Manuel Rojas
(Buenos Aires, 1896 - Santiago, 1973)


El león y el hombre (1929)
Originalmente publicado en el periódico La Nación
[Santiago de Chile] (6 de enero de 1929);
Travesía. Novelas breves
(Santiago de Chile: Nascimento, 1934, 191 págs.), págs. 79-95.



      En lo más alto de una montaña y en un chiflón que un minero abrió al seguir una veta mineral que se agotó pronto, vivían el León viejo y su hijo.
       Para el primero habían terminado ya los días de la juventud, aquellos lejanos y alegres días en que sus patas, elásticas y firmes, recorrían los confusos senderos de los bosquecillos cordilleranos, deslizándose silenciosamente entre los quillayes y los boldos, como una inquietante mancha amarilla que en el otoño se confundía con el color del paisaje.
       Estaba ahora viejo y achacoso, respetable de vejez y achaques.
       Para el segundo, en cambio, empezaban aquellos alegres días.
       En sus tiempos de mocedad, aquel León viejo fue el terror de los caseríos y fundos comarcanos. Vivía entonces a su lado la compañera de sus días, una Leona de ancho pecho y pesadas patas, de piel nerviosa y brillante, ágil en el salto y veloz en la carrera. ¡Cuántas noches de aventuras con ella y cuántas de amor en la soledad de las montañas! Salían de la guarida al atardecer, cuando el águila, inmóvil en el aire, a gran altura, recogía en sus ojos y en sus alas las últimas luces del sol; bajaban hacia el valle por atajos conocidos por ellos, y al anochecido marchaban ya sobre las primeras vegas cordillenaras. Saltaban limpiamente las pircas de piedras y ramas de espinos y sorprendían a los animales perdidos o atrasados, sembrando la muerte y el terror entre los pacíficos piños de engorda. Toda la noche, dueños de la soledad y del silencio, sus pasos suaves recorrían el campo y sólo regresaban al cubil, marchando perezosamente, cuando la noche empezaba a palidecer en la cima de los cerros y las claras estrellas se diluían en una claridad mayor.
       Así transcurrieron los hermosos tiempos de la juventud, que el viejo León, ahora medio ciego y casi inválido, recordaba todos los días a la hora en que la noche echa a rodar su río silencioso sobre el mundo.
       Y eso fue así durante mucho tiempo, durante años, hasta que un día el Hombre que vivía allá abajo, al pie de los cerros y en el nacimiento del valle, se aburrió. Era pobre, su chacra era pequeña, su ganado escaso, muchas veces ajeno —recibido para engorda— y las piraterías del León causaban gran estrago en su modesta hacienda. Era preciso terminar con ellas…
       Y una tarde limpió y engrasó cuidadosamente su carabina, llamó y reunió junto a sí a todos los perros del contorno, buscó el rastro del depredador y acompañado de otros hombres esperó en la entrada del valle a los nocturnos visitantes. Como era inteligente, preparó una celada.
       Una vaca vieja e inútil, amarrada a una estaca, fue el cebo.
       En la noche la leona cayó sobre ella como una masa tibia y elástica que emergiera de la sombra y la vieja vaca se derrumbó sin un gemido. Pero en ese mismo instante diez disparos de carabina atronaron el aire y veinte perros salieron corriendo tras las diez balas.
       Alcanzada por varios proyectiles quedó tendida junto a la vaca, manchada de rojo su piel azafranada, y el León, lleno de coraje, excitado por los ladridos y los disparos, se lanzó sobre los perros, aplastándolos con las poderosas patas y abriéndolo como sandías con la afiladas garras. Pero las carabinas hablaron de nuevo y otras diez balas buscaron en la noche el cuerpo del León.
       Exasperada por el dolor de un tiro recibido, desorientada, la fiera saltó, cayendo entre los hombres escondidos detrás de una pirca; hirió a uno y a otro luego huyó, desapareciendo bruscamente en la obscuridad.
