       —Esto debe de estar en inglés.
       Nadie entendió nada, pero Kanaka ya sabía todo; devolvieron el plano al indio y el arriero lo condujo a su alojamiento. Al ver aparecer a Mariluán en ese estado y al observar la sonrisa cazurra del arriero, Juan tuvo un acceso de ira.
       —¡Maldito mapuche! Se ha emborrachado y lo ha contado todo...
       Cogió al arriero por el pescuezo, lo sacudió furiosamente y le gritó:
       —¡Qué le han hecho, animales! ¡Habla! Te juro por mi madre que si no decís la verdad te rebano el cogote...
       Pero Santos negó todo: dijo que nadie había en la cantina cuando él llegó, nadie más que Mariluán, y que él, al verlo así, lo vino a dejar. Juan lo soltó y registró al indio: el plano estaba en su poder. El arriero desapareció con toda rapidez y Juan canfesó a Matías:
       —Hermano, si no fuera porque puedo parecerle un cobarse, le pediría que nos quedáremos aquí.
       —Como usted quiera, Juan... —contestó Matías.
       El Puelche apretó los puños:
       —¡Pero a hombres no nos van a ganar! Vamos nomás.
       Al día siguiente, al amanecer, tomaron el rumbo de la cordillera. Pocas personas presenciaron la salida de la pequeña caravana. Al trasponer la última calle del pueblo, los viajeros oyeron una voz irónica que gritaba:
       —¡Buena suerte, caballeros!
       Juan torció la cabeza, pero la calle estaba desierta.
       El primer día de viaje transcurrió sin incidentes. Atravesaron los pobladas en dirección al este y encontraron viejos conocidos, con los cuales charlaron un poco. Preguntado el motivo del viaje, respondían que iban a Chile por negocios o a recoger una hacienda que conducirían a otra parte, y como todo eso era cosa corriente nadie se extrañaba y así, tranquilamente, se sucedieron las leguas, sin que a su paso quedaran dudas o reservas sobre el viaje y su objeto. Al fin de varios días la cordillera levantó ante ellos su pendiente inicial. Juan respiró: por fin entraban a la soledad.
       Era un amanecer claro y brillante. Un viento fresco traía de las montañas el aliento de los bosques: cantos de calandrias coliblancas, gritos de chucaos y arrullos de torcazas hacían armonioso el viento, ya perfumado. ¡Qué gusto daba vivir así! Todas las fuerzas instintivas despertaban en el hombre; ideas y sentimientos se suavizaban o se exaltaban. La pereza desaparecía: los nervios se distendían bajo la piel como pequeñas víboras bajo el sol.
       Sin darse cuenta, se habían detenido. Juan dio vuelta su cabalgadura y miró la pradera patagónica alargándose hacia el este, hasta el mar, y sur, hasta las márgenes del Estrecho. Iba asomando el sol. Se colorearon levemente las cumbres; el viento hinchó más su soplo fragante y los pájaros atacaron con brío un prolongado canto. Grandes manchas se abrieron en la tierra, leves primero, vigorosas después, se alargaron y brillaron: eran pequeños arroyos y aguadas, lagunas. Al sur, una ancha franja corría hacia el mar: era el Limay. Más al sudoeste, el Nahuelhuapi era como un diamante. La mañana había florecido.
       —¡Andando! —gritó Juan.
       En una última mirada hacia atrás tropezó con el bulto oscuro de una caravana que venía hacia ellos, allá lejos. No se distinguía más que un grupo compacto: podían ser cinco como diez los individuos que lo formaban. “Algunos que van a Chile” —pensó Juan—. Y siguió tras sus compañeros.
       Caminaban a paso mesurado; el camino estaba bueno. Grandes bosques de robles y de hayas, encajados en los cerros, mostraban sus manchas oscuras. A lo lejos, el volcán Domuyo y el Trílope asomaban sus cabezas manchadas de nieve.
