Manuel Rojas
(Buenos Aires, 1896 - Santiago, 1973)


Historia de hospital (1928)
Originalmente publicado en el periódico La Nación [Santiago de Chile)
(15 de julio de 1928);
Travesía. Novelas breves
(Santiago de Chile: Nascimento, 1934, 191 págs.), págs. 121-142.



      A las doce y media de la noche, Raúl González, que dormía en su pieza de interno del Hospital San Rafael, despertó violentamente. Se sentó en la cama y balbuceó, medio dormido:
       —¡Qué! ¡Qué pasa!
       Nadie respondió... Esperó un momento, volvió a repetir la pregunta y obtuvo el mismo resultado. ¡Qué raro! En medio de su sueño había sentido claramente que alguien golpeaba la puerta llamándole por su nombre.
       “¿Habré soñado?”, se preguntó.
       Echó una mirada a su alrededor. La habitación estaba débilmente alumbrada por el reflejo de la bombilla eléctrica del pasillo; el tragaluz, abierto; la puerta cerrada; las sillas, el velador y la mesa guardaban la misma posición que tenían cuando él se acostó; enfrente, entre la puerta y el rincón, se veía el ropero, juntas las sueltas hojas de su puerta, con su mismo aspecto de viejo asmático.
       —¡Bueno! —murmuró Raúl González—. ¿Qué le vamos a hacer? Seguiremos durmiendo. Parece que he soñado.
       Se acostó de nuevo; se acomodó bien en la cama, buscando su postura favorita para conciliar el sueño, y ya cerraba los ojos cuando oyó distintamente tres golpes que parecían dados con los nudillos de la mano sobre la pared.
       —¡Esto sí que no es sueño, pues! —exclamó, sentándose de nuevo—. ¿Quién llama? —gritó con una voz fuerte, tan fuerte que él mismo se asustó.
       Una voz lejana respondió:
       —Yo, Raúl, yo.
       —¿Quién es yo?
       —¡Ah, eras tú, Cadáver! ¿Qué sucede?
       —Ven un momento, por favor; me siento mal —suplicaron.
       Raúl González hizo un gesto de desagrado. ¡Bonita hora para enfermarse! ¿Qué tendría ese maldito Cadáver? Algún cólico, seguramente... Pero de pronto se acordó de algo que le hizo dar un salto en la cama y echarse en seguida al suelo, buscando a tientas sus zapatillas. ¡Qué bruto era! Ahora recordaba...
       El Cadáver Guerrero, o sea, Valentín Guerrero, interno del hospital a quien llamaban por ese apodo a causa de su aspecto funerario, de su cuerpo delgadísimo y del color terroso de su piel, se manifestaba enfermo desde días atrás. Quejábase de dolores en la región del apéndice y del epigastrio, vahídos, mareos, náuseas, inapetencias, todo un cuadro clínico muy sospechoso. Sus compañeros diagnosticáronle:
       —Tienes una apendicitis.
       —O una colecistitis.
       —Te sacarán el apéndice.
       —Y la vesícula.
       —Puede ser también una úlcera gástrica.
       —Cuidado con la peritonitis.
       Pero, a pesar de todos esos diagnósticos y pronósticos, que hubieran bastado por sí solos para matar a un hombre impresionable, aquella noche, a la hora de comida, el Cadáver Guerrero se mostró muy alegre y muy despreocupado de sus dolencias; comió de todo y hasta se bebió media botella de vino, siendo inútiles las advertencias de sus camaradas de internado, que le aconsejaban, en vista de los dolores que sentía, no excederse en la alimentación.
       —Nadie se muere más de una vez —contestó él, engullendo a más y mejor—, y como yo ya soy el Cadáver Guerrero, no hay cuidado de que pueda cadaverizarme de nuevo.
       Por lo desusada, su actitud llamó la atención. Generalmente, Valentín Guerrero hacía honor a su apodo, permaneciendo callado, pálido, linfático, hepático, frío, mientras los demás reían y charlaban.
       —¡Y claro! —monologaba Raúl González mientras se ponía el sobretodo encima de la camisa de dormir—. El imbécil comió y bebió como un cerdo, y ahora estará con unos horribles dolores, tendrá náuseas, tal vez vómitos y quizás..., quizás...
