Manuel Rojas
(Buenos Aires, 1896 - Santiago, 1973)


Pancho Rojas (1951)
Originalmente publicado en Occidente [Santiago de Chile], 1951;
Antología de cuentos
(Santiago de Chile: Zig-Zag, 1957, 148 págs.), págs. 61-66.



Para Enrique Espinola

      No podría decir a qué hora murió Pancho Rojas. Sospecho que murió al amanecer, instante que me parece el más angustioso para morir: irse cuando nace el nuevo día, un nuevo día que uno no vivirá, debe ser más duro que irse al caer la tarde, cuando se espera el sueño y cuando sueño y muerte se confunden.
       Y no es por crueldad que me inclino a creer que murió al venir el día: la violenta posición de su cuerpo, que parecía hundido en la tierra, así me lo hizo suponer. No murió apaciblemente.
       Al encontrarlo, boca abajo, sobre el pasto lleno todavía de rodo, y levantar su cabeza para mirarlo, tuve un estremecimiento: la cara estaba cubierta de pequeñas hormigas rojas, algunas de ellas amontonadas sobre los cerrados párpados” trabajando tal vez para atravesarlos y llegar a las pupilas.
       Solté la cabeza, que cayó de nuevo sobre el pasto, y me enderecé. Estábamos solos, en aquel rincón, el muerto y yo. Era un día de otoño, de un otoño seco y brillante. Los primeros picaflores llegaban ya desde el sur y se les veía bailar ante los caquis maduros, hundiendo el agudo pico en la amarillenta corteza.
       No sentí tristeza, sino más bien lástima o piedad; algo hondo, de todos modos. Pancho Rojas, sin ser de la familia, era considerado como uno de sus miembros. Llevaba dos años viviendo en la casa, y aunque entre él y nosotros existía sólo una relación física, que es la única que suele existir entre muchos seres, esa relación era, felizmente, simpática, por lo menos para mí y para los míos. Pertenecíamos, por lo demás, a mundos diferentes, y esa diferencia impedía cualquiera otra aproximación.
       No sabía nada de su vida anterior. ¿Dónde había nacido? ¿En qué lugares vivió sus primeros días? Nunca lo supe. Suponía, sí, que era oriundo de algún lugar de la costa central de Chile y que sus primeros días los había vivido sobre las lomas o en las quebradas, en los pantanos o en las vegas de esa región, quizá cerca de alguna laguna, como la de Cáhuil, por ejemplo, o como la de Boyeruca, o en los valles que cortan por allí la cordillera de la costa.
       Al mirarlo y ver su fina estampa, su cuerpo esbelto, su andar elegante, su vestimenta impecable, sentía una gran ternura: me recordaba pasados y hermosos días, mañanas de sol y viento, amaneceres con húmedas neblinas, espacio, tranquilidad, rumores, soledad, y me parecía ver, entre todo ello, a hombres que algo tenían que ver con él, de tez morena y ojos claros, sencillos y callados, que llevaban apellidos de la tierra, pero que tanto podían parecer mapuches o changos como vascos o andaluces. Me recordaba también el canto y el vuelo de los pájaros, el grito sorpresivo y el vuelo brusco de la perdiz de mar, el quejumbroso lamento del pilpil, el vuelo rasante, sobre el agua tranquila de las lagunas, del rayador, el caminar urgente del pollito de mar. Sí. Me recordaba todo aquello, formaba parte, aun desde lejos, de todo aquello, que existía siempre, pero de lo cual él y yo nos encontrábamos separados y parte de lo cual estaba perdido para él y para mí.