       Al anochecer hicieron alto. La mitad de un cordero, ensartado en el asador, se doró en las brasas de una fogata. Luego tendieron sus mantas y durmieron; antes del amanecer ya estaban de nuevo en pie. Al tercer día llegaron a un punto que podían considerar como la mitad del camino: era el punto en donde el plano señalaba que debía tomarse la ruta sur.
       —¿Descansamos o seguimos? —preguntó Juan.
       —Sigamos —respondió Matías—. Mientras más pronto nos alejemos del camino, mejor.
       Y se internaron en el corazón de la cordillera; quebradas y valles se sucedieron sin interrupción; daban vuelta un cerro y tropezaban con otro más alto. Arroyos y torrentes que bajaban resonantes de las cumbres y se perdían en las fragosidades del monte, interrumpían el paso. Los bosques eran muy tupidos y algunas veces debían marchar a pie, llevando los caballos de las riendas. Poco a poco se avanzaba y eso era lo principal.
       A los dos días se habían alejado bastante. El camino mejoró; los cerros chicos eran menos y eso facilitaba el viaje, pues no era necesario dar tantas vueltas. El Villarrica se veía sobre los cerros altos, silencioso y enorme. Así pasaron varios días. Todo iba bien; solo tuvieron que lamentar una desgracia: un caballo se desbarrancó y perdieron muchas horas en bajar hasta el fondo de la quebrada a recoger la carga.
       Una noche, después de una rápida y frugal cena, Juan advirtió a lo lejos, al pie de un cerro que estaba al frente, una fogata. ¿Quiénes serían? ¿Contrabandistas? ¿Un buscador de oro? ¿Algún cazador? Nadie podía saberlo. Tomó su carabina y disparó hacia allá. Al rato, el eco trajo el sonido de un disparo y un instante después la fogata desapareció.
       —¿Nos vendrán siguiendo? —se preguntó Juan en voz alta.
       —¡Qué nos van a seguir! —comentó Matías—. Serán cateadores, han sentido un disparo, se han asustado y apagaron la fogata.
       —¡Quién sabe, hermano, quién sabe! Tengo una sospecha: creo que nos siguen, y si nos pasa algo, el único que tendrá la culpa será este indio borracho.
       Mariluán no respondió. Esas palabras se clavaban en su corazón. Sí, él tendría la culpa si algo sucedía. No sabía cuál era su delito, pero recordaba su última noche en Las Lajas y presentía que en medio de su borrachera algo había dicho. Se acurrucó al lado del fuego, cerró los ojos y se quedó adormilado a medias, sintiendo que Juan se revolvía entre sus pilchas sin poder dormir.
       Transcurrieron varios días. Habían traspuesto casi la mayoría de los cerros grandes y el lugar del yacimiento no debía estar lejos. Al lado del fogón, una noche, mientras mateaban, hacían proyectos. Si el oro estaba en forma de placer, les bastaría un mes para llenar los frascos que llevaban; si era necesario chancarlo y lavarlo, se demorarían un poco más y llevarían menos; pero, en todo caso, volverían para el otro verano, con más tiempo, y entonces podrían recoger y llevar una buena cantidad... ¡Cuánto soñaban! Comprarían una estancia, casas, vivirían tranquilos... Mas de pronto, cuando más ensimismados estaban, Mariluán, que dormitaba al lado del fuego, se levantó dando un grito.
       —¿Qué pasa?
       —¡Hombre, huinca, hombre! ¡Tira allá, tira allá!
       Y señalaba un pequeño bosque de araucarias. Su rostro denotaba gran excitación.
       —¡Allá, hermano, allá!
       —Estás loco, Mariluán —dijo Matías, después de mirar.
       —¡No, huinca, no! ¡Hombre!
       Cogió el cuchillo de Matías, dio un grito y partió. Un momento se vio su silueta, en lo alto, recortada sobre el fondo del cielo claro. Después desapareció.
