Manuel Rojas
(Buenos Aires, 1896 - Santiago, 1973)


Un mendigo (1926)
Originalmente publicado en El Diario
[Santiago de Chile] (22 de agosto de 1926);
El delincuente
(Santiago de Chile: Zig-Zag, 1948, 215 págs.), págs. 43-56.



      Fue un día de invierno, alumbrado por un sol transparente y seco, color tafetán, cuando Lucas Ramírez, después de franquear la puerta del hospital, se encontró en la calle. Parpadeó, deslumbrado por la luz fuerte y libre que resplandecía en las paredes blanqueadas; luego, inmóvil en la orilla de la acera, reflexionó. No lo hizo mucho rato; ya en el último mes de su estada en el establecimiento había pensado bastante sobre el momento de su salida y sabía que su vida, al abandonar el hospital, estaría amarrada a dos hilos: la punta de uno de ellos remataba en el hospicio; la del otro, en esa gran institución ambulante y pública que se llama mendicidad.
       Pero nunca había imaginado la diferencia que había y hay entre el hecho de decir: “Cuando yo salga del hospital”, y el de encontrarse fuera realmente.
       La calle, cuyo aspecto y movimiento casi tenía olvidados después de sus varios meses de enfermedad, desfilaba ante él caminando hacia los campos. Le pareció de pronto, vista desde su ángulo de inválido, una desolada e inmensa planicie, batida por un viento helado, cruzada de profundas quebradas y penosas pendientes, en la cual aquel cuyos pies no se asentaban bien en tierra, vacilaba, se perdía, caía y no se levantaba. La vida y el mundo estaban al final de esa imagen.
       ¡Ah, si él hubiera tenido en ese momento sus piernas, sus elásticas y firmes piernas de antes, con qué placer habría echado a andar, el alto pecho levantado, con la agilidad y decisión con que los hombres vigorosos caminan en las mañanas de invierno!
       Miró hacia ambos lados de la calle, como eligiendo rumbo, aunque para él eran iguales todos, el del norte o el del Sur, hacia levante o hacia poniente; para donde fuera y por mucho que caminara, aquellos dos hilos lo seguirían, sin soltarlo, desovillándose, alargándose mientras él marchaba y recogiéndose cuando retrocediera, tirando ambos de él hacia sus puntos de término.
       Solamente un acontecimiento imprevisto, absurdo, podría cortar aquellas amarras invisibles.
       En busca de él se decidió a marchar.
       Eligió para irse la acera contraria a aquella en que se encontraba y que aparecía enlucida por una atmósfera brillante, dentro de la cual las personas se movían como envueltas en una gelatina dorada.
       Antes de atravesar la calle miró hacia arriba y hacia abajo; no venía ningún vehículo. Avanzó un pie, luego otro y caminó, caminó con aquel andar que la enfermedad le había dado, horrible andar de muñeco que ha perdido su aserrín y que hacía volver la cabeza a los transeúntes.
       Cuando avanzaba la pierna derecha, el hombro del mismo lado descendía hacia la cintura, mientras el pie izquierdo, rezagado, esperaba el tirón que le haría emparejarse al otro; después, el hombro derecho surgía, recobrando el cuerpo su posición de firme y reuniendo fuerza para el otro paso. El bastón, torcido y lleno de nudos, marcaba con isócronos golpes los movimientos de aquella máquina, a la que la enfermedad había roto un resorte esencial.
       Caminó así entre la multitud que llenaba las aceras. Parecía un extraviado, un hombre que ha perdido la orientación y la memoria y que marcha sin saber por dónde, procurando recordar la calle y el sitio en que está su casa, su hogar. Iba hacia todos lados y hacia ninguno.