       Hice lo imposible por llegar a tener con él más estrechas relaciones. Nunca lo logré. Algo, muy importante, que yo no podía traspasar ni derribar, nos separaba. Cada vez que in— tenté acercarme a él, fracasé. Se apartaba, y desde lejos, mirándome de lado, parecía decirme:
       —¿Por qué pretendes convertirme en algo tuyo? Déjame ser como soy. No quiero llegar a ser uno de tus hijos, como tu mujer o como uno de tus zapatos, algo doméstico y manoseado. Si represento para ti la imagen de una vida libre y salvaje, déjame ser salvaje y libre, aunque dependa de ti para subsistir; y aunque a veces tengas que cortarme las alas para impedirme regresar a mi mundo.
       Su ojo rojo me miraba, en tanto, recogida una de sus largas patas, permanecía inmóvil sobre el pasto.
       Yo callaba. ¿Qué podía decirle? Callaba, sintiendo en el corazón el dolor de su reproche. Era cierto: cada dos o tres meses el jardinero lo tomaba, no sin que tuviese que correr tras él durante un largo rato, y le despuntaba las alas, soltándolo después. Era una crueldad, pero no quería perderlo. Me gustaba mirarlo y lo miraba durante horas enteras, observando sus movimientos, contemplando y admirando su desenvoltura, su soledad, su orgullosa independencia. Me lo había regalado un amigo:
       —A ti te gustan los pájaros —me dijo—; a mí también, pero a mi gente le molesta el grito que da éste. Te lo regalo.
       Había sido un regalo, pues, un regalo de un amigo estimado que regala algo estimable también: un pájaro, un pájaro que llegó a ser para mí una vertiente inagotable de recuerdos. Allá, en los lugares en que nací, en los alrededores de Buenos Aires, también lo había, aunque era llamado por otro nombre. Desde niño escuché su grito y lo vi volar sobre los campos de mi ciudad natal, de Rosario, de Mendoza, de Córdoba, ¿y, ya hombre, a lo largo de la costa central de Chile, en los potreros, en los pantanos y en las vegas del valle central, en la laguna de Cáhuil, en las lomas marítimas de Valparaíso y Colchagua, y su grito, que tenía la virtud de volverme inmediatamente hacia el pasado, me recordaba todo lo que en esos lugares había yo visto, admirado y amado. ¿Cómo resignarme a perderlo? En ocasiones, aun a costa de sus sentimientos y a trueque de parecer falto de piedad, el hombre se decide a perder o abandonar lo que ama o lo que admira.
       Él no veía nada en mí —si es que un pájaro puede llegar a ver algo en un hombre—: yo no era elegante ni independiente, no era tampoco hermoso, ni tampoco representaba un mundo que valiera algo para él. Me desconocía. Yo, en cambio, lo conocía; conocía sus costumbres, su carácter, sus movimientos, esa rápida carrerita, ese casi imperceptible encogerse de hombros, un movimiento como de desconfianza o tal vez como de displicencia, movimiento que hace decir a los argentinos, al encontrarse ante un hombre que quiere evitar un problema o sacar el cuerpo a una responsabilidad: “No me venga con agachadas de tero”. Sabía la artimaña a que recurre para evitar que los intrusos descubran su nido, artimaña que inspiró a José Hernández los famosos versos:

