Manuel Rojas
(Buenos Aires, 1896 - Santiago, 1973)


Hijo de ladrón
(Santiago de Chile: Nascimento, 1951, 366 págs.)


Primera parte

1

      ¿Cómo y por qué llegué hasta allí? Por los mismos motivos por los que he llegado a tantas partes. Es una historia larga y, lo que es peor, confusa. La culpa es mía: nunca he podido pensar como pudiera hacerlo un metro, línea tras línea, centímetro tras centímetro, hasta llegar a ciento o a mil; y mi memoria no es mucho mejor: salta de un hecho a otro y toma a veces los que aparecen primero, volviendo sobre sus pasos sólo cuando los otros, más perezosos o más densos, empiezan a surgir a su vez desde el fondo de la vida pasada.
       Creo que, primero o después, estuve preso. Nada importante, por supuesto: asalto a una joyería, a una joyería cuya existencia y situación ignoraba e ignoro aún. Tuve, según perece, cómplices, a los que tampoco conocí y cuyos nombres o apodos supe tanto como ellos los míos; la única que supo algo fue la policía, aunque no con mucha seguridad.
       Muchos días de cárcel y muchas noches durmiendo sobre el suelo de cemento, sin una frazada; como consecuencia, pulmonía; después, tos, una tos que brotaba de alguna parte del pulmón herido. Al ser dado de alta y puesto en libertad, salvado de la muerte y de la justicia, la ropa, arrugada y manchada de pintura, colgaba de mí como de un clavo. ¿Qué hacer? No era mucho lo que podía hacer; a lo sumo, morir; pero no es fácil morir. No podía pensar en trabajar —me habría caído de la escalera— y menos podía pensar en robar: el pulmón herido me impedía respirar profundamente. Tampoco era fácil vivir.
       En ese estado y con esas expectativas, salía a la calle.
       —Está en libertad. Firme aquí. ¡Cabo de guardia!
       Sol y viento, mar y cielo.


2

      Tuve por esos tiempos un amigo; fue lo único que tuve durante algunos días, pero lo perdí: así como alguien pierde en una calle muy concurrida o en una playa solitaria un objeto que aprecia, así yo, en aquel puerto, perdí a mi amigo. No murió; no nos disgustamos; simplemente, se fue. Llegamos a Valparaíso con ánimos de embarcar en cualquier buque que zarpara hacia el norte, pero no pudimos; por lo menos yo no pude; cientos de individuos, policías, conductores de trenes, cónsules, capitanes o gobernadores de puerto, patrones, sobrecargos y otros tantos e iguales espantosos seres están aquí, están allá, están en todas partes, impidiendo al ser humano moverse hacia donde quiere y como quiere.
       —Quisiera sacar libreta de embarque.
       —¿Nacionalidad?
       —Argentino.
       —¿Certificado de nacimiento?
       —No tengo.
       —¿Lo ha perdido?
       —Nunca tuve uno.
       —¿Cómo entró a Chile?
       —En un vagón lleno de animales.
       (No era mentira. La culpa fue del conductor del tren: nuestra condición, en vez de provocarle piedad, le causó ira; no hizo caso de los ruegos que le dirigimos —¿en qué podía herir sus intereses el hecho de que cinco pobres diablos viajáramos colgados de los vagones del tren de carga?— y fue inútil que uno de nosotros, después de mostrar sus destrozados zapatos, estallara en sollozos y asegurara que hacía veinte días que caminaba, que tenía los pies hechos una llaga y que de no permitírsele seguir viaje en ese tren, moriría, por diosito, de frío y de hambre, en aquel desolado Valle de Uspallata. Nada. A pesar de que nuestro Camarada utilizó sus mejores sollozos, no obtuvimos resultado alguno. El conductor del tren, más entretenido que conmovido ante aquel hombre que lloraba, y urgido por los pitazos de la locomotora, mostró una última vez sus dientes; lanzó un silbido y desapareció en la obscuridad, seguido de su farol. El tren partió. Apenas hubo partido, el hombre de los destrozados zapatos limpió sus lágrimas y sus mocos, hizo un corte de manga en dirección al desaparecido conductor y corrió tras los vagones; allá fuimos todos: eran las dos o las tres de la madrugada, corría un viento que pelaba las orejas y estábamos a muchos kilómetros de la frontera chilena, sólo un inválido podía asustarse de las amenazas del conductor. El tren tomó pronto su marcha de costumbre y durante un rato me mantuve de pie sobre un peldaño de la escalerilla, tomado a ella con una mano y sosteniendo con la otra mi equipaje. Al cabo de ese rato comencé a darme cuenta de que no podría mantenerme así toda la noche: un invencible cansancio y un profundo sueño se apoderaban de mí, y aunque sabía que dormirme o siquiera adormilarme significaba la caída en la línea y la muerte, sentí, dos o tres veces, que mis músculos, desde los de los ojos hasta los de los pies, se abandonaban al sueño.
       El tren apareció mientras yacíamos como piedras en el suelo, durmiendo tras una jornada de cuarenta y tantos kilómetros, andados paso a paso. Ni siquiera comimos; el cansancio no nos dejó. A tientas dándonos de cabezazos en la obscuridad, pues dormíamos todos juntos, recogimos nuestras ropas y corrimos hacia los vagones, yo el último, feliz poseedor de una maldita maleta cuyas cerraduras tenía que abrir y cerrar cada vez que quería meter o sacar algo.
       Mirando hacia lo alto podía ver el cielo y el perfil de las montañas; a los costados, la obscuridad y alguna que otra mancha de nieve; y arriba y abajo y en todas partes el helado viento cordillerano de principios de primavera entrando en nosotros por los pantalones, las mangas, el cuello, agarrotándonos las manos, llenándonos de tierra y de carboncillo los ojos y zarandeándonos como a trapos. Debía escoger entre morir o permanecer despierto, pero no tenía conciencia para hacerlo.
       Los ruidos del tren parecían arrullarme, y cuando, por algunos segundos fijaba los semicerrados ojos en los rieles que brillaban allá abajo, sentía que ellos también, con su suave deslizarse, me empujaban hacia el sueño y la muerte. Durante un momento creí que caería en la línea y moriría: el suelo parecía llamarme: era duro, pero sobre él podía descansar.
       Estallé en blasfemias. “¿Qué te pasa?”, preguntó el hombre de los destrozados zapatos, que colgaba de la escalerilla anterior del vagón cuya espalda rozaba la mía cada vez que el tren perdía velocidad, chocando entre sí los topes de los vagones. No contesté; trepé a la escalerilla, me encaramé sobre el techo, y desde allí, y a través de las aberturas, forcejeando con la maleta, me deslicé al interior del vagón. Allí no iría colgado, y, sobre todo, no correría el riesgo de encontrarme de nuevo con el desalmado conductor. No sospeché lo que me esperaba: al caer entre los animales no pareció que era un hombre el que caía sino un león; hubo un estremecimiento y los animales empezaron a girar en medio de un sordo ruido de pezuñas. Se me quitaron el sueño, el frío, y hasta el hambre: tan pronto debí correr con ellos, aprovechando el espacio que me dejaban, como, tomando de sorpresa por un movimiento de retroceso, afirmar las espaldas en las paredes del vagón, estirar los brazos y apoyando las manos y hasta los codos en el cuarto trasero de algún buey, retenerlo, impidiendo que me apabullara. Después de unas vueltas, los animales se tranquilizaron y pude respirar; la próxima curva de la línea los puso de nuevo en movimiento. El hombre de los sollozos, trasladado en la escalerilla que yo abandonara, sollozaba de nuevo, aunque ahora de risa: el piso del vagón, cubierto de bosta fresca, era como el piso de un salón de patinar, y yo, maleta en mano, aquella maldita maleta que no debía soltar si no quería verla convertida en tortilla, y danzando entre los bueyes, era la imagen perfecta del alma pequeña y errante…
       En esa forma había entrado a Chile. ¿Para qué podía necesitar un certificado de nacimiento?)


3

      —Señor: necesito un certificado que acredite que soy argentino.
       ¡Ajá! ¿Y quién me acredita que lo es? ¿Tiene su certificado de nacimiento?
       —No, señor.
       ¿Su libreta de enrolamiento?
       —No, señor.
       —¿Entonces?
       —Necesito ese certificado. Debo embarcar. No tengo trabajo.
       —Escriba y pida sus papeles. ¿No tiene parientes en Argentina?
       —Sí, pero…
       —Es la única forma: usted me trae sus papeles y yo le doy el certificado que necesita. Certificado por certificado. ¿Dónde nació usted?
       (Bueno, yo nací en Buenos Aires, pero eso no tenía valor alguno, lo valioso era el certificado, nunca me sirvió de nada el decirlo y las personas a quienes lo dije no demostraron en sus rostros de funcionarios entusiasmo ni simpatía alguna, faltaba el certificado; y los peores eran mis compatriotas: además de serles indiferentes, que fuera natural de Buenos Aires, no lo creían, pidiéndome, para creerlo, un certificado. ¡Tipos raros! A mí no me creían, pero le habrían creído al papel, que podía ser falso, en tanto que mi nacimiento no podía ser sino verdadero. No es difícil fabricar un certificado que asegure con timbres y estampillas, que se es turco; no es fácil, en cambio, nacer en Turquía. Y mi modo de hablar no se prestaba a equívocos: lo hiciera como lo hiciese, en voz alta o a media voz, era un argentino, más aún, un bonaerense, que no puede ser confundido con un peruano o con un cubano y ni siquiera con un provinciano; a pesar de que mi tono, por ser descendiente de personas de lengua española, era suave, sin las estridencias del descendiente de italianos. Pero todo esto no tenía valor, y gracias a ello llegué a convencerme de que lo mismo habría sido nacer en las selvas del Brasil o en las montañas del Tibet, y si continuaba asegurando, ingenuamente, mi ciudadanía bonaerense, era porque me resultaba más sencillo que asegurar que había nacido en Matto Grosso o en El-Lejano-País-de-los-Hombres-de-Cara-Roja…
       Claro está que esto ocurría sólo con aquella gente; con la otra, con la de mi condición, con aquellos que rara vez poseen certificados o los poseen de varias nacionalidades, sucedía lo contrario: me bastaba decir que era de Buenos Aires para que lo aceptaran como artículo de fe. Estos creían en las personas; aquéllos, en los papeles, y recuerdo aún la sorpresa que experimenté un día en que un hombre alto, flaco, de gran nariz aguileña, ojos grises y nuez que hacía hermoso juego con la nariz —era como una réplica— y a quien encontré mirando con extraña expresión los pececillos de la fuente de una plaza pública de la ciudad de Mendoza, me contó, luego de engullir varios racimos de uva cogidos en una viña a que yo, casi en brazos, lo llevara, que era vasco. ¡Vasco! Si aquel hombre, en vez de decir eso, hubiese sacado de sus bolsillos una cría de caimán o un polluelo de ñandú, mi sorpresa y regocijo no habrían sido más vivos. ¡Un vasco! Conocí muchos, allá, en mi lejana Buenos Aires, pero éstos, lecheros todos, de pantalones bombachos y pañuelo al cuello, desaparecieron junto con mi infancia y no tenían nada que ver con éste, encontrado por mí en una plaza pública: este vasco era mío. Después de animarle a que comiera, ahora con más calma, otro par de racimos, le pregunté todo lo que un hombre que ha salvado a otro de la muerte puede tener derecho a preguntarle, y, finalmente, mientras fumábamos unos apestosos cigarrillos ofrecidos por uno de los vagabundos que conocía yo en Mendoza y que llegó hasta allí, como nosotros, a dar fe de la calidad de las uvas cuyanas, le rogué que hablara algunas palabras en su lengua natal; pero aquel hombre, que sin duda se había propuesto deslumbrarme, hizo más: cantó, sí, cantó. No entendí, por supuesto, nada, ni una palabra —dun-dun-ga-sí-bañolé—; no obstante, aunque no entendí, y aunque la canción y sus palabras podían ser, menos o más que vascas, checas o laponas no cometí, ni por un segundo, la insolencia de sospechar que no lo eran. ¿Para qué y por qué me iba a engañar…? Aquel vasco, junto con todos los otros vascos, desapareció en medio de los días de mi juventud. Era piloto de barco. ¿Qué hacía en Mendoza, a tantas millas del mar? Me contestó con un gesto que tanto podía significar naufragio como proceso por contrabando. No le vi más. Sin embargo, si dos días después alguien hubiera venido a decirme que aquel hombre no era vasco sino catalán, y que lo que cantaba no eran zorcicos sino sardanas, ese alguien hubiera pasado, con seguridad, un mal rato).


4

      ¿Escribir? ¿A quién? Menos absurdo era proponerse encontrar un camello pasando por el ojo de la aguja que un pariente mío en alguna de las ciudades del Atlántico sur, preferidas por ellos. Mis parientes eran seres nómadas, no nómadas esteparios, apacentadores de renos o de asnos, sino nómadas urbanos, errantes de ciudad en ciudad y de república en república. Pertenecían a las tribus que prefirieron los ganados a las hortalizas y el mar a las banquetas del artesanado y cuyos individuos se resisten aún, con variada fortuna, a la jornada de ocho horas, a la racionalización en el trabajo y a los reglamentos de tránsito internacional, escogiendo oficios —sencillos unos, complicados o peligrosos otros— que les permiten conservar su costumbre de vagar por sobre los trescientos sesenta grados de la rosa, peregrinos seres, generalmente despreciados y no pocas veces maldecidos, a quienes el mundo, envidioso de su libertad, va cerrando poco a poco los caminos… Nuestros padres, sin embargo, en tanto sus hijos crecieron, llevaron vida sedentaria, si vida sedentaria puede llamarse la de personas que durante la infancia y la adolescencia de un hijo cambian de residencia casi tantas veces como de zapatos. Habrían preferido, como los pájaros emigrantes, permanecer en un mismo lugar hasta que la pollada se valiera por sí misma, pero la estrategia económica de la familia por un lado y las instituciones jurídicas por otro, se opusieron a ello: mi padre tenía una profesión complicada y peligrosa. Ni mis hermanos ni yo supimos, durante nuestra primera infancia, qué profesión era e igual cosa le ocurrió a nuestra madre en los primeros meses de su matrimonio: mi padre aseguraba ser comerciante en tabacos, aunque en relación con ello no hiciera otra cosa que fumar, pero como poco después de casados mi madre le dijera, entre irónica y curiosa, que jamás había conocido comerciante tan singular, que nunca salía de la casa durante el día y sí casi todas las noches, regresando al amanecer, mi padre, aturullado y sonriente, bajo su bigotazo color castaño, confesó que, en realidad, no era comerciante, sino jugador, y en jugador permaneció, aunque no por largo tiempo: un mes o dos meses después, el presunto tahúr, salido de su casa al anochecer, no llegó contra su costumbre, a dormir ni tampoco llegó al día siguiente ni al subsiguiente, y ya iba mi madre a echarse andar por las desconocidas calles de Río de Janeiro, cuando apareció ante ella, y como surgido mágicamente, un ser que más que andar parecía deslizarse y que más que cruzar los umbrales de las puertas parecía pasar a través de ellas. Por medio de unas palabras portuguesas y otras españolas, musitadas por el individuo, supo mi madre que su marido la llamaba.
       Sorprendida y dejándose guiar por la sombra, que se hacía más deslizante cuando pasaba cerca de un polizonte, llegó ante un sombrío edificio; y allí la sombra, que por su color y aspecto parecía nacida tras aquellos muros, dijo, estirando un largo dedo:
       —Pregunte usted por ahí a O Gallego.
       —¿Quién es O gallego? —preguntó mi madre, asombrada.
       —O seu marido —susurró el casi imponderable individuo, asombrado también. Y desapareció, junto con decirlo, en el claro y caliente aire de Río; era la cárcel, y allí, detrás de una reja, mi madre encontró a su marido, pero no al que conociera dos días atrás, el limpio y apacible cubano José del Real y Antequera, que así decía ser y llamarse, sino al sucio y excitado español Aniceto Hevia, apodado El Gallego, famoso ladrón. Tomándose de la reja, cuyos barrotes abarcaban apenas sus manos, mi madre lanzó un sollozo, en tanto El Gallego, sacando por entre los barrotes sus dedos manchados de amarillo, le dijo, acariciándole las manos: “No llores, Rosalía, esto no será largo, tráeme ropa y cigarrillos”. Le llevó ropa y cigarrillos, y su marido, de nuevo limpio, presentó el mismo aspecto de antes, aunque ahora detrás de una reja.
       Un día, sin embargo, se acabó el dinero, pero al atardecer de ese mismo día la dueña de la casa, muy excitada, acudió a comunicarle que un señor coronel preguntaba por ella. “Será…”, pensó mi madre, recordando al casi imponderable individuo, aunque éste jamás llegaría a parecer coronel, ni siquiera cabo; no era él; así como éste parecía estarse diluyendo, el que se presentó parecía recién hecho, recién hecho su rosado cutis, su bigote rubio, sus ojos azules, su ropa, sus zapatos. “Me llamo Nicolás —dijo, con una voz que sonaba como si fuese usada por primera vez—; paisano suyo; soy amigo de su marido y he sido alguna vez su compañero. Saldrá pronto en libertad; no se me aflija”, y se fue, y dejó sobre la mesa un paquetito de billetes de banco, limpios, sin una arruga, como él, y como él, quizá, recién hechos. Mi madre quedó deslumbrada por aquel individuo, y aunque no volvió a verle sino detrás de una corrida de barrotes y de una fuerte rejilla de alambre, vivió deslumbrada por su recuerdo; su aparición, tan inesperada en aquel momento, su apostura, su limpieza, su suavidad, su desprendimiento, lo convirtieron, a sus ojos, en una especie de arcángel; por eso, cuando mi padre, varios años después, le comunicó que Nicolás necesitaba de su ayuda, ella, con una voz que indicaba que iría a cualquier parte, preguntó:
       “¿Dónde está?”. El arcángel no estaba lejos; mi padre, dejando sobre la mesa el molde de cera sobre el que trabajaba, contestó, echando una bocanada de humo por entre su bigotazo ya entrecano: “En la Penitenciaría. ¿Te acuerdas de aquellos billetitos que regalaba en Brasil? Veinticinco años a Ushuala”. Mi madre me llevó con ella: allí estaba Nicolás, recién hecho, recién hecho su rosado cutis, su bigote rubio, sus ojos azules, su gorra y su uniforme de penado; hasta el número que lo distinguía parecía recién impreso sobre la recia mezcla. Hablaron con animación, aunque en voz baja, mientras yo, cogido de la falda de mi madre, miraba a la gente que nos rodeaba: penados, gendarmes, mujeres que lloraban, hombres que maldecían o que permanecían silenciosos, como si sus mentes estuvieran vagando en libertad, y niños que chupaban, tristes, caramelos o lloraban el unísono con sus madres. Nicolás, ayudado por un largo alambre, pasó a mi madre a través de los barrotes y la rejilla un gran billete de banco, no limpio y sin arrugas, como los de Río, sino estrujado y fláccido, como si alguien lo hubiese llevado, durante años y doblado en varias partes, oculto entre las suelas del zapato. Ni aquel billete, sin embargo, ni las diligencias de mi madre sirvieron de nada: después de dos tentativas de evasión, en una de las cueles sus compañeros debieron sacarle a tirones y semiasfixiado del interior de los cañones del alcantarillado de la penitenciaría, Nicolás fue sacado y enviado a otro penal del sur, desde donde, luego de otro intento de evasión, frustrado por el grito de dolor que lanzara al caer al suelo, de pie, desde una altura de varios metros, fue trasladado a Tierra Fuego, en donde, finalmente, huyendo a través de los lluviosos bosques, murió, de seguro tal como había vivido siempre: recién hecho; pero, a pesar de lo asegurado por él, mi padre no salió tan pronto en libertad: los jueces, individuos sin imaginación, necesitaron muchos días para convencerse, aunque de seguro sólo a medias, de que Aniceto Hevia no era, como ellos legalmente opinaban, un malhechor sino que, como aseguraba, también legalmente, el abogado, un bienhechor de la sociedad, puesto que era comerciante: su visita al departamento que ocupaba la Patti en el hotel se debió al deseo de mostrar a la actriz algunas joyas que deseaba venderle. ¿Joyas? Sí, señor juez, joyas.
       Un joyero alemán, cliente del los ladrones de Río, facilitó, tras repetido inventario, un cofre repleto de anillos, prendedores y otras baratijas. ¿Por qué eligió esa hora? ¿Y a qué hora es posible ver a las artistas de teatro? ¿Cómo entró? La puerta estaba abierta:
       “El señor juez sabe que la gente de teatro es desordenada; todos los artistas lo son; mi defendido, después de llamar varias veces…”. Mi madre, próxima a dar a luz, fue llevada por el abogado ante el tribunal y allí no sólo aseguró todo lo que el ente jurídico le indicó que asegurara, sino que lloró mucho más de lo aquel le insinuara. Días después, y a las pocas horas de haber nacido João, su primogénito. El Gallego volvió a su casa, aunque no solo; un agente de policía, con orden de no abandonarle ni a sol ni a sombra y de embarcarle en el primer barco que zarpara hacia el sur o hacia el norte, le acompañaba. Otros días más y mi padre, acompañado de su mujer, que llevaba en sus brazos a su primer hijo, partió hacia el sur; el abogado, con la cartera repleta de aquellos hermosos billetes que repartía Nicolás, fue a despedirle al muelle; y allí estaba también el casi imponderable individuo, mirando con un ojo a mi padre y con el otro al agente de policía… Y así siguió la vida, de ciudad en ciudad, de república en república; nacían los hijos, crecíamos los hijos; mi padre desaparecía por cortas o largas temporadas; viajaba, se escondía o yacía en algún calabozo; reaparecía, a veces con unas hermosas barbas, siempre industrioso, trabajando sus moldes de cera, sus llaves, sus cerraduras.
       Cuando pienso en él me pregunto: ¿por qué? Más de una vez y a juzgar por lo que le buscaba la policía, tuvo en sus manos grandes cantidades de dinero; era sobrio, tranquilo, económico y muy serio en sus asuntos: de no haber sido ladrón habría podido ser elegido, entre muchos, como el tipo del trabajador con que sueñan los burgueses y los marxistas de todo el mundo, aunque con diversas intenciones y por diferentes motivos. Las cerraduras de las casas, o a veces sólo cuartos, en que vivíamos, funcionaban siempre como instrumentos de alta precisión: no rechinaban, no oponían resistencia a las llaves y casi parecían abrirse con la sola aproximación de las manos, como si entre el frío metal y los tibios dedos existiera alguna oculta atracción. Odiaba las cerraduras descompuestas o tozudas y una llave torpe o un candado díscolo eran para él lo que para un concertista en guitarra puede ser un clavijero vencido; sacaba las cerraduras, las miraba con curiosidad y con ternura, como preguntándoles por qué molestaban, y luego, con una habilidad imperceptible, tocaba aquí, soltaba allá, apretaba esto, limaba lo otro, y volvía a colocarlas, graduando la presión de los tornillos; metía la llave, y la cerradura, sin un roce, sin un ruido, jugaba su barba y su muletilla.
       Gracias a esa habilidad no tenía yo a quien escribir.


5

      Había pasado malos ratos, es cierto, pero me pareció natural y lógico pasarlos: eran quizá una contribución que cada cierto tiempo era necesario pagar a alguien, desconocido aunque exigente, y no era justo que uno solo, mi padre, pagara siempre por todos. Los cuatro hermanos estábamos ya crecidos y debíamos empezar a aportar nuestras cuotas, y como no podíamos dar lo que otros dan, trabajo o dinero, dimos lo único que en ese tiempo, y como hijos de ladrón, teníamos: libertad y lágrimas. Siempre me ha gustado el pan untado con mantequilla y espolvoreado de azúcar, y aquella tarde, al regresar del colegio, me dispuse a comer un trozo y a beber un vaso de leche. En ello estaba cuando sonaron en la puerta de calle tres fuertes golpes. Mi madre, que cosía al lado mío, levantó la cabeza y me miró: los golpes eran absurdos; en la puerta, a la vista de todos estaba el botón del timbre. El que llamaba no era, pues, de la casa y quería hacerse oír inequívocamente. ¿Quién podría ser? Mis hermanos llegaban un poco más tarde y, por otro lado, podían encontrar a ojos cerrados el botón del timbre; en cuanto a mi padre, no sólo no golpeaba la puerta ni tocaba el timbre; ni siquiera le oíamos entrar: aparecía de pronto, como surgiendo de la noche o del aire, mágicamente. Sus hijos recordaríamos toda la vida aquella noche en que apareció ante la puerta en los momentos en que terminábamos una silenciosa comida; hacía algún tiempo que no le veíamos —quizá estaba preso—, y cuando le vimos surgir y advertimos la larga y ya encanecida barba que traía, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, rompimos a llorar, tal vez de alegría, quizá de miedo… Mi madre, sin embargo, parecía saberlo, pues me dijo, levantándose:
       —Bébete pronto esa leche.
       La bebí de un sorbo y me metí en la boca, en seguida, casi la mitad del pan. Me sentí azorado, con el presentimiento de que iba a ocurrir algo desconocido para mí. Mi madre guardó el hilo, la aguja, el dedal y la ropa que zurcía; miró los muebles del comedor, como para cerciorarse de que estaban limpios o en orden y se arregló el delantal; me miró a mí también; pero con una mirada diferente a la anterior, una mirada que parecía prepararme para lo que luego ocurrió. Estaba dándole fin al pan y nunca me pareció más sabroso: la mantequilla era suave y el azúcar que brillaba sobre ella me proporcionó una deliciosa sensación al recogerla con la lengua, apresuradamente, de las comisuras de los labios. Cuando mi madre salió al patio la puerta retembló bajo tres nuevos, más fuertes y más precipitados golpes y después del último —sin duda eran dos o más personas que esperaban— sonó el repiqueteo de la campanilla, un repiqueteo largo, sin intervalos; el que llamaba estaba próximo a echar abajo la puerta. Concluí de comer el pan, recogí el vaso y su platillo, que puse sobre el aparador, y di un manotón a las migas que quedaban sobre la mesa.
       Entre uno y otro movimiento oí que mi madre abría la puerta y que una voz de hombre, dura y sin cortesía, casi tajante, decía algo como una pregunta; la voz de mi madre, al responder, resultó increíblemente tierna, casi llorosa; la frase que pronunció en seguida el hombre pareció quemar el delicado brote. Hubo un breve diálogo, la puerta sonó como si la empujaran, con brusquedad y un paso de hombre avanzó por el corredor de baldosas. Yo escuchaba. La distancia desde la puerta de calle hasta la del comedor era de quince pasos, quince pasos contados innumerables veces al recorrer la distancia en diversas formas: caminando hacia adelante o hacia atrás, de este lado y con los ojos abiertos o de este otro y con los ojos cerrados, sin hallar nunca una mayor o menor diferencia.
       Detrás de los pasos del hombre sonaron, precipitados, los de mi madre: para ella, baja de estatura como era, los pasos eran dieciocho o diecinueve…
       Cuando el desconocido —pues no me cabía duda alguna de que lo era— apareció frente a la puerta del comedor, yo, todavía relamiéndome, estaba de pie detrás de la mesa, los ojos fijos en el preciso punto en que iba a surgir; no se me ocurrió sentarme o moverme del lugar en que estaba en el instante en que di el manotón a las migas, o, quizá, el diálogo o los pasos me impidieron hacerlo. El hombre llegó, se detuvo en aquel punto y miró hacia el interior: allí estaba yo, con mis doce años, de pie, sin saber qué cara poner a su mirada, que pareció medir mi estatura, apreciar mi corpulencia, estimar mi desarrollo muscular y adivinar mis intenciones. Era un hombre alto, erguido, desenvuelto; entró, dio una mirada a su alrededor y vio, sin duda, todo, los muebles, las puertas, el bolsón con mis cuadernos sobre una silla, las copas, los colores y las líneas de los papeles murales, quizá si hasta las migas, y se acercó a mí:
       —¿Cómo te llamas?
       Hice un esfuerzo, y dije mi nombre. La voz de mi madre, más entonada ahora, irrumpió:
       —El niño no sabe nada; ya le he dicho que Aniceto no está en casa.
       Otros dos hombres aparecieron en la puerta y uno de ellos, al girar, mostró una espalda como de madera.
       —¿Dónde está tu padre?
       Mi madre se acercó, y el hombre, después de mirarla, pareció reaccionar; su voz bajó de tono:
       —Me doy cuenta de todo y no quiero molestarla, señora, pero necesito saber dónde está El Gallego.
       La voz de mi madre tornó a hacerse tierna, como si quisiese persuadir, por medio de su ternura, a aquel hombre:
       —Ya le he dicho que no sé dónde está; desde ayer no viene a casa.
       Si había algo que yo, en esos tiempos, quería saber siempre, era el punto en que mi padre, en cualquier momento, pudiera encontrarse.
       ¿Para dónde vas papá?
       —Para el norte; tal vez llegue hasta Brasil o Perú.
       —¿Por dónde te vas?
       —A Rosario, y después…, río arriba.
       Marcaba su camino en los mapas de mis textos de estudio y procuraba adivinar el punto que mencionaría en su próxima carta; venían nombres de pueblos, de ríos, de obscuros lugares, selvas, montañas; después, sin aviso previo, las cartas empezaban a llegar desde otro país y entonces me sentía como perdido y sentía que él también estaba un poco perdido para nosotros y quizá para él mismo. Caminaba, con sus silenciosos y seguros pasos, las orillas de los ríos del nordeste argentino, las ciudades de las altas mesetas bolivianas y peruanas, los húmedos pueblos de la costa tropical del Pacífico oriental, los lluviosos del sur de Chile: Concordia, Tarija, Paso de los Libres, Arequipa, Bariloche, Temuco, eran, en ciertos momentos, familiares para nosotros.
       —Aquí está.
       Iba hacia el norte, giraba hacia el este, tornaba al sur; sus pasos seguían el sol o entraban en la noche; de pronto desaparecía o de pronto regresaba.
       Aquella vez, sin embargo, a pesar de haberle visto la noche anterior, ignoraba su paradero:
       —No sé.
       Uno de los policías intervino:
       ¿Lo buscamos en la casa?
       El hombre rechazó la sugestión.
       —No, si estuviese habría salido.
       Hubo un momento de indecisión: mi madre, con las manos juntas sobre su vientre y debajo del delantal, miraba el suelo, esperando; el hombre de la voz tajante pensaba, vacilando, sin duda sobre qué medida tomar; los otros dos policías, sin responsabilidad, de pie aún en el patio, miraban, con aire de aburrimiento muscular, los racimos de uva que pendían del parrón. Yo miraba a todos. El hombre se decidió:
       —Lo siento, pero es necesario que me acompañe.
       —¿Adónde? —interrogó mi madre. Su voz, inesperadamente, se hizo dura.
       —Al Departamento de Policía.
       —Pero ¿por qué?
       —Es necesario.
       Mi madre calló; preguntó después:
       —¿Y el niño?
       El hombre me miró y miró de nuevo el bolsón de mis libros. Dudó un instante: su mente, al parecer, no veía claramente el asunto pero, como hombre cuya profesión está basada en el cumplimiento del deber a pesar de todo, optó por lo peor:
       —El niño también.
       —¿Por qué el niño?
       Nuevamente vaciló el hombre: el deber lo impulsaba, sin dirigirlo; por fin, como quien se desprende de algo molesto, dijo:
       —Tiene que ir; estaba aquí.
       Después de vestirse mi madre y de hablar con una vecina, encargándole la casa, salimos a la calle.
       No fuimos, sin embargo, al Departamento de Policía: el resto de esa tarde y la para nosotros larga noche que siguió, permanecimos sentados en los bancos de una comisaría: allí nos dejaron, sin explicaciones previas, los tres policías, que desaparecieron. Mi madre no habló casi nada durante esas doce o catorce horas, excepto al pedir a un gendarme que nos comprara algo de comida: no lloró, no suspiró. Por mi parte, la imité; mientras estuviera al lado de ella me era indiferente que hablara o enmudeciera; lo importante era que estuviese. A las siete u ocho de la mañana, con el cuerpo duro, nos sacaron de allí: ella debía ir al Departamento de Policía, pero a la sección de mujeres; a mí se me consideraba ya hombre y debía ir a la sección correspondiente. Tampoco habló nada al bajar del carro policial, frente al Departamento, donde nos separaron, yéndose ella en compañía de un agente y siguiendo yo a otro.
       ¿Qué podía decirme? Su corazón, sin duda, estaba atribulado, pero cualquier frase, aún la más indiferente, habría empeorado las cosas; por otra parte, ¿cómo decir nada, allí, delante de los policías?
       Al entrar en el calabozo común, empujado por la mano de un gendarme, vi que los detenidos me miraban con extraordinaria curiosidad: no era aquél sitio adecuado para un niño de doce años, de pantalón corto aún, vestido con cierta limpieza y de aspecto tímido. ¿Quién era y qué delito podía haber cometido? A un Departamento de Policía no se entra así como así: es lugar destinado a individuos que han cometido, que se supone han cometido o que se les atribuye haber cometido un hecho punible, llegar por una contravención municipal, por haber roto un vidrio o por haberse colgado de un tranvía, es trastornar todo el complicado aparato jurídico. Debía ser, dada mi edad, un raterillo, aunque un raterillo extraordinario. Pero el ellos no sabían quién era yo, yo, por mi parte, no podía decirlo; apenas entrado en el calabozo sentí que toda mi entereza, todo el valor que hasta ese momento me acompañara, y que no era más que el reflejó de la presencia de mi madre, se derrumbaba.
       Busqué a mi alrededor dónde sentarme y no vi otro asiento que los tres escalones de ladrillo que acababa de pisar para llegar hasta el piso del calabozo, en desnivel con el del patio; allí me senté, incliné la cabeza, y mientras buscaba, a prisa, un pañuelo en mis bolsillos, lancé un espantoso sollozo que fue seguido de un torrente de lágrimas.
       Los presos que se paseaban se detuvieron y los que hablaban, callaron. Ignoro cuánto tiempo sollocé y lloré. Una vez que hube llorado bastante, apaciguado mis nervios, secado mis ojos y sonado mis narices, sentí que me invadía una sensación de vergüenza y miré a mi alrededor; un hombre estaba frente a mí, un hombre que no sentí acercarse —usaba alpargatas— y que, a dos pasos de distancia, esperaba que terminara de llorar para hablarme.
       Sonreía, como disculpándose o como queriendo ganar mi confianza y me dijo, acercándose más y poniéndose en cuclillas ante mí:
       ¿Por qué lo traen?
       Su voz resultó tan bondadosa que casi rompí a llorar de nuevo. Me retuve, sin embargo y, como no supe qué contestar, me encogí de hombros:
       ¿Viene con proceso?
       No sabía qué significaba aquello y callé. El hombre, era poco más que un mocetón, se turbó y miró a los demás presos, pidiendo ayuda. Un individuo entrado ya en la vejez, bajo y calvo, derrotado de ropa, la barba crecida y la cara como sucia, se acercó. Los demás presos esperaron:
       —¿Por qué está preso? ¿Qué ha hecho?
       Su voz era menos suave que la del joven, aunque más directa y urgente. ¿Era curiosidad o simpatía?
       Contesté:
       —No he hecho nada.
       —¿Por qué lo trajeron, entonces?
       Buscaban a mi padre; no estaba y nos trajeron a nosotros.
       —¿Quién más?
       —Mi madre.
       —¿Quién es su padre?
       —Aniceto Hevia.
       —¿El Gallego? —preguntó el joven.
       Asentí, un poco avergonzado del apodo: en la intimidad mi madre lo llamaba así y era para nosotros un nombre familiar. Allí resultaba tener otro sentido y casi otro sonido. Los hombres se miraron entre sí y el viejo habló de nuevo, siempre urgente, como si no hubiera tiempo que perder:
       —Pero usted ha hecho nada…
       —Nada —dije, encogiéndome de hombros, extrañado de la insistencia.
       El viejo se irguió y se alejó. Los inocentes no le importaban. El joven dijo:
       —Su padre está aquí.
       Miré hacia el patio.
       —No puede ser. No estaba en casa y nadie sabía dónde estaba.
       Aseguró:
       —Lo tomaron anoche.
       Lo miré, incrédulo.
       —Sí, acaba de pasar; lo llevaban a la jefatura.
       Me tranquilicé por una parte y me dolí por otra: me tranquilicé porque supe dónde estaba y me dolí porque estuviese allí. De modo que lo habían detenido… Me expliqué el abandono en que nos dejaron en la comisaría. Durante aquellas horas lo imaginé marchando hacia el sur, no caminando ni viajando en tren, sino deslizándose a ras del suelo, en el aire, rápida y seguramente —tal como a veces me deslizaba yo en sueños—, inaprensible e incontrolable, perdiéndose en la pampa.
       —Lo tomó Aurelio.
       —¿Aurelio?
       —Sí. ¿No lo conoce?
       La conversación era difícil, no sólo porque no existía ningún punto de contacto entre aquel hombre y yo, sino porque, con seguridad, no lo habría aunque los dos llegáramos a ser —¿quién sabe si ya lo éramos?— de la misma categoría. Veía en él algo que no me gustaba y ese algo era su excesivo desarrollo muscular, visible principalmente en las piernas, gruesas en demasía, y en sus hombros, anchos y caídos. ¿Quién era? A pesar de su voz bondadosa no había en él nada fino, y ni sus ojos claros ni su pelo rubio y ondeado, ni su piel blanca, ni sus manos limpias me inclinaban hacia él. Noté, de pronto, que me hacía con los ojos un guiño de advertencia: “Mire hacia el patio”.