       Volvió a los pocos días, cuando el Hombre, confiado de nuevo, dormía tranquilamente. Mató sin ruido a los perros que encontró a su paso y sin ser sentido llegó junto al rancho del Hombre. Al dar vuelta alrededor de él, tal vez buscando una entrada, encontró, estacad en la pared que daba hacia el oriente, la piel de la compañera de sus días. Furioso, la rasgó de cabeza a cola con un arañazo brutal, que hizo oscilar la delgada pared y despertó al Hombre.
       Extrañado del ruido, el Hombre se sentó en la cama y escuchó. ¿Qué podía ser aquello? Oyó un jadeo profundo y agitado que no podía ser producido por un ser humano y se levantó a mirar por el pequeño ventanuco de su rancho. Junto a la piel rasgada de la Leona, el León, lamiéndose las garras, perecía a alguien. Trémulo de alegría, el hombre buscó a tientas su carabina; pero tan anhelante estaba que no pudo hallarla ni recordar el lugar donde la había dejado. Lo único que encontró fue una vieja escopeta que utilizaba para cazar perdices y conejos y que por fortuna estaba cargada.
       Un instante después, el león recibió en la lustrosa piel del flanco una perdigonada estruendosa que lo hizo huir lamentablemente.
       Pero el León volvió de nuevo. Quería disputarle al Hombre palmo a palmo su dominio. Esa vez lo cercaron los perros contra un matorral y sólo pudo salvarse a costa de la muerte de cuatro de ellos.
       En la última excursión que efectuó, los perros, que también veían en él a un enemigo, lo descubrieron desde lejos, olfateándolo, y se avisaron entre sí ladrándose de rancho a rancho, despertando con ello la curiosidad y la sospecha del Hombre, que acudió a los ladrillos armado de su temible carabina.
       Acosado por los perros y sintiendo silbar cerca de sus orejas las balas calientes y redondas, el León fue arrojado hasta el nacimiento del valle, donde el Hombre, después de dispararle un último balazo que tronchó junto a la fiera un gracioso tallo de huille florido, le gritó, amenazándolo con el puño:
       —¡Juna grandísima! ¡No volváis más pu’aquí!
       Y el León no volvió más. El Hombre no era ni más valiente ni más fuerte que él; pero era, en cambio, más inteligente y tenía perros y armas y sabía tender lazo en los caminos del bosque. El León había visto conejos y zorros apresados en ellos. Además, el Hombre defendía su trabajo y cuidaba su prosperidad, ambicionando que todo estuviera bajo su dominio inmediato.
       El León abandonó la partida y subió a su montaña. Tenía un hijo pequeño, que le dejara su vieja compañera, y a él dedicó el resto de sus días.
       Y de este modo, la ley del Hombre, afirmada por la carabina y los perros, imperó sin contrapeso desde donde nace el valle hasta donde muere el río, y más allá aún.
       Una mañana de principios de primavera, el viejo León, echado a la entrada del chiflón que le servía de cueva, tomaba el sol, dormitando. El aire era fresco y el sol tibio. Un poco más allá, en la orilla de una pequeña planicie, desde donde se dominaba una parte del río que por allí corría entre altas gargantas antes de echarse al valle, estaba el León joven. Era un magnífico cachorro, robusto y ágil, consciente y orgulloso de su robustez y agilidad. había entrado ya en la pubertad y su cuerpo era apretado de músculos y de nervios; las patas eran ya anchas y vigorosas y los colmillos agudos y fuertes. Todo él pedía aventuras, carrera, saltos, peleas, violencias. Los instintos de los animales de presa bullíanle en las venas. Criado entre rocas y árboles, en la soledad y en el silencio de la montaña, sus sentidos eran finos y precisos. Sus orejas percibían los menores ruidos y su olfato recogía todas las variaciones del olor; sus ojos dorados advertían desde lejos los más pequeños movimientos y su piel azafranada, eléctrica de sensibilidad, expresaba, en escalofríos que terminaban en las puntas de las redondas y cortas orejas, las impresiones que los sentidos le transmitían.
       El padre lo había educado como a un verdadero León, haciéndole fuerte y valiente, astuto, alerta, enseñándole todo lo que un León debe saber para subsistir en medio de la vida salvaje de las montañas; los modos de cazar y los modos de pelear; los modos de huir y los modos de atacar, y, sobre todo, infundió en él el sentido de la superioridad sobre los otros animales. Así como el cóndor es el rey del aire, el León es el rey de la tierra, pero toda aquella sabiduría estaba aún en reposo, inédita. El León viejo no le permitía alejarse de su lado y la impetuosidad del cachorro se estrellaba y doblábase ante la prudencia del padre.
       Y es que había un secreto que el León viejo no revelaba todavía a su hijo y ese secreto era el que le obligaba a impedir su alejamiento.
       Aquella mañana, echado al sol sobre el vientre, con la cabeza levantada y los sentidos en tensión, el León joven ojeaba la lejanía. Miraba el río, los bosques colgados de las faldas amplias de las montañas, las vertientes que salían de los macizos de árboles, brillando entre ellos como pequeñas culebras plateadas; advertía las locas carreras de los conejos por entre los litres y los algarrobos y los vuelos cortos y repentinos de las perdices; oía el canto largo y apasionado de la tenca y el silbido displicente del zorzal. El cielo estaba de un azul radiante y el aire, alto y puro, llenaba hasta los bordes el cuenco del espacio.
       ¿Cuándo podría él echarse a andar?
       Se levantó desperezándose y miró a su padre. Si alguna vez hubo en el mundo un hijo respetuoso con su padre, ése fue el León joven. Y no le infundía respeto, sino que también admiración. Admiraba en él su aire de adustez y de tranquilidad fiereza, su expresión de fuerza en sosiego, su sabiduría de la vida. Anduvo unos pasos y se detuvo ante él. El León viejo abrió un ojo y lo miró. Aunque sus pupilas estaban ya nubladas por la vejez, conservaban todavía un recuerdo de la fijeza y penetración de antaño.
       —¿Qué querís, hijo? — preguntó.
       —Estaba pensando, paire —contestó el cachorro— si habrá en too el mundo uno más guapo que su mercé. (Así trataban antes los hijos a los padres).
       El león viejo inclinó la cabeza. El momento de la revelación, durante tanto tiempo postergado, llegaba, al fin. Después de un instante contestó:
       —Sí, hijo.
       Esta respuesta llenó de sorpresa al León joven. Su padre, hasta ese momento, le había enseñado que los animales de su raza eran los más guapos de la tierra.
       —¿Cómo ha de ser eso, paire —preguntó—, cuando yo, que soy hijo, no le tengo mieo a naiden ni más respeto que a su mercé?
       A pesar del orgullo que esta pregunta produjo en él, contestó el veterano:
       No t’engañis, hijo. Hay en el mundo un animal muy bravo que se la gana a toos; si nu’es por bien, por mal se han de dar. Por eso es que yo, qu’era el rey del mundo, me hey tenío qu’enriscar entr’etos cerros por no dame.
       —¡Bah! —repuso jactanciosamente el León joven—.
       Con su permiso, paire, écheme la bendición y yu’iré a pelear con ese animal para quitarle el mundo. ¡qué tanto será lo guapo! Empués de su mercé, ¿que animal será tan grande que yo no me li’anime?
       El León viejo contestó:
       —Nu’es tan grande, hijo; pero es más ardiloso que toos, y se llama l’Hombre. Yo no ti aré nunca permiso, mientras viva, pa que vai a peliar con él.
       Insistió el León joven, pero el viejo se mantuvo inflexible. Mientras él viviera, no le consentiría alejarse de su lado y mucho menos para ir a pelear con el Hombre. Y quiso que no quiso, el cachorro tuvo que quedarse, refunfuñando y afilándose las uñas.
       Pero el León viejo estaba muy enfermo y a los dos días murió. Poco antes contó a su hijo la historia de su madre.
       Esto avivó en el león joven el deseo de ir a medir sus fuerzas con aquel animal extraordinario, de cuya figura y de cuya inteligencia, a pesar de los relatos de su padre, no tenía la menor idea.
       Después de llorarlo, fue a buscar unas ramas y lo tapó cuidadosamente, velándolo durante todo ese día y su noche, y al día siguiente, apenas amaneció, dijo:
       —Agora sí que no me queo sin peliar con el Hombre.
       Y salió cordillera abajo, a buscarlo.
       El día era espléndido, fresco. el viento corría bajo, entre los cajones del río, haciendo oscilar los esbeltos álamos. El agua reverberaba al sol. Los bosques estaban llenos de cantos y de murmullos. Los insectos y los pájaros se cernían ingrávidos en el aire seco, dorados de sol. La gran araña peluda ascendía desde el fondo de su agujero tapizado y salía a la luz, mostrando sus largas patas rojizas y su vientre de cobre. Grandes bandadas de tórtolas cordilleranas se levantaban y abatíanse entre los pajonales. Conejos, vizcachas, zorros, perdices, quirquinchos, pululaban sobre la tierra, deslizándose entre los arbustos. Era la población menuda pero densa de la montaña, que salía a tomar el sol. Más allá, en la orilla de las vertientes, enormes helechos empapados de agua mostraban sus cabezotas verdes. Todo parecía incitar a la aventura, a la marcha errante y sin sentido a través del mundo. el León llegó rápidamente a la orilla del río. Durante su marcha tuvo ocasión de observar el respeto y el temor que su presencia despertaba en los demás animales. Al verlo, el conejo amarillento o gris, paraba desmesuradamente las orejas y dando un golpe seco con las patas traseras, como tomando impulso, huía a perderse en los matorrales; la chilla dejaba escapar un gruñido de terror y arrastrando su cola amarilla, erizada de miedo, desaparecía entre los intersticios de las rocas; las perdiz lanzaba un silbido de espanto y horadaba los aires como una piedra zumbante; el quirquincho se recogía y ovillaba, rodando cerro abajo como un pedrusco obscuro, y los pájaros, las tórtolas, las tencas, los triles, los zorzales, los lloicas con sus mantas bermejas y las codornices con sus gorros de tres plumas, se levantaban en el aire como impelidas por un viento poderoso. Viendo aquello, pensó orgullosamente:
       —Empués e mi paire, ¿qui animal habrá en el mundo más guapo que yo? ¡Ninguno!
       Tomó por la orilla del río hacía abajo, saltando de peñasco en peñasco, dando vuelta los matorrales, ya corriendo, ya trotando que sus músculos y sus nervios le respondían maravillosamente al ser requeridos . se sentía lleno de fuerza y de confianza.
       Pero poco a poco la garganta se fue ensanchando y de pronto se abrió resueltamente,, apareciendo ante los ojos del león un espectáculo que lo hizo detenerse estupefacto. Allí las montañas se separaban en dos filas, tomando una hacía allá y otra hacía acá, distanciándose una de otra hasta perderse de vista. la tierra se aplanaba allí y cambiaba de color; desaparecían los peñascos, todo era blando y suave y el río seguía corriendo por en medio de aquella tierra plana, dividiéndola en dos.
       Aquello era el valle, la región misteriosa donde empezaba el dominio del Hombre, el animal más bravo del mundo, según dijera el León viejo a su hijo.
       El León vio a lo lejos las casas del Hombre, sus chacras y potreros, las divisiones que separaban unos campos de otros, y los peños de animales. Pero él no sabía qué era todo aquello. La ignorancia en que había vivido hasta ese momento impedíale especificar y diferenciar lo que veía. Por lo demás, su único deseo era encontrar al Hombre y medir sus fuerzas vírgenes con él.
       —¿Adónde andará ese guapo? — se preguntó—. Vamos a buscarlo.
       Y siguió andando hasta entrar en el dominio del hombre. le extrañaba el cambio del paisaje y la diferencia que notaba entre su abrupta montaña nativa y esta tierra amplia y lisa, donde todo parecía estar bajo el cuidado de una mano poderosa. Le extrañaba también la ausencia de los animales que vivían en la montaña. Ni una perdiz, ni un zorro, ni un conejo. Únicamente los pájaros y los insectos continuaban allí su vida de siempre.
       Ya estaba pensando que en esa tierras no habitaba animal alguno, cuando vio, en una pequeña vega junto al río un caballo muy flaco. se detuvo y lo observó un momento.
       —¡Bah! — dijo después— ese no mi aguanta na.
       Avanzó con el vientre pegado a la tierra y cuando estuvo cerca del caballo, que pacía tranquilo y despreocupado se irguió repentinamente, gritando:
       —¿Vos sos el Hombre?
       Al oír esa voz gruesa y desacostumbrada, el Caballo dio un respingo, asustado. Aunque hacía años que no veía un León, recordaba perfectamente qué clase de compadre era y contestó rápidamente:
       —Yo no soy el Hombre, iñor.
       —¿Quién es el Hombre, entonces? — interrogó el León.
       El caballo, al ver que el León no pretendía nada contra él, contestó cachazuda y dolidamente:
       —El hombre, iñor ta más pa’ajo y es un animal muy malo y muy guapo. a mí me tiene bien dao, y porque no me le quería ar, me metió unos fierros en la boca, mi amarro con unos corriones, y con otros fierros clavaores que se puso en los talones, se me subió encima y mi agarró pencazos y puyazos por las costillas, hasta que tuve qui hacer su oluntá y llevalo p’onde se liantojaba, y dey me largó p’estos rincones onde casi me muero di hambre.
       —¿Pa qué sos leso? — dijo despectivamente el León—.
       Yo voy a uscar al Hombre a ver si es capaz de ponese conmigo.
       Siguió andando, y poco más allá, detrás de una cerca de pirca, vio el lomo de un Buey, con sus cuernos.
       —Es’es el Hombre — pensó el León—. ¡Y qué bien regrandazas son las uñas que tiene!… Pero las tiene en la cabeza, mientras que yo las tengo en las manos. A ver si es el Hombre.
       De un salto se encaramó encima de la pirca.
       —¿Vos sos el Hombre? —grito al buey.
       El buey se pusoa a temblar, asustado, más muerto que vivo, y sacando la voz como pudo, contestó:
       —Yo no soy el Hombre, iñorcito. El hombre vive más p’aajo.
       Pero el León no le creyó.
       _me querís engañar que no sos vos, porqu’estay tiritando e cobardía. ¿Y te animas a peliar conmigo? ¿Pa qué’s ese cuerpo tan regrande y esos armamentos que tenís en la cabeza si no pa ganásela a los que no son guapos como yo?
       ¡Pónele al tiro, si querís!
       Y el buey, viendo que no podría huir del León ni hacerle frente, respondió, casi llorando de miedo:
       .¡No, iñorcito, por Dios!, si yo soy peliador ni guapo; ya ve qu’el Hombre me tiene bien amansao y que cuando yo estaba más toruno y me lle quise sublevar. m’echo unos lazos, me tiro al suelo y me marcó el pelljo con un fierro caliente, qu’entuavía m’escuece. ¿No ve, su señoría, aquí en las ancas?… Y m’hizo otras cosas más, bien repiores, que me da vergüenza… Después me puso yugo y m’hizo tirar la carrera a picanazos. Y aquí’stoy, iñor, paeciendo hasta qui’al Hombre se li ocurra matame pa comeme.
       El León, al terminar el buey sus quejas, le dirigió una mirada de profundo desprecio.
       —¡Tan regrande y tan… vilote! No servis pa na. Me voy.
       Y siguió valle abajo, en busca del Hombre, pensando,
       —Toos son aquí unos coardes y ninguno es capaz d’encacharse conmigo.
       Ya veía las chacras, y al dar vuelta a un bosquecillo vio un humo y después el rancho de una posesión de inquilinos. Se acercó a los cercos, sin hacer ruido. El perro del inquilino, que estaba echado a la sombra de un peral, lo olfateó y salió a ladrarle. el Leónse sentó a esperarlo y pensó:
       —Ese sí que ha de ser el Hombre. Bien me’icía mi paire que nuera tan grande. ¡Pero a mí no me la gana este chicoco! Es pura alharaca lo que trae y no se viene al cuerpo.
       El perro, que por instinto heredado sabía lo que era un León, le ladraba desde lejos.
       —¡A ver, Hombre, cállate un poco! — le gritó el León.
       El perro contestó arrogante:
       —Yo no soy el Hombre, pero mi amo es el Hombre.
       —Así m’está pareciendo, por que lo que sos vos, no me aguantay ni la primera trenzá. And’icile a tu amo que vengo a desafiarlo, a ver si es cierto que es el más guapo del mundo, comu icen.
       Fue el perro para la posesión y poco después volvió acompañado del Hombre, que traía al brazo una escopeta cargada y fumaba, apacible, un cigarro de hoja.
       —¡Bah! —dijo el León, al verlo—. ¡Qué raro es el Hombre! Nu’anda con la caeza agachá como toos nosotros…
       ¡y echa humito! ¡Cómo comerá? Anda echao p’atras. ¡Bah! Yo también me siento en las patas pa peliar con las manos libres. ¿Qué gran ventaja mi ha e llevar?
       Poco a poco el Hombre acercóse al León. Era un labrador, delgado, de bigotes, palido, de aire tranquilo y reposado, vestido con liviana ropa campesina y calzado de ojotas.Nada había en él de temible ni de feroz y la feria no habría necesitado de gran esfuerzo para acabar con él. El León estaba sorprendido y miraba fijamente al Hombre, que a su vez miraba al León.
       Estaba frente a frente el rey de la montaña y el rey del valle.
       —¿Vo sos el Hombre? —interrogó el León.
       —Yo soy el Hombre — contestó el labrador sencillamente.
       —A peliar contigo vengo pa saer cuuál es el más guapo de los dos en el mundo.
       —Güeno —dijo sonriendo el Hombre— . Pero pa que yo pelee tenís que sacame rabia. Rétame primero y empués te contesto yo.
       Y ante la admiración del perro, que contemplaba turulato la escena, el León empezó a insultar al HOmbre.
       —¡Asesino que mataste a mi maire! ¡Lairon, que le quitaste el mundo a mi paire! ¡ausaor, que ausaís con los que no son capaces de peliar con vos! Coarde, que te valís de trampas pa peliar! ¡Saltiaor! ¿Bandio!… Ya está ya te insulté. Agora, si sos capaz, pelea conmigo.
       —Güeno —dijo el Hombre— Agora me toca a mí.
       Y aquel Hombre delgado, de aspecto tranquilo, que de no tener su escopeta en las manos hbiera huido apresuradamente al ver al León, se echó el arma a la cara y le apuntó diciendo:
       —Allá va una mala palaura.
       Y le largó un escopetazo y le quebró una pata.
       —¡Ay, ay, ay, aycito! —clamó en León—. ¡Iñorcito Hombre, por favor, no peleo más con usté!
       Y más asustado y maravillado que dolido, el León huyó cordillera adentro, seguido de los ladridos envalentonados del perro.
       Cuando llegó al nacimiento del valle,antes de internarse para siempre entre sus montañas, miró hacía el dominio del Hombre, y dijo:
       —¡Bien me icía mi finao taita que no juera a peliar con el Hombre! Si con una palaura no más me quebró una pata, ¿qui habría si me le viene al cuerpo?



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