Manuel Rojas
(Buenos Aires, 1896 - Santiago, 1973)


Bandidos en los caminos (1927)
Originalmente publicado en el periódico El Mercurio
[Santiago de Chile] (21 de agosto de 1927);
Travesía. Novelas breves
(Santiago de Chile: Nascimento, 1934, 191 págs.), págs. 5-17.



      Pancho el Largo y su antiguo camarada de aventuras, el Huaso Blanco Encalada, tenían que realizar aquella noche una pequeña y delicada diligencia. Separados, por azares del oficio, durante varios años, habíanse reunido en Santiago poco tiempo antes. Volvía del norte el Huaso, después de una accidentada campaña en las regiones mineras. Pancho el Largo, librado milagrosamente de una condena a muerte, había vivido del juego en los últimos tiempos.
       Mal les había ido a los dos en esos años de separación. En una aventura por las tierras de Atacama, el Huaso fue abandonado en el desierto por sus compañeros, casi muerto de sed, sin más compañía que su carabina recortada y una lata con un poco de orines. Salvado por un coya que lo encontró cuando la sed lo hacía arañar la tierra angustiosamente, volvió al sur en busca de sus canchas de antaño.
       A Pancho el Largo no le había ido mejor. Culpado de un salteo con homicidio y violación, delito que no había cometido, estuvo dos años en la cárcel; fue condenado a muerte, y, salvado de esa condena gracias a la solicitud y viveza de su abogado, instaló una casa de juego, en la cual la mala suerte lo persiguió también, obligándolo a abandonarla.
       Se encontraron como una mano amiga encuentra a otra más amiga aún. Su separación hablase debido a motivos muy graves. Combinados para verificar un salteo, alguien los delató a la policía. Llegaron a la casa del fundo, confiados, ignorantes de lo que les esperaba. Entraron. Para llegar a las habitaciones del patrón tuvieron que atravesar un estrecho corredor de madera, y en ese corredor se encontraron con lo inesperado. La policía había quitado una tabla de la pared, y en el agujero que quedó, los guardianes abocaron sus carabinas. Cuando la banda, que caminaba sigilosamente por el obscuro corredor, llegó frente al agujero, una descarga la fulminó. Sólo se salvaron dos: Pancho el Largo, que iba el primero, y el Huaso Blanco Encalada, que había quedado fuera.
       En la noche, perdidos, cada uno huyó por donde pudo. Y de resultas de ello, el Huaso se fue a Copiapó y Pancho el Largo al sur, no sin jurar vengar, de la mejor manera que pudiesen, y sin piedad alguna, aquella traición.
       —¡Hermanito! —gritaron al encontrarse.
       Y se abrazaron llorando.


* * *

      La fuerte luz de la luna llena dibujaba sobre el suelo las sombras movibles de aquellos dos hombres y de sus cabalgaduras. Marchaban al paso largo de sus caballos, sin hablar, arrebozados en sus gruesas mantas.
       Helaba. Los caballos arrojaban parejos chorros de vapor por las nerviosas narices, y al pisar los pequeños charcos de agua de la calle, la escarcha sonaba al resquebrajarse en delgadas y frías agujas. Poco a poco iba disminuyendo la edificación. La ciudad terminaba con sus últimos miserables rancheríos, y de pronto, al dar vuelta a un callejón, el campo apareció ante los ojos de los hombres, ancho, claro, con sus chacras y sus potreros, todo bañado en la luz fría de la luna.
       Uno de los hombres apartó con su mano la bufanda que le llegaba casi hasta los ojos, y dijo:
       -¿No te da gusto, Huaso, ver el campo?
       —Gusto me da, Pancho —dijo el otro.
       —¿Galopemos un poco?
       —Bueno, Pancho.
       Se colgaron al hombro las carabinas recortadas que traían atravesadas en la montura y lanzaron los caballos al galope. Las sombras corrieron rápidamente detrás, y ellos, levantando las obscuras cabezas, dejaron que el aire helado de la carrera les refrescara los rostros.
       Galoparon durante un largo rato, contentos de encontrarse en la soledad del campo, lejos de la ciudad, libres, sin temor a la policía ni a nadie. En su carrera encontraron varias carretas cargadas que marchaban perezosamente hacia la ciudad. Los carreteros, sentados sobre el yugo de la yunta delantera, abrigados en sus mantas, miraban pasar, asombrados, a aquellos dos fantasmas obscuros que galopaban bajo la luz de la luna llena de junio.