       No se atrevió a seguir: lo que venía después de aquel repetido quizás era verdaderamente trágico. Abrió la puerta, salió y se deslizó por el pasillo haciendo sonar las zapatillas sobre el parquet. Llegó a la puerta de la habitación del Cádaver Guerrero, situada junto a la suya, abrió y entró. La pieza estaba a oscuras.
       —Prende la luz —murmuró una voz muy débil.
       Dio vuelta el conmutador y miró hacia la cama. El corazón se le encogió de agustia. Allí estaba el Cádaver Guerrero, acostado, con el amarillento rostro vuelto hacia el techo, , entreabiertos los descoloridos labios, dejando ver los desiguales y afilados dientes, y el tieso cabello en desorden, pegado sobre la alta frente. Raúl González, trémulo, se acercó al lecho.
       —¿Qué te pasa, ñatito? —tartamudeó.
       Guerrero entreabrió los transparentes párpados, lo miró vagamente y respondió:
       —Dolores..., vómitos, fiebre... Me muero. Creo que se me ha perforado el apéndice.
       Cerró los ojos, exhaló un agudo suspiro y no agregó una palabra más.
       Raúl González sintió que su camisa de dormir tomaba proporciones infinitesimales. Se quedó allí parado, aturdido, sin saber qué hacer ni qué pesnar. Seguramente, si se hubiera tratado de un enfermo extraño, y como casi médico que era, no le sucediera eso; pero un amigo enfermo, a esa hora, en ese sitio...
       De repente, el Cadáver Guerrero sacó de entre las ropas un velludo y esquelético brazo y, alargando y encogiendo los perfilados dedos, pareció llamarlo. Se acercó.
       —¿Qué quieres? —preguntó, en voz bajísima, como si se dirigiese a un moribundo que desease confiarle su última voluntad.
       —Llama, por favor —contestó el enfermo, también en voz baja, tan baja que parecía exhalar con ella el último aliento.
       Raúl González salió al pasillo y recorrió rápidamente las piezas de sus compañeros, llamándolos.
       —¡Oye! —decía en voz alta, golpeando la puerta.
       Los internos despertaban asustados, preguntando:
       —¿Qué ocurre?
       Y oían la siguiente respuesta:
       —El Cadáver Guerrero se está muriendo. Levántate.
       Poco a poco el internado fue cobrando animación y diez minutos después, en el pequeño cuarto del Cadáver Guerrero no cabía un alfiler más, de tal modo se repletó de gente. Había allí veinticinco o treinta internos, médicos nonatos, que alargaban el pescuezo para contemplar al enfermo, que continuaba presentando su aterrador aspecto: el rostro demacrado, los labios entreabiertos, el cabello en desorden, los ojos hundidos, inmóviles, verdosos.
       —Parece que ya se estuviera pudriendo —dijo alguien en voz baja.
       Raúl González, situado en el centro del semicírculo que rodeaba al enfermo, contó tres o cuatro veces lo sucedido, y parecía dispuesto a contarlo nuevamente cuando un interno llamó la atención de todos, exclamando:
       —¡Miren! —al mismo tiempo que levantaba el cobertor de la cama, que aparecía cubierto de un líquido viscoso, salpicado de manchas blancas y rojas.
       —Son vómitos.
       —¡Pobre Cadáver! —exclamó uno—. Ni siquiera tuvo tiempo de sentarse en la cama.
       Ante este espectáculo y ante esas palabras, que parecían referirse a una persona ya muerta y sepultada, un sincero sentimiento de piedad brotó en el corazón de cada uno de los presentes, quienes querían y apreciaban mucho al Cadáver Guerrero, porque el Cadáver Guerrero, a pesar de su aspecto de ultratumba, que hacía pensar, a primera vista, en un espíritu atravesado y agrio, era un hombre simpático, generoso, de excelente corazón y magnífico carácter. Jamás se enojaba por las bromas que le hacían; era respetuoso, servicial y atento. Prestaba sus libros y apuntes de medicina a todo aquel que se los solicitara, y sus bolsillos estaban siempre llenos de cigarrillos y de monedas que obsequiaba o prestaba a los compañeros más pobres.
