Manuel Mujica Lainez
(Buenos Aires, 1910- La Cumbre, Córdoba, 1984)


XXXV. El ángel y el payador (1825)
Misteriosa Buenos Aires
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1950 [1951], 371 págs.)



      Esto sucedió, señores, allá por los años en que derrotamos a los brasileños en la batalla de Ituzaingó; quizá un poco antes, hacia 1825. La fecha de Ituizangó no puedo olvidarla, porque la conservo en el dibujo de la hoja de un cuchillo que me regaló un puestero de Balcarce. Vaya a saber quién fue su dueño. Si me prestan, pues, atención, escucharán una historia que me contó mi abuelo. Era un hombre serio y se la había oído a su padre. Yo la llamo “el cuento del Ángel y el Payador”, para acortar, pero el verdadero nombre sería “el cuento del Ángel, el Diablo y el Payador”: y pongo al Ángel primero por su condición divina; después a Mandinga para que no se enoje; y por último al Payador porque, a pesar de haber sido el más grande que pisó nuestros pagos, y tanto que lo solían apodar “aquel de la larga fama”, no era más que un hombre y como tal capaz de todas las debilidades. Ya colegirán que estoy hablando de Santos Vega.
       El padre de mi abuelo lo vio una vez en una pulpería de Dolores y decía que era un gaucho buen mozo, tostado por el sol y el viento, más bien bajo y delgado, con la barba y el pelo renegridos. Claro que en la época de lo que voy a referir andaría arañando los setenta y el pelo y la barba se le pusieron blancos como leche. Había sido rico. Había tenido estancia y tropillas, pero por entonces no le quedaban más pilchas que lo que llevaba encima, más plata que las dos virolas del cuchillo de cabo negro, y más flete que un alazán tostado como él y un potrillo de barriga redonda: el Mataco.
       La fama de Santos Vega se esparció por todo el campo argentino. Los paisanos lo adoraban como a un dios. Por eso la gente cree que fue un personaje imaginario, pues les resulta imposible que un individuo de carne y hueso como ustedes y yo, ganara con la guitarra tanta reverencia.
       Algunos lo pintan como un gaucho malo que se pasó la vida cobrando una deuda de sangre a los jueces de paz y acuchillando a cuanta partida de la ley se le cruzó en el camino. No es cierto. Así por lo menos lo declaraba mi antepasado. Puso su gloria en la guitarra y no necesitó andar marcando cristianos para merecer el respeto de los criollos: no porque no fuera valiente, entiéndanme bien, sino porque para él lo principal fue la guitarra.
       Y ¡qué guitarra! Juraba mi abuelo que su padre la describía como si tuviera vida propia. Decía que cuando Vega se afirmaba en ella y empezaba a acariciarla, su caja se estremecía como un cuerpo de mujer, y que las cintas de colores patrios con las cuales la habían engalanado las chinas querendonas, se movían como trenzas tironeadas por el aire. Esto sí puede ser exageración. ¡Vaya uno a saber! Todo lo que atañe a Vega se oscurece con tanto misterio que lo mejor es escucharlo tranquilamente, sin impresionarse por su rareza.
       Con esa guitarra se arrimó a cuanto fogón hospitalario se encendía en la provincia. De repente aparecía por San Pedro y de repente por Chascomús; un día lo encontraban en la Magdalena y el otro en Luján o en Arrecifes, como si galopara sobre el pampero. Varias veces estuvo en Buenos Aires y es fama que su entusiasmo calentó a los mozos de las estancias y los obligó a arrear sus tropillas hasta la capital, cuando la patria los requería para los ejércitos, después del 25 de mayo. Se los trajo cantando: hacía lo que quería con la voz.
       Algunos gauchos aseguraban que lo habían visto al mismo tiempo en dos lugares. Así nació su leyenda. No faltaba a los fandangos ni a los velorios del angelito. Apenas empezaba el paisanaje a juntarse en cualquier sitio alrededor de un asado con cuero y tortas fritas, y apenas se desataba el zapateo de un malambo o el bastonero anunciaba un pericón, ya barruntaba la concurrencia que Santos Vega se descolgaría de las nubes aunque no le avisaran. Y era así. Entonces aquello se ponía lindo. El payador se acomodaba en las raíces de un ombú o al amparo de la ramada y cantaba unos estilos y unos tristes que no ha vuelto a cantar ninguno. Al principio algunos se animaban a payar con él, pero pronto comprendieron que no podría vencerle nadie. Cuentan que hasta los perros lo rodeaban y los pingos, con las orejas tiesas, y que los tucutucos salían de sus cuevas para escucharlo. Hasta que la gente comenzó a decir que el único que conseguiría ganarle en una payada sería el Diablo mismo, porque no existía hombre capaz de tal hazaña. Él se reía y contestaba que cuando el Diablo quisiera lo esperaba de firme. Y ese pensamiento orgulloso casi lo condenó a penar para siempre en las vizcacheras infernales.