       Juan preparó su carabina y Matías la suya. Pasó un largo rato. Solo se oía el susurro del viento en lo alto de la quebrada.
       —Habrá soñado el indio —dijo Matías.
       —Pocas veces se engaña —repuso Juan—. Si algo ha oído es que alguien andaba por ahí. Pero, la verdad, yo no vi ni oí nada.
       Momentos después reapareció Mariluán; traía la cara manchada de sangre: una rama lo había golpeado, causándole una pequeña hemorragia nasal.
       —¿Qué era?
       —Nada, huinca, nada...
       Pero esa noche no durmió. Hablaba en voz baja en su lengua nativa y parecía quejarse de algo. Escuchaba atentamente y husmeaba el aire con frecuencia. Sus sentidos le advertían la presencia de seres extraños; se levantó y dio vueltas alrededor del fuego, se detenía y escrutaba las sombras con sus ojos turbios. Luego continuaba sus monólogos.
       Amaneció. Juan dio una vuelta por el bosque cercano y descubrió, sobre la tierra blanda, pisadas recientes.
       —Tenía razón el indio —murmuró.
       Siguió el rastro, que se dirigía hacia atrás y se perdía en unas rocas. Volvió y contó a Matías lo visto.
       —Nos vienen siguiendo.
       —Pero, ¿quién? Si nadie sabe nada... ¿Serán cuatreros?
       —¡Quién sabe! Hay que estar prevenidos.
       Emprendieron la marcha, despacio, buscando el río indicado en el plano. Mariluán iba atrás, arma al brazo. A mediodía, después de dar vuelta un cerro grande, fueron detenidos por una profunda quebrada, en cuyo fondo y entre peñascos bullía un riacho. Arriba, varias cascadas descendían desde la montaña, se reunían en una meseta y formaban un salto de unos treinta metros; el agua caía en una ancha banda que parecía evaporarse al chocar en el fondo.
       Juan sintió un estremecimiento.
       —¿Será aquí? —se preguntó.
       —Esperemos que llegue Mariluán.
       Llegó el indio y al ver todo aquello su cara resplandeció de alegría. Sacó el plano, lo miró detenidamente y declaró:
       —Aquí es.
       —¿En la meseta aquella? —preguntó Matías.
       —Habrá que buscar; hagamos un campamento junto al río.
       Se demoraron toda la tarde en bajar. A las cinco se detuvieron al lado del río y a poca distancia del salto. Cerca de un bosquecillo improvisaron el campamento y hasta muy entrada la noche estuvieron entregados al trabajo de preparar las herramientas que necesitarían al día siguiente. A las diez estaban listos para acostarse y esperar el día. Como a las dos de la mañana, Juan, que dormía, fue despertado por una mano que apretaba la suya con suavidad y por una voz susurrante que le decía:
       —Juan... Juan.
       —¡Qué! —preguntó, incorporándose.
       —Mira —y Mariluán señalaba hacia lo alto.
       Era una noche de luna, y a su claridad vio Juan, en la orilla de la alta garganta, un hombre a caballo, inmóvil.
       —¡Ah, hijo de...! —masculló, buscando su carabina.
       Apuntó cuidadosamente e iba a disparar cuando la mano de Matías, que había despertado, le hizo bajar el arma.
       —No —le dijo—. Si se dan cuenta de que los hemos descubierto, será peor. Hagámonos los desentendidos. No nos atacarán hasta que nosotros lo hagamos.
       En ese momento el jinete hizo girar el caballo y desapareció.
       —¡Daría una mano por saber quién es!
       —Pronto lo sabremos.