       El recuerdo de estas cualidades y de estas virtudes provocó un silencio emocionante en la habitación. Y este silencio hubiérase prolongado hasta el deceso del enfermo, si una voz fuerte, imperiosa, una voz venida desde el límite exterior del semicírculo, no lo hubiera roto.
       —¿Qué pasa aquí? —preguntó aquella voz.
       Los internos volvieron la cabeza. En el hueco de la puerta se veía a dos personas, dos hombres: el gringo Schelling y Romualdo Rodríguez, internos también del hospital, que a esa hora volvían de su guardia por las salas del hospital, la última que hacían, pues al día siguiente abandonarían el internado para ir a ejercer su profesión de médicos, el uno a una salitrera y el otro a su provincia natal.
       —El Cadáver Guerrero está enfermo —respondieron algunos.
       —A ver; déjennos pasar.
       El semicírculo se abrió respetuosamente. Todos guardaban consideración al gringo Schelling, delgado, enérgico, ojos claros, rosada la cara de aire extranjero, muy serio, que había sido el mejor alumno de su curso y que prometía ser un hábil e inteligente cirujano. No pasaba lo mismo, en cambio, con Rodríguez, especializado en enfermedades de trascendencia social, hombre ladino, socarrón, cuadrado de cuerpo, aindiado el rostro, ojos vivaces y pequeños, boca grande y risueña, que había sido durante su internado el terror de los internos por las pesadas bromas que solía gastar.
       Llegado junto al enfermo, el gringo Schelling púsole una mano sobre la frente y le preguntó:
       —Cadáver, ¿qué tienes?
       En voz baja el paciente explicó sus dolencias y temores. Dolores, vómitos, fiebre...
       El gringo Schelling y Rodríguez examinaron detenidamente al enfermo: palparon con cuidado la región dolorosa y sus alrededores, tomáronle el pulso, auscultáronle el corazón, echaron una mirada de reojo al cobertor manchado y diagnosticaron a dúo:
       —Apéndice perforado. Hay que proceder inmediatamente.
       Y en seguida el gringo Schelling, volviéndose hacia los internos que presenciaban en silencio la escena, les dijo con voz dura:
       —Y ustedes, idiotas, ¿qué hacen aquí? ¿No saben aún lo que hay que hacer en casos como éstos? ¿Qué clase de doctores van a ser ustedes, que ven a un hombre con el apédice perforado y se quedan plantados como postes? ¡Hay que operar inmediatamente! Después de la perforación del apédice sobreviene la peritonitis y...
       Y el gringo Schelling largó una serie de términos, todos tan técnicos, tan terriblemente técnicos, que parecían inventados por él en ese momento, dejando con ellos apabullados a los internos, la mayoría de los cuales empezaban su año de práctica médica.
       Tras é tronó Rodríguez:
       —¡A ver! Dos hombres que vayan a buscar al doctor Ramírez; está en el Pensionado y es el único cirujano que hay en este momento en el hospital. Otros tres hombres a preparar el instrumental y cuatro que se queden aquí para transportar al enfermo. Los demás pueden irse a dormir.
       Pero nadie pensaba en esto último.
       Apenas terminó Rodríguez de hablar, veinte hombres salieron corriendo por el pasillo, gritando, cerrando de golpe las puertas, saltando de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera, tropezando, cayendo y desparramándose en seguida a través de los patios del hospital, sembrando la alarma por todas partes


* * *

      Veinte minutos después, el instrumental estaba preparado, y el doctor Ramírez, sacado casi violentamente de su cama, esperaba ya en la clínica. Los internos aguardaban una señal del gringo Schelling para cargar con el paciente.
       —¿Ya estamos? —preguntó éste—. En marcha.
       El Cadáver Guerrero fue levantado de su lecho, delicadamente, como si se tratara de un objeto de lujo, frágil, y colocado en la camilla. Bien abrigados los fláccidos miembros, fue sacado de la habitación y transportado hasta el principio de la escalera, paso escabroso para un enfermo como él, tan grave.