       Pero vamos a mi cuento. Sucedió, pues, hacia 1825, y me parece que Bernardino Rivadavia estaba al frente del gobierno, aunque es posible que me equivoque y haya sido otro. Libros hay que sacarán de dudas a los fastidiosos, pero los libros están lejos y yo no sé qué desconsideración me tiene la lectura que al ratito me hace lagrimear.
       Había en Buenos Aires, por aquel entonces, un barrio que llamaban del Pino, a causa de un árbol gigantesco cuya sombra invitaba a los pájaros. Si mal no recuerdo, ese barrio se extendía por donde corre hoy la calle Montevideo, cerca de Santa Fe. Un boliche atraía los paisanos al atardecer junto al árbol mentado. Acudían de todas partes de la ciudad a jugar a la taba, a perder los patacones en las riñas de gallos, las cuadreras y las sortijas, y a hacer boca con una azumbre de caña: la ginebra era superior.
       Un día el barullo cesó temprano, porque Santos Vega, ya viejo, se había echado a dormir bajo las ramas y no querían molestar su sueño. Cuando nadie lo esperaba, surgió por allí un moreno desconocido. Era su estampa, dice mi bisabuelo, la de un gaucho malevo, alto y flaco, con una cara afilada como un facón y unos ojos de bagual. Montaba un parejero que a los gauchos los dejó medio locos, un doradillo que cuando le daba el sol echaba luz. Vestía de negro y su único adorno era un cinto lleno de monedas de oro, lo mismo que la rastra. ¡De oro, señores, como están oyendo!
       Se acercó a don Santos sin saludar a nadie y lo despertó rozándole el hombro con el rebenque.
       —Mire, amigo —explicó—, me he enterado que hace tiempo que me busca para una payada. Aquí estoy para lo que mande.
       Vega entreabrió los ojos pesados de sueño y lo estuvo observando un rato:
       —Yo no lo conozco, compadre; ni siquiera sé su nombre.
       El enlutado rió con una risa fea:
       —Lo mismo vale un nombre que otro, lo que importa son las uñas. Si le parece, puede llamarme Juan Sin Ropa, y si le parece no payaremos. Puede ser que esté cansado.
       Se había formado alrededor una rueda de guapos que murmuraban de asombro. Intervino el pulpero abombado, después de darle un beso a la damajuana:
       —Usté no sabe con quién se mete, don. Éste es Santos Vega.
       —De mentas lo conozco y me tiene a su disposición.
       Don Santos estiró los brazos y se levantó:
       —Cuando guste, Juan Sin Ropa.
       —Usté primero, don Santos.
       Debió ser cosa de verse. El viejo rompió en un preludio en el que daba la bienvenida al misterioso adversario, y aguardó.
       Cuando le tocó responder al moreno y empezó a florearse como baqueano, todos comprendieron que la cosa sería larga, y aunque no se tomaron apuestas pues estaban seguros del triunfo del más anciano, alguno sintió que un frío finito le corría por la espalda.
       ¿Para qué les repetiré lo que siguió? Es cosa que sabe todo el mundo. Tres días y tres noches estuvieron cantando. La cifra pasaba de boca en boca sin que dieran muestras de abandonar. Hasta que la concurrencia notó que don Santos flaqueaba. Más de una vez se detuvo, esperando la inspiración, y repitió versos que ya se habían oído. En cambio el otro continuaba como un político de esos que tienen charla hasta el día del Juicio Final. Por fin Vega no pudo más y arrojó la guitarra. Entonces Juan Sin Ropa lanzó una carcajada tan siniestra que los hombres se santiguaron. El pino se incendió de arriba abajo como una hoguera que prende en un pajonal, y el payador victorioso arrancó la bordona del viejo de un manotazo que hizo relampaguear sus uñas como navajas. Luego desapareció entre las llamas que envolvían al árbol. Era el Diablo, que le había salido al encuentro a quien lo retó a duelo, ignorando que no se juega con Satanás.
       Disparó el paisanaje y no me extraña. También hubiera disparado yo. Sólo el pulpero quedó allí: la tranca lo había dejado duro como palenque de potro. Entonces se abrió el ramaje como una cortina de fuego, y un muchachito de unos doce años se acercó al vencido que se tapaba la cara con el poncho.
       —Vamos, tata —le dijo, y lo ayudó a levantarse.
       El viejo tomó la guitarra y lo siguió cojeando. Montó en su alazán y el mocito saltó en el potrillo barrigón. Se alejaron al tranco y nadie volvió a verlos en Buenos Aires.
       Contaba mi bisabuelo que galoparon sin pronunciar palabra hacia los pagos del Salado. En Chascomús reconocieron a Vega. Iba doblado sobre el flete y el muchacho trotaba detrás. Había cazado dos mulitas que llevaba a los tientos. Como era invierno, no paraba de llover y de soplar un viento rabioso. A don Santos se le pegaba el poncho sobre el chiripá y el calzoncillo cribado.