De los males que sufrimos
hablan mucho los puebleros,
pero hacen como los teros
para esconder sus niditos:
en un lao pega los gritos
y en otro tiene los güevos.

      Pancho Rojas estaba incorporado a la sabiduría popular y a la poesía epopéyica. Valía, pues, más que yo, modesto empleado público, de quien jamás nadie diría nada, mucho menos un poeta.
       Sí, lo conocía. Terutero en Argentina, queltehue y tréguil en Chile, queroquero en Brasil, en todas partes era igual, conocido aquí y allá. Mi hija lo bautizó.
       —¿Cómo lo llamaremos? —me preguntó, cuando lo solté sobre el pasto, en el jardín, y lo vimos alejarse, un poco agarrotadas las finas patas, luego de sacudir las alas, quizá para librarlas del pesado recuerdo de mis manos.
       —Ponle el nombre que gustes —contesté.
       —Me gusta Francisco —dijo, mirando al pájaro, que nos miraba de lado con sus ojos color carmesí.
       —Me parece bien: mi abuelo se llamaba Francisco y ése es también mi segundo nombre.
       —Pancho Rojas, entonces, papá.
       —Eso es: Pancho Rojas.
       No sólo Hernández había hablado de él. Otros, tan valiosos como él, Hudson entre ellos, que lo observó en libertad y describió sus juegos, sus marchas, sus pasiones. Era un pájaro con historia en manos de una familia anodina.
       Y ahora estaba muerto.
       En ocasiones, para hacerme grato a sus ojos, le buscaba algunas lombrices, hurgando con una palita la tierra más húmeda y sombría del jardín. Me costaba mucho hallarlas, y, por fin, cuando ya tenía cinco o seis, se las ponía sobre un papel y se las arrimaba. Desconfiado, no se acercaba hasta que yo, sabiendo de su desconfianza, me alejaba unos pasos. Entonces se aproximaba al papel y en un segundo, en un abrir y cerrar de ojos, las devoraba. Una vez, mientras intentaba arreglar un artefacto de la casa, abrí la cámara en que estaba la llave maestra del agua: había allí decenas de chanchitos, gordos, relucientes.
       “Qué banquete para Pancho Rojas”, pensé.
       Los saqué todos y se los llevé. Los comió con la rapidez con que una gallina hambrienta come el maíz que se le arroja al suelo. Fue un picoteo vertiginoso; no se le escapó uno solo.
       Después de procurarle esos atracones, pensaba que tendría o sentiría algún agradecimiento hacia mí y que, en consecuencia, me dejaría acercarme a él y quizá me permitiría tomarlo y acariciarlo. No, señor. Se retiraba como siempre, levantaba una pata y me miraba con su ojo rojo, alzando al mismo tiempo su copete.
       —No —parecía decirme—. Me has dado de comer y te lo agradezco, pero no quieras aprovecharte de ello para convertirme en lo que no quiero ser. Si quieres algo doméstico, búscate un perro.
       Concluí por acostumbrarme a su independencia y se la respeté, pero no me decidí a soltarlo. Ahí estaba mi debilidad. Mirándolo y reflexionando sobre su conducta y la mía, llegué a pensar que los hombres cometen una crueldad al obligar a la mansedumbre, a la domesticidad y a veces a la servidumbre, a aquellos a quienes alimentan o favorecen. “La piedad y la caridad no son generosas —pensaba—. Exigen más de lo que dan: unas lombrices, a cambio de la domesticidad; un poco de sopa, a cambio del sometimiento a nuestras ideas, a nuestras creencias o a nuestras costumbres.”
       El queltehue, felizmente, Pancho Rojas, no era un ser humano, y vivió y murió como deberían vivir y morir todos los animales y todos los hombres: libremente, sin sometimientos.
       Era preciso enterrarlo en alguna parte del jardín, pero no debía hacerlo yo; deberían hacerlo los niños, que estaban más cerca que yo del ave, libres y un poco salvajes aún, aunque no tanto como Pancho Rojas: mi paternidad ya los había manoseado un poco. Hubo una conferencia.
       —Lo enterraremos en el jardín.
       —Claro. ¿Lo pondremos en una cajita?
       —No. Mejor sin caja.
       —¿Y qué le pondremos encima? ¿Una cruz?
       —¿Para qué? Es un pájaro, y una cruz no significa nada para un pájaro.
       —Así, suelto, entonces.
       —Claro, en la pura tierrita, sin caja ni cruz.
       —Le pondremos unas flores.
       —Sí, pero no muy finas; unos cardenales.
       —¿Y debajo de qué árbol lo enterramos?
       —Debajo de cualquiera.
       —¡Debajo del maitén, papá!
       —Muy bien: debajo del maitén.
       Allí quedó, bajo tierra, con unos cardenales y unos alelíes encima, unos alelíes tardíos, rojos como sus pupilas.
       “Aquí yace Pancho Rojas, el queltehue”, decía el papel que los niños pusieron sobre su tumba, atado a una varilla. Pero el letrero duró poco: el jardinero, en la primera regada, barrió con papel y varilla. Mejor. No venía bien, sobre la tumba de un ser libre y salvaje, una flor ni un papel, mucho menos un epitafio. Pancho Rojas valía más por lo que era que por lo que de él se podía decir.



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