       —¡Vamos a ver! —dijo Rodríguez, con aire de jefe de expedición—. Vamos a bajar con mucho cuidado, procurando que el enfermo no sufra sacudidas bruscas, que agravarían su estado. Yo me voy a situar al final de la escalera y mandaré la maniobra. Cuando diga: “¡uno!”, todos bajarán el pie derecho al peldaño siguiente, y cuando ordene: “¡dos!”, reunirán el pie izquierdo con el derecho. ¡Atención!
       La organización del descenso era excelente, pero el resultado no correspondió a ella. A la primera orden, algunos se equivocaron de pie y el enfermo sufrió una sacudida que le arrancó gritos de dolor.
       —¡Pero no sean brutos! —gritó Rodríguez—. He dicho el pie derecho primero, no el izquierdo. Tendré que explicarles de nuevo.
       Subió a saltos la escalera y pretendió volver a explicar su programa, pero fue interrumpido por la violenta discusión que durante varios segundos sostuvieron los que cargaban con el doliente:
       —Este tuvo la culpa.
       —¿Yo? Si he bajado el pie izquierdo primero.
       —Por eso mismo, imbécil.
       —¡El imbécil eres tú!
       —¡No griten que van a despertar al Cadáver!
       Una carcajada hizo temblar los vidrios de la galería.
       —Además, somos tantos los que vamos aquí, que nos estorbamos unos a otros en lugar de ayudarnos.
       —Claro, doce hombres para transportar a uno.
       —No tocamos ni a diez centímetros cuadrados cada uno.
       —Y con lo poco que pesa esta lombriz solitaria.
       —¡Idiota! No hables así de un enfermo.
       —¡No me llames tantas veces idiota! Me pones nervioso.
       —¡Silencio, señores! —intervino el gringo Schelling—. No nos pongamos a discutir, porque si no, en lugar de llevar al enfermo a la sala de operaciones, tendremos que seguir de largo e ir a dejarlo al depósito. Lo importante es llegar pronto y como mejor podamos. ¡Andando!
       Continuaron bajando la escalera. Rodríguez, situado al final de ella, seguía gritando:
       —¡Uno! ¡Dos!
       Pero estas voces de orden no eran escuchadas. En medio de los trágicos quejidos del enfermo, llegó la caravana al pie de la escalera, dio vuelta por el pasillo y desembocó en el primer patio del hospital. Era la noche de verano, con luna, clara y tibia. El ancho patio, los caminos, los árboles, las fuentes, todo estaba sumido en una luz lechosa, manchada únicamente por las sombras que provocaba la misma luz. Los estudiantes, abrigados con sus oscuros sobretodos, cayeron en esa luz de diciembre como un enjambre de negros mariposones nocturnos en una fuente llena de leche. Por debajo de los abrigos veíanse los fláccidos faldones de las camisas de dormir o los arrugados pantalones de los pijamas. Las desnudas piernas de algunos salían como avergonzadas de las pantuflas y zapatillas. Todos desgreñados, perdida ya en parte la fuerte impresión de los primeros instantes, hablaban a gritos, enérgicamente; cada uno de ellos sentíase el salvador del compañero enfermo. La pasión de la ciencia, tan fuerte y tan honda como cualquiera otra pasión, empezaba a dominarlos. Tenían que defender a ese camarada, salvarlo de la muerte a costa de lo que fuese; la cirugía era casi infalible, y si no bastaba, para salvarlo, el extirparle el apéndice, se le extirparía lo que hiciese falta. ¡Y cómo no!
       El entusiasmo iba en aumento. ¡Loable interés sentido por un amigo! Sin embargo, muchos de ellos no habían presenciado todavía una operación hecha en carne viva. No habían trabajado más que en cuerpos insensibles, indefensos, muertos, donde el bisturí corta, abre, charquea, sin encontrar estremecimientos ni reacciones, sin que brote una gota de sangre caliente ni fría. Ignoraban aún el sentimiento de angustia y de fatiga que produce el ver alzarse, armada con el inquietante bisturí, una mano enguantada que desciende después sobre el campo operatorio, abriendo en la piel una delgada y larga huella, de la cual brota ciegamente la sangre, la terrible sangre. Quién sabe si la expectativa de contemplar este espectáculo, anhelado y temido a la vez, no influía en ellos, más que otro sentimiento, para aumentar el interés que demostraban por el enfermo.


