Manuel Rojas
(Buenos Aires, 1896 - Santiago, 1973)


Mares libres (1951)
Originalmente publicado en el periódico El Mercurio (Santiago de Chile)
(26 de agosto de 1951);
Antología de cuentos
(Santiago de Chile: Zig-Zag, 1957, 148 págs.), págs. 112-122.



      La Skúa, entre pardo y ocre sucio la color, vivísimo el ojo, ancha de pecho, pico de matarife, vuela y revuela sobre la bahía. Desde donde vuela y revuela todo lo vigila y todo lo ve; ningún movimiento se le escapa. Distingue a los peces bajo el agua y a los pájaros sobre ella y sabe quién se lanza sobre la presa, qué presa y si tiene suerte..., la presa o el pájaro. Si el bocado es bueno y el pescador lo consigue, siente un estremecimiento y las alas tienden a lanzarla hacia el afortunado. Pero se retiene. ¿Por qué? De todas las aves que vuelan sobre la bahía o que están inmóviles en alguna parte de ella, la Skúa, bien llamada Gaviota Salteadora es la más desalmada, ningún pájaro puede pescar a su vista ni el más miserable de los peces sin correr el riesgo que ella se lo arrebate a picotazos. A pesar de ello. representa allí, en este momento, a su especie. ¿Cómo? Es difícil explicarlo. Sólo se podría hacerlo si se recuerda que muy rara vez o nunca las especies escogen con tino a sus representamos.
       Representa a su especie y vigila.
       Un Piquero se lanza en gran estilo. La Sardina le muestra, como una burla, un resplandor de plata y se va a fondo. El pájaro, cariacontecido, remonta el vuelo. La Skúa sonríe de lado, como por un colmillo: ella no habría fracasado, no en coger la Sardina, sino en arrebatársela al Piquero. Es salteadora, no pescadora, reina de la costa desde más allá de la Tierra de Graham, en la Antártida, donde nacen las últimas skúas, hasta las playas de Trujillo o de Chiclayo, adonde llegan las primeras.
       Vuela desde muy temprano y tiene hambre. Bajo ella el Piquero y el Blanquillo, la Gaviota Cocinera y la Garuma, la Monja y el Cágüil de Cabeza Gris, el Chibrillo y la Gaviota Dominicana vuelan y revuelan, pescando, y más abajo, a ras del agua o en el agua misma, el Pato Yeco y el Pato Lile, el Alcatraz y el Pato Yunco Zambullidor del Norte no hacen otra cosa que comer, pero aprisa, como si el tiempo de que dispusieran para ello se fuese a acabar de un momento a otro.
       “Nunca han comido tanto como hoy”, intenta pensar, mirando hacia abajo.
       Y no se equivocaría si llegara a pensar así: los pájaros, aprovechando la tregua, se atiborran.
       “Supongo que no se habrán burlado de mí”, intenta pensar de nuevo.
       Pero no ha sido una burla. Sus ojos, al mirar hacia el norte, ven llegar lo que espera: una mancha blanca vuela cerca de la playa, zigzagueando. La Skúa, maestra del vuelo remado, gira y en rápidos y poderosos aletazos baja hacia la playa, que toca, al posarse, con sus patas membranosas. Allí queda, frente a la mancha que volaba y que ahora está detenida.
       —¡Hola! —grazna.
       Ante ella, macilentos, se halla una bandada de cáhuiles blancos.
       —Hola —responde uno de ellos, el más estragado, sin gran entusiasmo.
       La Skúa avanza un paso; el Cáhuil retrocede tres. Delante de la Skúa no tiene figura: aquel cuerpazo lo domina, ese pico de matarife puede matarlo de un golpe. Además, vuela desde hace muchos días y está cansado.
       —Estaba esperándolos —masculla la Skúa.
       El guía siente deseos de agradecer la atención, pero sabe que de una Gaviota Salteadora no se puede esperar nada que haya que agradecer, y calla.
       La Skúa los examina: los cáhuiles, treinta o cuarenta, ágiles, de alas angulosas, remadores del aire también, esbeltos, esperan. Vienen del norte. Algunos han nacido ese año en la parte alta de la cuenca del Misisipi, otros más allá aún y todos han atravesado volando el Golfo de México y el Trópico. Algunos llegan por primera vez; otros, por segunda o tercera. Estos, cuando partieron hacia el norte, vestían la caperuza negra del plumaje nupcial. Ahora, de regreso, la caperuza es de nuevo color café.
       —¿Alguna novedad? —pregunta el guía, mirando a su vez a la Skúa.
       —Sí —responde gravemente el representante—; hay una novedad.
       —¿Y qué es ello?
       —Tenemos que hablarlo, pero no aquí ni solamente nosotros. Hay más interesados y querrán estar presentes.
       —¿Quiénes?
       La Skúa señala hacia el mar, hacia la playa, hacia el cielo: por todas partes hay pájaros, y dice:
       —Pájaros.
       —¿Todos?
       —Todos los del mar.
       —¿Y si no queremos ir?
       La Skúa prorrumpe en un atroz graznido: es una carcajada y los cáhuiles sienten desgarrárseles los tímpanos. Si aquello es una carcajada, ¿cómo será un lamento o una injuria?
       —Si no quieren ir se expondrán a cosas peores.
       Frunce el ceño y mira hacia el norte: a unas cuadras de distancia, entre la arena y los rompientes, algo se mueve y avanza, pequeños puntos que se desplazan con gran rapidez y con irregularidad, internándose tan pronto en el mar como en la tierra. Momentos después rueda sobre la arena, cerca de la Skúa y de los cáhuiles, una bandada de pollitos de mar blancos.
       —Otros viajeros —rezonga la Skúa, con aire de vista de aduanas.
       Avanza hacia ellos.
       —¡Hola! —gruñe.
       Los pollitos miran de lado, recelosos. No saben si contestar o huir.
       —¡Hola! —vuelve a gruñir la Skúa, irritada al no recibir respuesta.
       —Hola —se atreve a exclamar, desganado, el guía de la bandada.
       —¿Ya de vuelta, eh?
       El Pollito, desconfiado, temeroso, responde en un susurro:
       —Sííí...


      Durante el día llegan la Perdiz de Mar y el Vuelvepiedras, el Pitotoy Chico y el Gaviotín Elegante, el Chorlito de Mar y el Perrito, y por fin, ya casi anochecido, El Salteador Chico de Cola Larga. Unos solos, en parejas otros, éstos en pequeñas bandadas, recién nacidos aquellos en las costas de Alaska o de Groenlandia, de California o de Canadá, y los de más allá, adultos, de espléndida madurez, otra vez de regreso a las tierras del sur; turistas del aire y del océano, pero turistas sin máquinas fotográficas y sin pasaportes; sólo alas, grandes o chicas, remadoras o planeadoras, grises o blancas. A todos los notifica la Skúa con su graznido, y al día siguiente, muy temprano, en la solitaria caleta de los Pájaros Niños, el representante abre el pico y grita:
       —Queridos...
       ¿Queridos qué? La segunda palabra no se oye: un grupo de garumas y de pilpileones, de monjas y de gaviotas dominicanas prorrumpe en agudo griterío:
       —¡Queridos, queridos, queridos!...
       El griterío se convierte al fin en carcajada. La Skúa se yergue y grazna, dominando el bullicio. —¡Silencio!
       Y agrega:
       —No hablo en mi nombre. Hablo en nombre de los hermanos de la costa, es decir, de ustedes, que me han elegido. Déjenme hablar o me voy.
       Una garuma —su grupo es, como siempre, el más numeroso y bullicioso— se adelanta y dice, con atiplada voz:
       —Es cierto lo que dices, pero no nos llames queridos... Nos da risa.
       Cloquea de nuevo una carcajada, mueve, como una señora antigua, la cenicienta cola y se retira. La mirada de la Skúa parece atravesarla.
       Sobre las rocas y sobre la arena, sobre la tierra y en la pendiente de barranco hay pájaros, decenas de pájaros, y no sólo marítimos: los hay también terrestres, loicas y zorzales, jilgueros y chercanes, queltegües y jotes, bailarines y canasteros, chincoles y remolineras, diucas y golondrinas, tencas y chirigües, turcas y gallinas ciegas, pero todos éstos arriba en el filo de la barranca, espectadores sin voz ni voto, humildes semilleros éstos, modestos comedores de gusanos aquellos, cazadores de insectos estos otros, atrapadores de ratones y culebras los de acá, basureros, en fin, los de allá.
       Sobre una pequeña roca, aislada, reluciente, fino, de patas amarillas, gris oscuro el cuerpo, un Petrel de Wilson, el bailarín del mar, solitario del océano, contempla la escena. ¿Qué hace allí el descendiente de aquel que dicen que pretendió andar sobre las aguas?
       Cerca, solitario también, se yergue el Salteador Chico de Cola Larga, pariente, aunque menor, de la Gaviota Salteadora, pero tan bandido como ella.
       La Skúa prosigue:
       —No hablo solo en mi nombre, he dicho, y es cierto. Se trata de lo siguiente.
       Carraspea y alza la voz:
       —Los hermanos de la costa aseguran que cada día hay menos pescado en estos mares. No me consta, pero ellos lo dicen; y dicen más todavía: dicen que ese pescado debe ser para los que nacen y viven en estos mares y no para los que nacen en otras partes y vienen aquí a comer lo que no les pertenece.
       Calla y da unos pasos sobre la arena. Pregunta en seguida:
       —¿Han entendido?
       Hay un silencio. La Skúa añade:
       —En pocas palabras: los cáhuiles y los pollos de mar blancos, las perdices de mar y los vuelvepiedras, los pitotoyes chicos y los gaviotines elegantes, los chorlitos de mar y los perritos, los... —vacila y mira a su pariente, el Salteador Chico de Cola Larga, que no pierde palabra— salteadores chicos —recalca un poco despectivamente esta última palabra— y todos los pájaros que no han nacido ni nacen en estos lugares, deben ir pensando en renunciar a sus viajes de todos los años y quedarse en sus tierras.
       Calla de nuevo. Da una mirada a todos y termina:
       —Tienen la palabra los...
       No sabe qué palabra agregar: ¿extranjeros, extraños, forasteros? Intrusos le parece demasiado. Por fin encuentra una:
       —Los afuerinos...
       Es una palabra criolla.
       Su discurso ha terminado. Carraspea de nuevo y espera. ¿Quién hablara?, se pregunta a sí misma. Piensa que ella debe defender la causa, a pesar de que es salteadora y no trabajadora. Trabaje quien trabaje, ella siempre tendrá que comer: es la suerte de los representantes; pero los representantes deben defender la causa de los representados, aunque no crean en ella ni les interese. Y ya cree que nadie se atreverá a tomar la palabra, cuando se oye una voz que dice con firmeza:
       —Oye...
       Es el Salteador Chico de Cola Larga.
       —Oye —repite, dirigiéndose a la Skúa—: ¿dónde naciste tú?
       La Skúa, sorprendida por la pregunta, no contesta.
       —Te pregunto que dónde naciste.
       —Pues allá, hacia el sur, en la Tierra de Graham... —responde, un poco atragantada, la Gaviota Salteadora.
       —¿En la misma Tierra de Graham? —insiste el Salteador Chico.
       La Skúa vacila:
       —No, más allá, en la Tierra de Hearst.
       Su voz ha perdido tono.
       —¿Y por qué no te quedaste allá?
       La Skúa no contesta.
       —¿Por qué no te quedaste allá? —vuelve a preguntar el Salteador Chico—. Tu tierra está más lejana que la mía, y si tú naciste más lejos que yo de estos mares, ¿por qué puedes estar tú aquí y yo no? Y no me refiero al pescado: ni tú ni yo hemos pescado nunca ni una miserable anchoveta. Todo lo que hemos comido y comemos lo hemos robado y lo seguiremos robando hasta que alguien venga a poner orden en ese asunto. Hablo de ti y de los demás, de los hermanos de la costa, como tú les llamas, y pregunto: ¿cómo puede haber alguien tan estúpido como para elegir representante de sus bienes y de su trabajo a quien vive de los bienes y del trabajo ajenos? Contésteme.
       Nadie, por supuesto, contesta.
       —No me importará irme —termina el Salteador Chico—. Puedo ir a otros mares y a otras costas. Pero no quiero que me eche de aquí quien no tiene ningún derecho para hacerlo.
       Hay un largo momento de silencio. El Salteador Chico da unos pasos, arrastrando la cola, y mira a su alrededor. ¿Nadie más hablara? ¿Será aquello sólo una discusión entre ladrones, en tanto los honrados, que deberían hablar, callan? ¿Siempre ocurrirá lo mismo? Mira a los cagüiles, a los pollitos de mar blanco, a los pitotoyes, a los gaviotines elegantes. ¿Qué esperan?
       Un Cágüil se adelanta. Vacila un poco y luego habla. Su voz es débil, casi tímida, sin la brusquedad que tiene la de la Gaviota Salteadora y sin la arrogancia que luce la del Salteador Chico.
       —Yo —empieza, y se detiene. Ha empezado mal y recomienza—: Nosotros, es cierto, no hemos nacido en estas costas, pero ¿tenemos nosotros la culpa? ¿Sabe alguien, con seguridad, por qué emigran algunos pájaros? No, nosotros tampoco. Y si nadie lo sabe, ¿por qué va a ser nuestra la culpa? Además, ¿de dónde es uno? ¿Del lugar en que nace o del lugar en que vive? No hay, en toda la región en que los cágüiles de cabeza oscura nacen, un solo lugar que lleve su nombre; sin embargo, lo hay en estas costas. ¿Por qué lo hay, si somos extranjeros, o afuerinos, como dice la Gaviota Salteadora? ¿Quién puede contestar estas preguntas? Nadie. Pero hay un pueblo y hay una laguna que se llaman como nosotros y eso lo saben el Runrún y el Siete Colores, el Trabajador y la Guala, la Tagua y el Flamenco, el Cisne de Cuello Negro y el Canastero. Que ellos lo digan.
       Ha hablado demasiado y calla. ¿No vendrá nadie a certificar lo que ha dicho? Un pájaro vuela desde el filo de la barranca y se posa al lado del Cágüil. Parece un Tordo, pero no es un Tordo: no es todo negro; parece un Trile, pero no es un Trile: le falta el toque amarillo de los codos alares. Es un Runrún. Dice:
       —No tengo nada que hacer aquí, pero he venido y puedo hablar en nombre de los pájaros de laguna, sobre todo de aquellos que no son comedores de pescado.
       Parece la caricatura de un escribano antiguo: negra la levita, anteojos con armadura de color limón, pico ribeteado de amarillo. Tiene blancas las puntas de las plumas voladoras.
       —¿Por qué no ha venido el Trabajador? —pregunta la Skúa.
       —Tenía mucho trabajo —contesta el Runrún.
       —Debió haber venido. Se llamó a todos.
       —No quiso venir. Dijo que si todos trabajáramos más y hablásemos menos, las cosas andarían mejor para todos.
       Calla y agrega después:
       —Lo que dice el Cáhuil es cierto. Hay un pueblo y una laguna que se llaman como él. He tenido el honor de nacer allá. ¿Por qué, si los cáhuiles son extranjeros, esa laguna y ese pueblo se llaman así? Otra pregunta para agregar a las que no tienen respuesta.
       Dice y se pierde entre la multitud que le abre paso respetuosamente. Hay otro momento de silencio. La Skúa sospecha que los otros afuerinos no hablarán: el Pollito de Mar es demasiado pequeño; el Vuelvepiedras, a causa de su trabajo, es muy confuso para expresarse, y el Gaviotín Elegante solo se preocupa de su ropa. ¿Quién hablará?
       La que se oye es una voz extraña y más que voz parece el susurro del viento, pero de un viento solitario, un viento de desierto o de alta mar. En el primer instante, todos se miran entre sí, sorprendidos, sin saber si aquello es realmente una voz o solo un sonido. ¿Puede alguien hablar así?
       —...no somos pescadores —se oye—. Como los picaflores de tierra, los petreles de Wilson nos alimentamos de la flor del mar, una flor que los otros pájaros marinos no ven, así como los otros pájaros de tierra no ven lo que los picaflores encuentran entre los pétalos de las flores. Comemos plancton y, como el Runrún, que no es comedor de pescado, no tengo nada que hacer aquí. He venido solo porque me han invitado.
       —¿Quién te invitó? —pregunta la Skúa sordamente. Su voz ha adquirido, de pronto, una mayor ferocidad.
       —El Alcatraz —contesta el Petrel, con su extraña voz.
       —Sí, yo lo invité —interviene el Alcatraz.
       Su voz es terrible, una voz fuerte y gangosa. Parece hablar con la nariz.
       —Me invitó el Alcatraz y yo vine. Tengo muchas cosas que decir y contar. Los petreles de Wilson nacemos también en la Tierra de Graham y a veces más allá aún, en la de Hearst, donde nacen las últimas skúas.
       Calla y mira fijamente a la Gaviota Salteadora.
       —¿No es cierto, Skúa? —pregunta.
       El representante desvía la mirada y no contesta. Empieza a darse cuenta de que dentro de un minuto, de dos o de tres —todo dependerá del Petrel—, se verá obligada a hacer cualquiera de estas dos cosas: matar o huir. Pero matar le parece terrible. Es un representante y un representante no puede matar a nadie por sí mismo. Ella, sin embargo, no tiene a quién mandar: no tiene comisarios, ni ministros, gendarmes ni soldados. Nadie, por otra parte, será capaz allí de matar, excepto quizá, el Salteador Chico de Cola Larga, con quien no se debe contar; está en el otro bando. ¿Por qué se habrá metido en esto? ¿Quién le mandó ser representante, mucho más de aquellos pobres diablos pescadores de sardinas? Ella es una Gaviota Salteadora. ¿Por qué aquellos estúpidos no eligieron a un Pato Yeco o a un Alcatraz?
       Huirá, pues. Sabe que no tiene la culpa de ser como es, así como el Cáhuil no la tiene de nacer en otra tierra; pero su pecado, el pecado de su género —no el robo, que no le importa—, es demasiado espantoso: no es un pecado para pájaros; es un pecado para animales, y su solo reproche es ya insoportable.
       No le importará huir. A pesar de ello siempre será la reina de la costa.
       —¿Qué importa que el Cáhuil nazca en el norte o en el sur? —sigue diciendo el Petrel con su voz de viento en soledad—. ¿Y qué importa que venga aquí o vaya a otra parte a vivir? Hay en el océano muchos más peces que los que pueden comer los pájaros, muchos más. ¿Y qué importa que la Gaviota Salteadora arrebate ahora una Sardina a una Garuma o un Jurel a un Piquero? Nada. Cuando una bandada de piqueros se tira de cabeza sobre un cardumen, solo se come la milésima parte del cardumen. El océano es generoso. Sus seres se reproducen por millares, y mientras más desaparecen, más nacen, y el débil se reproduce más abundantemente que el fuerte. ¡Oh, hermanos!
       Su voz crece como crece el zumbido del viento en alta mar al encontrar en el camino la arboladura de una embarcación. Hay un gran silencio. Los pájaros escuchan su voz como un hombre puede escuchar, en un bosque o en la orilla del mar, el rumor del surazo: con temor y con placer. Hasta la Skúa parece dominada por el encanto de aquella voz.
       —Lo terrible es el crimen —asegura aquella voz—. Lo terrible es el crimen que el hermano fuerte comete contra el débil.
       Ha llegado el momento. La Skúa corre tres o cuatro pasos, abre las alas, aletea y se va. Los pájaros la siguen con la mirada, levantando o torciendo el cuello, y luego, al perderla de vista, vuelven a mirar al Petrel de Wilson, que está inmóvil, reluciente, fino, la garganta hinchada y estremecida por aquel sonido de viento en soledad que surge extrañamente de él.
       —Pero tampoco el crimen tiene remedio entre nosotros — continúa el Petrel—; tampoco. En la Tierra de Graham y en la de Hearst, todos los años, las gaviotas salteadoras matan centenares de petreles. ¿Por qué? Ni ellas mismas lo saben. Las madres han terminado por hacer galerías, como los ratones, para defender sus crías. A pesar de ello, mueren muchos todos los años bajo los picotazos de las gaviotas salteadoras. ¿Qué hacer? No podemos hacer nada y no podemos hacer nada porque, como pájaros, no sabemos dominar nuestros instintos.
       Calla de nuevo y luego agrega:
       —Hermanos de la costa: dejad que los pájaros vayan y vengan, que coman aquí o que coman allá. Eso no tiene importancia. Hay comida para todos y tierra y mar para muchos más. Lo importante sería terminar con el crimen y el robo, pero eso es imposible: no tenemos conciencia, como la tienen los hombres, y eso nos impide hacerlo. Ellos son felices. Su conciencia les permite arreglarlo todo.
       Calla y mira hacia el mar, pero muy hacia adentro, más allá de la línea del horizonte, mucho más allá aún. Abre las alas, las sacude como abanicándose el cuerpo y dice:
       —Adios, amigos.
       Su vuelo es una delicia. El viento parece llevarlo.
       La conferencia ha terminado. Una Garuma, sin embargo, se adelanta y dice, con su voz de falsete:
       —Hermanos: mares libres. Nada ha cambiado.
       Se escucha un solo rumor de alas.
       El Runrún vuela hacia el filo de la barranca y se reúne allí con el Canastero.
       —¿Vamos?
       Viven en la misma laguna.
       —Vamos.
       —¿Qué te pareció el Petrel?
       —Sabe mucho de las cosas de la mar —asegura el Canastero con su voz de obrero manual—, pero parece que no entiende nada de las cosas de la tierra.
       La Gaviota Salteadora, muerta de hambre, vuela y revuela sobre la bahía.



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