       Miré: el hombre de la tarde anterior, el de la voz tajante, atravesaba el patio, saliendo de la sombra al sol. Caminaba con pasos firmes, haciendo sonar los tacones sobre las baldosas de colores.
       —Ese es Aurelio.
       Durante un instante sentí el deseo de llamarle:
       “Eh, aquí estoy”, pero me retuve. Estaba yo en una zona en que la infancia empezaba a transformarse y mi conciencia se daba un poco cuenta de ese cambio. Una noche en una comisaría y un día, o unas horas nada más, en el calabozo de un Departamento de Policía, junto a unos hombres desconocidos, era toda mi nueva experiencia y, sin embargo, era suficiente. En adelante nada me sorprendería y todo lo comprendería, por lo menos en los asuntos que a mí y a los míos concernieran.
       No tenía ningún resentimiento contra el hombre cuyo nombre acababa de conocer; sospechaba que cumplía, como mi padre y como todos los demás hombres, un deber que no podía eludir sin dejar de ser obligatoriamente era; pero nuestros planos eran diversos debíamos mantenernos en ellos, sin pasar del uno al otro sino algunas veces, forzados por las circunstancias y sin dejar de ser lo que éramos: un policía y un hijo de ladrón: No era antipático, no se mostró ni violento ni insolente con mi madre y su conducta era su conducta. Sería para mí, en adelante y para siempre, el hombre que por primera vez me llevó preso.
       En el momento en que giraba la cabeza para mirar al hombre con quien mantenía aquel diálogo, sentí unos pasos que conocía y que me hicieron detener el movimiento: los paso de mi padre, esos pasos que sus hijos y su mujer oíamos en la casa, durante el día, cuando caminaba sólo para nosotros, haciendo sonar el piso rápida y lentamente, pero con confianza, sin temor al ruido que producían o a quienes los escuchaban, esos pasos que iban disminuyendo de gravedad y de sonido en tanto se acercaba la noche, tornándose más suaves, más cautelosos, hasta hacerse ineludibles: parecía que a medida que se dilataban las pupilas de los gatos los pasos de mi padre perdían su peso. Giré de nuevo la cabeza, al mismo tiempo que me erguí para verlo a mi gusto y para que él también me viera. Dio vuelta al extremo del corredor: era siempre el hombre delgado, alto, blanco, de bigote canoso, grandes cejas, rostro un poco cuadrado y expresión adusta y bondadosa. Miraba hasta el suelo mientras caminaba, pero al entrar en patio y alcanzar la luz levantó la cabeza: frente a él y tras la reja de un calabozo para detenidos comunes estaba su tercer hijo. Su paso se entorpeció y la dirección de su marcha sufrió una vacilación: pareció detenerse; después, arrepentido, tomó hacia la derecha y luego hacia la izquierda.
       —Por aquí —le advirtió el gendarme, tocándole el brazo.
       Él sabía de sobra para dónde y por dónde debía ir. Me vio, pero nada en él, fuera de aquella vacilación en su marcha, lo denotó. Llevaba un pañuelo de seda alrededor del cuello y su ropa estaba limpia y sin arrugas, a pesar de la mala noche que, como nosotros, había pasado. Desapareció en el otro extremo del patio y yo, volviéndome, me senté de nuevo en el escalón. Los hombres del calabozo, testigos de la escena, estaban todavía de pie, inmóviles, mirándome y esperando la reacción que aquello me produciría. Pero no hubo reacción visible: había llorado una vez y no lloraría una segunda. Lo que sentí les pasó inadvertido y era algo que no habría podido expresar con palabras en aquel momento: una mezcla de sorpresas, de ternura, de pena, de orgullo, de alegría; durante un rato sentí un terrible espasmo en la garganta, pero pasó. Mi padre sabía que yo estaba allí y eso era lo importante. Los hombres, abandonando su inmovilidad y su mudez, se movieron de nuevo para acá y para allá y reanudaron sus conversaciones, y hasta el joven, que pareció al principio tener la esperanza de ser actor o testigo de una escena más larga y más dramática, quedó desconcertado e inició un paso para irse; otro ruido de pasos lo detuvo: era ahora un caminar corto y rápido, un poco arrastrado, pero tan poco que sólo un oído fino podía percibir la claudicación; unos años más, sin embargo, y la claudicación sería evidente. La marcha se detuvo detrás de mí y en el mismo momento sentí que una mano tocaba mi hombro. El joven detuvo su movimiento, como yo antes el mío, y se inmovilizó, en tanto yo, girando de nuevo, me erguí; detrás de la reja, dentro de un traje gris verdoso de gendarme, estaba un viejecillo pequeño y delgado: sus cejas eran quizá tan largas y tan canosas como sus bigotes, y unos ojos azules, rientes, miraban como de muy lejos desde debajo de un quepis con franja roja; me dijo, con voz cariñosa:
       —¿Es usted el hijo de El Gallego?
       No sé por qué, aquella pregunta y aquel tono de voz volvieron a hacer aparecer en mi garganta el espasmo que poco antes logré dominar. No pude hablar y le hice un gesto afirmativo con la cabeza.
       —Acérquese —me dijo.
       Me acerqué a la reja y el viejecillo colocó su mano como de niño, pero arrugadita, sobre mi antebrazo:
       —Su papá pregunta por qué está aquí; qué ha pasado.
       Me fijé en que llevaba en la mano izquierda, colgando de un gran aro, una cantidad de llaves de diversos tamaños. Respondí, contándole lo sucedido. Me preguntó:
       ¿Así es que su mamá también está detenida?
       —En la Sección de Mujeres.
       —Y usted, ¿necesita algo?
       —Nada.
       —¿Dinero?
       —No. ¿Para qué?
       —¿Qué le preguntaron en la comisaría?
       Nadie nos hizo el menor caso en la comisaría: los policías nos miraban con sorpresa, como preguntándose qué hacíamos allí. Alguien, sin embargo, sabría qué hacíamos allí y por qué estábamos, pero era, de seguro, alguien que no tenía prisa para con nadie, tal vez ni consigo mismo: nos consideraba, y consideraría a todo el mundo, como abstracciones y no como realidades; un policía era un policía y un detenido era un detenido, es decir, substantivos o adjetivos, y cuando por casualidad llegaba a darse cuenta de que eran, además, seres humanos, sufriría gran disgusto; tenía que preocuparse de ellos. El viejecillo volvió a palmearme el brazo:
       —Bueno; si necesita algo, haga llamar a Antonio; vendré en seguida.
       Se alejó por el patio, tiesecito como un huso, y allí me quedé, como en el aire, esperando nuevos acontecimientos. ¿Quién vendría ahora? Transcurrió un largo rato antes de que alguien se preocupara de mí, largo rato que aproveché oyendo las conversaciones de los presos: procesos, condenas, abogados. ¿De qué iban a hablar? Antonio y un gendarme aparecieron ante la puerta y me llamaron; salí y fui llevado, a través de largos corredores, hasta una amplia oficina, en donde fui dejado ante un señor gordo, rosado, rubio, cubierto con un delantal blanco. Me miró por encima de sus anteojos con montura dorada y procedió a filiarme, preguntándome el nombre, apellidos, domicilio, educación, nombres y apellidos de mis padres. Al oír los de mi padre levantó la cabeza:
       —¡Hombre! ¿Es usted hijo de El Gallego?
       Su rostro se animó.
       Respondí afirmativamente.
       —Lo conozco desde hace muchos años.
       La noticia me dejó indiferente. Se inclinó y dijo, con voz confidencial:
       —Fui el primero que le tomó en Argentina las impresiones digitales, y me las sé de memoria; eran las primeras que tomaba. ¿Qué coincidencia, no? Es un hombre muy serio. A veces lo encuentro por ahí.
       Claro es que no nos saludamos.
       Se irguió satisfecho.
       —A mí no me importa lo que es, pero a él seguramente le importa que yo sea empleado de investigaciones. Nos miramos, nada más, como diciéndonos: “Te conozco, mascarita”, pero de ahí no pasa. Yo sé distinguir a la gente y puedo decir que su padre es… cómo lo diré…, decente, sí, quiero decir, no un cochino; es incapaz de hacer barbaridades y no roba porquerías, claro, no roba porquerías. No. El Gallego, no.
       Mientras hablaba distribuía fichas aquí y allá en cajas que estaban por todos partes. Luego, tomando un pequeño rodillo empezó a batir un poco de tinta negra sobre trozo de mármol.
       —Por lo demás, yo no soy un policía, un pesquisa, nada; soy un empleado, un técnico. Todos sabemos distinguir a la gente. Además, sabemos quién es ése y quién es aquél. ¿Por qué traen a éste? Acogotó a un borracho para robarle dos pesos. Hágame el favor: por dos pesos… ¿Y a este otro? Se metió en una casa, lo sorprendieron e hirió al patrón y a un policía. ¿Qué hace usted con malevos así? Y este otro y el de más allá asaltaron a una mujer que iba a su trabajo o mataron a un compañero por el reparto de una ratería. Malas bestias, malas bestias. Palos con ellos; pero hay muchos y son los que más dan que hacer. La policía estaría más tranquila si todos los ladrones fuesen como su padre. Permítame.
       Me tomó la mano derecha.
       —Abra los dedos.
       Cogió el pulgar e hizo correr sobre él el rodillo lleno de tinta, dejándomelo negro.
       —Suelte el dedo, por favor; no haga fuerza; así.
       Sobre una ficha de varias divisiones apareció, en el sitio destinado al pulgar, una mancha chata, informe, de gran tamaño.
       —El otro; no ponga los dedos tiesos, suelto, si me hace el favor; eso es. ¿Sabe usted lo que ocurrió cuando por primera vez tomaron preso a su padre?
       Se trataba de ciento treinta mil pesos en joyas. ¿Se da cuenta? Ciento treinta mil de la nación… Bueno, cuando lo desnudaron para registrarlo —se había perdido, ¿sabe?, un solitario que no apareció nunca—, se armó un escándalo en el Departamento: toda su ropa interior era de seda y no de cualquiera, sino de la mejor. Ni los jefes habían visto nunca, y tal vez no se pondrían nunca, una ropa como aquélla. El director se hizo llevar los calzoncillos a su oficina; quería verlos. Usted sabe: hay gente que se disloca por esas cosas. El Gallego… salió en libertad a los tres meses. A los pocos días de salir mandó un regalo al gendarme del patio en que estuvo detenido y que, según parece, se portó muy bien con él: dicen que le escondió el solitario; quién sabe, un juego de ropa interior, pura seda; pero con eso arruinó al pobre hombre; renunció a su puesto y se hizo ratero, a los dos o tres meses, zas, una puñalada y si te he visto no me acuerdo; y no crea usted que lo mató un policía o algún dueño de casa o de negocio bueno para la faca; nada; sus mismos compañeros, que cada vez que lo miraban se acordaban de que había sido vigilante. El otro: así. Venga para acá.
       Me hizo sacar los zapatos y midió mi estatura.
       —¡Qué pichón! Le faltan cinco centímetros para alcanzar a su padre. ¿Usted estudia?
       —Sí, señor.
       —Hace bien: hay que estudiar; eso ayuda mucho en la vida. ¿Y dónde estudia?
       —En el Colegio Cisneros.
       —Buen colegio. ¿Tiene alguna señal particular en el cuerpo? ¿En la cara? Una cicatriz en la ceja derecha; un porrazo, ¿eh?, ojos obscuros; orejas regular tamaño; pelo negro; bueno, se acabó.
       Seguramente le tocará estar al lado de su padre, no por las impresiones, que son diferentes, sino por el nombre y el apellido. Váyase no más.
       Tocó el timbre y apareció el gendarme.
       —Lléveselo: está listo. Que le vaya bien, muchacho.
       Volví al calabozo. Los detenidos continuaban paseando y conversando. Se había formado una hilera que marchaba llevando el paso; al llegar al final del espacio libre, frente al muro, giraban al mismo tiempo y quedaban alineados, sin equivocarse.
       —Le dije al juez: soy ladrón, señor, no tengo por qué negarlo y si me toman preso es porque lo merezco; no me quejo y sé que alguna vez me soltarán: no hay tiempo que no se acabe ni tiento que no se corte; no soy criminal, robo nada más; pero me da ira que me tome preso este individuo: ha sido ladrón y ha robado junto conmigo; sí, señor, ha robado conmigo; hemos sido compañeros y nos hemos repartido algunos robos. No quiero que me tome preso: que llame a otro y me haga llevar, pero no quiero que me lleve él y siempre me le resistiré.
       Es agente ahora, dice usted; lo sé, pero que tome a otro, no a mí, que he sido su compañero. Un día me va a tomar con luna y no sé qué le va a pasar.
       —Es un desgraciado. También robó conmigo y si resulta tan buen agente como era buen ladrón, dentro de poco lo echarán a patadas.
       Paseando y conversando daban la sensación de que sus preocupaciones eran muy limitadas, que muy poco les importaba algo y que podrían estar allí todo el tiempo que a alguien, quienquiera que fuese, se le ocurriera, en tanto que escribientes, jueces, secretarios, copistas, abogados, ministros, receptores, agentes, se ocupaban de sus causas y procesos, escribiendo montañas de papel con declaraciones de testigos y contratestigos, recusaciones, pruebas, apelaciones, considerandos, resoluciones, sentencias, viajes para acá, viajes para allá, firme aquí y deme veinte pesos para papel sellado, pídaselos a la vieja, la vieja dice que no tiene un centavo ni para yerba; a mi hermano, entonces; también está preso, qué le parece que se los dé cuando salga, ¿cuándo salga?, ¿tengo cara de zonzo?, y por fin, a la Penitenciaría o a la calle, a seguir robando o a languidecer en una celda durante meses o años. El hombre joven, sentado en el suelo, sobre una colcha, parecía pensativo; a su lado, otro individuo, tendido sobre una frazada, dormía y roncaba suavemente. En todos ellos se notaba algo inestable y hablaban de asuntos que acentuaban esa sensación. Durante el largo rato, casi un día, que estuvo oyéndoles, ninguno habló de sus hijos, de sus padres, de su mujer, de su familia, y todos la tendrían o la habrían tenido, y aunque sin duda no era ese sitio adecuado para intimidades familiares y sentimentales, ¿cómo era posible que entre algunos de ellos, compañeros entre sí, no hablasen, aunque fuese a media voz, en un rincón, de cosas íntimas?
       —Me notificaron de sentencia y apelé.
       —Sí; el abogado pide doscientos pesos; el reloj no valía ni veinte. Lindo negocio ser ladrón.
       Con el tiempo, y sobre asuntos de su especialidad y profesión, oiría hablar así, aburrida y continuamente, a decenas de personas que parecían no tener más preocupaciones que las de su profesión o especialidad: carpinteros y albañiles, médicos y abogados, zapateros y cómicos. El hombre bajo y calvo, derrotado de ropas, de barba crecida y cara como sucia, se detuvo en el centro del calabozo.