      A través de los patios se deslizaba el compacto y oscuro grupo. Durante el trayecto hasta la clínica, Raúl González encontró otra nueva ocasión para contar nuevamente, hablando a gritos, pues era difícil hacerse oír, lo sucedido. Los veladores y los practicantes, alarmados ya por las carreras de los que fueron a preparar el instrumental, salían a inquirir lo que sucedía.
       —¿Qué pasa? —interrogaban.
       —Vamos a operar al Cadáver Guerrero —contestaban todos a una.
       Los enfermos febriles, los moribundos, los graves, oían en medio de sus delirios aquellas voces y aquellas palabras y las unían en seguida a sus fantasmas y visiones, forjándose con ello espantosas pesadillas.


      La sala de operaciones de la clínica, con su aspecto frío, su amplitud y sus altas y desnudas paredes, apaciguó un poco los ánimos y acalló un tanto las palabras vehementes.
       —Colóquenlo ahí —dijo el gringo Schelling, señalando la mesa de operaciones.
       El Cadáver Guerrero fue instalado en ella cuan largo y flaco era. Había llegado el momento. El doctor Ramírez, de pie junto a la mesa, vestido de punta en blanco, silencioso, hermético, como corresponde a un apóstol de la ciencia en funciones, completamente aséptico, calzados los guantes de goma, con su gorrito blanco y cubierto el rostro con el antifaz, ofrecía una figura original, imponente por su albura, su adustez y su silencio.
       Cerca de él, colocado en grandes fuentes niqueladas, estaba el instrumental, brillando sus metales bajo la luz fuerte de los focos, deslumbrantes de limpieza, escalofriantes en su simplicidad de acero.
       Al fondo de la sala se veía el anfiteatro, sitio que los estudiantes ocupaban durante las clases, pero que en ese instante aparecía oscuro y desierto, contribuyendo, con su soledad y oscuridad, a aumentar el grave y severo aspecto de la sala.
       Dos minutos después de haber entrado, nadie hablaba ya en voz alta, nadie reía. Todos bajaron la voz y hablaban como en secreto, mirando al doctor, al anfiteatro, al enfermo, al instrumental.
       —¿Han examinado ya al enfermo? —preguntó gravemente el doctor Ramírez.
       —Sí, doctor; se trata de un apéndice perforado.
       —¿Hay antecedentes?
       —Sí, doctor; el diagnóstico no puede fallar.
       —Bien; operaremos bajo su responsabilidad, doctor Schelling.
       —Perfectamente.
       —Preparemos al enfermo.
       —Necesitamos dos ayudantes —dijo Schelling—. ¿Algunos de ustedes han ayudado a operar otras veces?
       —Yo, yo —dijeron aisladas voces.
       —Bien; a ver tú, Raúl González, y tú, Pato Mardones; en ese cajón hay una navaja, un hisopo y jabón. Aféitenle el abdomen hasta el pubis al enfermo y háganle después una asepsia rigurosa, como se acostumbra. Yo me prepararé entretanto.
       Pato Mardones, como su apodo parecía indicarlo, era un joven de muy baja estatura: apenas llegaba al nivel superior de la mesa de operaciones.
       —Pero este joven va a tener que encaramarse a un taburete para ayudarnos —objetó el doctor.
       —No; él se las arregla subiéndose a los travesaños de la mesa —contestó Rodríguez.
       Pato Mardones, que en ese instante se sentía un Mayo en miniatura, dirigió una mirada perforante a Rodríguez; después, armado de hisopo, procedió a embadurnar de jabón el abdomen del Cadáver Guerrero. Este, entretanto, inmóvil en la mesa de operaciones, parecía mirar, a través de los semicerrados párpados, los refulgentes focos de la sala. No decía nada, no se quejaba, no se movía, su rostro estaba como siempre. Y esta inmovilidad y este silencio llamaban la atención, pues, generalmente, los enfermos que van a ser operados hablan, hacen preguntas sobre la operación, sus posibles resultados; si los anestesiarán con cloroformo, con éter o con raquídea; si la operación no se transformará en autopsia, etc. Pero ese enfermo no decía nada...