       Estaba solo. De sus años de infancia pasados en la capital, no tenía sino vagos recuerdos de personas y familias, todas ellas sin posición económica sólida y con las cuales no le ligaba sino esa amistad ocasional de la vecindad, que desaparece con una ausencia prolongada. Su familia, escasa y pobre, era del norte y residía allá.
       Se detenía en las esquinas y miraba: hacia allá iba una calle, hacia acá otra, por allí una, por allí otra, y contemplábalas huir vertiginosamente, sin saber cuál era la suya, sin poder elegir una, pues todas eran iguales y ninguna le recordaba algo que lo llamara.
       Así transcurrió la mañana y vino la tarde. Grandes nubes pardas y blancas, que el viento, desorientado como Lucas Ramírez, tan pronto había estado empujando hacia un lado como hacia otro, se reunieron por fin, cubriendo el trozo de cielo que correspondía a la ciudad y dando a la atmósfera un tono amarillo helado.
       Descendió después el viento y sopló a lo largo de las calles. La gente marchó más deprisa. Los cafés, los bares y las confiterías arrojaban hacia las aceras su vaho oloroso y tibio, absorbiendo con él a los que marchaban distraídos.
       Lucas Ramírez, golpeando con su bastón lamentable las baldosas húmedas, caminaba desesperanzado, casi abandonado, sintiendo que el hilo del hospicio se ponía cada vez más tenso.
       Cayó la tarde, reemplazándola el crepúsculo, un crepúsculo breve y frío, salpicado por las luces que se encendían y se llamaban entre sí a través de los alambres y los cables.
       Las vidrieras se llenaron de luz y los automóviles abrieron sus ojos deslumbrantes, agujereando las masas de sombra que caían del cielo.
       El viento afinó su soplo, helándolo más, y empujó a los transeúntes hacia el refugio de los hogares.
       Se apagó el crepúsculo y las calles fueron perdiendo su animación comercial. Los españoles y los ingleses cerraron sus negocios y sólo de trecho en trecho algunas vitrinas arrojaban sus cuadrados luminosos sobre las aceras. Los ciegos, después de haber estado todo el día tocando sus instrumentos y exponiendo sus ojos como naturalezas muertas, regresaron a sus covachas, hablando de cosas que no habían visto.
       De pronto, Lucas Ramírez se detuvo sorprendido. Un recuerdo, uno, había brotado en su mente, y era precisamente el que necesitaba. Desde que salió del hospital había buscado en su cerebro algo, una idea, un recuerdo, un recurso, una salida, sin encontrar nada, y he aquí que repentinamente surgía, como un hongo después de la lluvia, solitario e imprevisto, este recuerdo. Meses atrás, un día de visita en el hospital, estando él acostado, pasó ante su cama un hombre cuyo rostro le pareció conocido, aunque olvidado. —En la soledad en qué se encontraba, un amigo o un conocido constituían un acontecimiento; y lo miré sonriendo, invitándolo con la risa a detenerse y hablar. Se detuvo el que pasaba, mirándolo entre serio y sonriente, convencido al mismo tiempo que dudoso, hasta que se reconocieron.
       —¡Lucas Ramírez!
       —¡Esteban!
       Era un antiguo amigo suyo, condiscípulo, a quien no veía desde mucho tiempo, desde antes de dejar la capital e irse con su padre a las tierras del norte, de donde él regresara, después de varios años, solo y enfermo.
       Conversaron solamente breves instantes, pues el que pasaba iba a visitar a un amigo enfermo en una sala vecina. Se fue, prometiéndole volver a verlo y dejándole su dirección, por si alguna vez quería visitarlo, cuando se mejorara. No volvió más. Pero eso no importaba ahora, pues tenga su dirección, es decir, creía tenerla. Registró sus bolsillos y hurgó en su cartera, buscando la tarjeta en que estaba anotada la dirección de la casa en que vivía su amigo; no encontró nada. Acudió entonces a su memoria y no le fue difícil acordarse del nombre de la calle. Sí, quedaba cerca de donde se encontraba ahora. Pero ¿y el número? El número… Era 64 ó 164, no estaba bien seguro, pero era una cifra de dos números o de tres y terminaba en 64; tal vez en la primera o segunda cuadra… Pero de todos modos, le sería fácil dar con él, pues, además de los datos que recordaba, en la puerta de la basa en que vivía debía haber una plancha que indicara el nombre y la profesión de su amigo. Era dentista.
       Echó a andar y parecióle que lo hacía con más soltura. ¡Había encontrado un amigo y seguramente él le proporcionaría lo que necesitaba y que tan poco era: un plato de sopa y un rincón! Sonreía alegremente y hasta le daban ganas de gritar para expresar su regocijo.
       Llegó pronto a la calle buscada, desembocando en ella a la altura de la segunda cuadra. Habría podido empezar desde allí la búsqueda, pero no quiso; quería sentir la voluptuosidad de principiar desde la primera casa, paso a paso, número por número, saboreando su placer lentamente, —hasta encontrar el número. Fue hasta donde empezaba la calle y parándose en la acera de los números pares, comenzó a buscar, despacio, así como sin ganas, como quien tiene la firme seguridad de que lo que desea vendrá cuando él quiera.
       Anduvo baldosa por baldosa, mirando los números de las casas y leyendo las planchas que relucían aquí y allá al costado de las puertas. No encontró el número 64. Llegó hasta el 80 y, creyendo no haber mirado bien, volvió sobre sus pasos y empezó a buscar de nuevo, esta vez con atención, asustado, como aquel a quien han dado a guardar una suma exacta de dinero y que a la hora de devolverla se encuentra con que le faltan cien pesos y vuelve a contarla nerviosamente. Cincuenta, cincuenta y dos, cincuenta y ocho, sesenta y ocho… Nada.
       Se detuvo, contrariado. Estaba seguro de que no era un número impar, sino par, como 64. Sin embargo, miró hacia la otra acera; altas, obscuras, severas las fachadas, cerradas las puertas, en ninguna de ellas se divisaba el reflejo bronceado de una plancha.
       Se desanimó algo, pero en seguida se sobrepuso, pensando en que tal vez estaba equivocado y que la cifra sería de tres números, terminada en 64. Atravesó la bocacalle y empezó de nuevo la búsqueda, ya anhelante, mirando los números con mirada fija e inquisitiva.
       En esa cuadra, el número 164 caía en un almacén de pianos. Esto lo des concertó casi por completo y lo hizo dudar de su buena memoria. ¿Sería 64 el número? De eso estaba seguro. Hay veces en que al querer recordar un número o un nombre, recordamos uno y ése uno nos parece el auténtico y hasta creemos que es imposible que sea otro, y cuando la verdad nos viene a demostrar que estábamos equivocados, protestamos y afirmamos que el número o el nombre han sido cambiados y que el verdadero, el que se trataba de recordar, era el que nosotros decíamos.
       Pero si ése era el número, ¿cómo no lo encontraba donde debía estar? ¿O no sería ésa la calle? Bien pudiera ser que se hubiera equivocado en la calle y no en el número. Pero equivocarse en la calle era perderlo todo: cincuenta calles corrían paralelas a aquella en que se encontraba y cada una de ellas, igual que ésta, podía ser la que necesitaba. En recomerías todas, con su paso tardo y torpe, demoraría unos ocho días.
       Esto acabó con su entusiasmo y su ánimo: sin embargo, se resistió a renunciar. Seguiría buscando. Ya que forzosamente tenía que caminar, aprovecharía su marcha para seguir sus investigaciones.


* * *

      Pero estaba cansado en extremo y su pobre cuerpo no correspondía a su resolución. Se había fatigado antes que él y negábase a avanzar: parecía que los hilos invisibles lo envolvían como en una red de araña cazadora, impidiéndole moverse con soltura.
       Anduvo aún dos cuadras más. El número y la casa deseada no aparecieron. Se detuvo en una esquina, mirando hacia lo lejos, dejando correr su nublada pupila por la alta hilera de focos que parpadeaban en la noche. Sentía ganas de llorar, de dejarse caer al suelo, irreflexivamente, abandonándose.
       Cerca de donde estaba, había un restaurante con dos focos a la puerta y una gran vitrina iluminada, a través de la cual se veía, en medio de un resplandor rojizo, cómo los pollos se doraban a fuego lento, ensartados en un asador que giraba, chorreando gruesas gotas de dorada grasa.
       Se abrió la puerta y un caballero alto, gordo, enfundado en grueso sobretodo, salió; se detuvo en la puerta mirando al cielo, subióse el cuello del sobretodo y echó a andar. En este momento lo vio Lucas Ramírez: no lo había visto salir del restaurante, sino que se dio vuelta al sentir pasos en la acera. Se le ocurrió una idea. Preguntar a ese señor que venía tan de prisa, por lo que él buscaba.
       El transitar por ahí indicaba que vivía en la misma calle o en las inmediaciones y bien pudiera ser que conociera a su amigo.
       Con un gesto sencillo, con el gesto que cualquiera hace al detener a una persona y preguntarle algo, lo detuvo. El caballero se paró en seco y le miré de arriba abajo, con mirada interrogadora, y lo vio tan miserable, tan vacilante, tan deshecho, que cuando Lucas Ramírez empezó a decirle:
       —Señor, yo quisiera…
       Sin dejarlo concluir la frase, contestóle:
       —¡Cómo no, amigo!
       Desabrochase el sobretodo, por la abertura metió la mano en dirección al bolsillo derecho del chaleco, recogió todas las monedas que en él tenía y en la mano que Lucas Ramírez había extendido y abierto para detenerlo, las dejó caer voluptuosamente, diciendo:
       —Tome, compañero.
       Y se fue, abrochándose rápidamente el sobretodo.
       Lucas Ramírez se quedó como si hubiera recibido una bofetada sin motivo alguno y estuvo un momento sin saber qué hacer, qué pensar ni qué decir. Después le dio rabia y volvióse como para llamar al caballero y devolverle sus monedas, pero el otro iba ya a media cuadra de distancia y si él lo hubiera llamado, aquél no habría vuelto sino la cabeza, pensando:
       “¡Qué mendigo fastidioso! Le he dado todo el sencillo que llevaba y todavía me llama…
       No podía correr detrás de él; si hubiera podido hacerlo, lo habría hecho, seguramente. Pensó entonces en tirar las monedas, pero con gran sorpresa de él mismo, aunque hizo el ademán de arrojarlas, la mano en que las tenía no se abrió para soltarlas. Aquello estaba fuera de su voluntad.
       Se quedó allí parado y de pronto empezó a llorar suavemente, con pequeños gemidos, así como lloran esos perrillos, a altas horas de la noche, delante de una puerta que han cerrado sin acordarse de que ellos están afuera.
       Se abrió nuevamente la puerta del restaurante y dos jóvenes salieron a la calle, hablando fuerte y riendo, tomando la misma dirección que tomara el que había salido antes. Cuando llegaron junto a él, lo sintieron llorar y se detuvieron. La risa se les heló en la boca, como quemada por el aire frío. Se miraron, sin atreverse a hablarlo. El no los habla sentido y sólo se vino a dar cuenta de su presencia cuando la mano de uno de ellos buscó la suya cariñosamente. Y como era la derecha la buscada y en ella tenía las monedas que le habla dado el señor gordo, inconscientemente, sin darse cuenta de lo que hacía, dio media vuelta y presentó la mano izquierda… La dádiva fue más subida que la anterior y él debió dar las gracias, pero no supo hacerlo, no se le ocurrió. Y es que no se consideraba aún un mendigo; creía que lo que le pasaba era un accidente, una cosa pasajera.
       Pero cuando cambió a la mano izquierda las monedas que tenía en la derecha y viendo que ya abultaban, las metió al bolsillo, y cuando puso el oído alerta para escuchar los pasos de los que salían del restaurante, y a uno que le dio varias monedas le dijo: “Muchas gracias, Dios se lo pague…”, se tranquilizó tanto, como si hubiera encontrado a su amigo, convencido ya de la ruta que debía seguir y sintiendo qué uno de los hilos que lo sujetaban se cortaba vibrando en la noche.


* * *

      A la otra noche y a las siguientes, las personas que comieron en ese restaurante encontraron a la salida a un hombre contrahecho, miserable, que les quería preguntar por algo que nunca supieron lo que era, pues jamás lo dejaron terminar su pregunta. Aquel hombre ejercía una atracción irresistible sobre el dinero sencillo que llevaban encima.
       Lucas Ramírez, que se había dado cuenta de esto, y de que la gente es generosa cuando hace frío y ha comido bien, pensaba que era necesario aprovechar bien el invierno.



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