6

       —Ya no más que preso y creo que moriré dentro de esta leonera. Gracias a la nueva ley, los agentes me toman donde esté, aunque sea en una peluquería, afeitándome. L. C., ladrón conocido; conocido, sí, pero inútil. Hace meses que no robo nada. Estoy —acobardado y viejo. Empecé a robar cuando era niño, tan chico que para alcanzar los bolsillos ajenos tenía que subirme sobre un cajón de lustrador, que me servía de disimulo. ¡Cuánto he robado y cuántos meses y años he pasado preso!
       ¡Cuántos compañeros he tenido y cuántos han dejado caer ya las herramientas! Los recuerdos a todos, con sus nombres y sus alias, sus mañas y sus virtudes, y recuerdo sobre todo a El Pesado; era un gran ladrón, aunque más antipático que todo un departamento de policía; nadie quería robar con él y los que, por necesidad, lo hacían, lloraban a veces de pura rabia. Tenía un bigotazo que le nacía desde más arriba de donde terminan las narices y que por abajo le habría llegado hasta el chaleco, si él, casi diariamente, no se lo hubiera recortado, pero lo recortaba sólo por debajo y de frente, dejándolo crecer a sus anchas hacia arriba. Robando era un fenómeno; perseguía a la gente, la pisoteaba, la apretaba, y algunos casi le daban la cartera con tal de que los dejara tranquilos. Los pesquisas hacían como que no lo veían, tan pesado era, y cuando alguna vez caía por estas leoneras, los ratas pedían que los cambiaran de calabozo. ¿Qué tenía? Era enorme, alto, ancho, le sobraba algo por todas partes y era antipático para todo: para hablar, para moverse, para robar, para comer, para dormir. Lo mató en la estación del sur una locomotora que venía retrocediendo. De frente no habría sido capaz de matarlo…
       “Hace muchos años. Ahora, apenas me pongo delante de una puerta o frente a un hombre que lleva su cartera en el bolsillo, me tiritan las manos y todo se me cae, la ganzúa o el diario; y he sido de todo, cuentero, carterista, tendero, llavero. Tal vez debería irme de aquí, pero ¿adónde? No hay ciudad mejor que ésta y no quiero ni pensar quo podría estar preso en un calabozo extraño. Es cierto: esta ciudad era antes mucho mejor; se robaba con más tranquilidad y menos peligros; los ladrones la echaron a perder. En esos tiempos los agentes lo comprendían todo: exigían, claro está, que también se les comprendiera, pero nadie les negaba esa comprensión: todos tenemos necesidades. Ahora…”.
       “No sé si ustedes se acuerdan de Victoriano Ruiz; tal vez no, son muy jóvenes; el caso fue muy sonado entre el ladronaje y un rata quedó con las tripas en el sombrero. ¡Buen viaje! Durante años Victoriano fue la pesadilla de los ladrones de cartera. Entró joven al servicio y a los treinta ya era inspector. Vigilaba las estaciones y estaba de guardia en la Central doce o catorce horas diarias. Para entrar allí había que ser un señor ladrón, no sólo para trabajar, sino también para vestir, para andar, para tratar. Ningún rata que no pareciese un señor desde la cabeza hasta los pies podía entrar o salir, y no muy seguido; Victoriano tenía una memoria de prestamista: cara que veía una vez, difícilmente se le borraba, mucho menos si tenía alguna señal especial”.
       “El Pesado entró dos veces, no para robar sino a tomar el tren, y las dos veces Victoriano lo mandó a investigaciones; no volvió más. Víctor Rey, gran rata, logró entrar una vez y salir dos; pero no perecía un señor: parecía un príncipe; se cambiaba ropa dos veces al día y las uñas le relucían como lunas. Salía retratado en una revista francesa; alto, moreno, de bigotito y pelo rizado, un poco gordo y de frente muy alta, parecía tan ladrón como yo parezco fiscal de la Corte de Apelaciones. Conocía a Victoriano como a sus bolsillos —antes a venir se informó— y la primera vez salió de la estación con veinticinco mil pesos y varios cheques. Era el tren de los estacioneros. Victoriano recibió la noticia como un joyero recibe una pedrada en el escaparate.
       Ningún carterista conocido ni ningún sospechoso entró aquel día a la estación ni fue visto en un kilómetro a la redonda. No se podía hablar de una pérdida de la cartera; el hombre la traía en un bolsillo interior del chaleco y Víctor debió desabrochárselo para sacársela. No cabía duda.
       Victoriano recorrió en su imaginación todas las caras extrañas vistas en ese día y esa hora. Conocía a todos los estacioneros y gente rica de la provincia, y ellos, claro está, también lo conocían. Al salir y pasar frente a él lo miraban de frente o de reojo, con simpatía, pero también con temor, pues la policía, cosa rara, asusta a todo el mundo y nadie está seguro de que el mejor día no tendrá que verse con ella. Entre aquellas caras extrañas no encontró ninguna que le llamara la atención. No se podía pensar en gente mal vestida; los ladrones de toda la república y aun los extranjeros sabían de sobra que meterse allí con los zapatos sucios o la ropa mala, sin afeitarse o con el pelo largo, era lo mismo que presentarse en una comisaría y gritar: “Aquí estoy; abajo la policía”. Los ayudantes de Victoriano lo sacaban como en el aire”.
       “¿Entró y salió el ladrón o entró nada más? Lo primero era muy peligroso: no se podía entrar y salir entre un tren y otro sin llamar la atención de Victoriano y sin atraerse a sus ayudantes. Víctor Rey salió, pues venía llegando, y bajó de un coche de primera con su maletín y con el aire de quien viene de la estancia y va al banco a depositar unos miles de pesos. Al pasar miró, como todas los de primera lo hacían, es decir, como lo hacían todos los que llevaban dinero encima —y él lo llevaba, aunque ajeno—, a Victoriano, que estaba parado cerca de la puerta y conversaba con el jefe de estación. Todo fue inútil: no encontró nada, una mirada, un movimiento, una expresión sospechosa. La víctima le dio toda clase de detalles, dónde venía sentado, quién o quiénes venían al frente o a los dos lados, con quién conversó, en qué momento se puso de pie y cómo era la gente que bajaba del coche, todo. Todo y nada”.
       “Victoriano se tragó la pedrada y declaró que no valía la pena detener preventivamente a nadie: el ladrón, salvo que fuera denunciado por otro ladrón, no sería hallado. Víctor Rey, que supo algo de todo esto por medio de los diarios, dejó pasar algún tiempo, dio un golpe en el puerto, otro en un banco, y después, relamiéndose, volvió a la Central; mostró su abono, subió al coche, se sentó y desde ahí miró a su gusto a Victoriano, que vigilaba la entrada en su postura de costumbre, debajo del reloj del andén, las piernas entreabiertas y las manos unidas en la espalda a la altura de los riñones; se bajó en la primera estación, llamó el mejor coche y se fue: siete mil patacones. Victoriano fue a la Dirección y preguntó al jefe si era necesario que presentara su renuncia; el jefe le preguntó qué le había picado. ¿Iba a perder su mejor agente nada más que porque un boquiabierto dejaba que le robaran su dinero? Ándate y no seas zonzo. Se metió el puro hasta las agallas y siguió leyendo el diario. El Inspector volvió a la estación y durante varios días pareció estar tragándose una boa.
       Alguien se estaba riendo de todos. Y no es que Victoriano fuese una mala persona, que odiara a los ladrones y que sintiera placer en perseguirlos y encarcelarlos; nada de eso: no iba jamás a declarar a los juzgados; mandaba a sus ayudantes; pero era un policía que estaba de guardia en una estación y debía cuidarla; era como un juego; no le importaba, por ejemplo, que se robara en un Banco, en un tranvía o a la llegada de los barcos y nunca detuvo a nadie fuera de la Central. Su estación era estación.
       Llamó a los ayudantes, sin embargo, y les pidió que fueran al Departamento y tiraran de la lengua a todos los ratas que encontraran, por infelices que fueran; era necesario saber si algún carterista extranjero había llegado en los últimos tiempos; y no se equivocaba en lo de extranjero. Víctor Rey era cubano, pero no sacaron nada en limpio: nadie sabía una palabra”.
       “Días después bajó de un tren de la tarde un señor de pera y ponchito de vicuña y habló con el inspector. ¿Qué es lo que sucede, para qué sirve la policía?, ¿hasta cuándo van a seguir los robos? ¡Me acaban da sacar la cartera! ¡Tenía doce mil nacionales! ¡Cien, doscientas, quinientas vacas!
       Victoriano sintió deseos de tomar un palo y darle con él en la cabeza; se contuvo y pidió al señor que se tranquilizara y le diera algunos datos: qué o quién llamó su atención, quién se paró frente a él o al lado suyo con algo sospechoso en la mano, un pañuelo, por ejemplo, o un sobretodo. El señor no recordaba; además, era corto de vista, pero sí, un poco antes de echar de menos la cartera, percibió en el aire un aroma de tabaco habano. Se puso los anteojos para ver quién se permitía fumar tan fino, pero nadie estaba fumando cerca de él. Por lo demás, toda la gente que le rodeaba le había parecido irreprochable. ¿Por qué va a ser sospechoso un señor que saca un pañuelo o lleva un diario en las manos? Total: nada. Victoriano rogó al señor que no dijera una palabra acerca del aroma del tabaco fino, y el señor, a regañadientes, pues aquello le parecía una estupidez, se lo prometió. De modo que se trataba de un fumador de finos tabacos…
       Bueno, podía ser, y no se equivocó: Víctor Rey adoraba el tabaco de su tierra y manejaba siempre en una cigarrera con monograma dos o tres puros de la más fina hebra de Vuelta Abajo. Un fumador de buenos tabacos debería ser un señor… ¿Cómo?”.
       “Se imaginó uno, pero sólo la casualidad hizo que diera con el rata. Víctor Rey pasó a su lado sólo minutos después de terminar uno de sus puros y llevando aún en los bigotes el perfume del Corona; Victoriano recibió en sus narices de perro de presa el aroma de que hablara el señor del ponchito. Se quedó de una pieza. Lo dejó alejarse y se colocó de modo de no perderlo de vista. Observó los movimientos; llevaba sobre todo en el brazo izquierdo y un maletín en la mano derecha; dejó éste en el asiento, y ya iba a dejar también el sobretodo, cuyo forro de seda era resplandeciente, cuando vio que un vejete se acercaba; lo tocó a la pasada: llevaba una cartera con la que apenas podía.
       Victoriano subió a la plataforma de un salto, y cuando Víctor Rey, ya lanzado sobre su presa, se colocaba en posición de trabajo y ponía una mano sobre el hombro del viejo para hacerlo girar, sintió que otra mano, más dura que la suya, se apoyaba sobre su hombro; viró, sorprendido, y se encontró con la cara de Victoriano. El Inspector pudo haber esperado y tomar al cubano con las manos en la masa, es decir, con la cartera del vejete en su poder, con lo cual lo habría metido en un proceso, pero eso no tenía importancia para él; no le importaba el vejete ni su cartera, y apenas si le importaba Víctor: lo que él quería era que nadie robase en su estación ni hasta unas diez estaciones más allá de la suya, por lo menos. Víctor Rey, por su parte, pudo haber resistido y protestar, decir que era un atropello, sacar billetes de a mil, mostrar sus anillos, su reloj, su cigarrera, pero, hiciera lo que hiciere, jamás volvería a entrar a aquella estación. ¿Para qué entonces? El escándalo, además, no le convenía.
       Sonrió a Victoriano y bajó del tren sin decir una palabra; nadie se enteró de la detención de una rata que llevaba robados allí una punta de miles de nacionales. Victoriano fue con él hasta el Departamento, en coche, por supuesto, ya que Víctor se negó a ir de otra manera, lo dejó en buenas manos y regresó a la estación fumándose uno de los puros de Víctor. El rata se lo obsequió.
       Al día siguiente, Víctor Rey fue embarcado en un vapor de la carrera Rosario-Buenos-Aires-Montevideo, dejando en manos de la policía —que no hubiese podido probarle su golpe en la estación ni en los bancos—, sus impresiones digitales, su retrato de frente y de perfil, sus medidas antropométricas —como decimos los técnicos— y todos los puros que le quedaban”.
       “Victoriano había ganado otra vez, pero no siempre ganaría; era hombre y alguna falla debía tener. Un día apareció: miraba desde el andén cómo la gente pasaba y repasaba por el pasillo de un coche de primera, cuando vio un movimiento que no le dejó duda: alguien se humedecía con la lengua las yemas de los dedos, es decir; había allí un ladrón que se preparaba para desvalijar a alguien y que empezaba por asegurarse de que la cartera no se le escurriría de entre los dedos cuando la tomase. (Es una mala costumbre, muchachos; cuidado con ella).
       Corrió hacia la portezuela del coche y subió a la plataforma; cuando miró hacia el pasillo el rata salía por la otra puerta: escapaba; llegó a la plataforma y giró para el lado contrario del andén, saltando a tierra. Victoriano retrocedió e hizo el mismo movimiento; se encontró con algo tremendo: una máquina que cambiaba línea había tomado al hombre, que yacía en el suelo, las piernas entre las ruedas y la cara hundida en la tierra; en la mano derecha tenía la cartera que acababa de sacar al pasajero. Victoriano corrió, lo tomó de los hombros y tiró de él; era tarde; la máquina le había destrozado la pierna derecha. El Inspector, que notó algo raro, la palpó los brazos y descubrió que el desgraciado tenía un brazo postizo… Gritó y acudió gente, empleados del tren, pasajeros, entre éstos la persona recién robada, que el ver la cartera se palpó el bolsillo, la recogió y volvió el tren, mudo de sorpresa. Victoriano, al arrastrar el cuerpo del hombre que se desangraba, se dio cuenta, por primera vez en su vida, de lo que representaba para la gente de esa estofa: su papel era duro y bastaba su presencia para asustarlos hasta el extremo de hacerlos perder el control. Ese hombre era un ladrón, es cierto, pero la sangre salía espantosamente de su pierna destrozada y la cara se le ponía como de papel; se asustó y se sintió responsable. Vinieron los ayudantes, se llamó a la ambulancia el herido fue trasladado al hospital; Victoriano fue con él y no lo dejó hasta que los médicos le dijeron que el hombre se salvaría: la pierna fue amputada un poco más arriba de la rodilla. No volvió a la estación. Se fue a su casa y al otro día, a primera hora, visitó al detenido. Pasaron los días y conversé con él: el Manco Arturo había perdido el brazo en un encuentro parecido, al huir de la policía en una estación. Robaba utilizando el que le quedaba; cosa difícil; un carterista con un solo brazo es como un prestidigitador con una sola maño. Robaba solo; le era imposible conseguir compañeros: nadie creía que con un solo brazo y con sólo cinco dedos sé pudiera conseguir jamás una cartera, mucho menos unas de esas gordas que se llevan, a veces, abrochadas con alfileres de gancho, en el bolsillo del saco. Era un solitario que vivía feliz en su soledad y que por eso contaba con el respeto y admiración de los demás ratas. Y ahora perdía una pierna…”.
       “Victoriano se hizo su amigo y contribuyó con algunos pesos a la compra de la pierna de goma que algunos rateros de alto bordo regalaron a Arturo.
       Conversó también con ellos; jamás había conversado con un ladrón más de unos segundos; ahora lo hizo con largueza. Arturo era un hombre sencillo; había viajado por Europa, hablaba francés —lo aprendió durante unos años de cárcel en París— y era un hombre limpio que hablaba despacio y sonriendo. El inspector, que en sus primeros años de agente lidió con lo peor del ladronaje, ratas de baja categoría, insolentes y sucios, seguía creyendo que todos eran iguales; es cierto que había pescado algunos finos truchimanes, especies de pejerreyes si se les comparaba con los cachalotes de baja ralea, pero nunca se le ocurrió conversar con ellos y averiguar qué clase de hombres eran, y no lo había hecho porque el juicio que tenía de ellos era un juicio firme, un prejuicio: eran ladrones y nada más.
       Arturo le resultó una sorpresa, aunque una dolorosa sorpresa: nadie le quitaba de la mente la idea de que el culpable de que ese hombre hubiese perdido una pierna era él y fue inútil que Arturo le dijese que era cosa de la mala suerte o de la casualidad. No.
       Después de esto empezó a tratar de conocer a los ladrones que tomaba y a los que, por un motivo u otro, llamaban su atención en los calabozos del Departamento. Se llevó algunas sorpresas agradables y recibió, otras veces, verdaderos puntapiés en la cara, había hombres que hablaban y obraban como dando patadas; desde allí la escala subía hasta los que, como Arturo, parecían pedir permiso para vivir, lo que no les impedía, es cierto, robar la cartera, si podían, al mismísimo ángel de la guarda, pero una cosa es la condición y otra la profesión. Los mejores eran los solitarios, aunque tenían algo raro que algunas veces pudo descubrir: el carácter, las costumbres, de dónde salían.
       Terminó por darse cuenta, a pesar de todas las diferencias, de que eran hombres, todos hombres, que aparte su profesión, eran semejantes a los demás, a los policías, a los jefes, a los abogados, a los empleados, a los gendarmes, a los trabajadores, a todos los que él conocía y a los que habría podido conocer. ¿Por qué no cambiaban de oficio? No es fácil hacerlo: los carpinteros mueren carpinteros, y los maquinistas, maquinistas, salvo rarísimas excepciones”.
       “Pero faltaba lo mejor: un día se encontró cara a cara con El Camisero, ladrón español, célebre entre los ladrones, hombre, que a las dos horas de estar detenido en una comisaría, tenía de su parte a todo el personal, desde los gendarmes hasta los oficiales, pocos podían resistir su gracia, y si en vez de sacarle a la gente la cartera a escondidas se la hubiese pedido con la simpatía con que pedía a un vigilante que le fuese a traer una garrafa de vino, la verdad es que sólo los muy miserables se la habrían negado.
       Cuando Victoriano lo tomó y lo sacó a la calle, oyó que El Camisero le preguntaba lo que ladrón alguno le preguntara hasta entonces: ¿adónde vamos? Le contestó que al Departamento. ¿Adónde podía ser?
       Hombre, creí que me llevaba a beber un vaso de vinillo o algo así, por aquí hay muy buenas aceitunas. Dos cuadras más allá Victoriano creyó morirse de risa con las ocurrencias del madrileño y siguió riéndose hasta llegar al cuartel, en donde, a pesar de la gracia que le había hecho, lo dejó, volviendo a la estación. A los pocos días, y como no existía acusación de ninguna especie contra él, El Camisero fue puesto en libertad, y en la noche, a la llegada del tren de los millonarios, Victoriano, con una sorpresa que en su vida sintiera, vio cómo El Camisero, limpio, casi elegante, con los grandes bigotes bien atusados, bajaba de un coche de primera, sobretodo al brazo, en seguimiento de un señor a quien parecía querer sacar la cartera poco menos que a tirones. Victoriano quedó con la boca abierta: El Camisero, al verlo, no sólo no hizo lo que la mayoría de los ladrones hacía al verlo: esconderse o huir, sino que, por el contrario, le guiñó un ojo y sonrió, siguiendo aprisa tras aquella cartera que se le escapaba. Cuando reaccionó, el rata estaba ya fuera de la estación, en la calle, y allí lo encontró, pero no ya alegre y dicharachero como la vez anterior y como momentos antes, sino que hecho una furia: el pasajero había tomado un coche, llevándose su cartera. ¡Maldita sea! ¡Que no veo una desde hace un año! Tuvo que apaciguarlo. ¡Tengo mujer y cinco hijos y estoy con las manos como de plomo! ¡Vamos a ver qué pasa!”.
       “Y nadie supo, ni en ese tiempo ni después, qué más dijo el rata ni qué historia contó ni qué propuso al inspector. Lo cierto es que desde ese día en adelante se robó en la estación de Victoriano y en todas las estaciones de la ciudad como si se estuviera en despoblado; las carteras y hasta los maletines desaparecían como si sus dueños durmieran y como si los agentes no fuesen pagados para impedir que aquello sucediera. El jefe llamó a Victoriano: ¿qué pasa? Nada, señor. ¿Y todos esos robos? Se encogió de hombros. Vigilo, pero no veo a nadie; ¿qué quiere que haga? Vigilar un poco más”.
       Se le sacó de la estación y fue trasladado a los muelles. Allí aliviaron de la cartera, en la misma escala de desembarcó, al capitán de un paquete inglés: puras libras esterlinas; lo mandaron a un banco y el gerente pidió que lo cambiaren por otro: los clientes ya no se atrevían a entrar; y allí donde aparecía, como el cien ladrones aparecieran junto con él, no se sentían más que gritos de: ¡mi cartera!, ¡atajen al ladrón!; un ladrón que jamás era detenido.
       Se le llamó a la jefatura, pero no se sacó nada en limpio, y lo peor fue que se empezó a robar en todas partes, estuviese o no Victoriano; los ladrones habían encontrado, por fin, su oportunidad y llegaban de todas partes, en mangas, como las langostas, robando a diestro y siniestro, con las dos manos, y marchándose en seguida, seguros de que aquello era demasiado lindo para que durase; la población de ratas aumentó hasta el punto de que en las estaciones se veía a veces tantos ladrones como pasajeros, sin que por eso llevaran más detenidos al Departamento, donde sólo llegaban los muy torpes o los que eran tomados por los mismos pasajeros y entregados, en medio de golpes, a los vigilantes de la calle, ya que los pesquisas brillaban por su ausencia. Los vigilantes, por lo demás, no entraban en el negocio. Los jefes estaban como sentados en una parrilla, tostándose a fuego lento.
       Intervino el gobernador de la provincia. Se interrogó a los agentes y nadie sabía una palabra, aunque en verdad lo sabían todos, muy bien, así como lo sabían los carteristas: Victoriano y los demás inspectores y los agentes de primera, de segunda y aun de tercera clase recibían una participación de la banda con que cada uno operaba. Habían caído en una espantosa venalidad, Victoriano el primero, humanizándose demasiado.
       Un día todo terminó, y la culpa, como siempre, fue de los peores: el Negro Antonio, que aprovechando aquella coyuntura pasara de atracador a carterista, sin tener dedos para el órgano ni para nada que no fuese pegar o acogotar en una calle solitaria y que no era en realidad más que una especie de sirviente de la cuadrilla que trabajaba bajo el ojo bondadoso, antes tan terrible, de Victoriano, fue detenido, borracho, en la Central: no sólo intentó sacar a tirones una cartera a un pasajero, sino que, además, le pegó cuando él hombre se resistió a dejarse desvalijar de semejante modo. Era demasiado. En el calabozo empezó a gritar y a decir tales cosas que el jefe, a quien se te pasó el cuento, lo hizo llevar a su presencia. ¿Qué estás diciendo? La verdad. ¿Y cuál es la verdad? A ver vos sos un buen gaucho; aclaremos. Y el Negro Antonio, fanfarrón y estúpido, lo contó todo: Victoriano, y como él la mayoría de los agentes, recibían coimas de los ladrones. Mientes. ¿Miento? ¿Quiere que se lo pruebe? Te pongo en libertad incondicional. Hecho.
       “El jefe apuntó la serie y los números de diez billetes de cien pesos y se los entregó. El Negro fue soltado, poniéndosele un agente especial para que lo vigilara. Una vez en la calle, el Negro tomó un tren dos o tres estaciones antes de aquella en que estaría Victoriano, llegó, bajó y a la pasada le hizo una señal. Minutos después, en un reservado del restaurante en que Victoriano acostumbraba a verse con El Zurdo Julián, jefe de la banda, Antonio le entregó los diez billetes. ¿Y esto? Se los manda El Zurdo; siguió viaje a Buenos Aires. El inspector se quedó sorprendido: no acostumbraba a entenderse con los pájaros de vuelo bajo, pero allí estaban los mil pesos, que representaban una suma varias veces superior a lo que él ganaba en un mes, y se los guardó. El negro se fue. Victoriano esperó un momento y salió: en la acera, como dos postes, estaban dos vigilantes de uniforme que se le acercaron y le comunicaron, muy respetuosamente, que tenían orden de llevarlo al Departamento.
       Victoriano rió, en la creencia de que se trataba de una equivocación, pero uno de los vigilantes le dijo que no había motivo alguno para reírse; sabían quién era y lo único que tenía que hacer era seguirlos. Quiso resistirse y el otro vigilante le manifestó que era preferible que se riera: pertenecían al servicio rural, que perseguía bandidos y cuatreros y habían sido elegidos por el propio jefe.
       Así es que andando y nada de meterse las manos en los bolsillos, tirar papelitos u otros entretenimientos Victoriano advirtió que el asunto era serio y agachó la cabeza”.
       “En la oficina y delante del jefe, lo registraron: en los bolsillos estaban los diez billetes de cien pesos, igual serie, igual número. No cabía duda. Está bien. Váyanse. Victoriano no negó y explicó su caso: tenía veintitrés años de servicio; entrado como agente auxiliar, como se hiciera notar por su habilidad para detener y reconocer, ladrones de carteras, se le pasó el servicio regular, en donde, en poco tiempo, llegó a ser agente de primera, y años después, inspector. Allí se detuvo su carrera, llevaba diez años en el puesto y tenía un sueldo miserable: cualquiera de los estancieros que viajaban en el tren de las 6.45 llevaba en su cartera, en cualquier momento, una cantidad de dinero superior en varias veces a su sueldo anual. Él tenía que cuidarles ese dinero, sin esperanzas de ascender a jefe de brigada, a subcomisario o a director; esos puestos eran políticos y se daban a personas que estaban al servicio de algún jefe de partido. No podía hacer eso; su trabajo no se lo permitía y su carácter no se prestaba para ello; tampoco podía pegar a nadie ni andar con chismes o delaciones, como un matón o un alcahuete”.
       “Había perseguido y detenido a los ladrones tal como el perro persigue y caza perdices y conejos, sin saber que son, como él, animales que viven y necesitan vivir, y nunca, hasta el día en que El Manco Arturo cayó bajo las ruedas de una locomotora al huir de él, pensó o sospechó que un ladrón era también un hombre, un hombre con los mismos órganos y las mismas necesidades de todos los hombres, con casa, con mujer, con hijos. Esa era su revelación: había descubierto al hombre. ¿Por qué era entonces policía? Porque no podía ser otra cosa. ¿No le pasaría lo mismo al ladrón? Luego vino el maldito Camisero: jamás, ningún ladrón, tuvo el valor de hacerle frente y conversar con él; lo miraban nada más que como policía, así como él los miraba nada más que como ladrones; cuando tomaba uno lo llevaba al cuartel, lo entregaba y no volvía a saber de él hasta el momento en que, de nuevo, el hombre tenía la desgracia de caer bajo su mirada y su amo y jamás una palabra, una conversación, una confidencia, mucho menos una palabra afectuosa, una sonrisa. ¿Por qué? El Camisero fue diferente; le habló y lo trató como hombre; más aún, se rió de él, de su fama, de su autoridad, de su amor al deber: ése era un hombre.
       Había recibido dinero, sí, pero ése era otro asunto: el jefe debía saber que en su vida no había hecho sino dos cosas: detener ladrones y tener hijos, y si en el año anterior había detenido más ladrones que otro agente, también ese mismo año tuvo su undécimo hijo…”.
       “El jefe, hombre salido del montón, pero que había tenido la habilidad de ponerse al servicio de un cacique político, lo comprendió todo, las cosas, sin embargo, ya no podían seguir así y aunque estimaba a Victoriano como a la niña de sus ojos, ya que era su mejor agente, le hizo firmar la renuncia, le dio una palmadita en los hombros y lo despidió, y aquella noche, a medida que los agentes llegaban al Departamento a entregar o a recibir su turno, fueron informados de su suerte: despedido, interino; confirmado… Victoriano vive todavía y por suerte para él, sus hijos han salido personas decentes. Aurelio es su hijo mayor. ¿El Negro Antonio? El Zurdo Julián le pegó una sola puñalada”.
       Al atardecer me junté con mi madre en la puerta de investigaciones y regresamos a casa. Había pagado la primera cuota.


7

      No pude, pues, embarcar: carecía de documentos, a pesar de mis piernas y de mis brazos, a pesar de mis pulmones y de mi estómago, a pesar de mi soledad y de mi hambre, parecía no existir para nadie. Me senté en la escalera del muelle y miré hacia el mar: el barco viraba en ciento ochenta grados, enfilando después hacia el noroeste.
       Relucían al sol de la tarde los bronces y las pinturas, los blancos botes, las obscuras chimeneas. Lo recorrí con los ojos de popa a proa: en algún lugar de la cubierta, en un camarote, en la cocina o en el comedor, iba mi amigo. Incliné la cabeza, descorazonado: allí me quedaba, en aquel puerto desconocido, solo, sin dinero, sin nacionalidad comprobada, sin amigo.
       Lo había conocido a la orilla de un río. Me acerqué a él desde lejos y sólo cuando llegué a su lado levantó la cabeza y me miró:
       —¿Le gustan?
       Sobre el pasto se movían dos pequeñas tortugas.
       —¿Son suyas?
       —Mías. Vamos, camina.
       Con una ramita empujó a una de ellas.
       —¿Las lleva con usted?
       —Sí.
       Me miró de nuevo, examinándome, y se irguió: algo llamaba su atención. Quizá mi modo de hablar.
       —¿Y usted?
       No supo qué contestar a aquella pregunta y callé, esperando otra.
       —¿De dónde viene?
       Giré el cuerpo y señalé las altas montañas.
       —¿De Argentina?
       Moví la cabeza afirmativamente. Me miró de arriba abajo, estuvo un momento silencioso y luego estalló:
       —¡Caráfita!
       Señaló mis zapatos, que ya no tenían tacones, contrafuertes ni suelas. Al salir de Mendoza en dirección a Chile eran nuevos, sin embargo.
       —¿Cómo camina?
       —Con los pies.
       Sonreí tristemente mi chiste.
       —Siéntese —me invitó.
       Cuando lo hice y estiré las piernas, las plantas de mis pies, negras de mugre y heridas, le arrancaron otra exclamación:
       —¡Cómo puede andar!
       Me eché hacia atrás, tendiéndome sobre el pasto, mientras él, abandonando sus tortugas, seguía mirando mis pies. Oí que decía:
       —De Argentina… ¿Buenos Aires?
       —Mendoza.
       —¿Todo a pie?
       —Ochenta kilómetros en tren, escondidos, en la cordillera.
       Miró en derredor.
       —¿No anda solo?
       —Ahora sí.
       —¿Qué se han hecho sus compañeros?
       —Marcharon hacia el sur.
       —¿Y usted?
       Aquel “¿y usted?” le servía para muchos casos; ¿y usted por qué no fue?, ¿y usted, quién es?, ¿y usted, de dónde viene?, ¿y usted, qué dice?
       Respondí, por intuición:
       —No quiero ir al sur; mucha agua. No me interesan las minas.
       Inclinó la cabeza y dijo:
       —Sí; pero es lindo. ¿Cómo sabe que es lluvioso?
       —Lo habré leído.
       —Es cierto, llueve mucho… También he estado en Argentina.
       Me enderecé.
       —Volví hace dos años.
       Estábamos sentados en la orilla sur del Aconcagua, cerca ya, del mar. Las aguas, bajas allí, sonaban al arrastrarse sobre los guijarros. Recogió las tortugas, que avanzaban hacia el río.
       —¿Y por qué ha dejado su casa? —pregunté.
       Me miró sorprendido.
       —¿Y usted?
       Me tocó a mí sorprenderme: era la misma pregunta hecha ya dos veces y que pude dejar sin respuesta. Ahora no podía evitarlo:
       —No tengo casa.
       Pareció desconcertado, tendrá familia.
       Sí…
       —Y esa familia vivirá en alguna parte.
       Callé. ¿Cómo decirle por qué no sabía nada de mis hermanos y de mi padre? Quizá se dio cuenta de mi confusión y no insistió. Habló:
       —Mi madre ha muerto, es decir, creo que ha muerto; no la conocí y no sé nada de ella. En mi casa no hay ningún recuerdo de ella, un retrato, una carta, un tejido, cualquiera de esas cosas que dejan las madres y que las recuerdan. Y no es porque mi madrastra las haya destruido o guardado; no las hubo antes de que ella viniera a casa. Durante años vivimos solos con mi padre.
       —¿Qué hace su padre?
       —Me miró, sorprendido de nuevo.
       —¿Que qué hace?
       —Sí, ¿en qué trabaja?
       —Es profesor.
       La conversación no lograba tomar una marcha regular. Nos dábamos minuciosas miradas, examinando nuestros rostros, nuestras ropas, nuestros movimientos, como el por el examen de todo ello pudiéramos llegar a saber algo de uno o de otro. Hablaba correctamente y debía ser unos siete años mayor que yo, años que representaban una gran porción de experiencia y de conocimientos.
       Cosa inverosímil: usaba lentes, y no lentes con varillas, de esos con los cuales uno puede correr, saltar, agacharse, pelear y hasta nadar, sino de ésos que se sujetan a la nariz con unas pinzas que pellizcan apenas la piel. Un vagabundo con lentes resulta tan raro como uno con paraguas, y no me cabía duda de que lo era: sus zapatos, aunque intactos aún, estaban repletos de tierra —¿cuántos kilómetros llevaba andados ese día?—; unos calcetines color ratón le caían flojamente sobre los tobillos y los bajos del pantalón aparecían tan sucios como los zapatos. Su ropa era casi nueva, pero se veía abandonada, llena de polvo, como si su dueño no tuviera nada que hacer con ella. Su camisa, sin embargo, aunque no resplandeciente, estaba aún presentable y en ella una corbata negra, pelada y con algunas hilachas, iba para allá y para acá, buscando el desbocado cuello. Lo mejor habría sido declarar que era necesario interrogarnos por turno sobre todo aquello que queríamos saber: nuestro origen, por ejemplo; nuestro rumbo, si alguno teníamos; nuestro destino, si es que sospechábamos cuál fuese y por qué, cuándo y cómo; pero no era fácil decidirse y no era fácil porque, en realidad, no sentíamos aún la necesidad de saber lo que concernía al otro. Estábamos en los primeros finteos y desconfiábamos, ¿y si resultaba que a la postre no tenían interés el uno por el otro? Podía suceder que yo llegara a parecerle tanto o que él me lo pareciese a mí, como podía ocurrir que sus costumbres o sus movimientos me fuesen desagradables o que los míos le pareciesen extraños.
       Ya me había sucedido y quizá a él también encontrar individuos con los cuales no sólo es difícil congeniar, sino que hasta conversar o estar parados juntos en alguna parte; individuos constituidos de un modo único, duros e impenetrables, por ejemplo, o blandos y porosos; como trozos de ubres de vacas, con los cuales, en muchos casos y en engañados por las circunstancias, es uno abierto, comunicativo, y cuenta su vida o algo de ella, dice su chiste y ríe, para descubrir, al final, que no sólo ha perdido el tiempo hablando sino que, peor aún, ha hecho el ridículo hablando a ese individuo de asuntos que a ese individuo le son indiferentes.
       Había en él, no obstante, algo con que se podía contar desde el principio: las tortugas, en primer lugar, y sus anteojos, después; un individuo con dos tortugas en su equipaje y un par de lentes sobre la nariz no era alguien a quien se pudiera despreciar allí, a la orilla del Aconcagua: era preciso tomarlo en consideración.
       Son escasos los vagabundos con anteojos y sólo había conocido uno, un individuo que viajaba en compañía de un organillero y de un platillero con bombo, no en calidad de músico, que no lo era, sino de agregado comercial: cuando el organillero terminaba de girar la manivela y el platillero de tocar y brincar, el judío, pues lo era, polaco además, se adelantaba hacia el público y empezaba a hablar: tenía un rostro infantil, lleno de luz, mejillas sonrosadas y bigote rubio; una larga y dorada cabellera, que se escapaba por debajo de una mugrienta gorra, daba a su ser un aire de iluminado.
       Unos ojos azulencos, de lejano y triste mirar, examinaban a la clientela desde detrás de unos redondos anteojos. Sus ademanes sobrios, casi finos, y su voz suave, impresionaban a la gente, haciéndola creer que aquel hombre hablaba de algo muy importante, tal vez, por su exótico aspecto, de una nueva revelación. Nadie entendía, en los primeros momentos, lo que decía: llevaba bajo el brazo un paquete de folletos y de allí extraía uno, que tendía hacia los circunstantes. ¿Estaba allí el Verbo? Algunos espectadores habrían deseado tomarlo inmediatamente, pero como hasta ahora ningún elegido del Señor ha aparecido en el mundo en compañía de un organillero que toca “Parlame d’amore, Marilú”, y de un timbalero que salta y lanza alaridos, se retenían, aguzando la inteligencia y el oído. A los pocos instantes, los que estaban más cerca y que eran generalmente, los primeros en entender lo que aquel hombre hablaba, sentían como si una enorme mano les hiciera cosquillas en varias partes del cuerpo al mismo tiempo y se inclinaban o se echaban hacia atrás o hacia un lado, dominados por una irreprimible risa: el iluminado de la gorra mugrienta vendía cancioneros y no hacía, al hablar, otra cosa que anunciarlos y ofrecerlos, pero con palabras tan desfiguradas, tan cambiadas de género y sonido, que nadie podía oírlas sin largar la risa. La gente compraba cancioneros con la esperanza de que resultaran tan graciosos como el vendedor, encontrándose con que no ocurría eso: no había en ellos otra cosa que tangos y milongas con letras capaces de hacer sollozar a un antropófago. Entretanto, indiferentes a las alusiones o desilusiones ajenas, el organillero, inclinado bajo el peso de su instrumento, el platillero con su bombo y su corona de campanillas, y el hombre del rostro iluminado con su paquete de folletos bajo el brazo y sus anteojos brillando sobre la naricilla rojiza, retomaban su camino, mudos como postes. No, un vagabundo con anteojos es una rara ave y allí están, además, las tortugas, deslizándose sin ruido sobre el pasto: nunca he visto a nadie, ni he oído hablar a nadie, que viaje a pies llevando un animal cualquiera, un perro, por ejemplo, o un gato, que exigen atenciones y cuidados especiales y que además muerden, rasguñan, destrozan, ladran, maúllan, roban, hacen el amor, se reproducen, desaparecen, aparecen. Por otra parte, todos los animales domésticos son sedentarios —de otro modo no serían ni lo uno ni lo otro— y nadie ha visto nunca a un viajero que recorra el mundo en compañía de una gallina o de una vaca.
       Odiaba a esos individuos que viven en los alrededores de las ciudades, en terrenos eriazos, bajo armazones de latas y de sacos, rodeados de gatos, perros y pulgas; me parecían hombres sórdidos sin atmósfera propia o con una de perros y gatos; seres alumbrados por una imaginación tan obscura como sus pocilgas y que no encentran nada más interesante que imitar a otros hombres sus casas, sus comodidades, rodeándose para ello de animales repelentes, gatos enfermos, perros sarnosos; muchos se creen dueños de los terrenos en que viven y ahuyentan a los niños que van a jugar sobre el pasto, cerca de sus apestosos ranchos; prefería los vagabundos sin casa. Pero éstas son tortugas pequeñas, torpes y graciosas al mismo tiempo, color tierra; caben las dos en una mano y se desplazan como terrones sobre el húmedo pasto fluvial. Le dan prestancia, originalidad, distinción.
       ¿Por qué las lleva? No podrá comérselas en caso de necesidad ni le servirán de guardaespaldas o de cómplices en ninguna pilatunada. Su ventaja es su pequeñez.
       No era, pues, un ser vulgar, uno de ésos, tan comunes en todas las clases sociales, que repelen a sus semejantes como puede repeler un perro muerto. Algo brotaba de él, clara y tranquilamente.
       Sus ojos, como los del vendedor de cancioneros, eran también de poco brillo, aunque no azulencos, sino obscuros, castaños quizá, de pequeño tamaño y cortas y tiesas pestañas, ojos de miope. Pero, sin duda, le tocaba a él preguntar:
       —¿No tiene dinero?
       —No. ¿Para qué?
       Señaló mis zapatos.
       —Con esas chancletas no llegará muy lejos.
       Era cierto, aunque ya ni chancletas pudiera llamárseles. Un trozo de alambre tomado de la jeta de la puntera y unido al cerquillo, impedía la desintegración total.
       —Es cierto; pero todo lo que tengo son veinte centavos argentinos. Aquí están.
       Era el capital con que entraba al país. Examinó la moneda y la dejó sobre el pasto, donde quedó brillando: una cabeza de mujer y un gorro frigio: sean eternos los laureles…
       —Tengo ropa, que puedo vender.
       —No la venda; le hará falta.
       —¿Qué hago, entonces?
       —Llevo unas alpargatas en mi mochila; se las prestaré.
       —Me quedarán chicas.
       —Les cortaremos lo que moleste, lo esencial es no pisar en el suelo desnudo.


8

      El cauce del río Aconcagua es allí bastante ancho, pero su caudal es escaso y está, además, dividido en brazos que aparecen aquí o allá, entre los matorrales, buscando niveles más bajos o terrenos más blandos, adelgazándose o engruesando, según la suerte que les toca, pues ocurra que tan pronto es aquél despojado íntegramente de sus aguas por un canal como éste, aumentado por el caudal de uno más pequeño, que habiendo hallado dificultades en su marcha, terrenos duros, por ejemplo, o lechos con guijarros muy gordos, renuncia a sus ambiciones de independencia y se une con el primero que encuentra; y hay algunos que luchan durante un gran trecho con las piedras que los areneros dejan amontonadas en uno y otro lado o que el mismo río, en épocas de crecida, al arremeter contra todo, acumula, y se oye al agua deslizarse prolijamente, como contando las piedras, hasta alcanzar un remanso, donde parece descansar, para luego seguir silenciosa. La orilla contraria muestra hileras o grupos de árboles, sauces y álamos, principalmente; hay un corte a pique, de poca altura, luego un trozo plano, breve, y en seguida el terreno empieza a subir hacia las colinas marítimas, amarillas algunas de rastrojos de trigo o cebado y todas mostrando graciosos grupos de arbolillos, espinos, maitenes, boldos, que aparecen sobre ellas como amigos o como viejas que conversan allí sobre la vida dura y las terribles enfermedades de la infancia, de la adolescencia, de la edad madura y de la vejez.
       Mirando hacia el oeste ocurre que no se ve nada.
       ¿Puede el río correr allí a su gusto, libre de altas orillas, de vegas, de matorrales, de guijarros, de canales de riego o industriales que lo despojan, lo achican, para después volver a llenarlo? No: el río muere allí. Hay algo como una neblina hacia el oeste y detrás de ese algo como neblina está el mar. Hacia el este se alza la muralla de la cordillera; cumbres violentas, relámpagos de hielo quizá tan viejos como el mar. El Aconcagua, padre del río, llena el horizonte.
       —Caminaremos mientras conversamos.
       Las alpargatas me quedaban un poco chicas, pero no me molestaban. Recogimos el equipaje y nos pusimos en marcha. Junto con hacerlo, mi amigo empezó a hablar:
       —Voy para Valparaíso y pienso seguir hacia el norte, hasta donde pueda, quizá hasta Panamá o quizá hasta el Estrecho de Behring. Esta es mi tercera salida. Mi padre dice que son como las del Quijote, tal vez, aunque no sé por qué; no he leído el Quijote. La primera vez me fui de puro aburrido; me fatigan las matemáticas y la gramática, la historia antigua y la moderna, educación cívica y el francés; antes de enseñarme a limpiarme les narices, ya me enseñaron los nombres de los dioses egipcios. ¿Para qué? Cultura. Gracias a la cultura mi padre no me dejaba comer; llegaba a la casa a la hora de almuerzo o de la comida, cansado de intentar aprender algo, y él, que es profesor, como le dije, me recibía con un rosario de preguntas: ¿qué estudiaste hoy? Me quedaba con la cuchara a medio camino, entre el plato y la boca.
       —Francés, castellano, biología, matemáticas.
       —¿Matemáticas? ¿Qué parte de las —matemáticas?
       —Y teníamos matemáticas hasta el postre. Es un hombre que domina el álgebra como un pescador puede dominar sus redes. ¿Qué hacer? Todo cansa, pero más que nada las matemáticas. Pensé en el mar: ¿habría allí álgebra, geometría, declinaciones, ecuaciones de primer grado, decimales, verbos auxiliares y sepa Dios qué más? Quería horizontes, no muy amplios porque soy medio cegatón, pero más extensos que los que me permitían los muros de la sala de clases y los bigotes del profesor de francés. Me fui, pues, hacia el mar. Los náufragos suspiran por un barco que los lleve al continente; yo quería uno que me llevara a una isla, fuese la que fuere: caí en un barco de guerra; ya era algo: marinero; no había humanidades, aunque sí un sargento de mar que no hablaba ni gritaba, sino que bramaba: ¡Alza arriba, marinero! ¡Trinca coy! ¡Coyes a la batayola! Y agregaba, entre serio y zumbón, al amanecer: ¡Se acabó la buena vida!… La buena vida…
       La verdad es que no era tan mala; navegando toda la costa de Chile y más allá, “desde el polo al ardiente ecuador”, como cantaba mi abuela paterna en Valparaíso. Lo había elegido y lo aguanté hasta que pude; soy malo para estudiar y malo para los trabajos manuales; nunca he podido clavar derecho un clavo ni cortar a escuadra una tabla cualquiera.
       ¿Para qué sirvo? Vaya uno a saber; pero me cansé también: vira a estribor, aguanta a babor, despeja la cubierta, atrinca ese cabo, barra aquí, limpia allá, arrea el bote del capitán, cerrar las escotillas, temporal en Cabo Raper, nubes barbadas, viento a carretadas. Deserté en Punta Arenas; tenía bastante navegación y quería pisar tierra firme; en tierra, sin embargo, era necesario trabajar y no sabía hacer nada. Di vueltas y vueltas, durmiendo en un hotelucho como para loberos con mala suerte, hasta que me encontré con un amigo, esos amigos del liceo que uno encuentra siempre en todas partes; son tantos.
       —¡Tú por y aquí! ¿Qué demonios te ha traído a Punta Arenas?
       —Deserté de mi barco y busco trabajo.
       —¿Trabajo en Punta Arenas, en este tiempo?
       —No pude elegir otro.
       —Era otoño.
       —Sin embargo, déjame pensar, aunque, a la verdad, no hay que pensarlo mucho: ¿te gustaría ser agente de policía?
       —¿Policía? ¿Con uniforme, sable, botas, pistotón, etcétera? No, gracias.
       —No, hombre: policía de investigaciones, ¿cómo se llaman?, agentes, pesquisas, de esos que andan vestidos de civiles. Había cuatro aquí, pero se va uno y necesitan un reemplazante; el sueldo no es tan malo y el trabajo no es mucho.
       —¿Hay muchos ladrones aquí?
       —¿Ladrones? Aquí no hay ladrones. ¿Cómo quieres que los haya en una ciudad en que el termómetro baja en invierno hasta los veinte grados bajo cero? Ni ladrones ni mendigos; se helarían en las calles. Apenas hay uno que otro robo, así, de circunstancias; asesinatos, poquísimos, suicidios, sí, sobre todo cuando el ueste sopla durante muchos días seguidos; pero a lo suicidas no hay que perseguirlos ni encarcelarlos, se les entierra y listo.
       ¿Qué te parece?
       “¿Qué me iba a parecer? Acepté. Peor es comer ratones. El barco había zarpado y no tenía otra salida: agente de policía; lindo oficio. Y allí me quedé, en la ciudad de los días cortos y de las noches largas, o al revés, según la estación, con un revólver del cuarenta y cuatro a la cintura, esperando que pasaran el otoño y el invierno para poder zarpar hacia el norte. Pasé un invierno macanudo. Un día hubo un incendio: un almacén, ayudado por el viento, se quemó en dos minutos; pura madera; cuando llegaron los bomberos todo era ceniza. Se averiguó: el dueño le había arrimado fuego y lo declaró a gritos: Era un italiano; estaba aburrido del almacén y quiso venderlo, sin encontrar comprador por ningún precio; quiso dejarlo a un compatriota, pero el compatriota, que estaba buscando oro en Tierra del Fuego y que, al parecer, había encontrado sus pepitas, declaró que aceptaría cualquier regalo que no fuese un almacén; no le interesaban los bienes de ese género; a otro perro con ese hueso. El italiano sintió una desesperación tremenda: no podía arrendarlo, no podía venderlo y tampoco se decidía a dejarlo abandonado; quería marcharse, sin embargo, y cuando llegaron los días en que el viento empieza a soplar de firme de día y de noche, no soportó más y decidió quemarlo; así se libraría de él. El almacén no tenía seguro. Así lo declaró y se sospechó que estuviese demente: un almacenero, italiano o no, que quema su negocio, sin tenerlo asegurado, no puede estar sino picado de vinagre, y en realidad lo estaba, de remate. Se le detuvo, y como allá no había manicomio, fue internado en el hospital, encargándose a la policía que lo custodiara en tanto llegaba el barco que pudiera llevarlo a Valparaíso.
       Tenía que ser un policía sin uniforme; el loco, no sé por qué, no podía soportar la vista de los uniformes: empezaba a hablar de Garibaldi y se ponía furioso”.
       “Me tocó uno de los turnos: ¡qué suerte la mía!
       Cuando lo vi por primera vez hablé un poco con él para ver qué tal andaba y me convencí de que lo mejor sería, sino deseaba terminar como él, no hablarle una sola palabra en tanto estuviera vigilándolo ni nunca. Y allí nos quedamos, encerrados los dos en una pieza del hospital, mudos como tablones de dos pulgadas; él sentado o acostado en su cama; yo de pie, apoyado en la puerta o sentado en una silla. El asunto duró bastantes días; cuando el compañero, el otro policía, me entregaba el turno —le tocaba el de la noche—, parecía estar convaleciente de una pulmonía bilateral, y yo, cuando se lo entregaba al atardecer, se sentía como después de baldear solo la cubierta de un acorazado. Llevé libros y me dediqué a leer, pero no podía hacerlo con tranquilidad; sentía que el loco me miraba y estudiaba mis movimientos, esperando el instante en que pudiera echárserle encima. Era muy entretenido aquel trabajito. El loco se largaba de pronto a recitar un largo monólogo en italiano, a media voz, del cual no se entendía nada o casi nada; dos o tres palabras no más. Dejaba de leer y lo miraba esperando que callara. Era un hombre bajo y fuerte, de cabeza un poco cuadrada, piel blanca y pelo negro; llevaba bigotes. Hablaba y hablaba durante largos ratos y de vez en cuando me dirigía unas rápidas y sombrías miradas, como escondiéndose de mí, la cabeza baja, los ojos rojos.
       Se me ocurría, sin embargo, que no me daba más importancia que a las sillas o a las tablas del piso, pero sus miradas, aunque eran iguales para todo, me producían intranquilidad”.
       “¡Qué le pasaría al barco que no llegaba! Habría dado mi sueldo de un año por no estar allí y renegaba contra la estupidez que había hecho al desertar del barco; el sargento era, con mucho, preferible al loco. El italiano callaba y yo continuaba leyendo, y un día, en los momentos en que la novela que leía llegaba a su más alto grado de interés, sentí que me caía encima algo así como una casa de dos pisos; di de cara contra el suelo, y la silla en que me sentaba estalló como una nuez al ser apretada por un alicate: el loco, aprovechando mi descuido y mi pasión por la lectura de novelas, se lanzó como un tigre. Quedé debajo de él, en una mano la novela y con la otra tratando de tomar al loco de alguna parte vulnerable, fuese la que fuere. Durante unos segundo mantuve el libro en la mano; algo inconsciente me impedía soltarlo, como si ese algo temiera que durante la lucha llegara a destrozarse y nos quedáramos sin saber qué pasaba en los últimos capítulos. Era una novela inglesa: “La Cuchara de Plata”. Volviendo en mí, la dejé, arrojándola con cuidado a cierta distancia y me dediqué en seguida al italiano, que resoplaba como una foca”.
       “Me tenía tomado del cuello, por sobre un hombro —estaba nada más que a medias sobre mí—, y me lo apretaba, aunque un poco débilmente, con una sola mano, la izquierda, mientras la derecha andaba por mis costillas, tanteándome como si buscara algo. ¿Qué quería? Cuando me di cuenta de lo que pretendía, sentí terror: quería apoderarse de mi revólver. Mientras me tenía así y me manoseaba, rompió con un monólogo que empezó con las palabras “la rivoltella, la rivoltella” y en la cual, como en todos los otros, mencionó a Garibaldi.
       Nadie me quita de la cabeza la seguridad de que aquel hombre era uno de los de Marsala, el último quizá. Pesaba y me retenía en una situación que me impedía hacer fuerzas; aprovechando, sin embargo, un instante en que la presión se aflojó en alguna parte, me di vuelta al mismo tiempo que lanzaba un alarido que pudo haberse escuchado en el Canal Beagle, pero que, desgraciadamente, nadie escuchó: la habitación era una de las últimas del edificio y soplaba un ueste de los demonios. Me di cuenta de todo, y cuando logré colocarme encima del loco venciendo su resistencia, procedí como me lo aconsejaban las circunstancias: un puñetazo en la cabeza, que le habría aclarado las ideas si no las hubiera tenido ya tan obscuras, lo dejó fuera de combate, murmuró por última vez “la rivoltella” y me soltó”.
       “Me levanté, recogí la novela y le eché al loco unas gotas de agua en la cara. Se recobró, irguiéndose, me miró de reojo y fue a sentarse en el sitio de costumbre, en donde, inclinando la cabeza, inició un monólogo en que omitió ya la palabra “rivoltella”. Por mi parte, después de esperar un momento y de arreglarme y sacudirme un poco la ropa y lanzar dos o tres desaforados suspiros para normalizar la respiración, me senté y pretendí seguir leyendo; no pude hacerlo: la emoción había sido demasiado fuerte. Sentía, por allá adentro, algo así como un remordimiento, que procuré desvanecer diciéndome que no me habría sido posible proceder de otra forma. ¿Cómo discutir con él o intentar disuadirlo? Allí quedamos, hablando él, callado yo, con el libro en la mano y sin poder recobrarme.
       Pero nuestro martirio terminó al día siguiente, al llegar el barco en que el demente iba a ser llevado a Valparaíso, y aunque no podíamos llevarlo a bordo sino un momento antes del zarpe, descansamos pensando que ya no nos quedaban más que dos o tres días”.
       “Cuando bajamos del barco, una vez entregado el Italiano o un contramaestre con cara de pocos amigos, el otro agente y yo fuimos a celebrar nuestra liberación con tres botellas de vino por cabeza, adquiriendo una borrachera de no te muevas; y allí me quedé, todo un invierno, oyendo aullar el viento en las calles y silbar en las chimeneas. Vida agradable: engordé varios kilos a punta de puro cordero y a pesar de la falta de verduras y de los quince grados bajo cero. Pero no había salido de mi casa para irme a enterrar toda la vida en Punta Arenas. Llegó la primavera, una primavera llena de aguanieve y con ella recaló allí un crucero que constituía toda la flota de guerra de la República Oriental del Uruguay. Durante dos días lo estuve mirando desde el muelle, calculando su manga, su eslora y su puntal, haciendo conjeturas respecto al rancho que darían a bordo y buscando un motivo para embarcar en él y zarpar para el norte por el Atlántico”.
       “Me atreví, por fin, a hablar con un cabo, y con gran sorpresa de mi parte, cuando se enteró de que había navegado en un barco de guerra chileno, alcanzado hasta el Cabo de Hornos, atravesado varias veces el Golfo de Penas y aguantando, sin marearme, un temporal de otoño en Cabo Raper, que es lo más que un cristiano puede aguantar, y que conocía, además, toda la maniobra y los reglamentos de mar, el hombre, que sin duda me tomó por Simbad el Marino, me dijo que no tendría el menor inconveniente en hablar con el comandante; éste me hizo llevar a bordo, me interrogó, le repetí toda la historia, aumentándola un poco ahora, y terminó por aceptarme para hacer la travesía hasta Montevideo como marinero de segunda, con todas las obligaciones de tal y sin más remuneración que la ropa y la comida. Además, no figuraría en el rol. Acepté. Era lo más que podía desear: renuncié a mi opíparo puesto de agente de segunda clase, devolví el de cuarenta y cuatro, y me embarqué, zarpando días después en busca de la salida del Estrecho. A los dos o tres días, ya en pleno Atlántico, navegando norte derecho, nos pescó por la cola un temporal que barrió con todo y con todos de la cubierta, hasta el punto de que no quedamos a bordo sino dos personas que no estaban mareadas: el ingeniero de máquinas y yo; los demás, de capitán a pinche, con el estómago en la boca y las piernas perdidas, yacían aquí y allá como trapos; llegó un momento en que me sentí perdido en medio de aquel barco y de aquel océano. Todo pasó, sin embargo y llegamos a Montevideo en condiciones de parecer lobos de mar. Devolví las ropas, recibí unos pesos que me ofrecieron como propina, rechacé un contrato como cabo de mar y zarpé para Buenos Aires en un barco que hacía la travesía durante la noche”.
       Me sentía endurecido y contento: todo me salía a favor del pelo. Linda ciudad Buenos Aires, su tierra, ¿no es cierto? Bueno, allí estaba, y ¿para qué y por qué iba a gastar un dinero, que no me sobraba, en hoteles que no me hacían falta? Estábamos en plena primavera y el norte soplaba a veces como si saliera de la barriga del infierno. Dormiría al aire libre, en el banco de cualquier plaza o en el hueco de una puerta. Mi dormitorio resultó estar ubicado en la dársena sur: ¿se ha fijado que en los puertos hay siempre, abandonados y medio hundidos en la arena o sepultados bajo montones de tablas, unos enormes tubos? Permanecen ahí años y años y nadie sabe por qué están allí y qué van a hacer con ellos, tampoco se sabe para qué servían y si alguna vez sirvieron de algo. Me sentía cansado después de vagar todo el día por la ciudad, mirándolo y observándolo todo, y cuando, ya cerca de la medianoche, empecé a pensar en una caleta en que la recalada ofreciera más condiciones de seguridad, recordé aquel agujero y aquel tubo y hacia allá me dirigí. Cuando lo enfrenté, me dije: “Aquí está mi camarote, y no hay capitán mercante o de guerra que esta noche vaya a dormir mejor que yo”.
       No se veía alma, a pesar de que muy cerca se oía el ruido de las grúas de un barco que descargaba mercaderías o cargaba cereales; me agaché un poco, ya que la entrada no estaba calculada para seres humanos, y avancé un paso en la obscuridad: puse justamente el pie, por suerte con cuidado, encima de algo que se recogió con rapidez; retiré el pie y oí el ruido de algo que se arrastra, al mismo tiempo que alguien me decía:
       —Despacio, hay alojados.
       —Perdone, amigo. No quería molestarlo.
       —No se aflija. ¿Qué busca por aquí?
       —Nada extraordinario.
       —Aquí no hay señoras.
       —Lo siento muchísimo.
       —Tampoco hay comida.
       —No tengo hambre.
       —¡Qué suerte la suya!
       —Busco algo muy sencillo.
       —Entonces lo va a encontrar.
       —¿No es de la policía usted?
       —No; ésos pisan más fuerte y no piden perdón.
       —Adelante, entonces, amigo.
       —¿Hay alguna cama disponible?
       —Hay varias y todas buenas.
       —Quisiera ver una.
       —Pase por aquí.
       —Por favor, cuidado con mis piernas.
       “No era un diálogo: las voces salían de todas partes. Alguien encendió un fósforo y pude ver lo que allí había: catorce hombres. Me acomodé en un rincón disponible”.
       —Pieza número quince.
       Alguien soltó una carcajada.
       —¿Quiere el desayuno en la cama?
       —No soy tan delicado.
       —¿Encontró cerrada la puerta de su casa?
       —No.
       —¿Peleó con su señora?
       —Tampoco.
       —¿Se le perdió la llave?
       —Nada de eso: no tengo casa, señora ni llave.
       Estoy cansado y quiero dormir.
       —Entonces todo nos une y nada nos separa.
       —Con confianza, amigo; hay buena ventilación y los precios son módicos.
       —Eso sí, hay que irse temprano.
       —Los vigilantes no dicen nada por la noche, pero en la mañana les da por hablar hasta por los botones.
       “Era aquél un albergué de vagabundos, pero de unos vagabundos muy especiales: entre ellos se encontraban hasta individuos que tenían cuentas en las cajas de ahorros y en los bancos. Allí dormían personas de los dos hemisferios y de levante y de poniente: españoles y chilenos, yugoslavos y peruanos, italianos y argentinos; algunos que andaban en parejas, solitarios otros, sin que ninguno fuera lo que la gente llama un vago; es decir, un hombre que por un motivo u otro no quiere trabajar; al contrario, tenían oficio y hasta profesiones; zapateros, por ejemplo, como el chileno Contreras, y abogados, como el español Rodríguez”.
       —Todo español, por el hecho de serlo y mientras no demuestre lo contrario, es abogado —decía.
       “Había también mecánicos y carpinteros, albañiles y torneros. ¿Qué hacían allí, durmiendo en una caldera abandonada, si eran hombres de trabajo? Sencillamente, no poseían casa ni familia en la ciudad y no podían crearse una ni querían gastar dinero en arrendar otra. Y no crea usted; cada uno tenía trazado su posible destino y sabía por qué estaba allí y no en otra parte, qué esperaba y qué deseaba hacer. Trecich, por ejemplo, esperaba una oportunidad para trasladarse a Punta Arenas, a Tierra del Fuego, decía él, meta de muchos yugoslavos; no había podido llegar sino hasta Buenos Aires, trabajando en un barco y esperaba otro que, trabajando también, lo llevara hasta el Estrecho de Magallanes. Tenía dinero en el banco, pero ¿por qué lo iba a gastar en un pasaje que podía pagar con su trabajo? Era joven y estaba muy lejos de ser un inválido; que pagaran pasaje los que tenían dinero de sobra o los que temían al trabajo; él no lo temía, lo deseaba, y cuando me oyó contar que venía de Punta Arenas me asaltó a preguntas: ¿cómo era el clima, viven allí muchos yugoslavos, es cierto que todos se han enriquecido, queda oro en Bahía Valentín, no llegaré demasiado tarde? No, Trecich, y si se ha acabado el oro, si el viejo Mustá se ha hecho para su chaleco de fantasía una doble cadena con las últimas pepitas sacadas de El Páramo, quedan todavía muchas tierras que colonizar, muchos indios que matar o esclavizar, muchas ovejas que trasquilar, muchos bultos que cargar, mariscos que pescar, mercaderías que vender, basuras que recoger y mugre que limpiar, con todo ello pueden ganar todavía mucho dinero los roñosos que no tienen en la vida otra finalidad que el de ganarlo. Le tomé antipatía: todo lo reducía a nacionales y no disimulé mi regocijo cuando supe que tenía embarque para Punta Arenas; por allá debe andar todavía, buscando dinero hasta por debajo de la bosta de los animales”.
       “En comparación con aquel traga plata, el chileno Contreras resultaba un gentilhombre: viajaba por el placer de viajar y utilizaba para ello todos los medios que el progreso ha puesto al servicio del hombre, aunque sin pagarlos, claro está; cuando lo echaban del tren de carga o de uno de pasajeros en que viajaba sin boleto, no se incomodaba y seguía viaje a pie, con su mochila a la espalda, hasta tomar otro; de se modo había llegado, desde Santiago de Chile hasta Buenos Aires, sin gastar un centavo”.
       —Tanto que hablan de la Argentina y de Buenos Aires; vamos a ver si es cierto lo que dicen.
       —Y allí estaba; en todo el tiempo que llevaba viajando, cuatro meses —la travesía Mendoza-Buenos Aires le llevó dos: no tenía apuro, y como no era aún tiempo de cosecha en los campos, los conductores de trenes perseguían a los que se trepaban a ellos— no había trabajado sino en dos ocasiones: una semana en Mendoza y tres en Rosario, con gran pesar de sus ocasionales patrones, que no comprendían cómo un obrero con tales manos podía dedicarse a vagar. Le rogaban que se quedara unos días más, unas semanas más, unos meses más; tenían mucho trabajo y los clientes, sobre todo los de pies imposibles, estaban entusiasmados con un zapatero como aquél.
       —He venido a pasear y no a trabajar, hasta lueguito, patrón.
       Y después de este inevitable diminutivo se iba paso a paso por los durmientes de la línea férrea.
       —“Si fuera por trabajar, me habría quedado en Chile, en donde tengo trabajo para toda la vida y para un poco más. Soy casado y mi mujer quedó a cargo del taller; me espera. Le dije: me voy para Argentina, a pie, y no te puedo llevar; espérame. Es aparadora y gana casi tanto como yo. ¿Cómo, entonces, quedarme en Mendoza o en Rosario trabajando para un patrón que no quiere más que ganar dinero conmigo? Ni loco. Pasaré aquí la primavera y el verano y en el otoño regresaré a Santiago”.
       “Era bajo de estatura y un poco gordo, con suave mirada, pelo largo en forma de melena y aire de poeta provinciano. Sabía recitar algunas poesías y hablaba mucho de la libertad del individuo y de la explotación del hombre por el hombre; sospeché que fuese anarquista. Pasé muchos ratos conversando con él y hablábamos sobre todo de Santiago, nuestra ciudad natal, que conocía muy bien. Pero no se trataba de conversar mucho tiempo, y las amistades que se hacían en aquel tubo no eran, tampoco, para siempre; cada uno tenía su intención y su destino y debía realizarlo; aquello no era club, aunque se le conociera con el nombre de Hotel de los Emigrantes; había que seguir y seguimos”.
       “Empecé a buscar trabajo, un trabajo cualquiera, en donde fuese y para lo que fuere, oficina, tienda, fábrica, almacén, camino o construcción, a pleno sol; pero era difícil hallar algo: decenas y aun centenas de seres de todas las nacionalidades, edades y procedencias, vagabundos sin domicilio, como yo, y otros con domicilio, y todos sin tener qué comer, mendigaban empleos de veinte o treinta pesos mensuales. Eso era en la ciudad, llena de emigrantes, algunos de ellos llorando por las calles, italianos o españoles palestinos o polacos, que venían a hacerse ricos y que en estos momentos habrían dado cualquier cosa por haber nacido en la “porca América” o por no estar en ella. En los campos era peor: vagaban por miles, de un punto a otro, hablando diferentes lenguas y ofreciéndose para todo, aunque sólo fuese por la comida; se les veía en los techos de los vagones de carga, como pájaros enormes, macilentos, muertos de hambre, esperando la cosecha, pidiendo comida y a veces robándola”.
       “Estuve allí un mes y medio y no encontré trabajo ni para matar cucarachas, y eso que había muchas. Un día me ocurrió algo curioso: estaba en una calle cualquiera, afirmado en una pared y pensando cómo salir del paso y desesperado ya de mi situación que era “ófrica”, como dicen los peruanos, cuando vi pasar a un hombre joven, delgado, de lentes, que durante unos segundos, mientras pasaba ante mí, me observó; me molestó su curiosidad y le di una mirada de reojo mientras se alejaba; se le veían muy gastados los tacones de los zapatos y el traje mostraba brillos en las posaderas y en la espalda; no nadaría en la abundancia. Instantes después, y cuando ya lo tenía olvidado, sentí que alguien, que se acercó sin que yo lo sintiera ni viera, me tomaba de la mano y ponía algo en ella, alejándose en seguida. Me miré la mano: tenía en ella un billete de un peso. ¿Por qué? ¿Quién era? Lo ignoro. Si yo fuera judío habría creído que era el profeta Elías; pero, en verdad, no era necesario ser profeta para darse cuenta, por mi cara y mi aspecto, de que estaba en una brava encrucijada. Le agradecí profundamente el peso y me alejé, un poco avergonzado, pero apretando bien el billete en la mano. Por suerte, mi padre, a quien había escrito, me mandó dinero y pude regresar a Chile”.
       “Volvía el hijo pródigo. Mi padre seguía tan profesor como antes: las matemáticas, la gramática, la biología, la física. Entré a aprender carpintería en una escuela de artes y oficios. Pero allí, entre las tablas del taller de carpintería, también había que estudiar historia, no historia de la carpintería, sino historia patria, que no tiene nada que ver con las maderas, y castellano y geometría y educación cívica; y eso no era lo peor: lo peor era que tampoco servía para carpintero; tengo unos ojos que no me sirven más que para lo indispensable: para no tropezar con los postes”.
       “Por otra parte, no sabía qué hacer en mi casa: mi madrastra es una mujer hermosa, pero muy triste, tiene treinta años menos que mi padre, que se casó con ella a los cincuenta y dos. Este hombre, dedicado toda su vida a su profesión y a sus estudios, ha tenido siempre, al parecer, gran atractivo para las mujeres, aunque se me ocurre que ha sido un atractivo de dominio, es decir, las mujeres, más que enamoradas de él, han debido sentirse dominadas por él. A veces quiero suponer cómo era mi madre y cómo debió sentirse en las manos de ese hombre con atractivo amoroso y tan competente para el álgebra, que le estrujo la juventud y las entrañas con su pasión de hombre indiferente a lo que no es propuesto con rigor lógico. Nunca me ha hablado de ella. Ha sido casado dos veces y sospecho que además tuvo amores, largos y fructíferos, aunque ocultos, con una tercera mujer, muerta en el anonimato o que aún vive y de la cual sospecho que soy hijo. Mi hermano mayor no soportó por mucho tiempo y partió hacia Estados Unidos; por allá andará y ojalá que no ande como yo”.