       Vino el día. A las diez Juan cogió una pala y un cernidor y fue al río, acompañado de Matías. Buscó un sitio más o menos hondo y Matías tomó la pala y la hundió en el lecho de la corriente, sacando una gran cantidad de tierra y arena que echó en el cernidor. Juan lo alzó y miró atentamente: pequeñas partículas doradas brillaban a la luz. Hundió el cernidor a medias en el agua y desaparecieron la tierra y la arena y en el fondo solo quedaron algunas piedrecitas que Juan cogió, una por una, examinándolas con ojo de joyero. De pronto silbó alegremente y puso en la mano de Matías una piedrecita pequeña, pero pesada para su tamaño.
       —¡Oro!..
       Tres pepitas salieron en la primera palada y a las doce meridiano habían recogido una docena, más de cien gramos. La tarde fue más próvida. El oro se hallaba hasta en la orilla, en gruesas y pesadas pepas. Alcanzaron a llenar un frasco. Vino la noche e instituyeron una guardia: se relevaban cada cuatro horas; pero aquella noche no se presentó el menor indicio que pudiera alarmarlos: no apareció ningún caballo ni ningún jinete. ¿Se habrían equivocado? ¿Habría sido una casualidad la presencia del hombre que sintió Mariluán y la aparición del jinete en la quebrada?
       El día trajo una respuesta: había pasado la mañana y se hallaban trabajando, cuando Juan, que estaba inclinado sobre las aguas, sintió rodar unas piedras en la pendiente contraria a la que se encontraba. Levantó la cabeza y vio un bulto que procuraba escabullirse entre las rocas.
       —¡Matías! —gritó.
       Este, que se hallaba a unos cincuenta pasos, acudió.
       —¡Qué hay!
       —Detrás de aquella roca hay un hombre escondido.
       Juan gritó:
       —¡E1 que está ahí, que salga!
       No hubo respuesta y Matías disparó dos tiros que hicieron saltar la tierra alrededor del peñasco. Hubo un momento de expectación. De repente un hombre se mostró por entero a los ojos de los amigos, los miró y luego empezó a subir con prisa la áspera ladera.
       —¡Alto!
       El hombre continuó la subida.
       —¡Párate o disparo!
       El hombre no se detuvo. Sonó el disparo, y el individuo, alcanzado en la espalda, se enderezó, abrió los brazos y cayó. Saltando de piedra en piedra, seguido de Matías, Juan atravesó el río y se dirigió al lugar donde el hombre yacía. Cuando llegó y lo vio, su cara denotó una profunda sorpresa y dijo a Matías, que llegaba en ese instante:
       —Santos, el arriero.
       Era el compañero de Kanaka Joe.
       —¡Desgraciado!
       La bala le dio en la columna, entre los pulmones, arriba; tenía la cara llena de tierra y de sangre. Respiraba todavía. Lo incorporó Matías y le dio de su cantimplora un trago de agua. Al cabo de unos segundos el herido abrió los ojos, respiró, miró a los dos amigos y dijo:
       —Kanaka...
       Un cuajarón de sangre le llenó la boca: había muerto. Juan y Matías se miraron, mudos. Juan estaba pálido; Matías, tranquilo. Ya sabían a qué atenerse: el norteamericano los espiaba, rondaba alrededor de ellos, esperando el momento de atacarlos y apoderarse del terreno. ¡Gringo, ojos azules! El hombre de los ojos azules, el extranjero, el bárbaro que en el lejano Estrecho pagaba una libra por cada indio muerto, ése, ese exterminaba al pobre criollo, al gaucho, le robaba, por las buenas o por las malas, todos sus bienes, y después lo compraba por un puñado de mala plata. ¡Todos eran iguales!
       Juan escupió sangre: la amargura y la rabia de esos pensamientos lo hacían morderse. Pero, desde ese instante, no habría reparos: hombre visto sería hombre muerto.
       —Volvamos al campamento.