       Llegaron así una noche a la estancia de don Gervasio Rosa: la que fue después de Sáenz Valiente, en la boca del Tuyú. Los peones ya habían asegurado la hacienda, porque la tormenta no amainaba, y mateaban en el puesto Las Tijeras, cuando oyeron ladrar. El capataz se asomó a la puerta, gritando para contener a los perros y éstos obedecieron su orden. Entonces Santos Vega y su compañero entraron en la cocina. Chorreaban agua como si recién salieran del río.
       El capataz abrazó al payador:
       —¡Bien haiga, don Santos, arrímese al fuego! ¡No tenía el gusto de verlo desde sus payadas en la esquina La Real!
       El viejo casi no respondió. Venía medio muerto por el disgusto y por el frío. Se quitó el poncho, aceptó un amargo y se acomodó junto a las brasas. El mocito acercó una de las mulitas al fogón para asarla. Comieron despacio y don Santos se durmió. Tiritaba y hablaba en sueños. Los paisanos fueron tumbándose también sobre los aperos. Sólo velaba el muchacho. ¿No les he dicho cómo era? Tenía el pelo negro y lacio, volcado sobre las orejas, y unos ojos como dos carbones pero azules. Con el caparazón del otro bicho se puso a hacer una guitarrita que era un primor.
       La noche entretanto andaba y la lluvia batía la paja quinchada del rancho. Por ahí se despertó Santos Vega. Los reflejos del fogón le iluminaban la barba noble abierta sobre el pecho. Estuvo espiando al mocito y murmuró:
       —Mirá, muchacho, sé que voy a morir y que iré al Infierno.
       —¿Y por qué al infierno, tata?
       —Porque he sido un mal cristiano y Dios es justo. Aquel hombre que me venció en la pulpería del Pino no era un hombre: era el propio Mandinga. Me ha vencido porque fui soberbio y quise medirme con él. Ahora tendré que pagar mi pecado.
       El niño se sonrió como un ángel. Ya les adelanté al comenzar que éste se llama “el cuento del Ángel y el Payador”, de manera que habrán colegido que era un ángel. Y ¿qué ángel?, me preguntarán. Pero tendrán que perdonar mi ignorancia. Puede que fuera el Ángel de la Guarda de don Santos, o un ángel que bichó desde las nubes lo mal que le iba en su versería con el Demonio. Sí, para mí era uno de esos ángeles que tocan música para alegrar al Señor. Probablemente no le habrá gustado que el Malo pudiera andar contando por ahí que había maltratado al mejor payador criollo. Quería tenerlo en el Cielo con su guitarra, para que la orquesta sagrada sonara mejor. ¡Vaya a saber!
       —Usté no se va al Infierno, tata —le dijo—. Yo le propongo que payemos ahora mismo, sin esperar. Si me vence a mí, le prometo que se va derechito al Cielo.
       Se sonrió don Santos melancólicamente:
       —¿Y vos qué sabés de estas cosas?
       Por respuesta el ángel rasgueó su instrumento tan lindamente que al viejo, enfermo y todo como estaba, los ojos le brillaron.
       —Pero es al ñudo, yo no puedo cantar con vos. Aquel malvado me cortó la bordona.
       El mozo tocó la cuerda con un dedo y don Santos se persignó, porque la cuerda se estiró como si fuera una serpiente y se enredó sola en la clavija. Al mismo tiempo un gran resplandor inundó la cocina, como si hubieran prendido mil velas, y el payador vio que la cosa iba en serio.
       Payaron toda la noche, la guitarra contra la guitarrita, y lo milagroso es que ni uno de los peones se despertó. Afuera la lluvia enmudeció para escucharlos y el cielo se fue pintando de estrellas. ¡Qué payada, señores! El viejo se esforzó como nunca. Adivinaba que de su inspiración dependía la gloria eterna. Yo no sé si el ángel se habrá dejado ganar de puro bueno, pero lo cierto es que anduvo apurado. A veces se sacudía y la pieza se llenaba de plumones celestes. Don Santos, para apretarlo, le preguntaba por las cosas de la tierra, y el de los ojos azules retrucaba preguntándole por las del cielo. Por fin el mozo se iluminó todo como una imagen del altar, y suspiró:
       —Me ha derrotado en buena ley, don Santos.
       Al viejo se le cerraron los párpados ahí mismo. Al día siguiente lo enterraron a la sombra de un tala, en campo verde, donde lo pisara el ganado, como pedía en sus trovas. Los peones clavetearon un cajón hecho con maderas de los barcos hundidos en la playa vecina durante la guerra con el Brasil. Agregaba mi bisabuelo que el payador sonreía cuando le dieron sepultura, como si ya hubiera empezado a cantar delante de Tata Dios.



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