9

      (Y así, caminando sin prisa, uno junto al otro, como embarcaciones abarloadas, nos acercábamos al mar, llevados por nuestras piernas, por nuestros recuerdos y por los personajes de nuestros recuerdos, que caminaban, por su parte, dentro de nosotros. Durante un trecho el río se apartó de nuestro lado y dejamos de verlo. Reapareció, avanzando desde el norte, muy cambiado; había reunido todas sus pequeñas y húmedas lenguas, cansadas de arrastrarse trabajosamente, durante kilómetros, sobre capas de guijarros. Llegaba ahora grueso e importante, reposado, como si no tuviera nada que ver con el río de una legua más atrás, ese río dividido y saqueado por campesinos e industriales. Pero era demasiado tarde para engrosar y tomar aires de importancia: el mar está allí y es inútil la aparente grandeza de los últimos momentos. No tienes más remedio que entregarte; ya no puedes devolverte, desviarte o negarte. Por lo demás, saldrás ganando al echar tus turbias aguas, nacidas, no obstante, tan claras, en esas otras, tan azules, que te esperan. Está anocheciendo y pronto encenderán las luces de Valparaíso).

10

      ¿Qué podía contar a mi amigo? Mi vida era como secreto, una vida para mí solo. Un día murió mi madre. Mi padre nos despertó al amanecer:
       —Mamá está mal —dijo.
       Agregó, dirigiéndose a los mayores:
       —Vengan ustedes.
       João y Ezequiel se vistieron y salieron. Los otros dos, luchando con el sueño y con el sobresalto, nos quedamos sentados en la cama. Transcurrió un largo rato. Se oyeron pasos de caballos y el retintín de la campanilla de una ambulancia, después, pasos y voces dentro de la casa. Luego todo quedó en silencio. Por fin, Ezequiel apareció en el cuarto.
       —Nos vamos —anunció—. Papá dice que no se muevan de aquí. Volveremos pronto.
       —¿Qué pasa, Ezequiel?
       —Mamá está enferma.
       —¿Qué tiene?
       Se encogió de hombros e hizo ademán de retirarse.
       —¡Ezequiel! —llamé—. ¿Para dónde la llevan?
       —A la Asistencia Pública.
       —Se fue. Sonó la puerta de calle, se oyó de nuevo la campanilla de la ambulancia, y Daniel y yo, mirándonos a la luz de la vela, nos quedamos solos y callados, expectantes:
       —¿Qué tendrá?
       Mi madre gozaba de bueno salud; nunca se quejaba y jamás la vimos, como a otras señoras, ponerse en las sienes paños con vinagre, torrejas de papas o trozos de papel de cigarrillo. Aquella repentina enfermedad, más que asustarnos, nos sorprendió.
       —¿Levantémonos? —propuse a Daniel.
       Estaba obscuro aún y hacía frío. Daniel se negó:
       —¿Para qué? ¿Qué haríamos en pie?
       Le encontré razón y allí nos quedamos, despiertos e inquietos, imaginando mil cosas y hablando a ratos. Entrada la mañana, ya en vías de tomar nuestro desayuno, sentimos que abrían la puerta de la casa. Salimos el patio. Vimos que Papá avanzaba hacia nosotros; tenía los ojos enrojecidos y sus labios estaban pálidos y temblorosos.
       Inclinamos la cabeza, asustados. Puso sus manos sobre nuestros hombros y la dejó ahí durante un momento. Después dijo, articulando con dificultad las palabras:
       —Mamá ha muerto.
       Se alejó y entró a su dormitorio, cerrando la puerta tras sí. Daniel y yo rompimos a llorar. João y Ezequiel, que entraron después de nuestro padre, se acercaron a nosotros; lloraban, las manos en las bocas, inclinado el cuerpo, como si algo les doliera en las entrañas.
       Ahí nos quedamos durante una eternidad, inmóviles sin mirarnos o mirándonos como a hurtadillas; no sabíamos qué era necesario hacer y no nos atrevíamos a hacer nada; todo nos parecía superfluo o inadecuado. El desayuno se enfrió en la mesa y el agua hirvió hasta agotarse se apagó el fuego y nadie prestó atención a los gritos de los vendedores, que todas las mañanas, a hora fija, gritaban en la puerta su mercadería. No se escuchaban ruidos en el dormitorio de nuestro padre y nadie es acercó a llamar a la casa. Éramos nuevos en el barrio y estábamos, además, recién llegados a Buenos Aires: ni vecinos, ni conocidos, ni amigos; soledad y silencio.
       En unas horas, en menos de un día, la casa era otra y otros éramos nosotros; otro también, con seguridad, nuestro padre. Todo cambiaba y todo cambia terriblemente. Lo sentíamos en nuestra inmovilidad. Deberían pasar días, meses quizá, antes de que pudiéramos —si es que podíamos— recuperar el movimiento.
       Ya muy avanzada la tarde sentimos pasos en el cuarto de nuestro padre. Un momento después abrió la puerta. Estaba envejecido, demacrado el rostro, inclinado el cuerpo. Nos buscó con la mirada: allí estábamos, sentados o de pie, afirmado alguno contra un muro, mirando aquél hacia el cielo y éste hacia el suelo, retorciendo el pañuelo o limpiándose las uñas interminablemente. Nos habló.
       —Vengan —dijo.
       Nos pareció que hacía años que no se oía una palabra en aquella casa. Nos acercamos y nos llevó al comedor. Se sentó, poniendo sobre la mesa sus largos brazos. Le temblaban las manos, aquellas manos blancas, grandes, de vello rojizo, seguras, hábiles, que quizá nunca temblaban. Las juntó, tal vez para evitar el temblor, y dijo, mirándonos de uno en uno:
       —No es mucho lo que tengo que decirles. Lo que nos sucede es terrible. Todo, sin embargo, se reduce a que mamá ha muerto.
       Su voz tuvo como una trizadura; se contuvo y continuó, mientras nosotros rompíamos a llorar en silencio.
       —Ha muerto mamá. Para cualquier hombre esto es una desgracia; para mí es más que eso. Ustedes saben por qué. Ya no podré hacer lo que hacía: estoy atado de pies y manos, y es necesario mirar hacia otra parte, no sé todavía hacia dónde. Por desgracia, no tengo dinero y estoy en Buenos Aires, en donde soy conocido y en donde me sería muy difícil vivir tranquilo. No sé qué voy a hacer, pero algo haré. Mientras tanto, tenemos que arreglarnos como podamos. Espero que harán lo posible por ayudarme.
       Calló y separó las manos; ya no temblaban.
       —Ahora —dijo, levantándose— es necesario pensar en este momento.
       —Papá —dijo João, vacilante—, ¿no tenía parientes en Chile la mamá?
       —Tal vez —contestó mi padre, deteniéndose—, pero parientes lejanos que ni siquiera la conocieron y que quizá ni sepan que existió. Sus padres murieron hace años y sus hermanos también, salvo uno, que está en un convento. No tenemos a quién recurrir por ese lado; por el mío, tampoco; no tengo un solo gato que me maúlle, fuera de ustedes.
       Calló y miró la mesa:
       —Recojan eso, —dijo, refiriéndose al servicio del desayuno— y vean modo de comprar algo para comer.
       Iba a salir, pero se detuvo.
       —Mamá será enterrada mañana —advirtió—. Iremos al hospital a buscarla y de allí la llevaremos a Chacarita. Iré yo con João y Ezequiel. No es necesario que vayamos todos y es mejor que no vayamos todos.
       La casa empezó a marchar, pero a tropezones; tuvimos que hacerlo todo y todo salía tarde o mal.
       Y lo peor no era eso: lo peor era la seguridad, el convencimiento de que aquello no podría continuar en esa forma; debería haber una salida, una solución, que no sabíamos cuál era ni cuál podía ser.
       Nuestro padre debía decidir, aunque, según nos dábamos cuenta, no le sería fácil hacerlo. Podía disponer que abandonáramos nuestros estudios y trabajáramos, pero no era toda la solución; alguien debía estar en la casa y no se sabía quién pudiera ser. Necesitábamos una mujer, una sola; no había ninguna. Podía tomarse una sirvienta, era lo más sencillo, pero eso debía disponerlo nuestro padre.
       Estaba por verse, además si se encontraría una sirvienta para una familia cuyo jefe es un ladrón conocido.
       João tomó el mando de la cocina; sabía cocinar tanto como hablar guaraní; Ezequiel le ayudaba y Daniel y yo nos hicimos cargo del aseo y de las compras, ocupación más fácil y más rápida. Mi padre era de una inhabilidad absoluta en cuanto a todo aquello: lo único que sabía, en labores domésticas, era pegar botones y los pegaba de tal modo que parecían cosidos con alambres: no se volvían a soltar, pero hasta allí llegaba. En cuanto a cocina, no distinguía una olla de una sartén y le asombraba que las papas tuviesen una cáscara que debía mondarse.
       Se paseaba por la casa durante horas, pensativo, deteniéndose ante los muros, que miraba y remiraba, o ante las puertas y ventanas. Hablaba, en general, muy poco, y en aquellos días habló menos que nunca. Su mente buscaba una salida al callejón y se percataba de que sus hijos estaban pendientes de él; era ahora nuestro padre y nuestra madre, todo junto, sin tener, por desgracia, las condiciones necesarias para uno y otro papel; por lo demás, nadie las tendría. Le mirábamos y callábamos también.
       Una noche advertimos que se disponía a salir; era la hora de siempre.
       —Vuelvo pronto —dijo, como excusándose por la salida—. Acuéstense y no dejen ninguna luz encendida.
       Salió, cerrando tras sí, silenciosamente, la puerta, tal como si siempre lo hacía. Nos acostamos tarde.
       Al amanecer, en los momentos en que los cuatro hermanos dormíamos, alguien dio fuertes golpes en la puerta. Despertamos sobresaltados, y João, encendiendo la vela, se sentó en la cama.
       —¿Quién será? —tartamudeó.
       No me atreví a decirlo, pero conocía esos golpes: nadie más que la policía llamaba así. João fue a la pieza de papá: no había llegado. Con Ezequiel fueron hacia la puerta de calle.
       —¿Quién es? —se oyó preguntar a João.
       La respuesta fue la que yo esperaba:
       —Abran; es la policía.
       Era inútil negarse y João abrió. Tres hombres entraron y cerraron la puerta.
       —Papá no está —quiso explicar Ezequiel.
       —Ya lo sabemos —respondieron con desenfado.
       Daniel y yo empezamos a vestirnos y en eso estábamos, en calzoncillos, cuando uno de los hombres entró en el cuarto. Nos miró.
       —Muchachos —dijo, como si hubiera dicho lagartijas—. ¿Hay más gente en la casa, además de ustedes? —preguntó.
       —No, señor —murmuré.
       —Bueno —dijo—. A ver, vos, echá una mirada por acá —ordenó a alguien y se retiró.
       Otro hombre entró.
       —Vístanse y salgan —exclamó al vernos.
       Salimos al patio, nos reunimos con João y Ezequiel y allí permanecimos en tanto los tres hombres registraban la casa centímetro por centímetro, dando vuelta los colchones, abriendo los cajones, destapando las cacerolas, tanteando los muros; por fin, nos registraron a nosotros.
       —No hay nada —dijo el hombre que entró primero, gordo, blanco, de bigotes castaños y ojos claros—. Vamos, muchachos.
       Los cuatro hermanos, de pie en el patio, inmóviles y callados, parecíamos fantasmas. Los hombres pasaron frente a nosotros, sin mirarnos, como si no existiéramos, y se dirigieron hacia la puerta. Abrían y se disponían a marcharse, cuando João corrió hacia ellos.
       —Señor —dijo.
       El hombre gordo se detuvo y dio media vuelta.
       —¿Qué pasa? —exclamó.
       João preguntó:
       —¿Y mi papá?
       El hombre lo miró, sorprendido, y miré también a sus compañeros.
       —El Gallego está preso —aseguró, como si asegurara algo que todo el mundo sabía.
       Giró de nuevo y se dispuso a salir; sus compañeros salieron delante. Antes de cerrar, mirándonos, agregó:
       —Y ahora tiene para mucho tiempo.
       Cenó, dando un gran portazo. No tenía miedo de que le oyeran.


11

      No hubo ya quien diese solución ni quien diese nada. “Estoy atado de pies y manos”, había dicho nuestro padre. Ahora estaba atado de todo y nosotros no estábamos mejor que él; en libertad, sí, pero ¿de qué nos servía? Si él no hubiese tenido oculto deseo de hacer de nosotros personas honorables y nos hubiera enseñado, si no a robar —lo que también hubiera sido una solución, como era la de muchos hombres—, a trabajar en algo por lo menos, nuestra situación habría sido, en ese momento, no tan desesperada; pero, como muchos, padres, no quería que sus hijos fuesen carpinteros o cerrajeros, albañiles o zapateros, no; serían algo más: abogados, médicos, ingenieros o arquitectos.
       No había vivido una vida como la suya para que sus hijos terminasen en ganapanes. Pero resultaba peor: ni siquiera éramos ganapanes.
       Por la casa pasó una racha de terror y hubo un instante en que los cuatro hermanos estuvimos a punto de huir de la casa, aquella casa que ya no nos servía de nada: no había allí madre, no había padre, sólo muebles e incertidumbre, piezas vacías y silencio. Ezequiel logró sobreponerse y detenernos.
       —Mamá está muerta —dijo— y no podemos hacer nada por ella; pero papá no y quién sabe si podemos ayudarle.
       Acompañado de João fue al Departamento de Policía.
       —Sí —le informaron—. El Gallego está aquí.
       —¿Podríamos hablar con él?
       —Ustedes, ¿quiénes son?
       —Somos hijos de él.
       —No —fue la respuesta—; está incomunicado.
       Hubo un silencio.
       —¿Por qué está preso? —se atrevió a preguntar Ezequiel.
       El policía sonrió:
       —No será porque andaba repartiendo medallitas —comentó.
       Y después, mirando a Ezequiel, preguntó:
       —¿No sabe lo que hace su padre?
       Ezequiel enrojeció.
       —Sí —logró tartamudear.
       —Bueno, por eso está preso —explicó el policía.
       Y siguió explicando:
       —Y ahora lo tomaron con las alhajas encima y adentro de la casa. No hay modo de negar nada.
       Los dos hermanos callaron; lo que el hombre decía ahorraba comentarios. Se atrevieron, sin embargo, a hacer una última pregunta:
       —¿Qué podríamos hacer nosotros?
       El policía, extrañado, los miró y les preguntó:
       —¿No saben lo que deben hacer?
       —No.
       El hombre dejó su escritorio y se acercó a ellos; pareció haberse irritado.
       —¿Qué clase de hijos de ladrones son ustedes? —preguntó, casi duramente—. ¿Qué han hecho otras veces? Porque no me van a venir a decir que es la primera vez que El Gallego cae preso.
       João y Ezequiel se miraron.
       —Sí —aseguró João— mi mamá le ponía un abogado.
       —Bueno —dijo el policía, con un tono que demostraba satisfacción por haber sacado algo en limpio—. ¿Y por qué no se lo ponen ahora?
       Los hermanos no respondieron.
       —¿Qué pasa? —preguntó el policía, solícito—: ¿Acaso la mamá también está presa?
       —No —contestó Ezequiel—; mamá murió hace unos días.
       El policía enmudeció; después preguntó:
       —Y ustedes, ¿están solos?
       —¿No tienen plata?
       —Nada.
       El hombre pareció turbado; tampoco él, en esas condiciones, habría sabido qué hacer. Pero algo se le ocurrió, aunque no muy original:
       —Entonces —dijo con lentitud—, lo mejor que pueden hacer es esperar.
       Después murmuró, como a pesar suyo:
       —Pero tendrán que esperar mucho tiempo. El Gallego no saldrá ni a tres tirones.
       Finalmente, dando golpecitos con su mano en la espalda de los dos hijos de El Gallego, los despidió.
       —Váyanse, muchachos —dijo con amabilidad—, y vean modo de arreglárselas solos y como puedan.


12

      Solos y como puedan… A los dos meses no quedaba en la casa ni una sola silla. Todo fue vendido o llevado a las casas de préstamo: la mesa y los catres, la cómoda y el aparador, se pignoraron los colchones de nuestros padres y también los de João y Ezequiel; al final sólo quedaron dos, en el suelo, en los cuales, con sábanas muy sucias y dos frazadas, los cuatro hermanos dormíamos en parejas.
       João y Ezequiel lograron, sin embargo, hablar con mi padre: se mostró pesimista respecto de sí mismo, optimista respecto de nosotros: por lo menos estábamos en libertad y podíamos recibir alguna ayuda. ¿De quién? En contra de su costumbre, pensaba ahora en los amigos, esos amigos de quienes nadie sabía el domicilio ni dónde se encontrarían en determinado momento, a la hora de acostarse, por ejemplo: si en libertad, si presos, si huyendo, si desaparecidos, si muertos. Hizo escribir algunas cartas, pues recordaba una que otra dirección, a Chile, a Rosario, a España, a Montevideo. Mientras las cartas iban el tiempo no se detenía y el dueño de la casa no tenía por qué esperar que las cartas llegasen a su destino y que las respuestas volviesen; tampoco esperaban el almacenero ni el lechero, el carnicero ni el panadero y no podíamos decirles lo que pasaba y rogarles que esperasen. No llegó, por lo demás, ninguna respuesta. João y Ezequiel buscaron trabajo y yo también lo busqué, de mozos, de mandaderos, de aprendices de algo; ofrecían sueldos de hambre, si los ofrecían. Trabajé una semana en una sastrería: “no hay sueldo; sólo le daremos el almuerzo”.
       Aprendí a pegar botones. Llegaba a casa y no encontraba a nadie: mis hermanos vagaban por su lado. Me sentaba en uno de los colchones y esperaba; se hacía de noche, encendía una luz y leía; por fin, hambriento y cansado, me dormía hasta la mañana siguiente. No se podía seguir así. João resolvió marchar a Brasil y lo anunció y se fue, no supimos más de él. Mi padre, por otra parte, fue condenado a una enorme cantidad de años de prisión, diez, quince, veinte —ya daba lo mismo—, y no existía abogado que fuese capaz, ni siquiera cobrando sus honorarios, de disminuirle, aunque fuese en la mitad, esa cantidad de años, tan grande, que a nosotros, que no llegábamos ni a los veinte de edad, nos parecía casi cósmica.
       Un día amanecí solo en la casa: ni Daniel ni Ezequiel llegaron a dormir. Sentí que había llegado el instante que temíamos: di una vuelta por el patio y entré a los dormitorios; miré los rincones, las puertas, las ventanas, los techos: en esa casa había vivido, hasta unos pocos días, atrás, una familia, una familia de ladrón, es cierto, pero una familia al fin; ahora no había allí nada, no había hogar, no había padres, no había hermanos; sólo quedaban dos colchones, dos frazadas, dos sábanas sucias y un muchacho afligido. Recogí una frazada, la hice un paquete que metí bajo el brazo y salí: si Daniel y Ezequiel regresaban, por lo menos tendrían dónde dormir y con qué taparse. Junté la puerta y todavía con la manilla en la mano, antes de dar el tirón que la cerraría, pensé en el lugar hacia el cual iba a marchar. Enorme era Buenos Aires para un niño que está en esa situación. Elegí el barrio de Caballito. Habíamos vivido allí un tiempo, en otra temporada, y recordaba aún a algunos niños que fueron nuestros amigos. Hacia allá enderecé mis pasos.
       La suerte me fue propicia, aunque sólo a medias: cerca del anochecer, en los momentos en que desesperaba ya de encontrar a alguien conocido —mis amiguitos no aparecieron (¡quién sabe a dónde los había llevado la marea que ahora me llevaba a mí!)—, encontré a alguien, una mujer delgada, baja, vieja ya, si no de edad, por lo menos de aspecto, y humildemente vestida. Daba la impresión de una gallina que ha enflaquecido y va perdiendo sus plumas: se llamaba Bartola. No era un hombre feliz para aquel encuentro, pero peor era no encontrar a nadie. La conocíamos desde años atrás y nos visitaba a menudo en compañía de su marido, un hombre bajo, robusto, siempre con una barba de por lo menos siete días, sucio, casi rotoso, de cara hosca y penetrantes ojillos. Era cojo. Había sido ladrón y dejado el oficio a raíz de la pérdida de una pierna: al atravesar, borracho, un paso a nivel, no hizo caso de las señales y un tren de pasajeros se le vino encima y le cortó la pierna un poco más abajo de la rodilla. Era ladrón nocturno: ¿qué iba a hacer con una pierna menos? Se dedicaba a comprar pequeños robos, que vendía luego a clientes tan miserables como él —dueños de tenduchos de ropa usada generalmente— y con eso vivía mal que bien o tan mal como bien. Llevaba una pierna de palo y con ella golpeaba sin misericordia sobre las baldosas, los adoquines o los pisos de las casas; una argolla de hierro defendía la parte inferior de la pieza ortopédica contra las inclemencias del uso: temía quizá que se le astillara. La parte baja de la pierna del pantalón que correspondía a la pata de palo mostraba siempre desgarraduras e hilachas y parecía como incómoda.
       Bartola, cosa rara, hablaba con gran dulzura y había en ella algo más raro aún: esta mujer, que parecía estar siempre aterida —vivía con las manos juntas, como si tuviera eternamente helados los dedos—, tenía unos hermosos ojos, no grandes, no ornados de largas pestañas o de bien dibujadas cejas, sino que de un color extraordinario, un color como de miel, pero de miel luminosa, irradiante, color que daba a su rostro una expresión de profunda bondad y cierta curiosa distinción.
       Mirando sus ojos nadie se habría atrevido a asegurar que se llamaba Bartola. Me preguntó qué andaba haciendo por el barrio y le conté todo, de un tirón: necesitaba contarlo a alguien. Me escuchó impresionada, y luego, mirándome con placidez, me preguntó, como si no le hubiera contado nada:
       —Entonces, ¿no tiene dónde dormir?
       Hice un gesto de impaciencia y la mujer calló.
       Luego dijo:
       —¿Por qué no viene conmigo? Tal vez Isaías pueda tenerlo algún tiempo en la casa.
       Acepté, aunque sin mucho entusiasmo, y fuimos.
       No se podía exigir gran cosa a esa hora. Vivían en una casa pobrísima, casi un rancho, situada en una calle un poco perdida, que corre paralela a las líneas del Ferrocarril Oeste: durante todo el día pasaban por allí trenes y durante todo el día pasaban por allí trenes y durante todo el día se escuchaba el grito de las gallinetas que los vecinos, todos muy pobres, criaban con algunas gallinas, este o aquel pato y tal o cual pavo. Más allá de la casa, levantada cerca de la acera, se extendía un terreno con algunos árboles frutales, duraznos sobre todo, y se alzaba lo que parecía el resto de un gallinero y que era sino el gallinero mismo. Las cercas que separaban unas casas de las otras eran todas de rejillas de alambre de pasos grandes, todas destrozadas, mostrando roturas que los vecinos tapaban como su ingenio se lo permitía, con latas, trozos de bolsas o pedazos de otras rejillas de alambre, de pasos más pequeños o más grandes, según lo que encontraban a mano. Las aves aprovechaban aquellas roturas para dar expansión a sus inagotables instintos de vagancia, con el resultado de que siempre, entre una casa y otra o entre varias, había alguna bronca por el pollo, el pato, la gallina o la gallineta que se pasó para acá o desapareció más allá.
       En contra de lo que temía, Isaías me recibió muy bien.
       —¿No es el hijo de la paisana Rosalía? —preguntó animadamente, casi con voz de falsete, al verme aparecer en su casa—. ¡Qué crecido está!
       —Sí —dijo la señora Bartola, con una voz como de resignada—: él es: Anicetito.
       —¿Y qué lo trae por acá? —preguntó con el mismo brío, echando una mirada al envoltorio que se veía bajo mi brazo—. ¿Algún encargo del papá?
       Mi padre solía venderle, alguna que otra vez, y más bien para favorecerlo, algunas de las chucherías que le sobraban; pero esta vez no había encargo alguno de papá. Bartola le informó, juntando las manos, y en pocas palabras, de lo que ocurría y de lo que se trataba, y su marido, ya sin entusiasmo y con voz más natural, luego de darme repetidas miradas, la mitad de las cuales eran para el envoltorio, aceptó alojarme algunos días en su casa.
       —Mientras encuentra dónde acomodarse —advirtió.
       Una semana después, convertido en sirviente, hambriento, mal tratado, sucio y rabioso, comprendí que existía algo peor que perder la madre y tener al padre en Sierra Chica o en Ushuaia y que ese algo peor era el estar expuesto a que cualquiera, sin necesidad y sin derecho, lo tratara a uno con la punta del pie. Isaías era algo así como una mula y como una mula procedía con toda persona o animal que estuviese bajo su dependencia: pateaba con su pierna de palo argollada de su dependencia: pateaba con su pierna de palo argollada de hierro, al perro, a las gallinas, a las gallinetas, a los pavos y a Bartola, la de los hermosos ojos; nada se le escapaba. Al recibir la primera patada ni siquiera lloré, tan grande fue el estupor y el dolor que sentí; no había recibido hasta entonces sino uno que otro coscorrón y tal o cual palmada en el trasero, muy suave todo. La patada de Isaías —imposible llamarla puntapié—, recibida inesperadamente y en pleno sacro, pareció partirme la espalda. El dolor me dejó sin palabras y sin lágrimas, aunque la espalda. El dolor me dejó sin palabras y sin lágrimas, aunque después, cuando el bárbaro se hubo ido, lloré bastante, más que de dolor, de vergüenza y de coraje. No pude comprender, y todavía no comprendo, por qué a un muchacho que ha comido dos panes en vez de uno sólo, como se espera, se lo pueda dar una patada.
       Pero mi coraje no fue pasivo: busqué, mientras lloraba, un trozo de ladrillo, y la dejé en un sitio que me quedara a mano en cualquier momento encima de uno de los horcones del gallinero. Días después, dos o tres, recibí la segunda patada, la última: olvidé cambiar el agua de las gallinas y echar el pasto a las gallinetas, un pasto que debía ir a buscar a la parte baja del terraplén del ferrocarril. Sentí el mismo dolor y el mismo estupor, pero ya sabía lo que tenía que hacer. El bárbaro, ignorante de mis propósitos, eligió mal el lugar en que me soltó y pegó la segunda coz: el trozo de ladrillo estaba al alcance de mi mano. Reteniendo los sollozos lo tomé y casi sin apuntar, lo disparé, dándole en el cráneo: vaciló, inclinándose, y se llevó la mano a la cabeza, mirándome entretanto, con asombro: acostumbrado a la mansedumbre del perro, de las aves y de su mujer, le extrañaba que alguien le contestara: en la misma o parecida forma. Cuando vi que la, sangre empezaba a correrle por una de las mejillas, me refregué las manos, como quien se las limpia de algo que las ha ensuciado, y huí hacia el fondo del terreno, que estaba siempre lleno de charcos de agua y de barro; atravesé la cerca y subí al terraplén; desde allí me volví y miré: Isaías continuaba en el mismo sitio, mirándose la mano llena de sangre; Bartola, parada cerca de él, me miraba como despidiéndose. Los miré durante un segundo, como para que no se me olvidaran más, me despedí mentalmente de la frazada y partí caminando, en dirección al campo, alejándome de la ciudad. Al atardecer, un tren de carga se detuvo en la estación en que me encontraba descansando. Un grupo de hombres viajaba en un vagón. Me acerqué. Los hombres me observaron; los miré. ¿Para dónde irían? Eran, de seguro, trabajadores. Uno de ellos, alto, de bigote, delgado, con hermosos ojos verdes, me gritó:
       —Ché, muchacho: ¿querés ir con nosotros?
       —¿Para dónde? —pregunté, poniendo ya un pie sobre la escalerilla del vagón.
       Los otros hombres miraban y sonreían.
       —A la provincia, a la cosecha del maíz.
       Vacilé, entonces.
       —Subí: no tengás miedo —dijo afectuosamente el hombre.
       No tenía miedo. No era el primer muchacho que salía a correr el mundo. Subí al vagón.


13

      Así salí al mundo, trayendo una madre muerta, un padre ladrón —condenado a muchos años de presidio— y tres hermanos desaparecidos; era, quizá, demasiado para mis años, pero otros niños traerían algo peor. Yo, por lo menos y en descargo traía una infancia casi feliz, cariño, hogar, padres, hermanos.
       Sentía que eso, a pesar de los policías y de los calabozos, era un sostén, una base. Cuando recordara mi niñez y parte de mi adolescencia, mis recuerdos serían, por lo menos, tiernos. Sólo una persona me había tratado mal: Isaías; pero Isaías quedó con la mano en la cabeza, sintiendo correr su sangre, asombrado de que el hijo de la paisana Rosalía pagara en esa forma el sacrificio hecho al recibirlo en su casa. No estaba arrepentido de haberlo lastimado, así como él, de seguro, no lo estaría de haberme lastimado, así como él, de seguro, no lo estaría de haberme dado los puntapiés; estábamos en paz. Por lo menos yo lo estaba.
       Dos meses después, terminada la cosecha, regresé a Buenos Aires. Venía más erguido que al salir y mis manos eran como piedras. Vicente, el hombre que me invitó a subir al vagón y a unirme a él y a sus compañeros, me tomó bajo su protección y con él trabajé, de sol a sol, sirviéndole de ayudante. Era cosedor de bolsas, oficio que da buen salario, aunque deja, a los pocos días, desgarradas las manos y degollados los dedos: el cáñamo corta las carnes como una navaja y sobre la cortadura de hoy, aún sin cicatrizar, se produce otra mañana; la aguja cosedora, larga, encorvada, gruesa y resbaladiza, ayuda al cáñamo pinchando y produciendo callos, y al fin —ya que no se puede dejar el trabajo y hay que aguantar— queda uno con las manos como curtidas: si se pasa el filo de un cuchillo sobre ella, es como si se pasara sobre el casco de un caballo.
       Fui a la que había sido mi casa: gente extraña vivía ahora en ella. Fui al Departamento de Policía: mi padre ya no estaba allí; tampoco estaba en la Penitenciaría. Fue trasladado a algún penal de la provincia y no supieron o no quisieron decirme adónde, si a Sierra Chica o a Bahía Blanca, antesala de Tierra del Fuego. Tampoco pude saber nada de mis hermanos. ¿A quién preguntar? ¿Hacia quién volver la cara? Nadie me conocía y yo no conocía a nadie; en mi ciudad natal era un extraño, casi un extranjero.
       Lo mismo me daba, pues, cualquier parte.
       Adiós, Buenos Aires.
       Atravesé la Pampa, trabajando aquí como ayudante de carpintero, allá como peón de albañil, más allá como aprendiz de mecánico. Por fin, llegué a Mendoza; allí, un hombre que se decía vegetariano y discípulo de Schopenhauer y que se alimentaba casi exclusivamente de empanadas y tenía de amante a la mujer del maestro de cocina de un restaurante nocturno, me enseñó a pintar murallas, puertas y ventanas. Ya tenía un oficio. Al llegar el verano partí hacia la cordillera, contratado como ayudante de carpintero en una cuadrilla de trabajadores del Ferrocarril Transandino.
       Me acercaba a Chile, la tierra escondida.



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