       Descendieron silenciosos. Cuando llegaron, Mariluán, de pie ante la ruca que había construido, con la carabina preparada, estaba al acecho. Le contaron lo sucedido y cuando oyó decir que el muerto era Santos el arriero, su rostro se desencajó. Miró a los dos compañeros con una mirada llena de pena, dejó la carabina afirmada en una esquina de la ruca y se fue. Lo vieron desaparecer entre los árboles, luego apareció en el borde de la quebrada y, por fin, se perdió; reapareció en la meseta, marchando en dirección hacia el norte, por donde habían llegado. Lo siguieron con la mirada, hasta que llegó al otro lado, desde donde hizo una señal con la mano, perdiéndose de nuevo.
       —¿A dónde irá?
       —Supongo que a hablar con Kanaka.
       Transcurrió la tarde y vino la noche, oscura y fría; la luna salía tarde. Como a las ocho, el grito de Mariluán corrió como un escalofrío por la quebrada. Nunca un grito más triste habían escuchado sus compañeros. Media hora más tarde, llegó: venía llorando y se arrodilló delante de Juan y dijo:
       —Hermano, yo tengo la culpa. Hombre ojos azules sabe todo. No quiere oír nada. Dice que nos vamos, que quiere todo el oro para él. Y yo te digo: ¡hermano, vámonos, vámonos lejos! ¡Y maldito sea el oro y el hombre malo!
       Matías sintió que las lágrimas rodaban por su cara. Juan permaneció silencioso, pero miró a Matías, vio que lloraba y dijo:
       —Mañana nos vamos.
       Mariluán dio un salto, y otra vez su grito, esta vez de alegría, aleteó en el silencio. Cuando se apagó el último eco, una descarga atronó el aire. Juan vaciló, abrió los brazos y gritó:
       —¡Cobardes!
       Y cayó muerto.
       Matías, aturdido por aquel ataque tan inesperado, permaneció indeciso. Después se echó al suelo y esperó. No se oía una voz ni un ruido. Ni siquiera había visto de dónde se había hecho fuego. Llamó.
       —Mariluán...
       El indio no contestó. Con la cabeza afirmada en el pecho de Juan el Puelche lloraba con grandes sollozos y hablaba en voz baja, tiernamente, como si hubiese hablado a un hijo muerto.
       —Mariluán —insistió Matías.
       —Huinca...
       —Defendámonos.
       El indio se levantó, abrió los brazos y gritó:
       —¡Tira aquí, ojos azules!
       Se oyó una carcajada. Matías reprimió un grito: una sombra be movía en la otra orilla del río. Siguió sus movimiento y apuntó, esperando que la sombra se detuviese. Pasó un rato. El bulto iba y venía, tal vez buscando la pasada. Se detuvo un segundo y el tiro partió: se oyó un grito sordo y el ruido de un cuerpo que cae al agua. Matías lanzó un grito de triunfo y se enderezó, pero aquel movimiento lo perdió: detrás de él, a unos veinte pasos de distancia, brilló un fogonazo y Matías cayó de boca.
       Cuando Kanaka Joe, seguido de dos hombres, se acercó al campamento, encontró dos honbres muertos y un indio que lloraba. Llegaron después otros dos hombres. Pedro el Francés, herido por Matías, había muerto: su cadáver flotaba en el río, chocando con las rocas.
       Toda la noche, Mariluán, insensible al frío, estuvo llorando junto a sus compañeros muertos. Cuando vino el día, nublado y triste, un viento helado descendió de las cumbres. Cuando cesó, la nieve cayó silenciosamente sobre la tierra; caía en largas plumillas y poco a poco fue tapando todo.
       Muy avanzada la mañana, Mariluán se irguió: había envejecido en una noche; tenía los ojos rojizos y su cara dejaba adivinar una profunda insensibilidad. Miró a los hombres que estaban alrededor del fuego, se agachó, besó a Juan y a Matías por última vez y se fue. Y durante dos días, como una obsesión, oyeron el alarido del indio que vagaba por los montes. Mientras tanto, después de repartirse el oro que Juan y Matías habían recogido, se entregaron a la tarea de buscar más. Aquella nevada les advertía que el otoño sería temprano. Por lo demás, el otoño y el invierno llegan por ahí casi al mismo tiempo.
       Al tercer día ya no oyeron los gritos del indio.
       “Habrá muerto”, pensó Kanaka Joe.
       Pero estaba equivocado. Esa misma noche, Kanaka Joe, que tenía el sueño liviano, despertó: le pareció oír un trueno lejano. Escuchó. El trueno se agrandó mucho. Salió de la ruca: el cielo estaba estrellado... De repente comprendió lo que vendría y echó a correr gritando:
       —¡Cuidado! ¡Derrumbe!
       Los que dormían despertaron asustados. En la oscuridad, atontados por aquel estruendo que iba en aumento, no atinaron sino a gritar y la avalancha los cogió de frente, triturándolos brutalmente. Cuando todo quedó en silencio, el grito de Mariluán era ya el grito de un loco.
       El amanecer fue lúgubre. Cuando el hombre de los ojos azules, casi helado, se atrevió a acercarse al campamento, un espectáculo de espanto se presentó a sus ojos: todo había sido barrido por el huracán de piedras; la ruca y los árboles cercanos estaban como descuajados y los cuerpos de sus compañeros yacían como hundidos ya en la tierra. Las rocas se habían detenido en medio del río y sobre una de ellas Kanaka Joe vio, sentado y sonriéndole, a Mariluán. Se acercó. El indio pareció saludarlo amistosamente, y en seguida, como cantando, monótonamente, le dijo:
       —Huinca vino a buscar oro... Ojos azules también quiere oro, pero mata al huinca y Mariluán mata a todos. Hombre de ojos azules vive, pero morirá. El oro del indio viejo trae la muerte.
       -Go away! —rugió Kanaka Joe.
       —Hombre de ojos azules mata indio... Indio no quiere vivir. Está triste... ¡Mata, hombre, mata!
       Mariluán se levantó y de pie sobre la roca, casi desnudo, llorando y cantando, parecía el espíritu de su raza perseguida y desposeída, ofreciendo su cuerpo al consuelo de la muerte.
       Cuando el indio, después de inclinar la cabeza, abrió los brazos y pareció querer volar, rodando por fin al río, Kanaka Joe tiró su revólver y se sentó: estaba triste, abatido. La visión de tantos muertos le causaba un profundo abatimiento. Se arrastró hasta donde había un montón de ropa, hizo una cama y se acostó. Durmió mucho tiempo.
       Cuando despertó, era otro. Tapó los muertos con unas ramas, recogió las provisiones que restaban y llevando de la rienda dos caballos emprendió la marcha río abajo: dos kilómetros más allá o un poco más, armó un refugio y puso en orden todas las cosas. Hizo el balance del oro recogido por todos; era una pequeña fortuna, y con ello habría bastado por el momento, pero era ambicioso. Miró el cielo: era un día de sol, tibio, casi estival. Y dijo:
       —Todavía queda tiempo.
       Y bajó al río a buscar más oro.
       Pero ya no quedaba mucho tiempo: al amanecer del día siguiente, ruidos claros, crujidos leves y algún rodar de piedrecillas, despertaron al hombre de los ojos azules. Al principio no vio nada: un resplandor lechoso brotaba de la tierra. Pronto se dio cuenta: ¡nevaba copiosamente! Era el invierno.
       En la mañana siguiente, viendo que la nevada seguía, cargó un caballo con todo lo que pudo, abarrotó de oro su cinturón, montó en el otro animal y se dispuso a marchar. Un momento estuvo reflexionando. ¿Qué ruta tomaría? Sin duda, lo mejor era seguir el curso del río aquel, porque volver por donde había venido era una locura: podía perderse y... adiós todo. El río, en cambio, iba hacia la llanura, tal vez a un lago, y siempre era más seguro.
       Siguió caminando; iba contento. El cinturón pesaba un poco, pero eso no era nada: iba lleno de oro. Mejor que mejor. Y en la primera jornada todo fue bien. El caballo era un poco torpe, pero avanzaba. Nevaba un poco menos, pero a la nieve se juntó un viento helado que pelaba. En la noche durmió al abrigo de una roca. Al otro día, al ver que la nieve alcanzaba altura de cuarenta centímetros más o menos, echó un juramento. La segunda jornada fue horrible. A veces los caballos se negaban a caminar y entonces debía desmontar y tirar de ellos rabiosamente, maldiciendo en los mejores tonos usados en los arrabales de San Francisco. Y la nieve caía, lenta pero continua, tan tupida ahora que al día siguiente alcanzaba casi un metro de alto.
       Cuando se dio cuenta de la verdadera situación, sintió una enorme angustia. Recogió la ropa que podía llevar, algo de comer, y abandonando los caballos, que ya le parecieron inútiles, echó a andar solo; pero tampoco aquello le era posible. El peso de la carga le impedía andar ligero, y además avanzaba demasiado despacio, la nieve le llegaba casi hasta la rodilla y un frío intenso le entumecía las piernas. Tiró un poco de ropa y avanzó, más ligero ahora. Ya no pensaba, caminaba, caminaba, peleando con la nieve, con las piedras, con las ramas; lo importante era alejarse, irse, correr si era posible; pero la nieve parecía retenerlo, decirle: “No te vayas”. Rodó por el suelo: había pisado en falso y se encontró en el fondo de una pequeña barranca. Se enderezó y subió penosamente. ¡Qué cansado estaba! De pronto oyó un silbido. ¡Oh, si apareciese un hombre, aunque fuese Juan el Puelche, con qué gusto lo recibiría! Se enterneció, recordando al hombre que había asesinado a traición, pero silbaron otra vez. ¡Ah, sí, ya no se acordaba! Miró a todas partes y nadie había, en el terreno que abarcaba su mirada, que pudiese silbar. Pero, sí, parado en una ramita vio un pájaro de invierno que parecía saludarlo. Emigraba, seguramente.
       —Buena suerte.
       Siguió andando: ya no podía más. Sintió un gran peso en los riñones: ¿qué era aquello tan pesado? Se palpó la cintura: era el cinturón. Lo desabrochó y lo dejó caer al suelo.
       —Let’s go.
       Anduvo tres pasos y cayó a un pozo. Permaneció allí, descansando. Cerró los ojos: sentía un poco de sueño; si durmiera, ¿no descansaría? Se encogió como en su cama cuando quería dormir y por un minuto estuvo amodorrado. Durante ese minuto sintió que su cuerpo se desvanecía y que él mismo, su ser íntimo, flotaba en el aire, como diluido, desunido. Vino la reacción: la visión de la muerte lo hizo ponerse de pie y apretó los puños, con la cabeza baja, como embistiendo a la muerte, y empezó a andar de nuevo; pero su voluntad se enfriaba junto con su sangre. Chocó contra un árbol y cayó. Transcurrió un instante, al cabo del cual oyó que lo llamaban:
       —¡Kanakaaa!..
       ¿No era la voz de Pedro el Francés? Claro, era Pedro, Pedro, que sabiendo que andaba perdido, venía a buscarlo. Estaba claro, claro como la llama de esa fogata que brillaba ahí, a unos metros de donde estaba echado, porque nadie podía ponerlo en duda, ahí, había una enorme fogata con una roja llama lengüeteando los troncos y las ramas.
       —Ya voy, muchachos...
       Se arrastró un poco y le pareció que había llegado al lado del fuego, y que un hombre, a quien no le veía la cara porque la tenía cubierta con una gruesa bufanda negra, lo sentaba a su lado, le daba un trago de aguardiente y lo cubría con un poncho caliente y pesado. Sonriendo al invisible amigo, murmuró:
       —All right, friend.
       Y se quedó plácida y eternamente dormido.



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