       Aminoraron después la carrera, volviendo a marchar al paso.
       Apareció un pequeño fundo. Algunos perros ladraron.
       —Ladren no más... Enojado conmigo debe de estar don Dionisio.
       —¿Qué le has hecho?
       —Le robé un cordero y le maté diez.
       —¿Por qué?
       -Porque no quiso venderme uno. Estábamos de fiesta donde mi comadre Chepa Sarmiento y se nos antojó comer un asado grande. Vine donde don Dionisio y me cansé de rogarle que me vendiera un corderito. No quiso. Le ofrecí pagarle el doble de lo que me pidiera. Tampoco quiso. Le pregunté por qué, y me contestó que no vendía de a un cordero solo, y que, además, era muy tarde para vender nada. Le propuse ir a buscarlo yo mismo para que no se molestara, y entonces me dijo que me mandara cambiar si no quería que me sacara a empujones. Me fui, pero al poco rato mandé a Juanito con un recado para don Dionisio. Juanito le dijo que iba mandado por mí, sin decirle quién era yo, y que si quería venderle el cordero.
       Se enojó entonces don Dionisio y mandó al diablo al chiquillo, diciéndole que si no se iba tan pronto lo iba a agarrar a pencazos. Entonces Juanito le dijo:
       —Mandó decir don Pancho que él iba a venir a buscar uno.
       —¿Don Pancho? ¿Qué don Pancho?
       —Don Pancho el Largo, patrón.
       —¿Era don Pancho el Largo el que estuvo aquí?
       —Sí, patrón.
       —Se fue Juanito. El patrón lo llamó, gritándole que se llevara el cordero, pero el chiquillo no volvió. En la noche fui yo con dos más; matamos diez corderos y nos llevamos uno...
       —¡Buena cosa de diablos grandes!
       Y el Huaso Blanco Encalada lanzó una carcajada que espantó a los caballos.
       —¡Cállate, salvaje!
       En ese momento una sombra apareció en el camino y avanzó rápidamente hacia ellos.
       —Despacio.
       Un agudo silbido se escuchó. Pararon los caballos. La sombra marchaba a prisa. Cuando estuvo cerca, don Pancho gritó:
       —¿Eres tú, Juanito?
       —Yo soy, don Pancho.
       El recién llegado era un muchacho de unos dieciocho años, alto y delgado. Aprendiz de salteador.
       —¿Qué hubo?
       —El patrón no ha llegado todavía. Está la señora sola, y el mozo anda con el patrón.
       —Bueno, sube.
       Subió el muchacho al anca del caballo de Pancho y reanudaron la marcha. Pocos minutos después pasaron ante una casa rodeada de una verja y cien pasos más allá se detuvieron.
       —Aquí es.
       —Bájense.
       El muchacho se ocultó con los caballos en un grupo de árboles y Pancho el Largo y el Huaso Blanco Encalada volvieron hacia atrás, hasta llegar frente a la casa. El Huaso se acercó a la puertecilla de la verja, buscó a tientas el pasador y abrió suavemente. Entraron a un pequeño jardín. Se acercaron a la puerta y escucharon. No se sentía el más leve ruido. La ventana estaba iluminada débilmente.
       —Vamos —dijo Pancho.
       Y alzó su carabina. El Huaso Blanco Encalada, cogiendo la manilla del picaporte, dio vuelta y empujó. Se abrió la puerta. Ni una voz, ni un grito. El Huaso, poniéndose de rodillas en el umbral, asomó su cabeza por la parte inferior de la puerta. Nadie. Entraron y se encontraron en una gran pieza, llena de muebles, iluminada apenas por una vela, que ardía en la palmatoria colocada en la mesita de noche.
       Al lacio de la mesilla había una ancha cama, y en ella tendida de espaldas, una mujer dormía plácidamente. El Huaso, en puntillas, se acercó a mirarla. Era una joven y hermosa mujer, muy blanca, con el pelo negro. Su pecho, alto y amplio, subía y bajaba rítmicamente con la respiración. Ignorante de la presencia de aquellos hombres que la miraban en silencio, dormía.
       De pronto, y debido tal vez al aire frío que entraba por la puerta, la mujer despertó. Miró en derredor, y viendo a los dos desconocidos, se sentó en la cama y preguntó asustada:
       —¿Quiénes son ustedes?
       —No se asuste, señora —contestó Pancho, cerrando la puerta—. Somos salteadores y venimos a buscar plata.
       —¡Ay, por Dios, no me hagan nada! —gritó la mujer.
       —No tenga miedo, señora; no le vamos a hacer nada. ¿Usted no tiene dinero aquí?
       —No, señor; lo tiene todo mi marido.
       —No me mienta, señora.
       —No le miento, caballero —contestó la mujer, atribulada—. Si quiere, registre los muebles.
       —¡Hum! Esperaremos a su marido.
       -¡No! -dijo la mujer-. ¡Váyanse! Si mi marido los encuentra aquí, les va a pegar a los dos.
       —No importa, señora —contestó Pancho, sonriendo—. A nosotros nos gusta entendemos con los hombres.
       Todo quedó en silencio. Pancho el Largo, afirmado en la puerta, escuchaba, y el Huaso Blanco Encalada, parado a los pies de la cama, fumaba tranquilamente. La vela ardía, alumbrando con su llama vacilante la mitad de la pieza. El resto quedaba sumido en una suave penumbra.
       La mujer, acurrucada en la cama, miraba con curiosidad y temor a los dos hombres; suspiraba de vez en cuando y decía:
       —¡Ay, Dios mío!
       Transcurrió un largo rato. El silencio, pesado ya, continuaba dominando. Los hombres, sin cambiar de postura, guardaban la misma actitud de escucha y espera. La mujer seguía suspirando.
       El Huaso, por debajo del ala obscura de su sombrero, miraba furtivamente a la mujer, admirando su hermoso y fino rostro. En toda su vida de salteador no recordaba haber visto tan cerca de él y tan a merced de él a una mujer tan linda. Le habría bastado dar dos pasos y estirar la mano para tocar con sus dedos, que ahora estaban acariciando la carabina, aquellos hombros tan redondos y blancos y aquel rostro que surgía de entre las almohadas como una flor. Tal vez lo habría hecho, más por curiosidad que por otra cosa, si frente a él, afirmado en la puerta y con la carabina al brazo, no hubiera estado Pancho el Largo. Pancho no admitía bromas, en ese sentido. Ya lo sabían los que merodeaban con él. Por causa de ello, aun siendo inocente, había estado una vez condenado a muerte, y le bastaba con esa vez.
       Indiferente a la hermosura de la mujer, con sus sentidos puestos en la escucha, Pancho miraba la llamita vacilante de la vela y pestañeaba rápidamente. No había ni fumado, casi no se movía y respiraba silenciosamente.
       —¡Hasta cuándo, vida mía! —dijo en voz baja, impaciente, el Huaso.
       —¡Cállate!
       Un galope se sintió en el camino. Una piedra rebotó en el techo de la casa.
       —Ahí está, Huaso. ¡Cuidado!
       —¡Ay, Dios mío! —gritó la mujer.
       —Cállese, señora —musitó Pancho—. Si no quiere que a su marido le pase algo, quédese calladita.
       Se retiró al rincón más obscuro de la pieza y el Huaso se colocó de modo que al abrirse la puerta él quedase escondido detrás. El galope, que había ido sintiéndose cada vez más cercano, remató frente a la casa. Se sintieron voces de hombres y luego el paso de caballos que se alejaban. Una mano abrió y cerró la puertecilla de la verja y un paso seguro y firme avanzó hacia la casa. Dieron vuelta la manilla del picaporte y la puerta se abrió.
       La mujer no había andado desacertada al amenazar con su marido a los dos salteadores. El recién llegado era un hombre alto, corpulento, de aspecto resuelto. Tenía la cara rosada y los ojos azules. Venía abrigado con una manta de cuello y las espuelas le sonaban al andar. Al darse vuelta para cerrar advirtió la presencia del Huaso, que lo miraba socarronamente y que, amenazándolo con la carabina, avanzó hasta quedar frente a la puerta.
       —¿Qué quieres tú? —preguntó coléricamente el hombre.
       —Plata, patrón —contestó el Huaso, brillantes los ojos.
       —¿Plata?
       Y antes de que el Huaso se diera cuenta de nada, el hombre saltó sobre él y de un fuerte golpe le hizo soltar la carabina, que cayó al suelo ruidosamente. En seguida se fue sobre el Huaso con gran violencia; pero el Huaso resistió el encontrón sin retroceder un centímetro; y los dos hombres, tomados de los brazos, acercaron sus rostros, mirándose con odio.
       —¿Plata quieres, no?
       Hizo fuerzas con la intención de tumbar al Huaso, pero éste ni se movió. Con las piernas abiertas, el cuerpo echado hacia adelante, afirmado en los pies, el Huaso habría podido resistir el empuje de un toro. No en vano sus camaradas, haciendo honor a su cuerpo y a sus fuerzas extraordinarias, le decían el “Huaso Blanco Encalada”, en recuerdo de un barco de la escuadra chilena.
       El hombre se puso rojo de rabia y le llamearon los ojos azules. Se recogió para acometer nuevamente, pero la voz tranquila y burlona que vino desde el rincón más oscuro de la pieza lo disuadió de ello:
       —No pelee, patrón. Es para peor.
       Soltó el hombre al Huaso y mirando hacia atrás vio a Pancho que le apuntaba con la carabina. Retrocedió sorprendido; pero su sorpresa duró poco. Convencido de que era inútil resistir, se acordó de su mujer. Fue hacia la cama y, acariciando el rostro pálido y helado, le preguntó con ternura:
       —¿Le han hecho algo, mi hijita?
       -No, Pedro -contestó sonriendo, entre temerosa y contenta—; no me han tocado siquiera.
       —Muy bien —dijo el hombre, satisfecho—. Les juro que si hubieran tocado a mi mujer, ni muerto me sacarían un cinco. Soy bastante hombre para pelear aun contra ustedes dos. Pero se han portado bien con ella y estoy contento. Tomen.
       Metió la mano en el bolsillo delantero del pantalón y sacó un grueso fajo de billetes. El Huaso Blanco Encalada se adelantó, tomó el fajo de billetes que el hombre le ofrecía, le echó una mirada y dijo:
       —El patrón no querrá que lo registremos.
       —No tengo un cinco más. No miento nunca. Pero si no creen, regístrenme.
       —No, patrón —contestó rápidamente Pancho el Largo—; nosotros también somos bastante hombrecitos y creemos en su palabra. Vamos, Huaso. Buenas noches, patrón. Buenas noches, señora.
       —Buenas noches —contestaron los dos saludados.
       Salieron. El Huaso quedó un momento ante la puerta de la casa, mientras Pancho llamaba al muchacho, que llegó en seguida con los caballos.
       —Vamos, Huaso.
       Montaron. Juanito subió al anca del caballo de Pancho.
       —¿Nos seguirá? —preguntó el Huaso.
       —No tengas cuidado. Vamos no más.
       Partieron al galope, y dos cuadras más adelante se detuvieron y escucharon. No se oía el más leve ruido que indicara una persecución. Corrieron otro tanto y se detuvieron de nuevo a escuchar. Nada. Galoparon, entonces, hasta llegar a la entrada de la ciudad. Dejaron el camino y se metieron por unos callejones.
       Marcharon al paso, sin hablar. De pronto el Huaso exclamó:
       —¡Me gustó el patrón! ¡Bien hombrecito!...
       —Sí —contestó Pancho—; pero con nosotros, ¿qué? A hombres no nos va a ganar, Huaso, ni a caballeros tampoco. Lo que es yo, bailo según me canten.
       —Y yo.
       Siguieron otro trecho en silencio.
       —¿Cuánto tiempo hace, Pancho, que no andábamos juntos?
       —Va para cuatro años.
       —¿Te acuerdas de la última vez?
       —¡Que si me acuerdo! Me acordaré mientras viva, y cada vez que lo hago siento ganas de volver a matar al Chupalla.
       —¡Maldito sea!
       Habían llegado al camino de cintura.
       —Mañana a las tres.
       —Sí, a las tres.
       Se separaron, tomando uno rumbo al Parque y los otros para el Matadero.
       —Hasta mañana, Huaso. —Hasta mañana, Pancho.



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