       Una vez que le fue rasurado el abdomen, se le hizo en el mismo una fricción con bencina, encima de esta una de alcohol, y luego, con un ancho pincel, se le extendió en toda la región una gruesa capa de yodo.
       El enfermo, al sentir la fuerte picazón del yodo, hizo un movimiento de impaciencia y los músculos de la cara se le recogieron, como reteniendo una violenta expresión.
       —Listo, doctor —anunciaron González y Mardones.
       —Bueno —dijo entonces el gringo Schelling—. Nos encontramos ahora ante un problema: no hay más que dos pares de guantes disponibles, los que tiene puestos el doctor y los que usaré yo. ¿Cómo se las van a arreglar los ayudantes?
       Todos se miraron entre sí, esperando del vecino la solución del problema.
       —Es muy sencillo —respondió el doctor Ramírez—. Bastará que estos jóvenes consientan en hacer un sacrificio por el compañero enfermo.
       —Diga, doctor; estamos dispuestos a todo con tal de salvar al Cadáver Guerrero.
       Un murmullo de simpatía y admiración salió del semicírculo.
       —Perfectamente. Procedan a lavarse minuciosamente las manos y los brazos y luego hagan lo que hicieron en el abdomen del paciente: una fricción de bencina, otra de alcohol y una capa de yodo, todo ello desde las uñas hasta el codo. Tendrán que sacarse los abrigos.
       Aunque la perspectiva de quedar en camisa de dormir, delante de un público tan numeroso como irónico, no era muy halagüeña, Pato Mardones y Raúl González, heroicamente, accedieron. Pasaron a otra pieza, se sacaron los abrigos y ayudados por varios camaradas hicieron lo que se les había indicado. Diez minutos después reaparecieron. Al verlos, el gringo Schelling, el doctor Ramírez y Rodríguez tuvieron que hacer esfuerzos para no lanzar la carcajada. Con el pelo en desorden,


       El muchacho fue llevado afuera y sentado en un banco del patio. Los que lo llevaron volvieron precipitadamente a la sala; no querían perder el espectáculo.
       —¡Alerta! —exclamó el cirujano—. ¡Ahora sí que es cierto!
       Pero cuando ya bajaba el brazo, Rodríguez gritó con voz tremenda:
       —¡Levántate, Cadáver!
       Entonces, en medio de la estupefacción general, el Cadáver Guerrero se sentó en la mesa, buscó un momento entre su camisa y sacando un cartón blanco lo levantó en el aire. En aquel cartón estaban escritas estas extrañas palabras: “28 de diciembre. Día de los Inocentes”.
       Hecho esto se bajó de la mesa y antes de que nadie pudiera impedírselo, salió corriendo a largas zancadas. La sorpresa duró solo un brevísimo instante, pues alguien gritó:
       —¡Claro, imbéciles! ¡Si hoy es el Día de los Inocentes! Nos han tomado el pelo.
       Y toda la horda salió corriendo y gritando detrás del Cadáver Guerrero. ¡Qué paliza le iban a dar! El muchacho que sufriera la fatiga y que recién volvía de ella, al ver correr y gritar, sin saber qué pasaba, echó a correr también detrás de ellos, aterrorizado. En la clínica solo quedaron el doctor Ramírez, Rodríguez y Schelling, revolcándose de risa.


      Guiándose por la blancura de la camisa de dormir del Cadáver Guerrero, la turba lo siguió a través de los patios, gritando, saltando, aullando. El Cadáver Guerrero subió a saltos la escalera, corrió por el pasillo y se metió al comedor, encendiendo todas las luces. La horda venía pisándole los talones y allá se fue tras él. Pero a medida que los muchachos entraban al comedor, las amenazas se trocaban en frases de admiración y los gritos de rabia en carcajadas. En el centro del comedor veíase la ancha mesa, servida opíparamente, y arriba de ella, en camisa de dormir, el Cadáver Guerrero sostenía un listón con un letrero que decía:
       “Banquete y fiesta preparados por el Cadáver Guerrero, el doctor Rodríguez y el grinco Schelling en conmemoración del Día de los Inocentes y en honor de los dos últimos, que se ausentan mañana del hospital.”
       El Cadáver Guerrero, en medio de un espantoso chivateo, fue paseado en andas alrededor de la mesa.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar