Durante una correría que hice por las orillas del Río Claro hasta su unión con el Maule, atravesando a
caballo arte de la provincia de Talca, marchando a
través de bosques de avellanos y de boldos, por
caminos solitarios, en cuyas márgenes hay minas de oro
abandonadas, llegamos una tarde, y casi anochecido,
mi amigo Segundo y yo, a un negocio, mitad almacén y
mitad tienda, con un mucho de cantina, situado en la
unión de dos caminos. La casa, o mejor dicho el rancho,
pues tal era, tenía todo el aire y el aspecto que
anticipadamente nos imaginamos al hablar de los
negocios de campo: murallas de barro, un techo estilo
mediagua, un alero inclinado más de lo normal, una
vara en que amarrar las cabalgaduras y varios perros.
Desmontamos, y después de encargar los animales a
un chiquillo medio desnudo y casi vestido —pues su
único abrigo y vestimenta era un pantalón anchísimo,
sin duda de procedencia paternal, y un suspensor en
singular que le atravesaba como una banda el
tostado pecho— y que merodeaba por allí tirando
piedras a una tagua que nadaba en las aguas del río,
penetramos en el despacho aquél.
Nos recibió el patrón, hombre ya canoso, con muchas
muestras de regocijo y satisfacción. La llegada de dos
forasteros, bien montados y vestidos, es demasiada
novedad y emoción para un solo despachero en
aquella zona solitaria.
Mientras mi compañero renegaba de los viajes a
caballo, de las duras monturas y de las polainas,
andando por el desigual piso de tierra y enredándose
en las espuelas, yo, ya instalado en una amplia silla de
paja, echado atrás a lo burrero, lanzaba una ojeada de
curioso por aquel interesante interior. Ignoraba si aquel
negocio se llamaría: "El arca de Noé del comercio", pero
seguramente se merecía tal nombre, pues en sus
estantes había las más diversas y extraordinarias
mercaderías. No quiero enumerarlas porque resultaría
fatigoso. Sólo diré, como un detalle de aquel
amontonamiento inverosímil, que al lado de un queso
que tendría unos treinta centímetros de altura y un
diámetro fabuloso, se encontraba un par de estribos de
madera, dibujados con todo el primor que un
rudimentario sentido del dibujo y del adorno había
permitido al oscuro obrero que los hiciera. Después,
tantas y tantas cosas que parecían asustadas de
encontrarse vecinas.... Pero lo que más llamó mi
atención...
—¿En qué les puedo servir, señores? —interrogó el
dueño de aquella pequeña babel.
—Vamos a ver, Segundo; si ya ha terminado de
desahogar su mal humor nos pondremos de acuerdo
sobre el menú.
—Espérese, compañero; estoy peleando con estas
dichosas espuelas... Dígame, patrón, ¿cómo diablos se
desabrocha esta correa?
—Parece que el señor no es muy de a caballo —observó el viejo—. Permítame, yo lo ayudaré.
—Preferiría andar cien veces a pie antes que a caballo;
si no fuera porque ya nos falta poco, lo dejaría irse
montado y yo me iría tranqueando de atrás.
—Llegaría un mes después...
—No lo crea, amigo; en la carrera larga el burro gana.
—Así será; bueno, patrón, nos va a traer...
Encargamos una lista de circunstancia, en la cual el
queso, la cebolla y el charqui hicieron casi todo el
gasto. Salió el viejo y yo continué mi inspección,
mientras mi amigo paseaba de un lado a otro con su
paso de gimnasta aborrecedor de todo medio de
locomoción.
Pero aquel objeto...
Me levanté para contemplarlo de cerca, movimiento
que aprovechó mi amigo para instalarse en la silla. Era
Un bonete maulino, de color amarillo claro, salpicado
de manchas rojas, desiguales, dobladas las alas hacia
arriba y con un fiador negro amarrado a ellas. En la
oscuridad parecía alargarse su parte superior, de forma
cónica, en donde una cinta negra formaba un lazo
doble de rosa. El objeto no tenía nada de
extraordinario, pero me pasaba con él lo que con
tantas otras cosas que pasan inadvertidas para el ojo
que no hace más que mirar: despertaba mi
imaginación. Allí en la sombra, que ya había entrado a
oleadas por la puerta que daba al camino, y debajo
del bonete, me parecía ver el rostro del dueño probable
de aquella prenda: un rostro puro de mestizo, moreno,
de dientes blanquísimos y bigote negro, rostro típico que
se da en las repúblicas sudamericanas, desde México
hasta Chile y desde Cuba hasta la Argentina y Brasil,
rostro de domador de potros o de campañista, de cholo
o de huaso, de llanero, de gaucho o de charro
mexicano y que siempre termina con un pañuelo en el
cuello y una manta de vivos colores sobre los hombros.
En ese instante entró el viejo con una lámpara y el
rostro se desvaneció en mí.
—¿Qué está mirando, patrón? ¿Ese bonete maulino?
—Sí, lo encuentro interesante... Pero, dígame, ¿esta
prenda sólo se usa en las provincias del Maule?
—No, señor; se usaba mucho antes, en todas las
provincias del sur, desde Colchagua o más al norte,
hasta quién sabe dónde; pero hoy no, y si alguien lo
lleva todavía es en las montañas o en los pueblos que
están lejos del ferrocarril. Cuando yo era joven ya era
mal mirado el usar esa prenda y al que tal hacía las
mujeres lo llamaban: “huaso bonetudo”.
—¿Por qué no me lo vende?
—Si no es para vender, señor.
—¿No?
—No; esa prenda tiene su historia y a causa de ella mi
despacho se llama el “Despacho del bonete”.
—¡Hombre, qué curioso! ¿Por qué no nos cuenta esa
historia mientras nosotros comemos? —terció mi amigo
Segundo.
—Con mucho gusto, patrón... Voy a ver si la patrona ha
preparado lo pedido.
Volvió al momento, y en una mesa que pretendía
mantenerse firme en el desigual pavimiento, pero que
sólo lo conseguía a medias, nos sirvió el yantar criollo,
sobre el cual nos arrojamos decididamente.
—Vamos a ver esa historia, amigo.
—No es una historia, patrón, sino un hecho cierto que
sucedió en este camino y casi en esta misma casa. El
bonete que ha llamado su atención perteneció a un
minero, a quien llamaban "Bonete" a causa de esa
prenda. Un día, por un motivo o por otro, ese minero se
echó al hombro a un compañero, es decir, lo mató, y
huyendo de la justicia que lo perseguía anduvo
merodeando por los montes que rodean a Talca. Como
el pueblo es chico, o era chico en ese entonces, la
gente se enteró pronto de que en los alrededores de él
se ocultaba un hombre a quien la policía deseaba
encontrar; sabían, además, la falta que había
cometido, y como a quien ha hecho un crimen la gente
le supone aptitudes y condiciones para cometer otros,
no hubo después homicidio, salteo, robo o avería que
no fuera cargado a la cuenta del Bonete. Claro es que
el hombre, después de todo esto, sabiendo que
cualquier delito que te cometiera en Talca le sería
inculpado a él, no tendría muchas ganas de caer en
manos de la policía; y si al principio de su desgracia
pensó alguna vez en entregarse, esa intención la
desechó después, al considerar que no tendría medios
para probar su inocencia en los delitos que no había
cometido. Y resolvió mantenerse en libertad, trabajando
a escondidas, viviendo de la caridad de algunos
buenos amigos y, cuando esto faltábale, robando. Pero
una vez, en el camino de Pencahue, la policía le echó
el ojo y lo siguió; le dispararon algunos tiros para
intimidarlo o para matarle el caballo, y él hizo lo mismo
con sus perseguidores, sin el ánimo de herirlos. Pero el
pobre hombre tenía tan buen pulso, que aun corriendo
y disparando por encima del hombro, tuvo la mala
suerte de sacar librecito del caballo al sargento que iba
mandando la patrulla, y pudo arrancar... Pero desde
entonces...
—Por favor, Segundo, no se coma todo el pan...
—... desde entonces no hubo descanso para el pobre
Bonete y su vida ya no fue vida, sino un constante
sobresalto que al fin terminó trágicamente. Una tarde,
perseguido de cerca por la policía, llegó a este
despacho, muerto de hambre y de sed. Mi padre le dio
de comer y de beber; lo conocía y lo apreciaba
mucho; juraba que el Bonete era incapaz de hacer
nada malo, fuera de aquella fatalidad inicial, tal vez
debida al alcohol... Mientras comía sintió a lo lejos el
galope de los caballos de sus perseguidores y salió
corriendo hacia el camino.
—Quédate, Bonete, yo te esconderé —le gritó mi padre.
—No, patrón, no quiero que por mi culpa le pase algo a
usted. Estoy cansado de esto, pero no quiero
entregarme; antes preferiría morir.
Saltó sobre su caballo y, agachado sobre el pescuezo
del animal, huyó camino abajo. Su bonete, que no
alcanzó a ponerse, quedó sobre la mesa en que había
estado comiendo. Un momento después pasó la
patrulla, en medio del ruido de sus sables, haciendo
temblar el suelo. Lo habían visto salir y se fueron sobre su
rastro como una bandada de aguiluchos hambrientos.
Al poco rato se sintieron detonaciones de armas de
fuego y al cabo de una hora volvieron los milicos
trayendo dos cuerpos atravesados sobre el lomo de un
caballo, el del Bonete y el de un policía, los dos
muertos... Ese es todo el cuento, patrón.
Ya había oscurecido completamente. Quedamos un
rato silenciosos, y después mi compañero y yo nos
levantamos para continuar nuestro viaje. Le pedí
nuevamente al viejo que me vendiera el bonete y se
negó de nuevo, alegando que esa prenda era como un
rótulo de su negocio y otros argumentos más. Apelé a
diversas metáforas con el ánimo de aturdirlo, y después
de mucho logré convencerlo, concluyendo él por
cederme el bonete en una suma de dinero que
seguramente creyó exagerada, pero que yo juzgué
modesta.
Nos despedimos y montamos, siguiendo al paso de los
caballos, pues mi amigo Segundo no galopa aunque le
paguen. Había salido la luna y cerca del camino el
Claro se deslizaba silencioso.
—¿Y qué va a hacer con ese bonete, compañero?
—Lo compré para usarlo cuando me dedique a
salteador.
—¡Qué salteador más interesante haría! ¿Por qué no se
lo pone?
—No; no vaya a ser cosa que el alma del finado Bonete
se presente a pedirme que le devuelva su prenda...
Y en ese instante se me vinieron a la memoria los versos
de la tonada popular, que canté con la horrible voz que
poseo, afirmado en los estribos y en medio de la noche
que ascendía con el croar de los sapos talquinos:
¡Hácele, Pancho Panul;
hócele, José Vicente,
con ese bonete azul
y ese pantalón celeste!
Días después regresé a Santiago y la noche de mi
llegada, revolviendo y arreglando mi equipaje, encontré
el bonete, que ya tenía casi olvidado. ¿Dónde ponerlo?
Di una vuelta por mi habitación buscando un lugar
apropiado para colocarlo, pero no encontré ninguno.
Guardarlo era tonto; resolví colgarlo en la pared,
encima de una repisa estilo renacimiento español, y
como un clavo no le daría carácter, busqué entre mis
recuerdos de vagabundo la vieja daga con que el
Cachorro mató al Sargento Chaparro en el túnel grande
del Transandino; afirmé el bonete en la pared y lo clavé
en ella con esa arma. Allí quedó.
Y esta narración, que todavía no es tal, quedaría
terminada aquí, con el consiguiente descontento de
todos, si al día siguiente mi madre, al servirme el
desayuno, no me hubiera preguntado, sorprendida:
—¿Y ese bonete, hijo?
—Lo compré en un viaje de Talca a Constitución, mamá....
Lo miró durante un largo rato, diciéndome luego:
—Pero, mira, si es igualito al bonete que usaba Don Leiva.
Mi madre tiene en su cabeza tantas historias como
canas y cualquier cosa antigua despierta en ella viejas
reminiscencias del. pasado; parece haber heredado el
sentido de la lejanía y el recuerdo en el tiempo y en el
espacio que poseían los conquistadores españoles y
que su hijo ha recibido intacto. Así, pues, sospeché que
me quería contar alguna historia, y haciéndome el
indiferente, actitud qué a ella la anima, aunque en el
fondo regocijado por la perspectiva de una narración,
le pregunté.
—¿Quién era Don Leiva, mamá?
—¡Ah! —me contestó—. Don Leiva era un hombre muy célebre...
* * *
Le llamaban Don Leiva, simplemente, y era un hombre
alto, musculoso, de rostro moreno y brillante, labios
gruesos y rosados de persona alegre.
Los recuerdos de mí madre no alcanzan hasta la
primera juventud de este personaje. Siendo joven, su
padre lo envío a Santiago, como empleado de un
convento, o como postulante, no recuerda bien. Pero
Don Leiva tenía la sangre caliente y gorda como el
primer caldo que da la uva y no podía durar mucho
tiempo en un ambiente conventual. A poco de estar allí
se escapó una noche con un corista de la iglesia y
buscando dónde alegrarse fueron a dar a una casa de
diversión, donde estuvieron encerrados durante siete
días. En el convento el escándalo fue grande.
Concluidos los pesos que tenían enviaron a una persona
allí con el recado de que necesitaban ropa y dinero y
que, en caso de negativa, ellos contarían ciertas cosillas
que sabían y habían visto en el convento. No se sabe la
contestación que tuvo tan despechugado mensaje,
pero el caso fue que a los pocos días se apareció Don
Leiva en Talca, igual que se había ido, alegre y
mentiroso; el convento acentuó en él el tono jovial. Su
padre no lo admitió en la casa, y Don Leiva, para poder
atender a sus gastos, se vio obligado a aprender un
oficio. Siguiendo sus inclinaciones,. se hizo zapatero.
Trabajaba muy poco, pues nunca faltaba un amigo que
en trance de diversión o con motivo de celebrar alguna
fiesta íntima se acordara de él y dijera:
—Vayan a buscar a Don Leiva.
Iba una comisión de bulliciosos borrachos y entre risas
y gritos sacaba a Don Leiva de su banca; él aparentaba
resistirse, pero al fin cedía con más ardimiento que el
que se podía esperar de un convidado reacio.
—Estos niños no me dejan vivir —decía.
Don Leiva era muy buscado y estimado por la gente
de hábitos un tanto o demasiado irregulares, pues su
buen humor era inagotable; las mentiras brotaban de él
sin esfuerzo alguno y las frases graciosas y los chascarros
formaban su conversación habitual.
No pudo jamás trabajar en una tienda, pues su falta
de cumplimiento en el trabajo era famosa. Decíanle,
por ejemplo, un día martes en la tarde:
—Oiga, pues, Don Leiva, no vaya a faltar mañana; ya ve que estamos tan atrasados.
—¡Cómo se le ocurre, Don Queco! Mañana tempranito estoy aquí.
Se aparecía el día sábado a cobrar los dos días que tenía trabajados.
—Pero, Don Leiva, por diosito, ¿no le, dije que no me faltara el día miércoles?
—Mire, patrón, le juro que tenía, todas las intenciones de venir, pero va a ver lo que me pasó: venía atravesando el puente, cuando me encontré con mi compadre Antuco.
—¿Para dónde vas, Leiva? —me preguntó.
—Voy a trabajar, compadre; tenemos un trabajo atrasado en la tienda.
Entonces empezó a decirme que no fuera, que en su
casa estaban celebrando un cumpleaños, que tenía un
cordero, tres damajuanas de vino, en fin; a otro menos
tentado que yo lo habría convencido en seguida; pero
yo me le puse firme y empezamos-a discutir. En eso
estábamos cuando aparecieron Marcos, Miguel
y Juan con una damajuana de vino y un embudo. Iban
para la casa de mi compadre... En cuanto Antuco los
vio, les gritó:
—¡Niños, ayúdenme a convencer a Leiva para que no vaya a trabajar!
Pero los otros no quisieron discutir conmigo, sino que
me agarraron entre todos, me tiraron al suelo, me
abrieron la boca a la fuerza, me metieron en ella el
embudo y empezaron a echarme con la damajuana...
Y yo, pues, señor, como la vida es tan amable, a pesar
de todas las pellejerías que pasa el pobre, tragaba y
tragaba para no ahogarme; hasta que quedé listo...
Poseía Don Leiva esa gracia picante, mezcla de malicia y rústica ironía, que florece a veces en los labios de la gente del pueblo.
—Cuéntanos alguna mentira, pues Leiva -—le decían.
—¡Qué, compañeros, ya estoy dejado de tonteras! Cuanto más que todavía no se me pasa el susto que tuve la otra noche en casa de la María de los Santos...
—¿Qué te pasó? Cuenta, pues.
—Que yo no sabía que era bruja...
—¿Es bruja?
—¡No te estoy diciendo...! Yo andaba templado de ella; cierto es que ella es casada y que Ño Espina es amigo mío, pero me miraba tanto y me hacía tantas musarañas con los ojos y con todo el cuerpo que al fin me animó y empezamos a platicar en serio. Hasta que
el otro día me dijo:
—Mi marido fue a Panguilemo; anda a verme esta noche...
Fui yo, y al poco rato de estar allí me dijo:
—¿Quieres que volemos, Leiva?
—Volemos —le dije, creyendo que se trataba de una broma. Pero, ¡qué broma, compañerito! Me llevó para la cocina, de entre las ollas sacó una cajita llena de una
pomada negra, se untó un dedo en ella y me dijo:
—Cierra los ojos.
Y me pasó el dedo untado por la cara, naciéndome una cruz. Al principio no sentí nada, aunque me pareció que me había achicado.
—¿Puedo abrir los ojos?
—Ábrelos, no más.
Los abrí y vi que ella había crecido como un metro.
¿Qué diablos es esto?, dije yo. ¿Es ella la que se ha agrandado o soy yo el que me estoy achicando? Me miré las piernas y no las encontré por ningún lado; miré un poco más y, ¡por la madre, amigo!, casi me caí muerto del susto.
—¿Qué te había pasado?
—¡La bruja me había vuelto pavo!
—¡Ja, ja, ja! —berreaba el coro de borrachínes.
—No se rían todavía... Ella también se volvió pavo, salió al patio y yo detrás de ella con las piernas que se me doblaban. Me dijo:
—Ahora, si quieres volar, grita junto conmigo: ¡Sin Dios y sin Santa María!
—Bueno —le dije.
Abrió las alas, gritó: ¡Sin Dios y sin Santa María!, y se las
echó volando. Yo no me animé a gritar lo mismo,
porque, como soy tan creyente en Nuestro Señor, me
pareció una herejía decir eso: Grité: ¡Con Dios y con
Santa María!' Abrí las alas, me levanté un poco del suelo
y caí de cabeza encima de una artesa; grité otra vez y
me di otro costalazo. Y allí me pasé toda la noche, a
cabezazos con las murallas, hasta que amaneció. Yo
creo. que ella se olvidó de mí porque no apareció por
ningún lado. Esto no habría sido nada; lo malo fue que
llegó el marido y fue para dentro y me vio.
—¿Y este pavito, hija?
Ella se asustó un poco, pero al fin le contestó:
—Lo compré ayer.
—Parece que está un poco triste; habrá que matarlo antes que se enferme...
Yo que oí esto, salí caminando con mis pasos muy lentos, como debe caminar un pavo, y me metí debajo de una mesa grande, listo para arrancar.
—No, hay que dejarlo que engorde un poco.
—Vamos a echarlo al gallinero, entonces.
El que me mete al gallinero, cierra la puerta y se va, y
las gallinas que se me vienen encima y casi me matan a
picotones. Me dejaron arrinconado y todo dolorido, con
el moco tan largo, sin ánimo de moverme ... Allí pasé
todo el día y cuando ya fue bien de noche empecé a
desplumarme a picotazos. Las plumas del cogote y las
de las alas no me dolieron mucho, ¡ pero cuando llegué
a los cañones de la rabadilla...!
Al fin me las arranqué todas y me dije: ¡Qué diablos!,
voy a decir las palabritas aquéllas. Grité: ¡Sin Dios y sin
Santa María! Al momento me volví hombre, pero en ese
instante venía Ño Espina entrando al gallinero, me vio, y
creyendo que era un ladrón agarró un palo y enderezó
como un longino para donde yo estaba. Arranqué a
perderme ... ¡ Me hubiera visto, compadre, corriendo
desnudo por la calle y con aquel animal a la siga
volviéndome loco a garrotazos...!
De historias como éstas. Don Leiva, según su propia
expresión, tenía un saco lleno.
* * *
Así vivió durante muchos años, gastando su juventud
y derrochando-su picaresca alegría. Pero llegaron para
Don Leiva los días de la madurez y con ellos las horas de
reflexión, durante las cuales vio enfriarse un poco su
anhelo de diversión, y sintió el deseo de regularizar su
existencia.
Poco a poco fue retrayéndose y, con gran extrañeza
de todos sus compinches, se enamoró, sentimiento
nuevo en Don Leiva, que siempre había dejado que se
enamoraran de él, y que acusaba un franco cambio en
su vida. Se casó. Y al día siguiente de su boda, que fue
celebrada casi en silencio, se levantó temprano, barrió
su tallercito, arregló sus útiles de trabajo, se puso un
delantal limpio, se sentó en el pisito delante de su
banca, enlazóse la pierna con su tirapié hecho de una
lonja de cuero crudo de novillo, puso la plancha sobre
1a rodilla, levantó su martillo, y la casa y la calle en
que vivía se llenaron de martillazos claros, alegres,
rítmicos, que indicaban una voluntad y una decisión...
Don Leiva trabajaba.
¡Adiós juergas en la noche, en el alba y en el atardecer,
cuecas apretadas y picantes, tonadas alegres o tristes,
jarros de vino chispeante, sueños profundos de dulzura y
despertares sedientos! Hasta su puerta llegaban los ecos
de las parrandas, y sus amigos de antaño, los días lunes,
se paraban a mirarlo.
—¡Chis! Trabajando día lunes... Usted ya no respeta ni al
santo. Don Leivá... ¡Bienhaga el rotito!
Y se iban, afirmándose en las paredes, con los ojos
chiquititos de la borrachera.
Durante muchos años, los transeúntes vieron a Don Leiva
inclinado sobre su labor, trabajando incesantemente, y
él vio, sentado en su piso, como los días amanecían y
atardecían sin variación alguna. Los niños se hicieron
hombres y los hombres envejecieron. Sus hijos, única
distracción de su vida y de su hogar humilde,
aprendieron a andar agarrados a los bordes de su
banca, hablándole en su media lengua infantil e
intentando comerse las tachuelas.
La mujer de Don Leiva, Angela, era una mujer
apacible y dulce, de ojos húmedos, silenciosa, que
lloraba apenas él alzaba un poco la voz y que nunca
ocupó en la casa más lugar que el que ella creía
corresponderle, dedicada por entero a criar sus hijitos y
a cuidar de aquel hombronazo que tenía por marido.
Así transcurrió mucho tiempo, hasta que un día Don
Leiva descubrió que se estaba haciendo viejo. Se
sentía cansado y como vacío. Aunque poseía siempre
esa gracia que le había hecho querido en las bulliciosas
rondas de la juventud, en ella se notaba ahora cierta
acritud, algo como un zumo amargo que el tiempo
había ido filtrando en su espíritu de antaño.
Los días, que antes eran para él como frutas jugosas,
se tornaron grises y secos, sin alternativas, rodando
como nueces vacías en la bolsa del tiempo.
Admirablemente dotado de toda clase de
cualidades, si el deseo de trabajar y surgir se hubiera
revelado en él durante la juventud, habría sido otro
hombre del que era entonces. Era simpático, tenía una
viveza mental poco común en individuos de su clase, la
cual le permitía comprender y juzgar rápidamente todo
lo que veía o se le contaba; sus modos de expresión al
hablar y accionar atraían agradablemente; era
afectuoso, se hacía querer y tenía, después de todo,
una gran fuerza y agilidad que, junto con su gracia
criolla, se había hecho famosa entre los más guapos
pendencieros de la ciudad.
Pero, hijo de una tierra asoleada, donde la cigarra
canta a morir en las tardes de la trilla, donde las viñas
crecen cargadas de racimos y el espino perfuma con su
olor penetrante las horas doradas de la siesta, el
principio de laxitud que había en él, una como especie
de lentitud en el alma y en el cuerpo, de dejadez y de
cansancio, herencia de raza tal vez, se acentuó en sus
tiempos mozos, atenuando su principio de acción y
haciéndole olvidar el futuro de su vida.
Y ahora, bordeando los cuarenta años, revisaba su
pasado y procuraba adivinar su porvenir, presintiendo
que su vida terminaría tal como se deslizaba en el
presente: trabajando sin descanso y siempre pobre,
viendo crecer sus hijos en medio de la pobreza de su
hogar, envejeciendo él junto a su compañera, sin
ninguna perspectiva de prosperidad y bienestar.
¡Ah, si hubiera podido empezar de .nuevo... ! A la
reflexión de antes sucedía ahora la angustia y le
acometían instantes de desesperación durante los
cuales permanecía inmóvil, inclinado sobre su labor, sin
pensar, sintiendo que algo descendía incesantemente
en él. Suspiraba, a veces hasta quería llorar.
Hasta que una tarde no pudo más. Se levantó
bruscamente, tiró su delantal, se vistió y salió hacia la
calle. Su mujer, que ya se había percatado de su malestar,
se sobresaltó:
—¿A dónde vas, Francisco? —le preguntó.
Contestóle él con un encogimiento de hombros.
—Con tal que no le dé otra vez por el trago y la
diversión —pensó Angela. Y lo miró desaparecer a lo
lejos, tan alto, macizo, con su andar firme de macho,
por quien ella sentía más que nada un gran afecto
maternal y junto a quien se sentía tan segura.
* * *
Don Leiva había conocido años atrás a dos hermanos,
Segundo y Marcos Segovia, camaradas suyos un tiempo
en las horas de diversión, cuyos modos de vida
eran un tanto misteriosos; desaparecían a veces de la
ciudad por un largo tiempo y tornaban después, sin que
nadie supiera el motivo de esas ausencias. No ejercían
ningún comercio visible ni se dedicaban a un trabajo
especial. Sin embargo, tenían buenos caballos, vestían
bien, poseían un rancho en el barrio del Arenal y nunca
les hacía falta dinero, siendo muy generosos y voltarios
con los amigos. Don Leiva habíales dicho un día, en
tono de broma:
—Díganme, pues, niños, dónde tienen la mina, para ir a pirquiniar un poco...
—¡Qué mina, compañero! ¡Ojalá...!
Y no añadieron ninguna otra palabra que diera un poco de luz a Don Leiva.
Segundo, el menor de los dos hermanos, era un
hombretón cuadrado, no parecía ni más ancho ni más
alto, moreno, duro, fornido. Marcos tenía el mismo tipo,
pero era más gordo, con un vientre que la faja roja
apenas podía contener. A casa de ellos se dirigió Don
Leiva aquella tarde. No tenía la menor noción de lo que
iba a hacer y decir en presencia de los Segovia y su
idea de visitarlos obedecía a un impulso inconsciente, a
un oscuro presentimiento de que ellos podrían orientarlo
o ayudarlo a levantarse de una manera más rápida que
la que le ofrecía su trabajo de zapatero.
Los Segovia lo recibieron con extrañeza, pues era la
primera vez que Don Leiva iba a casa de ellos con esa
cara tan seria y esos ojos tan poco alegres. Además, no
había por medio ningún motivo, ya que no existía el del
trago, que pudiera justificar su visita. Por otra parte,
hacía mucho tiempo que no se veían ni trataban y sus
relaciones habíanse enfriado bastante.
Pero Don Leiva no estaba para fijarse en esos detalles, y
poco a poco, tropezando con las palabras primero y
más sereno después, expuso a los Segovia sus angustias
de hombre pobre, su miseria constante a pesar de su
trabajo continuo, toda la tragedia íntima de su vida de
hombre cercano a la vejez, concluyendo por pedirles
que lo ayudaran, no con dinero, sino que por .medio de
consejos, indicándole un derrotero, un desecho, un
camino más corto para conseguir un poco de bienestar
económico. El era bastante hombrecito y no se
asustaría si la labor era ruda o peligrosa, o si había que
pasar privaciones. Les decía esto porque Don Leiva
siempre creyó que los hermanos tenían una mina
situada cerca del Maule o en el interior de la cordillera,
5a que trabajarían a escondidas.
Pero Marcos Segovia sacólo del engaño.
Pausadamente, mientras Segundo tamboreaba con las
manos sobre una mesa, él, recortando con los dedos la
hoja de su cigarro, que siempre se prendía más de un
lado que de otro, le dijo:
—Mire, Don Leiva, usted es bastante grandecito y yo no
tengo miedo de decirle la verdad... Además, en este
mundo cada uno mata su toro y se lo come solo. Usted
cree que nosotros somos mineros o contrabandistas, y
está equivocado. No se asuste si le digo que somos
ladrones y nada más; unas veces cuatrereamos y otras
salteamos, y así vamos tirando la rastra. Si usted cree
que esto le puede convenir, no tenemos
inconveniente en trabajar con usted. Piénselo bien,
porque esto es delicado, o busque otros medios.
Nosotros no tenemos más que el que le digo.
Don Leiva no había contado con esto y la revelación
lo desconcertó un poco. Prometió volver y Se fue. Se fue
y volvió, se fue y volvió muchas veces antes de
decidirse. Iba donde los hermanos y allí permanecía
largas horas, hablando de cosas indiferentes, contando
sus graciosas historias, ya casi olvidadas. Segundo y
Marcos se reían a gritos, mientras que él, al final de sus
cuentos, se quedaba taciturno y pensativo; ellos no
tenían angustia alguna, pues sus vidas eran claras y
definidas. En cambio, qué distinta la de él... Procuraba
animarse, pensando que quizá no sería tanto el riesgo o
el pecado, en que tal vez bastaría con una sola vez... En
fin, no sabía qué resolver, hasta que la enfermedad de
uno de sus hijos vino a decidirlo. Fue donde los Segovia
a comunicarles su resolución y ellos lo citaron para la
noche siguiente.
Y durante todo ese día y el que siguió a ese, vivió en
un estado de fiebre, como desorientado, sintiéndose
culpable antes de cometer ningún delito, perseguido
por una inquietud que aumentaba a medida que se
acercaba la hora.
En la tarde fue a casa de su compadre Hilario y entre
titubeos y sonrisas que querían ser joviales, pero que en
realidad eran muy tristes, le comunicó su resolución. El
compadre Hilario se quedó de una pieza, como quien
ve visiones, asombrado por aquella salida
inaudita. Intentó disuadirlo, pero Don Leiva le cortó el
discurso, diciéndole:
—No me diga nada, compadre, porque ya estoy
cuadrado con la suerte y ella me ha de acompañar o
me romperá la cabeza, pero no echaré pie atrás. Lo
único que le pido es que, si me pasa algo, cuide de mis
huachitos hasta que crezcan un poco más. Yo le traeré
a usted el dinero que junte en mis correrías y así le será
más fácil atenderlos, en caso de desgracia mía.
* * *
Al principio las cosas marcharon espléndidamente; el
trabajo era fácil y resultaba' casi entretenido. Don Leiva
continuaba atendiendo su trabajo, aunque no con la
constancia de antes; trabajaba de preferencia a la
hora en que la calle donde estaba su casa era más
transitada y procuraba no pasar inadvertido,
conversando Con los transeúntes, diciéndoles gracias,
invitándoles a entrar en su taller y convidándoles con tal
o cual golosina. Parecía haber vuelto a sus buenos
tiempos.
Llegada la noche, cerraba su taller y desaparecía.
Iba donde los Segovia, se ponía una manta, un bonete
inclinado sobre los ojos, y ya con Segundo, ya con
Marcos, montaban a caballo y se dirigían a distintos
sitios.
Hacían largas marchas, pero invariablemente
estaban de vuelta al amanecer, trayendo el producto
de sus correrías, casi siempre animales, especialidad de
los hermanos Segovia, que vendían a personas de cierta
posición en la ciudad, quienes no ignoraban el origen
de lo que compraban. Así transcurrían los días,
plácidamente, sin más sobresaltos que los naturales en
esta clase de operaciones.
Hasta que un día entre los días apareció ante Don
Leiva el primer peligro de esa carrera que había elegido
como la última que le quedaba. Habían robado cuatro
caballos finos y regresaban tranquilos, creyéndose libres
de sorpresas, cuando, en medio del galope de los
animales, Marcos Segovia, que tenía el oído
acostumbrado del cuatrero, sintió algo que le hizo
refrenar violentamente su cabalgadura, obligando a
detenerse a Don Leiva, que venía más atrás trayendo
de tiro los caballos robados. Escucharon y sintieron un
galope que se detuvo instantes después.
—Nos vienen siguiendo —dijo Marcos.
—¿Siguiendo? No esté payaseando... —dijo Don Leiva, un poco asombrado. ¡Le parecía tan raro que alguien se diera el trabajo de seguirlos!
—Sí, pues, señor, si ése que viene detrás no nos viniera siguiendo no se habría detenido casi al mismo tiempo que nosotros.
El argumento era concluyente.
—Sigamos otro trecho.
Galoparon furiosamente unos cien metros y se de
tuvieron casi en seco, haciendo manotear en el aire a
los caballos. Se escuchó de nuevo el galope, que
inmediatamente se dejó de oír. No había duda, alguien
venía a la siga.
—¿Qué hacemos?
—Marchemos al paso.
Siguieron al tranco de los animales, deteniéndose
continuamente y escuchando. El hombre que venía
detrás se detenía también. De este modo, caminando y
parándose, empezó a amanecer. Cuando ya hubo
bastante claridad, hicieron alto al final de una recta del
camino, que en esa parte ascendía, y miraron hacia
atrás. A una distancia de ciento cincuenta pasos, un
hombre a caballo, detenido en medio del camino, los
miraba fijamente, procurando adivinar sus movimientos
y sus intenciones.
—Parece que es el rondín del fundo.
—¿Y qué hacemos?
—¿Qué vamos a hacer? Seguir.
—¿Y por qué no le dejamos los caballos y nos vamos solos?
—¡Ave María! ¿Qué está diciendo, Don Leiva? ¡Dejar los caballos! ¿Tiene miedo, compañero?
—No, miedo no, pero... —y Don Leiva se detuvo
avergonzado, no sabiendo qué responder a una
pregunta tan directa.
—Sigamos, amigo; de algún modo nos libraremos del
hombrecito ése... Si le dejáramos los caballos nos
seguiría lo mismo. ¡Pero si será tonto! Los caballos no son
de él, sabe que le puede pasar algo malo con nosotros,
y nos sigue no más... Espérese, compañero, lo vamos a
asustar un poco en cuanto se descuide...
Continuaron adelante y el hombre detrás, sin
perderles pisada, hasta que Marcos se impacientó.
Cuando llegaron a un estero que cortaba el camino, se
escondió detrás dé unos espinos, le dijo a Don Leiva que
siguiera adelante con los animales, preparó su trabuco y
cuando sintió que el hombre venía cerca, salió al
camino y levantando su arma le gritó:
—Oiga, hermanito: hasta aquí lo hemos aguantado,
pero ya es bastante. ¡Si usted atraviesa el estero, su
caballo va a tener que volverse solo!
El pobre hombre, aturdido con aquella sorpresa, no le
contestó una palabra. Marcos volvió su caballo y
marchó tranquilamente, aunque mirando de reojo.
Caminado un trecho se volvió y vio que el hombre
avanzaba, encontrándose ya en mitad del estero.
Apuntóle y disparó.
Don Leiva sintió el disparo y se detuvo, alzóse sobre
los estribos y vio que el caballo del perseguidor volvía
grupas, asustado por la detonación, y huía. El hombre
había caído al agua. Sintió que el corazón se le encogía
... Ya había un muerto detrás de él...
Al instante se le reunió Marcos, quien por todo comentario dijo:
—Nunca ha habido un intruso que la haya sacado bien.
Ya estaban cerca de Talca y se separaron, llevándose Marcos los caballos.
Durante varios días Don Leiva no se movió de su
taller; se sentía abatido y creía que de repente llegaría
la justicia a buscarlo; veía ante sus ojos el caballo que
huía, el hombre debatiéndose en el agua verdosa del
estero, el rostro casi beatífico de Marcos después del
asesinato; en fin, estuvo una semana asustado e
inquieto, sin atreverse a salir de su casa.
Al fin de varios días, Marcos Segovia lo mandó llamar.
Fue Don Leiva y su sorpresa fue grande al encontrar el
rancho de los hermanos Segovia lleno de gente
desconocida, de todos los aspectos y cataduras, hasta
una mujer con un niño pequeño en los brazos, Marcos
lo llevó a un lado y le dijo:
—Estos niños no son de aquí y sólo han venido a
convidarnos para un trabajo que nos puede llenar de
plata hasta los bonetes. No es un asunto peligroso, pero
hay que ir decidido a todo. Si quiere ir, lo llevamos.
Puede ser la última vez que nos metamos en esto.
Don Leiva aceptó y lo citaron para la noche.
* * *
Salió del pueblo la caravana, dividida en parejas,
con la consigna de reunirse en un punto determinado,
Iban todos armados, especialmente de armas de ruego,
pues, según expresión de Segundo, se “tostaría el
morocho”, es decir, tendrían que hacer uso de ellas.
A Don Leiva tocóle como compañero de viaje
Segundo Segovia. Delante de ellos iban ya dos parejas,
cerrando la marcha Marcos, tan risueño y tranquilo
como siempre, acompañado de un jovencito a quien
llamaban Media de Seda, apodo derivado de quién
sabe qué aventura o detalle personal.
Era la noche de luna, pero unas nubes que el viento
llevaba y traía oscurecían a veces la claridad del
paisaje, sumiéndolo en una penumbra favorable. A
ambos lados del camino se alzaban álamos, semejantes
centinelas que guardaran la tranquilidad de la ruta.
Durante el trayecto. Segundo contó a Don Leiva
numerosas aventuras, casos de robos, salteos, peleas,
huidas y prisiones que había tenido con su hermano y
otras en que ellos no habían actuado, pero que
conocían, y entre las cuales había desde un simple
desvalijamiento callejero hasta el homicidio con
desollamiento del rostro. En un tiempo hubo, entre la
gente de vida trágica de esa región, la costumbre de
desollar la cara del asesinado para evitar su
reconocimiento, costumbre ésta que les valió el apodo
de “maulinos pela caras”, apodo terrible que los
bandidos ostentaban con orgullo y que infundía respeto
hasta a los hombres de más coraje.
Creía Segundo que Don Leiva sé admiraría de tales
historias y se sobrepondría a su aparente abatimiento,
pero perdía el tiempo, porque, en primer lugar, Don
Leiva no era cobarde, y después, porque tales hazañas,
en vez de entusiasmarlo, repugnábanle. Si aquella
marcha en la noche, a través de cerros y caminos poco
transitados, no hubiera tenido el fin que tenía, otra fuera
su actitud, pues en muchos casos había demostrado su
arrojo y seguro estaba de que, llegado el caso, ninguno
de sus compañeros de aventuras resistiríale un apretón
bien dado. Lo angustioso para él era el robo con
violencia, la rapiña brutal, el homicidio frío y casi
siempre inútil. Si se hubiera tratado de una venganza, de
una sorpresa a enemigos bien armados o de una
aventura de cualquier otra índole, él iría adelante,
alegre, animoso, riendo con sus dientes blancos, y su
rostro, redondo y brillante. Pero otra era la tonada y no
tenía más remedio que seguirla, procurando sacar el
mayor provecho de la brutalidad que cometerían, sin
mezclarse él en lo posible en los actos de fuerza que se
desarrollarían. Sería su última aventura, casi lo había
jurado, y a ella iba esperanzado en las palabras de
Marcos: llenaremos de plata hasta los bonetes.
El camino se desvió de pronto y alejándose del río
pareció querer internarse en la montaña, pasando por
frente a casas silenciosas, cuya blancura resplandecía
bajo la luz lunar; casas de los dueños de las viñas que se
extendían a los lados del camino.
Conversando a ratos y a ratos silenciosos
marchaban, cuando vieron unos bultos que se movían
en la sombra. Se detuvieron y un hombre montado
avanzó hacia ellos diciéndoles:
—¿Eres tú, Segundo?
—Sí, Don Jecho, nosotros somos...
—Bien, ya hemos llegado; esperemos a Marcos.
Este llegó pronto.
—¿Qué hubo, niños, hay moros en la costa?
—No; ya estamos cerca, compadre; la casa está un poco más adelante.
—Usted manda, Don Jecho; diga lo que haremos.
—Bien ... Oye, Media de Seda... Anda a echar una aguaitada hasta la casa. Mira bien.
Fue y volvió pronto el joven, diciendo que todo estaba tranquilo.
—Vamos.
Don Jecho dejó dos hombres vigilando el camino,
separados de modo que la casa quedara en medio y
con la orden de que cuando la partida entrara en ella
se vinieran a hacer guardia en el frente y en el fondo.
Siguieron los seis restantes hasta llegar a la casa
principal del fundo. Sus ventanas y puertas estaban
abiertas, algunas iluminadas, y la luz que salía de ellas
esparcía una gran paz y tranquilidad en medio de la
sombra que la rodeaba y que en ese momento era
intensa, pues una gran nube negra se había detenido
ante la luna.
—Esa ventana del medio es la del comedor y ahí está la
gente ahora. La primera descarga hay que hacerla ahí
y seguir disparando hasta que todo quede en silencio.
Al que se ponga tieso, hay que darle el bajo. Hay pocos
hombres, compañero, y mucho oro ¡Oro en petacas!
¡Oro en petacas! A más de alguno le brillaron los ojos
en la sombra... Dejaron los caballos al cuidado de uno y
los cinco restantes avanzaron silenciosamente. Llegaron
a unos veinte pasos de distancia de la casa y se
tendieron en el suelo, separados unos de otros por una
distancia de tres metros.
—Atención —dijo Don Jecho, cuya voz era ahora un
poco trémula—; Marcos, mientras nosotros nos
ocupamos de los hombres, ocúpate tú de las mujeres.
—Yo me ocuparé de los gatos —musitó Don Leiva, a
quien la proximidad del peligro había calmado
bastante y que casi sentía deseos de bromear.
Esperaron un instante, durante el cual Marcos
desahogó la risa que le había causado la frase de Don
Leiva; hasta que de pronto resonó fuertemente la voz
de Don Jecho, mandando:
—¡Ahora!
Al primer disparo, los vidrios de la ventana grande
volaron hecho añicos. Hubo después un breve silencio,
roto por el ruido de las armas al cargarse, y en seguida
se sintió un inmenso clamoreo formado por gritos de
mujeres y voces de hombres dominando el tumulto.
Volvieron a disparar. Varias sombras que huían se
reflejaron en los vidrios de las ventanas y algunas luces
se apagaron. Desde las puertas dispararon los
moradores hacia afuera, sin dirección. Los de la banda
hicieron fuego sobre los defensores, silenciándolos.
—Vamos...
Se lanzaron hacia la .casa y entraron en ella como
un tropel de caballos, entre un chivateo espantoso,
derribando los muebles y hundiendo las puertas a
puntapiés, disparando sus armas sin cesar y profiriendo
tremendas amenazas, cubriendo Don Leiva la
retaguardia. Recorrieron la casa, furiosos, gritando
como una indiada alzada, pero no encontraron a
persona alguna; seguramente habían huido a refugiarse
en la viña que se extendía a los pies de la casa.
Don Jecho se asomó a una ventana y silbó
agudamente: era una señal para los que guardaban el
camino, quienes se pusieron a rondar la casa, cada uno
en sentido contrario al otro, encontrándose en cada
vuelta. Don Jecho había organizado el golpe con toda
matematicidad, no olvidando el menor detalle.
—¡A buscar, niños, a buscar! Usted, amigo, quédese
aquí y encárguese de recibir lo que traigamos. Vaya
haciendo ocho montones en la mesa.
Don Leiva, a quien fue dado este delicado cargo,
barrió de un manotón lo que había encima de la mesa
y se preparó a ejercer sus altas funciones. Y fueron
amontonándose ante sus ojos atónitos diversos objetos
de valor, joyas, armas, mohedas de oro y plata, oro en
polvo y en pepitas, todo lo que la rapacidad de los
bandidos juzgaba digno de ser llevado.
Marcos Segovia, que se encontraba descerrajando
un mueble con su daga, sintió de repente que un
hombre, que había estado oculto detrás de una puerta,
se le dejaba caer encima con la fuerza de una tromba.
Rodaron ambos por el sucio, y aunque Marcos tenía una
fuerza de bruto, se encontró con que el otro no era
ningún inválido. Lucharon un rato en silencio, jadeando,
sin gritar para no perder fuerzas, hasta que en un
momento de alivio pidió auxilio:
—¡Don Leiva, venga, que este baboso me la está ganando!
Acudió el llamado y cogiendo por la chaquetilla al
desconocido lo levantó en el aire, estrellándolo después
contra la pared, donde quedó inmóvil, acezando,
asustado de la fuerza y la figura de aquel gigantón.
—¡Miren qué niñazo!
Marcos había encontrado su daga, perdida en la lucha,
y se fue encima del hombre; pero Don Leiva lo
sujetó por un hombro, haciéndole dar una vuelta en
redondo con la violencia del tirón. Marcos, asombrado,
lo miró:
—¡Chis...! ¿Qué le pasa, Don Leiva!
—No le haga nada a ese hombre.
—¡Déjeme, compañero!
Acometió de nuevo, pero Don Leiva se le puso por delante y Marcos se estrelló en él como contra un árbol.
—Déjese de leseras, Marcos. Si vuelve a las mismas lo voy a tirar por la ventana.
Marcos se dio cuenta de que Don Leiva hablaba en serio y, guardando su arma, le dijo:
—Está bien; después arreglaremos esto.
—Cuando quiera. Marcos...
Cogió al desconocido y dándole un empujón lo arrojó al interior de la pieza, amarrándolo en seguida.
En ese momento se oyeron voces de regocijo y alegría, y Don Jecho y otro hombre aparecieron en el comedor trayendo una petaca de cuero, como de sesenta centímetros de alto por otro tanto de ancho.
—¡Aquí está la bola con aro, compañeritos...!
Saltaron la tapa, y ante la vista maravillada de todos apareció un deslumbramiento de monedas de oro, de distintos tamaños y cuños.
—¡Hermanitos!
Se pusieron todos a gritar y a saltar, abrazándose.
—Vamos, pronto.
Cogiendo a puñados aquel inaudito tesoro. Don Leíva
hizo ocho montones sobre la mesa, siete iguales y
uno más alto que los demás, delante del cual se colocó,
con la esperanza de que le tocara a él.
Pero Don Jecho eligió ese para sí y distribuyó los
demás rápidamente. A Don Leiva tocóle el más
pequeño.
—Nadie sabe para quién trabaja —dijo para sí.
Pero era bastante, y mientras lo envolvía en su
pañuelo calculaba que era más de lo que esperaba.
Abandonaron la casa, montaron, tomando el
camino de vuelta, marchando al tranco, fumando y
riendo, hablando y comentando las incidencias de la
aventura, contentos, sintiendo todos, entre la camisa y
la piel, el bulto que formaba el paquetito de monedas
de oro. De repente se detuvieron todos a un tiempo,
escuchando. En medio del silencio de la noche,
turbado por el rezongo suave del río, oyeron el galope
de cabalgaduras a lo lejos.
—Métamenos por aquí.
Se internaron en un bosquecillo, desmontaron,
apagaron sus cigarros, colocándose detrás de los
caballos, todos con las manos apretando
nerviosamente la culata de los poderosos trabucos.
Esperaron. Poco a poco fue oyéndose más cerca el
rumor de los que venían galopando furiosamente en la
noche, hasta que se acercaron y pasaron, sintiéndose
claramente el ruido de los sables al golpear en los
costados de los caballos. Serían entre todos como unos
seis jinetes y parecían tener prisa.
—Es la patrulla —dijo Don Jecho— y si no nos buscan a
nosotros, no busca a nadie. Aquí nos vamos a separar;
cada uno se va con el que vino. Váyanse por
donde quieran, menos por el camino. Adiós, caballeros;
nos veremos en Talca.
Partieron para distintas direcciones. Don Leiva se
reunió con Segundo y bajaron al camino; los demás,
unos atravesaron el río y otros se met ieron cerro adentro.
Caminaron Don Leiva y Segundo un largo rato, con el
oído alerta, hasta que volvieron a sentir el rumor de la
patrulla que volvía buscando el rastro de los asaltantes.
—Atravesemos el río; no nos conviene arrancar
adelante, ni hacerles frente. Desviémonos.
Bajaron la barranca del río y llegaron hasta su orilla; el
río era allí hondísimo y no había vado alguno, pero
tenían que atravesarlo de cualquier modo si no querían
caer en manos de la policía.
Segundo espoleó su caballo, entrando resueltamente
al agua. Le siguió Don Leiva. La correntada era fuerte y
amenazaba arrastrar a caballos y jinetes, quienes
alentaban en voz baja a los animales.
—Cuídele las orejas al manco, Don Leiva, si le entra
agua va a tener que atravesar el río nadando.
Lucharon un rato con las aguas del Claro hasta que
llegaron al otro lado, escondiéndose inmediatamente
detrás de unas rocas. Ya era tiempo, pues la patrulla
apareció en seguida en el camino.
—¡Guarda con los relinchos!
Aseguraron el hocico de los caballos que
chorreaban agua y resoplaban. La patrulla desfiló al
trote largo, mirando infructuosamente en la oscuridad.
—Ya pasaron los charrascas.
Se quedaron ahí conversando, riendo a grandes
carcajadas, dejando pasar el tiempo. Por fin Segundo
atravesó el río para ir a explorar el camino y dejó solo a
Don Leiva, que púsose a tantear y acariciar la bolsita de
monedas y joyas. ¿Cuánto llevaría en ella? Hubiera
querido estar ya en su casa, a puertas cerradas, con
todas las monedas desparramadas sobre la mesa,
contándolas y apilándolas como tejos relucientes.
¡Cuántas monedas había en aquella petaca y qué
flaca había quedado, después de que estaba tan
guatona! ¡Ah, él no sería como los demás, que
seguramente gastarían su dinero en divertirse! Pondría
un negocio cualquiera y trabajaría con firmeza hasta
levantarse como él quería, asegurando el porvenir de
sus hijos.
Allí estaba, entregado a sus dulces meditaciones,
cuando algo zumbó en el aire, rebotando en el
peñasco. Saltó al claro, armado de su trabuco, gritando
con una voz terrible:
—¡Quién vive!
Pero sólo vio a Segundo Segovia que lo miraba riéndose
y le decía:
—¡No se asuste, hermano! Lo hice para ver si era
hombrecito...
* * *
Tres días después, mientras la policía hacía activas
investigaciones, apresando a todos los pobres diablos
que podía y que tenían caras de sospechosos, estalló
en Talca una furiosa revuelta encabezada por una
persona a quien llamaban El Chilote Vargas y dirigida
especialmente contra un juez de esa ciudad, cuyos
fallos y procederes de justicia, un tanto duros, habíanle
conquistado la enemistad de muchos individuos.
Don Leiva, avisado a tiempo, formó en las primeras
filas de los revoltosos y junto con sus compañeros de la
pasada aventura y otros facinerosos más, se dedicó a
saquear todas las casas y los negocios que pudo,
acarreando en carretas el producto de sus rapiñas.
En medio de estas actividades, recibió un balazo que
lo dejó tendido en la calle. Lleváronlo al hospital, desde
donde huyó, temiendo el castigo a que se había hecho
acreedor por sus procederes de violencia y robo; llegó
arrastrándose hasta la casa de su compadre Hilario,
donde había ocultado todo lo adquirido en sus
correrías, y desde allí desapareció como tragado por la
tierra. Se le buscó por todas partes, sin resultado. Don
Leiva se hizo humo.
Pasaron muchos años, tal vez seis o siete, y ya casi
había sido dado por muerto, cuando una tarde, un
antiguo amigo de él que estaba de paso en Santiago,
al pasar por delante de la puerta de una casa de la
calle del Cequión, vio, inclinado sobre un banco de
zapatero, a un hombre que le recordó vagamente a
Don Leiva.
—Parece que fuera Leiva ése... Pero, ¡qué va a ser ... !
Se quiso detener y volver a mirarlo, pero desechó esa
idea y siguió. Sin embargo, la curiosidad y una vaga
esperanza de que el hombre visto fuera Don Leiva, lo
hicieron retroceder. Llegó hasta la puerta y se
detuvo a mirar al zapatero. El presunto aparecido lo
miró también y entonces se reconocieron mutuamente.
—Pero, ¿eres tú, Leiva?
—Yo mismo, pues, Martín...
Y se abrazaron.
—¡Pero, hombre, en Talca todos te hemos creído muerto...! ¿Por qué no has vuelto allá? Tus hijos están grandazos y tu mujer vive todavía.
—¡Qué, pues, hermano! Yo hubiera querido escribirle a
mi mujer para que supiera que estaba vivo, pero tú
sabes cómo es: le habría contado a todo el mundo que
yo vivía y dónde estaba y me habrían venido a buscar
para meterme preso. Así es que he preferido quedarme
callado, esperando que pase el tiempo para quedarme
libre de todo castigo...
—¿Y la plata que te trajiste?
Don Leiva sonrió.
—Hermano, al hombre tentado de la risa en Santiago la
plata se le hace sal y agua. Aquí me metí a generoso y
en dos meses me quedé sin cobre.
Charlaron así un largo rato, contándole Don Leiva a
su amigo Martín todos sus milagros y aventuras corridas
en sus años de ausencia, separándose después y
pidiéndole Don Leiva a Martín que no contara en Talca
que lo había visto; pero al amigo, una vez llegado a
Talca, le faltó boca para contar el encuentro que había
tenido con aquel condenado de Leiva.
Enteróse la mujer de éste, y en la primera diligencia
que salió de Talca se trasladó a Santiago, donde Don
Leiva la vio llegar como a un fantasma. Verlo la
mujer y ponerse a llorar fue todo uno, siendo inútiles los
esfuerzos que Don Leiva hizo para consolarla y atajar
aquella lluvia de sollozos y quejas. Llorando estaba
Angela, cuando penetró al cuarto una mujerota alta y
morena que, encarándose con Don Leiva, le dijo:
—¿Quién es y qué hace en mi casa esta yegua tal
por cual?
Era la querida de Don Leiva, una ropavejera a quien
llamaban La Zamba y que tenía fama de no quedarse
nunca con los golpes que recibía de sus amantes,
devolviéndolos siempre con creces.
Don Leiva, haciendo frente valerosamente al
temporal que se le venía encima, le dijo:
—Esta mujer no es una tal por cual: es mi mujer
legítima.
La Zamba se quedó pasmada, pero reaccionó al
instante, diciendo:
—¡Y nunca me habías dicho, animal, que eras casado...! No llore, señora, ésta es su casa y en ella puede usted estar hasta que se lleve a este sinvergüenza.
Y dando un gran colazo con su ancho vestido, se fue.
Pocos días después, luego de haberse asegurado de
que su libertad no corría peligro, llegó Don Leiva a Talca
con su mujer y se encontró con que ella tenía un
negocio de almacén y cantina, el cual había sido
instalado con los dineros que Don Leiva recogiera en sus
piraterías y que quedaran en poder de su compadre
Hilario.
Y cuando creía que su vida estaba ya arreglada por
muchos años, y que vería realizarse lo que en un tiempo
tanto anheló, una pulmonía cogida en una noche de
juerga, a la que se entregaba de vez en cuando para
no olvidarse de ella completamente, lo despachó en
dos días, como a cualquier mortal de vida tranquila.